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Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Pequeño diario de una pequeña alma #7

Borja… Por favor… Sé que probablemente no poseas empatía, que la única razón por la que pides que te cuente mis vivencias es por el mero deleite de tus cosechas… Estás muerto, y como tal puedo comprender que tu aprecio hacia los vivos esté marchito… Pero por primera vez me veo obligado a pedir ayuda a alguien… Si Santiago realmente estuvo, aunque fuera durante unos breves instantes, en el mundo de los muertos, entonces tú sabrás algo de él… Borja… te necesito…

Era la maña siguiente, el último día que íbamos a estar en mi hogar. Los gruñidos de Santiago nos despertaron, al parecer estaba bastante molesto por el asunto de su ausencia de mandíbula. Ignorando sus ruidos hicimos las maletas. Ya estaba todo listo, me aseguré de que estaban los billetes de tren en mi cartera y dejamos todo en el vestíbulo. Me acerqué a la habitación donde estaba él y le apuñalé con pura saña. No quería que Samanta viera aquello, pues la crueldad del ataque tenía un vital significado para mí, esto haría que Yin saciara su sed durante varios días, así que la sugerí que fuera bajando alguna que otra maleta. Ya lo he dicho, aunque ella pudiera conocer mis antecedentes asesinos, no me gustaba la idea de que a mis espaldas estuviera contemplándome, a carcajada limpia, con la cara ensangrentada, disfrutando placenteramente con cada puñalada que le propiciaba. Ese no era yo… había dejado que Yin me poseyera durante esos instantes. Realmente, a pesar de que la víctima era el enemigo, seguía sin gustarme el homicidio…

Honestamente,  me preguntaba constantemente si el haberme separado del doppelgänger hubiera sido una mejor decisión. No obstante le debía una a este, no te lo conté la última vez que nos vimos pero las heridas del abdomen cicatrizaron más rápido de lo normal. Definitivamente el enterarme de que verdaderamente este cuerpo alberga dos entes ha abierto nuevas puertas de, llamémosle, potencial. Todo es por partida doble, el dolor se divide, la mente piensa dos veces más rápido, la recuperación frente a cualquier cosa, ya sea fatiga, cansancio o heridas, tarda la mitad. Sí, podría llegar a considerarlo un… “superpoder”, pero en la ficción el héroe es el bueno, y sé de buena tinta todos los crímenes que he cometido. El día que muera, si es por justicia, lo haré a gusto, de eso no tengas la menor duda.

De hecho, no es que me hiciera mucha ilusión marcharme. Desde pequeño pensé que moriría en esta casa, y realmente hubiera sido así si mi mente no me hubiera traicionado en el último segundo. Me habría ahorrado tantas cosas si lo hubiera hecho… pero no, tuve que acobardarme, llorar como un debilucho e irme a la cama. Sí… qué fácil sería acabar con todo ahora, pero el destino había jugado bien, y estando Samanta conmigo no podría suicidarme, pues era precisamente la idea de provocar dolor entre la gente que me conocía lo que siempre me echaba para atrás. No era el momento, al menos hoy.

Pero continuemos. ¿Por dónde iba? Ah, sí… Terminé de apuñalar a Santiago. Había causado tal estropicio… Yin dejó de retumbar dentro de mí, estaba saciado. Arrastré las últimas maletas que quedaban fuera del vestíbulo y eché un último vistazo a mi hogar. Había vivido tantas cosas, aunque más de la mitad fueran recuerdos de angustia y penas seguían siendo mis vivencias… Aquí me despedí de mi madre y mi hermana… Aquí comenzó todo y aquí debería terminar… Cerré la puerta, eché el cerrojo y, cabizbajo, bajé las escaleras.

Ya en la calle mes esperaba Samanta, por suerte Santiago no le había hecho nada a su coche, estaba listo para llevarnos a la estación. Ella me lanzó una sonrisa compasiva y yo tuve la obligación de devolvérsela. Estaba seguro de que sabía que era fingida, pero quién iba a estar bien en estas condiciones, siendo prófugos de la muerte. Aún en nuestro interior permanecía un nudo de incertidumbre. El trayecto a la estación preservaba el peligro de que aquel que mandaba a Santiago a por nosotros viniera a acabar el trabajo. Creo que justo entonces la calma que me ofrecía Yin me hacía recapacitar y afirmar que la unión había sido la mejor idea. Después de todo estaba cobrando el papel de simbionte, en vez del de parásito.

Samanta arrancó y nos dirigimos raudos hacia la estación. De vez en cuando, en los momentos en los que la iluminación descendía, observaba mi nítido reflejo en la luna de la puerta del coche. Unas veces era yo, pero otras, sin lugar a dudas, el reflejado era Yin. Era extraño, nunca antes había contemplado su rostro de esa forma. Era difícil diferenciarlo de mi verdadero yo. Ni siquiera se tomaba a broma la situación, ¿estaría realmente preocupado? Siempre que conversábamos, fuera por lo que fuera, con lo primero con lo que se presentaba era con una breve risa. ¿Qué ocurría hoy que hasta entrecerraba los ojos y le veía suspirar? Si de verdad los doopelgänger auguran desolación, verle así me preocupaba, tanto que le insté a Samanta para que aminorara la velocidad. Podría ser, quizás, un truco mental de los mil y uno que poseía en su arsenal para hacerme enloquecer. Sin embargo ya había visto que ni yo era pura bondad ni él pura maldad. Después de todo así está compuesto el Yin Yang: en la mitad blanca hay un círculo negro, y viceversa. Yo soy humano y no puedo echarle la culpa de todo a mi otro yo. Hasta a veces creo que yo, Yang, también me deleitaba con las muertes… Sólo con pensarlo se me pone el vello de punta… Mejor dejémoslo.

Finalmente llegamos a la estación. El ambientes estaba demasiado calmado, mi lógica pesimista me encarcelaba en un escepticismo poco esperanzador. Samanta dio un último adiós del automóvil, sacamos las pertenencias del maletero y entramos en la estación.

Había tanta gente, en cuanto mis ojos entraron en contacto con la muchedumbre el corazón me dio un vuelco. La sensación era inconfundible, Yin volvía a la carga. Le exigí que se relajara y que recordara lo pactado. Sé que para él no era fácil, era como si a mí me ponían en un expositor de videojuegos, perdería el control. No me quedaba otra, agarré la mano de Samanta y, con suma celeridad, anduve hasta el mostrador. Todo en orden, podíamos entrar el vagón.

Estúpido… Ahora en un recinto más cerrado, la densidad humana era mayor. Sí… tanta carne por cortar, cientos de voces distintas suplicándome, arrodilladas ante mis hojas ensangrentadas. Consciente de una doble fuerza, aquel tren no transportaría pasajeros, sino carnaza.

¡Pero no! Que confíe en ti no quiere decir que decida quedar desprotegido. Nada más sentarme extraje del bolsillo inferior de una de las maletas una caja de sedantes. Esto me ayudaría a dormir y evitar las pulsiones maliciosas. Tuvo su gracia, pude escuchar los gritos de rabia de Yin. Hasta intentó estrangular los músculos constrictores del esófago para dificultar el paso de la pastilla, pero nada que no pudiera arreglar un buen buche de agua fresca. Ahora sólo quedaba esperar a que el ácido clorhídrico estomacal hiciera el resto. A pesar de las medidas, no podía culpar a Yin, él ya me lo dijo: “una vez dentro, no podré ser tan permisivo como ahora, ya conoces mi naturaleza…”.

Al menos tenía la seguridad de que, así como auténticos hermanos, esto era un duelo sinfín y cada batalla ganada no sería vista con rencor por el perdedor. Hoy había ganado yo, sólo podía esperar a que un día él hiciera jaque, y esperemos que no mate.

Mientras yo trataba de conciliar el sueño, Samanta, a mi lado, se dispuso a leer un libro. Qué irónico, se trataba de un libro de psicoanálisis freudiana. Creo que si Freud siguiera vivo, se interesaría bastante por mi ello superdesarrollado, con capacidad de razonamiento y todo, y lo único que tuve que hacer fue devorar un embrión. Digno de un ritual satánico.

El tren cerró las puertas, nos marchábamos ya y de momento no había sucedido nada desagradable, aunque hasta que no hubiéramos llegado a Madrid no estaría del todo relajado. Seguro que si dejaba a Yin matar a unos cuantos pasajero acabaría rendido y toda preocupación desaparecería, pero por una vez en la vida tendría que actuar como alguien normal y aguardar al efecto de las drogas comerciales. Empezaba a marearme un poco, supongo que los efectos narcóticos ya estaban surgiendo.

Poco a poco la vista se me nublaba. A punto de cerrar los párpados para perpetuarme en un sueño, mi última imagen fue la de Samanta mostrando esa sonrisa que siempre me animaba. Hubiera sido perfecto si no fuera porque al fondo de dicha imagen, en uno de los cristales, pude contemplar a Yin con un rostro inquieto a la par que sádico. Justo antes de que todo se volviera negro, este, aprovechándose de la perspectiva, transformó sus manos en cuchillos y las dirigió con velocidad al lateral derecho del cristal simulando que se hundían en el cuello de ella. Todo hubiera quedado en una broma si no hubiera llegado a ser porque realmente salió sangre de su cuello…

Abrí los ojos completamente por culpa del susto, pero al parecer me había dormido. No había pasado ni una milésima de segundo estando con los ojos cerrados y en realidad habían transcurrido posiblemente unos cuantos minutos. Giré la cabeza y ella ya no estaba ahí. Me levanté del asiento y resbalé con un charco del suelo. Por suerte no me provoqué ninguna contusión, pude incorporarme sin complicaciones. Y entonces lo vi. Así como Samanta no estaba en su asiento, absolutamente nadie más se hallaba en el vagón. Agaché la cabeza, impulsado por mis más oscuras sospechas y efectivamente aquel charco era de sangre. Muchas más manchas de este líquido estaban esparcidas por la zona. Creo que lo comprendía…

Caí al suelo de rodillas y observé mis manos, entumecidas. Estaban impregnadas con sangre. Parece que el sedarme formaba parte de su plan. Dormido, estando Yang debilitado, Yin no tendría obstáculo alguno para hacerse con el control. ¿Pero cómo? Puede que posea un doppelgänger en mi interior, pero no soy imparable, ni mucho menos. ¿Es que nadie ha sido capaz de detener esta carnicería? Y lo peor de todo es que he acabado con Samanta… Hiciste realidad tu deseo de matarla… Bien jugado… Yin, dime, ¿dónde has dejado los cuerpos?

