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Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

viernes, 13 de septiembre de 2013

El Consejo de los Seis Puñales: Sangre [9]

Los Cuatro Brujos fueron al lugar donde Tenebra e Ignis habían iniciado su viaje. Nexus esperaba que Inanis y Hex hubieran entablado una conversación con ellos dos antes de marcharse, pero ni siquiera tuvieron tiempo para acercarse. Inanis sabía que la esfera azul eléctrico que sostenía Ignis tenía algo que ver. Como cualquier otro Brujo, ambos eran capaces de crear portales, pero no del calibre suficiente como para ir a otra Dimensión, incluso Nexus, Gran Brujo del Vínculo, tuvo que bañarse en magia pura para enlazar dos mundos.

Les pillaron in fraganti. Los dos estaban completamente concentrados, canalizando sus magias hacia el portal que se hacía cada vez más amplio. Inanis preguntó qué pretendían hacer, pero no obtuvo respuesta de ninguno. Hex quiso aproximarse a ellos, sin embargo, una especie de barrera invisible les bloqueaba. Una vez que el portal estaba completo, abrieron los ojos y les miraron. Tenían una mirada taciturna, con una expresión facial rendida. Algo les tendría que haber ocurrido.

Nexus si se lo pensó dos veces y propuso a los demás el viajar a la Tierra. A pesar de la grandeza del mundo, las partículas residuales de maná formadas recientemente por el portal que abrieron ellos provocarían una inevitable conexión entre la Dimensión Demoniaca y la Tierra llevándoles al punto exacto donde ellos han concluido el viaje. En otras palabras, sería cuestión de minutos, quizá un par de horas, el encontrarles.

Según lo que Inanis había contado, habían regresado por voluntad propia, pero Nexus era incapaz de replantearse la opción de una traición al Consejo. Y eso era otra… ¿qué harían con los aprendices de sus respectivas escuelas de magia? Aún permanecían en las posadas. En absoluto los dejarían allí. Tal y como estaban las cosas, y con tantos enemigos al acecho, el potencial mágico, Grandes Brujos inclusive, estaba muy por debajo de sus auténticas capacidades, así que tenían que mantenerse unidos. Si la calidad no era efectiva, emplearían la cantidad.

Inanis y Nexus eran los más veloces, así que la Abisálica fue a por los Brujos de la Llama y el Aespacial a por los Brujos de la Oscuridad. No tardarían mucho en regresar. Mientras tanto, Hex y Luzbel recorrieron las tierras cercanas para cerciorarse de que nada más que ellos, a pesar de que hubiera empezado a amanecer, anduviesen por el Bosque de la Penuria.

El Lengua Vil comenzó a percibir restos de maná distintos a los del portal. Le eran familiares, pero aquel que hubiera dejado el rastro también había evocado un aura que dificultase sus “huellas”. Este alertó a Hex y le comentó que había un hechizo bloqueador por los alrededores. Por suerte Hex sabía cómo contrarrestar eso. Le pidió plena confianza a Luzbel y este aceptó. Le dijo que se tumbara y, tras ello, se puso de rodillas y colocó su mano izquierda en la frente del Lengua Vil. Mal Fario se concentró plenamente en unas palabras, las cuales pertenecían al conjuro que estaba a punto de realizar. Luzbel aún desconocía qué iba a hacer, pero ya le había sorprendido antes el arsenal de hechizos que se decía que Hex conocía. Tenía un contrahechizo para todo, así como una cura. Habría que esperar para ver qué sucedía.

En cuestión de segundos Hex volvió a abrir los ojos y separó bruscamente la mano de su frente, agarrando en ella lo que parecía una réplica morada traslúcida de la cabeza de Luzbel. Lo que había hecho fue arrancarle un trozo de su alma compuesta de puro maná, así el hechizo bloqueador sería inmune para él y podría olfatear el rastro. Luzbel al principio se asustó un poco al verse a sí mismo tendido en el suelo, pero Hex, aguantando una pequeña carcajada, se lo explicó con paciencia. Ahora era turno del Lengua Vil el averiguar quién había rondado… o aún rondaba por allí. Ya habían cometido demasiados pasos en falso, no podían permitirse que, en sus estados, otro hechicero se pusiera a darles caza.

-¿Hallas algo?

-De momento no, pero sé paciente. De lo único que no estoy seguro es de quién anda por aquí. Pese a la incógnita, tengo una ligera sospecha de que ronda un Asceta.

-¿Se puede saber qué hace un Asceta en estos lares, en esta Dimensión? – preguntó incrédulo Hex –.

-A mí también me resulta raro… Podría esperarme hasta a un Cruzado por aquí, pero un Asceta… Ni siquiera van a estos mundos para destruir lo que ellos consideran el Mal. Totalmente tranquilos, apacibles y precavidos. Lo único que se me ocurre es que…

-Un demonio haya aprendido esas artes. Interesante, y no se me hace muy extraño, después de todo yo ahora mismo soy de todo menos humano, y sin embargo preservo mis dotes de hechicero. Quizá estemos siendo testigos de la desconocida grandeza del maná. No discrimina.

-Sí, estás en lo cierto. No obstante, estas suposiciones son secundarias, sea humano o demonio, si actualmente está por aquí más le vale que sea por simple turismo y no esté metiendo la nariz donde no le llaman…

La voz de Luzbel se volvió grave y aterradora en esas últimas palabras. Hex se fijó en su mirada, sus pupilas eran las de un demonio. Desde luego si veía al Asceta por aquí sólo le haría una pregunta para saber sus intenciones, y eso con suerte. Viendo lo que le había hecho a un Ilusionista, un Asceta, aunque gran hechicero espiritual, en contra de toda atadura material, no sobreviviría a las afiladas garras de su lado demoníaco.

El alma de Luzbel siguió rondando contacto cada tres minutos con Hex. Estuvieron veinte minutos así hasta que regresaron Inanis y Nexus. Entonces, cuando todos los Brujos hicieron un círculo alrededor de los Cuatro Grandes Brujos aguardando la invocación del portal que les llevara de vuelta al hogar, cuatro muros de luz se alzaron encerrándolos. Uno de ellos, más transparente, descubrió una silueta tras de sí, la cual se presentó nada más los gritos y preguntas de los Brujos cesaron.

-Ha sido un buen intento el del Demonólogo, pero  uno de los tuyos no podría ni percatarse de mi presencia aunque estuviera en frente de él. Estaba fusionado con la luz y en el Plano Sagrado no tienes poder alguno. Lo del hechizo bloqueador, un mero señuelo… Pero vosotros dos no decaigáis, no había posibilidad de que me encontrarais, así al menos os he entretenido la espera.

-Entonces sí eres un Asceta. Y ya que no tienes peligro con nosotros atrapados… ¿Te importa mostrarte ante tus presas?

-¿No te ha dejado clara mi superioridad la trampa de antes? – le preguntó entre risas –. Si me mostrara, ante el más mínimo contacto ocular con tu amigo el Profano, podría caer víctima de una de sus mil y una maldiciones. Soy un Asceta, podría disipar sus hechizos, pero este ocultismo es de mayor garantía.

No era como los otros hechiceros a los que se habían enfrentado, y dado que ya conocía a dos de ellos por su título de Gran Brujo, la única posibilidad de Hex y Luzbel barajaban era que o bien era uno de los Brujos que otrora era un Mago maestro en la magia sagrada, o estaba contactando con alguno de los aprendices. Eran sólo días los que habían transcurrido desde que habían formado el Consejo, y eso hacía casi improbable que el Asceta perteneciera a la Tierra. Sin embargo, si Ignis había empleado una esfera que le permitía regresar, podría ocurrir al revés y que alguien, usando algún instrumento parecido, viajara hasta aquí. Era improbable que la raza del Asceta fuera humana, pero aún era más imposible que fuera un demonio.

Dejando eso a un lado, al menos no iba a matarles de momento. Lo único que podían hacer ahora mismo era compartir toda la información con Nexus e Inanis, tal vez ellos tuvieran una nueva teoría o hubieran visto algo extraño durante la ida a por los aprendices de los otros Grandes Brujos. Intentaron, mediante susurros, hallar alguna forma de escapar. Hacer un muro de defensa mientras Nexus creaba el portal no era posible, el Asceta había sido listo, esas barreras de luz no eran simples barrotes de una cárcel, sino que anularían todo uso de magia negra, la cual emplea todo Brujo. La única opción era idear algo que anulara su magia sacra o directamente le matara.

Fue cuando Inanis preguntó a Nexus si era capaz de invocar el Puñal Omnipresente en cualquier lugar, aunque se hallara en otra Dimensión. Ante su respuesta afirmativa ella le arrebató el puñal y con una cadena mágica lo ató a su Puñal Ignoto. Seguidamente imbuyó de maná su puñal y lo lanzó hacia el Asceta. Todos se quedaron sin palabras pensando que era una ofensiva sinsentido y sin estrategia alguna. Pero pronto sabrían que la agilidad mental de Inanis era más fascinante de lo que creían.

Con el poder del vacío, así como los agujeros negros devoran la luz, el Puñal Ignoto atravesó sin dificultad alguna el muro de luz e impactó en el Asceta. Como era de esperar, eso debilitó su concentración y los muros se atenuaron permitiendo un uso más potente de la magia negra, lo suficiente como para que Nexus creara el portal. Sin embargo, para ello necesitaba su puñal, y este estaba atado al de Inanis, en el pecho del Asceta.

Inanis insistió en que empezara a canalizar la creación del portal, pues el poder arcano del Puñal Agónico y el Puñal Poseído podrían otorgarle la energía que necesitaba. Y estaba en lo cierto. Sin otra alternativa Hex y Luzbel potenciaron sus puñales y se los dieron a Nexus. Inanis, mientras tanto, seguía transmitiendo magia a su puñal para que el Asceta tardara más en levantar nuevamente los muros.

Dos minutos después el portal se abrió. Primero entraron los aprendices, luego Nexus y Hex. Cuando era el turno de Luzbel, este se paró en seco queriendo acercarse antes al Asceta para ver su aspecto, pero Inanis le imperó que entrase ya que apenas le quedaban fuerzas para seguir manteniéndolo en el suelo. El Lengua Vil no insistió, ya regresaría para tener un enfrentamiento digno. Por último ella entró y el portal se cerró.

