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Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

sábado, 25 de mayo de 2013

Mortem Ex Machina

Estaba en esa sala de espera por más de dos horas y parecía que aún debía esperar un buen rato más. Volvió a mirar el papel donde había apuntado la información. Dra. Cuervo. Consulta 6. Unidad de Salud Mental. Gregorio Marañón. Aún no comprendía qué hacía allí. Salud Mental… No le gustaba cómo sonaba eso, tan sólo tenía un trastorno de sueño, unos pequeños terrores nocturnos, y parecía que iba directa al loquero. Desde luego deberían cambiar el nombre por algo mejor, aunque fuera un simple eufemismo.

Diana seguía jugando con sus manos, paseaba los dedos de una por la palma de la otra. De vez en cuando agarraba su pulsera negra y la extraía de su muñeca para darla vueltas. Estaba nerviosa, era la primera vez que se enfrentaba a un psiquiatra. Por un lado prefería seguir esperando un poco más de tiempo antes de que le llegara su turno, pero por otro lado tenía ganas de entrar y de que todo acabase lo más rápido posible.

Aunque, de todas formas, la espera duraría. Antes de ella había siete personas más, cada una estaba sentada a una distancia considerable de las demás. Al llegar, Diana preguntó quién era el último. Todos, excepto una chica, guardaron silencio mientras la observaban. Y esta chica era precisamente la excepción. Ante tal gesto de relativa amabilidad, Diana se había sentado junto a ella. Al principio pensaba que podrían entablar una amena conversación para matar el tiempo, pero fueron escasas las palabras que compartieron…

El intento de charla empezó con mal pie. En cuanto vio que Diana pretendía sentarse junto a ella, agarró su bolso con fuerza, el cual estaba depositado encima de sus pantorrillas, y lo dejó en el asiento de al lado. Ese acto de desconfianza le extrañó a Diana, pero lo ignoró al instante, después de todo, estaba en la sala de espera de un psiquiatra, allí podría encontrar gente con estilos de vida y/o acciones bastante fuera de lo común. Así que simplemente se presentó. La desconfiada saludó con una sonrisa más falsa que real y dijo que se llamaba Amanda. A partir de ahí, la conversación se volvió insustancial. Se preguntaron por qué razón habían venido. Diana respondió amablemente, pero cuando ella quiso saber el “problema” de Amanda, ella se calló y prefirió dirigir el tema de conversación hacia otro punto. Seguidamente, con un “¿es la primera vez que se cita aquí?” y un “sí”, la conversación cesó.

El silencio era incómodo, pero desde el principio Diana sabía que eso no iba a ninguna parte. Mejor intercambiar unas cuantas palabras triviales que seguir hablando con alguien que claramente no tenía ganas. Se quedó en el mismo asiento por mera cortesía y se puso a observar al resto de pacientes.

En el primero en el que se fijó fue en el más joven. De aproximadamente unos diez años y con bastante sobrepeso. Parecía que estaba solo, no veía a ninguna mujer cercana. El chico lamía con frenesí una piruleta de colores. Cuando Diana se centró unos cuantos segundos más en él, sus oídos captaron unos sonidos que antes pasaban desapercibidos. Provenían del chico, y eran realmente repulsivos. Lametazos y sonidos deglutorios. Realmente estaba disfrutando de la piruleta, como si fuera el último alimento que comería en la vida. Estaba claro que de un momento a otro le metería un buen mordisco… ¿Sería ella la única capaz de escuchar esos molestos ruidos?

La respuesta fue no. Tras un rato, cuando el silencio permitió una escucha más nítida, una mujer que estaba sentada en la esquina más lejana de la puerta de la consulta, le dio un gran grito al chico. Le imperó que dejase de comer como un animal sañoso. El chico paró de lamer la piruleta y clavó la mirada en la mujer. El duelo óptico duró un par de segundos. Tras eso, él sonrió y le dio un gran bocado a la piruleta emitiendo un estruendoso crujido que provocó que ella se llenase de furia y se levantara del asiento. Diana también se levantó para tratar de calmar a la mujer, pero esta hizo caso omiso a sus palabras y la empujó haciendo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo. Durante los pocos instantes que pudo ver de frente su cara, Diana detectó la faz de alguien imbuido por pura ira. Actuaba como si quisiera matar al niño… todo por causar unos pequeños y molestos sonidos al lamer la golosina.

Él, mientras tanto, a pesar de ver el peligro que se le aproximaba, continuaba con su labor, aunque de vez en cuando echaba un vistazo a la mujer. Cualquier otra persona se habría alejado o habría prestado, al menos, algo de atención ante su actuación, pero el chico continuaba sentado allí, dando más importancia a la piruleta que a la situación.

Por su lado, la iracunda mujer, finalmente se puso en frente de él y le arrancó la piruleta de su mano de un golpetazo. Él ni se inmutó, se limitó a saborear los trozos de caramelo que aún permanecían en su boca. Seguidamente, tras mirarle con los ojos abiertos como platos y soltando amplios bufidos, se dirigió a la papelera y tiró la golosina. Seguidamente volvió a su asiento y se calmó un poco.

Los otros cinco, a los cuales Diana había estado viendo de reojo durante toda la escena, no tuvieron reacción alguna frente al griterío. Era como si estuvieran embarcados en sus pensamientos. El único que se movió un poco fue un joven, bastante atractivo, que estaba sentado próximo a la consulta de la Dra. Cuervo, que siguió atento con la mirada a la mujer. El resto no hicieron nada, se mantuvieron rígidos, estáticos.

Repentinamente la puerta de la doctora se abrió. Después de tanto tiempo de espera al fin daba señales de vida. Seguramente estaría analizando los perfiles de sus pacientes, así que, a partir de hora, era bastante posible que todo fluyera con más avidez.

Mara, la psiquiatra, asomó su torso por la puerta y miró de reojo el papel que sostenía con su mano derecha. Tras ello, la doctora llamó a un tal Guillermo Gil Gutiérrez. A este aviso respondió el niño de la piruleta, el cual había sacado una chocolatina de su pantalón que estaba devorando con extrema velocidad. En pocos segundos ya había consumido por completo aquel dulce. Se levantó y fue caminando lentamente mientras mantenía la mirada fija en la mujer que le confiscó su golosina. Esta le devolvió la mirada y en cuanto Guillermo lo supo, volvió a sonreírla mostrando sus dientes repletos de manchas de chocolate. Podría tener una cara muy adorable, pero cuando se ponía a comer se volvía un animal y toda su ternura se desvanecía, era engullida tal y como él hacía con la comida. Aún podía escucharse su masticar, sus movimientos linguales y la saliva chocando con la papilla chocolatada. Seguramente Guillermo tendría algún tipo de ansiedad, aunque su comportamiento era extraño, como si se regocijara de aquello, como si supiera lo que le ocurría y quisiera manifestarlo al mundo. Aun así, lo más raro de todo no era su actitud, sino la ausencia de sus padres. Fuera como fuera, ahora Diana podría dejar de observar y escuchar sus acciones. Desde luego, si tenía algo de apetito, se le acababa de desvanecer. Finalmente Guillermo saludó a Mara y entró. Ella les saludó a los demás con una amplia sonrisa y cerró la puerta. De nuevo, silencio… Aunque no duró mucho.