Si quería la respuesta tendría que hacerle aparecer. Busqué algún cristal exento de sangre y me acerqué lo suficiente para que me reflejara por completo. Me concentré en mis pupilas y al fin volvió a escindirse de mí.

-¿¡Dónde están los putos cadáveres!? –exigí a punto de llorar de rabia –.

-Ey, tranquilo. Ya estaba concienciado de que me echarías la culpa a mí, pero…

-¿Y a quién si no? ¡Si desde el momento en el que entramos a la estación empezaste a golpearme con ansias de sangre! –respondí interrumpiéndole –.

-Es cierto que quería salir al exterior. Sin embargo no era para crear tamaña matanza. Puedo ser todo lo cruel y frío que quieras, pero un trato es un trato y aunque lo hubiera hecho te aseguro que para mí Samanta ya es intocable. Yang, la razón por la que lo hacía es porque aquel que mandó a Santiago estaba rondándonos. Sentía su presencia, tanto en la estación como dentro del vagón.


-¿Y por qué no lo dijiste? Hubiéramos podido escapar…

-Yang. Yo no funciono así, después de todo soy un apéndice más de tu cuerpo. Tengo mis limitaciones. Las conversaciones que mantenemos se mantienen en márgenes racionales que cualquiera de los dos podría alcanzar independientemente. Si tú no eras capaz de reconocerle, yo no podía avisarte de otra forma que no fuera con esos impulsos. Y por eso grité y traté de evitar que te tragaras la pastilla… Justo antes de que cayeras rendido su ataque comenzó.

-Entonces, ¿ya está, he perdido? Lo comprendo, Samanta muere y yo vivo, después soy detenido por la policía siendo el primer sospechoso del genocidio y quedo encarcelado sin poder escapar de mi sufrimiento…

-No, Yang. Jugamos con ventaja. Ellos no saben que no han dejado viva a una persona, sino a dos. Ya te he dicho que no puedo mostrarte lo que tú no serías capaz de conocer, y eso no incluye lo que nos acontece mientras uno de los dos duerme.

-¿Presenciaste lo que ocurrió?

-En efecto –afirmó con entusiasmo –. No fui capaz de tomar los mandos de tu cuerpo porque tu cerebro permanecía obnubilado, pero al menos pude escuchar. Hasta yo tengo que admitir que ese tío sobrepasa los niveles de crueldad. Mató uno por uno en una reacción en cadena a todos los pasajeros. Samanta agarró fuertemente tu brazo e intentó despertarte, pero no hubo manera. Seguidamente, no sé cómo, el tren descarriló, aunque este vagón parece que se mantuvo inamovible. Desde luego, sea quien sea, este también presenta algo sobrenatural, como Santiago. Tras ello, tapó la boca de Samanta y se la llevó a rastras, no sin antes susurrarte algo al oído.

-Adelante, ¿qué me dijo ese cabrón? –pregunté invadido por un cocktail de intriga y furia –.

-“Sé quién te visita, serás mi mensajero para él y ella será tu recompensa si te portas bien, dile que Óscar le declara la guerra”.

-Claramente hace referencia a Borja, la sombra. ¿Cómo se ha podido enterar de ello? ¿Cómo pudo saber que íbamos a coger el tren dirección Madrid? ¿Cómo ha conseguido causar tal estropicio en un tren de alta tecnología? ¿¡Pero a qué clase de ser nos enfrentamos!?

-Yang, cálmate. Vayamos por partes. Lo primero será salir de aquí. Todos los cuerpos han desaparecido así que no levantarás sospechas si tú también te esfumas. Segundo, la única solución que se me ocurre frente a lo de que sabía nuestra posición es que existe algún tipo de conexión entre este y Santiago, y no me refiero a un micrófono convencional… Tercero, que conozca la existencia de la sombra significa que, o bien él ha sido otro “afortunado” vivo que se ha relacionado con él, o bien…

-Está muerto –concluí –.

Hice caso a su petición y me escabullí del lugar del accidente. Al salir del vagón el fuego, la destrucción, y los alaridos reinaron el panorama. Si hubiera sido otra persona hubiera ayudado sin dudarlo un instante, no obstante necesitaba moverme por este entorno asolador. Me negué a rematar a toda persona moribunda con la que me cruzara, pero el mero hecho de verlas agonizando, suplicando, mutiladas, ahogándose con su propia sangre, ya era suficiente inhibidor para Yin.

No tenía ni la más remota idea de a dónde dirigirme. No podía quedarme esperando de brazos cruzados a que tú, Borja, aparecieras, la vida de Samanta corría un grave peligro frente a alguien que podría ser mucho más letal que el propio Santiago. Lo único que se me ocurría era regresar a casa y hablar con este último. Puede que fuera inmortal, pero seguro que agradecería el desatarle si me contaba todo lo que sabía. Por primera vez obedecería con gusto las órdenes inquisidoras de Yin contra un humano. Todo fuera por un bien común.

No habíamos ido a parar muy lejos. En diez minutos siguiendo las vías llegué a la parada de tren. Por suerte no tenía sangre ni nada por el estilo en mi piel o vestimenta, así que pasaría desapercibido. Esperé el momento oportuno para subir al andén sin que nadie me viera y continué. Fui directo en busca de un taxi, tenía dinero de sobra, había cogido lo necesario de las maletas.

Por fortuna el taxista transcribió el tono nervioso de mi voz y se dio prisa en terminar el trayecto. En poco más de cinco minutos estaba ahí de nuevo. Sin embargo, el tiempo se detuvo cuando fui a darle el dinero y se percató la sangre, ya seca, de mi mano. Entendí enseguida por qué ese tal Óscar me las había manchado, así sería más fácil salir sin impedimentos del vagón…

Yin lo sabía, incluso yo. No nos quedaba otra. Miré a un lado de la calle, luego al otro. Eran las nueve de la mañana, un sábado. No había nadie más en la calle. Tiré del cordón de la capucha de mi sudadera y lo saqué. Justo antes de que el taxista pudiera reaccionar rodeé con el cordón su cuello y apreté con fuerza. En cuestión de segundos dejaría de retorcerse.

Bueno… ahora tendría algo con lo que matar el tiempo mientras esperaba a que vinieras. Creo que aún guardaba algo de lejía pura en la cocina.

El coche había estacionado en zona de aparcamiento, así que tardarían en darse cuenta de que nadie lo reclamaba. Arrastre el cuerpo a la entrada del bloque y cerré las puertas del taxi. Lo llevé por las escaleras con un poco de dificultad y con cuidado abrí la puerta de casa. No hice ruido alguno, así que aproveche el sigilo para primero asomarme al salón. Todo en orden. Llegué a la cocina y ahí estaba Santiago, aún muerto. Llevé el cuerpo del taxista a la bañera y vertí la lejía. Lentamente se iba deshaciendo, tenía tiempo para ir repartiendo los restos en los contenedores de los alrededores.

Sin desprenderme de la preocupación, ya de noche, Santiago revivió y, como de costumbre, emitió varios gruñidos. Necesitaba entenderle, así que le entregué la mandíbula y esperé a que se volviera a encarnar junto con el maxilar superior. Una vez la quijada era estable lo primero que me preguntó era si ya había tenido mi primer encuentro con Óscar.

Pensaba que el sorprendido iba a ser él al verme volver, pero veo que estaba equivocado. Lo único que podía hacer era torturarle hasta que me revelara su paradero. Permití a Yin que me poseyera. No sé con exactitud todo lo que hizo con él, pero desde luego gritó como una alimaña indefensa. Le arrancó uno por uno todos los dientes. Levantó sus uñas y quemó la piel de debajo. Serró pies y manos. Echó agua hirviendo en su cara. Martilleó cientos de clavos en su espina dorsal. Le abrió una profunda herida en el abdomen y vertió un saco entero de sal en su interior. Le extrajo un ojo con una cuchara y llenó la cuenca con alcohol. En definitiva, recreó un infierno en vida…

Desgraciadamente, nada de eso le hizo hablar. No sé si fue gracias a Blood Services o a Óscar, pero estaba bien entrenado. Por ende, la última alternativa, mi última esperanza era suplicarte ayuda… Han pasado cuatro días y gracias a que has escuchado mi llamada.

Borja, te lo imploro, esto se escapa a mi comprensión. Es una guerra que no puedo combatir solo, necesito tu alma. Él puede tener un poder que probablemente también le otorgue inmortalidad, pero tú sobrepasas a la mismísima naturaleza. Puede que en ocasiones te haya tratado como escoria, que te haya menospreciado o ridiculizado, pero créeme, he adoptado una estabilidad que antes no poseía, por primera vez veo una razón a mi existencia. Supongo que esto tampoco será coser y cantar para ti, lo veo en tu mirada, pero ya lo sabes:

Tienes el Yin Yang de tu lado.

[Creo que tras esto todos comprenderéis que debo saltarme las mismas reglas que yo establecí en su momento. Óscar está sobrepasando las propias reglas de la vida y la muerte. Sé que a mí no me concierne para nada, pues mi tarea es la de narrar y cosechar. Sin embargo, todos sabéis por qué lo hago y tal vez esto implique avanzar en mi búsqueda. Puede que a partir de ahora mi relación con Bruno cambie y no sólo me dedique a contar sus vivencias como un mero espectador. Es probable que ahora yo, la Sombra, tome cartas en el asunto. Creo que algunas piezas están empezando a encajar.