El viaje no duró mucho y enseguida aterrizaron en unos terrenos áridos, unas vastas llanuras donde el único sonido que se oía era el soplar del viento. Eso… y el choque de placas de metal.

No habían cambiado mucho la situación. Aparecieron rodeados por cientos de soldados que les apuntaban con el filo de la espada al cuello. Ni siquiera el más veloz de los hechizos podría evitar que les rebanaran la cabeza. Y repentinamente, de entre la multitud, una voz fuerte se escuchó.

-¡Nada de piedad! Ante el más mínimo movimiento, ante el mínimo contacto visual sospechoso, ante cualquier palabra que ellos reciten, les cortáis a todos la cabeza. Recordad que no estáis tratando con personas normales… son hechiceros.

Nexus observó los alrededores y en la lejanía pudo ver a Ignis y a Tenebra, estaban quietos, sin ataduras, expectantes. ¿Serían de verdad traidores? Ni en sus miradas había pena ni remordimiento. La esfera que usó Ignis ya había abierto muchas dudas entre los Brujos, pero Nexus se negó a creerlo, aunque ahora, viendo la situación, únicamente podía agachar la cabeza, decepcionado.

Poco a poco, mientras aguardaban a que el posible líder de esos soldados se abriera paso hasta llegar a los Brujos para dar la orden de ejecución, muchos de ellos fueron dándose cuenta de que los dos Grandes Brujos desaparecidos se encontraban allí. Se mordían los labios, impotentes, sin poder gritarles.

En cuestión de segundos, el número de hechiceros terrícolas se reduciría drásticamente. Cada vez los pasos del líder se aproximaban y ya se veía asomar entre las cabezas del pelotón el gran mango de la espada que reposaba en su espalda, enfundada. Sin embargo, justo antes de llegar a los apresados Nexus vio que a los pies de los soldados se estaban arremolinando sombras. Le parecía imposible, miró a Tenebra y sus sospechas se cumplieron. Con los brazos alzados, ella estaba invocando todas esas sombras. Y nada más se formaron bajo cada soldado, a una velocidad vertiginosa surgieron hebras que se amarraron en las espadas y brazos de ellos impidiéndoles el manejo del arma. Justo después, Ignis conjuró una potente lluvia ígnea que abrasó sin tiempo de respuesta a todos.

-¿¡Se puede saber qué es esto!?

El único superviviente, aparte de los Brujos, fue el líder, al que ahora, estando el resto de soldados en el suelo, muertos, sí se le pudo reconocer. Todo su rostro y su pecho, el cual estaba al descubierto, se encontraba inundado de gruesas cicatrices azules. En cuanto Inanis alzó la cabeza y le vio, no pudo evitar sobrecogerse.

-No puede ser… Entonces la leyenda era cierta…

-¿Qué leyenda, hermana?

-A juzgar por sus marcas, ese debe ser Androk el Descuajeringador. Perteneció a la última casta de Bárbaros, los Descuajeringadores. Como ya sabéis, estos eran los únicos luchadores cuerpo a cuerpo que no huyeron cuando los hechiceros iniciaron la Guerra de los Arcanos. Por supuesto estaban en contra de la magia, pero, irremediablemente, los residuos de maná se adhirieron a sus cuerpos dotándoles de una fuerza y resistencia descomunales. Los pueblos, atemorizados ante su creciente poder, decidieron acabar con ellos. Los Magos más poderosos del momento crearon bombas de energía pura que evaporarían toda materia que se encontraran en el radio de la explosión. Fueron lanzándoles una por una en las casas donde residían. Fue una masacre… Pero se dice que un Descuajeringador joven sobrevivió. Tenía tanto maná en su cuerpo que la explosión sólo le provocó cientos de heridas no mortales. Dichas heridas albergaron un poder increíble en su interior con el cual ningún hechizo podría dañarle. Y si esto es cierto y el Bárbaro que hay delante es Androk… Creo que la muerte de su ejército no ha servido de mucho.

-Preciosa biografía, Inanis, déjame escribir las últimas líneas… ¡con tu sangre!

Era la segunda persona que conocía a alguien del Consejo. Definitivamente había alguien compartiendo información. Por su parte, Androk, nada más terminar la frase, desenfundó su espada y arremetió contra la Abisálica. Ella creó una barrera de vacío para evitar el ataque. Lo logró, pero no como esperaba, la barrera se quebró y desencadenó una violenta explosión esparciendo a todos los Brujos por el terreno.

Tenebra, por medio de garras sombrías, arrastró a todos al lugar donde ella e Ignis se encontraban. Mientras, Ignis, encerró a Androk en una cúpula flamígera. Sabía que no le encerraría durante mucho tiempo, pero el suficiente para dar ciertas explicaciones.

-Como habréis pensado todos, por no decir la mayoría, no, no somos traidores. Hemos regresado a la Tierra porque un demonio Clarividente que pasaba por el Bosque, ya nosotros libres de Shan, supo que éramos del Consejo. Él nos avisó de que en nuestro Plano de origen se estaba formando un pelotón de asalto para darnos caza en el que se encontraban algunos poderosos hechiceros, como el Ilusionista que nos hizo retrasar el viaje.

-Él nos dio una esfera mágica – prosiguió Ignis –. Con ella nos aseguró que iríamos a un punto cercano del sitio donde se encontraba dicho ejército. Lo que no nos esperábamos era que íbamos a aparecer justo a su lado, sin más opción que fingir rendición. Nos reconocieron enseguida, y claramente hubiéramos muerto si no llega a ser porque conseguimos convencerles para que nos dejaran vivos a cambio de traer al resto de Brujos. Por suerte, la decisión de no buscaros para viajar juntos a la Tierra nos había salvado la vida.

-Y conociéndoos, era cuestión de tiempo que vinierais a buscarnos. Por esa razón ignoramos a Inanis y a Hex, para que la intriga acelerara el proceso. En cuanto os tenían atrapados, sólo tuvimos que esperar a que todos nos dieran la espalda para ejecutar el plan. No obstante, parece que el líder ha sobrevivido, y por lo que has contado, Inanis, no hay otra opción que escapar.

-Sí… al final, por desgaste, acabaría matándonos. Me fastidia que seamos mayoría y aun así no tengamos posibilidades…

Como ya sabía Ignis, la cúpula acabó por romperse. Nexus invocó rápidamente su Puñal Omnipresente, atado aún al de Inanis, este se lo entregó a ella y con el suyo, con suma celeridad, invocó un portal que les trasladaría lo suficientemente lejos como para que Androk no les encontrase.

Todo salió a la perfección, aunque algunos acabaron mareados. No era muy recomendable viajar a través de portales durante mucho tiempo, y recientemente ya habían viajado en uno. Ya sanos y salvos, Luzbel quiso saber más acerca de ese Clarividente.

-Oye, Tenebra, ¿por casualidad el demonio que os dio la esfera os dijo su nombre?

-Eh… sí. Creo recordar que se llamaba… Um… Tathis Portaluz. ¿Por qué?

-¿Y os mostró el rostro?

-Ahora que lo mencionas, no. No pudimos verle.

-Genial, tanto en un Plano como en otro nos quieren ver muertos…

Tenebra no entendió la última frase de Luzbel. Él les contó a Ignis y a ella todo lo ocurrido hasta que consiguieron crear un portal de regreso. Esas dos preguntas dejaban claro que el Asceta les había dado la esfera con la intención de matarles. No había sido un simple error que aparecieran justo en frente de los soldados de Androk. Dividiendo a los Brujos entre un Plano y el otro era mucho más sencillo el acabar con ellos. No podía saber aún si era realmente el primer demonio Asceta o Tenebra lo aseguraba por residir en el Plano Demoníaco, pues al fin y al cabo no le habían visto la cara. Pero una cosa estaba clara… Tathis y Androk, Luz y Sangre, eran aliados.

E iban a por ellos.

sábado, 31 de agosto de 2013

Helio

Henos aquí, flotando en esta gran masa vacía conocida como Universo. Desde la ventana puedo ver una pelota azul y verde. Qué impresionante, la Tierra minimizada. Es cierto eso de que ver dicha imagen con tus propios ojos te hace pensar… Somos tan insignificantes. Al otro lado, en la ventana opuesta, el Sol, un Titán comparado con la Tierra. Aunque ahora se muere.

Sí, esto no es un viaje espacial normal. Pertenezco a la primera tripulación que viajará hasta el Sol. No es ninguna locura, no hay peligro de que acabemos calcinados. Básicamente porque la estrella, otrora radiante, se ha apagado, se ha convertido en una enana negra.

Simplemente, en cuanto las corporaciones aeroespaciales se enteraron de esto, nadie se lo pudo creer. El Sol estaba en la etapa de gigante roja, y, de un día para otro, sin explicación alguna, ha pasado a una de las últimas fases de las estrellas. Pocas de estas hay en el Universo, pues aún es relativamente joven. Para que esto ocurra dicha estrella debe gastar toda su energía, y siendo el Sol una estrella “adolescente” no cabe en la cabeza de nadie que en menos de 12 horas se haya consumido.

Pero lo más espeluznante sucedió las horas posteriores al descubrimiento, cuando algunos creían que el Sol se había marchado de nuestro Sistema o, un poco más creíble, nosotros nos habíamos salido de la órbita. Nos pusimos en contacto con el otro lado del mundo, donde era de día. Estaba claro que allí habrían sido testigos del apagón del astro rey. Sin embargo, por causas desconocidas, todos los supuestos testigos de aquel fenómeno acabaron muertos. No recibimos respuesta, medio mundo acababa de perecer.

Una gran cantidad de militares se dirigió a Asia y Oceanía ante el mutismo de su población. Fue entonces cuando vieron los cadáveres… y la causa de sus defunciones. La mayoría de nosotros ya sospechaba que algo horrendo había ocurrido. Medio mundo no puede haber decidido ignorar en mutuo acuerdo a la otra mitad… no. Y así fue. Numerosas preguntas se hicieron los ciudadanos. ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba el Sol? ¿A partir de ahora tendrían que acostumbrarse a una noche eterna?

