Noticias desde la Oscuridad

06-07-2015
Cardiofagia está concluido.

13-07-2015

22-07-2015

28-07-2015

09-08-2015

03-09-2015

22-09-2015
Suerte está concluido.

28-09-2015

Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

viernes, 28 de junio de 2013

Los Siete de junio: Atemporal

Lo que todos hemos estado anhelado desde que tenemos uso de razón en los campos de la física y sus teorías relativistas y cuánticas ha ocurrido: los viajes en el tiempo se han vuelto de uso cotidiano para el ser humano. Y esto… no es una buena noticia.

Un equipo de doctorados en física consiguió solventar el problema que estos viajes conllevaban: el caos. Ciertamente, lo sencillo del proyecto era trasladar el cuerpo en tiempo y espacio, pues tan sólo se trataba de colisionar moléculas unas con otras, en reacción en cadena, hasta alcanzar energías cinéticas que liberaran un movimiento superior o igual al de la luz. Seguidamente, una vez transformado el tiempo en propia materia susceptible al cambio, ya únicamente había que guiar el movimiento según conviniera, con una velocidad negativa para viajar al pasado o supramáxima para viajar al futuro.

La velocidad supramáxima fue más sencilla de conseguir que la negativa, puesto que para llegar al futuro, con refinar nuestra tecnología y dilatar nuestra velocidad límite al doble, o incluso al triple, era suficiente, sin embargo, para llegar al pasado, había que lograr algo físicamente imposible, un vector negativo, y no en lo referente a su sentido; no consistía en tratar la velocidad negativa como aquella que aumentaba en dirección contraria a la que el objeto normalmente lo hacía; no, era algo más complejo, tenían que conseguir que su valor se modificara de tal forma que afectara al parámetro tiempo y, por consiguiente, este se volviera negativo. Una vez logrado eso, sí que se podría viajar atrás en el tiempo. Y, tras ciertos experimentos moleculares digamos… poco ortodoxos, lo consiguieron.

Pero reitero, este era el paso sencillo. Ahora había que modificar todas y cada una de las partículas que se veían afectadas durante el transcurso del viaje. Siempre se había temido en el efecto mariposa, hasta podría darse el caso de que alguien, yendo al pasado, influyera justamente en algún factor clave que fuera crucial para la invención de los viajes en el tiempo, provocando así, tal vez, su inexistencia y creando una paradoja temporal que aniquilaría átomo a átomo a todos los que en ese momento se encontraran fuera de su tiempo real. Una muerte apabullante…

Los experimentos fueron costosos y numerosos. Ante la impaciencia de los ciudadanos, por culpa de algunas filtraciones de información, se decidió apaciguarles y salió a la luz, con un poco de antelación, la posibilidad de viajar al futuro, siendo de los dos el único que no requería precaución alguna, ya que el futuro, al contrario que el pasado, disponía de infinitas vías, cada una con una realidad distinta, y era el presente y sus acontecimientos quienes decidían tomar una vía u otra. Por ello el peligro radicaba en el pasado. Aquí, este se convertía en presente, y el verdadero presente se deshilachaba formando una maraña de posibilidades causales, si por algún motivo hacías que se tomara una vía que con anterioridad no se tomó, las consecuencias, con una probabilidad del 98,65%, acabarían en pura aniquilación.

¿Que por qué sé todo esto? Pues porque yo fui reclutado, así como otras cien personas más, para trabajar como conejillo de indias en los primeros viajes al pasado con las partículas modificadas. En otras palabras, sería de las primeras personas que iría a un pasado incapaz de influir en el presente actual. Claro está, este pasado no era real del todo, era como una virtualización. Si destruías algo, en el presente seguiría existiendo, si matabas a alguien, en el presente seguiría vivo. Se cumplían, entonces, las mismas leyes que en el futuro. Pero todo esto era simple teoría. Y aquí era donde entrábamos nosotros, los Atemporales. Así nos llamaron los que nos reclutaron… Yo era el Atemporal  #011.

No obstante, yo detestaba la idea de que cualquier persona con un poder adquisitivo de trescientos euros fuera capaz de moverse con libre albedrío por el tiempo. No sé, no me hacía mucha gracia tocar algo que parece tan sensible. Pese a ello, acepté la oferta de voluntariado por la recompensa que ofrecían, ni más ni menos que un millón de euros pasara lo que pasara. Aunque también nos alertaron de que podría ser una misión suicida, pues, como he dicho antes, si alguno de nosotros tocaba algo importante e hiciera que la idea de los viajes se esfumara, en un abrir y cerrar de ojos estallaríamos como un fuego artificial. En principio no debería ocurrir nada, pero nunca se sabe. Fuera como fuera, el millón ya estaba agenciado en mi cuenta, a disposición de mi familia.

Nuestras tareas consistían en destruir a algo o a alguien con el fin de ver si persistían de vuelta al presente. Recibimos un listado con nombres que debíamos seguir rigurosamente en el orden específico. A medida que avanzábamos en la lista, nuestro objetivo era más importante. Por ejemplo, el primer objetivo de mi lista era aplastar la planta que a día de hoy sería el árbol más anciano del mundo, mientras que mi último objetivo era matar a uno de los físicos que trabajó en el proyecto cuando este era un niño de diez años. Como veréis, no se nos pedía infiltrarnos en zonas peligrosas ni realizar misiones imposibles. Ellos nos trasladaban al momento preciso en el que el objetivo estaba totalmente indefenso, el único riesgo al que estábamos expuestos era al de desaparecer hechos picadillo atómico.

Así que llegó el día y nos pusimos en marcha. Algunos Atemporales charlaban entre ellos y hacían chistes. “Fíjate, seré el encargado de matar al que disparó a Kennedy”. “¿Qué te parece? Voy a tener que evitar que se construya la Esfinge de Guiza, con lo que me gusta”. “Tengo que asesinar a Jack el destripador… nunca me cayó bien ese tío”. Estaba sorprendido. Les hacía ilusión ser causantes de tanta destrucción. ¿Tan seguros estaban de que iba a funcionar? Teóricamente no iban a causar ningún homicidio, pues las pautas del tiempo se mantendrían inalteradas. Pero, ¿y si fallaba, y si, repentinamente, esos muertos cayeran sobre sus conciencias? ¿Seguirían impasibles? Me da escalofríos pensar que pueden haber probabilidades de que el efecto mariposa siga vigente.

En fin, dejé las paranoias a un lado y di un repaso rápido a mi mochila. Tenía todo lo necesario. Elevé mi muñeca derecha y encendí el Regresor, el aparato encargado de devolver nuestra materia al presente. Di un paso adelante y entré en el Emisor, una plataforma gris en forma de disco conectada a la “Máquina del tiempo” que desmembraba mis moléculas y las propulsaba por el espacio. Eché un último vistazo a mi presente, un laboratorio gris con sonidos y luces dignos de una película futurística. Dejaba mucho que desear esa posible última imagen de mi realidad. Miré al encargado de encender el Emisor y asentí. A partir de ahí la memoria se quebró. Una luz me cegó y empecé a agitarme. Fue una sensación extraña, notaba que me hacía más grande y ligero, aunque en realidad eso era debido a que mis partículas se distanciaban unas de otras sin llegar a perder la conexión sensible entre estas. Cinco minutos después, una gran presión me “encogió” y recuperé el resto de mis sentidos. Volvía a ser yo… totalmente entero.

Ante mí observé un entorno totalmente florido. La temperatura era bastante elevada y había demasiada humedad. Parecía una especie de jungla, aunque la flora no se parecía a ninguna planta que conocía. Hasta los pétalos de las flores eran gigantes. El lugar en sí exaltaba belleza por todos lados, pero los ruidos de fondo, gruñidos y alaridos, le daban una pincelada amenazadora que hizo que me diera prisa con el encargo.

Extraje del bolsillo pequeño de la mochila un folleto donde aparecía información detallada de cada objetivo. Según el texto debería ver el tallo del futuro árbol más anciano a escasos centímetros de mis pies. Correcto. Levanté el pie y lo aplasté con gran fuerza. Tras la ejecución me mantuve varios segundos en pausa. Palpé con mis manos todo mi cuerpo y suspiré aliviado. De momento todo iba bien, así que apreté el Regresor y volví al laboratorio. Nada más llegar, sufriendo la misma sensación de antes, observé con suma atención todo lo que me rodeaba. No había cambiado ni un ápice.

La noticia les alegró a los físicos. Había viajado al pasado, había destruido un ente clave y había vuelto sin causar ninguna modificación temporal, y todo en menos de un segundo, aunque realmente hubiera tardado un par de minutos… tenía su gracia esto de los viajes.

