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28-09-2015

Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

lunes, 24 de junio de 2013

Los Siete de junio: Insurrección

Un súbito empujón me devolvió a ese lugar del que no hace muy poco yo pertenecía. No llegué a entender nunca la razón de este “regalo” hacia mi persona. Sinceramente, uno se acostumbra a los lugares en los que vive. No obstante yo aún echaba de menos mi antiguo hogar. El nuevo era frío y silencioso, digno de aquellos individuos que se merecen el peor de los castigos. No, y puedo apostar mi válvula mitral a que no merecía ser testigo de aquel tétrico lugar.


Pero el asunto de volver sin ninguna razón en concreto era el menor de mis problemas. Ante mí tenía una oscuridad muy cercana, pero notaba algo más que esa penumbra. ¿Tal vez un nogal? Madera… sí. Seis tablones atrapaban mi cuerpo varios metros bajo la superficie terrestre. Respiré y me calmé. Bueno, peor no iba a ponerse.



Al principio los golpes que lancé contra el tablón superior eran débiles y lentos. Sin embargo, una fuerza surgió en mí. Parecía que algo (o alguien) en mi interior sí quería aprovechar esta segunda oportunidad costase lo que costase.

Mis nudillos ya estaban en carne viva, pero, milagrosamente, no sentía dolor alguno. Tras una centena de golpes conseguí astillar la tabla y, pocos minutos después, romperla completamente con la consiguiente avalancha de tierra y podredumbre insectoide viniendo hacia mi pálida cara. Menudo comité de bienvenida. De todas formas, ahora ya estaba fuera de esa prisión individual, de vuelta a mi antigua vida, regresando de la muerte…

Yo también me quedé sorprendido los cinco primeros minutos; es algo extraño y un poco difícil de explicar. Vamos por partes, cuando estás a punto de morir, cuando tu vida se cuenta por segundos, la sensación es clara: angustia, un dolor indescriptible recorre todo tu cuerpo asfixiando a todas tus células. Por otro lado, lo que me ha ocurrido a mí, es algo parecido pero a la vez muy distinto. Supongo que he sufrido una resurrección… Sea como sea, si el dolor al morir es horroroso, no os podéis imaginar lo que se siente al volver a la vida. Es como si tu organismo hubiera cerrado sus compuertas y la única forma de volver a manejarlo es ejerciendo una presión sobrehumana en él. La presión es tan fuerte que parece que vas a explotar en cualquier momento. Aunque tras el dolor de la resurrección te aguarda lo que toda alma errante anhela: volver a la vida.

Nada más regresar no recuerdas nada, ni el inmenso dolor. Pero poco a poco tu memoria vuelve a activarse y de nuevo eres consciente de absolutamente todo.

Es posible que algunos piensen que he sufrido una catalepsia o que, simple y llanamente, estoy loco. No sé qué decir, los gusanos y demás seres descomponedores que roen sin parar mi cabeza discrepan ante estas soluciones rápidas y alternativas.

Soy algo así como un zombi. Pero no puede ser… esos… monstruos… aparecen en películas. Esto es la vida real, debe haber una explicación científica para lo que me ha sucedido. Mi cuerpo no reacciona, mi corazón no palpita y ni siquiera tengo que llenar y vaciar constantemente mis pulmones. Pero, entonces, si ningún órgano está vivo, ¿por qué mi cerebro sí lo está? Ahora mismo estoy pensando, razono, hasta puedo hablar con total fluidez, y sin embargo, por cómo me veo, seguramente también presente una muerte cerebral. Al menos sí puedo ver algunos agujeros en mi cabeza en los que, al meter el dedo, llego a tocar el cerebro. Jamás pensé que tendría esa textura, como gelatinosa, yo creía que era bastante más sólido. Es curioso…

Creo que lo mejor será ir al centro sanitario más cercano. Los profesionales me diagnosticarán algo lógico. Despertarse tras una muerte tampoco es algo tan raro. Recuerdo las historias que me contaban de féretros que abrían meses después de la defunción del residente y veían marcas de arañazos. Creían que habían regresado de entre los muertos cuando en realidad no habían perecido en absoluto, pues para que esto ocurra, como he dicho antes, debe certificarse la muerte cerebral.

Mi cráneo se cae a pedazos, apenas sangro, el dolor casi es inidentificable, mi piel está completamente cianótica, carente de oxígeno. Sí, hay muchos indicios de que he podido pasar a “mejor vida”, pero soy demasiado escéptico para pensar en que los muertos vivientes existen. Tal vez mi cuerpo sea resistente. Quizás un rayo ha impactado en mi féretro y ha reanimado mi corazón. Hay cientos de posibilidades en mi lista, y desde luego, la última, la que aceptaré cuando el resto se haya descartado, es la de ser un… no-muerto. Aunque eso no quita que siga pensando en mi dicha.

Un punto a favor es que se supone que cuando mueres ves una especie de luz. Bueno, está claro que luz ninguna, pero sí que vi una profunda negrura. Lo que también puede corresponder a una muerte… No obstante, durante todo este periodo sentí dolor, algunas veces ínfimo y otras insoportable, pero a fin de cuentas dolor, algo sumamente característico de una persona que está viva. Así que con esto último creo que es más que evidente que estaba vivo, posiblemente en un estado de inconsciencia súbita.

El otro punto a tratar era el tiempo. Me había despertado bajo tierra, estaba claro que había tenido un velatorio, y eso descontando la cantidad de días que he permanecido enterrado; muchos, viendo el estado de mi cuerpo. Muchas horas han pasado durante mi letargo. Si pudiera averiguar el parámetro exacto podría saber si realmente esto se trata de una catalepsia… Me parece que en estos momentos hubiera deseado tener unos conocimientos más amplios en el campo de la medicina…

Finalmente, mientras en mi cabeza continuaba este debate que oscilaba entre la muerte y la vida, llegué el hospital general de la ciudad. Era de noche, y parece que bastante tarde, así que no me encontré con ninguna persona de camino al lugar, y espero que, debido a ello, tampoco hayan muchos pacientes en la sala de espera y me atiendan pronto. Mi incertidumbre está empezando a convertirse en miedo.

Al entrar me esperaba lo típico, algún que otro sanitario pasando, varios pacientes quejándose, otros cuantos sentados, un poco de ajetreo… Pero no hallé nada de eso. Simplemente silencio, aquel monstruo estremecedor que me había acompañado en mi tumba. No podía soportarlo, necesitaba escuchar algo, aunque fuera un molesto ruido, pero algo que me alejara de la duda, de si todo era una especie de sueño y mi cadáver seguía bajo una lápida.

Sin embargo, tendría que conformarme con el sentido de la vista. Al menos había luz, pero eso no quitaba que pareciera que el hospital estaba abandonado. Tendría que ponerme a buscar, aunque fuera para encontrar a un paciente ingresado… Cualquier contacto con la humanidad me servía en estos instantes.

Anduve por los pasillos sin encontrar ni un alma. El propio eco de mi voz lo corroboraba. Tal vez tuviera más suerte en la planta superior. Me dirigí a unas escaleras próximas y me dispuse a subir el primer escalón cuando, de repente, un llanto, proveniente de arriba, me paralizó. Quizás en otro momento hubiera sentido terror ante tal sollozo, pero en ese momento la parálisis se debía a la propia incredulidad y la euforia.

Intenté subir lo más rápido posible, aunque comprobé que aún mi cuerpo se estaba recuperando, y al parecer de una forma no muy rauda. Repetidas veces mis rodillas fallaron y caí, pero me levanté como si nada, indoloro, anestesiado por la propia esperanza de hallar al final el por qué. Quise gritar, que aquel desconocido me mostrara su localización. No obstante, así como al despertar conservaba mi voz, ahora lo único que podía emitir eran gruñidos y jadeos. ¿Qué le ocurría a mi laringe? Fuera como fuera eso era secundario. Los gritos y el llanto se hacían más constantes y fuertes. Esa persona estaba en apuros, y parece que yo era el único capaz de hacer algo por él.

Probé a hablar nuevamente, pero era en vano. Sonidos guturales era lo único que podía hacer con esas maltrechas cuerdas vocales. Aunque me extrañaba más que, cuantos más ruidos brotaban de mi aparato fonador, con más terror gritaba el desconocido. Puede que le estuviera asustando, a pesar de que esa no fuera mi intención, únicamente tenía esa vía para comunicarme con él. De todas formas, era mejor que dejase de hacerlo y me dedicara tan sólo a la silenciosa búsqueda.

Tras unos agobiantes minutos, conseguí encontrarle. Estaba en el quirófano, yacía en la cama de operaciones, con sus muñecas y tobillos atados.  El cirujano le habría abandonado allí a la intemperie después de aquello que hubiera causado la huida de todos los que estaban en el hospital. Ni siquiera se dignaron en desatarle.

Supuse que mi llegada como rescatador le alegraría. Pero fue todo lo contrario… Nada más mantuvimos el primer contacto visual, comenzó a revolverse en la cama, como si estuviera sufriendo convulsiones. Y cuanto más me aproximaba a él, más ansiaba escapar. Quería decirle que se calmara, aunque preferí no decir nada por si le asustaba más. Simplemente le quité sus ataduras y le dejé en paz. Esperaba, al menos, un agradecimiento. Sin embargo, lo único que recibí fue un arrebato de descontrol. El hombre agarró un bisturí y se abalanzó contra mí tirándome al suelo. Una vez allí, me apuñaló cientos de veces en el tórax y en el abdomen.