Preguntas las cuales fueron desveladas los días siguientes a lo que ahora se conoce como el Día Umbrío. Por un lado, los forenses averiguaron qué pasó. Fue algo macabro. Todos habían sido asesinados, un genocidio a escala continental. Se habían matado entre ellos… Por otro lado, los astrónomos, tras muchas investigaciones y observaciones, consiguieron encontrar una pista clave: la fuerza gravitatoria. Se percataron de que en ciertas zonas del espacio, donde antes se situaba el Sol, la luz se distorsionaba un poco. Eso quería decir que cerca había un cuerpo. Fueron calculando el trazado de aquella distorsión y hallaron la respuesta. Una circunferencia. Era el Sol, sin luz alguna. Quién les iba a decir que algo tan inaudito como es el divisar una enana negra lo iban a presenciar gracias a una estrella de la que se afirmaba con total seguridad que aún le quedaban millones de años hasta que cesara de alumbrarnos. Este mundo, este Universo, cada día me sorprende más.

Mientras las lamentaciones y las autopsias continuaban a la orden del día. Los mejores astronautas del planeta (la parte superviviente) fuimos llamados para emprender este viaje. Seríamos los primeros hombres en entrar en contacto con una estrella y no derretirnos en el proceso. El viaje sería largo, muy posiblemente de varios meses, pero merecía la pena. Aunque eso no quitaba que sintiera algo de temor al viajar hacia el Sol. Tanta oscuridad nunca ha augurado nada bueno. Y que todo aquel que vio personalmente el Día Umbrío acabara muerto ponía las cosas aún peor. Pero si todo salía bien haríamos historia…

Así que ya conocéis todo lo acontecido a priori. No obstante, aún nos queda una gran odisea por delante. A pesar de que ya la Tierra se vea minúscula, todavía el Sol no presenta sus dimensiones reales. Eso sí, el panorama es estremecedor. Un manto lleno de puntos blancos que parpadean, otros rojos, amarillos y azules, y entre todo ello, un gran círculo negro, vacío, como un portal de pesadilla en medio de un sueño. No miento cuando digo que cada vez que miro por la ventana y veo al Sol el corazón se me para unos segundos y parece que me atrae hacia él. Algo terrorífico con una pincelada de belleza.

Entre toda la tripulación sumábamos siete. Dos de ellos tenían una particularidad, cada uno procedía de un continente desolado por el Día Umbrío, uno era de Japón, el otro de Australia. Estaban realmente consternados y hablaban poco. Pese a ello se les animaba y se intentaba evitar el tema del genocidio. Yo no era uno de los que pensaba en aclimatar su duelo. Siempre he visto estúpido que se muestre una compasión hipócrita hacia alguien que apenas conoces. Puedo entender lo mal que deben sentirse al saber que en aquella masacre se vieron involucrados familiares y amigos suyos, pero no comparto ningún sentimiento…

De los otros cuatro, los dos pilotos, ambos de América, uno del Norte y otro del Sur, solían hablar constantemente por lo bajini entre ellos. A veces captaba algunos vocablos y eran realmente interesantes sus conversaciones. Al parecer, compartían información respecto al Día Umbrío más allá de la que los medios de comunicación mostraban al mundo. Repetidas veces quise hablar con alguno acerca del asunto, pero lo evadían con la excusa anteriormente mencionada de reducir la aflicción de nuestros camaradas.

Camaradas. Sí. Nuestro capitán era de Rusia. Lo más curioso de este… camarada era que sobrevivió a la masacre por cuestión de metros. De hecho, unas horas después de la transformación del Sol, empezó a cruzarse por la calle con gente enloquecida. Él vivía al este, pero no lo suficiente como para que le afectara aquel misterio. Justo antes de que ocurriera el Sol ya se había ocultado en el horizonte. Las farolas, ya encendidas, y el resto de contaminación lumínica impidieron a él y a los demás vecinos darse cuenta del oscurecimiento repentino. Pero unos kilómetros más próximos al centro de Asia la gente no tuvo tanta suerte, y en cuestión de minutos, alaridos y gruñidos llegaron a su ciudad… El resto ya lo supondréis. Él no quiere hablar mucho del tema, lo único que asegura es que sí, tuvo que matar a algunos de los afectados por pura defensa propia.

Así que, tres que preferían no hablar por recuerdos traumáticos y dos que se negaban a compartir información. Con el único que podía conversar un poco era con Khalîl, nacido en Kuwait, con quien entablé amistad mientras hacíamos las pruebas de preparatoria al viaje. Sus teorías en lo referente al Día Umbrío eran muy interesantes. Él afirmaba que la masacre y el apagón estaban relacionados, pero que el segundo era la excusa del primero, es decir, que primero se mató a sangre fría a la gente y luego, de alguna forma, se consumió la energía solar. Por supuesto, Khalîl también desconfiaba de nuestro capitán, pues, si su teoría era cierta, él no habría visto dementes atacándose entre sí, sino, una matanza sinsentido de inocentes. Decía, entonces, que por eso él, Roman, era el capitán, para supervisar que nadie se “excedía” con la investigación.

Un poco paranoico, sí, pero tampoco era muy creíble que si una estrella deja de alumbrar medio planeta decida matarse unos a otros por mero… ¿instinto? Si fuera cierto, entonces la humanidad se habría extinguido hace tiempo. ¿Cuántas estrellas habremos visto morir cada noche mientras miramos el firmamento? Aunque claro, me hubiera gustado estar presente y ver como repentinamente, como si de una simple bombilla vieja se tratase, un círculo blanquecino, totalmente luminoso, desaparece dejando a la oscuridad campar a sus anchas. ¿Causaría tal demencia dicho fenómeno?

Dejando a un lado las sospechas, prefiero continuar disfrutando del viaje y dedicar más tiempo al aspecto profesional. Haya pasado lo que haya pasado, aunque aterrador, lo único que hace es perder sentido cuanto más pienso en lo sucedido. Así que empezaré a abstenerme, como los otros tres, de hablar del asunto. Además, me encuentro cansado, supongo que será hora de acostarse ya.

Tras dormir unas horas me levanto a causa de un fuerte sonido sibilante que invade mi cabeza. El resto de la tripulación aún duerme, tal vez fuera un ronquido. Pero no, esa especie de susurro agudo, como el gemido de un fantasma, surge de nuevo. No llego a entender nada, aunque parece que son palabras lo que escucho. Intento prestar más atención y entre los susurros entiendo algo.

Contempla la verdad.

No entendía muy bien lo que quería decir esa frase. Sin embargo, recibo un súbito impulso de echar un vistazo al Sol. Sí, de ahí obtengo mi respuesta. Aún asombrado, diviso con dificultad en la superficie del astro varios tentáculos zarandeándose bruscamente de un lado para otro. Deben ser de un tamaño considerable para poder distinguirlos desde tal distancia. No son del todo oscuros, emiten una suave luz morada que me facilita su visión. No obstante, que ESO haya surgido de una estrella no es algo bueno, de hecho no consigo darle explicación razonable alguna. Tendremos que esperar a aproximarnos más para mirarlos con más detalle. Creo que el susto me ha dado hambre…

Pero justamente antes de girarme para ir a por algo de comer, otro susurro me alcanza. En este ya puedo escuchar con nitidez todo.

Analiza la situación. Los mejores astronautas del mundo habéis sido reunidos en una nave que podría vagar eternamente por el Universo. ¿Por qué los pilotos hablan a escondidas? Sí, ocultan algo. Piensa en lo que tu amigo te ha contado. Sí, ¿quién, sino el ser humano, cometería tamaña atrocidad? Sabes que cada día hay menos recursos, y el exterminio de una gran parte de la población solventaría por un tiempo este problema. Sabes que en el mundo la tecnología ha avanzado más de lo que se piensa. Al fin y al cabo, una estrella es una reacción de energía a gran escala. Las reacciones pueden pausarse. Recuerda, el Día Umbrío se realizó justo una noche de luna nueva, para que los del otro lado del mundo no vieran que la Luna dejaba de recibir luz solar. Está todo planeado y de los siete, siento decírtelo, tú eres el que no sabe la verdad. Dos han nacido en los continentes afectados, otro vio con sus propios ojos la masacre, otros dos saben cosas que tú no y el último es bastante inteligente como para que esa información la haya obtenido por simple actitud paranoide. Ata cabos… ata cabos.

No sé quién me está contando todo esto, pero lleva razón. Tengo que obtener respuestas. Seguro que Roman puede contarme más. Me dirijo al lugar donde duerme y le despierto. Nada más abre los ojos le exijo la verdad. Se niega e insisto. Quiere seguir durmiendo. Se da la vuelta y me ignora… Susurros.

Mátale. ¿Realmente crees que te dirá la verdad? No, te dirá su verdad, la que se ha difundido por los medios de comunicación. Es tu capitán, hasta podría obligarte a creer su versión. Nos es innecesario. Mátale.

Tiene razón. Tal y como dijo Khalîl, él sólo venía al viaje para cerciorarse de que seguíamos al pie de la letra lo estipulado. Nadie sentirá pena si lo mato, después de todo, nosotros seis sabemos sus verdaderas intenciones. Es lo mejor que puedo hacer por todos. Así que me dirijo a la popa de la nave y en una de las cajas de provisiones hallo una llave inglesa. Esto servirá. Vuelvo al camarote donde duerme Roman y le golpeo en la tráquea para que no pueda gritar. Tras ello, le golpeo repetidas veces en la parte superior del cráneo hasta dejarle el cerebro hecho puré. Está todo lleno de sangre. Primero limpio la que ha caído sobre mi traje y luego la del suelo… Susurros.

Muy bien, pero sabes que otros más pueden morir si no satisfacen tus razonables deseos. Ya sabes a quiénes me refiero.