Un minuto después, tras la inspección de un médico por si había sufrido “daños estructurales” durante el viaje, volví a subir al Emisor. Todo parecía más sencillo de lo que en un principio pensé. Vas, destruyes y vuelves. Pero eso no quitaba que siguiera comparando a los Atemporales como mercenarios. Porque aún había una pregunta en mi mente en lo que respectaba a objetivos vivos. Si al regresar no estaban muertos, ¿qué matábamos en el pasado? ¿No dejaba su asesinato algún recuerdo o secuela en su yo presente? Sí, puede que el pasado fuera el de otra dimensión paralela, pero eso no quitaba que técnicamente lo que hacíamos fuera segar almas, ya fueran las de mi mundo o las de otro. Hasta repudiaba la idea de matar a alguien en el futuro, aunque la víctima, como tal en el futuro, ni siquiera llegara a existir nunca.

Fui continuando exitosamente mis objetivos mientras seguía pensando en todo aquello. A veces deseaba que alguno de estos experimentos lograra alterar al menos una parte ínfima del presente y, en consecuencia, el proyecto de viajar al pasado se cancelara. Pues, a medida que iba volviendo al presente para informar de los resultados, iba viendo el cambio comportamental del resto de Atemporales. Sus caras, sus miradas… esos rostros sólo los había visto en psicópatas. Les estaba empezando a encantar la idea de poder matar sin efecto negativo alguno.

No me quise anticipar y me cercioré preguntando a un compañero que cómo le iba. Su respuesta me dejó helado. Me respondió que hasta hubiera hecho esto gratis encantado, que era la forma perfecta de desahogarse, como romper un cristal y que este se arreglara por completo, sin consecuencia alguna, era el sueño perfecto: causar destrucción sin destruir.

Bueno… quizás en eso último tuviera razón. Si tengo que elegir entre matar a alguien o matarlo de otra forma en la que realmente no muera, pues evidentemente elijo la segunda opción. Pero si esto al final salía como se esperaba, nunca más haría falta controlar los impulsos. Si alguien te ha mirado mal, ¿para qué ignorarlo? Retrocedes un día en el tiempo y lo acuchillas sin piedad. ¿Tienes ganas de hacer algo ilegal, algo como quemar un bosque? ¡Sin problema! Seguro que incluso cien años antes habrá (o había) hasta más verde para calcinar… Es obvio que tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes.

Continué con mis… objetivos hasta llegar al último, el físico cuando era niño. Me disponía a matar a un crío… Está bien, ya sé que no pasa nada, ¡pero es un niño! Y como el resto de los que he matado me suplicará, llorará, sufrirá… Hasta el físico en el presente, adulto, justo antes de marchar bromeó diciéndome que me daba total libertad para matarlo como quisiera. Ni siquiera le asustaba la idea de que el efecto mariposa surtiera efecto y le descuartizara. ¿Acaso era el único que aún conservaba empatía, que sabía a la perfección que esa noche no iba a poder pegar ojo sabiendo que mis manos estaban manchadas de más sangre de la que un asesino en serie pudiera desear? Y esto sólo era el principio. Me gustaría adquirir un Emisor personal para echarle un vistazo al futuro que nos espera.

Volviendo al asunto en cuestión. Ahí estaba el niño, al lado mío, observándome pasmado pues no se creía que hubiera aparecido de la nada. Intenté hablarle, pero no me salieron palabras. Quizá mejor así, en frío, sin conocerle apenas,  su muerte no me dolería aún más. Saqué de la mochila el cuchillo, cuya hoja aún preservaba la rojez de la sangre seca de mis objetivos anteriores y le puse de espaldas para apuñalarle en la nunca. Con suerte el golpe habría sido certero y le habría cortado la médula espinal matándole instantáneamente, de lo contrario le esperarían unos cuantos segundos de puro dolor hasta desangrarse del todo…

Y terminé al fin. Coloqué el Regresor en una mesa y me marché del laboratorio. Todos se alegraban, los viajes al pasado eran seguros, sin embargo yo estaba asqueado. ¿Ahora qué?

Enseguida adquirí un Emisor con ambas modalidades, pasado y futuro. Tan sólo lo compré para ir de nuevo a todas las fechas donde había finiquitado a alguien y comprobar si seguían vivos. Por fortuna era así, el tiempo se mantenía estable. Había vía libre para que invadiéramos el futuro y el presente y arrasáramos con todo…

No tardó mucho en hacerse realidad mi predicción. En cuestión de medio mes, ya casi no se veía gente por la calles, había un silencio estremecedor. Cada dos por tres alguien usaba el Emisor. Si alguien quería probar la carne de un animal extinto, al pasado que iba veloz como una centella. Si alguien quería verse de mayor, no lo dudaba, veinte años al futuro y listo. Incluso un amigo me contó que un día estaba haciendo cola en los baños de un bar y como no podía aguantar más se fue diez horas al pasado para poder entrar a gusto.

Esto era triste. Otro invento más que destruía el contacto humano. Miles de asesinos, violadores, pirómanos, terroristas y demás calaña caminaba por las calles con total impunidad. No eran detenidos, pues las leyes penales sólo se aplicaban al presente, se había abierto una brecha en la ley y nadie la solventaba. Ahora lo ilícito era lo cotidiano…

Sin embargo, un día, mientras daba un paseo, una persona apareció repentinamente justo en frente de mí. Me extrañó que me preguntara la fecha, debería saber que el Regresor te lleva con total exactitud al momento en el que usaste el Emisor. Pero justo cuando iba a responderle me fijé en el suyo. Estaba apagado. Balbuceando le dije que era el año 2013. Me pidió disculpas, pues al parecer quería ir al 2014, y activó el Regresor.

Aún no daba crédito a lo que acababa de ocurrir. Había visto a una persona llegar a mi presente, siendo este su pasado. No sé si era la primera vez que ocurría o no, pero una conclusión clara se podía sacar: mi tiempo estaba expuesto también a la desolación que causaba ahora el ser humano… Sería cuestión de tiempo que vinieran en masa a provocar catástrofes a diestro y siniestro pensando lo mismo que creen los de mi presente: que los que torturan no son del todo reales…

Efecto mariposa, te echaba de menos.

*Todo castillo, por fuerte que sea, al final acaba derruido*

jueves, 27 de junio de 2013

Los Siete de junio: Cardiotomía

Había recorrido cientos de kilómetros. Decían que el mayor médico del mundo se hallaba en aquellos vastos terrenos del oeste de China. Esperaba que todas esas maravillas que se contaban acerca de su persona fueran ciertas. Él era su última alternativa. Desde hace un par de años, Carlos había sido “diagnosticado” de una potente y, por consiguiente, letal enfermedad cardiaca. Se moría.

Ocurrió en junio, en el año 2011. Llegó al hospital a causa de un fuerte dolor en la parte izquierda del tórax, como si recibiera constantes puñaladas. No era el dolor característico de un infarto de miocardio ni de una angina de pecho. Era peor. Los médicos no sabían qué hacer, incluso probaron a realizarle una biopsia cardiaca. El tejido estaba sano. Y, en los electrocardiogramas que se le hicieron, su ritmo y frecuencia cardiacos eran estables. Médicamente hablando, no presentaba ninguna patología.

Pero él no estaba de acuerdo. Algo le pasaba a su corazón. Y buscó por todos los lares para hallar una respuesta. Finalmente, uno de los médicos, el cual puso gran interés en lo que le ocurría, le reveló la existencia de aquel hombre, aquel que sentenciaría si vivía o moría; o lo que era peor, si iba a vivir por siempre con dicho dolor.

El pero de esto era la localización del extraño. Desde luego no era un médico normal, no se hallaba en un edificio, un hospital. Según le habían contado, se encontraba en plena tundra, en la región deshabitada del país. Sin transporte, sin tecnología. Tan sólo con su voluntad, su determinación y sus piernas.

A pesar de no ser una región con un clima devastador, últimamente las temperaturas, como si los Dioses del Olimpo se hubieran puesto en su contra, no eran del agrado de cualquier ser humano. Y aún le quedaba un buen tramo, el asunto se tornaba desagradable.

Ni siquiera dominaba la lengua nativa. Se valía del lenguaje corporal y del poco inglés que sabía. A duras penas conseguía algo decente para comer, aunque al menos de agua siempre iba bien abastecido, gracias a las inagotables fuentes que encontraba en los campos de arroz. No obstante, su sabor dejaba mucho que desear.

Siguió caminando por aquellos vastos terrenos. Exhausto. Siempre que encontraba a algún ermitaño le preguntaba por la situación del médico, pero siempre obtenía la misma respuesta: alzaban el brazo hacia el oeste y asentían con la cabeza. Ninguno le daba un trayecto nuevo, ni una mísera pista que seguir. Siempre recto, hacia el oeste.