El joven de antes, el que, aparte de Diana, prestó atención a lo ocurrido con Guillermo, se sentó al lado de la mujer involucrada. Era risueño y le fue fácil romper el hielo. Diana pensó que posiblemente estaría hablando con ella para que fuera consciente de la forma en la que había actuado ante un crío. Mientras conversaban, Amanda se movió también. Esta se dirigió a la papelera donde se había depositado la piruleta. Diana observó con asombro como ella, creyendo que justo en ese momento nadie se percataba de su posición, extraía la golosina y la metía en su bolso para después volver a su asiento. No daba crédito a lo que acababa de ver. ¿Sería posible que tuviera el síndrome de Diógenes? De todas formas no era de su incumbencia, así que siguió fijándose en la pareja de extraños.

Cuanto más risueño se volvía el joven, más seria se ponía la mujer, hasta el punto en el que le asestó una fuerte bofetada. Al principio él se sorprendió por su reacción, pero luego emitió una sonora carcajada. Un fuerte “déjame en paz” de ella corroboró que no era una broma. Él se despidió, se puso de pie y miró a Diana mientras se frotaba la enrojecida mejilla con la mano.

Saludó desde la distancia y el acto recíproco de ella fue la señal de vía libre que hizo que el joven se acercase. Se presentó con el nombre de Lucas. La voz le temblaba, no se asemejaba a la seguridad que aparentaba antes. Y el resto de la conversación, además, era bastante monótona, parecía que se había preparado un guion. Aunque, al menos, esto distraería a Diana durante el resto de la espera. No obstante, a medida que ella iba respondiendo a sus preguntas y él iba cogiendo más y más confianza, las cuestiones iban pasando a un segundo plano. Cada vez, más descaradamente, sus ojos perdían el contacto con los de ella y descendían hasta el escote que formaba su blusa azul. Al principio lo pasó por alto, pero hubo un momento en el que el diálogo se hizo verdaderamente incómodo. Ahora Diana comprendía la reacción de la otra mujer. El concepto que Lucas tenía de sala de espera era el de “oportunidad para ligar”.

Diana finiquitó la conversación de inmediato poniendo la excusa de que tenía que ir urgentemente al baño. Lucas sugirió lo impensable: pretendía acompañarla. Ella, sin salirse de su asombro, y sin pensárselo dos veces, buscó con la mirada a otra mujer en la sala que no fuera ni Amanda ni la otra. Era un remedio despiadado, pero ahora mismo no tenía muchas ganas de seguir tratando con un Casanova de plata. Encontró a una joven, seguramente de la misma edad que Lucas, que estaba sentada de mala manera, adormilada y con la mirada perdida. Diana le aseguró a Lucas que esa joven había estado fijándose en él hace un buen rato y que eso significaba interés, ya que la intuición femenina siempre era efectiva. Como era de esperar, sus hormonas respondieron y se olvidó de Diana.

Aun así, aprovechó la ocasión y se quedó lo más lejos posible del resto. Ya había conocido a demasiadas personas extravagantes por hoy. Sin embargo, no pudo evitar seguir mirando a Lucas, no quería ver cómo se comportaba la joven. La idea de ir al baño, aunque fuera para echarse agua en la cara, parecía bastante buena, así que avanzó hasta la puerta de los aseos y echó un último vistazo a la sala de espera, en concreto al bolso de Amanda, comprimido por sus manos, como si no quisiera que ni la gravedad se lo arrancara. Lo de la piruleta quedaría grabado para siempre en la memoria de Diana. Al menos se comportaba de forma higiénica y no la estaba lamiendo, tan sólo la tenía guardada ahí, en el bolso, como si fuera un tesoro…

Al cabo de un par de minutos, un poco menos nerviosa, regresó a la sala de espera. En su asiento se hallaba un señor algo mayor. No era un paciente nuevo, ya estaba en esa sala, solo que en otro lugar. Y si hubiera sido en otro momento, Diana le habría preguntado la razón de sentarse allí, pero estaba segura de que él también actuaría de alguna forma extraña si entablaban una conversación.  A pesar de ello, ella se arriesgó y se sentó próxima al señor. No habló con él, aunque estaba preparada por si repentinamente quería charlar.

Y así fue. Sin dirigirla la mirada, con tono serio y apagado, dijo: “ya me gustaría estar en su lugar”. Diana no entendía a qué se refería hasta que se fijó en el lugar donde tenía la mirada el hombre. Estaba observando a Lucas y a la chica. Él la estaba acariciando con lascivia mientras ella no hacía absolutamente nada.

Diana, confusa, se dirigió hacia la pareja de inmediato. Posiblemente la joven tuviera algo parecido a una narcolepsia y no fuera consciente de lo que pasaba, pues, a juzgar por sus ojos, estaba más en el mundo onírico que en el real.

-Oye, ¿te encuentras bien? –preguntó Diana preocupada.

-Déjala tranquila, ¿no ves que está a gusto? ¿No es así, Penélope? –contestó Lucas en su nombre.

-… -sólo un leve gemido salió de su boca.

-Pero si ni se entera de lo que ocurre, está medio dormida.

-Ya comprendo… Estás celosa… Tranquila, yo puedo con dos a la vez… -insinuó Lucas.

Se quedó boquiabierta ante la contestación de él. Estaba a punto de hacer lo mismo que hizo la mujer de antes. Diana miró a su alrededor, nadie se preocupaba por ese abuso, excepto aquel señor, y él más bien lo hacía porque quería estar en el lugar de Lucas. Desde luego no cabía duda de que esto era la sala de espera de un psiquiatra…

Tenía que hacer algo, al fin y al cabo era su culpa, él ni se había fijado en Penélope hasta que ella quiso deshacerse de él. Y si había que tomar medidas drásticas, se tomarían sin remordimiento alguno. Cerró el puño y se dispuso a golpearle mientras él seguía distraído con el magreo.

Pero entonces la puerta de Mara se abrió de nuevo. Lucas López Laguna. Tenía suerte, esa era la mejor forma de asegurarse de que no volviera a molestar. Lucas suspiró enseguida ante la llamada de la doctora. Se levantó y se despidió de Penélope con una contundente palmada en su nalga izquierda. Penélope parecía que ni la sintió, ahí seguía, sin ni siquiera defenderse.

Cuando se cerró la puerta con Lucas dentro, el cual seguramente ahora tendría el objetivo fijado en la propia Dra. Cuervo, la tranquilidad acrecentó levemente. Pero Diana aún no estaba del todo cómoda, un atisbo de culpabilidad colgaba en su interior. Se sentó al lado de Penélope e intentó interrogarla para averiguar cómo había sucedido todo. Esta apenas contestaba con vocablos, normalmente asentía o negaba con la cabeza. Parecía que había estado tres semanas sin dormir. Si ya costaba tener una conversación seria con el resto, la situación se hacía el triple de imposible con alguien que ni ponía empeño en estar despierto.

Cansada de no conseguir nada, sintió curiosidad por hablar con la otra mujer, al fin y al cabo la debía una disculpa por el empujón de antes. Tal vez ella compartiera su misma opinión acerca del panorama. Se despidió de Penélope y, como era de esperar, ella la ignoró. Aunque no le importaba mucho, ahora dudaba de si había hecho bien en “salvarla” de Lucas. Tal y como reaccionaba, dándole igual todo, habría sido mejor no intervenir.

Mientras pensaba en aquello, fue andando hasta la mujer. Ella, ya viendo las intenciones de Diana, se levantó y se aproximó a ella.