Sí, lo sé. Jake y Juan. Los de América. Voy hasta donde duermen y despierto a ambos. Los dos se asustan al ver que empuño una llave inglesa embadurnada de sangre. Perfecto, el aviso accidental les pondrá entre la espada y la pared. O responden o…

Les obligo a que me cuenten todo lo que han estado hablando entre ellos durante la travesía. Entre temblores me contestan. Pero todo lo que sale por sus bocas es información que ya conozco. ¿Por qué entonces no la compartieron conmigo en su momento?

Porque también mienten. Están haciendo la misma táctica que el ruso hubiera hecho si no le hubieras matado. ¿Ves a lo que me refiero? No importa que les mates, la única información que vas a conseguir de ellos son puras falacias… Hazlo.

Es verdad. Llevan minutos y no me han dicho nada nuevo, hasta lo de que Roman podría ser el capitán por ciertos motivos de vigilancia. No me queda otra. Tampoco son útiles. Pero son dos, si ataco a uno el otro pedirá ayuda o se abalanzará contra mí. No… están en mayoría, no alertarán a nadie más. Tan sólo tengo que golpearle la laringe a Juan y que lentamente muera asfixiado. Lo hago y surte efecto. Mientras tanto me lanzo sobre Jake y le estrujo el cuello con mis manos. Ninguno de los dos grita. Perfecto. Los dos mueren casi a la misma vez.

Los susurros cesan, pero no me hacen falta para saber cuál es el siguiente paso: deshacerme de los cadáveres. Tengo un contenedor infinitamente grande que me rodea. Me pongo el atuendo de astronauta y arrastro los cuerpos a la cámara de despresurización. Abro la compuerta y los lanzo al espacio exterior. Ahora flotarán por el Universo hasta el fin de los tiempos…

Transcurren los días y no vuelvo a recibir esos susurros. Khalîl y los otros dos se preguntan constantemente dónde se encuentran Juan, Roman y Jake. Yo finjo no saberlo tampoco. Durante unos instantes se les pasó por la cabeza el abortar la misión y regresar a la Tierra, pero gracias a mi labia he logrado que sigamos adelante. Quise convencerles mostrándoles los tentáculos del Sol, por desgracia ya no estaban. Creo que ese error les ha hecho sospechar de mí. Ya mi amigo casi ni me habla. Ahora soy el apestado de la nave y hay una desconfianza mutua.

Finalmente alcanzamos la semana en la que aterrizaremos en el Sol. Seguramente dentro de tres días ya estemos pisando su superficie. No se ve nada por las ventanas, tan sólo el cuerpo oscuro de la enana negra. Ahora sí que la imagen es tenebrosa, ni una titilante estrella que amenice el panorama. Y ni rastro de tentáculos.

Me despierto sobresaltado por un estrepitoso ruido que proviene de la sala de mandos. ¡Traidores! Parece que sólo puedo confiar en Khalîl. Ahí están, sujetos a los mandos, girando la nave para regresar, justo ahora que estamos tan cerca. ¡Y me ponen de excusa que han tenido una pesadilla “demasiado real” y que es mejor no aterrizar en el Sol! No debería haberles dejado vivos, ellos sí que son completamente inservibles, no saben nada, no quieren hablar de Día Umbrío y, para colmo, ahora van a estropear la misión. No. Regreso a mi cama y agarro la llave, la cual oculté bajo mi almohada. Sin que se den cuenta realizo dos golpes certeros en sus cráneos. He podido oír los crujidos. Dos golpes de gracia. Y si alguno de ellos ha sobrevivido, lanzarlos al vacío los rematará.

Ya está, ahora quedamos los verdaderos tripulantes del Raider-6, Khalîl y yo… Desvelado, decido usar las reservas de combustible para llegar más rápido al Sol. Pero con los zarandeos de la nave consigo despertar a mi amigo.

Pregunta qué hago y no puedo evitar reírme. Empieza a preocuparse. No sé por qué. Entonces dice la fatídica frase. Deberíamos abortar la misión. Me niego rotundamente y se va a la habitación donde dormían Kyle y Kiyoshi. Voy a contrarreloj, en cuanto no vea que están ahí se percatará de quién es el causante de las desapariciones. ¿Qué hago?

Ya lo sabes.

¡Los susurros vuelven! Ellos me guiarán hasta acabar la misión. Cualquier precio es insignificante comparado con la historia que haremos.

Que harás. Me temo que tu amigo también estaba involucrado, tal y como sospechaba. Has hecho bien en tomar la iniciativa de matar a los otros dos. Y con él deberás hacer lo mismo. Te contó todo para tenerte de su lado y sacar provecho. Ahora, como los demás, ha perdido su valor.

Así será. Suelto los mandos y me escondo a un lado de la entrada esperando a que pase. Oigo su voz y sus pasos, está cerca. Aguardo y le veo asomarse. Procuro propiciarle el mismo golpe que a Kiyoshi y a Kyle para que no sufra, pero cae al suelo malherido. No me queda otra que golpearle hasta que muera, a pesar de que sienta dolor.

Diez golpes después Khalîl muere. Ahora sí que la misión no tendrá más obstáculos.

Dos días tras el último asesinato aterrizo en el Sol. No puedo creérmelo. Abro las compuertas de salida y pongo el primer pie en la superficie. Qué extraño… No era lo que me esperaba. Es como pisar una masa globulosa de carne. Pongo el otro pie y unos débiles sonidos llegan a mí transmitiéndose por percusión. Parecen latidos. ¿Es que acaso estoy pisando… algo vivo?

Creo que ya es el momento de que YO te diga la verdad. Observa el Universo, las estrellas.

Empiezo a ver como muchas se van apagando. Cada vez en intervalos más cortos. ¿Qué ocurre?

Somos numerosos, como las estrellas. Nos nutrimos de su energía. Y los planetas que giran en torno a ellas nos refuerzan. Causamos locura, desesperación, demencia, ira… Os mentimos para que os matéis entre vosotros. Tanta violencia, tanto caos, todo eso nos da fuerzas para continuar en este Universo… y en otros.

Dios mío… ¿qué he hecho? Entonces todo lo que creía, las supuestas enemistades que había creado… Era un engaño. He matado a inocentes. Me he comportado como las víctimas del Día Umbrío. Tengo que avisar a los demás… No deben escuchar vuestros susurros, la humanidad debe persistir.

La humanidad ya murió hace semanas. ¿Acaso crees que hubiera malgastado tanto tiempo en tergiversar tu realidad teniendo millones de humanos más a mi disposición para ser torturados psíquicamente? Vosotros siete, en cuanto comencé a hablarte, erais los únicos seres humanos que aún estaban vivos. Y… ahora… sólo… quedas… tú.

Esto no puede estar pasando. Tengo que escapar de alguna forma… ¡Ya sé, la llave! Golpearme en la cabeza solamente me dejará inconsciente, pero puedo hacer lo mismo que con Jake y romperme la tráquea. El golpe será totalmente letal. Corro hacia Raider-6 y llego a la sala de mandos. Antes de acabar con mi vida echo un último vistazo al ente que ha engullido el Sol. De entre toda la masa cárnica se abre una fisura de la que aparece un enorme ojo de pupila rasgada. Caigo al suelo de la impresión. Ahora entiendo la sensación de pesadilla que tenía cuando miraba al Sol… Pero pronto todo acabará. Apunto hacia mi tráquea y me doy con todas mis fuerzas. Ya lo noto, ni una pizca de aire. Es una muerte un poco agónica, pero mil veces mejor que seguir bajo la locura de ese ser. Sin embargo, mientras muero, me vuelve a hablar.

¿Crees que eso te liberará? ¿No te ha quedado claro lo que somos? La muerte no nos para. Seguiréis siendo alimento para nosotros por toda la eternidad. Aunque estéis muertos, continuaremos susurrándoos por siempre. No hay escapatoria… solo la aceptación.

Creo… que es la primera vez que me da miedo morir. Y no hay vuelta atrás.

martes, 9 de julio de 2013

Requiescat In Pace

Otra vez estaba ahí. Ladridos y más ladridos. Siempre a la misma hora. Cuatro de la mañana. Abro los ojos mientras su voz se introduce en mi mente, en mi sueño. Me va arrastrando hasta sacarme de él. Pierdo la compostura y despierto medio asustado, aún sin saber del todo si es realidad o ficción. Me asomo a la ventana y su eco me invade. No sé de dónde procede, como si de todos los lugares surgiera el ladrido. A veces cesa, pero vuelve a la carga con un profundo aullido. Está asustado.

Llego a la terraza. Las farolas alumbran tenuemente las calles. Es el momento en el que los crímenes surgen de las alcantarillas, se arremolinan a través del pavimento y hacen acto de presencia. El viento sopla, me informa de que otro crimen acaba de aparecer. Me transmite un frío que hace que me estremezca. Mi columna vertebral se compacta y tirita al compás del resto de mi esqueleto. La melodía nocturna de un xilófono entumecido alerta a otra persona que está asomada en su balcón, justo enfrente de mí. Me observa, seguro que el castañeo de mis dientes le ha llamado la atención.

Otro ladrido. El vecino agacha la mirada y eleva los hombros para, seguidamente, volverlos a bajar. Ha suspirado. Y ahora se mete dentro de su casa. Yo sigo con la mirada en su balcón, aún  puedo verle, ha dejado una estela, no se ha ido completamente de allí. Sí, le veo, contemplo su melancolía. Creo que no soy el único que se levanta todas las noches por el llanto del cánido. Tengo que averiguar más… Espera, otra corriente de aire. Otro crimen nace.

Me dirijo al salón y agarró el abrigo del ropero. No necesito nada más. Duermo con una camiseta vieja de gimnasio y un chándal gris, así que tampoco es un atuendo que resalte en la calle. Buscó mis llaves entre las sombras de la mesa del recibidor y antes de salir aguardo. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Aullido. Sí, no ha parado. Ahora deberé guiarme por el verdadero ladrido y hacer caso omiso de sus ecos. Y lo más importante: no ignorar al viento. Los crímenes clavarán sus garras en mi espalda y desgarrarán mi carne si no tengo la cautela precisa para divagar por estos umbríos lares. Hoy son la sombra de lo que antaño eran. Una luz condenada a la eutanasia de la diosa de Itxab.