Y no me gusta cómo está quedando el puzle…]

domingo, 22 de septiembre de 2013

El Discípulo [1/3]

Era el primer día de clase, no se haría gran cosa. Los profesores se presentarían, los nuevos harían amistades, nos darían el nuevo horario… Lo de siempre, no por ser Bachillerato iba a cambiar la monotonía…

Este era el pensamiento con el que Uriel acompañaba sus pasos de camino, otro Septiembre más, al Instituto Los Heraldos. Mientras iba de camino el frío viento impactaba contra su cuerpo. Tendría que haberse abrigado más. ¿Cómo era posible que el paso de verano a otoño hubiera sido tan radical? Los otros años, en los primeros días de clase, hasta estar en el aula era insoportable debido al calor. Sin embargo hoy hacía un clima gélido digno de enero.

Dobló la esquina y ya, en la lejanía, en la puerta del Instituto, pudo distinguir las siluetas de sus amigos. Sonia estaba apoyada en la pared con las manos en la espalda mientras charlaba entre risas con Marta, seguramente se estarían contando con pelos y señales todo el verano que habían vivido. Por otro lado, sentado en el suelo con las piernas encogidas y la mirada perdida, estaba Arturo. A la derecha de los tres se encontraban los gemelos Raúl y Sergio. Ambos, como buenos analizadores, no perdían ojo a cada nuevo estudiante que pasaba a su lado, y tras el análisis compartían sus opiniones. Por último, aún desorientada, sin encontrar al resto, estaba Paula dando vueltas entre los grupos de alumnos.

Uriel se aproximó hasta Paula y la llamó. Ella se alegró al verle y él le guio con el resto. Todos saludaron a los dos. Paula se fue con las chicas mientras que él se sentó al lado de Arturo. Era el más callado del grupo, pero eso a Uriel no le desagradaba, de hecho hacía más interesante la relación de amistad que tenían ellos dos. Sabía que Arturo no se mantenía en silencio por desprecio a los demás, sino que esa era su forma de dejarte entrar en su hábitat, eso sí, con la condición de no romper el mutismo. A Uriel a veces le gustaba la tranquilidad y sabía que con la compañía de Arturo el silencio era de todo menos incómodo.

Era un verdadero alivio para el grupo que todos hubieran escogido el Bachillerato de ciencias, además de que algunos compañeros del año anterior, los cuales no les caían muy bien, se habían perdido por el camino al escoger otra modalidad. No obstante, ya se había filtrado la lista de la clase y sabían que en gran parte volverían a ver caras conocidas.

Quince minutos después del reencuentro las puertas se abrieron. Ahora tocaba ir en manada a intentar entre la multitud hallar la lista de la clase correspondiente y colocarse en la fila indicada. El grupo de amigos fue directamente a la fila, pues ya sabían que pertenecían a la clase B. Pese a ello, no fueron los primeros en llegar, allí les esperaba Blas, más conocido entre el resto de la clase como la Cucaracha. Fue una verdadera sorpresa para ellos, de hecho no figuraba en la lista, y sin embargo estaba ahí, afirmando que se había cambiado a ciencias en el último momento y que por eso aún no aparecía en el papel. Tenía el mismo comportamiento que Arturo, distante, callado e introvertido, pero entre los dos había una gran diferencia que espantaba a los que pretendían hacer amistades: su indumentaria. Siempre que le preguntaban si era gótico él contestaba con un rotundo no, seguido de un “la palabra correcta es siniestro”. Con los párpados sombreados y dos líneas negras pintadas que salían de sus ojos y alcanzaban las mejillas, una camisa negra, un collar de pinchos, una cadena metálica que colgaba, atada a su kilt, y unas Dr. Martens negras. Siempre vestido y maquillado de la misma manera… inmutable.

Tan sólo se dirigieron un saludo y él concluyó la conversación con la aclaración antes contada. Tras ello, cada uno fue por su parte, Blas siguió en el principio de la fila, estático, y el grupo de amigos siguió charlando a la espera de los nuevos allegados.

No tardaron mucho en venir el resto de antiguos compañeros. Los siguientes fueron la pintoresca pareja de enamorados, Amador y Amanda. Su historia amorosa corrió como la pólvora por todo el Instituto debido a la curiosa coincidencia de los nombres y lo que sentían el uno por el otro. A todos les caía bien la susodicha pareja, incluso levantaban respeto en el sociópata de Blas. Siempre sonreían, sabiendo que pasara lo que pasara se tenían el uno al otro. A veces se bromeaba con que dejaban tras de sí una estela que causaba diabetes a quien les viera manifestar su amor.

Unos segundos después llegaron los insoportables hermanos Ricardo y Sebas. Realmente no eran hermanos pero tenían una amistad tan fuerte que entre ellos se habían adoptado mutuamente. No hacía falta saber el futuro para adivinar qué asientos iban a escoger al llegar al aula: los que se encontraran más atrás. Siempre se oía de fondo sus voces y risas, ideando día sí y día también alguna broma para sus mil y una víctimas de la clase. No obstante se podía tener plena confianza a la hora de pedirles un favor.

En cinco minutos la fila se llenó. El resto eran caras nuevas, aunque aún quedaba un antiguo estudiante por acudir. No era extraño, ya se le conocía por llegar tarde siempre. Era el friki de la clase, y no se le llamaba así con intención despectiva, era él mismo quien, con orgullo, exigía que se le denominara así. Sandro mantenía entre sus manos una consola más tiempo que un libro, y sin embargo siempre aprobaba con buena nota. Cuando se le preguntaba su método él respondía que, al contrario que el resto, él consideraba el estudio como un videojuego donde la misión era recopilar información para luego hacer un “informe”.  Desde luego para Sandro el rol le era de gran ayuda. Se llevaba bien con todo el mundo, hasta con Blas. Era el único que se había molestado en iniciar con él una conversación más de una vez, a pesar de que este le respondiera de manera brusca y seca.

Así que ya estaban todos. Quince personas nuevas, un siniestro, un dúo de chiste, una pareja perfecta, un friki, una despistada, dos potenciales investigadores, dos grandes amigas, un tímido introvertido y un futuro filósofo, Uriel. Veintiocho en total. El curso prometía.

Por los altavoces de las paredes retumbó la voz del director. Los alumnos, como era de esperar, hicieron caso omiso y siguieron con el vocerío. Ninguno podía escuchar a qué clase iba a llamar primero. Pero eso no era problema para Raúl y su increíble audición. A duras penas el resto se enteraba de las palabras que salían de los altavoces. Caos en la entrada, como de costumbre.

Llegó el momento y Raúl avisó a los demás para avanzar hacia la entrada al edificio, pero el avance cesó rápido. Una muchedumbre de críos obstaculizaba el paso. Más de uno les pidió permiso para pasar, la única respuesta era la ausencia de esta. Entre nervios y gritos de los novatos era imposible que abrieran algún hueco para continuar hasta la entrada.

-Ya me ocupo yo…

Era la voz de Blas. Estaba claro que si ayudaba era porque sacaba beneficio, y podía comprenderse. Para una persona como él, la situación actual del patio, infestada de personas, era una auténtica pesadilla. Preferiría encerrarse en un aula con veintiocho personas que estar al aire libre con cientos de ellas. A todos les intrigó qué iría a hacer él para que los niños les permitieran alcanzar la entrada. Aunque realmente no tuvo que hacer absolutamente nada, tan sólo ponerse el primero de la fila y mirarles fijamente. En cuestión de segundos todos los niños se habían alertado entre ellos y la presencia de Blas ya no era desconocida. A partir de ahí, con tranquilidad les fue abriendo el paso al resto de la clase. Los únicos que se reían eran Sebas, Sandro, Ricardo y un par de los nuevos.

Al entrar, el secretario hizo una breve pausa para mirar el mapa de las aulas que tenía y, seguidamente, les indicó dónde debían ir. Aula 2 de Biología, planta 1. Al parecer el tutor iba a ser el mismo que les iba a dar biología. Una noticia buena para empezar. Y si el profesor era el renombrado Jose Luis, la noticia era el doble de buena. Un profesor que daba las clases de una forma totalmente amena, hacía que, hasta siendo de letras, llegases a adorar el método científico.

Marta, Paula y Sonia fueron corriendo para ver si era cierto aquello. Cuando los demás alcanzaron el pasillo del aula vieron las caras sorprendidas de las chicas. No hacía falta asomarse al cristal de la puerta para percatarse de que Jose Luis no estaba dentro. ¿Quién era, entonces, el profesor?

Cuando este vio asomada a Paula fue rápido para abrir la puerta. Todos aligeraron el paso para poder elegir un buen pupitre. Los únicos que mantuvieron el paso lento fueron Blas, Sandro, que seguía enfrascado en su mundo, Arturo, que prefería apartarse de los nuevos, y Uriel, que le acompañaba. Los cuatro juntos pero en silencio. Había que romper el hielo.

-Bueno. ¿Os ha dado tiempo a hacer muchas cosas este verano? – preguntó Sandro –.

-No mucho. Parece que el año mete un acelerón cuando llega el calor… – respondió Uriel –.

-A mí esa tontería de la añoranza veraniega se me quitó cuando me enteré de que ha ingresado en Los Heraldos cierto profesor de… cierta fama – contestó repentinamente Blas –.

-¿Cierta fama? – dijo con gran interés Arturo, el cual necesitaba un gran motivo para hablar a alguien, y más tratándose de la Cucaracha –.

Desgraciadamente Blas no tuvo tiempo para aclarar la incógnita. El camino era corto y ya en la clase había silencio, no sería conveniente entrar hablando, máxime cuando se trataba de un cotilleo que podría provocar el alboroto entre todos. Sin embargo, y en contra de su naturaleza nada extrovertida, Blas les había prometido a los tres contarles la noticia tras la hora de la presentación.