No lo comprendía. ¿Sería un asesino y por eso estaba atado? Y si fuera así, ¿entonces por qué lloraba, una artimaña? Desde luego, mi mundo de la lógica se estaba despedazando. Primero, en un estado cuasi cadavérico, me mantenía con vida, y ahora la persona a la que salvo me está atacando con una saña considerable. Le miraba con tristeza y él continuaba. No iba a descansar hasta verme morir, y parecía que iba a llevar su tiempo. Ni siquiera sentía dolor, apenas percibía esa sensación antiálgica, de un placer profuso, característica de cuando vas al otro lado. Lo único que podía hacer era fingir mi muerte y nada más…

Y surtió efecto. Aunque los resultados fueron nefastos… Cuando creyó que me había asesinado, el individuo dijo una frase que me provocó una profunda tristeza. “Y decían que los de tu índole no podían morir”. Efectivamente, tenía razón en lo de que ir al hospital me sacaría de dudas, pero jamás pensé que se me “diagnosticaría” de una pseudomuerte…

Aguardé unos minutos, aún tendido en el frío suelo, con ganas de romper a llorar pero sin poder hacerlo. Mis lacrimales no respondían, tampoco funcionaban… como el resto de mi cuerpo. Podrido hasta la médula, muerto. Renegado de la muerte y en un mundo que no me confortaba. ¿Puede haber una maldición peor? Querría comunicarme con ellos, pero ya veo que me temen. Ninguno se pararía a analizar mis gruñidos, nadie siente curiosidad ante lo grotesco.

Pero algo tendría que hacer. No estaba muy claro si este regreso era perenne o era igual de vulnerable a la muerte como antaño. Al menos había comprobado que mi carcasa resistía heridas que resultarían letales para alguien vivo… normal. Aunque podía haber posibilidad de que algo me matara, al fin y al cabo, estos pensamientos, mi uso de razón… Todo esto tendría que hallarse en alguna zona de mi cuerpo que funcionara, que aún siguiera las pautas fisiológicas de la vida. Posiblemente, si averiguara la zona exacta y la asestará un golpe fatal, pondría fin a este infortunio mío.

No obstante, mi idea cambió completamente al salir de nuevo a la calle. Aquel silencio de antes, toda esa calma, se había evaporado cual potente combustible frente al fuego de la desesperanza.

No era el único. Ante mis ojos se mostraba una manda de cadáveres que avanzaba persiguiendo a los normales. Era el esbozo perfecto de la armonía caótica entre muertos vivientes y vivos murientes. La incertidumbre volvió a tocar mi mente. ¿Por qué unos corrían envueltos en miedo y otros se lanzaban hacia los primeros para devorarles? ¿Acaso era yo un caso único, aquel capaz de encontrar algo de sentido en una posible convivencia entre malditos y afortunados?

Al principio estaba de parte de los vivos, las víctimas. Nada más salir de la tumba a los muertos les invadieron unas ganas insaciables de ingerir carne humana. Lo veía imposible, yo no había destacado en mi vida como una mente brillante, y aquí estaba, con más capacidad de reflexión que el resto. Pero entonces vi el otro lado de la moneda. Varios humanos, armados con pistolas y cuchillos, se enfrentaban a los de mi calaña. Incluso llegué a ver a algunos como yo, quietos, sin atacar a los vivos, hasta huyendo de la agresividad de estos.

Tal vez sería al contrario. ¿Y si todos ellos despertaron con mis mismas intenciones y se llevaron tamaña decepción ante la actitud de los vivos que decidieron defenderse? Vivo o muerto, es obvio y natural que respondas ante una acción ofensiva. Y, bueno, por romper una lanza a favor de los vivos, si yo estuviera entre ellos, también me llevaría una primera, y mala, impresión de cualquier muerto viviente. Difícil decisión la mía… ¿Qué hacer?

Fue, entonces, en ese instante, cuando un muerto se me acercó. Se quedó quieto frente a mí unos segundos para después alzar su brazo izquierdo y ofrecerme un trozo de carne que se posaba en la palma de su mano a la par que me miraba con una amplia sonrisa. Y se lo agradecí devolviéndole el gesto risueño. No me había dado alimento, sino una solución:

Continuar.


*Juzgar el acto de alguien sin conocer todos los hechos es una carga que el ser humano llevará siempre consigo*

jueves, 20 de junio de 2013

Los Siete de junio: Virofilia

¿Qué es un virus? ¿Puede concebirse como un ser vivo? Cierto es que hay un gran debate abierto entre si el virus debe entrar en la parcela de lo vivo o de lo inerte. Pero no vengo a hablar de eso. Simplemente vengo a hacer un breve resumen de las etapas de un virus.

Los virus deambulan por todo medio extracelular, no tienen consciencia para saber a dónde van, simplemente, por un golpe fortuito, algunos alcanzan con sus fibras los oligosacáridos de la membrana de una desdichada célula. Estos glúcidos, encargados del reconocimiento informativo, engañados, dejan anclar al virus. A partir de aquí, la célula está condenada.

Pueden parecer horrorosos estos microscópicos entes, pero, podríamos decir que, esa “maldad” tan sólo es activada cuando entran en contacto con la membrana celular, pues antes de eso son totalmente inofensivos, no hacen nada, no pueden hacer nada, sí, teóricamente podría afirmarse que están muertos.

Pero vayamos a lo que nos concierne, es decir, el virus cuando ha aterrizado en su víctima. Nada más clavarse en la bicapa lipídica una secuencia de nucleótidos, la cual se alberga dentro de una cápsula proteica protectora, se libera y es inyectada al interior celular. Esta cadena de ácidos nucleicos, que puede ser tanto de ADN como de ARN (nunca ambos a la vez), es el verdadero virus, lo que podemos llamar “su verdadero mal”; lo demás, simples instrumentos para alcanzar su objetivo.

Una vez dentro, utilizando la maquinaria celular, el ARN, previa transcripción de este a partir de ADN si el virus llevaba ácido desoxirribonucleico, se replica para luego, con los ribosomas celulares, realizar la traducción a aminoácidos para crear más y más piezas de virus, que, a posteriori, en una fase de ensamblaje, darán lugar a virus totalmente formados e iguales que aquel que penetró en la membrana.

Una imagen sobrecogedora la de los virus, ¿verdad? Ni la más oscura de las simbiosis podría asemejarse a esto, básicamente porque en una simbiosis ambas especies ganan algo, aquí lo único que gana la célula es, o bien acumular miles y miles de virus para después romper la membrana e ir deambulando en busca de nuevas células, o bien sufrir una lisis de la bicapa directamente.

Huelga decir que así como colores, cada virus es distinto, unos incluyen su ADN en el ADN monocatenario circular bacteriano, otros introducen totalmente su cápsula, la cual es destruida por lisosomas en el interior celular, otras se replican junto con la célula invadida… En definitiva, hay cientos de métodos, pero todos al fin y al cabo acaban en lo mismo: destruir tu vida mientras ellos prosperan.

Espero que esa última frase te haya sonado familiar, porque no venía sencillamente a hablar sobre el ciclo viral, lo siento, espero que esta mentira se me perdone, al fin y al cabo ya estáis emborrachados por ellas.

Quiero que recordéis todo lo que habéis leído, será fácil, ¿no? Una vez se haya entendido, a continuación comprenderéis que el prefijo micro no tiene que ir siempre ligado a los virus. Sin embargo, exceptuando esa diferencia, el resto está lleno de similitudes. Empecemos con un nuevo ciclo: el de los políticos.

Al igual que los verdaderos virus, estos especímenes no son nocivos antes de activar su mecanismo, es decir, si no llegan al poder en el gobierno, entonces no hay ningún riesgo. Además, así como cada virus se acopla en un receptor específico de la célula, cada partido es afín a las ideologías de una parte de la población en concreto.

¿Más semejanzas? Está bien. Recordemos que la cadena de ácidos nucleicos del virus normalmente venía protegida por una cápsula compuesta de proteínas. Este método defensivo para cuidar el “corazón” viral también lo poseen ellos, lo único que cambia es que, en vez de aminoácidos, sus cápsulas, sus cúpulas, están integradas por demagogia barata, mentiras, engaños y premios de humo. ¿Por qué comparar esto con la cápsida de los virus? Pues porque cuando ya han conseguido arraigar en la “célula”, todo esto es abandonado fuera, cuando estaban en la oposición; o poco a poco se va desintegrando si decidiesen entrar con toda esta sarta de patrañas, cosa que con asiduidad suelen hacer.

Pensarás que una gran diferencia, aparte del tamaño, es que ellos poseen consciencia mientras que los virus no. Bueno, eso habría que debatirlo; y creo que el debate sería más fuerte que el de determinar si el virus es un ser vivo o inerte.

Pero vayamos al grano. Una vez llegan al poder, nosotros, la sociedad, la célula, comienza a notar desde el primer instante su llegada. El “ADN o ARN” empieza a funcionar descodificando una información genética predispuesta a las más eficientes aves de carroña. Valiéndose de nuestros propios medios, nuestra peculiar maquinaria celular, comienzan a emplear su corazón viral para crear un beneficio propio. En el caso de un virus microscópico será, recordemos, crear réplicas; en el caso del macroscópico es, sin embargo, lograr que los de su calaña prosperen aunque eso suponga destruir el ADN celular, nuestro futuro, o los ribosomas, el proletariado.

A medida que el tiempo avance, la célula se irá degradando, se quedará sin fuerzas y no podrá hacer nada. Ellos, en ejecución viral, habrán vencido, y unos últimos pétalos negros se mecerán cayendo hacia nuestra tumba. No se puede evitar, si el virus se ancla a la membrana, si el partido logra los suficientes escaños, la célula, el pueblo, habrá muerto.

Pese a ello, yo no he venido para crear una atmósfera fatalista. Siempre hay una oportunidad de sobrevivir a la infección. El salir airoso, ileso, es algo utópico, pero la posibilidad de combatirlo sí que se puede llevar a la práctica. Jamás sabremos a primera vista si lo que nuestros receptores captan es un dañino virus u otra molécula inofensiva, aunque de antemano ya deberíamos buscar cualquier tipo de reseña insidiosa, pero eso es otra historia… No se trata de la prevención, sino de la cura.

Es aquí donde cobran importancia los antivirales. Y hay que saber elegir con cuidado. Tenemos por un lado los virófagos. Virus que comen virus, ¿no es increíble? No resulta nada raro que entre ellos quieran matarse… creo que no es necesario el recalcar esta alegoría. Un virus más grande viene a destruir a los más pequeños. Con esta acción han protegido a la célula, nos han salvado, la tiranía se ha esfumado y la esperanza ha vuelto, no todos los virus han de exterminarnos.