Bajo por las escaleras con ligereza. Parezco un insecto apoyado en la superficie acuática. Sí, ciertamente mis escuálidas piernas se asemejan a las de un arácnido. Un golpe y mis huesos se harán añicos. Me pregunto si dichas extremidades resonarían cual macabros sonajeros si llegase a sucederme. Empiezo a pensar que el día que sobrepase los límites de mi curiosidad acabaré bajo tierra sepultado y aplastado por un féretro pútrido. Y ni siquiera tengo pensado mi epitafio.

Divago entre divagaciones. Pero es mejor que me concentre. Necesito activar completamente mi audición e ir guiándome por los ladridos. Ahora de nada me sirve la vista, tan sólo me muestra mi decadente barrio teñido de gris donde todos piensan que la mueca triste de sus bocas se soluciona agarrando ferozmente sus labios y dando un giro de ciento ochenta grados… Es todo tan… desesperanzador. Empiezo a comprender a ese perro. Quizá no llore porque se encuentre solo, quizá no llore porque tiene hambre o miedo. Tal vez llore simple y llanamente porque ha dado un paso en la evolución y ha usado la razón.

Razón… Siempre he pensado que cuando un ser vivo la descubre en su interior y, lo más importante, la emplea, entonces ha tirado de la cuerda y la hoja de la guillotina comienza a descender. Pues es cuando te percatas de todo lo que te rodea, cuando evisceras la ignorancia y de sus tripas brotan conocimientos manchados de dolor y aflicción. Al ver a un recién nacido, por ejemplo, lo único que le deseo es que permanezca en ese estadío de completo desconocimiento acerca de lo que le rodea durante el máximo tiempo posible. El infante un día intentará andar y se caerá. Se hará daño y ahí tendrá su primera apuñalada a la ignorancia: tu cuerpo es frágil. Será entonces cuando comenzará a temer las caídas, pues para él significará el volver a afrontar el dolor y todo lo que conlleva. Rechazará experiencias que se le presenten en la vida porque presupondrá que cabría la posibilidad de hacerse daño. Sin embargo, si ese niño nunca cae, nunca tendrá ese saber y, por ende, nunca asociará el riesgo al dolor… Lástima que la segunda situación, pues al ser utópica, nunca vaya a ocurrir.

Y es por esto que empiezo a pensar que el viento, alertándome de los infinitos crímenes que aparecen noche tras noche, los ladridos del afligido perro y las grisáceas calles de la periferia tienen algún tipo de conexión. Me parece que necesito irme a dormir, se me nubla la mente.

Segundo ladrido. Este me ha parecido estar más próximo a mi posición. Doy la vuelta a la manzana y una ráfaga de viento gélido impacta contra mí. Creo que no quiere que vaya por esa dirección. Intento ir por el otro lado de la calle pero de nuevo el viento me lo impide. Está claro. Un crimen se gesta justo en el otro lado del edificio.

Sin hacer mucho ruido aguardo apoyado en la pared a que el perro me mande una nueva señal. Probablemente el tercer ladrido me vuelva a corroborar que tengo que doblar la esquina. Su voz me indica un camino. El viento otro. La confusión me abate. Cinco minutos después de maldecir una y otra vez a toda incongruencia habida y por haber, escucho lo que esperaba. Afortunadamente, a la par que extrañamente, ahora el ladrido me lleva al otro extremo de la calle principal. El aullido cada vez se percibe con más tristeza. Parece una búsqueda recíproca, mientras él, poco a poco, cambia el tono de su llanto para dar conmigo, yo, no veo el momento en el que llegar hasta él y pueda salvarle de su tormento. Si pudiera entenderle, seguro que grita auxilio, pide ayuda. Me gustaría gritar y decirle que pronto todo acabará, pero sería la gota que colmara el vaso respecto a lo que el resto del vecindario piensa sobre mi cordura. Una búsqueda en completo y desesperante mutismo.

El giro incesante de las manecillas del reloj continuaba. Recibí tres mensajes más, aunque eran un poco desconcertantes. ¿Y si los ecos no fueran tan erróneos como pensaba? Las ondas rebotaban, y ciertamente no podría diferenciarlas si me basaba en la intensidad, pero el foco emisor es inconfundible. No obstante, dicho foco no era estático. El perro se movía. Huía. ¿De qué? ¿De quién?

Entre los ladridos y la brisa invernal soy conducido casi a las afueras de la barriada hasta llegar a parar a las puertas del cementerio local. Ante mí se alza un imponente portón negro. Pego mi oreja izquierda a la superficie del portón y espero al sonido revelador. Todo se queda en silencio, hasta el viento me abandona. Por los nervios, comienzo a sudar un poco. Aguanto la respiración y evito tragar saliva. Toda mi atención se centra en las vibraciones que me emite su superficie. Espero y…

Un ladrido casi ensordecedor surge en la lejanía. Sorprendido y malhumorado, doy un puñetazo al portón. A pesar de estar lejos del perro, sé perfectamente la ubicación actual del foco del sonido: el bloque donde vivo.

Vuelvo a correr. Jadeo, estoy agotado. A medida que avanzo puedo ver por el rabillo del ojo a una multitud de espectadores asomándose desde sus balcones y ventanas. Todos me apuntan con la mirada. Sus ojos, el reflejo de lo que sienten, no expresa curiosidad o sorna. Es repugnancia y lástima. ¿A qué se debe? Al final resultará que el más cuerdo voy a ser yo.

Extraigo del bolsillo derecho de mi chaqueta las llaves y con torpeza busco la del portal. Justo antes de entrar, otro ladrido. Proviene de arriba del todo. Abro el portal y subo las escaleras. Me tropiezo y me golpeo fuertemente la rótula. No importa, fui un niño que nunca cayó. Me levanto y sigo subiendo. No hay nada. Pero segundos después, un ladrido peculiar, como si se le hubiera dado un golpe de gracia al animal, surge del interior de mi hogar. Tanteo nuevamente el llavero. Esta vez soy más certero y enseguida agarro la llave adecuada. Todo está oscuro. Enciendo una por una todas las lámparas. No encuentro nada…

Sin embargo, tras sentarme en el sofá, dado por vencido. Un gemido de dolor retumba por el salón. Proviene del suelo. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? No me importa, tengo que sacarle. Corro al trastero y me hago con un martillo y un destornillador, el cual pretendo usar como si de un cincel se tratara.

Es difícil y probablemente despierte a los vecinos del bloque, pero una vida está en juego. Golpeo el suelo todo lo fuerte que puedo. Coloco la punta del destornillador entre las baldosas y estrello con suma precisión la cabeza del martillo contra el cincel improvisado.

Cientos de golpes después, lleno el suelo de escombros, diviso una caja negra lo suficientemente grande para albergar un perro de tamaño medio. Tiro de la caja con cuidado y consigo extraerla. Me preparo para abrirla, ahora sí, trago saliva y quito la tapa. Entonces hallo el horror. Estaba en lo cierto en lo de que el contenido era un perro, pero fallé en lo referente a su estado de conservación. Estaba totalmente putrefacto. Llevaba días, tal vez semanas, allí.

Y de repente, a causa de la consternación de aquella imagen, una parte de mis recuerdos se activa mostrándome algo que ocurrió no hace mucho y que mi cerebro decidió bloquear. Hasta entonces no entendía la relación de todo lo que me rodeaba, pero ahora sí. Todo cobraba sentido.

Hace casi un mes, en una noche con un frío tan gélido como el que me había acompañado durante mi búsqueda, enloquecí debido a los constantes ladridos de un perro callejero. Bajé a la calle y lo agarré del cuello para impactar su frágil cuerpo contra el duro suelo repetidas veces. Logró morderme la mano y escapar, aunque eso sólo hizo enfurecerme aún más. Fui corriendo tras de él hasta que lo alcancé y le reventé el abdomen con mi pie. Una vez muerto, lo arrastré hasta mi casa y lo enterré en mi salón, carcomido por los remordimientos…

Todos esos llantos del perro no eran ni más ni menos que los que emitía mientras le daba tal cruel trato. Todos esos crímenes que percibía eran los residuos de mi atroz acto. Todos esos vecinos que me observaban con pena eran las miradas de un fatídico pasado. Y el cementerio, la pista dramática de la procedencia de esos ecos… la tumba.

Él me ha atormentado cada noche con la intención de reavivar los recuerdos borrados. Antes, bloqueados, era simple preocupación por un perro abandonado. Sin embargo, con la memoria restaurada, ya no percibo ningún sentimiento de ese estilo… De hecho, creo que no debería haber abierto su “féretro”. No sé qué ocurre pero sencillamente no siento nada...

Estoy vacío…

domingo, 30 de junio de 2013

Los Siete de junio: Enfermería

Ve y llama a la becaria. Seguro que no rechista.

Era la frase que siempre se escuchaba por los pasillos cuando alguien del personal de enfermería no quería realizar cierto trabajo, ya fuera por cansancio, escrúpulos, asco, o simple poder, ¿para qué hacerlo tú si se lo puedes encomendar a otro? Y lo peor era que ella no podía hacer nada al respecto. Su expediente corría peligro. Todo becario sufre esta maldición. Se junta lo peor del trabajo con lo peor de los estudios. Al menos ella tenía la esperanza de que tras su puesto como becaria, todo fuera a mejor.

Su nombre era Lilith. Hacía poco más de una semana que había sido admitida como becaria en el Hospital San Mártir. Todos la acogieron con amabilidad… y con interés. Era la única becaria de enfermería que trabajaba allí, y el resto de sus “compañeros” ya se habían leído su expediente. Rigurosa y perfeccionista en todo lo que se propusiera. Estaba claro que admitiría hasta la orden más sinsentido con tal de aupar un poco más sus calificaciones.

Sin embargo, no todo el personal se aprovechaba de ella, realmente eran solo un par, pero entre ellos se encontraba el jefe de enfermeros, y normalmente obligaba a otros a que ni por asomo la trataran como a una enfermera más. Bajo su tiranía, Lilith solamente se resignaba. Comprendía las miradas de muchos de sus compañeros cuando se comportaban así. Aquellos ojos connotaban un lo siento. Ella tendría que aguantar hasta que todo acabase.