-Si vienes a buscar conversación, has dado con la persona menos adecuada, chica. –dijo ella, rebosante de antipatía. –Me llamo Irene y vengo aquí por obligación. Y esas son las únicas palabras que voy a mantener contigo.

Tras ello, Irene volvió a su asiento, bufó, se cruzó de brazos y se quedó mirando la nada. Por su parte, Diana, aún con la palabra en la boca, seguía de pie, quieta y hastiada. Al final, cuando le tocase entrar a la consulta, la doctora tendría que tratar un nuevo trastorno en ella: la sociopatía. Se fue al asiento más alejado del resto de pacientes y sacó de su bolsillo un pequeño paquete de galletas que guardaba en el bolsillo de su vaquero.

En cuanto abrió el paquete, el sonido del plástico alarmó a Amanda y al señor que le había robado el sitio. Ambos, con mirada pedigüeña, fueron hacia Diana. El señor simplemente se puso a pasear al lado de ella, como llamando su atención, pero Amanda fue más directa, con una sonrisa que desvelaba auténtica falsedad, le pidió galletas. El paquete sólo contenía seis, pero Diana le ofreció gustosamente pensando que, tal vez, aquello, podría al fin cambiar el comportamiento de alguno de los que aguardaban allí.

Amanda, ipso facto, introdujo el índice y el pulgar en el paquete y extrajo cuatro galletas de golpe. Diana, cansada de disputas, tan sólo suspiró y ofreció el resto al señor, pues al fin y al cabo tampoco tenía mucha hambre. Sin embargo, él rechazó su oferta y al principio pensaba que lo había hecho para que ella se comiera las dos restantes… Nada más lejos de la realidad.

-¿Por qué tan poco? –preguntó el señor.

-¿Disculpa? –respondió Diana.

-A ella le has ofrecido cuatro galletas, ¿por qué he de conformarme con solamente dos?

-Pídeselas a ella, yo no tengo más que estas.

-Ya veo. Vaya favoritismos. –murmuró mientras se giraba hacia Amanda. –Será mejor que me des alguna de las que tienes…

Como era de esperar, Amanda se negó a darle alguna, y, en vez de comérselas, se las guardó en el bolso, tal y como hizo con la piruleta… Diana tenía dificultades para procesar lo que estaba viendo, dos personas adultas comportándose como críos por un simple paquete de galletas. Hasta qué límites podría llegar esta situación. Una mujer con una obsesión por guardar todo y un hombre bastante inconformista. Habría que rezar para que Mara saliera por la puerta y pausará aquello.

Y la fortuna estuvo de su parte. Amanda Arias Alarcón. Ella tomó aquello como la salvación. Fue con paso veloz hacia Mara hasta que la voz del señor hizo que se detuviera justo antes de que ambas entrasen adentro.

-¿Qué es esto? Llevo horas esperando aquí, yo también quiero entrar ahora. –reprochó el señor.

-Veamos. ¿Puede decirme su nombre? –inquirió Mara.

-Yo soy Enrique España Espinoza.

-De acuerdo… -dijo mientras buscaba su nombre en la lista. -Bueno. Creo que puedo hacer una excepción. ¿Tiene algún inconveniente, Amanda?

-Por mí no hay ningún problema. –afirmó ella.

-Pues adelante, señor España, puede pasar.

Ese simple acto provocó en él una reacción digna de la más poderosa química, sus ojos brillaron y se dibujó en su faz una sonrisa muy amplia. Parece que ya se le había olvidado el asunto de la “injusticia” de las galletas. Y, aparte de eso, aquello también tenía un efecto positivo en Diana: quedaban cuatro pacientes más, contándose a ella. La calma aumentaba por momentos. Por un lado estaba Penélope, que, en vistas de su comportamiento, ignoraba todo lo de su alrededor; y por otro estaba Irene que no tenía intención alguna de sociabilizar con nadie de allí. El otro sujeto era totalmente ajeno y extraño a todo lo que había ocurrido hasta ahora. Estaba de pie y con la cabeza agachada, un sombrero tapaba sus ojos y sólo quedaban al descubierto unos finos labios, a juzgar por el aspecto, parecía que tenía una edad aproximada a Diana. Tal vez con él sí podría mantener una charla normal, aunque esa idea fue tan fugaz como un fotón, no iba a empeorar las cosas para el escaso tiempo que la quedaba para que la Dra. Cuervo la llamara.

Treinta minutos después la doctora abrió la puerta y llamó a Irene Iglesias Iriarte. Anduvo con paso firme mientras, entre dientes, maldecía la larga espera que había tenido que soportar. De las dos, fue la última en entrar en su consulta, así que aprovechó la oportunidad para manifestar su indignación con un estrepitoso portazo.

Penélope Palacios Pineda fue citada tras veinte minutos de la llamada de Irene. Desde luego esto era lo que Diana necesitaba: que la sala se quedara casi vacía, que el silencio retomase la corona que merecía y el sonido quedase petrificado en un epitafio. Aunque un último espectáculo, un epílogo caótico, tuvo que aguantar antes de que la calma absoluta alcanzara sus entrañas. Como era de esperar, Penélope, ante su actitud indolente, tuvo que ser levantada del asiento con la ayuda de Mara. Al final, parecía que el más maduro de todos ellos iba a ser Guillermo…

Pero ya daba igual todo. Por fin se había librado de todos ellos, solamente quedaba aquel hombre extraño, y él no aparentaba ser problemático, incluso era raro que estuviera en la sala de un psiquiatra. Y fue aquella intriga la que iluminó de nuevo en Diana las ganas de conversar y matar el tiempo de una forma más amena. Aunque, a pesar de ello, aún tenía dudas, habían sido cinco intentos fallidos…

No obstante, no hizo falta que ella hiciera nada. Justo en ese instante el extraño se sentó a su lado.

-Hola Diana. Al fin se queda esto un poco tranquilo, ¿no crees? Por cierto, mi nombre es Arturo.

-¿Cómo sabes mi nombre? –interpeló Diana un poco sorprendida.

-Bueno, -respondió él entre risas. –podría decirse que soy un gran analizador. Observo y escucho todo lo que hay a mi alrededor para luego actuar de la forma más apropiada. Digamos que es un talento innato.

-¿Y has esperado todo este tiempo para hablar conmigo por alguna razón en concreto? Siento si la pregunta te…

-¡No te preocupes! –respondió interrumpiéndola. –Simplemente he considerado que este es el momento oportuno para decirte la verdad.

-¿La verdad?

-¡Oh! Discúlpame… A veces olvido que otras personas no son tan capaces como yo. Ya sabes… el “análisis”. A mí, por supuesto, no se me escapa ningún detalle, y durante un período muy corto de tiempo, casi nada más llegar a la sala, comencé a atar cabos, a unir todas las piezas del rompecabezas…

-¿Y a qué conclusión llegaste? –preguntó ella creyendo a medias lo que le estaba contando.

-Diana, -su voz se volvió más seria y grave. –esto no es una sala de espera de psiquiatría.

Ella le sentenció de inmediato: parecía el más cuerdo y es el más loco. Sin embargo, antes de que cortara la conversación, Arturo continuó, añadiendo pruebas para dar credibilidad a su descubrimiento.