Lástima que la naturaleza, cruel dictadora en ciertos aspectos, les haga ver la realidad. Necesitan procrear, perdurar, tienen que crear nuevos ensamblajes y piezas, hacerse mejores, más potentes… y no pueden hacerlo sin la ayuda de nuestro complejo celular. ¿Es posible que la intención primaria no sea la lisis? Puede ser. No obstante, a pesar de ello, como si es un medio o el propio fin, esto siempre acaba ocurriendo. Un “virus” puede venir con las mejores intenciones, pero siempre, alguna manzana podrida, tarde o temprano, provoca que la membrana se resquebraje.

De todas formas el empleo y confianza en virófagos no es la única técnica antiviral, aunque eso no quiere decir que el resto sirvan o sean mejores. Ya se sabe que, como cualquier otro ser poseedor de nucleótidos, cada generación tiene la posibilidad de fortalecer algún punto débil que sus antecesores poseían. Y, por desgracia, la innovación en antivirales no es un movimiento muy activo y sofisticado.

Como sus dianas, los antivirales pueden ser específicos. Cada técnica puede centrarse en un matiz concreto, pero todas con un mismo fin: eliminar el mal. Aunque hay que tener en cuenta que la inocuidad de estas medidas es relativa. A veces se causan estragos, efectos secundarios que incluso pueden acrecentar el propio daño que el virus ha cometido… Me refiero a la lucha destructiva. Por supuesto que eso es comparable a un antiviral. Este va directo, en un impacto brutal, hacia el virus, sin pararse a meditar en el camino caótico que crea a su paso.

Además, hay otras formas más acordes con la lucha de receptores membranales. Podríamos referirnos a esos grupos que no se definen como los propios virus, con mentalidad desintegradora, pero que también ansían entrar dentro de la célula. Unos agentes, unas proteínas que compiten por el acoplamiento con los otros. Sí, al comparar un virus con una proteína obviamente se escoge el segundo, pero ya lo he dicho: el término inocuo es cuestionable.

También encontramos en este campo a las vacunas. Algo así como antiguas muestras de virus con los que nosotros podemos lidiar. Viejas glorias que resultan inofensivas y nos fortalecen. No pueden hacernos nada, es material viral moribundo, su única intención es enseñarnos a combatir a los verdaderos invasores. Parecen leales, entran a tu torrente sanguíneo y no oponen resistencia, solamente se presentan y enseñan formas eficaces de acabar con la amenaza real… A pesar de ello, una vacuna es una vacuna. Por norma general, esa solución viral o proteica también debilita tu cuerpo. Puede que a posteriori, cuando el virus ha alcanzado el poder y no hay vuelta atrás, los consejos de aquellos que vienen de la inyección, sirvan de algo y se puedan defender algunos puntos, pero este flaqueo podrá provocar que las fortaleza que ganes por un lado la pierdas por otro. Asimismo, la propia visita al “centro de prevención” puede provocarte una enfermedad nosocomial, proveniente de dicho lugar. Así que ya has visto que es tarea imposible, la fragilidad fisiológica está asegurada, de una forma o de otra.

Viendo esto, puede que los antivirales no sean la mejor manera de combatir a nuestros agresores. Pero entonces ¿qué hacemos, nos quedamos mirando hasta que carcoman todo nuestro citoplasma? Claro que no. Hay una forma más lenta, pero más segura y eficiente. Algo que se pasa por alto a estas alturas y que otrora, si se llevaba con una buena planificación, daba resultado. Hablo de la verdadera lucha, la liza del sistema inmunitario.

Nos infectarán, por supuesto, es ley de vida. Debemos permitir que entren y destruyan parte de nuestro constructo. Eso hará que aprendamos. Nuestro organismo se basa en la memoria, no se defiende con la misma eficacia frente a un antígeno la primera vez que lo ve que las siguientes. Hay que permitir que vengan, hemos de analizar la situación y saber que aunque su nocividad sea elevada, nosotros poseemos mecanismos de defensa para parar el avance.

Se sufrirá, es inevitable. La primera vez que tu cuerpo entra en contacto con un virus este decae. Sin embargo, tras el aprendizaje de los anticuerpos, ante un posible refuerzo viral, las consecuencias serán mucho menores, al no ser que tu organismo entre en un estado de debilitamiento. Y de eso se trata, de no temblar y caer contra el mínimo golpe, contra la más mísera infección. Habrá que sacar todo el arsenal.

El sistema inmunitario es amplio y realmente letal. Si este, incluso ante una pequeña herida, es capaz de bombardear la región afectada con oleadas de eritrocitos, leucocitos, monocitos, neutrófilos, inmunoglobulinas y trombocitos, ¿por qué no va a poder enfrentarse a unos asaltantes teniendo semejante ejército? No es cuestión de actuar sin pensar, de forma destructiva, sin ver más allá de un objetivo propuesto, tal y como se plantea con los “antivirales”. Se ha de planificar y, lo más importante, de movilizarse masivamente. Hay que apartar los intereses. Es posible que al neutrófilo no le convenga ir a la herida, pues ya habrá ahí otros macrófagos mejores, y, sin embargo, va, porque en estos casos el número sí es importante.

Nunca habrá cura si un monocito del páncreas no colabora en una infección viral situada en la región cubital. No hay que pensar en un futuro próximo, sino en el lejano. Puede que de momento el virus esté destruyendo tan solo células epiteliales. Es sólo el antebrazo, no tiene importancia. Pero, tras cierto tiempo, es muy posible que el crecimiento exponencial del virus llegue a alcanzar las células pancreáticas y, frente a tal cantidad de biontes, ya no sea posible una lucha. Por eso hay que enfrentarse desde el principio. No hay que preguntarse “¿me afecta a mí lo que están infectando?”, sino “¿les afecta a ellos el que combata aquí?”

Y, a pesar de que sus capacidades de división y corrosión son envidiables, el sistema inmunitario está dotado de fuertes armas tanto ofensivas como defensivas. Sin él, el organismo perecería ante la primera inspiración que realizase. Solamente hay que percatarse de lo que tenemos y emplearlo de la forma más astuta. Con cada generación, los virus aprenden nuevas formas de evasión, por lo que no hay que bajar la guardia en ningún momento.

Suena bélico, pero así son las cosas. Al final el mundo macroscópico y el microscópico se basan en lo mismo. O me matas o te mato. Cada sujeto con distintas características letales. ¿Las nuestras? Somos un gran número, capaces de trabajar en equipo y dominantes de distintos campos antivirales. Estamos aventajados, será tarea fácil conseguir que un día, nada más ellos atraviesen las barreras de la piel, sean devorados y se disuelvan en la fría oscuridad.

*Si quieres una buena estrategia, como cualquier tipo de obra de arte, has de tomarte tu tiempo*

                    
                                                        -Atentamente, Óscar Martínez de la Sierra, un viricida.

martes, 11 de junio de 2013

Los Siete de junio: Hipocampo

Se sentó en su silla, dejó caer la pesada torre de libros que sostenía con sus brazos provocando un fuerte ruido al impactar contra la superficie del escritorio. Acercó su silla a la mesa, abrió el primer libro, clavó los codos y comenzó.

Todos los días, a partir de las cuatro de la tarde, justo después de comer, la rutina se repetía. Hugo se encerraba en su habitación y no salía de allí hasta que fueran las once de la noche. No importaba lo que tuviera que estudiar, aunque en una hora se hubiera aprendido el temario completamente, siempre dedicaba siete horas diarias, ni una más ni una menos.

Muchos pensaban que era una obsesión. Él, más bien lo definía como miedo. Hugo consideraba que lo que primaba en esta vida era el saber, los conocimientos  y, por ende, los éxitos y las buenas calificaciones en los estudios. No se permitía ningún fallo. Si por algún casual, en algún examen, su nota bajaba del 9, como castigo, él ampliaba sus horas de estudio durante una semana, aunque eso conllevara, incluso, el reducir horas de sueño o quitarse alguna de las comidas diarias. Tenía que mantener una nota, pero no porque alguien le obligara ni porque perdiese algo si dicho número disminuía, sino por pura esclavitud contra su propio ser. Lo único en esta vida eran los estudios y no había nada más. El estrés en su cuerpo estaba a la orden del día.

Y la cosa empeoraba en época de exámenes, pues, al no tener que acudir a clase, sin necesidad de acostarse a una hora exacta ni tener que madrugar, podía dedicarle más tiempo a los estudios. Se inundaba en ellos, torturando a su cerebro, rehuyendo del cansancio del que él le informaba. Gastaba folios y más folios, ríos de tinta corrían por ellos, si unos apuntes no estaban lo suficientemente claros los volvía a repetir. Había de estar todo perfecto, debía saberse cada párrafo del temario. Si se equivocaba, aunque fuera, en una simple preposición o en un artículo, escribía la frase cien veces hasta que, a presión, se introdujera en su cerebro…

Siendo así, parecía que Hugo era un perfeccionista. Nada más lejos de la realidad, esa perfección sumamente precisa sólo la aplicaba al estudio. En lo que se refería al resto, era totalmente descuidado, trayendo, consigo, consecuencias que, a largo plazo, podían ser nefastas. El aspecto más importante de esto, y que no debería ser ignorado por nada del mundo, era su salud. Ni siquiera, cuando enfermaba, era capaz de entrar en razón y guardar reposo. Si se trataba de algún dolor de espalda o de hombros, la única medida que empleaba era tumbarse en la cama boca abajo, con la cabeza levantada, y un libro bajo sus ojos. Obedecía más a sus horarios didácticos que a los biológicos. Su cerebro no podía más, cada día almacenaba más y más conocimientos de una manera insana, y no podía borrar nada. Una hora antes de irse a dormir, Hugo siempre repasaba todo, agarraba cualquier saber que quisiese escapar de su cráneo, los retenía, los encadenaba. Cuando estudiaba, él no ofrecía cobijo a las palabras dentro de su cabeza, sino que, como buen dictador, las empujaba a base de golpes hasta encerrarlas.