Estaba empezando a cansarse. Con ese profundo dolor en su corazón, cada vez percibía más cercana su defunción, y veía innecesario que sus últimos días de vida los malgastara persiguiendo a un extraño que seguramente tampoco hallaría solución a su problema. Era imposible que fuera más bueno que otros médicos que poseían sofisticadas tecnologías. ¿Qué haría él, prepararle un ungüento? Esto no se trataba de pseudomedicina ni de causar un efecto placebo. Se moría de verdad…

Y así lo decidió. Poco a poco el camino se despejaba y se veían piedras en collage que le guiaban. Era la señal que buscaba, pronto divisaría un poblado y podría regresar. No se había rendido, simplemente había aceptado la realidad. La gente muere y él no iba a ser menos, aunque fuera injusto que lo hiciera mucho antes de lo estipulado, tendría que asimilarlo y exprimir todo lo posible su cuenta atrás.

Sus ojos distinguieron las delicadas siluetas de unas pequeñas chozas en el horizonte. Había llegado. Se detuvo un momento a descansar sus piernas y retomó la caminata. Pero entonces, irrumpiendo toda la tranquilidad que le había acompañado en su pequeña odisea, una ráfaga de disparos se dirigió hacia él.

Gracias a sus instintivos reflejos, se tiró cuerpo a tierra y rodó fuera del camino hasta ocultarse en la hierba alta. Había tenido suerte de que ninguna bala le alcanzase, aunque sabía que eso no iba a acabar ahí. Tenía que moverse o le encontrarían allí, pero el mismo movimiento zarandearía las hojas y sería descubierto. Hiciera lo que hiciera delataría su posición a aquel o aquellos que hace unos segundos arremetieron a sangre fría contra su integridad.

Ni siquiera se había parado a pensar, ni una milésima de segundo, en la razón de ese acto homicida. ¿Y cómo es que no había escuchado sus pasos, ni sus voces, ni cualquier otro indicio de una presencia ajena a la de él mismo? ¿Qué ocurría?

Lo supo enseguida. Tres hombres gritaron imperantes. No entendía nada de lo que decían, eran del lugar, pero a juzgar por el tono, estaban buscándole. Y tras los gritos, pisadas. Ahora estaban más cerca. No había error, el primer sitio al que iban a buscar era donde justamente le habían disparado, y Carlos no se había movido de allí. Intentó reaccionar, escapar, pero ya era tarde, ahora sí que su movimiento llamaría la atención. Solamente le quedaba rezar por que su ejecución no fuera muy dolorosa.

Aguantó la respiración, sus oídos se taponaron, se quedó sordo momentáneamente. Lo único que escuchaba ahora, irónicamente, eran los latidos de aquel moribundo corazón. Cada latido se hacía más fuerte, más intenso. Empezó a sentirlos, su pecho empujaba la tierra sobre la que yacía. Era como si se agrandara y se abriera paso entre el resto de vísceras de su tórax, como si se tratara de una bomba…

Absorto en ese hipnótico y reiterante sonido, Carlos no se percató de que alrededor suyo ya estaban esos tres desconocidos que supuestamente, y sin razón alguna, querían matarle… Pero cual fue la sorpresa de ellos al ver que Carlos no es que se inmutara ante lo acontecido, sino que no podía hacer otra cosa. No se tiró al suelo para cubrirse, cayó muerto en él.

Ellos se extrañaron, pues no había bala alguna incrustada en su cuerpo, ni se había golpeado la cabeza al caer… Sin embargo, cabía la posibilidad de que por el mismo susto del ataque su organismo hubiera colapsado. De todas formas, fuera como fuera, habían completado su cometido, así que agarraron el cuerpo y lo llevaron a la camioneta que esperaba varios metros adelante, oculta tras un frágil y viejo árbol. Abrieron las puertas traseras y lo lanzaron sin cuidado alguno, y este se estrelló contra el interior, con sus extremidades retorcidas, como si fuera un mero muñeco de trapo.

Tan lleno de vida hace unos segundos en el pasado y tan frío e inerte ahora, en el presente… No había conseguido llegar a encontrarse con el médico y mucho menos disfrutar de lo que le quedaba de vida, tal y como había planeado, desechando su última alternativa de curación. Ahora no quedaba nada, tan sólo su cuerpo, en el vahído del olvido, y en las manos de unos furtivos, alejándose irremediablemente de aquel poblado que le liberaría de las cadenas del hipocondrismo. Sus ojos, aún abiertos, vacíos, fijaban su mirada en la distancia, en las casas que, poco a poco, se difuminaban con el horizonte, se desvanecían, así como su último aliento se mezcló con el clima de esos terrenos foráneos.

Sin embargo, ese aliento que danzaba grácil entre esa atmósfera impregnada del hedor de una reciente muerte, rehuyó de aquel frío y corrió frenéticamente, cual lanza abstracta, hacia su cadáver progenitor. Y en un súbito impulso, Carlos cogió una gran bocanada de aire y su corazón, en una metástasis de pura vida, desfibriló.

Aún encogido del terror, tenía en su mente como último recuerdo el de decenas de proyectiles abalanzándose contra su cuerpo. Pegó un gran grito, pero por suerte, el viejo motor del coche donde era transportado rugía estrepitosamente y aquel alarido quedó oculto. Sabía que algo había ocurrido. Podía deberse a una pérdida de la consciencia, un profundo síncope, pero todavía sentía ese hormigueo gélido en sus extremidades, su sangre circulaba nuevamente y le transmitía con lentitud el calor carmesí de su núcleo a la periferia de su sistema vascular. No había duda, su corazón había resucitado.

Ahora quedaba lo difícil, seguramente se hallaba cautivo por sus agresores, aunque tenía un punto a su favor, si de verdad había muerto, no llamaría la atención cualquier ruido extraño que provocase en el maletero. De todas formas eso no quitaba peso al asunto, tendría que saltar de la camioneta en pleno movimiento, poniendo de nuevo en riesgo su vida, lo poco que le quedaba de ella.

Abrió con delicadeza las puertas y un fuerte viento inundó el interior. Le era difícil mantener el equilibrio debido al camino lleno de piedras que recorría el vehículo. Agudizó la vista y esperó el mejor momento para saltar, cuando el terreno se allanara un poco más y no hubiera demasiadas piedras. Esperó y se concentró, era una cuenta atrás, en cualquier momento podrían parar en seco y ya sería en vano escapar, otra salva balística le acribillaría y esta vez posiblemente no tendría tanta suerte.

Pero la voluntad se retrasó y el albedrío se impacientó. Un brusco tambaleo provocado por un bache hizo que perdiera completamente el equilibrio y cayera fuera de la minúscula seguridad del maletero. Carlos no pudo hacer nada para minimizar los daños. Rodó por el suelo quebrándose multitud de huesos a causa de los contundentes impactos con las piedras. El golpe de gracia fue cuando, durante su violento viaje, acabó saliendo del camino y fue a parar a unos pequeños arbustos. Allí paró en seco, pues una retorcida rama se incrustó en su ojo y estuvo lo suficiente afilada como para atravesarle el cráneo y provocarle una hemorragia cerebral.

Parece que su segunda oportunidad no había durado mucho.

Todo volvió a pasar como antes, a excepción de que esta vez sintió un tremendo dolor, más aún que el de su corazón. De hecho, era como si todo aquel sufrimiento punzante se trasladara a su cabeza. Su pecho ya no necesitaba esa sensación, pues podría descansar, ahora le tocaba a su cerebro, el segundo órgano del cuerpo que se apagaba con lentitud frente a la muerte. Era extraño, su imagen derecha se había apagado repentinamente, como si el telón se hubiera desplomado agresivamente, mientras que la parte izquierda se esfumaba tornándose en un blanquecino gris. Su sistema se apagaba y cada vez el flujo de sangre que brotaba de su cuenca derecha se hacía menos continuo. Un grifo que se quedaba sin vino en su depósito.

No sabía qué era peor, si haber continuado en la azarosa odisea que sus captores le ofrecían o cargar directo hacia el letal infortunio, presa de una simple planta. Ya daba igual, todo acababa, ahora sí que no había posibilidad de regresar a la vida, su cerebro había resultado dañado, y lo que era peor, se desangraba sin que pudiera poner remedio alguno.

Lo curioso era que, durante el proceso final, estando su cerebro al borde de la muerte, pero aún activo, comenzó a notar un temblor, un leve balanceo seguido de una sensación de ligereza, como si flotara. Tal vez sería el clímax de la vida, cuando te vuelves uno con la nada.

Lentamente la comodidad dio paso a la hiposensibilidad. Primero perdió la noción de sus extremidades y poco a poco aquello alcanzó su cabeza. Finalmente su cerebro se apagó y una última gota de sangre impactando contra el suelo dejó sonar la última melodía antes de que la función acabara….

Pero entonces, envuelto en el silencio, una intensa luz blanca se abrió paso entre la oscuridad. Primero era un minúsculo punto inmóvil. Tras ello surgieron unos distantes sonidos casi irreconocibles. Iban cobrando fuerza y pudieron identificarse. Eran latidos. Cada vez que uno de esos latidos sonaba, el punto se hacía más y más grande. Con facilidad fue derrotando aquel panorama umbroso.