-Sé que hay que ser muy hábil y astuto para percatarse, pero ya sabes que para mí esto es un simple juego de niños. Pero escúchame, lo que te digo es cierto. Lo primero que debes analizar. ¿Por qué todos los pacientes tienen las mismas iniciales tanto en sus nombres como en sus apellidos? Guillermo Gil Gutiérrez, Lucas López Laguna, Penélope Palacios Pineda… Hasta yo, Arturo Álvarez Alonso. Todos cumplimos esa regla… Y, además, ¿por qué no han venido más pacientes? Es como si no permitieran el acceso a más… ¿Me crees ahora?

-Siento decirte –refutó Diana. –que todo eso que dices es fácil de derrocar. Primero, mi nombre completo es Diana Izquierdo Escorpio, así que tu teoría sobre los nombres queda totalmente inválida. Lo tuyo y lo de los demás será una mera y curiosa coincidencia. Y, con respecto a lo segundo, no estoy cien por cien segura, pero mira la hora, son las ocho, y el horario de consulta acaba en veinte minutos. Lo más probable es que nosotros seamos los últimos citados de hoy, así que no hay razón alguna para que venga algún paciente más.

-Sabía que contestarías algo así. Tendré que ponerme en serio, nunca nadie puede contraargumentar mis observaciones. Veamos… si estás tan segura de que aquí no hay nada extraño, ¿cómo puedes explicar, si es que te has dado cuenta en algún momento, que siempre han entrado a la consulta de Mara, pero nunca ha salido nadie? Espero que no pienses que hay otra puerta de salida porque eso sí que es descabellado…

-Ahora que lo dices… Ella llamaba al siguiente paciente, pero no salía de su consulta el anterior… Y siempre ha sido así, el primero entra en consulta y luego sale para dar paso al segundo…

-Exacto. Pero aquí no acaba todo. Diana, piensa y responde. Eran seis pacientes, cada uno con un comportamiento singular… Y estoy seguro que en algún momento de tu vida tú te has comportado, al menos en menor medida, como ellos. Y aquí viene lo bueno, ¿no has sentido, cada vez que uno entraba, una sensación en tu interior de ligereza, como si algo en ti desapareciera para siempre?

Diana no sabía qué contestarle, en gran parte llevaba razón. Era como si algunos sentimientos, algunas ideas, se marcharan del lugar, así como los pacientes lo hacían. El apetito que tenía se fue cuando Guillermo entró, así como la rabia se evaporó junto con Irene, o las desganas se difuminaron a la par que Penélope se marchaba…

Con los ojos totalmente abiertos, miró asustada a Arturo, y este, comprendiendo que ya se había percatado de todo, sonrió asintiendo.

-Siete somos, Diana. Y Mara es el gran juez. Diana, no estás en tu ciudad, ni siquiera en eso que denominarías mundo real. Esto es el Purgatorio y se te ha dictaminado esta clase de prueba. Quien tú piensas que es la Dra. Cuervo no es ni más ni menos que el encargado de examinar todas y cada una de las almas que aquí vienen, y así como vuestras esencias son variopintas, las pruebas también destacan por su singularidad. Nosotros éramos extensiones de tu ser, Diana. Nosotros somos tú.

Esa última frase fue la gota que colmó el vaso. Se estaba ahogando en un estanque de incertidumbre. Aunque poco a poco, consolada por Arturo, fue asimilando la situación. Si todo aquello era cierto, eso quería decir que ella estaba muerta, pero no recordaba en ningún momento cuándo ni cómo ocurrió, y ni se atrevió a preguntárselo a él, sería mejor dejar la incógnita en el aire.

Un par de minutos luego, Mara abrió la puerta de su consulta. Finalmente era llamado Arturo. Él volvió a sonreír a Diana y la abrazó con fuerza. Caminó con paso ligero hasta la doctora y se giró una última vez para despedirse de Diana.

-Por cierto. Yo era la Arrogancia.

Y la puerta se cerró.

domingo, 12 de mayo de 2013

Sarcófago

Parecía imposible… En pleno mes de mayo y estaba lloviendo a cántaros. Pero eso no era lo peor, Javi tenía clase… Observaba a través de la ventana las gotas de agua, que incluso ellas se lo pasaban mejor que él. Definitivamente el horario de la Facultad de Medicina necesitaba unos cuantos ajustes… eran las ocho de la tarde y aún seguían allí, atendiendo a las palabras escasamente amenas del profesor.

Tampoco es que Javi pusiera mucho de su parte, ayer se quedó hasta las cuatro de la mañana jugando en el ordenador. El despertador sonó a las nueve y él se asemejaba más a un muerto viviente que a un viviente a secas. Ahora le tocaba sufrir la penitencia de Morfeo.

Podía marcharse, por supuesto, pero había dos razones que se lo impedían: la primera era, obviamente, que estaba lloviendo y no traía paraguas alguno, puesto que esta mañana estaba completamente soleado; la segunda razón eran los remordimientos, ya que después se sentía realmente mal si se saltaba una clase, aunque el temario fuera completamente teórico. Hoy sí podía decirse que estaba encarcelado.

Además, para empeorar todo un poco más, la clase estaba casi vacía. Normalmente acudían setenta u ochenta alumnos, pero, entre que los exámenes se acercaban y que parecía avecinarse una entrópica tormenta, hoy sólo habían acudido veinte alumnos. Javi tenía la esperanza de que, con ese reducido número, el profesor decidiera anular la clase, aunque tampoco conseguiría mucho si las precipitaciones no cesaban… Desgraciadamente no se dio el caso, así que estaban veinte alumnos, todos en primera fila, con la obligación de atender bajo la suspicaz mirada del profesor.

Constantemente miraba su reloj. Aún quedaba bastante para que fueran las nueve. Desde luego, la hora se estaba haciendo eterna, estaba convencido de que su reloj tenía las baterías a punto de gastarse y por ello los segundos de vez en cuando se paraban, no había otra explicación ante tan tortuosa lentitud. Relatividad, nunca colaboras…

Tras quince minutos después de las ocho en punto, el profesor decidió hacer un descanso. Pero tampoco iba a ayudar mucho eso; la puerta del aula daba al exterior, sin techo alguno. Ninguno decidió salir excepto el profesor, que parece que había recibido una llamada importante y tenía que dirigirse al decanato. Al menos, con él fuera, Javi podría descansar su mente durante unos breves instantes. Entrecruzó los brazos sobre la superficie de su mesa y apoyó la cabeza en ellos. Cerró los ojos y se dejó llevar por el relajante sonido de las gotas de lluvia cayendo. El confort que sentía ahora mismo era inigualable. Intentaba mantenerse consciente para no dormirse, pues el regreso del profesor era inminente, pero le era irremediable, tenía demasiado sueño y estaba tan a gusto…

Abrió los ojos súbitamente. Silencio. Oscuridad. Soledad. ¿Qué había pasado? Se había dormido. ¿Cuánto tiempo? Miró su reloj y eran las nueve menos cuarto. Aún faltaban quince minutos para que la clase acabara y ya se habían marchado todos… Y lo que es peor: nadie se había molestado en avisarle, ni siquiera el profesor. Con indignación recogió su archivador y sus bolígrafos y los introdujo en su bandolera. Mientras lo hacía, no paraba de murmurar palabras rabiosas, sin embargo se quedó enmudecido cuando el grito de una mujer retumbó en las paredes del aula.