Pero ya se sabe, todo contenedor tiene un tope, ni siquiera, aunque su cerebro estuviera dotado de un gran número de circunvoluciones, sería capaz de almacenar un sinfín de vocablos. Llegaría un momento en el que, tras aprender algo, por simple presión, otra palabra más anciana, encadenada a unos grilletes ya oxidados, consiguiera liberarse y escapar. O lo que era peor, perecer…

Justo hoy, a punto de terminar las clases, siendo mañana el día del último examen del curso, era cuando su cuerpo empezaba a rebelarse, no obedecía, sus músculos, fatigados, apenas respondían a los impulsos nerviosos.  Hugo se encontraba verdaderamente agotado y no podía permitirlo. Otro de sus “rituales” consistía en no dormir absolutamente nada el día antes de un examen. Esto resultaba un poco irónico siendo él un erudito en los campos de la biología y la medicina. Sabía a la perfección lo que ocurría cuando se intentaba forzar a un órgano, en su caso al cerebro, cuando este se encontraba exhausto. Pero la sabiduría que poseía entre libros era también la que carecía en la praxis. Era un joven cuya temeridad se resumía en un pequeño, pero amplio, vacío en sus conocimientos catalogado como ignorancia al peligro. Conocía mil y una formas de dar muerte a un ser humano, pero pasaba por alto que una de ellas era el suicidio involuntario, un quiero y no puedo, no por voluntad, sino por agotamiento.

Con su cuerpo entumecido, casi en colapso, se levantó de la silla y se incorporó. Enseguida sintió las dolorosas consecuencias de un éxtasis venoso. Se desplomó al suelo enseguida, sus piernas no respondían. Isquemia femoral. Un episodio fugaz. Se levantó de nuevo, sacaba fuerzas de donde no había mientras se repetía una y otra vez para sus adentros: “tengo que estudiar”. Se dirigió con dificultad a la cocina. La oscuridad era espesa y el silencio algo que resultaba hasta erótico para su estado somnoliento.

Abrió el frigorífico y halló su Santo Grial. Café. Un arma de doble filo, estimular el encéfalo para herir el estómago. No era capaz de ingerir ningún líquido caliente, salvo los caldos, pero en su desesperación, tiempo atrás, descubrió que el café no sólo se tomaba a temperaturas más elevadas que las de su metabolismo basal. A pesar de ello, aunque fuera café frío, esta bebida seguía compuesta por lo mismo, y no era de agrado ni para su paladar ni para el resto de su tubo digestivo. Pero era lo que necesitaba en esos momentos, sus párpados pesaban toneladas, la cabeza le daba tumbos y estaba más tiempo fuera de la realidad que dentro de ella, en estado de alerta.

Extrajo tres vasos de café y se bebió uno detrás de otro. Totalmente amargos, ni siquiera habían llegado al estómago y ya sentía arcadas. Y lo peor no era tragarlo, sino mantenerlo, si vomitaba todo habría sido en vano, tenía que esperar a que se absorbieran los azúcares, necesitaba esa energía a cualquier precio, aunque eso significase provocarse una úlcera.

Dispuesto a todo, volvió a sentarse y clavó la mirada en el revoltijo de apuntes que yacía en la mesa. Aún tenía que esperar un rato hasta que el subidón de cafeína le permitiera ponerse a estudiar en serio, así que de momento se puso a repasar lo que ya llevaba memorizado. Sin embargo, cuál fue su sorpresa al ver que todo se había evaporado, no recordaba nada. Había malgastado nueve horas frente a cientos de folios para que ahora su caprichoso cráneo decidiera guiar por una salida todo lo que había retenido con sumo esfuerzo.

Por algún lado tendría que estar todo aquello. Si ya se ha grabado una trayectoria neuronal, es imposible que quede borrada y sea irremediable su recuerdo. Sólo es cuestión de concentrarse. Suplicó a su cerebro, necesitaba aquellos datos, pero este se negaba, ahora estaba ocupado intentando evitar que su estómago convulsionara por todo aquel mejunje que danzaba en su píloro. Era una pesadilla para él, querer seguir estudiando y que su cuerpo no le obedeciera… Sus pilas se apagaban…

Vencido, apoyó la cabeza sobre el libro y cerró los ojos durante unos instantes. Tal vez, si le concediera a su cerebro unos minutos de descanso, este aceptaría el trato y le devolvería sus conocimientos. No obstante, Hugo no se dejaba engañar ni siquiera por él mismo, sabía que si dejaba demasiado relajado su cuerpo, este, tarde o temprano, sin que él se diera cuenta, se bañaría en el mundo onírico. Así que cogió su móvil y puso una alarma para que sonara a los treinta minutos. Tras eso, cerró los ojos y pegó un gran suspiro. Estaba rompiendo sus propias leyes, pero tenía que hacerlo por su bien.

Pasaron diez minutos y luchaba por mantenerse despierto. Parece que era una emboscada para hacerle dormir, poco a poco se sentía más ligero y el subconsciente irrumpía en la realidad. Aunque eso no quería decir que Hugo hubiera perdido. Todo se basaba en el carbono: con una frecuencia respiratoria más lenta, sus pulmones estaban aumentando su concentración de dióxido de carbono, acelerando su sueño, por lo que, de vez en cuando, Hugo daba una gran bocanada de aire para inspirar oxígeno y soltar todo el excedente del narcótico anhídrido.

Debía estudiar.

Abrió los ojos repentinamente y se levantó de la silla. Se acercó al interruptor de la luz e iluminó la habitación. Era doloroso, sus músculos ciliares oculares sufrieron una radical miosis, necesitaba cerrarlos y él se negaba, requería de aquel dolor para despertarse. Comenzó a llorar y a gritar, podría parecer una minucia, pero la tortura lumínica, después de una larga aclimatación a la oscuridad, era como sentir un bisturí incidiendo en sus córneas. Y más si se añadía la venganza de su cerebro, ya que Hugo se negaba a una lenta contracción ciliar, él también se negaba a enviar neurotransmisores para combatir la puerta de entrada al dolor.

Hugo seguía sin entenderlo, su propio cuerpo le pedía dormir, descansar, hasta su memoria le hacía recordar todo lo que sus padres le aconsejaban. Ellos le decían que no se tomara tan seriamente los estudios y que la salud era lo primordial. Pero todo resultaba en vano. Armado con la ansiedad y el distrés, volvió a retomar los apuntes. Con su organismo debilitado, ya ni siquiera su cerebro ofrecía resistencia, ahora sí que se comportaba como un contenedor. No se oponía a todo lo que estaba estudiando, incluso había recuperado lo que había memorizado horas antes, lo que la materia gris había escondido. Ya nadie le paraba.

Y finalmente, victorioso, con el sol asomándose por el horizonte, en pleno alba, cerró el libro, ya no le era de utilidad, conocía todo su contenido, hasta se había estudiado los nombres de sus autores. Desde luego había aprovechado al máximo cada minuto hasta el amanecer. Ya sólo quedaba vestirse, desayunar algo, lavarse los dientes y marcharse al examen. Parecía la parte fácil…

O no. Mientras desayunaba, el estómago volvió a mostrar actividad, y no la típica motilidad de cualquier víscera digestiva. El café había sido retenido y con la presencia de nuevos bolos alimenticios, con el cardias abierto y la luz esofágica al descubierto, este quería salir. Hugo fue corriendo al baño, invadido por náuseas, pero no llegó… En el pasillo, sus músculos cedieron y comenzó a vomitar. Tendría tiempo para limpiarlo de todas formas, pero no le convenía hacer eso... Se quedó anonadado ante esos fluidos. Era un vómito grisáceo lleno de letras y alguna que otra palabra. Se fijó un poco mejor y pudo comprobar que, curiosamente, esas letras pertenecían al temario que se había estudiado. No podía creérselo, acababa de vomitar parte de su memoria.

Acongojado, intentó recordar algunas partes que se relacionaban con aquellas palabras, pero por desgracia no podía. Se habían marchado, eso que estaba en el suelo era realmente lo que había metido en su cabeza. Y no podía permitirse perder el tiempo estudiándolo de nuevo, tendría que hacer algo impensable… Se agachó y se tapó la nariz. Agarró unas cuantas palabras y se las tragó. Si creía que el café era amargo, aquello, ese sabor… indescriptible, ni siquiera se parecía al que te dejaba en la boca todo vómito, era distinto, era como saborear algo tan abstracto como era lo que estaba devorando: el saber. A punto de llorar y asqueado, continuó hasta que ingirió todas las letras. La memoria perdida volvió junto con un nuevo recuerdo: una emetofagia.

Ahora, mientras intentaba sepultar aquello, preparaba la mochila. Con sus labios sellados, aún con el temor de que salieran más conocimientos a borbotones. Empleaba las últimas energías que tenía en concentrarse en mantener todo dentro. Si volvía a vomitar podría perder todo lo que había memorizado, su peor pesadilla se haría realidad; no quería perder la inteligencia, ¿qué sería de él sin un cerebro, a pesar de que ni se dignara en mimarlo? Tenía que darse prisa, terminar el examen lo más rápido posible y regresar a casa para descansar un poco, era cuestión de que sus saberes se diluyeran lo bastante para volverlos a encadenar. Ningún motín podría pararle. Tenía que aprobar.

Desgraciadamente, ya de camino a clase, ajeno a lo que le rodeaba, solamente pensando en llegar a clase, no se fijó en que cruzó un paso de cebra estando el semáforo en rojo para los peatones. La mayoría de los coches frenaron a tiempo, pero uno de ellos no. Aquel coche, no llegó a golpearle, pero tuvo que emplear el freno de mano con tal mala suerte que una placa de aluminio que estaba agarrada en la baca se soltó y salió desprendida en dirección a Hugo. El joven no tuvo tiempo de reacción, atravesó por completo su cintura, fue cortado en dos… Quién lo diría… Y más siendo la última carretera. Escasos metros delante estaba su Facultad.