Al final, cuando el blanco nuclear reinaba en aquella imagen, más sonidos se unieron a los sonoros latidos: el burbujeo de un espeso líquido, un leve murmullo eléctrico y una profunda respiración. Llegó un instante en que el caos era insoportable, una sensación de estar atrapado en una vorágine de fuego le alcanzó. Todo le estaba obligando a despertar, ¿pero cómo? Estaba muerto…

No, se equivocaba. Se hallaba en una maltrecha cama, al parecer en la casa de alguien que le había recogido. Aquel que le salvó la vida estaba justamente al lado de él, sentado, mirándole sonriente. Carlos tan sólo tenía que esperar a que su vista dejase de estar borrosa para saber quién era. Y aquello no tardó mucho. Era ni más ni menos que el médico que le aconsejó que fuera a China para que le curasen. Él era el médico que estaba buscando. Siendo así, no comprendía por qué le había hecho recorrer todo este camino para reencontrase con alguien que ya había visto. No tenía sentido nada.

Él, gustosamente, se lo explicó todo. No le había encomendado esto para que malgastara sus supuestos últimos días de vida, sino para enseñarle que aquello de lo que se aquejaba no era realmente la semilla de la desdicha. Le había indicado una localización del país en el que para llegar había que caminar por lugares peligrosos. Había puesto en peligro la vida de Carlos a propósito para enseñarle algo que de otra forma no hubiera extrapolado: su corazón era inmortal.

Carlos se quedó de piedra ante esta revelación. Incrédulo, preguntó si bromeaba, pero el médico le dijo que le contara su viaje. Cuando le relató sus dos “muertes” este se rio y alzó un dedo en señal de afirmación. Le mostró el reflejo de su rostro en un espejo y vio asustado que le faltaba el ojo derecho. Sin embargo no había herida abierta alguna, la cicatrización había sido rápida y eficaz. Esa era la prueba definitiva, no había sido un sueño, una rama le había atravesado el cráneo y le había matado.

Se incorporó y, extasiado, abrazando al médico, le agradeció que le hubiera mostrado aquel tamaño poder. Tendría que tener cuidado, pues había visto que aún podía ser mutilado, pero por lo demás era una gran noticia, su muerte no iba a llegar ni temprano ni tarde ni nunca. Aunque esa euforia se apagó un poco cuando observó que el rostro del médico se había vuelto más serio. Intrigado, le preguntó la razón, y él, con un tono funesto, como transmitiendo un severo juicio clínico, le respondió.

-No sé de qué te alegras, has contraído la peor enfermedad que se puede tener: la inmortalidad.

 *Hasta la objetividad es subjetiva en el ojo humano*

lunes, 24 de junio de 2013

Los Siete de junio: Insurrección

Un súbito empujón me devolvió a ese lugar del que no hace muy poco yo pertenecía. No llegué a entender nunca la razón de este “regalo” hacia mi persona. Sinceramente, uno se acostumbra a los lugares en los que vive. No obstante yo aún echaba de menos mi antiguo hogar. El nuevo era frío y silencioso, digno de aquellos individuos que se merecen el peor de los castigos. No, y puedo apostar mi válvula mitral a que no merecía ser testigo de aquel tétrico lugar.


Pero el asunto de volver sin ninguna razón en concreto era el menor de mis problemas. Ante mí tenía una oscuridad muy cercana, pero notaba algo más que esa penumbra. ¿Tal vez un nogal? Madera… sí. Seis tablones atrapaban mi cuerpo varios metros bajo la superficie terrestre. Respiré y me calmé. Bueno, peor no iba a ponerse.



Al principio los golpes que lancé contra el tablón superior eran débiles y lentos. Sin embargo, una fuerza surgió en mí. Parecía que algo (o alguien) en mi interior sí quería aprovechar esta segunda oportunidad costase lo que costase.

Mis nudillos ya estaban en carne viva, pero, milagrosamente, no sentía dolor alguno. Tras una centena de golpes conseguí astillar la tabla y, pocos minutos después, romperla completamente con la consiguiente avalancha de tierra y podredumbre insectoide viniendo hacia mi pálida cara. Menudo comité de bienvenida. De todas formas, ahora ya estaba fuera de esa prisión individual, de vuelta a mi antigua vida, regresando de la muerte…

Yo también me quedé sorprendido los cinco primeros minutos; es algo extraño y un poco difícil de explicar. Vamos por partes, cuando estás a punto de morir, cuando tu vida se cuenta por segundos, la sensación es clara: angustia, un dolor indescriptible recorre todo tu cuerpo asfixiando a todas tus células. Por otro lado, lo que me ha ocurrido a mí, es algo parecido pero a la vez muy distinto. Supongo que he sufrido una resurrección… Sea como sea, si el dolor al morir es horroroso, no os podéis imaginar lo que se siente al volver a la vida. Es como si tu organismo hubiera cerrado sus compuertas y la única forma de volver a manejarlo es ejerciendo una presión sobrehumana en él. La presión es tan fuerte que parece que vas a explotar en cualquier momento. Aunque tras el dolor de la resurrección te aguarda lo que toda alma errante anhela: volver a la vida.

Nada más regresar no recuerdas nada, ni el inmenso dolor. Pero poco a poco tu memoria vuelve a activarse y de nuevo eres consciente de absolutamente todo.

Es posible que algunos piensen que he sufrido una catalepsia o que, simple y llanamente, estoy loco. No sé qué decir, los gusanos y demás seres descomponedores que roen sin parar mi cabeza discrepan ante estas soluciones rápidas y alternativas.

Soy algo así como un zombi. Pero no puede ser… esos… monstruos… aparecen en películas. Esto es la vida real, debe haber una explicación científica para lo que me ha sucedido. Mi cuerpo no reacciona, mi corazón no palpita y ni siquiera tengo que llenar y vaciar constantemente mis pulmones. Pero, entonces, si ningún órgano está vivo, ¿por qué mi cerebro sí lo está? Ahora mismo estoy pensando, razono, hasta puedo hablar con total fluidez, y sin embargo, por cómo me veo, seguramente también presente una muerte cerebral. Al menos sí puedo ver algunos agujeros en mi cabeza en los que, al meter el dedo, llego a tocar el cerebro. Jamás pensé que tendría esa textura, como gelatinosa, yo creía que era bastante más sólido. Es curioso…

Creo que lo mejor será ir al centro sanitario más cercano. Los profesionales me diagnosticarán algo lógico. Despertarse tras una muerte tampoco es algo tan raro. Recuerdo las historias que me contaban de féretros que abrían meses después de la defunción del residente y veían marcas de arañazos. Creían que habían regresado de entre los muertos cuando en realidad no habían perecido en absoluto, pues para que esto ocurra, como he dicho antes, debe certificarse la muerte cerebral.

Mi cráneo se cae a pedazos, apenas sangro, el dolor casi es inidentificable, mi piel está completamente cianótica, carente de oxígeno. Sí, hay muchos indicios de que he podido pasar a “mejor vida”, pero soy demasiado escéptico para pensar en que los muertos vivientes existen. Tal vez mi cuerpo sea resistente. Quizás un rayo ha impactado en mi féretro y ha reanimado mi corazón. Hay cientos de posibilidades en mi lista, y desde luego, la última, la que aceptaré cuando el resto se haya descartado, es la de ser un… no-muerto. Aunque eso no quita que siga pensando en mi dicha.

Un punto a favor es que se supone que cuando mueres ves una especie de luz. Bueno, está claro que luz ninguna, pero sí que vi una profunda negrura. Lo que también puede corresponder a una muerte… No obstante, durante todo este periodo sentí dolor, algunas veces ínfimo y otras insoportable, pero a fin de cuentas dolor, algo sumamente característico de una persona que está viva. Así que con esto último creo que es más que evidente que estaba vivo, posiblemente en un estado de inconsciencia súbita.

El otro punto a tratar era el tiempo. Me había despertado bajo tierra, estaba claro que había tenido un velatorio, y eso descontando la cantidad de días que he permanecido enterrado; muchos, viendo el estado de mi cuerpo. Muchas horas han pasado durante mi letargo. Si pudiera averiguar el parámetro exacto podría saber si realmente esto se trata de una catalepsia… Me parece que en estos momentos hubiera deseado tener unos conocimientos más amplios en el campo de la medicina…

Finalmente, mientras en mi cabeza continuaba este debate que oscilaba entre la muerte y la vida, llegué el hospital general de la ciudad. Era de noche, y parece que bastante tarde, así que no me encontré con ninguna persona de camino al lugar, y espero que, debido a ello, tampoco hayan muchos pacientes en la sala de espera y me atiendan pronto. Mi incertidumbre está empezando a convertirse en miedo.