A pesar de ello, tenía de su parte a los pacientes. Siempre se refugiaba en ellos, los consideraba como su segunda familia. Cuando alguien ingresaba en el hospital, ella iba cada día para ver su estado. Hablaba con todos y era muy conocida por el trato amable y empático que ofrecía. Muchas veces los mismos pacientes pronunciaban su nombre, querían que Lilith estuviese con ellos. Y esto, a ciertos enfermeros, no les resultaba agradable, provocando un comportamiento aún más hostil frente a ella.

Otros muchos, a favor de la joven, no entendían por qué aguantaba todo aquello. La preguntaban y ella tan solo respondía, con una amplia sonrisa, que tampoco era para tanto. Pero eso no era cierto. Varias veces, cuando pensaba que estaba sola en un pasillo o una habitación, Lilith se echaba las manos a la cabeza y rompía a llorar. Seguidamente, hiperventilaba y exhalaba pura inquina. Apretaba las uñas contra la carne de su cara y las escleróticas de sus ojos enrojecían. Estaba claro que algún día, más pronto que tarde, explotaría. Y quienes sabían esto deseaban que no se lo hiciera pagar al equivocado. Los más intuitivos no auguraban nada bueno en la chica mientras siguiera con esa actitud de almacenar todo para sí misma y no permitir que ni un ápice de furia se liberara.

Uno de esos días desastrosos para ella, la bomba inició su cuenta atrás.

-¿Me habías llamado, Alfonso? –preguntó Lilith al jefe de enfermeros mientras asomaba la cabeza en su despacho.

-Eh… sí, sí. Como verás, ya me han llegado los informes de los pacientes de la mañana. ¿Ves algo que no esté completo? ­–respondió tirando sobre la mesa un par de hojas con un aire despectivo.

-Creo que esto tiene que ver con el paciente de la fractura de húmero. Sí, a las 11:30 le tocaba otro tranquilizante, pero estuve comprobando sus vitales, ya casi apenas sentía dolor. Le sugerí el no tomar la pastilla y aceptó gustosamente. Si hubiera visto cualquier indicio de dolor, aunque me mintiese, le hubiera administrado el calmante y…

-Lilith… No me cuentes más. Está bien eso de tener iniciativa, pero aquí se acatan unas normas. Si hay que darle X pastilla, se le da, a pesar de que tenga el estómago revuelto. Yo soy el primero que no quiere derrochar, pero…

-¿Me estás diciendo que es mejor drogarle y que esté callado en vez de ahorrarle el estupor durante unas horas?

-Creo que tengo que recordarte de quién depende que un cinco pueda convertirse en un… nueve, por ejemplo. ­–arremetió Alfonso con ironía.

-Entiendo. No volverá a ocurrir. Perdón… -dijo ella en total mansedumbre.

Lilith cerró la puerta y se sentó en una de las sillas de la sala de espera. Era la hora de comer, el único momento de la jornada donde mágicamente para los demás ella se convertía en otra camarada más y no la hacían desprecios. Sin embargo, se le había quitado el apetito. Sólo quería agachar la cabeza y contemplar el suelo, brillante por la luz reflejada de las lámparas del techo. Daba leves golpes con sus pies imitando el ritmo de su corazón. Eso la calmaba, y por su bien tenía que controlarse, hace unos segundos podría haber cometido un error fatal.

Entonces, mientras estaba hipnotizada por el vaivén de sus pies, una pregunta apareció de la nada en su cabeza. ¿Qué vale más, el número de alguien o la salud de muchos? Alzó la cabeza repentinamente y miró de nuevo la puerta del despacho de Alfonso. Con ostentación había clavado en ella un letrero de cristal. Jefe de Enfermería. Ella río y escupió sobre la palabra jefe. Acto seguido se marchó a la planta de ingresados.

Allí aguardaba un paciente del que se había hecho gran amiga. Llegó al San Mártir por una infección severa en la pierna. La herida, de aspecto necrotizante, no había sido bien tratada y ahora tenía que pagar las consecuencias. Se estaba haciendo todo lo posible para salvar la pierna. Pese a ello, la herida era desoladora, posiblemente Diego, así se llamaba, perdiera la pierna. Aun así, Lilith, frente al pesimismo del chico, acudía diariamente para animarle y darle toda la positividad que pudiera. Era más o menos de su edad, y sabía que una amputación podría dejarle verdaderamente traumatizado.

Como de costumbre, entraba y se acercaba a su cama para darle un fuerte abrazo. A continuación le quitaba la gasa para observar la herida y ponerle una nueva. Tras los protocolos sanitarios, se sentaba a su lado, ya dejando la labor aparte, y se ponían a jugar a las cartas a la par que conversaban. Lilith siempre evitaba en ese momento de ocio que saliera el tema de la posible mutilación, pero, a medida que los días pasaban, Diego hacía más hincapié en el asunto. Pese a sus risas y sus bromas, ella sabía que detrás de esa máscara de felicidad se escondía una gran tristeza y preocupación. Su herida estaba a nivel de la rótula, la amputación, si se diera el caso, sería considerable. Lo peor era cuando ella se imaginaba en la situación de su amigo. Se le estremecía el corazón y un escalofrío le recorría la espalda. Sería impactante despertarse tras la operación y ver que, una extremidad que solía estar ahí, ahora ya no estaba…

Por eso, antes de jugar a las cartas, Lilith traía siempre consigo un remedio nuevo para paliar el avance necrótico de su piel. Si no era nulo el resultado, al menos sí lento, pero Diego se lo agradecía. Lo hacía con buena intención, hasta ignoraba a su lógica científica y recurría a ungüentos antiguos. Aunque hacía algo más que el resto de los enfermeros, que sólo se dignaban a administrarles antiinflamatorios y antibióticos. Ni siquiera le daban probióticos para restaurar su flora saprófita. Ella veía con impotencia el comportamiento autómata de muchos de sus compañeros. Se acercaban al paciente, leían su ficha y aplicaban lo correspondiente. No buscaban alternativas, a veces ni recurrían al lado humano. No curaban… vendían salud. Empezaba a ver el hospital como otra tienda más, todo era puro marketing. No se trate ese minúsculo corte con agua oxigenada y povidona yodada, venga al hospital. No reduzca la hinchazón de esa contusión con hielo, acuda a su médico. Todo eso le repugnaba a ella.

Absorta por el odio. No se fijó que ya había pasado la hora y tenía que bajar a urgencias. Se despidió de su amigo con otro abrazo y se marchó. Al abrir la puerta se dio de bruces con otro enfermero. Se saludaron y este entró en la habitación de Diego. Lilith presentía algo. Apoyó su oreja contra la puerta y trató de escuchar al enfermero. Lo que ambos temían se cumplió: él informó al chico de que si en cuatro días no había mejora, aunque la herida siguiera estable, no empeorase, le traerían un permiso para la intervención quirúrgica.

Le hubiera gustado entrar y darle esperanzas, pero sabía que este no era el momento indicado. A Diego se le habría caído el mundo encima. Necesitaría estar solo. Para variar, tuvo que retener su furia y seguir con las órdenes cual sumisa. Se estaba cansando ya de todo esto. ¿Era así como iba a comportarse una vez trabajase de enfermera, como el resto, llena de pavor y acatando a raja tabla todo para no perder el trabajo? Una vida era mucho más valiosa que un puesto de trabajo, pero parecía que algunos no compartían esa opinión. Se cansó, ya no le importaba la calificación. Prefería un suficiente por ser un ángel que un sobresaliente por ser un verdugo. Haría todo lo que estuviera en su mano para evitar la amputación.

Abrió su taquilla y sacó el portátil. Ya había determinado el estado de consciencia con la escala de Glasgow del paciente de urgencias, tenía media hora para ella. Se fue a la cafetería y encendió el ordenador. Buscaría en cualquier página de centros médicos, comprobaría cualquier artículo o tesis para dar con algo que se le escapara al vademécum del hospital y sustituyera la solución radical de la operación.

Quince minutos después halló una solución contra heridas de amenaza necrotizante. Aunque pareciera broma, la fórmula solamente contenía plantas, sí, era un remedio natural. Los cloroplastos de las hojas asfixiaban a los microorganismos de la herida y con unos químicos albergados en ella se provocaba una hiperplasia benigna epitelial que hacía desprenderse el tejido muerto, un desbridamiento natural e indoloro.

Fue corriendo al despacho de Alfonso y le informó de aquello. Pero él reaccionó con una sonora carcajada y la preguntó que si esto era la botica de su pueblo. Ella no lo entendía, había dado con un remedio hasta comprobado empíricamente y el jefe de enfermeros no cedía a sus negociaciones, la amputación seguía en pie. Por mucho que insistiera, lo único que conseguía era que se mofara con más y más sorna hasta el punto en el que ya ni se dirigía a ella como un superior, sino como un payaso que ridiculizaba a su víctima circense.
 
Malhumorada y muy molesta, le amenazó con que tomaría una conducta un poco más anarquista. Alfonso, asintió tratándola como una loca, sin esperar que hiciera algo más que negarse a poner una vía. En cambio, a pesar de la advertencia, lo que le esperaba era algo peor.

Lilith, aprovechando su fama entre los pacientes, empezó a contar lo sucedido y a pedir apoyo. Como un motín, todos se pusieron del lado de la becaria y difamaron mentiras, y no tan mentiras, sobre algunas fechorías de Alfonso. En cuestión de 48 horas todo el hospital conocía su faceta más fría e inhumana. Se llegó al punto en el que los superiores tuvieron una severa charla con él con el consiguiente castigo de una reducción de sueldo y aumento de horas, haciendo que tuviera que estar algunas noches de guardia, cosa de la que se había salvado a llegar al puesto de jefe.

Alfonso supo enseguida quién había provocado esto. Había puesto casi a todo el personal enfermero en su contra, por no hablar del resto de “residentes”. Quería vengarse, necesitaba verla sufrir. Un suspenso ya no surtiría efecto, pero había otra alternativa, algo que de verdad la destrozaría: Diego.