Al entrar, los cuatro comprendieron por qué se mantenía la clase tan silenciosa. Si de un profesor variopinto se trataba la noticia, el aspecto de este indicaba que tenía las de ganar para ser él. Sentado en su silla, expectante a que llegaran los últimos, vestía una camisa blanca con costuras deshilachadas en las mangas y una corbata negra con un parche blanco mal enmendado. Seguramente, aunque no se viera, los pantalones también llevarían alguna señal de una costura de calidad deficiente. Pero lo más impactante no radicaba en su ropa, sino en su faz. Con una blancura casi nuclear, su piel también se mantenía abrazada a unos hilos, más en concreto las comisuras de su boca, de las cuales surgían dos largos tajos que casi llegaban hasta los lóbulos de sus orejas, ambas cicatrices cosidas con un grueso hilo negro. En la frente también presentaba una herida suturada de la misma manera, pero esta era mucho más pequeña en comparación. Asimismo uno de sus ojos no mostraba pupila ni iris alguno, tenía el cristalino tan opaco que se confundía con la esclerótica que lo rodeaba. En la periferia distante del ojo, sin embargo, lograba diferenciarse de entre todo ese blanco unas pinceladas rojas de carácter vascular.

Los únicos asientos que quedaban eran cuatro de los seis pupitres de atrás, en los dos ocupados estaban, obviamente, Sebas y Ricardo. Hasta ellos habían cambiado su mueca circense por una seria. Aquel profesor imponía, desde luego. Arturo y Uriel se sentaron juntos, y Blas no tuvo más remedio que sentarse al lado de Sandro.

Ahora todos estaban a la espera de que el extraño profesor se presentara. El silencio era incómodo y lento. La única pupila que tenía se iba fijando uno a uno en los veintiocho alumnos.  Había tres columnas, una de cuatro filas y las otras dos de cinco, todas compuestas por parejas de pupitres. En la columna menor se encontraba la mesa del profesor. Casualmente los quince alumnos nuevos se habían situado en los pupitres más cercanos. La única que se había sentado junto a uno de ellos era Paula, que estaba sentada justo delante de Marta y Sonia. Paula compartía asiento con una chica con la que las tres ya estaban haciendo buenas migas. No hablaban, pero se las veía sin dificultad alguna pasándose pequeños trozos de papel con mensajes.

Finalmente el profesor decidió levantarse y procedió a cerrar las persianas de todas las ventanas. Todos pensaban que iba a poner en el proyector algún video, pero la intención de él era algo diferente. La única iluminación que recibía el aula, tras bajar las persianas, era la luz que procedía del cristal de la puerta. Dicha luz dejaba la pizarra lo suficientemente visible como para que pudiera ser legible lo que el profesor estaba a punto de escribir.

“¿Quién es apto?”

Esa era la frase que había escrito. Ni dijo su nombre ni nada. Después de ello se echó a un lado y esperó de pie a que todos la leyeran. Los murmullos comenzaron a surgir entre los alumnos. Podría ser algún tipo de introducción al primer tema de biología.

Pasaron varios minutos y él seguía sin dar aclaraciones. Todos se preguntaban la razón de esos actos. Todos a excepción de Blas, quien ya había concluido que sí era el famoso profesor. Alguno tendría que dar una respuesta a su pregunta, y si no podían entre ellos hallar nada, tendrían que pedirle ayuda.

Uno de la primera fila alzó el brazo para pedir permiso para hablar. Justo antes de que pudiera decir algo, la mirada del profesor se clavó en él, frunció el ceño y sonrió. En cuanto mostró sus dientes, entre las sombras del aula todos pudieron apreciar que en la mano alzada del chico decenas de hilos surgían de entre su carne y rodeaban el brazo comprimiéndolo hasta tal punto que dichos hilos volvieron a hundirse y le seccionaron la extremidad.


Pasó tan rápido que la única reacción de la clase, incluida la de la propia víctima, fue una expresión muda, boquiabierta. El mutilado bajó lo poco que le quedaba del brazo y se observó, consternado, la ensangrentada herida. Comenzó a temblar y a gritar. Ese mismo alarido activó el mecanismo de defensa del resto de organismos de la sala y todos se levantaron de los pupitres para salir del aula.


Sin embargo la idea de escapar era errónea. Los otros tres de la primera fila se abalanzaron contra la puerta para abrirla, pero lo único que consiguieron fue perecer. El que tocó el picaporte recibió la metralla del cristal de la puerta, que acababa de romperse en mil pedazos sin razón alguna. Al que le seguía le fue cosida la boca y las narinas. Y el último fue atravesado cientos de veces por hilos tan dañinos como un alambre de espinos.

Por fortuna el resto reaccionó a tiempo y se alejó de la posición del profesor. Estaba claro que esas cuatro muertes eran por su culpa y no tenía ni que moverse para matar. La única opción que tenían era ir a la parte trasera del aula y golpear la pared hasta que alguien del aula colindante se percatara del ruido.

No obstante, eso tampoco era una buena idea. Blas, con tranquilidad agarró un papel de su libreta y escribió un breve texto. Luego fue llamando la atención de todos, en completo silencio, dando toques a sus espaldas. En el papel ponía lo siguiente.

“No ha escrito eso en la pizarra porque sí. Si nos mantenemos en silencio y seguimos sentados no moriremos.”

Era poco creíble, pero podría dar resultado, después de todo sólo había matado a los que intentaron alterar el ambiente. Así que lentamente, más calmados, todos volvieron a sus asientos y miraron de reojo a Blas esperando a que diera alguna orden más.

Él suspiró, no le gustaba para nada ser el centro de atención y ahora toda la clase aguardaba su pronunciación. Si estuviera exento de remordimientos escribiría un mensaje obligándoles a volver a alborotar la clase, así todos morirían y le dejarían en paz, pero después de todo el asunto era serio. Arrancó otra hoja del cuaderno y escribió.

“Me he dado cuenta de que podemos comunicarnos si nos pasamos mensajes de esta forma. Parece que nos permitirá hacer cualquier cosa que no implique romper esta tranquilidad. Pásale este mensaje al siguiente.”

Le enseñó el mensaje a Sandro y luego lo hizo una bola para lanzárselo a Arturo. El papel fue pasando a cada uno de ellos. Una vez todos enterados, le llegaron unos cuantos papeles preguntando qué había que hacer ahora. Lo único que se lo ocurría a Blas era algo que seguramente a nadie le iba a gustar, y era esperar a que acabara la hora. Maldijo en ese momento que no compartieran su misma indiferencia al sacrificio. Se entiende que estar en una clase fingiendo calma con tres muertos dentro es un poco difícil, pero ahora primaba la supervivencia.

Había dos cosas claras que no se podían hacer: levantar la mano y abrir la puerta. Esa última prohibición era la que incomodaba a Blas, cuando llegase el momento, ¿les dejaría salir o les mantendría ahí encerrados por siempre?

No le importaba mucho si vivía o moría. Así que emplearía eso a su favor para experimentar. Ante la mirada preocupada del resto, Blas se levantó del pupitre y caminó por el aula. Al parecer eso estaba permitido. Siguiente prueba. Se aproximó a la pizarra y agarró una tiza, entonces volvió la cabeza y observó la reacción del profesor. Por primera vez Blas sintió verdadero miedo, ahí estaba él, con su único ojo sano mirándole, como un espectador, mando en mano, dispuesto a cambiar de canal en el momento que el programa no fuera de su agrado. Así se veía él, si cometía un paso en falso, si llegaba a hacer algo que para el macabro mundo del profesor no era legal, terminaría como un muñeco lleno de costuras.

Levantó el brazo y apoyó la punta de la tiza contra la superficie de la pizarra. Tragó saliva, cerró los ojos e hizo un ligero trazo. Seguía vivo, pero aún no se había comprobado lo que realmente quería. Llevó su mano izquierda justo debajo de la pregunta y se dispuso a escribir una respuesta.

“Todos somos aptos.”

Blas volvió a mirar la cara del profesor. Ahora sonreía en señal de aprobación, así que todo iba según como esperaba, ya sólo quedaba la prueba definitiva. En otro lado de la pizarra escribió una orden para el resto de la clase.

“Levantaos y poneos en fila. Nos vamos.”

Claramente muchos no comprendían la locura que Blas estaba cometiendo al querer salir. Era un suicidio. Sin embargo ya habían visto que con sus indicaciones seguían vivos. Sin rechistar formaron una fila. Blas soltó la tiza con cuidado y se puso al principio de esta. Fue entonces cuando se acercó a la puerta y con suma delicadeza colocó su mano en el picaporte. De momento todo bien, ningún hilo brotaba de su piel. Despacio lo giró y fue abriendo con suavidad la puerta. Vivo aún. Volvió a tragar saliva y puso un pie fuera del aula. Volteó la cabeza y mostró a los demás alumnos una mirada de éxito. Aligeró un poco el paso y al cabo de pocos segundos todos habían conseguido salir sanos y salvos de aquel habitáculo de pesadilla.

Aún guardaba silencio, aunque el profesor no les seguía. Blas había metido varios papeles en sus bolsillos con órdenes estándar por si se volvían a encontrar en esa situación. El primero que extrajo fue uno que decía que tenían que salir del Instituto y alertar a la policía.

Pero sus esperanzas se deshilacharon de sus mentes al abrir la puerta. El patio era un estanque de sangre. Todos los grupos que quedaban aún por entrar en sus respectivas aulas habían sido reducidos a trozos de carne minúsculos. Aquello era como una montaña gigante de carne picada bañada en una fuente carmesí. Desolador. Algunos alzaron la vista y vieron en las ventanas de varias aulas huellas sanguinolentas…

La cosa estaba clara, por un lado tenían la fortuna de haber escapado de aquel psicópata, pero por otro lado tenían la desgracia de que ahora mismo, muy posiblemente, fueran los únicos supervivientes de lo que podría considerarse una masacre escolar. Estaban solos frente a un campo de batalla virtualizado por un hombre que sin mover un solo músculo trazaría tu epitafio en un cenizo lienzo.