Al entrar me esperaba lo típico, algún que otro sanitario pasando, varios pacientes quejándose, otros cuantos sentados, un poco de ajetreo… Pero no hallé nada de eso. Simplemente silencio, aquel monstruo estremecedor que me había acompañado en mi tumba. No podía soportarlo, necesitaba escuchar algo, aunque fuera un molesto ruido, pero algo que me alejara de la duda, de si todo era una especie de sueño y mi cadáver seguía bajo una lápida.

Sin embargo, tendría que conformarme con el sentido de la vista. Al menos había luz, pero eso no quitaba que pareciera que el hospital estaba abandonado. Tendría que ponerme a buscar, aunque fuera para encontrar a un paciente ingresado… Cualquier contacto con la humanidad me servía en estos instantes.

Anduve por los pasillos sin encontrar ni un alma. El propio eco de mi voz lo corroboraba. Tal vez tuviera más suerte en la planta superior. Me dirigí a unas escaleras próximas y me dispuse a subir el primer escalón cuando, de repente, un llanto, proveniente de arriba, me paralizó. Quizás en otro momento hubiera sentido terror ante tal sollozo, pero en ese momento la parálisis se debía a la propia incredulidad y la euforia.

Intenté subir lo más rápido posible, aunque comprobé que aún mi cuerpo se estaba recuperando, y al parecer de una forma no muy rauda. Repetidas veces mis rodillas fallaron y caí, pero me levanté como si nada, indoloro, anestesiado por la propia esperanza de hallar al final el por qué. Quise gritar, que aquel desconocido me mostrara su localización. No obstante, así como al despertar conservaba mi voz, ahora lo único que podía emitir eran gruñidos y jadeos. ¿Qué le ocurría a mi laringe? Fuera como fuera eso era secundario. Los gritos y el llanto se hacían más constantes y fuertes. Esa persona estaba en apuros, y parece que yo era el único capaz de hacer algo por él.

Probé a hablar nuevamente, pero era en vano. Sonidos guturales era lo único que podía hacer con esas maltrechas cuerdas vocales. Aunque me extrañaba más que, cuantos más ruidos brotaban de mi aparato fonador, con más terror gritaba el desconocido. Puede que le estuviera asustando, a pesar de que esa no fuera mi intención, únicamente tenía esa vía para comunicarme con él. De todas formas, era mejor que dejase de hacerlo y me dedicara tan sólo a la silenciosa búsqueda.

Tras unos agobiantes minutos, conseguí encontrarle. Estaba en el quirófano, yacía en la cama de operaciones, con sus muñecas y tobillos atados.  El cirujano le habría abandonado allí a la intemperie después de aquello que hubiera causado la huida de todos los que estaban en el hospital. Ni siquiera se dignaron en desatarle.

Supuse que mi llegada como rescatador le alegraría. Pero fue todo lo contrario… Nada más mantuvimos el primer contacto visual, comenzó a revolverse en la cama, como si estuviera sufriendo convulsiones. Y cuanto más me aproximaba a él, más ansiaba escapar. Quería decirle que se calmara, aunque preferí no decir nada por si le asustaba más. Simplemente le quité sus ataduras y le dejé en paz. Esperaba, al menos, un agradecimiento. Sin embargo, lo único que recibí fue un arrebato de descontrol. El hombre agarró un bisturí y se abalanzó contra mí tirándome al suelo. Una vez allí, me apuñaló cientos de veces en el tórax y en el abdomen.

No lo comprendía. ¿Sería un asesino y por eso estaba atado? Y si fuera así, ¿entonces por qué lloraba, una artimaña? Desde luego, mi mundo de la lógica se estaba despedazando. Primero, en un estado cuasi cadavérico, me mantenía con vida, y ahora la persona a la que salvo me está atacando con una saña considerable. Le miraba con tristeza y él continuaba. No iba a descansar hasta verme morir, y parecía que iba a llevar su tiempo. Ni siquiera sentía dolor, apenas percibía esa sensación antiálgica, de un placer profuso, característica de cuando vas al otro lado. Lo único que podía hacer era fingir mi muerte y nada más…

Y surtió efecto. Aunque los resultados fueron nefastos… Cuando creyó que me había asesinado, el individuo dijo una frase que me provocó una profunda tristeza. “Y decían que los de tu índole no podían morir”. Efectivamente, tenía razón en lo de que ir al hospital me sacaría de dudas, pero jamás pensé que se me “diagnosticaría” de una pseudomuerte…

Aguardé unos minutos, aún tendido en el frío suelo, con ganas de romper a llorar pero sin poder hacerlo. Mis lacrimales no respondían, tampoco funcionaban… como el resto de mi cuerpo. Podrido hasta la médula, muerto. Renegado de la muerte y en un mundo que no me confortaba. ¿Puede haber una maldición peor? Querría comunicarme con ellos, pero ya veo que me temen. Ninguno se pararía a analizar mis gruñidos, nadie siente curiosidad ante lo grotesco.

Pero algo tendría que hacer. No estaba muy claro si este regreso era perenne o era igual de vulnerable a la muerte como antaño. Al menos había comprobado que mi carcasa resistía heridas que resultarían letales para alguien vivo… normal. Aunque podía haber posibilidad de que algo me matara, al fin y al cabo, estos pensamientos, mi uso de razón… Todo esto tendría que hallarse en alguna zona de mi cuerpo que funcionara, que aún siguiera las pautas fisiológicas de la vida. Posiblemente, si averiguara la zona exacta y la asestará un golpe fatal, pondría fin a este infortunio mío.

No obstante, mi idea cambió completamente al salir de nuevo a la calle. Aquel silencio de antes, toda esa calma, se había evaporado cual potente combustible frente al fuego de la desesperanza.

No era el único. Ante mis ojos se mostraba una manda de cadáveres que avanzaba persiguiendo a los normales. Era el esbozo perfecto de la armonía caótica entre muertos vivientes y vivos murientes. La incertidumbre volvió a tocar mi mente. ¿Por qué unos corrían envueltos en miedo y otros se lanzaban hacia los primeros para devorarles? ¿Acaso era yo un caso único, aquel capaz de encontrar algo de sentido en una posible convivencia entre malditos y afortunados?

Al principio estaba de parte de los vivos, las víctimas. Nada más salir de la tumba a los muertos les invadieron unas ganas insaciables de ingerir carne humana. Lo veía imposible, yo no había destacado en mi vida como una mente brillante, y aquí estaba, con más capacidad de reflexión que el resto. Pero entonces vi el otro lado de la moneda. Varios humanos, armados con pistolas y cuchillos, se enfrentaban a los de mi calaña. Incluso llegué a ver a algunos como yo, quietos, sin atacar a los vivos, hasta huyendo de la agresividad de estos.

Tal vez sería al contrario. ¿Y si todos ellos despertaron con mis mismas intenciones y se llevaron tamaña decepción ante la actitud de los vivos que decidieron defenderse? Vivo o muerto, es obvio y natural que respondas ante una acción ofensiva. Y, bueno, por romper una lanza a favor de los vivos, si yo estuviera entre ellos, también me llevaría una primera, y mala, impresión de cualquier muerto viviente. Difícil decisión la mía… ¿Qué hacer?

Fue, entonces, en ese instante, cuando un muerto se me acercó. Se quedó quieto frente a mí unos segundos para después alzar su brazo izquierdo y ofrecerme un trozo de carne que se posaba en la palma de su mano a la par que me miraba con una amplia sonrisa. Y se lo agradecí devolviéndole el gesto risueño. No me había dado alimento, sino una solución:

Continuar.


*Juzgar el acto de alguien sin conocer todos los hechos es una carga que el ser humano llevará siempre consigo*

jueves, 20 de junio de 2013

Los Siete de junio: Virofilia

¿Qué es un virus? ¿Puede concebirse como un ser vivo? Cierto es que hay un gran debate abierto entre si el virus debe entrar en la parcela de lo vivo o de lo inerte. Pero no vengo a hablar de eso. Simplemente vengo a hacer un breve resumen de las etapas de un virus.

Los virus deambulan por todo medio extracelular, no tienen consciencia para saber a dónde van, simplemente, por un golpe fortuito, algunos alcanzan con sus fibras los oligosacáridos de la membrana de una desdichada célula. Estos glúcidos, encargados del reconocimiento informativo, engañados, dejan anclar al virus. A partir de aquí, la célula está condenada.

Pueden parecer horrorosos estos microscópicos entes, pero, podríamos decir que, esa “maldad” tan sólo es activada cuando entran en contacto con la membrana celular, pues antes de eso son totalmente inofensivos, no hacen nada, no pueden hacer nada, sí, teóricamente podría afirmarse que están muertos.