Pero tampoco eso consiguió pararle. La gente de la calle se quedó sorprendida. El torso de Hugo siguió desplazándose, arrastrándose hacia la Facultad. Ignoraba los gritos de los transeúntes, su único fin era hacer el examen. Cada vez había más gritos y miradas de horror. Sabía que pronto llegarían los sanitarios, tendría que darse prisa, la pérdida masiva de sangre era algo secundario.

Finalmente llegó. Ante la mirada atónita de sus compañeros, agarró uno de los exámenes y se subió, con cierta dificultad, a la silla. Se mareaba, tenía una visión borrosa, pero aún podía acabarlo, era cuestión de concentrarse. Agarró su bolígrafo azul y se dispuso a escribir. Le costaba, la mano no paraba de temblarle. Sin embargo, poco a poco, rellenó todas las preguntas. Tras ello, cayó rendido al suelo. La clase estaba vacía, solamente estaba el profesor que, después de haber llamado al 112, le vigilaba preocupado. Este se acercó corriendo a Hugo y le sujetó la cabeza.

-¿He aprobado? –fue lo único que dijo justo antes de morir, totalmente pálido.

Su nota fue un 8,75.

*Pon mil ojos a tu punto fuerte y dejarás mil puntos débiles invidentes*

viernes, 31 de mayo de 2013

Pequeño diario de una pequeña alma #6

Bienvenido, veo que la intriga te ha hecho venir pronto. De momento nos hemos mantenido vivos durante todo el mes, sí, pero cada día nuestra esperanza de supervivencia merma, es por ello que esta semana llevaremos a cabo una decisión que tornará nuestro modo de vida de una manera brusca: nos marchamos de aquí.

La locura empezó un día después de que te fueras. Las cosas se pusieron interesantes. Samanta estaba segura de que disponíamos de un poco más de una semana antes de que Santiago regresara. No entiendo la razón de que nos permitiera tal margen de preparación, pero no voy a negarme ante la ventaja que me ofrece mi enemigo. Ni siquiera cuestioné las palabras de Samanta, después de todo ella había trabajado con él, conocería su modus operandi a la hora de cazar.

Hacía días que mi maldad no se manifestaba, y eso que él pretendía matar a Samanta. Pensé que había entrado en razones y había comprendido que ella era necesaria para mantenerme con vida. Si la única forma de que yo no la mate es viéndola como una simple herramienta, tendré que seguirle la corriente a mi malicia.

Por su parte, ella parecía ignorar todo lo acontecido antes de que me desvelara la verdadera naturaleza de Santiago. Intenté hablarlo, pero ella rehuía, tan solo sonreía y cambiaba de tema. Eso sí que me parecía totalmente extraño. Si por algún casual ella suponía que yo, o algo de mi interior, quería verla muerta, ¿por qué seguía aquí? A ver, no soy un erudito del conductismo, pero si yo veo que alguien intenta asesinarme y sé que a ese sujeto le están buscando para matarle, creo que obviamente no ofrecería ayuda al primero y le dejaría a la intemperie. Aunque… por otro lado, puede que ella también me vea a mí como otra herramienta, después de todo Santiago también va a por ella.

Desde luego, por incógnitas que no falte. Tanta incertidumbre me hubiera vuelto loco en otro momento, pero gracias a su presencia ya sabes que mi lado bueno cobra fuerza. No obstante, cuantos más días estoy sin matar a nadie, más ira surge en mi maldad. ¿Cómo iba a explicarle eso a Samanta? Ya me imagino la situación:

-Oye Samanta, bajo un momento a la calle.

-¿Vas al supermercado?

-Oh, no. Voy a matar a alguien para saciar a mi otro yo y así no ser dominado por él, evitando que te apuñale repetidas veces en el tórax.

-Ah, ¡de acuerdo!

Es de locos…

Sinceramente, siempre vi nimias las consecuencias que acaecía el ser un vampiro o un hombre lobo. ¿Matar por ser alguien todopoderoso? ¡Eso está hecho! Sin embargo, ahora que esa maldición recae sobre mí, no encuentro ventajas importantes por ningún sitio. Me he percatado de que tener dos mentes en un mismo cerebro potencia tu astucia e intelecto, y lo agradezco, pero este tipo de simbiosis es horrenda. Al menos los monstruos de las películas pueden negarse a cometer homicidios. Si yo me negara sería peor… perdería el control y podría segar la vida de más personas de las que pueda imaginar. Y ni siquiera puedo acabar con esto. Él me protege ante todo tipo de muerte, sea cual sea, y eso incluye el suicidio… Empiezo a ver que no sólo la oscuridad reside en mi lado maléfico… mi verdadero yo también tiene algunos residuos de ébano.

Cada mañana, al levantarme, lo primero que veo es el rostro de Samanta a mi lado. Un pensamiento de dulzura me abarca. Pero eso sólo los primeros segundos. Seguidamente su voz, la de mi otro yo, retumba en mi cabeza como si saliera de una cueva. Me pide que la mate. Yo me niego y él continúa con la petición. La discusión mental se mantiene hasta que ella despierta y me da los buenos días con un abrazo. Es en ese momento, con el antídoto administrado, cuando su voz frena en seco y regresa a las profundidades de mi ser.

Después desayunamos y planeamos el resto del día. No salimos a comprar muy a menudo, y si lo hacemos es con precaución. Primero salgo yo y, tras diez minutos, me sigue ella, así controlamos cualquier tipo de emboscada. Por lo demás, no hay motivo alguno para salir, a excepción del primer día del mes, cuando compramos utensilios para defendernos. Poca cosa, chuchillos de cocina, sprays, mecheros, combustible, clavos… Puede sonar a chiste, pero no teníamos alcance a más, esto no es una película, no podemos ir a la tienda de la esquina y comprar un lanzallamas, hay que improvisar con la llama de un mechero y la inflamabilidad del spray. Sólo es cuestión de ingenio.

Una vez planificado todo, habiendo terminado el desayuno, vamos al cuarto de baño a lavarnos los dientes. Y es justo aquí donde “las cosas interesantes” ocurrieron. Tras la higiene bucal, el resto del día era poco importante, veíamos la tele, nos hacíamos preguntas; yo, sin que ella lo supiera, seguía esforzándome al máximo por evitar que mi maldad volviera a mi mente; comíamos, salíamos a la terraza a disfrutar de las vistas de la montaña y la playa. Echábamos una pequeña siesta. Volvíamos a charlar, cenábamos, un poco de tele y a dormir. Y vuelta a empezar. ¿Monótono? Sí, pese a ello, me sentía a gusto.

Pero vayamos a lo importante. Entre todo ese ciclo, un día, creo que sucedió transcurrida poco más de una semana, mientras me cepillaba los dientes, empecé a fijarme demasiado en mi reflejo frente al espejo, más concretamente en mis pupilas. Durante unos instantes pude ver mi rostro dentro de ellos. Estaba cambiado, lleno de líneas negras por toda mi cara. Aunque, en realidad, ese no era yo, sino “el otro”. Me dijo que esperara a que Samanta se fuera porque quería enseñarme algo. No me fiaba mucho de él, y por supuesto le ignoré, pero entonces me llamó la atención afirmando que era un trato para que dejara de pedirme tan a menudo matar a un inocente. No aumentó mucho mi confianza, pero al fin y al cabo ese yo seguía poseyendo mi esencia, no sería capaz de soltar una mentira tan ruin.

Así que acepté su propuesta y le dije a Samanta que me iría a duchar. Esperé unos minutos y abrí el grifo de la ducha. Justo al girarme de nuevo para verme en el espejo, el reflejo que vi de Bruno no fue el propio, sino el que contemplé dentro de mis pupilas.

Honestamente me asusté un poco, pero enseguida caí en la cuenta de que podría haber entrado en el área cerebral de la visión, el córtex visual, para distorsionar la información que recibía de mi reflejo y así hacer ver que era él. Dicho de otra manera, en un lado del espejo el Yang, en el otro lado el Yin.

Al principio creí que era un simple truco, pero era algo más. Me enseñó los dientes en una mueca repleta de ironía. Alzó su mano derecha (mi izquierda) para señalar al salón, donde estaba Samanta, y con la otra mano hizo el gesto de cortarse el cuello. Todo esto sin que yo no hiciera nada. ¿Podría ser que realmente se encontrara en el otro lado del espejo?

Tras hacer la “broma” me miró en completo silencio un par de segundos y me saludó. Posó sus manos en la superficie del cristal y con los ojos me indicó que hiciera lo mismo. Nada más juntar las manos sentí cómo toda la memoria y pulsión oscura que almacenaba se vertía afuera de mi cerebro para circular a través de mis manos y llegar al interior del espejo, rodeando, en espirales y hebras negras, todo mi reflejo. En cuanto el proceso se completó, una gran implosión me apartó del espejo. A punto de caer recuperé el equilibrio y vi cómo mi reflejo ni se había inmutado. Permanecía ahí, inmóvil, ahora envuelto en oscuridad.

-Muy bien. Será mejor que empiece a aclararte unas cuantas cosas.

Sí, era él. Me había pedido que juntara las manos a las suyas para alimentarse de mi maldad. Sólo había tenido la fuerza necesaria para proyectarse en el espejo, pero necesitaba de mí para desencadenarse y poder hacer algo más que movimientos carentes de sonido. Ahora se comunicaba de una forma más real.

-Para empezar, creo que ambos compartimos la filosofía de que cosas opuestas deben coexistir, así que te agradecería que dejaras de nombrarme como “el otro”, “mi otro yo” y similares. A partir de ahora, si quieres, yo seré Yin y tú Yang. Hasta en el color nos asemejamos. Tú tan pálido y yo abrazado por un embozo sombrío. ¿Qué me dices?

-Estoy de acuerdo – asentí –. Supongo que ya conocerás todas mis dudas acerca de esta dualidad, pero, antes de todo. ¿Que hayas hecho esto significa que ya no volverás a habitar dentro de mí?