Al principio se rio. Seguramente estarían haciendo unas prácticas en un aula colindante o alguna chica se habría topado con una cucaracha; en la Facultad proliferaban considerablemente. No obstante, al abrir la puerta, su pensamiento cómico se tornó macabro. El torso mutilado de Alberto, un compañero suyo de clase, se hallaba frente a él, en el suelo, sin vida, bañado en un charco armonioso de agua y sangre. Escasos metros adelante yacían sus miembros inferiores, retorcidos entre sí, e incluso en una de sus piernas podía verse un astillado fémur… Javi era consciente de que algún día vería muertos frescos y heridas traumáticas, pero no esperaba que fuera tan pronto… y menos en esa situación en concreto.

El bloqueo mental se desvaneció cuando el grito femenino de antes volvió a sonar. Ahora que estaba fuera sabía su lugar de procedencia. Tenía que ayudarla, ya no podía hacer nada por Alberto, lo único que hizo fue cerrar sus ojos, que aún, tras su defunción, mantenían una expresión de una muerte inesperada.

El grito venía del seminario de fisiología. Estaba a pocos pasos de él. Llegó hasta la puerta y se paró en seco. No se escuchaba nada, ni siquiera gemidos de dolor. No podía ser que alguien que hace escasos segundos estaba gritando estrambóticamente ahora no emitiera sonido alguno por su boca. Salvo que…

Salvo que hubiera muerto. Abrió la puerta y lo comprobó. Si la imagen de Alberto le había impactado, en este momento no sabría explicar lo que sentía… El aula estaba teñida casi completamente de sangre, en el suelo se amontonaban trozos de cuerpos, hasta había brazos y piernas en las ventanas. Era como si una bomba hubiera explotado allí mismo. Podía reconocer las cabezas, algunas separadas del resto del cuerpo, de muchos de sus compañeros de clase. Javi quería salir de allí, pero tenía que comprobar si alguien seguía vivo. Todo buen sanitario ha de anteponer la salud del paciente a los miedos de uno mismo.

Preguntó si había alguien y obtuvo respuesta de inmediato. La voz era de mujer, la misma que gritaba, pero ahora su voz temblaba, era débil, digna de cualquier moribundo. De entre los trozos de carne se revolvió algo. Emergió un sangriento brazo con una contorsionada mano, las falanges sobresalían de la piel, no tenía pulgar, así como se notaba la ausencia de dos metacarpos, parecía que había metido la mano en un triturador de basura.

El brazo siguió elevándose y le continuó el hombro y la cabeza, con una expresión demacrada, de Cristina, otra compañera de clase. Lo que más le sorprendió de su rostro no fue su mirada de terror, ni las profundas magulladuras de sus mejillas, sino la gravísima herida que tenía en su mandíbula. No tenía piel ni músculo alguno, su maxilar inferior, rojizo, estaba totalmente al descubierto. Javi supo de inmediato que no había salvación, en cuestión de segundos moriría desangrada. Y así fue, tan sólo emergió de entre los cadáveres para dedicarle su último aliento.

-No te acerques a eso…

Con su destrozada mano intentó señalar algo que se ocultaba en la esquina más oscura del aula. En cuanto Cristina se aseguró de que Javi había captado el mensaje, dejó caer su brazo y reposó su cabeza entre las vísceras de otro muerto para dejar de respirar.

Sin embargo Javi no sabía bien de qué tenía que alejarse. Fue tocando la pared para alcanzar el interruptor, pero al pulsarlo se fijó en que había cortado la luz. Era verano, pero pronto se haría de noche, tendría que aprovechar la escasa iluminación que ofrecía el Sol, si se acercaba un poco a la esquina podría identificar aquello de lo que le advirtió Cristina. El único peligro de acercarse existiría si aquello fuera un humano, pero a juzgar por la sombra, eso parecía más bien un armario, completamente inmóvil. No estaba vivo, por fortuna.

Agarró su móvil. Sin cobertura. Al menos podría usarlo de linterna para iluminar un poco más el aula. Apuntó con el foco al suelo, era casi irremediable el aplastar trozos de carne, apenas podían distinguirse las partes del cuerpo que aplastaba, aquello se asemejaba más a una habitación llena de carne hecha picadillo que a un aula con alumnos desmembrados.

Muchas caras parecía que le mirasen suplicando ayuda. Ramón, David, Mar, Estela, Álvaro, Edu, Pablo… Sus restos estaban esparcidos por el suelo. ¿Qué habría ocurrido en esta aula para que murieran todos de esta horripilante forma? Fuera como fuera se sentía afortunado de haberse quedado dormido, tal vez justo eso fue lo que evitó su muerte, aunque no se explicaba el por qué. Todos estaban despiertos, podían correr, sin embargo él era el que se encontraba más indefenso justo en ese momento. Estaba claro que esto era obra de un psicópata, y ellos nunca dejan a nadie vivo. ¿Por qué, entonces, había logrado sobrevivir? Quizás aproximarse a esa sombra sería precisamente el finiquito de su buena fortuna...

Cuando la luz del móvil alcanzó el objeto pudo comprobar que aquello era lo más extraño y lo menos acorde con la Facultad. Nada más y nada menos que un sarcófago. Estaba bañado en oro y tenía pintado en él la cara de un faraón. La expresión de este era tranquila, y sin embargo transmitía una sensación sobrecogedora.

Se quedó unos segundos contemplándolo, tenía unos magníficos grabados, además de unas cuantas piedras preciosas engarzadas rodeadas de espirales doradas. Lo único que le quitaba belleza al sarcófago eran los ojos del faraón, los que, incluso, parecían que fijaban la mirada en Javi. Tras un rato, cuando observó unas manchas de sangre en la base del sarcófago, volvió a la realidad. Fue en dirección contraria para salir del seminario. Esquivó nuevamente los cadáveres y llegó a la puerta. Pero justo antes de salir un chirrido le hizo detenerse. Era el sonido característico de una puerta abriéndose, aunque mucho más grave, y provenía de dentro del aula.

Se giró y vio que el sarcófago estaba menos sombrío, como más alejado de la esquina y más cercano a Javi. Sería un efecto visual, no se podría haber movido… Aunque eso no era lo más alarmante, lo importante era que ahora estaba entreabierto. Activó el móvil nuevamente y enfocó el sarcófago. Intentaba ver qué había dentro de él, pero la oscuridad era muy densa en su interior.

No obstante algo sí que pudo ver. Una blanca y amplia sonrisa formada por afilados dientes y un ojo felino verde como el jade. De entre la oscuridad, ambos, el ojo y la dentición, aparecieron repentinamente de la oscuridad. Javi se quedó gélido, pálido. Ahora comprendía el aviso de Cristina. Tenía que escapar.

Cerró la puerta del aula y corrió lo más rápido que pudo hasta la salida de la Facultad. Aunque fue en vano, estaba cerrado. Se acercó veloz a conserjería para ver si había alguien. Pero nada, lo único que le esperaba allí era un panorama similar al del seminario de fisiología: sangre y carne por todos lados. Probó en secretaría, la cual estaba al lado de la primera, y observó lo mismo. Parecía que Javi era el último superviviente de la Facultad… y una bestia sedienta de sangre le perseguía.