Pero vayamos a lo que nos concierne, es decir, el virus cuando ha aterrizado en su víctima. Nada más clavarse en la bicapa lipídica una secuencia de nucleótidos, la cual se alberga dentro de una cápsula proteica protectora, se libera y es inyectada al interior celular. Esta cadena de ácidos nucleicos, que puede ser tanto de ADN como de ARN (nunca ambos a la vez), es el verdadero virus, lo que podemos llamar “su verdadero mal”; lo demás, simples instrumentos para alcanzar su objetivo.

Una vez dentro, utilizando la maquinaria celular, el ARN, previa transcripción de este a partir de ADN si el virus llevaba ácido desoxirribonucleico, se replica para luego, con los ribosomas celulares, realizar la traducción a aminoácidos para crear más y más piezas de virus, que, a posteriori, en una fase de ensamblaje, darán lugar a virus totalmente formados e iguales que aquel que penetró en la membrana.

Una imagen sobrecogedora la de los virus, ¿verdad? Ni la más oscura de las simbiosis podría asemejarse a esto, básicamente porque en una simbiosis ambas especies ganan algo, aquí lo único que gana la célula es, o bien acumular miles y miles de virus para después romper la membrana e ir deambulando en busca de nuevas células, o bien sufrir una lisis de la bicapa directamente.

Huelga decir que así como colores, cada virus es distinto, unos incluyen su ADN en el ADN monocatenario circular bacteriano, otros introducen totalmente su cápsula, la cual es destruida por lisosomas en el interior celular, otras se replican junto con la célula invadida… En definitiva, hay cientos de métodos, pero todos al fin y al cabo acaban en lo mismo: destruir tu vida mientras ellos prosperan.

Espero que esa última frase te haya sonado familiar, porque no venía sencillamente a hablar sobre el ciclo viral, lo siento, espero que esta mentira se me perdone, al fin y al cabo ya estáis emborrachados por ellas.

Quiero que recordéis todo lo que habéis leído, será fácil, ¿no? Una vez se haya entendido, a continuación comprenderéis que el prefijo micro no tiene que ir siempre ligado a los virus. Sin embargo, exceptuando esa diferencia, el resto está lleno de similitudes. Empecemos con un nuevo ciclo: el de los políticos.

Al igual que los verdaderos virus, estos especímenes no son nocivos antes de activar su mecanismo, es decir, si no llegan al poder en el gobierno, entonces no hay ningún riesgo. Además, así como cada virus se acopla en un receptor específico de la célula, cada partido es afín a las ideologías de una parte de la población en concreto.

¿Más semejanzas? Está bien. Recordemos que la cadena de ácidos nucleicos del virus normalmente venía protegida por una cápsula compuesta de proteínas. Este método defensivo para cuidar el “corazón” viral también lo poseen ellos, lo único que cambia es que, en vez de aminoácidos, sus cápsulas, sus cúpulas, están integradas por demagogia barata, mentiras, engaños y premios de humo. ¿Por qué comparar esto con la cápsida de los virus? Pues porque cuando ya han conseguido arraigar en la “célula”, todo esto es abandonado fuera, cuando estaban en la oposición; o poco a poco se va desintegrando si decidiesen entrar con toda esta sarta de patrañas, cosa que con asiduidad suelen hacer.

Pensarás que una gran diferencia, aparte del tamaño, es que ellos poseen consciencia mientras que los virus no. Bueno, eso habría que debatirlo; y creo que el debate sería más fuerte que el de determinar si el virus es un ser vivo o inerte.

Pero vayamos al grano. Una vez llegan al poder, nosotros, la sociedad, la célula, comienza a notar desde el primer instante su llegada. El “ADN o ARN” empieza a funcionar descodificando una información genética predispuesta a las más eficientes aves de carroña. Valiéndose de nuestros propios medios, nuestra peculiar maquinaria celular, comienzan a emplear su corazón viral para crear un beneficio propio. En el caso de un virus microscópico será, recordemos, crear réplicas; en el caso del macroscópico es, sin embargo, lograr que los de su calaña prosperen aunque eso suponga destruir el ADN celular, nuestro futuro, o los ribosomas, el proletariado.

A medida que el tiempo avance, la célula se irá degradando, se quedará sin fuerzas y no podrá hacer nada. Ellos, en ejecución viral, habrán vencido, y unos últimos pétalos negros se mecerán cayendo hacia nuestra tumba. No se puede evitar, si el virus se ancla a la membrana, si el partido logra los suficientes escaños, la célula, el pueblo, habrá muerto.

Pese a ello, yo no he venido para crear una atmósfera fatalista. Siempre hay una oportunidad de sobrevivir a la infección. El salir airoso, ileso, es algo utópico, pero la posibilidad de combatirlo sí que se puede llevar a la práctica. Jamás sabremos a primera vista si lo que nuestros receptores captan es un dañino virus u otra molécula inofensiva, aunque de antemano ya deberíamos buscar cualquier tipo de reseña insidiosa, pero eso es otra historia… No se trata de la prevención, sino de la cura.

Es aquí donde cobran importancia los antivirales. Y hay que saber elegir con cuidado. Tenemos por un lado los virófagos. Virus que comen virus, ¿no es increíble? No resulta nada raro que entre ellos quieran matarse… creo que no es necesario el recalcar esta alegoría. Un virus más grande viene a destruir a los más pequeños. Con esta acción han protegido a la célula, nos han salvado, la tiranía se ha esfumado y la esperanza ha vuelto, no todos los virus han de exterminarnos.

Lástima que la naturaleza, cruel dictadora en ciertos aspectos, les haga ver la realidad. Necesitan procrear, perdurar, tienen que crear nuevos ensamblajes y piezas, hacerse mejores, más potentes… y no pueden hacerlo sin la ayuda de nuestro complejo celular. ¿Es posible que la intención primaria no sea la lisis? Puede ser. No obstante, a pesar de ello, como si es un medio o el propio fin, esto siempre acaba ocurriendo. Un “virus” puede venir con las mejores intenciones, pero siempre, alguna manzana podrida, tarde o temprano, provoca que la membrana se resquebraje.

De todas formas el empleo y confianza en virófagos no es la única técnica antiviral, aunque eso no quiere decir que el resto sirvan o sean mejores. Ya se sabe que, como cualquier otro ser poseedor de nucleótidos, cada generación tiene la posibilidad de fortalecer algún punto débil que sus antecesores poseían. Y, por desgracia, la innovación en antivirales no es un movimiento muy activo y sofisticado.

Como sus dianas, los antivirales pueden ser específicos. Cada técnica puede centrarse en un matiz concreto, pero todas con un mismo fin: eliminar el mal. Aunque hay que tener en cuenta que la inocuidad de estas medidas es relativa. A veces se causan estragos, efectos secundarios que incluso pueden acrecentar el propio daño que el virus ha cometido… Me refiero a la lucha destructiva. Por supuesto que eso es comparable a un antiviral. Este va directo, en un impacto brutal, hacia el virus, sin pararse a meditar en el camino caótico que crea a su paso.

Además, hay otras formas más acordes con la lucha de receptores membranales. Podríamos referirnos a esos grupos que no se definen como los propios virus, con mentalidad desintegradora, pero que también ansían entrar dentro de la célula. Unos agentes, unas proteínas que compiten por el acoplamiento con los otros. Sí, al comparar un virus con una proteína obviamente se escoge el segundo, pero ya lo he dicho: el término inocuo es cuestionable.

También encontramos en este campo a las vacunas. Algo así como antiguas muestras de virus con los que nosotros podemos lidiar. Viejas glorias que resultan inofensivas y nos fortalecen. No pueden hacernos nada, es material viral moribundo, su única intención es enseñarnos a combatir a los verdaderos invasores. Parecen leales, entran a tu torrente sanguíneo y no oponen resistencia, solamente se presentan y enseñan formas eficaces de acabar con la amenaza real… A pesar de ello, una vacuna es una vacuna. Por norma general, esa solución viral o proteica también debilita tu cuerpo. Puede que a posteriori, cuando el virus ha alcanzado el poder y no hay vuelta atrás, los consejos de aquellos que vienen de la inyección, sirvan de algo y se puedan defender algunos puntos, pero este flaqueo podrá provocar que las fortaleza que ganes por un lado la pierdas por otro. Asimismo, la propia visita al “centro de prevención” puede provocarte una enfermedad nosocomial, proveniente de dicho lugar. Así que ya has visto que es tarea imposible, la fragilidad fisiológica está asegurada, de una forma o de otra.

Viendo esto, puede que los antivirales no sean la mejor manera de combatir a nuestros agresores. Pero entonces ¿qué hacemos, nos quedamos mirando hasta que carcoman todo nuestro citoplasma? Claro que no. Hay una forma más lenta, pero más segura y eficiente. Algo que se pasa por alto a estas alturas y que otrora, si se llevaba con una buena planificación, daba resultado. Hablo de la verdadera lucha, la liza del sistema inmunitario.