-Todo a su debido tiempo… Yang. – respondió –. Primero te descubriré nuestro origen. Como sabrás, somos más que una persona con doble personalidad, y no te preocupes, no padecemos bipolaridad. Somos dos personas distintas, con la singularidad de que habitamos un mismo cuerpo.

-¿Quieres decir que somos gemelos?

-Más o menos… Es cierto que el fenómeno ocurrió en el vientre materno, que somos genéticamente idénticos y que presentamos la simetría propia de hermanos monocigóticos, pero el asunto trasciende a algo más… paranormal. Yang, yo soy tu doppelgänger.

No podía creérmelo. Ahora sé a qué se debía toda esa malicia. Un doppelgänger… un “clon” que sólo augura agonía, maldad, muerte… ¿Pero cómo? Se dice que se presentan ante su gemelo para traer la desgracia, nunca he oído que conviva con este desde que nace, y menos aún que se introduce en su cuerpo cual posesión fantasmal… Yin continuó explicándolo.

-Levemente recuerdo la razón de deshacerme de mi cuerpo y entrar en el tuyo. Me parece que me di cuenta de alguna anomalía en nuestras carcasas que impediría nuestra plena supervivencia. Creo que tu carecías de pulmones y yo de corazón. Fíjate, ya desde pequeño, siendo un simple embrión, supe que solos moriríamos. Fue entonces cuando abrimos los ojos y nos vimos. Lo mismo que viste en tus pupilas hace unos minutos fue lo que vimos en ese instante. No sé cómo, pero empezamos a absorbernos mutuamente. Como sabrás, en plena gestación, los pulmones son irrelevantes, pero el corazón no, era más débil que tú y acabaste arrancándome de mi cuerpo. Este se marchitó, y con mi presencia en tu interior empezaron a formarse los pulmones.

-Así que te maté… – respondí consternado –. Quién me iba a decir que la primera víctima de mi lista me la cobraría yo… Yang.

-¡Ey! Sin rencores. Yo también intenté matarte. Ni siquiera sabíamos las consecuencias de un asesinato en ese momento, sólo luchábamos por no desaparecer. Aunque… como verás, no desaparecí… Aguardé en tu interior. Veía a través de tus ojos y sentía todo con lo que tu piel entraba en contacto. No se estaba mal.

-Pero no hacías acto de presencia como ahora. Es decir, que yo recuerde, de pequeño nunca quise cometer las atrocidades que ahora ansío.

-Te confundes, Yang. Esto es la vida real. Ser tu “gemelo malvado” no significa que no tuviera una infancia. Por supuesto que desprendía maldad, pero no como la de un adulto. Simplemente echa un vistazo a algunos de tus recuerdos. Esos dibujos de muertos que hacías, el interés por las películas de gore. Los roleplays que hacías de cadáver. ¿Tú crees que eso se correspondía con tu verdadera faceta de niño curioso que jugaba a los coches y devoraba libros de fantasía? Quizás pensaste que el intento de suicidio de Nochevieja me liberó. No… eso sólo hizo que me enfadara contigo. Yo siempre he estado presente. En todo momento te preguntaste cómo alguien que llora en las escenas sensibleras de las películas, que tiene tanta empatía, que desea un mundo infestado por la paz, también quiera ver a todos muertos, que sonría ante la defunción de personajes de películas, que disfrute con el dolor y le atraiga el aspecto más sombrío de la vida. Pues aquí tienes la respuesta, era tu doppelgänger el que estaba influyendo en todo aquello.

Quise responderle, pero nuestra conversación se vio interrumpida por un grito de Samanta. Alguien había tirado la puerta abajo y la estaba agrediendo. No hacía falta que fuera al salón para averiguar la identidad del agresor. Era Santiago. Sin embargo, justo antes de ir, Yin me lanzó la propuesta.

-¿A dónde vas? No sobrevivirías… A duras penas has podido contra él cuando yo habitaba dentro de ti, ni siquiera podrás golpearle en tu estado. Escúchame… Bruno. Gracias a todo el mal que me has permitido realizar lo he conseguido, sí. Esto no es tan sólo un truco mental. Si lo deseas, abandonaré tu cuerpo y cada uno seguirá su camino. No obstante, aunque te parezca raro, me siento mal por haberte hecho sufrir. Y no me gustaría verte morir hoy, ni nunca. Así que te propongo volver a fusionarnos, sin trucos, dejaré que me vuelvas a absorber. Pero una cosa, una vez dentro, no podré ser tan permisivo como ahora. Ya conoces mi naturaleza… Tú decides.

Fue una de las decisiones más difíciles que tuve que tomar. No tendría que volver a matar y cabía la posibilidad de que venciera a Santiago sin su ayuda, pero teniendo al doppelgänger en mi interior tendría la fuerza de dos, la inteligencia de dos, la resistencia de dos… El enfrentamiento, y la salvación de Samanta, sería más fácil. Yin me miraba en completa tranquilidad, en contraste con mi desesperación. Los gritos de auxilio cada vez retumbaban más y más en mi cabeza… No me quedaba otra. Entrecerré los ojos y Yin lo supo de inmediato…

Aparecí en el salón con dos cuchillos y me lancé a la espalda de Santiago. Estaba tendido en el suelo, intentando ahogar a Samanta, ella pataleaba impotente. En cuanto las dos hojas se hundieron en su espalda, del inmenso dolor la soltó y se levantó para lanzarme por los aires. Ahora sabía por qué nos había dejado una semana de margen, había estado entrenando.

Ahora iba a por mí… a por los dos. Yo permanecía en el suelo y él avanzaba lentamente. Se extrajo los cuchillos sin inmutarse y me los apuñaló en el abdomen. La siguiente puñalada iba directa a mi cabeza, pero justo en ese momento apareció Samanta y le golpeó con fuerza con una silla rompiéndola en pedazos y tirándole a él al suelo.

-No te preocupes. Sufriré el dolor de la puñalada por ti, ahora no debes perder la concentración.

En un abrir y cerrar de ojos el dolor se desvaneció. Pese a ello pude oír en mi mente los gemidos de Yin. Me sorprendió el cambio que estaba dando, al final no iba a ser pura maldad.

Me incorporé, agarré el cuchillo que había soltado debido al impacto y le rajé el cuello. Había matado dos pájaros de un tiro. Había salvado a Samanta y había saciado la sed de sangre de Yin.

Ambos sabíamos que ese corte no iba a conseguir nada y que Santiago volvería a la vida… otra vez. Pero a Samanta se le ocurrió la idea de encadenarle. Gracias a ello tuve la excusa perfecta para matar sin que sospechara nada. Día a día me ofrecí para volver a matarle y así Yin dejaba a un lado las ideas homicidas con respecto a ella.

Pero era obvio que no podríamos estar así por siempre…

Un día, ya casi terminando este mes. Santiago, justo antes de morir a mis manos por enésima vez, cambió sus gritos y palabras malsonantes por una amenaza.

-¿Pensáis que esto es suficiente, que estáis a salvo? Yo no soy la gran amenaza que os acecha, ni mucho menos… Sólo hago lo que me ordenan, aunque eso no quita que lo haga con gran placer. Vosotros dos seguís estando en peligro. Pronto hará un mes que no doy señales de vida y ÉL querrá saber qué ocurre. Sabe perfectamente que al último lugar al que fui era a tu casa, Bruno, y no tiene ningún reparo en haceros una… visita personal. Seguid matándome, dentro de poco será la última…

Samanta, que estaba a mi lado, me quitó el cuchillo de la mano y le degolló ipso facto. Supo de inmediato a quién se refería, al extraño que vio en el accidente de coche que sufrió Santiago antes de su “conversión”. Nunca la había visto así antes, se puso a temblar… Sentía auténtico pánico ante la idea de que se presentara aquel hombre, y eso que no sentía miedo alguno frente a Santiago, un hombre inmortal con dotes asesinas letalmente eficaces.

Ahora me tocaba a mí preparar un plan. Y así fue. Aquí me ves. Hablándote en la última noche en la que residiremos en mi hogar. Tenemos dinero de sobra para viajar lejos. Suerte que ella heredó toda la fortuna de su padre y yo soy cotitular en la cuenta bancaria de mi madre. Hemos dejado a Santiago atado, aunque esta vez le hemos preparado una sorpresa para cuando despierte: le hemos arrancado la mandíbula y la hemos escondido, así, cuando el otro hombre venga y quiera hablar con Santiago, ambos tendrán que ponerse a buscar el hueso que le falta. No es mucho, pero nos dará tiempo de ventaja…

Mañana será un día movido y me gustaría regresar a la cama para descansar. Creo que ya tienes buen material de mi vida. Maté al embrión de un doppelgänger, comprendí que no todo el mal reside en Yin, he visto que no sólo su naturaleza se basa en matar y que hay alguien más poderoso que nos quiere ver muertos… Sólo al repasar todo esto se me encoge el corazón...

Espero verte pronto… y verte siguiendo yo con vida, con las dos.

jueves, 30 de mayo de 2013

El Consejo de los Seis Puñales: Traición [8]

Nexus aguardaba con impaciencia la llegada de los otros Brujos. Podría haber invocado un portal para traerlos, pero prefería que llegasen por su propio pie. Además, no quería decírselo a los demás, pero necesitaba conservar energías, se estaba quedando sin ellas. En el ritual de conversión estuvo a punto de morir por las sombras. Tuvo que traer a su lado, invocándolo, a otro Brujo para que luchara junto a él, sólo así venció, aunque no pudo decirse lo mismo de su compañero. De los seis Grandes Brujos, él era el más débil, y su única arma era el disfraz, tendría que ocultarle al resto aquello o podría ser destituido. Tendría que esperar a que llegase el momento, su escasa fuerza sólo era momentánea.