No, no iba a informarle de que la única opción que quedaba ya era la intervención del cirujano, ni siquiera iba a anticipar la operación, no. Mucho peor. Lo iba a matar. Con sus amplios conocimientos en medicina, sabía mil y una formas de asesinar a alguien haciendo parecer un suicidio o un accidente. Con Diego, por supuesto fingiría un suicidio, así Lilith sufriría el doble.

Eran las cinco de la tarde, ya se había repartido la merienda y posiblemente estaría durmiendo. A priori, había escondido en su pijama sanitario una jeringuilla llena de zumo limón. Estaba suficientemente diluido para que el pH fuera letal pero sin dejar señales. Todo estaba perfectamente planeado. Abrió la puerta y lo encontró tal y como esperaba. Agarró su antebrazo y le introdujo la disolución sin piedad alguna. Diego se despertó sobresaltado con un dolor insoportable. Poco pudo hacer, segundos después yacía muerto en la cama. Después, para que se confirmara el suicidio, le extrajo la vía y le cortó las venas radiales. Estando fresco, la sangre fluiría como si siguiera vivo, todos los cabos estaban atados, no había fallo alguno. O eso creía…

Un paciente ingresado en la habitación contigua a la de David, el cual ya estaba casi recuperado de su apendicetomía, regresaba a su cama a descansar tras un breve paseo. Sin embargo, se confundió de puerta y abrió la de David pudiendo vislumbrar aquella horrenda situación. Alfonso no le vio y este corrió a su habitación aún sin creerse lo que había visto: alguien que debe curar estaba dañando. Él sabía que Lilith era gran amiga suya, así que esperó a que en su turno de tarde la tocara acudir para contárselo todo.

El reloj marcó las siete y ella entró a la habitación. Aún nadie había llegado a la habitación de Diego, así que la noticia de la defunción era desconocida para ella. Enseguida, tartamudeando por el miedo, el paciente dijo lo que había presenciado. Lilith se dio prisa para comprobarlo y allí lo vio, ya pálido, con las sábanas sanguinolentas y su boca y ojos abiertos. Supuso que Alfonso iba a vengarse, pero jamás se imaginó que llegaría a tales extremos… Cayó de rodillas y se echó a llorar… Pero el llanto no duró mucho. Reventó, su temperamento se tornó de un rojo intenso, furioso. Ojo por ojo, aunque se quedara tuerta.

Informó del “suicidio” y se marchó a la sala de ordenadores para modificar la guardia del día siguiente. Hizo que ambos, Lilith y Alfonso, estuvieran de madrugada en el hospital repasando los expedientes de los difuntos en el mortuorio.

Cuando Alfonso se enteró se sorprendió, pero gratamente, quería ver cuán afligida estaba al ver que su amigo se había quitado la vida. Esperó con impaciencia. Jamás le contaría lo que realmente pasó. Quizá sufriera más, pero se conformaba con lo actual. Aunque no hacía falta. Ella ya estaba completamente informada… y preparada.

Llegó la noche ansiada por los dos. Apenas hubo conversación. Lilith aún no quería decir nada. La verdad la sabría una vez cayera… en su telaraña. Miraba con impaciencia el reloj. En cinco minutos la periferia del mortuorio quedaría deshabitada y no tendría que preocuparse de nada excepto de Alfonso. Tic, tac, tic, tac… Y su momento llegó. Sin pensárselo un segundo agarró una varilla rota de un soporte de suero que había escondido bajo una de las camillas y le dio un golpe certero en la cabeza dejándolo inconsciente.

Al despertarse se encontró atado en una cama y con una vía puesta en el antebrazo derecho. Tenía la boca amordazada, así que solo podía emitir gritos huecos.

-Muy bien. Te dejaré que digas una única frase antes de que esto termine. –dijo Lilith mientras le quitaba la mordaza improvisada con una tela rasgada.

­-¡Hija de puta! En cuanto consiga soltarme te mataré, ¿¡me oyes!? –respondió él, rabioso como un animal salvaje.

Lilith, en completo silenció, y tal y como le dijo, tras su frase, le colocó nuevamente la mordaza y comenzó a tocar la rosca de la cánula para que se formara una gran burbuja de aire. Nada más verla, Alfonso intentó con todas sus fuerzas soltarse, pero era en vano. Su muerte estaba a pocos segundos… los cuales aprovechó Lilith, mientras sonreía con malicia, para decirle una última cosa.

-¿Sabes? Hay algo beneficioso que puedo sacar del ambiente negligente que has ido infestando durante tantos años en el hospital… Nos cubrimos las espaldas entre compañeros. Créeme, las pocas dudas de si esto ha sido suicidio o no quedarán disueltas cuando nieguen que he tenido algo que ver. Jamás pensé que te diría esto pero… Gracias, tu misma visión errónea de la sanidad te ha matado.

Y, finalmente, la burbuja entró en su torrente sanguíneo.

*No importa que en vida te corones con oro, al final sólo tendrás espinas y rosas.*

sábado, 29 de junio de 2013

Los Siete de junio: Insomne

La noche, eterna compañera de la amargura que emana de mis poros. Llevo tanto tiempo envuelto en este embozo oscuro que ya ni recuerdo cómo de intensa era la luz del día. Han pasado años desde entonces, los músculos ciliares, que rodean mis pupilas, están rotos, eternamente dilatados, receptivos ante tanta sombra y débiles frente a cualquier minúsculo rayo luminoso. Estoy condenado. Aún recuerdo cuando era normal… Tiempo ha de aquello.

No puedo dormir por la noche, me es imposible. Me percaté cuando tenía siete años. No recuerdo bien el día, pero sí el mes, era Noviembre. Tal vez podría considerar ese día, o mejor dicho, esa noche, como la primera en la que comencé a recordar mis sueños.

Era algo bastante simple. Estaba correteando por un jardín y jugaba con mi pelota azul de plástico. Era gigante y estaba totalmente sorprendido, botaba como si tuviera vida propia. Era un buen sueño… hasta que desperté.

Caminé hasta el salón. Desde la ventana pude ver al Sol asomándose tímidamente en el horizonte. Sus primeras líneas doradas rozaron mi cara en una cálida caricia, me daba los buenos días, aunque lo que realmente hacía era un gesto de alguien que se compadece por un condenado a muerte.

Fue entonces cuando vi la pelota con la que había soñado. Estaba hecha trozos, como si hubiera reventado. No entendía la razón. Ni siquiera había un perro o un gato en la casa como para haberla destrozado de semejante forma. Simplemente había quedado hecha añicos sin causa alguna…

Tal vez, contándolo desde el principio parezca algo estúpido, pero esto era la primera pieza del puzle. Apenas se quedó en mi cabeza hasta que se sucedieron más fenómenos, pues, tras cien sueños más en los que al despertarme me enteraba de que había sido finiquitado aquello con lo que había soñado, el recuerdo de esa pelota cobró fuerza. Era el desencadenante, el sueño primigenio.

Intenté asimilarlo, llegándome a acostumbrar a despedirme en los propios sueños de mis más preciadas posesiones. Y, realmente, desde un punto de vista optimista, esta especie de maldición me hacía entender que la necesidad del hombre trascendía a algo más que simple materia sintética. Llegué a comprender que lo único vital fuera de nuestro cuerpo es el aire, el agua y el alimento, y todo lo demás es totalmente secundario.

Sin embargo, parece que no conforme el destino con lo que ya me acaecía, y tal vez por asombrarse viendo lo bien que me estaba tomando mi infortunio, decidió empeorar las cosas… aún más.

Ya había soñado muchas veces, siendo consciente de mi maldición, con otras personas. Y, francamente, la primera vez que recuerdo haber tenido un sueño en el que aparecía alguien cercano a mí tuve mucho miedo, pero por suerte no le ocurrió nada. A partir de ese día creí que los humanos eran inmunes a la destrucción de mis sueños.

Hasta que pasó. Ya era adulto, veinticinco años habían transcurrido desde mi primera pesadilla. Esa noche pintaba normal, le di un último vistazo a lo poco que tenía en mi hogar, sabiendo que probablemente me levantaría al día siguiente con algo menos.

Qué inocente fui… Al despertarme, habiendo soñado que estaba charlando con un amigo, ambos sentados en las sillas de mi salón, fui directamente a la cocina a por la escoba para recoger las supuestas astillas que habría dejado la aniquilación del inocente mueble. Pero cuál fue mi sorpresa al ver que la silla estaba totalmente entera, sin rasguño alguno. Extrañado comprobé todas las sillas de la casa pero todas estaban en perfecto estado. Creí, alegre, que todo había terminado, ya que cuando lograba acordarme del sueño, siempre algún objeto caía preso de la maldición y era exterminado, y si hoy, recordando a la perfección el de la noche anterior, ninguna silla había resultado dañada, sólo podía significar que era libre. Aunque no me di cuenta de un importante detalle del sueño: la silla no era el objetivo.

Días después llamé a dicho amigo para quedar en un bar y tomar algo. Era raro, pues no me cogía las llamadas. Normalmente nunca se alejaba de su móvil. Decidí ir hasta su casa, ya que algo dentro de mí, tal vez incertidumbre, acrecentaba. Golpeé repetidas veces su puerta, pero no había respuesta. Avisé al vecino para preguntarle si le había visto salir, pero no vio nada. Estaba todo a favor de unas aterradoras expectativas. Sin nada más que poder hacer, regresé a mi casa y aguardé.

Por desgracia, al día siguiente, me notificaron su defunción. Ni siquiera podía creérmelo, había sido un accidente. Estaba saliendo de la ducha y los vapores de la cálida agua humedecieron el suelo haciéndole resbalar y rompiendo con su cuerpo el cristal de la mampara. Magullado, se incorporó sin darse cuenta de que había dejado un trozo puntiagudo del cristal expuesto a clavarse en él. Y, como buen ser humano, tropezándose de nuevo con la misma piedra, hizo caso omiso al “aviso” y siguió con los pies descalzos. Como era de esperar, volvió a resbalarse, aunque esta vez no tuvo tanta suerte y ese fragmento de la mampara se hundió en la región occipital de su cabeza saliendo la punta por su boca. Murió a los pocos segundos… Justo un minuto después de que yo le llamara.