La cabeza y el pecho comenzaron a dolerle de forma intermitente, podía sentir su pulso, el corazón estaba a punto de estallarle, su nivel de estrés estaba por las nubes, sobredosis de adrenalina y noradrenalina, sus glándulas suprarrenales no daban abasto. Tal vez ese estado aumentado de alerta podría usarlo para su propio beneficio. Tendría que buscar una forma de escapar, o en su defecto, una forma de mantenerse con vida hasta que alguien viniera en su ayuda, porque la opción de hacer frente a aquella bestia estaba totalmente descartada. Se paró un momento y analizó la situación. Quizás en la otra punta del patio de la Facultad podría hallar una salida, en la segunda planta había una zona por la que podías saltar al tejado de las aulas de abajo, quizás podría encontrar algo siguiendo ese camino.

Se dio la vuelta para ponerse en marcha, pero desgraciadamente no fue muy lejos. A pocos centímetros de él se alzaba el imponente sarcófago. Estaba cerrado, pero eso no quitaba que Javi se quedara sin respiración. Dio dos pasos atrás y lo rodeó para después salir corriendo de ese lugar. Mientras se alejaba pudo escuchar una risa aguda, la cual seguramente emanaba del propio sarcófago. Aquel monstruo se mofaba de él. Giró la esquina y observó en la pared una palabra formada por extremidades ensangrentadas: CORRE. Al final parecía que precisamente, por haberse quedado dormido, Javi iba a ser el que peor lo iba a pasar mientras su depredador le acechaba… Y ahora tenía que cruzar el aula de anatomía, tenía que pasar por el depósito de cadáveres… por si no había visto suficientes…

Lo primero que le sorprendió al entrar fue que no se encontraba como las otras habitaciones que había visto, esta estaba totalmente limpia, no había sangre en las paredes ni cadáveres descuartizados en el suelo. De hecho aquel silencio… esa tranquilidad… la atmósfera creada le asustaba más que si se hubiera topado con la imagen aberrante que se esperaba encontrar.

Estaba claro que algo extraño pasaba. Y estaba seguro de que las pruebas las encontraría en las bolsas que yacían en las camillas metálicas, en cuyos interiores se hallaban muertos con un considerable grado de descomposición. No era normal que, estando todos los cadáveres fuera de las cámaras frigoríficas, no hubiera ninguna leve fragancia a formol.

Al acercarse a la primera camilla percibió un goteo. Se agachó y se percató de que por una de las patas había un fino reguero de sangre. Siguió el recorrido y llegó al tirador de la cremallera de la bolsa. Justo debajo había un charco de sangre. Javi tragó saliva y agarró el tirador con el índice y el pulgar de su mano izquierda. Fue abriendo lentamente la cremallera hasta destapar la cara del difunto.

Esa cara no pertenecía a los muertos de la cámara, estaba fresco, lo habían metido hace poco ahí. Siguió descendiendo el tirador y observó horripilado como su abdomen y su tórax habían sido vaciados completamente. No sabía quién era ese desafortunado, pero a juzgar por la forma en la que había muerto, seguramente era otro alumno. No habían dejado víscera alguna, como si se tratara de extraer la pulpa de una calabaza, completamente limpio. Ahora lo entendía. En esa sala también había cadáveres, pero estaban metidos en bolsas…

No existía razón alguna para ir abriendo todas las bolsas una por una, pero tenía la incertidumbre de que a lo mejor había alguien que no había muerto. En el peor de los casos llegaría el monstruo del sarcófago al aula de anatomía, y si eso pasaba no corría mucho peligro, estaba jugando con él, así que le dejaría escapar. Además, lo más seguro es que incluso esto de ocultar los cuerpos fuera un juego en sí. Habría que jugar para intentar ganar.

Fue abriendo las bolsas. A veces tenía que pararse y sentarse en el suelo varios segundos por culpa de las náuseas y las sensaciones repulsivas que tenía al contemplar el estado de los cuerpos. Uno de los que más le impactó fue el de un estudiante al que le habían vaciado el cráneo. Su cuerpo estaba perfecto, pero del cráneo sólo quedaba la placa occipital, ni había cerebro, ni cerebelo ni otras partes del encéfalo… Si no hubiera sido por la pulsera que llevaba en la muñeca derecha, nunca habría podido reconocerle, era Iván… Le apasionaba la anatomía y ahora descansaba en esa aula…

Finalmente sólo quedaban las cámaras frigoríficas. Comprobó que muchas de ellas estaban vacías. ¿A dónde habían ido a parar los cadáveres de las prácticas? Algunos de los compañeros que habían en las cámaras se encontraba en perfectas condiciones, Javi tuvo que tomarles el pulso para ver si de verdad estaban muertos. Por desgracia todos lo estaban….

Todos salvo una chica. Su pulsación era tremendamente baja. La sacó de inmediato de allí y la colocó en el suelo. Frotó su cuerpo para que entrara en calor. Ella no paraba de tiritar, apenas estaba consciente. Javi cogió una de las batas blancas que colgaban del ropero cercano a la puerta y se la puso. Se quedó un par de minutos con ella hasta que consiguió elevar su temperatura lo suficiente como para que pudiera hablar.

Javi no la conocía de nada, pero por su edad debería ser estudiante de medicina también. Y así era; ella se presentó con el nombre de Jade, dijo que no solía venir a menudo a las clases teóricas, aunque a veces, cuando un tema a tratar en las clases le interesaba mucho, ella acudía. Hoy, desde luego, había sido poco acertado ir a ellas… Por su lado, Javi se armó de valor y la preguntó si sabía algo acerca de aquel misterioso sarcófago. En cuanto mencionó esa palabra, sarcófago, a Jade le entró un escalofrío por todo el cuerpo y abrazó a Javi. Acercó su boca a su oreja y le susurró que sabía demasiado acerca de aquello.

Él, ahora, iba a preguntar si sabía qué era lo que había en su interior, pero Jade le interrumpió al señalar la puerta por la que Javi había entrado. En el cristal de la parte superior de la puerta, esa misma a la que antes se había aproximado para coger una bata, se podía observar un rostro asomado, mirándoles. Fueron microsegundos los que Javi tardó en reconocer el rostro. Era el faraón, el sarcófago. No tenía idea de alguna de cómo podía desplazarse con tanta soltura y sigilo un objeto que seguramente era bastante pesado. De todas formas lo más preocupante no era el continente, sino el contenido…

Ambos se levantaron del suelo y salieron del aula. Volvían al patio exterior, el ambiente limpio y ordenado se quedaba atrás. De nuevo sangre, de nuevo horror…  Jade temblaba ante las horrendas imágenes de profesores y estudiantes despedazados. Esa reacción hizo que Javi la preguntara si recordaba algo antes de aparecer en la cámara frigorífica. La respuesta le dejó de piedra. Confesó que sabía con total certeza que había alguien más en la Facultad que permanecía vivo, y ese otro superviviente era precisamente el causante de todo: el profesor de fisiopatología, el que les estaba impartiendo la clase antes de que todo comenzase. Javi no se enteró, pero la masacre se inició en esa misma aula. Tras esa supuesta llamada, el profesor regresó cinco minutos después con su indumentaria llena de sangre. Bloqueó la puerta y, de repente, sus brazos se volvieron corpulentos y de color gris y sus manos se convirtieron en garras. No hubo tiempo de reacción por parte de los estudiantes. Su brazo derecho se desprendió de su cuerpo, como si fuera una masa viscosa, y entonces lanzó el brazo a una fila de estudiantes. Justamente en esa fila se encontraba Javi, pero al estar con la cabeza agachada, la trayectoria de la garra no le alcanzó. Sin embargo, los demás no tuvieron esa suerte, fueron decapitados uno detrás de otro. Jade, al igual que en ese momento el profesor, le dio por muerto. El resto de la historia no tenía mucha intriga. A base de reiterados golpes algunos consiguieron abrir la puerta, aunque no llegaron demasiado lejos… Muchos se refugiaron en el seminario de fisiología, que se encontraba al lado, Jade prefirió seguir a los que se dirigían al aula de anatomía. Al entrar se encontraron con ese sarcófago. Comenzó a abrirse, y mientras se abría empezó a salir sangre a borbotones a la par que surgían gritos de compañeros. Cuando se abrió por completo todo se nubló y Jade perdió la consciencia, no sin antes observar la horrible cara de aquella criatura…