Invadidos por la tristeza y la furia fueron hasta las puertas de la salida. Pero tremenda sorpresa se llevaron al ver que, aunque les hubiera dejado salir del aula, no iba a ser igual de permisivo a la hora de salir del Instituto. La verja de la puerta estaba totalmente rodeada de miles de hilos de los cuales surgían otro centenar de agujas.

Se echaron atrás e intentaron buscar otro sitio por donde escapar. Mientras pensaban en una alternativa, dos de ellos, también de los nuevos, cargaron contra la verja para saltarla. Sin embargo no llegaron muy lejos. Nada más poner las manos en la puerta, como si hubieran activado una trampa, todas las agujas se lanzaron hacia sus vientres. Penetraron y salieron de la carne mil veces hasta que fueron partidos en dos. Las piernas cayeron inertes al suelo, pero la parte superior, aún viva, fue sujetada por gruesos hilos, los cuales les zarandearon hasta sacarles las vísceras… La imagen fue terrible y más de uno tuvo que mirar hacia otro lado impotente sin poder gritar, pues se jugaba la vida si lo hacía.

Con todo lo ocurrido Blas ya sacó las primeras conclusiones. Ahora se enfrentaban a un experimento. Como buen profesor de biología les sometería a cualquier atrocidad para ver cómo iban a actuar. No estaba del todo seguro si la recompensa por comportarse como una buena rata de laboratorio iba a ser la libertad, pero de momento algo era cierto: había que seguir con vida. Muy probablemente él era sólo uno y el grupo disponía de dos avizores, tres cerebros, cuatro atletas, un estratega, tres ágiles y algún que otro… señuelo. Parecía que era cierto. El curso prometía.

viernes, 13 de septiembre de 2013

El Consejo de los Seis Puñales: Sangre [9]

Los Cuatro Brujos fueron al lugar donde Tenebra e Ignis habían iniciado su viaje. Nexus esperaba que Inanis y Hex hubieran entablado una conversación con ellos dos antes de marcharse, pero ni siquiera tuvieron tiempo para acercarse. Inanis sabía que la esfera azul eléctrico que sostenía Ignis tenía algo que ver. Como cualquier otro Brujo, ambos eran capaces de crear portales, pero no del calibre suficiente como para ir a otra Dimensión, incluso Nexus, Gran Brujo del Vínculo, tuvo que bañarse en magia pura para enlazar dos mundos.

Les pillaron in fraganti. Los dos estaban completamente concentrados, canalizando sus magias hacia el portal que se hacía cada vez más amplio. Inanis preguntó qué pretendían hacer, pero no obtuvo respuesta de ninguno. Hex quiso aproximarse a ellos, sin embargo, una especie de barrera invisible les bloqueaba. Una vez que el portal estaba completo, abrieron los ojos y les miraron. Tenían una mirada taciturna, con una expresión facial rendida. Algo les tendría que haber ocurrido.

Nexus si se lo pensó dos veces y propuso a los demás el viajar a la Tierra. A pesar de la grandeza del mundo, las partículas residuales de maná formadas recientemente por el portal que abrieron ellos provocarían una inevitable conexión entre la Dimensión Demoniaca y la Tierra llevándoles al punto exacto donde ellos han concluido el viaje. En otras palabras, sería cuestión de minutos, quizá un par de horas, el encontrarles.

Según lo que Inanis había contado, habían regresado por voluntad propia, pero Nexus era incapaz de replantearse la opción de una traición al Consejo. Y eso era otra… ¿qué harían con los aprendices de sus respectivas escuelas de magia? Aún permanecían en las posadas. En absoluto los dejarían allí. Tal y como estaban las cosas, y con tantos enemigos al acecho, el potencial mágico, Grandes Brujos inclusive, estaba muy por debajo de sus auténticas capacidades, así que tenían que mantenerse unidos. Si la calidad no era efectiva, emplearían la cantidad.

Inanis y Nexus eran los más veloces, así que la Abisálica fue a por los Brujos de la Llama y el Aespacial a por los Brujos de la Oscuridad. No tardarían mucho en regresar. Mientras tanto, Hex y Luzbel recorrieron las tierras cercanas para cerciorarse de que nada más que ellos, a pesar de que hubiera empezado a amanecer, anduviesen por el Bosque de la Penuria.

El Lengua Vil comenzó a percibir restos de maná distintos a los del portal. Le eran familiares, pero aquel que hubiera dejado el rastro también había evocado un aura que dificultase sus “huellas”. Este alertó a Hex y le comentó que había un hechizo bloqueador por los alrededores. Por suerte Hex sabía cómo contrarrestar eso. Le pidió plena confianza a Luzbel y este aceptó. Le dijo que se tumbara y, tras ello, se puso de rodillas y colocó su mano izquierda en la frente del Lengua Vil. Mal Fario se concentró plenamente en unas palabras, las cuales pertenecían al conjuro que estaba a punto de realizar. Luzbel aún desconocía qué iba a hacer, pero ya le había sorprendido antes el arsenal de hechizos que se decía que Hex conocía. Tenía un contrahechizo para todo, así como una cura. Habría que esperar para ver qué sucedía.

En cuestión de segundos Hex volvió a abrir los ojos y separó bruscamente la mano de su frente, agarrando en ella lo que parecía una réplica morada traslúcida de la cabeza de Luzbel. Lo que había hecho fue arrancarle un trozo de su alma compuesta de puro maná, así el hechizo bloqueador sería inmune para él y podría olfatear el rastro. Luzbel al principio se asustó un poco al verse a sí mismo tendido en el suelo, pero Hex, aguantando una pequeña carcajada, se lo explicó con paciencia. Ahora era turno del Lengua Vil el averiguar quién había rondado… o aún rondaba por allí. Ya habían cometido demasiados pasos en falso, no podían permitirse que, en sus estados, otro hechicero se pusiera a darles caza.

-¿Hallas algo?

-De momento no, pero sé paciente. De lo único que no estoy seguro es de quién anda por aquí. Pese a la incógnita, tengo una ligera sospecha de que ronda un Asceta.

-¿Se puede saber qué hace un Asceta en estos lares, en esta Dimensión? – preguntó incrédulo Hex –.

-A mí también me resulta raro… Podría esperarme hasta a un Cruzado por aquí, pero un Asceta… Ni siquiera van a estos mundos para destruir lo que ellos consideran el Mal. Totalmente tranquilos, apacibles y precavidos. Lo único que se me ocurre es que…

-Un demonio haya aprendido esas artes. Interesante, y no se me hace muy extraño, después de todo yo ahora mismo soy de todo menos humano, y sin embargo preservo mis dotes de hechicero. Quizá estemos siendo testigos de la desconocida grandeza del maná. No discrimina.

-Sí, estás en lo cierto. No obstante, estas suposiciones son secundarias, sea humano o demonio, si actualmente está por aquí más le vale que sea por simple turismo y no esté metiendo la nariz donde no le llaman…

La voz de Luzbel se volvió grave y aterradora en esas últimas palabras. Hex se fijó en su mirada, sus pupilas eran las de un demonio. Desde luego si veía al Asceta por aquí sólo le haría una pregunta para saber sus intenciones, y eso con suerte. Viendo lo que le había hecho a un Ilusionista, un Asceta, aunque gran hechicero espiritual, en contra de toda atadura material, no sobreviviría a las afiladas garras de su lado demoníaco.

El alma de Luzbel siguió rondando contacto cada tres minutos con Hex. Estuvieron veinte minutos así hasta que regresaron Inanis y Nexus. Entonces, cuando todos los Brujos hicieron un círculo alrededor de los Cuatro Grandes Brujos aguardando la invocación del portal que les llevara de vuelta al hogar, cuatro muros de luz se alzaron encerrándolos. Uno de ellos, más transparente, descubrió una silueta tras de sí, la cual se presentó nada más los gritos y preguntas de los Brujos cesaron.

-Ha sido un buen intento el del Demonólogo, pero  uno de los tuyos no podría ni percatarse de mi presencia aunque estuviera en frente de él. Estaba fusionado con la luz y en el Plano Sagrado no tienes poder alguno. Lo del hechizo bloqueador, un mero señuelo… Pero vosotros dos no decaigáis, no había posibilidad de que me encontrarais, así al menos os he entretenido la espera.

-Entonces sí eres un Asceta. Y ya que no tienes peligro con nosotros atrapados… ¿Te importa mostrarte ante tus presas?

-¿No te ha dejado clara mi superioridad la trampa de antes? – le preguntó entre risas –. Si me mostrara, ante el más mínimo contacto ocular con tu amigo el Profano, podría caer víctima de una de sus mil y una maldiciones. Soy un Asceta, podría disipar sus hechizos, pero este ocultismo es de mayor garantía.

No era como los otros hechiceros a los que se habían enfrentado, y dado que ya conocía a dos de ellos por su título de Gran Brujo, la única posibilidad de Hex y Luzbel barajaban era que o bien era uno de los Brujos que otrora era un Mago maestro en la magia sagrada, o estaba contactando con alguno de los aprendices. Eran sólo días los que habían transcurrido desde que habían formado el Consejo, y eso hacía casi improbable que el Asceta perteneciera a la Tierra. Sin embargo, si Ignis había empleado una esfera que le permitía regresar, podría ocurrir al revés y que alguien, usando algún instrumento parecido, viajara hasta aquí. Era improbable que la raza del Asceta fuera humana, pero aún era más imposible que fuera un demonio.

Dejando eso a un lado, al menos no iba a matarles de momento. Lo único que podían hacer ahora mismo era compartir toda la información con Nexus e Inanis, tal vez ellos tuvieran una nueva teoría o hubieran visto algo extraño durante la ida a por los aprendices de los otros Grandes Brujos. Intentaron, mediante susurros, hallar alguna forma de escapar. Hacer un muro de defensa mientras Nexus creaba el portal no era posible, el Asceta había sido listo, esas barreras de luz no eran simples barrotes de una cárcel, sino que anularían todo uso de magia negra, la cual emplea todo Brujo. La única opción era idear algo que anulara su magia sacra o directamente le matara.