El único que sabía la verdadera razón de aquello era yo. Técnicamente fui su asesino, a pesar de que su muerte se manifestara como un macabro accidente. Ahora quedaba algo claro, mis sueños también podían arrebatarme a mis seres queridos.

Al borde de la desesperación, una bombilla se iluminó en mi cabeza. Los objetos eran destruidos antes de que yo pudiera poner remedio, pero parecía que con las personas la maldición tardaba más. La única manera de comprobarlo requería sangre fría, tendría que dormirme y esperar a que soñara con alguien. Estaría poniendo en peligro la vida de una persona, pero quizá, si de una vez por todas evitaba la desaparición de uno de los objetivos de mis pesadillas, podría ponerle fin a esto. Habría que intentarlo, y más me valía cruzar los dedos para que no se apareciera alguien a quien tuviera demasiado aprecio.

Llegó la noche y me tomé una tila para calmarme, estaba a punto de sentenciar la vida de un inocente por el simple capricho de mi curiosidad. Podría acabar probablemente, no, seguramente, con la vida de alguien… aunque podría salvar muchas más. No tenía más alternativa que probarlo, la otra opción era no dormir, algo que veía inalcanzable por pura fisiología humana.

Salté hacia mi cama y me arropé raudamente, me cubrí con las sábanas hasta tapar mi nariz, tenía los ojos abiertos como platos. Contemplaba el techo de la oscura habitación. Mi mirada bailaba, dibujaba círculos en la nada, clavaba la vista en las repentinas luces que aparecían cuando un coche pasaba cercano a mi ventana. La luz desaparecía y enseguida volvía a fijarme en el techo. Mi mente estaba más activa ahora que por la noche, como si quisiera advertirme de algo. Yo quería dormirme, pero el resto de mi cuerpo se negaba. Apenas sentía nervios, al contrario, estaba completamente relajado, y aun así parecía que había ingerido algún tipo de estimulante.

Rendido ante la batalla, opté por levantarme de la cama e ir al salón a ver la televisión. Tal vez la caja tonta aletargaría a mi cerebro y conseguiría por fin dormir. Me tumbé en el sofá y puse el canal de los documentales, nunca fallaba, totalmente efectivo como somnífero.

No obstante, mi plan no dio resultado, pasaron cinco horas y ya empezaba a amanecer. Ni siquiera se había agotado un poco, nada, lo más mínimo, cientos de ideas, palabras y recuerdos giraban como un huracán en mi cabeza. No había manera, parece que tendría que esperar a la tarde a que el sueño me venciera tras comer.

Pero no hizo falta esperar. En cuanto me levanté, un tremendo mareo me invadió. Todo el sueño que había estado resistiendo ahora impactaba contra mí sin tregua. No pude tenerme en pie, tan pronto como me incorporé, me senté nuevamente en el, ahora increíblemente mullido, sofá. Apoyé la cabeza en un cojín y me dejé llevar por el narcótico silencio que apaciguaba el ambiente…

Horas después desperté sobresaltado. Agarré un papel y un bolígrafo y me dispuse a escribir los sucesos clave del sueño antes de que la mayoría de este se desvanecieran en el olvido. Sin embargo no llegué a apuntar ni una simple palabra. No recordaba nada, absolutamente nada, ni un color ni un sonido, nada, una completa amnesia onírica.

Viéndolo optimistamente, al no tener recuerdos del sueño, no peligraba la vida de nadie. Le tocara al que le tocara, al menos viviría un día más. Llamé a todas las personas que conocía y así fue, todas estaban bien, a salvo de las garras de mi maldición. Pese a ello, esto no quería decir que la noche siguiente no quisiera volver a intentarlo.

Y así fue. Esta vez me preparé mejor, hice ejercicio para cansar mi cuerpo, estuve varias horas seguidas pegado frente al televisor para agotar mi vista y, ya en la cama, estuve leyendo un libro para fatigar a mi cerebro. Todo iba a la perfección, mis parpados iban cobrando peso y cada vez mis pensamientos se difuminaban con lo irreal más y más. Ahora, como un soldado, llegaba al campo de batalla, el principio, la preparatoria, sería una misión relámpago, averiguar quién iba a morir, para después salvar dos vidas, la suya… y la mía.

A la mañana siguiente no me hizo falta plasmar nada en un papel. Recordaba todo a la perfección, su rostro había quedado grabado en mi cerebro perfilado por la abrasión del arrepentimiento… Había soñado con mi madre. Ni derroché tiempo en vestirme. Me metí en el coche y puse rumbo a su casa. Y la mala pécora de la fortuna no colaboraba. Intenté llamarla un gran número de veces mientras iba de camino, pero su teléfono estaba apagado.

Cuando llegué a su piso suspiré aliviado. Estaba viva… Pero no por mucho tiempo. Antes de que pudiera darla un abrazo, una gran explosión, surgida de la cocina, me la arrebató y la lanzó contra la pared comprimiendo todos sus huesos y reventado sus órganos. Yo salí volando hacia el lado opuesto de la entrada golpeándome la cabeza contra la barandilla de las escaleras quedando inconsciente. Tal fue la gravedad de mi traumatismo que quedé en coma durante dos días… Dos nefastos días repletos de pesadillas de cadáveres y de sueños reveladores.

Totalmente consecuente con que todas esas personas que se sucedían en mis sueños iban cayendo una a una en horribles accidentes, de vez en cuando tenía una especie de regresión donde se repetían algunos sueños que ya había tenido. A pesar de que ya no tuvieran ningún carácter letal, la información que me propiciaron fue vital, pues me mostraron algunas lagunas que había en ellos. Comprendí, entonces, que en parte sí que tenía algo de culpa, pues justo antes de terminar el sueño, fragmentos de los cuales nunca llegaba a recordar nada, era yo el que destruía mis propios objetos, el que mataba a mi amigo y a mi madre; siendo el primero apuñalado con un cuchillo de cristal en la cabeza y la segunda amordazada y calcinada con la conflagración de un explosivo que había depositado bajo sus pies. Yo, o al menos el yo de mis sueños, provocaba que el exterminio terminara por hacerse realidad. Pero lo peor es que no podía hacer nada, ya que, posteriormente a darme cuenta del motivo, más sueños se avecinaron y en ninguno conseguí controlarle. Ni siendo consciente de que no debía destruir la diana era capaz de poner una cura a esta locura. Lo que dije al principio: esto es una condena.

En cambio, un último sueño antes de despertar me dio una oportunidad de salvar a los demás, o mejor dicho, a los que aún seguían vivos. Una imagen de mí mismo se presentó y me dijo con una voz muy débil que rememorara a qué hora solía tener aquellos sueños de los que no me acordaba y de los que, por ende, la maldición destructiva no surtía efecto. Caí entonces en la cuenta de que todos ellos ocurrían cuando dormía una vez amanecía. Podría ser que la luz bloqueara al verdugo de mi interior.

Pasaron unos días, ya despierto del coma y habiendo asistido al aroma aflictivo de todos esos funerales provocados por mi culpa, y siguiendo ese consejo conseguí por fin que ninguna persona que apareciera en mis sueños volviese a morir. Incluso compré pastillas para mantenerme despierto si se daba el caso de que me encontraba cansado por la noche. Cambié mi turno para que fuera nocturno. Todo, modifique todo para tener una vida únicamente iluminada por la Luna.

Al principio costaba acostumbrarse, ya os digo que fue un cambio muy brusco. Sin embargo, con el transcurso de los días (y las noches) la aclimatación se fue notando, a pesar de que mi cerebro no estaba conforme. Debía engañarlo, solía mantener la casa y el lugar del trabajo bastante iluminados para fingir que era un día soleado, y por el día cerraba todas las persianas y dormía con antifaz y tapones en los oídos. Me costó, sí, pero tras un encarnizado duelo vencí y llegué a creer que el día “estaba invertido”.

Pensé que a partir de ahora todo iba a ir bien, ya casi ni era necesario transformar la noche en día, mi vida se ennegreció en todos los aspectos, por lo que empecé a notar síntomas de una vida totalmente nocturna. Comencé a sentirme débil, a tener una piel pálida, como si hubiera recibido un baño de cal, las ojeras dieron paso a unos amoratados hoyos bajo mis ojos, mi digestión empeoraba, pese a que comía bien, sentía en mi cuerpo una desnutrición en declive. Me sentía como si estuviera a punto de morir pero sin que ese momento llegara. Agonía pura…

Al borde de la demencia, una noche… quiero decir, una mañana, mientras zarpaba al mar de los sueños, de nuevo recibí la visita de mi réplica. Esta vez presentaba una amplia, a la par que aterradora, sonrisa.

-Parece que no te fijaste en algo crucial… -dijo él. -¿quién fue la persona de tu último sueño durante la noche?

Lo había pasado por alto. Era cierto. Ni me lo replanteé pero tenía razón. Cabía la probabilidad de que, si me veía en un reflejo o a mí mismo como un gemelo, yo podría ser el expuesto a la muerte. Abrí los ojos abordado por el terror. Las persianas estaban subidas, la luz inundaba mi habitación, no podía ver con tanta intensidad, pero pude distinguir la silueta de mi persona al lado mía, de pie, justo en el borde de la cama. Hubiera sido irreconocible si no llega a ser por la luz que se reflejaba en su sonrisa… Indistinguible e imposible: era yo mismo. Justo entonces, sin que pudiese reaccionar, alzó sus dos manos, las cuales sostenían un mango con un rectángulo brillante en uno de los extremos, tal vez un hacha, y el sonido del cortar del viento puso la última pieza del puzle. Me decapité… La cama se tiñó de rojo y yo de un apagado gris.

Era incomprensible, tanto sacrificio, tantas noches en vela, tanta preocupación y angustia malgastadas y la solución para la maldición era verme a mí mismo en mis sueños para acabar muerto…

Tendría que haberlo hecho antes.

*La desesperación no es más que una venda en los ojos*