Nos infectarán, por supuesto, es ley de vida. Debemos permitir que entren y destruyan parte de nuestro constructo. Eso hará que aprendamos. Nuestro organismo se basa en la memoria, no se defiende con la misma eficacia frente a un antígeno la primera vez que lo ve que las siguientes. Hay que permitir que vengan, hemos de analizar la situación y saber que aunque su nocividad sea elevada, nosotros poseemos mecanismos de defensa para parar el avance.

Se sufrirá, es inevitable. La primera vez que tu cuerpo entra en contacto con un virus este decae. Sin embargo, tras el aprendizaje de los anticuerpos, ante un posible refuerzo viral, las consecuencias serán mucho menores, al no ser que tu organismo entre en un estado de debilitamiento. Y de eso se trata, de no temblar y caer contra el mínimo golpe, contra la más mísera infección. Habrá que sacar todo el arsenal.

El sistema inmunitario es amplio y realmente letal. Si este, incluso ante una pequeña herida, es capaz de bombardear la región afectada con oleadas de eritrocitos, leucocitos, monocitos, neutrófilos, inmunoglobulinas y trombocitos, ¿por qué no va a poder enfrentarse a unos asaltantes teniendo semejante ejército? No es cuestión de actuar sin pensar, de forma destructiva, sin ver más allá de un objetivo propuesto, tal y como se plantea con los “antivirales”. Se ha de planificar y, lo más importante, de movilizarse masivamente. Hay que apartar los intereses. Es posible que al neutrófilo no le convenga ir a la herida, pues ya habrá ahí otros macrófagos mejores, y, sin embargo, va, porque en estos casos el número sí es importante.

Nunca habrá cura si un monocito del páncreas no colabora en una infección viral situada en la región cubital. No hay que pensar en un futuro próximo, sino en el lejano. Puede que de momento el virus esté destruyendo tan solo células epiteliales. Es sólo el antebrazo, no tiene importancia. Pero, tras cierto tiempo, es muy posible que el crecimiento exponencial del virus llegue a alcanzar las células pancreáticas y, frente a tal cantidad de biontes, ya no sea posible una lucha. Por eso hay que enfrentarse desde el principio. No hay que preguntarse “¿me afecta a mí lo que están infectando?”, sino “¿les afecta a ellos el que combata aquí?”

Y, a pesar de que sus capacidades de división y corrosión son envidiables, el sistema inmunitario está dotado de fuertes armas tanto ofensivas como defensivas. Sin él, el organismo perecería ante la primera inspiración que realizase. Solamente hay que percatarse de lo que tenemos y emplearlo de la forma más astuta. Con cada generación, los virus aprenden nuevas formas de evasión, por lo que no hay que bajar la guardia en ningún momento.

Suena bélico, pero así son las cosas. Al final el mundo macroscópico y el microscópico se basan en lo mismo. O me matas o te mato. Cada sujeto con distintas características letales. ¿Las nuestras? Somos un gran número, capaces de trabajar en equipo y dominantes de distintos campos antivirales. Estamos aventajados, será tarea fácil conseguir que un día, nada más ellos atraviesen las barreras de la piel, sean devorados y se disuelvan en la fría oscuridad.

*Si quieres una buena estrategia, como cualquier tipo de obra de arte, has de tomarte tu tiempo*

                    
                                                        -Atentamente, Óscar Martínez de la Sierra, un viricida.

martes, 11 de junio de 2013

Los Siete de junio: Hipocampo

Se sentó en su silla, dejó caer la pesada torre de libros que sostenía con sus brazos provocando un fuerte ruido al impactar contra la superficie del escritorio. Acercó su silla a la mesa, abrió el primer libro, clavó los codos y comenzó.

Todos los días, a partir de las cuatro de la tarde, justo después de comer, la rutina se repetía. Hugo se encerraba en su habitación y no salía de allí hasta que fueran las once de la noche. No importaba lo que tuviera que estudiar, aunque en una hora se hubiera aprendido el temario completamente, siempre dedicaba siete horas diarias, ni una más ni una menos.

Muchos pensaban que era una obsesión. Él, más bien lo definía como miedo. Hugo consideraba que lo que primaba en esta vida era el saber, los conocimientos  y, por ende, los éxitos y las buenas calificaciones en los estudios. No se permitía ningún fallo. Si por algún casual, en algún examen, su nota bajaba del 9, como castigo, él ampliaba sus horas de estudio durante una semana, aunque eso conllevara, incluso, el reducir horas de sueño o quitarse alguna de las comidas diarias. Tenía que mantener una nota, pero no porque alguien le obligara ni porque perdiese algo si dicho número disminuía, sino por pura esclavitud contra su propio ser. Lo único en esta vida eran los estudios y no había nada más. El estrés en su cuerpo estaba a la orden del día.

Y la cosa empeoraba en época de exámenes, pues, al no tener que acudir a clase, sin necesidad de acostarse a una hora exacta ni tener que madrugar, podía dedicarle más tiempo a los estudios. Se inundaba en ellos, torturando a su cerebro, rehuyendo del cansancio del que él le informaba. Gastaba folios y más folios, ríos de tinta corrían por ellos, si unos apuntes no estaban lo suficientemente claros los volvía a repetir. Había de estar todo perfecto, debía saberse cada párrafo del temario. Si se equivocaba, aunque fuera, en una simple preposición o en un artículo, escribía la frase cien veces hasta que, a presión, se introdujera en su cerebro…

Siendo así, parecía que Hugo era un perfeccionista. Nada más lejos de la realidad, esa perfección sumamente precisa sólo la aplicaba al estudio. En lo que se refería al resto, era totalmente descuidado, trayendo, consigo, consecuencias que, a largo plazo, podían ser nefastas. El aspecto más importante de esto, y que no debería ser ignorado por nada del mundo, era su salud. Ni siquiera, cuando enfermaba, era capaz de entrar en razón y guardar reposo. Si se trataba de algún dolor de espalda o de hombros, la única medida que empleaba era tumbarse en la cama boca abajo, con la cabeza levantada, y un libro bajo sus ojos. Obedecía más a sus horarios didácticos que a los biológicos. Su cerebro no podía más, cada día almacenaba más y más conocimientos de una manera insana, y no podía borrar nada. Una hora antes de irse a dormir, Hugo siempre repasaba todo, agarraba cualquier saber que quisiese escapar de su cráneo, los retenía, los encadenaba. Cuando estudiaba, él no ofrecía cobijo a las palabras dentro de su cabeza, sino que, como buen dictador, las empujaba a base de golpes hasta encerrarlas.

Pero ya se sabe, todo contenedor tiene un tope, ni siquiera, aunque su cerebro estuviera dotado de un gran número de circunvoluciones, sería capaz de almacenar un sinfín de vocablos. Llegaría un momento en el que, tras aprender algo, por simple presión, otra palabra más anciana, encadenada a unos grilletes ya oxidados, consiguiera liberarse y escapar. O lo que era peor, perecer…

Justo hoy, a punto de terminar las clases, siendo mañana el día del último examen del curso, era cuando su cuerpo empezaba a rebelarse, no obedecía, sus músculos, fatigados, apenas respondían a los impulsos nerviosos.  Hugo se encontraba verdaderamente agotado y no podía permitirlo. Otro de sus “rituales” consistía en no dormir absolutamente nada el día antes de un examen. Esto resultaba un poco irónico siendo él un erudito en los campos de la biología y la medicina. Sabía a la perfección lo que ocurría cuando se intentaba forzar a un órgano, en su caso al cerebro, cuando este se encontraba exhausto. Pero la sabiduría que poseía entre libros era también la que carecía en la praxis. Era un joven cuya temeridad se resumía en un pequeño, pero amplio, vacío en sus conocimientos catalogado como ignorancia al peligro. Conocía mil y una formas de dar muerte a un ser humano, pero pasaba por alto que una de ellas era el suicidio involuntario, un quiero y no puedo, no por voluntad, sino por agotamiento.

Con su cuerpo entumecido, casi en colapso, se levantó de la silla y se incorporó. Enseguida sintió las dolorosas consecuencias de un éxtasis venoso. Se desplomó al suelo enseguida, sus piernas no respondían. Isquemia femoral. Un episodio fugaz. Se levantó de nuevo, sacaba fuerzas de donde no había mientras se repetía una y otra vez para sus adentros: “tengo que estudiar”. Se dirigió con dificultad a la cocina. La oscuridad era espesa y el silencio algo que resultaba hasta erótico para su estado somnoliento.

Abrió el frigorífico y halló su Santo Grial. Café. Un arma de doble filo, estimular el encéfalo para herir el estómago. No era capaz de ingerir ningún líquido caliente, salvo los caldos, pero en su desesperación, tiempo atrás, descubrió que el café no sólo se tomaba a temperaturas más elevadas que las de su metabolismo basal. A pesar de ello, aunque fuera café frío, esta bebida seguía compuesta por lo mismo, y no era de agrado ni para su paladar ni para el resto de su tubo digestivo. Pero era lo que necesitaba en esos momentos, sus párpados pesaban toneladas, la cabeza le daba tumbos y estaba más tiempo fuera de la realidad que dentro de ella, en estado de alerta.