En la lejanía vio llegar a Luzbel junto con sus Brujos Infernales. Parecía, por su aspecto, que Luzbel estaba preocupado. Y tenía varias razones. Incluso a Nexus le extrañó que fuera solo, ya que, a juzgar por la localización de su posada y el resto del trayecto, tendría que haber venido junto con Hex. Además, si él ya estaba llegando, era imposible que Ignis tardase tanto, pues su posada estaba más próxima al Descanso del Muerto en comparación con las de los demás. Estaba claro que algo iba mal, el Bosque de la Penuria cobraba vida durante la noche.

En cuanto se acercaron lo suficiente, Nexus manifestó su intranquilidad. Al final, la idea de adelantar la reunión había tenido un efecto negativo. Deberían haber esperado a la mañana, después de todo, aún no eran todos unos Brujos totalmente instruidos. Podría considerarse que a todo buen Brujo le es indiferente la muerte ajena, a pesar de que esta sea la de un aprendiz, pero, para ellos, provenientes de otro Plano, cada muerte era un eslabón menos en su cadena.

-¿Ha ocurrido algo grave, Luzbel?

-Me temo que sí. Realmente no estoy del todo seguro, pues aún no puedo interpretar con total exactitud los estímulos que percibo con mis dotes demoníacas, pero… siento como si algo nos acechara. Además, justo en el momento en el que comencé a sentir esto, el aroma del maná de nuestros compañeros se hizo más tenue. Es muy probable que ambas cosas estén relacionadas.

-Ignis ya debería haber llegado, al igual que Tenebra y tu hermana. No se hospedaban lo suficientemente lejos como para retrasarse a la hora. Podría esperármelo de Inanis y Tenebra, aún no las conozco bien, pero no puedo decir lo mismo de Ignis. Siempre ha sido muy puntual.

-Parece que ni aquí podemos tener descanso, ¿eh? Nos va a costar bastante caro el seguir esta oscura senda…

-Desgraciadamente, hasta en este Plano, la brujería sigue siendo mal vista por una minoría. No obstante esa minoría es cuantiosa… Y dime, supongo que dicha amenaza también será algún hechicero. ¿Eres capaz de identificar su maná?

-He ahí lo interesante. No consigo… aclararme. Es como si mil hechiceros estuvieran en un mismo lugar. O eso o…

-Un hechicero que posee mil clases de maná. –respondió Nexus interrumpiéndole.

-Pero Nexus, nunca se ha dado ese caso. Y estás hablando con un Lengua Vil. He visto cosas que superarían la lógica. Conozco a toda clase de hechicero que se alza en este y en otros mundos… Nunca en mi vida he visto algo como lo que insinúas, no creo que hoy sea el día que lo vea…

-Luzbel, algo que aprendí hace mucho tiempo es que por muy seguro que estés de la realidad que te rodea, esta puede rasgarse con suma facilidad. Por supuesto que puedes sorprenderte, pero nunca te sorprendas de tu propia sorpresa… Será mejor que vayamos en busca de los demás.

-De acuerdo.

Tanto Nexus como Luzbel decidieron dejar a sus aprendices en el Descanso del Muerto por si aquella situación se tornaba peligrosa. Tras ello, Luzbel, potenciando su olfato, guió a ambos al lugar donde más rastro de la fragancia había, justo por donde se encontraban las posadas de Hex y de él.

Durante el camino Nexus también fue notando algo. Se percibía con extrema dificultad, pero lo poco que notaba era increíble. Alguien había retorcido el espacio. Había partes de la zona que no pertenecían al lugar, distintas extensiones del bosque se hallaban allí, mezcladas. Sólo dos sujetos podrían haber empleado un conjuro de ese calibre. Uno seguramente sería aquel desconocido, y la otra, por descartes, Inanis, capaz de manejar el Vacío. Sin embargo, fuera quien fuera, no auguraba nada bueno, pues, aunque fuera Inanis, emplear ese hechizo sólo indicaba que huía de algo o que buscaba rápidamente a alguien.

En cuanto informó de esto a Luzbel, los dos aceleraron la marcha. Nexus invocó un pequeño portal que les condujo inmediatamente a la Posada del Cuervo. Luzbel pudo olerlo, estaban más cerca, y lo que era mejor, recientemente habían estado ahí Hex e Inanis. La presencia de la Abisálica corroboraba las sospechas de Nexus: estaban en peligro.

Nexus se sumergió en un trance para intentar buscarles a través de las interacciones del maná con el espacio. Poco a poco fue consiguiéndolo, el espectro trascendental creado se dirigía con velocidad hacia ellos. Pero desgraciadamente, cuando estaba a punto de averiguar su posición, una especie de cortocircuito le interrumpió. Abrió los ojos súbitamente y volvió en sí. Aquello le había dejado paralizado, incluso debilitado, no había sido un simple hechizo bloqueador, sino que, además de eso, el taumaturgo fue capaz de hallar su verdadero cuerpo y arremeter contra él. Desde luego por aquel bosque estaba rondando alguien con un potencial bastante superior al de cualquier otro hechicero con el que se hubieran topado con anterioridad.

Y no hubo que esperar mucho tiempo hasta que el extraño se presentó. Elevándose en los cielos, como una roca envuelta, apareció Shan. Luzbel lo identificó enseguida, estando tan cerca, pudo detectar el poco maná que conservaba de su antiguo yo. Pero no tuvo tiempo alguno para sorprenderse. Shan se abalanzó contra ellos dos. El impacto fue brutal. Sobrevivieron al golpe debido a que la estela flamígera no era otra cosa que maná, y a pesar de ello, la onda expansiva, así como el propio hechizo, les había dejado para el arrastre. Nexus tuvo que ayudarse del Puñal Omnipresente para transportar a ambos a un lugar seguro.

Parecía que estaban a salvo, pues habían conseguido entrar en el portal. No obstante, durante el camino, así como antes se perdió la conexión trascendental de Nexus, el viaje fue interrumpido repentinamente, provocando que salieran del enlace entre portales y cayeran destartaladamente al cenizo suelo.

Por fortuna, aunque Shan hubiera evitado que se completase el transporte, habían logrado alejarse unos cuantos metros, los suficientes como para ir en busca de los demás Brujos. Pero no todo podía ser bueno, el impacto contra el suelo acrecentó sus heridas y aumentó el cansancio. Deberían levantarse rápidamente. Ahora todo segundo era un grano de arena más que caía en sus relojes.

Luzbel  abrió sus alas y las imbuyó de magia demoníaca. Seguidamente, agarró a Nexus y se preparó para lo que pudiera ocurrir. Por supuesto que no alzó el vuelo, pero empleó la fuerza de sus alas para propulsarse y correr más raudo. Aunque, de todas formas, sabía el poder que tenía Shan, a pesar de que desconociera la causa de su transformación, intuía que algo tenían que ver los famosos Puñales de los Hermanos Penumbra, ya que su Puñal Poseído vibraba cuando el Insano estaba próximo. Y, aparte de eso, la fragancia de maná que emanaba de dicha arma se asemejaba un poco a toda la mezcolanza aromática que él desprendía. En definitiva, para lograr derrotarle tendría que estar presente todo el Consejo.

El Lengua Vil corría todo lo que podía guiado por las indicaciones que Nexus le decía, las cuales recordaba vagamente de su búsqueda trascendental. No eran pistas muy fiables, pues el trayecto de tal conjuro se completaba al alcanzar el objetivo, si eso no ocurría las probabilidades de que la dirección fuera errónea eran bastantes altas.

En el horizonte podían ver el límite del Bosque de la Penuria. Era bastante probable que Inanis y Hex hubieran salido de aquí, así que tal vez no irían mal encaminados. A Nexus y a Luzbel solamente les quedaban unos escasos metros para dejar atrás esas grisáceas tierras, y no había rastro de Shan por ningún lado. Y, a pesar de que esto último pudiera ser algo bueno, el verdadero matiz era totalmente oscuro. Un Segador era el mejor de los depredadores si este se disponía a perseguirles, y, al no darse el caso, eso indicaba que estaban actuando tal y como él pretendía. La cuestión, entonces, era: ¿seguir avanzando o retroceder?

Ni una cosa ni otra. Tuvieron que parar. Otro hechicero, distinto al Insano, emergió de las cenizas. Luzbel olfateó su maná, por una parte percibía un toque similar al de Hex y al de Inanis, pero por otro lado olía un hedor digno de cualquier fosa común. Eso no auguraba nada bueno: era un Infecto, sin duda, y los restos mágicos de sus compañeros otorgaban la sospecha de que estuvieran involucrados en su creación, aunque no fuera cien por cien seguro que lo hiciesen a voluntad propia. Demasiadas dudas y muy poco tiempo…

Luzbel desenrolló un papiro en el que estaban inscritas algunas runas. Se disponía a atacarle. Mientras tanto, Nexus, escaso de fuerzas, creó a duras penas unos minúsculos portales alrededor del Infecto para evitar su huida. Tendría que dejar el golpe de gracia a Luzbel.

-No vengo con intenciones hostiles.

-Vaya. Jamás en la vida he escuchado a un Infecto. Es extraño escuchar a alguien cuyas cuerdas vocales están atrofiadas.

-No he sido creado de una forma muy ortodoxa, dentro de los límites que la nigromancia permite.

-¿Fuiste creado por Shan, aquel semi-cadáver envuelto en fuego, o por alguien más?

-Es esa la intención de mi llegada… Fui bautizado como Inanex, creado a partir de la energía de Inanis y Hex. Shan, como le llamáis, quebró parte de sus almas y ahora esos fragmentos me pertenecen. Veo lo que ellos ven, escucho lo que ellos escuchan… siento lo que ellos sienten. Hasta hace poco el control que él tenía sobre mí era feroz, pero pasó por alto un gran factor: fui modelado por Brujos. Mi carne pertenece a aprendices de Hex e Inanis, y mi conciencia y magia a ellos dos. En cuanto Shan se alejó lo suficiente, pude liberarme de sus ataduras.