Fue cuando Inanis preguntó a Nexus si era capaz de invocar el Puñal Omnipresente en cualquier lugar, aunque se hallara en otra Dimensión. Ante su respuesta afirmativa ella le arrebató el puñal y con una cadena mágica lo ató a su Puñal Ignoto. Seguidamente imbuyó de maná su puñal y lo lanzó hacia el Asceta. Todos se quedaron sin palabras pensando que era una ofensiva sinsentido y sin estrategia alguna. Pero pronto sabrían que la agilidad mental de Inanis era más fascinante de lo que creían.

Con el poder del vacío, así como los agujeros negros devoran la luz, el Puñal Ignoto atravesó sin dificultad alguna el muro de luz e impactó en el Asceta. Como era de esperar, eso debilitó su concentración y los muros se atenuaron permitiendo un uso más potente de la magia negra, lo suficiente como para que Nexus creara el portal. Sin embargo, para ello necesitaba su puñal, y este estaba atado al de Inanis, en el pecho del Asceta.

Inanis insistió en que empezara a canalizar la creación del portal, pues el poder arcano del Puñal Agónico y el Puñal Poseído podrían otorgarle la energía que necesitaba. Y estaba en lo cierto. Sin otra alternativa Hex y Luzbel potenciaron sus puñales y se los dieron a Nexus. Inanis, mientras tanto, seguía transmitiendo magia a su puñal para que el Asceta tardara más en levantar nuevamente los muros.

Dos minutos después el portal se abrió. Primero entraron los aprendices, luego Nexus y Hex. Cuando era el turno de Luzbel, este se paró en seco queriendo acercarse antes al Asceta para ver su aspecto, pero Inanis le imperó que entrase ya que apenas le quedaban fuerzas para seguir manteniéndolo en el suelo. El Lengua Vil no insistió, ya regresaría para tener un enfrentamiento digno. Por último ella entró y el portal se cerró.

El viaje no duró mucho y enseguida aterrizaron en unos terrenos áridos, unas vastas llanuras donde el único sonido que se oía era el soplar del viento. Eso… y el choque de placas de metal.

No habían cambiado mucho la situación. Aparecieron rodeados por cientos de soldados que les apuntaban con el filo de la espada al cuello. Ni siquiera el más veloz de los hechizos podría evitar que les rebanaran la cabeza. Y repentinamente, de entre la multitud, una voz fuerte se escuchó.

-¡Nada de piedad! Ante el más mínimo movimiento, ante el mínimo contacto visual sospechoso, ante cualquier palabra que ellos reciten, les cortáis a todos la cabeza. Recordad que no estáis tratando con personas normales… son hechiceros.

Nexus observó los alrededores y en la lejanía pudo ver a Ignis y a Tenebra, estaban quietos, sin ataduras, expectantes. ¿Serían de verdad traidores? Ni en sus miradas había pena ni remordimiento. La esfera que usó Ignis ya había abierto muchas dudas entre los Brujos, pero Nexus se negó a creerlo, aunque ahora, viendo la situación, únicamente podía agachar la cabeza, decepcionado.

Poco a poco, mientras aguardaban a que el posible líder de esos soldados se abriera paso hasta llegar a los Brujos para dar la orden de ejecución, muchos de ellos fueron dándose cuenta de que los dos Grandes Brujos desaparecidos se encontraban allí. Se mordían los labios, impotentes, sin poder gritarles.

En cuestión de segundos, el número de hechiceros terrícolas se reduciría drásticamente. Cada vez los pasos del líder se aproximaban y ya se veía asomar entre las cabezas del pelotón el gran mango de la espada que reposaba en su espalda, enfundada. Sin embargo, justo antes de llegar a los apresados Nexus vio que a los pies de los soldados se estaban arremolinando sombras. Le parecía imposible, miró a Tenebra y sus sospechas se cumplieron. Con los brazos alzados, ella estaba invocando todas esas sombras. Y nada más se formaron bajo cada soldado, a una velocidad vertiginosa surgieron hebras que se amarraron en las espadas y brazos de ellos impidiéndoles el manejo del arma. Justo después, Ignis conjuró una potente lluvia ígnea que abrasó sin tiempo de respuesta a todos.

-¿¡Se puede saber qué es esto!?

El único superviviente, aparte de los Brujos, fue el líder, al que ahora, estando el resto de soldados en el suelo, muertos, sí se le pudo reconocer. Todo su rostro y su pecho, el cual estaba al descubierto, se encontraba inundado de gruesas cicatrices azules. En cuanto Inanis alzó la cabeza y le vio, no pudo evitar sobrecogerse.

-No puede ser… Entonces la leyenda era cierta…

-¿Qué leyenda, hermana?

-A juzgar por sus marcas, ese debe ser Androk el Descuajeringador. Perteneció a la última casta de Bárbaros, los Descuajeringadores. Como ya sabéis, estos eran los únicos luchadores cuerpo a cuerpo que no huyeron cuando los hechiceros iniciaron la Guerra de los Arcanos. Por supuesto estaban en contra de la magia, pero, irremediablemente, los residuos de maná se adhirieron a sus cuerpos dotándoles de una fuerza y resistencia descomunales. Los pueblos, atemorizados ante su creciente poder, decidieron acabar con ellos. Los Magos más poderosos del momento crearon bombas de energía pura que evaporarían toda materia que se encontraran en el radio de la explosión. Fueron lanzándoles una por una en las casas donde residían. Fue una masacre… Pero se dice que un Descuajeringador joven sobrevivió. Tenía tanto maná en su cuerpo que la explosión sólo le provocó cientos de heridas no mortales. Dichas heridas albergaron un poder increíble en su interior con el cual ningún hechizo podría dañarle. Y si esto es cierto y el Bárbaro que hay delante es Androk… Creo que la muerte de su ejército no ha servido de mucho.

-Preciosa biografía, Inanis, déjame escribir las últimas líneas… ¡con tu sangre!

Era la segunda persona que conocía a alguien del Consejo. Definitivamente había alguien compartiendo información. Por su parte, Androk, nada más terminar la frase, desenfundó su espada y arremetió contra la Abisálica. Ella creó una barrera de vacío para evitar el ataque. Lo logró, pero no como esperaba, la barrera se quebró y desencadenó una violenta explosión esparciendo a todos los Brujos por el terreno.

Tenebra, por medio de garras sombrías, arrastró a todos al lugar donde ella e Ignis se encontraban. Mientras, Ignis, encerró a Androk en una cúpula flamígera. Sabía que no le encerraría durante mucho tiempo, pero el suficiente para dar ciertas explicaciones.

-Como habréis pensado todos, por no decir la mayoría, no, no somos traidores. Hemos regresado a la Tierra porque un demonio Clarividente que pasaba por el Bosque, ya nosotros libres de Shan, supo que éramos del Consejo. Él nos avisó de que en nuestro Plano de origen se estaba formando un pelotón de asalto para darnos caza en el que se encontraban algunos poderosos hechiceros, como el Ilusionista que nos hizo retrasar el viaje.

-Él nos dio una esfera mágica – prosiguió Ignis –. Con ella nos aseguró que iríamos a un punto cercano del sitio donde se encontraba dicho ejército. Lo que no nos esperábamos era que íbamos a aparecer justo a su lado, sin más opción que fingir rendición. Nos reconocieron enseguida, y claramente hubiéramos muerto si no llega a ser porque conseguimos convencerles para que nos dejaran vivos a cambio de traer al resto de Brujos. Por suerte, la decisión de no buscaros para viajar juntos a la Tierra nos había salvado la vida.

-Y conociéndoos, era cuestión de tiempo que vinierais a buscarnos. Por esa razón ignoramos a Inanis y a Hex, para que la intriga acelerara el proceso. En cuanto os tenían atrapados, sólo tuvimos que esperar a que todos nos dieran la espalda para ejecutar el plan. No obstante, parece que el líder ha sobrevivido, y por lo que has contado, Inanis, no hay otra opción que escapar.

-Sí… al final, por desgaste, acabaría matándonos. Me fastidia que seamos mayoría y aun así no tengamos posibilidades…

Como ya sabía Ignis, la cúpula acabó por romperse. Nexus invocó rápidamente su Puñal Omnipresente, atado aún al de Inanis, este se lo entregó a ella y con el suyo, con suma celeridad, invocó un portal que les trasladaría lo suficientemente lejos como para que Androk no les encontrase.

Todo salió a la perfección, aunque algunos acabaron mareados. No era muy recomendable viajar a través de portales durante mucho tiempo, y recientemente ya habían viajado en uno. Ya sanos y salvos, Luzbel quiso saber más acerca de ese Clarividente.

-Oye, Tenebra, ¿por casualidad el demonio que os dio la esfera os dijo su nombre?

-Eh… sí. Creo recordar que se llamaba… Um… Tathis Portaluz. ¿Por qué?

-¿Y os mostró el rostro?

-Ahora que lo mencionas, no. No pudimos verle.

-Genial, tanto en un Plano como en otro nos quieren ver muertos…

Tenebra no entendió la última frase de Luzbel. Él les contó a Ignis y a ella todo lo ocurrido hasta que consiguieron crear un portal de regreso. Esas dos preguntas dejaban claro que el Asceta les había dado la esfera con la intención de matarles. No había sido un simple error que aparecieran justo en frente de los soldados de Androk. Dividiendo a los Brujos entre un Plano y el otro era mucho más sencillo el acabar con ellos. No podía saber aún si era realmente el primer demonio Asceta o Tenebra lo aseguraba por residir en el Plano Demoníaco, pues al fin y al cabo no le habían visto la cara. Pero una cosa estaba clara… Tathis y Androk, Luz y Sangre, eran aliados.