Si Javi lo estaba pasando mal con lo que Jade le narraba, no quería imaginarse cómo tuvo que sentirse ella mientras lo vivía… No podía creerse que un profesor cometiera tal aberración contra unos jóvenes indefensos, aunque viendo lo que ella había dicho sobre el profesor, parecía que él tampoco era humano…

Jade terminó su historia corroborando lo que Javi había supuesto según ella hablaba. El profesor, al igual que el monstruo del sarcófago, tenía los ojos verdes. Era muy probable que ambos fuesen el mismo ser. Además de la semejanza cromática, Javi y Jade, así como el resto de estudiantes, sabían que él era conocido por su afición por la mitología egipcia. Podrían ser meras coincidencias, pero era posible que ese monstruo se mantuviera en una forma humana aguardando el día perfecto para dar rienda suelta a sus instintos homicidas. La otra explicación, aún peor, era que había dos aberraciones merodeando la Facultad, cosa que, si era cierta, podría empeorar aún más la huida.

Y con respecto a eso, la huida, ya sólo les faltaba subir las escaleras y recorrer un pasillo no muy largo, después sólo sería saltar al tejado de las aulas y coger carrerilla para otro salto más amplio para así pasar el muro y llegar a la calle. Pero la teoría, como siempre, era mucho más sencilla que la práctica. Les costaba mucho mantener la mirada al frente con la cantidad de muertos que veían, y, por supuesto, sabían que aquella bestia no les permitiría escapar tan fácilmente…

Subieron las escaleras y llegaron al pasillo. En ese momento dejaron de correr porque al final de este se erguía la figura del profesor de fisiopatología. Estaban un poco agotados y no había otro sitio por donde salir, pues si retrocedían, lo más probable es que se encontraran con el sarcófago. Simplemente se quedaron de pie y esperaron su respuesta, pero tras varios segundos el profesor seguía en la misma pose. Viendo que su muerte podía ser inminente, se pusieron a gritarle, preguntándole por qué había hecho todo esto, si no tenía compasión por los demás, y otras preguntas retóricas más. No obstante, el profesor seguía ahí, mudo, sin mover ni un músculo.

Quizás eso fuera otro juego, llevarles a la locura y a la desesperación para ver cómo reaccionaban. Al final Javi agarró fuertemente la mano de Jade y ambos se miraron. Él explicó que la situación era crítica y que la única salida era correr todo lo que pudieran por ese pasillo e intentar esquivarle para saltar al tejado. Si de verdad les estaba poniendo a prueba, él esperaría que optaran por retroceder y estar corriendo de un lugar para otro horas y horas hasta que se cansara y les diera caza. El único as en la manga que tenían era ese, cargar contra él, dirigirse a una posible muerte. Hicieran lo que hicieran las probabilidades de perecer eran elevadas, pero esta temeraria acción al menos les concedía una oportunidad de salir vivos.

Jade le miró con los ojos vidriados. Le sonrió y aceptó su propuesta. Le devolvió el apretón en la mano y contaron hasta tres. Corrieron hacia él lo más veloces que pudieron. Javi se fijó un momento en él, ni siquiera así parecía inmutarse, aunque Javi lo obvió, volvió a clavar su mirada en pequeño escalón que deberían saltar para llegar al tejado de las aulas de abajo. Con cada paso que se acercaba le latía más y más el corazón, era como ir por voluntad propia hacia la perdición. Ya quedaban escasos metros. Avisó a Jade para que se preparase para el salto. Y tras diez metros llegaron a la zona de riesgo. Javi agudizó sus reflejos por si repentinamente el profesor hacía un movimiento brusco. Pero, afortunadamente, logró pasar, no sabía si había intentado atraparle, pero fuera como fuera había conseguido hacerle frente. Ya sólo quedaba lo fácil. Se impulsó con las piernas y saltó. Y entonces…

Entonces, de un tirón, se precipitó contra el suelo. No podía ser, al parecer sí que el profesor le había agarrado. Si a él le había interceptado yendo delante, ¿qué le habría pasado a Jade? Levantó la cabeza del suelo y comprobó si ella se encontraba bien.

Y claro que se encontraba bien. Había sido ella precisamente quien le había dado ese tirón. Javi, con voz temblorosa, pregunto por qué, y ella, sin decir palabra alguna, le respondió señalando al estático profesor… Con razón no había hecho ningún movimiento ni había dicho ninguna palabra… Antes no lo había visto por la perspectiva, pero ahora, desde su espalda, observaba como durante todo este tiempo el profesor había estado muerto. Estaba empalado y con los brazos y piernas, tras el rigor mortis, colocados de tal forma que parecía realmente que simplemente estaba de pie. Así que por lo tanto, si él estaba muerto y era el monstruo. ¿Por qué el sarcófago seguía vivo?

La respuesta se la volvió a dar Jade cuando giró a Javi en el suelo para que se pusiera cabeza arriba para, posteriormente, ponerse ella encima de él. Le miró y le sonrió de nuevo. Aunque esta vez la sonrisa era diferente, no eran los dientes blancos que le había mostrado antes, ahora tenía la misma sonrisa macabra que la bestia del sarcófago… Sus ojos también cambiaron, se volvieron verdes y las pupilas se rasgaron.

Javi, al borde de la locura, simplemente emitió una sonora carcajada. Pensaba que podía anteponerse a los movimientos de la criatura, jugar a su juego y ganar, pero parece que no. Durante todo este tiempo había estado siguiendo al pie de la letra sus reglas para al final caer entre sus garras. El sarcófago en el aula de anatomía era el punto clave… Si se hubiera fijado que ni se abría ni emitía ruidos como las otras veces, hubiera podido llegar a darse cuenta de que era debido a que su propietario no estaba dentro de él.

Jade arremetió primero contra su garganta. Él no sintió apenas dolor, estaba enfrascado en sus pensamientos, maldiciendo su fortuna y tomándose como un chiste su intento de actuar como el “héroe”. Mantenía la mirada perdida mientras ella desgarraba su carne. La sangre fluía y él seguía riendo. Poco a poco su visión se emborronaba y cada vez los gruñidos y el sonido cárnico provocados por la bestia se iban haciendo más distantes. Siempre tuvo miedo de morir con un tremendo dolor, pero parece que, tal vez por la situación, no era para tanto drama. En fin…

Para que luego digan que hacer pellas sólo tiene malas consecuencias.

domingo, 5 de mayo de 2013

Especial Día de la Madre: Ouija [2/2]


Juan Antonio regresó sin problemas al Mundo de los Vivos. Cayó en un sueño profundo y entonces se despertó aquí, en la Tierra, en su cama, junto a su mujer. Todo parecía normal, pero sabía que se hallaba en una realidad distorsionada, donde ahora el que había fallecido no era él, sino Dani, su hijo.