-Me cuesta creerte, ¿sabes? Verás… Sé que es irónico que un Lengua Vil desconfíe de alguien, pero… deberías mirarte, eres un amasijo de carne muerta. He visto a cientos como tú y nunca en la vida he escuchado ni un mísero ruido gutural salir de vuestras bocas. ¿Y ahora tú eres capaz de completar más de una frase y de forma bien estructurada? Muestra tus verdaderas intenciones. Estas runas están sedientas de maná…

Inanex se quedó callado durante varios segundos. Por su lado, Nexus, estaba sorprendido ante la reacción de Luzbel. Él ya había puesto su plena confianza en el Infecto, pero los argumentos de Luzbel eran bastantes contundentes como para finiquitar toda seguridad. Tenía razón en todo. Los únicos muertos que pueden comunicarse son los de las Oscuras Llanuras, y tan sólo son atendidos por Nigromantes. Así, sin nada más que añadir, Nexus mostró su incredulidad acrecentando el poder de sus portales. Ante ello, Inanex suspiró y habló nuevamente.

-De verdad, siento tener que llegar a esto.

Tras ello, con una velocidad abrumadora, evocó desde sus manos dos potentes rayos sombríos que mutaron en dos gruesos lazos negros que inmovilizaron a Nexus y a Luzbel. Los Infectos no eran conocidos precisamente por la resistencia mágica de sus hechizos defensivos, pero ni siquiera las vigorosas alas del Lengua Vil consiguieron romper el lazo. Parecía ser que la mezcla del maná de Inanis y el de Hex resultaba en un explosivo mejunje mágico de dotes inquebrantables.

Así que, si las intenciones de Inanex eran las obvias en cualquiera de su índole: propagar la muerte, sólo era cuestión de varios pasos el que un pequeño contacto físico entre ellos y él les hiciera perecer de inmediato. Quién lo iba a decir, acababan de empezar como Brujos, huyendo de su propio Plano etiquetados como hechiceros renegados, y ahora, pensando que estaban a salvo, un simple cadáver parlante los iba a derrotar sin ni siquiera haber empleado ellos una sola gota de maná de manera ofensiva. Sólo quedaba hacer el testamento mental.

-Bien hecho, Inanex. –era la voz de Shan. Había aparecido de la nada detrás de ellos. –Y vosotros, si me entregáis los Puñales sin oponer mucha resistencia, os prometo que vuestras muertes serán rápidas. Es más de lo que os merecéis.

-Sabía que algo malo iba a ocurrir. Un simple mercader no sería capaz de manejar el maná proveniente de unos puñales con un pasado tan macabro…

-Shan, te conozco desde hace muchos años. Recapacita, sé que aún hay algo de tu verdadero ser en tu interior.

-Sigo siendo Shan, estúpido.

Seguidamente el Insano envolvió su pierna derecha con lava y le dio una fatídica patada a Luzbel en la cabeza. La magia magmática se adhirió a su piel y le estaba abrasando. Tuvo que redirigir el maná de su sangre hacia los poros para luchar contra una inminente cremación. Nexus también ayudó. Se concentró en crear minúsculos agujeros de gusano cercanos a su faz para absorber parte del magma, pero era algo peligroso, debía mantener cierta distancia o podría despellejarle.

Mientras tanto, Shan observaba, con deleite, a los dos Brujos luchando contra lo irremediable. Sin embargo, repentinamente, una deflagración de sombras implosionó en su hombro izquierdo arrancándole de cuajo el brazo. El hechizo había sido invocado por ni más ni menos que Inanex. Parece que al final sí decía la verdad.

-¿¡Qué se supone que acabas de hacer, pedazo de escoria!? –gritó Shan, aún conmocionado.

-De nosotros cuatro, soy yo el que mejor conoce el Otro Lado. Aún oigo las almas de todos los Brujos que has encerrado en mi interior. Gritan, agonizan, esta situación es peor que vagar eternamente por las Oscuras Llanuras. Yo SÍ estoy lleno de dolor. Tú sólo estás repleto de pura venganza. No voy a ayudar a alguien que quiere un final similar al mío. No sé por qué actúas así, pero no hay nada que lo excuse…

-Increíble. Eres el primer Infecto capaz de hablar. Incluso te has librado de mi control. ¿Sabes lo que significa eso? Tienes más poder que cualquier otro no-muerto existente. ¿Realmente quieres destrozar el futuro próspero que puede esperarte?

-No puedes persuadirme, Shan. Esto no es un juego.

-Y, entonces, ¿por qué nos has capturado? ¿Por qué no nos has dejado escapar? –contestó Nexus aún sin confiar en él del todo.

-Por esto…

Inanex alzó los brazos, una gran onda sónica emergió lanzando varios metros atrás a Shan. Después redirigió una canalización oscura a las ataduras de Luzbel y de Nexus transformándolas en un caparazón opaco. La propia oscuridad del conjuro apagó en un abrir y cerrar ojos las flamas de Luzbel y curó sus quemaduras, el último acto dador de vida a manos de un cadáver. Ahora los dos Grandes Brujos se quedaron con la duda de lo venidero. ¿Qué tramaba Inanex?

No pudieron verlo pero, en cuanto él comprobó que los caparazones se habían formado por completo y no había peligro alguno para los residentes, hundió los pies en la tierra y miles de hebras oscuras se arremolinaron en el cuerpo de Shan arrastrándolo hacia el Infecto. Shan, en contrapartida, se prendió fuego para intentar matar las hebras, pero eran tan frías que no consiguió nada, sólo debilitarse. Pensó, entonces, en combatir con su propia medicina. Sus ojos se tornaron totalmente oscuros y de sus manos fluyeron vapores negros. Shan se convirtió en pura sombra. Su cuerpo estuvo a punto de alcanzar el cero absoluto. Sin embargo, no había nada que pudiera hacer, poco a poco estaba más cerca de Inanex y estaba comenzando a espantarse de verdad, aunque controlara todo tipo de magia, si aquel hechicero le tocaba, aunque fuera con la yema del dedo, se desplomaría al suelo como cualquier otro saco de carne y hueso.

No obstante, las intenciones de Inanex no eran tan sólo la de matarle, eso sería un regalo en comparación con lo que se había granjeado. En cuanto estuvo lo suficientemente cerca, un anillo de sombras rodeó el cuello de Shan y lo levantó del suelo obligándole a mirar a los ojos a Inanex.

-¿Los ves? Mira a través de mis inertes pupilas… Todas las almas que masacraste y obligaste a convivir en este cuerpo. Me diste poder al juntar tantos muertos, pero no sólo sumaste fuerza y maná, también mezclaste odio y este se ha ido acrecentando cada segundo. No te enfrentas tan sólo a un Infecto, te enfrentas a la furia de Siete Brujos capaces de manejar a su antojo la propia muerte…

-¡No has contado con algo crucial! –exclamó con terror. –Yo he conformado tu cuerpo… Si muero, tu magia desaparecerá, pues los Brujos que te otorgaron tu maná están muy distantes. Piénsatelo bien. No hay forma de que me venzas sin que tú salgas perjudicado.

-Es un poco cómico que mi razonamiento, a pesar de que poseo un cerebro sin funcionamiento, sea más eficaz que el tuyo… ¿Quién quiere vivir así? ¿Por qué crees que el número de Infectos es totalmente escaso y con frecuencia no suelen durar mucho? Yo no quiero poder a cambio de una condena… Hasta aquí hemos llegado…

Shan siguió intentando convencerle, pero este atravesó con finas sombras su boca y se la cosió. Ni siquiera salía sangre, estaba demasiado congelada como para que fluyera como cualquier otro líquido. Después de eso, cerró sus ojos y se mantuvo en silencio. Poco a poco, a través de las fisuras que su piel tenía, se pudo contemplar el brillo de su maná, cuya intensidad acrecentaba más y más conforme pasaban los segundos. Shan ya había visto con anterioridad a otro hechicero hacer eso. Era el Sacrificio. Estaba acelerando la velocidad del flujo de su maná para transformarse en una bomba viva, y, dependiendo de la clase de maná, el efecto posterior a la explosión tenía un resultado u otro. Jamás había visto hacer eso a un Infecto, pero una detonación de maná muerto seguramente traería consecuencias nefastas.

No pudo hacer nada, tan sólo contemplar inútilmente el transcurso del conjuro. Eso podían ser con casi total seguridad sus últimos momentos de vida. Pataleaba, se imbuía de toda clase de magia: vacío, sombras, magma, magia terránea…e incluso nigromántica, lo más cercano que podía estar del maná muerto, no obstante no conseguía nada. Su final era inminente.

Nexus y Luzbel escucharon una hecatómbica explosión. Segundos después, las esferas se desvanecieron mostrando una imagen ante sus ojos repleta de sangre y carne. Lo primero que pensaron ambos es que Shan había vencido a Inanex, pero cuando vieron la hoz del Insano, aún agarrada por su brazo seccionado, supieron que todo había terminado. Los residuos de maná que flotaban en el ambiente, analizados por Luzbel, eran la prueba de que se había empleado un Sacrificio. Era inédito, un Infecto rebelándose contra su creador y venciéndole a pesar de las consecuencias…

Ambos se levantaron y se limpiaron las motas de ceniza de sus togas. Ahora tendrían que continuar con la búsqueda, ya no había nada que hacer allí, tan sólo clavaron una pequeña cruz, hecha con dos palos de madera que había por la zona y una vieja cuerda que guardaba Luzbel, en el lugar donde Inanex había muerto. Un pequeño homenaje no comparable a la grandeza de tal hechicero.

Y antes de emprender el viaje, justo a los que buscaban, Inanis y Hex, se presentaron mediante el hechizo de distorsión de la Abisálica. Los dos se quedaron estupefactos al admirar la nueva forma de Hex. Los cuatro compartieron información de lo sucedido. Ahora Nexus concluyó que había que llevar la búsqueda a Ignis y a Tenebra, pero Inanis quebró sus planes. Había algo que los dos habían visto antes de llegar allí. Entre el lugar en el que les expulsó el Agujero de Gusano y el campo de batalla entre Inanex y Shan, de camino, se toparon con el Moldeabrasas y la Corazón de Ébano. Quisieron llevarles con ellos, pero había un pequeño detalle que lo evitó.

Los dos han regresado a la Tierra.