E iban a por ellos.

sábado, 31 de agosto de 2013

Helio

Henos aquí, flotando en esta gran masa vacía conocida como Universo. Desde la ventana puedo ver una pelota azul y verde. Qué impresionante, la Tierra minimizada. Es cierto eso de que ver dicha imagen con tus propios ojos te hace pensar… Somos tan insignificantes. Al otro lado, en la ventana opuesta, el Sol, un Titán comparado con la Tierra. Aunque ahora se muere.

Sí, esto no es un viaje espacial normal. Pertenezco a la primera tripulación que viajará hasta el Sol. No es ninguna locura, no hay peligro de que acabemos calcinados. Básicamente porque la estrella, otrora radiante, se ha apagado, se ha convertido en una enana negra.

Simplemente, en cuanto las corporaciones aeroespaciales se enteraron de esto, nadie se lo pudo creer. El Sol estaba en la etapa de gigante roja, y, de un día para otro, sin explicación alguna, ha pasado a una de las últimas fases de las estrellas. Pocas de estas hay en el Universo, pues aún es relativamente joven. Para que esto ocurra dicha estrella debe gastar toda su energía, y siendo el Sol una estrella “adolescente” no cabe en la cabeza de nadie que en menos de 12 horas se haya consumido.

Pero lo más espeluznante sucedió las horas posteriores al descubrimiento, cuando algunos creían que el Sol se había marchado de nuestro Sistema o, un poco más creíble, nosotros nos habíamos salido de la órbita. Nos pusimos en contacto con el otro lado del mundo, donde era de día. Estaba claro que allí habrían sido testigos del apagón del astro rey. Sin embargo, por causas desconocidas, todos los supuestos testigos de aquel fenómeno acabaron muertos. No recibimos respuesta, medio mundo acababa de perecer.

Una gran cantidad de militares se dirigió a Asia y Oceanía ante el mutismo de su población. Fue entonces cuando vieron los cadáveres… y la causa de sus defunciones. La mayoría de nosotros ya sospechaba que algo horrendo había ocurrido. Medio mundo no puede haber decidido ignorar en mutuo acuerdo a la otra mitad… no. Y así fue. Numerosas preguntas se hicieron los ciudadanos. ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba el Sol? ¿A partir de ahora tendrían que acostumbrarse a una noche eterna?

Preguntas las cuales fueron desveladas los días siguientes a lo que ahora se conoce como el Día Umbrío. Por un lado, los forenses averiguaron qué pasó. Fue algo macabro. Todos habían sido asesinados, un genocidio a escala continental. Se habían matado entre ellos… Por otro lado, los astrónomos, tras muchas investigaciones y observaciones, consiguieron encontrar una pista clave: la fuerza gravitatoria. Se percataron de que en ciertas zonas del espacio, donde antes se situaba el Sol, la luz se distorsionaba un poco. Eso quería decir que cerca había un cuerpo. Fueron calculando el trazado de aquella distorsión y hallaron la respuesta. Una circunferencia. Era el Sol, sin luz alguna. Quién les iba a decir que algo tan inaudito como es el divisar una enana negra lo iban a presenciar gracias a una estrella de la que se afirmaba con total seguridad que aún le quedaban millones de años hasta que cesara de alumbrarnos. Este mundo, este Universo, cada día me sorprende más.

Mientras las lamentaciones y las autopsias continuaban a la orden del día. Los mejores astronautas del planeta (la parte superviviente) fuimos llamados para emprender este viaje. Seríamos los primeros hombres en entrar en contacto con una estrella y no derretirnos en el proceso. El viaje sería largo, muy posiblemente de varios meses, pero merecía la pena. Aunque eso no quitaba que sintiera algo de temor al viajar hacia el Sol. Tanta oscuridad nunca ha augurado nada bueno. Y que todo aquel que vio personalmente el Día Umbrío acabara muerto ponía las cosas aún peor. Pero si todo salía bien haríamos historia…

Así que ya conocéis todo lo acontecido a priori. No obstante, aún nos queda una gran odisea por delante. A pesar de que ya la Tierra se vea minúscula, todavía el Sol no presenta sus dimensiones reales. Eso sí, el panorama es estremecedor. Un manto lleno de puntos blancos que parpadean, otros rojos, amarillos y azules, y entre todo ello, un gran círculo negro, vacío, como un portal de pesadilla en medio de un sueño. No miento cuando digo que cada vez que miro por la ventana y veo al Sol el corazón se me para unos segundos y parece que me atrae hacia él. Algo terrorífico con una pincelada de belleza.

Entre toda la tripulación sumábamos siete. Dos de ellos tenían una particularidad, cada uno procedía de un continente desolado por el Día Umbrío, uno era de Japón, el otro de Australia. Estaban realmente consternados y hablaban poco. Pese a ello se les animaba y se intentaba evitar el tema del genocidio. Yo no era uno de los que pensaba en aclimatar su duelo. Siempre he visto estúpido que se muestre una compasión hipócrita hacia alguien que apenas conoces. Puedo entender lo mal que deben sentirse al saber que en aquella masacre se vieron involucrados familiares y amigos suyos, pero no comparto ningún sentimiento…

De los otros cuatro, los dos pilotos, ambos de América, uno del Norte y otro del Sur, solían hablar constantemente por lo bajini entre ellos. A veces captaba algunos vocablos y eran realmente interesantes sus conversaciones. Al parecer, compartían información respecto al Día Umbrío más allá de la que los medios de comunicación mostraban al mundo. Repetidas veces quise hablar con alguno acerca del asunto, pero lo evadían con la excusa anteriormente mencionada de reducir la aflicción de nuestros camaradas.

Camaradas. Sí. Nuestro capitán era de Rusia. Lo más curioso de este… camarada era que sobrevivió a la masacre por cuestión de metros. De hecho, unas horas después de la transformación del Sol, empezó a cruzarse por la calle con gente enloquecida. Él vivía al este, pero no lo suficiente como para que le afectara aquel misterio. Justo antes de que ocurriera el Sol ya se había ocultado en el horizonte. Las farolas, ya encendidas, y el resto de contaminación lumínica impidieron a él y a los demás vecinos darse cuenta del oscurecimiento repentino. Pero unos kilómetros más próximos al centro de Asia la gente no tuvo tanta suerte, y en cuestión de minutos, alaridos y gruñidos llegaron a su ciudad… El resto ya lo supondréis. Él no quiere hablar mucho del tema, lo único que asegura es que sí, tuvo que matar a algunos de los afectados por pura defensa propia.

Así que, tres que preferían no hablar por recuerdos traumáticos y dos que se negaban a compartir información. Con el único que podía conversar un poco era con Khalîl, nacido en Kuwait, con quien entablé amistad mientras hacíamos las pruebas de preparatoria al viaje. Sus teorías en lo referente al Día Umbrío eran muy interesantes. Él afirmaba que la masacre y el apagón estaban relacionados, pero que el segundo era la excusa del primero, es decir, que primero se mató a sangre fría a la gente y luego, de alguna forma, se consumió la energía solar. Por supuesto, Khalîl también desconfiaba de nuestro capitán, pues, si su teoría era cierta, él no habría visto dementes atacándose entre sí, sino, una matanza sinsentido de inocentes. Decía, entonces, que por eso él, Roman, era el capitán, para supervisar que nadie se “excedía” con la investigación.

Un poco paranoico, sí, pero tampoco era muy creíble que si una estrella deja de alumbrar medio planeta decida matarse unos a otros por mero… ¿instinto? Si fuera cierto, entonces la humanidad se habría extinguido hace tiempo. ¿Cuántas estrellas habremos visto morir cada noche mientras miramos el firmamento? Aunque claro, me hubiera gustado estar presente y ver como repentinamente, como si de una simple bombilla vieja se tratase, un círculo blanquecino, totalmente luminoso, desaparece dejando a la oscuridad campar a sus anchas. ¿Causaría tal demencia dicho fenómeno?

Dejando a un lado las sospechas, prefiero continuar disfrutando del viaje y dedicar más tiempo al aspecto profesional. Haya pasado lo que haya pasado, aunque aterrador, lo único que hace es perder sentido cuanto más pienso en lo sucedido. Así que empezaré a abstenerme, como los otros tres, de hablar del asunto. Además, me encuentro cansado, supongo que será hora de acostarse ya.

Tras dormir unas horas me levanto a causa de un fuerte sonido sibilante que invade mi cabeza. El resto de la tripulación aún duerme, tal vez fuera un ronquido. Pero no, esa especie de susurro agudo, como el gemido de un fantasma, surge de nuevo. No llego a entender nada, aunque parece que son palabras lo que escucho. Intento prestar más atención y entre los susurros entiendo algo.

Contempla la verdad.

No entendía muy bien lo que quería decir esa frase. Sin embargo, recibo un súbito impulso de echar un vistazo al Sol. Sí, de ahí obtengo mi respuesta. Aún asombrado, diviso con dificultad en la superficie del astro varios tentáculos zarandeándose bruscamente de un lado para otro. Deben ser de un tamaño considerable para poder distinguirlos desde tal distancia. No son del todo oscuros, emiten una suave luz morada que me facilita su visión. No obstante, que ESO haya surgido de una estrella no es algo bueno, de hecho no consigo darle explicación razonable alguna. Tendremos que esperar a aproximarnos más para mirarlos con más detalle. Creo que el susto me ha dado hambre…

Pero justamente antes de girarme para ir a por algo de comer, otro susurro me alcanza. En este ya puedo escuchar con nitidez todo.