Observó que absolutamente todo había cambiado… sobre todo las fotos de la casa, había muchas más fotos que antes, y en todas ellas Dani salía. Fue en una de ellas donde Juan Antonio pudo ver en los ojos de Dani la misma mirada de determinación que tuvo cuando se ofreció para ascender a Rey Osario.

Paseando por la casa detectó, sin embargo, algo que su hijo había decidido no cambiar. Lo único que aún dejaba presencia de que él estaba vivo y Juan Antonio había muerto era una serie de papeles depositados en la mesa del recibidor. En ellos había escrito una especie de poema.

Juan Antonio, al acabar de leerlo, comprendió la razón, se había cambiado la realidad justo el primer domingo de mayo, en el día de la madre. Dani había querido preservar el regalo que la hizo el año pasado. A pesar de que, según esta nueva realidad, Dani llevaría el mismo tiempo muerto que su padre, él, al lado del regalo, también había depositado una nota dirigida a su padre.

Entrégaselo a mamá. La hará llorar, pero también la reconfortará. Ha de luchar por ti y por vuestras otras dos hijas, mis hermanas.

Cuando Juan Antonio le dio el regalo a su mujer, esta, tras leer unas pocas estrofas, tal y como predijo Dani, rompió a llorar. Pero esas lágrimas no sólo eran de tristeza, también eran de alegría, de emoción.

Él, ante tal imagen, quiso decirla la verdad, sin embargo, estaba seguro de que no la creería. Lo único que podía hacer era consolarla y esperar a que todos descansaran en paz, para así volverse a reunir con su hijo. Al menos, mientras tanto, tendría ese pequeño pedazo de la verdadera realidad, aquella que le aseguraría, siempre que dudara, que Dani estaba bien y que velaba por ellos. Siempre quedarían sus últimas palabras grabadas en esos papeles. Aquellas palabras que dicen así:



Nació hace unos años
entre lágrimas y sangre
y sabiendo de primeras
su esencia como madre.

Eran años de penuria,
tristes, grises, desmembrados.
Una vida en desventura
ahora había comenzado.

Carmen fue su nombre,
de seis hermanos, última.
Mas en romper cadenas
fue primera y única.

Con sus ojos aceituna
reflejando la esperanza,
optimismo y locura
por cambiar la balanza.

No vio nunca de pequeña
que toda esa inocencia
quedaría destrozada
por la terrible fiereza.

 Su único objetivo:
un mundo mejor hacer.
Su única herramienta:
de la armonía su poder.

Mas no sabía cuánto
el humano sabe dañar
para los sueños del ajeno
llegar a ejecutar.

Y llegada a la infancia
contemplando alrededor,
su sonrisa de marfil
de negro se tintó.

Preguntó a la alegría.
“Fea, enana, ratón”
Y he ahí su respuesta…
Su corazón se destruyó.

Pero hay que recordarlo,
los eslabones rompió.
Y del doloroso suelo
de nuevo se levantó.


 Y un aspecto destacaba:
su altruismo radical.
Que a veces era bien,
pero otras muchas mal.

Llegaba a casa y no veía
ese afecto familiar,
por lo que un buen par de veces
se tuvo que cuestionar:

¿Y si yo no he provenido
de esta casta singular
y en secreto me guardan
que me tuvieron que adoptar?

Porque a veces no entiendo
la razón de estar aquí.
Pues contemplo en mi refugio
un emulado sinvivir.

¿Acaso llevo sus sangres,
la misma saña yo tendré?
¿Acaso será inevitable
y yo nada podré hacer?

Pero nunca se rindió
e intentándolo siguió
con dientes y uñas
su objetivo defendió.

No querer dañar a nadie
y a todos querer cuidar.
Desde siempre fue madre,
no se puede negar.

Mas entonces la desdicha
a su alma se amarró
cuando por orgullo
se tomó una decisión.

Marchóse de su casa
entre el frío y el dolor
con atmósfera grisácea
el tiempo enlenteció.

Arraigó oscuridad
y salidas no vio
¿Era este el destino,
era su perdición?


 Aunque ella no sabía
que, como ángel inmortal,
por mucho que se hundiera
se volvería siempre a alzar.

Un amigo desconocido
que la mano la tendió
hizo que el gris se fuera
y entonces resucitó.

Meses y años pasaron
entre luz y oscuridad.
luchando por su meta:
el mundo al fin cambiar.

Fue del setenta y cinco,
aquella que nació
y el nombre de madre
a ella le regaló.

Sin creérselo aún
abrazando a su hija
con brillante corazón
cual dorada sortija.

 Diecinueve meses
pasaron después
para entonces dar a luz
a un segundo bebé.

Se olvidó de sus males
y con una gran labor
a las dos sacó adelante
con mimos, cariño y amor.

Y finalmente llegó
de los tres el varón
que años tardó en optar
por salir al exterior.

En su infancia, el último,
en su madre observó
que hasta cuando sufría
ocultaba su dolor.

Por eso este pequeño
que de ti es aprendiz
te obliga desde hoy
a aprender a sonreír.


 Parturientas hay muchas
pero madres escasean
y, de entre todas las joyas
tú la que más destella.

Dicen que no es profesión,
que es sólo una función
de otro ciudadano
de esta triste nación.

Pero no entienden que tú
que trabajas sin parar
has conseguido incluso
a profesionales superar.

Psicóloga del ajeno,
hasta sus lágrimas atiendes,
compartes sus problemas,
les escuchas, les entiendes.

Guardaespaldas maternal,
defendiendo sin cesar
a aquellos que cayeron
y ayuda piden sin parar.

 Profesora eficaz
que siempre nos enseñaste
sabiduría, educación
y por la senda nos guiaste.

Filósofa del todo
e intolerante de la nada.
Preocupada por lograr
nuestra vida bien labrada.

Veterinaria, limpiadora,
consejera y enfermera.
Abogada, terapeuta,
economista y cocinera.

Siempre que algo faltaba,
a pesar del sacrificio,
no importaba, tú ayudabas,
igualabas a un hospicio.

Como madre y como padre,
no te quedó otra opción
cuando el fatal destino
optó por la defunción.


Mas me llevaste adelante.
Aun fingiendo la sonrisa
para no verme llorar,
la desdicha fue omisa.

Y más cosas te surgieron
con las que comprendí
que una fuerza imparable
se hallaba dentro de ti.

Pero no quiero que mientas,
no siempre eres feliz,
y sólo ocultas tus males
para verme sonreír.

Mamá, por eso has de saber
que no debes anteponer
la felicidad de un tercer
a la de tu propio ser.

Que aunque ahora mismo
yo me halle ausente
mis ojos pueden verlo,
ellos leen tu mente.

Heroína como pocas,
a todos quieres salvar,
ha llegado el momento
de por otra vida luchar.

Y me refiero a la tuya,
ahora te debes cuidar
y ponerla donde merece:
arriba, en un pedestal.

Utiliza esa fuerza
y no te dejes caer.
Busca ayuda, si quieres,
nos tienes a los tres.

Tu destino fue ser madre,
y ahora un equipo formamos,
así que no lo dudes,
te ofrecemos nuestra mano:

Aunque a veces falle,
conmigo podrás contar,
pues te debo la vida.
Te quiero, mamá.