Extrajo tres vasos de café y se bebió uno detrás de otro. Totalmente amargos, ni siquiera habían llegado al estómago y ya sentía arcadas. Y lo peor no era tragarlo, sino mantenerlo, si vomitaba todo habría sido en vano, tenía que esperar a que se absorbieran los azúcares, necesitaba esa energía a cualquier precio, aunque eso significase provocarse una úlcera.

Dispuesto a todo, volvió a sentarse y clavó la mirada en el revoltijo de apuntes que yacía en la mesa. Aún tenía que esperar un rato hasta que el subidón de cafeína le permitiera ponerse a estudiar en serio, así que de momento se puso a repasar lo que ya llevaba memorizado. Sin embargo, cuál fue su sorpresa al ver que todo se había evaporado, no recordaba nada. Había malgastado nueve horas frente a cientos de folios para que ahora su caprichoso cráneo decidiera guiar por una salida todo lo que había retenido con sumo esfuerzo.

Por algún lado tendría que estar todo aquello. Si ya se ha grabado una trayectoria neuronal, es imposible que quede borrada y sea irremediable su recuerdo. Sólo es cuestión de concentrarse. Suplicó a su cerebro, necesitaba aquellos datos, pero este se negaba, ahora estaba ocupado intentando evitar que su estómago convulsionara por todo aquel mejunje que danzaba en su píloro. Era una pesadilla para él, querer seguir estudiando y que su cuerpo no le obedeciera… Sus pilas se apagaban…

Vencido, apoyó la cabeza sobre el libro y cerró los ojos durante unos instantes. Tal vez, si le concediera a su cerebro unos minutos de descanso, este aceptaría el trato y le devolvería sus conocimientos. No obstante, Hugo no se dejaba engañar ni siquiera por él mismo, sabía que si dejaba demasiado relajado su cuerpo, este, tarde o temprano, sin que él se diera cuenta, se bañaría en el mundo onírico. Así que cogió su móvil y puso una alarma para que sonara a los treinta minutos. Tras eso, cerró los ojos y pegó un gran suspiro. Estaba rompiendo sus propias leyes, pero tenía que hacerlo por su bien.

Pasaron diez minutos y luchaba por mantenerse despierto. Parece que era una emboscada para hacerle dormir, poco a poco se sentía más ligero y el subconsciente irrumpía en la realidad. Aunque eso no quería decir que Hugo hubiera perdido. Todo se basaba en el carbono: con una frecuencia respiratoria más lenta, sus pulmones estaban aumentando su concentración de dióxido de carbono, acelerando su sueño, por lo que, de vez en cuando, Hugo daba una gran bocanada de aire para inspirar oxígeno y soltar todo el excedente del narcótico anhídrido.

Debía estudiar.

Abrió los ojos repentinamente y se levantó de la silla. Se acercó al interruptor de la luz e iluminó la habitación. Era doloroso, sus músculos ciliares oculares sufrieron una radical miosis, necesitaba cerrarlos y él se negaba, requería de aquel dolor para despertarse. Comenzó a llorar y a gritar, podría parecer una minucia, pero la tortura lumínica, después de una larga aclimatación a la oscuridad, era como sentir un bisturí incidiendo en sus córneas. Y más si se añadía la venganza de su cerebro, ya que Hugo se negaba a una lenta contracción ciliar, él también se negaba a enviar neurotransmisores para combatir la puerta de entrada al dolor.

Hugo seguía sin entenderlo, su propio cuerpo le pedía dormir, descansar, hasta su memoria le hacía recordar todo lo que sus padres le aconsejaban. Ellos le decían que no se tomara tan seriamente los estudios y que la salud era lo primordial. Pero todo resultaba en vano. Armado con la ansiedad y el distrés, volvió a retomar los apuntes. Con su organismo debilitado, ya ni siquiera su cerebro ofrecía resistencia, ahora sí que se comportaba como un contenedor. No se oponía a todo lo que estaba estudiando, incluso había recuperado lo que había memorizado horas antes, lo que la materia gris había escondido. Ya nadie le paraba.

Y finalmente, victorioso, con el sol asomándose por el horizonte, en pleno alba, cerró el libro, ya no le era de utilidad, conocía todo su contenido, hasta se había estudiado los nombres de sus autores. Desde luego había aprovechado al máximo cada minuto hasta el amanecer. Ya sólo quedaba vestirse, desayunar algo, lavarse los dientes y marcharse al examen. Parecía la parte fácil…

O no. Mientras desayunaba, el estómago volvió a mostrar actividad, y no la típica motilidad de cualquier víscera digestiva. El café había sido retenido y con la presencia de nuevos bolos alimenticios, con el cardias abierto y la luz esofágica al descubierto, este quería salir. Hugo fue corriendo al baño, invadido por náuseas, pero no llegó… En el pasillo, sus músculos cedieron y comenzó a vomitar. Tendría tiempo para limpiarlo de todas formas, pero no le convenía hacer eso... Se quedó anonadado ante esos fluidos. Era un vómito grisáceo lleno de letras y alguna que otra palabra. Se fijó un poco mejor y pudo comprobar que, curiosamente, esas letras pertenecían al temario que se había estudiado. No podía creérselo, acababa de vomitar parte de su memoria.

Acongojado, intentó recordar algunas partes que se relacionaban con aquellas palabras, pero por desgracia no podía. Se habían marchado, eso que estaba en el suelo era realmente lo que había metido en su cabeza. Y no podía permitirse perder el tiempo estudiándolo de nuevo, tendría que hacer algo impensable… Se agachó y se tapó la nariz. Agarró unas cuantas palabras y se las tragó. Si creía que el café era amargo, aquello, ese sabor… indescriptible, ni siquiera se parecía al que te dejaba en la boca todo vómito, era distinto, era como saborear algo tan abstracto como era lo que estaba devorando: el saber. A punto de llorar y asqueado, continuó hasta que ingirió todas las letras. La memoria perdida volvió junto con un nuevo recuerdo: una emetofagia.

Ahora, mientras intentaba sepultar aquello, preparaba la mochila. Con sus labios sellados, aún con el temor de que salieran más conocimientos a borbotones. Empleaba las últimas energías que tenía en concentrarse en mantener todo dentro. Si volvía a vomitar podría perder todo lo que había memorizado, su peor pesadilla se haría realidad; no quería perder la inteligencia, ¿qué sería de él sin un cerebro, a pesar de que ni se dignara en mimarlo? Tenía que darse prisa, terminar el examen lo más rápido posible y regresar a casa para descansar un poco, era cuestión de que sus saberes se diluyeran lo bastante para volverlos a encadenar. Ningún motín podría pararle. Tenía que aprobar.

Desgraciadamente, ya de camino a clase, ajeno a lo que le rodeaba, solamente pensando en llegar a clase, no se fijó en que cruzó un paso de cebra estando el semáforo en rojo para los peatones. La mayoría de los coches frenaron a tiempo, pero uno de ellos no. Aquel coche, no llegó a golpearle, pero tuvo que emplear el freno de mano con tal mala suerte que una placa de aluminio que estaba agarrada en la baca se soltó y salió desprendida en dirección a Hugo. El joven no tuvo tiempo de reacción, atravesó por completo su cintura, fue cortado en dos… Quién lo diría… Y más siendo la última carretera. Escasos metros delante estaba su Facultad.

Pero tampoco eso consiguió pararle. La gente de la calle se quedó sorprendida. El torso de Hugo siguió desplazándose, arrastrándose hacia la Facultad. Ignoraba los gritos de los transeúntes, su único fin era hacer el examen. Cada vez había más gritos y miradas de horror. Sabía que pronto llegarían los sanitarios, tendría que darse prisa, la pérdida masiva de sangre era algo secundario.

Finalmente llegó. Ante la mirada atónita de sus compañeros, agarró uno de los exámenes y se subió, con cierta dificultad, a la silla. Se mareaba, tenía una visión borrosa, pero aún podía acabarlo, era cuestión de concentrarse. Agarró su bolígrafo azul y se dispuso a escribir. Le costaba, la mano no paraba de temblarle. Sin embargo, poco a poco, rellenó todas las preguntas. Tras ello, cayó rendido al suelo. La clase estaba vacía, solamente estaba el profesor que, después de haber llamado al 112, le vigilaba preocupado. Este se acercó corriendo a Hugo y le sujetó la cabeza.

-¿He aprobado? –fue lo único que dijo justo antes de morir, totalmente pálido.

Su nota fue un 8,75.

*Pon mil ojos a tu punto fuerte y dejarás mil puntos débiles invidentes*