Analiza la situación. Los mejores astronautas del mundo habéis sido reunidos en una nave que podría vagar eternamente por el Universo. ¿Por qué los pilotos hablan a escondidas? Sí, ocultan algo. Piensa en lo que tu amigo te ha contado. Sí, ¿quién, sino el ser humano, cometería tamaña atrocidad? Sabes que cada día hay menos recursos, y el exterminio de una gran parte de la población solventaría por un tiempo este problema. Sabes que en el mundo la tecnología ha avanzado más de lo que se piensa. Al fin y al cabo, una estrella es una reacción de energía a gran escala. Las reacciones pueden pausarse. Recuerda, el Día Umbrío se realizó justo una noche de luna nueva, para que los del otro lado del mundo no vieran que la Luna dejaba de recibir luz solar. Está todo planeado y de los siete, siento decírtelo, tú eres el que no sabe la verdad. Dos han nacido en los continentes afectados, otro vio con sus propios ojos la masacre, otros dos saben cosas que tú no y el último es bastante inteligente como para que esa información la haya obtenido por simple actitud paranoide. Ata cabos… ata cabos.

No sé quién me está contando todo esto, pero lleva razón. Tengo que obtener respuestas. Seguro que Roman puede contarme más. Me dirijo al lugar donde duerme y le despierto. Nada más abre los ojos le exijo la verdad. Se niega e insisto. Quiere seguir durmiendo. Se da la vuelta y me ignora… Susurros.

Mátale. ¿Realmente crees que te dirá la verdad? No, te dirá su verdad, la que se ha difundido por los medios de comunicación. Es tu capitán, hasta podría obligarte a creer su versión. Nos es innecesario. Mátale.

Tiene razón. Tal y como dijo Khalîl, él sólo venía al viaje para cerciorarse de que seguíamos al pie de la letra lo estipulado. Nadie sentirá pena si lo mato, después de todo, nosotros seis sabemos sus verdaderas intenciones. Es lo mejor que puedo hacer por todos. Así que me dirijo a la popa de la nave y en una de las cajas de provisiones hallo una llave inglesa. Esto servirá. Vuelvo al camarote donde duerme Roman y le golpeo en la tráquea para que no pueda gritar. Tras ello, le golpeo repetidas veces en la parte superior del cráneo hasta dejarle el cerebro hecho puré. Está todo lleno de sangre. Primero limpio la que ha caído sobre mi traje y luego la del suelo… Susurros.

Muy bien, pero sabes que otros más pueden morir si no satisfacen tus razonables deseos. Ya sabes a quiénes me refiero.

Sí, lo sé. Jake y Juan. Los de América. Voy hasta donde duermen y despierto a ambos. Los dos se asustan al ver que empuño una llave inglesa embadurnada de sangre. Perfecto, el aviso accidental les pondrá entre la espada y la pared. O responden o…

Les obligo a que me cuenten todo lo que han estado hablando entre ellos durante la travesía. Entre temblores me contestan. Pero todo lo que sale por sus bocas es información que ya conozco. ¿Por qué entonces no la compartieron conmigo en su momento?

Porque también mienten. Están haciendo la misma táctica que el ruso hubiera hecho si no le hubieras matado. ¿Ves a lo que me refiero? No importa que les mates, la única información que vas a conseguir de ellos son puras falacias… Hazlo.

Es verdad. Llevan minutos y no me han dicho nada nuevo, hasta lo de que Roman podría ser el capitán por ciertos motivos de vigilancia. No me queda otra. Tampoco son útiles. Pero son dos, si ataco a uno el otro pedirá ayuda o se abalanzará contra mí. No… están en mayoría, no alertarán a nadie más. Tan sólo tengo que golpearle la laringe a Juan y que lentamente muera asfixiado. Lo hago y surte efecto. Mientras tanto me lanzo sobre Jake y le estrujo el cuello con mis manos. Ninguno de los dos grita. Perfecto. Los dos mueren casi a la misma vez.

Los susurros cesan, pero no me hacen falta para saber cuál es el siguiente paso: deshacerme de los cadáveres. Tengo un contenedor infinitamente grande que me rodea. Me pongo el atuendo de astronauta y arrastro los cuerpos a la cámara de despresurización. Abro la compuerta y los lanzo al espacio exterior. Ahora flotarán por el Universo hasta el fin de los tiempos…

Transcurren los días y no vuelvo a recibir esos susurros. Khalîl y los otros dos se preguntan constantemente dónde se encuentran Juan, Roman y Jake. Yo finjo no saberlo tampoco. Durante unos instantes se les pasó por la cabeza el abortar la misión y regresar a la Tierra, pero gracias a mi labia he logrado que sigamos adelante. Quise convencerles mostrándoles los tentáculos del Sol, por desgracia ya no estaban. Creo que ese error les ha hecho sospechar de mí. Ya mi amigo casi ni me habla. Ahora soy el apestado de la nave y hay una desconfianza mutua.

Finalmente alcanzamos la semana en la que aterrizaremos en el Sol. Seguramente dentro de tres días ya estemos pisando su superficie. No se ve nada por las ventanas, tan sólo el cuerpo oscuro de la enana negra. Ahora sí que la imagen es tenebrosa, ni una titilante estrella que amenice el panorama. Y ni rastro de tentáculos.

Me despierto sobresaltado por un estrepitoso ruido que proviene de la sala de mandos. ¡Traidores! Parece que sólo puedo confiar en Khalîl. Ahí están, sujetos a los mandos, girando la nave para regresar, justo ahora que estamos tan cerca. ¡Y me ponen de excusa que han tenido una pesadilla “demasiado real” y que es mejor no aterrizar en el Sol! No debería haberles dejado vivos, ellos sí que son completamente inservibles, no saben nada, no quieren hablar de Día Umbrío y, para colmo, ahora van a estropear la misión. No. Regreso a mi cama y agarro la llave, la cual oculté bajo mi almohada. Sin que se den cuenta realizo dos golpes certeros en sus cráneos. He podido oír los crujidos. Dos golpes de gracia. Y si alguno de ellos ha sobrevivido, lanzarlos al vacío los rematará.

Ya está, ahora quedamos los verdaderos tripulantes del Raider-6, Khalîl y yo… Desvelado, decido usar las reservas de combustible para llegar más rápido al Sol. Pero con los zarandeos de la nave consigo despertar a mi amigo.

Pregunta qué hago y no puedo evitar reírme. Empieza a preocuparse. No sé por qué. Entonces dice la fatídica frase. Deberíamos abortar la misión. Me niego rotundamente y se va a la habitación donde dormían Kyle y Kiyoshi. Voy a contrarreloj, en cuanto no vea que están ahí se percatará de quién es el causante de las desapariciones. ¿Qué hago?

Ya lo sabes.

¡Los susurros vuelven! Ellos me guiarán hasta acabar la misión. Cualquier precio es insignificante comparado con la historia que haremos.

Que harás. Me temo que tu amigo también estaba involucrado, tal y como sospechaba. Has hecho bien en tomar la iniciativa de matar a los otros dos. Y con él deberás hacer lo mismo. Te contó todo para tenerte de su lado y sacar provecho. Ahora, como los demás, ha perdido su valor.

Así será. Suelto los mandos y me escondo a un lado de la entrada esperando a que pase. Oigo su voz y sus pasos, está cerca. Aguardo y le veo asomarse. Procuro propiciarle el mismo golpe que a Kiyoshi y a Kyle para que no sufra, pero cae al suelo malherido. No me queda otra que golpearle hasta que muera, a pesar de que sienta dolor.

Diez golpes después Khalîl muere. Ahora sí que la misión no tendrá más obstáculos.

Dos días tras el último asesinato aterrizo en el Sol. No puedo creérmelo. Abro las compuertas de salida y pongo el primer pie en la superficie. Qué extraño… No era lo que me esperaba. Es como pisar una masa globulosa de carne. Pongo el otro pie y unos débiles sonidos llegan a mí transmitiéndose por percusión. Parecen latidos. ¿Es que acaso estoy pisando… algo vivo?

Creo que ya es el momento de que YO te diga la verdad. Observa el Universo, las estrellas.

Empiezo a ver como muchas se van apagando. Cada vez en intervalos más cortos. ¿Qué ocurre?

Somos numerosos, como las estrellas. Nos nutrimos de su energía. Y los planetas que giran en torno a ellas nos refuerzan. Causamos locura, desesperación, demencia, ira… Os mentimos para que os matéis entre vosotros. Tanta violencia, tanto caos, todo eso nos da fuerzas para continuar en este Universo… y en otros.

Dios mío… ¿qué he hecho? Entonces todo lo que creía, las supuestas enemistades que había creado… Era un engaño. He matado a inocentes. Me he comportado como las víctimas del Día Umbrío. Tengo que avisar a los demás… No deben escuchar vuestros susurros, la humanidad debe persistir.

La humanidad ya murió hace semanas. ¿Acaso crees que hubiera malgastado tanto tiempo en tergiversar tu realidad teniendo millones de humanos más a mi disposición para ser torturados psíquicamente? Vosotros siete, en cuanto comencé a hablarte, erais los únicos seres humanos que aún estaban vivos. Y… ahora… sólo… quedas… tú.

Esto no puede estar pasando. Tengo que escapar de alguna forma… ¡Ya sé, la llave! Golpearme en la cabeza solamente me dejará inconsciente, pero puedo hacer lo mismo que con Jake y romperme la tráquea. El golpe será totalmente letal. Corro hacia Raider-6 y llego a la sala de mandos. Antes de acabar con mi vida echo un último vistazo al ente que ha engullido el Sol. De entre toda la masa cárnica se abre una fisura de la que aparece un enorme ojo de pupila rasgada. Caigo al suelo de la impresión. Ahora entiendo la sensación de pesadilla que tenía cuando miraba al Sol… Pero pronto todo acabará. Apunto hacia mi tráquea y me doy con todas mis fuerzas. Ya lo noto, ni una pizca de aire. Es una muerte un poco agónica, pero mil veces mejor que seguir bajo la locura de ese ser. Sin embargo, mientras muero, me vuelve a hablar.

¿Crees que eso te liberará? ¿No te ha quedado claro lo que somos? La muerte no nos para. Seguiréis siendo alimento para nosotros por toda la eternidad. Aunque estéis muertos, continuaremos susurrándoos por siempre. No hay escapatoria… solo la aceptación.

Creo… que es la primera vez que me da miedo morir. Y no hay vuelta atrás.