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Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El Discípulo [3/3]


Habían transcurrido aproximadamente dos años, aunque se seguía recordando como si fuera ayer lo ocurrido en el Instituto Los Heraldos, no sólo por los supervivientes, sino por aquellos familiares y amigos que perdieron a alguien aquel fatídico día. Al principio, los nueve alumnos que lograron salir con vida, tenían la esperanza de que alguien más se hubiera mantenido sano y salvo de la matanza del Tanatohilador. Suplicaron a los policías que revisaran todo los recovecos existentes en el Institutos. Pero para nada hubo indicios de vida. Solamente tuvo la “compasión” de alargar las vidas de los estudiantes del Bachillerato de Ciencias de la Salud, el resto quedó colgando entre hilos, desangrándose sin poder aún razonar la situación.

A duras penas, el grupo, pudo acabar Bachillerato, no sólo por los recuerdos que les abrumaban cada noche al irse al dormir, también por las sospechas e injurias que se acometían contra ellos, pues muchos sospecharon que tenían algo que ver con todo ese genocidio. De hecho, a la hora de retirar los cuerpos, jamás se encontraron los del Tanatohilador y Arturo, su discípulo. Uriel sostuvo la teoría de que al perecer sus cuerpos se descompusieron en hebras, las cuales rodearon enseguida ambos cadáveres. Podría tener lógica con respecto a la muerte del primero, pero ¿y Arturo, nada más mantener el contacto visual recibió alguna clase de poder? Sea como sea, a día de hoy sigue siendo una incógnita capaz de mantener en vela a algunos de ellos por las noches, creyendo que algún día verán el retorno del Tanatohilador, y probablemente este sea Arturo…

Y aquí empieza todo.

Era el último día de Segundo de Bachillerato, la fiesta de graduación. Los nueve, Uriel, Blas, Paula, Sonia, Marta, Raúl, Sergio, Ricardo y Amanda, evidentemente ya no estaban en ese Instituto. Este había sido derruido para paliar los levantamientos de memorias funestas. Ya fue suficiente asistiendo a los innumerables funerales en el Diciembre de dos años atrás. Se notaba en sus caras, el resto de los compañeros de su clase conocía todo lo que había ocurrido, pero no podían compartir sus sentimientos. Mientras ellos mostraban un real júbilo al acercarse a las puertas de la Universidad, los demás, víctimas de recuerdos llenos de sangre, se sentían débiles hasta para esbozar una leve sonrisa de serenidad. Ni Uriel ni Blas, que recibieron la condecoración de una matrícula de honor, consiguieron fingir alegría. Era imposible borrar todo aquello, anhelaban bañar en disolvente sus mentes y evadir todas las penas que golpeaban sus corazones… Pero de entre los nueve la que peor lo había, y estaba, pasando era Amanda, la cual había incluido en su expediente numerosos intentos de suicidio. Ni el bello vestido esmeralda que llevó a la graduación pudo apartar las miradas de sus antebrazos, demacrados por mil y una cicatrices, aunque la única que no sanaba no se encontraba en su piel, sino en su miocardio, y sangraba sin cesar.

La celebración transcurrió rápido para los nueve. Todos sentados en las gradas del patio envidiando la ignorancia de sufrimiento de sus compañeros, todos a excepción de Paula, que en cuanto recibió el diploma se marchó apenas despidiéndose de sus amigos.

-Tendríamos que hacer como Paula –propuso Raúl –. No sé por qué aún permanecemos aquí… Puede que sea otro Instituto, pero estoy seguro de que no soy el único que al ver este ambiente recuerda… eso…

-Tienes razón ­–afirmó Blas anteponiéndose a que continuase hablando, pudiendo causar más dolor –. Será mejor que nos vayamos ya. Supongo que querréis que nos veamos durante este verano antes de que nos separemos en la Universidad. Por mi bien, aunque estas cosas nunca florecen y se quedan en borrosos planes nonatos.

Asintieron y se despidieron entre abrazos y alguna que otra lágrima. Era el momento de partir y disfrutar de esos tres meses que en el fondo no serían más que otras semanas en un calabozo de amargura. Lo mejor era que no se volvieran a ver, a riesgo de no compartir el dolor con semejantes, las mismas caras de agonía avivaban las llamas de la memoria…

Sin embargo, los planes fueron otros. Justo al llegar a sus casas y revisar el correo electrónico, todos vieron en su buzón de entrada un mensaje de Paula.

“Chicos, sé que los ánimos están por los suelos y que poco nos veremos este verano. Por eso, aprovechando la minúscula felicidad que ahora tenemos gracias a habernos graduado, me gustaría que vinierais mañana a mi casa de campo, la misma en la que hicimos la fiesta de Halloween hace cuatro años, y pasemos un fin de semana para evadirnos de todo. ¿Qué os parece la idea? Os espero allí sobre las doce de la mañana. Traed todo lo que necesitéis. Un beso.”

El único que dudó en asistir, como era de esperar, era Blas. Podría haber reforzado la amistad con ellos y haber soltado más de dos palabras seguidas durante un día entero, pero el aislamiento persistía en él. A pesar de ello, tras una encarnizada reflexión, optó por ir, básicamente porque le gustaba el ambiente solitario de la casa de Paula, lejos de vida a varios kilómetros a la redonda, sólo faltaba un asesino enmascarado rondando para poner la guinda al pastel.

A la mañana siguiente todos se despertaron temprano para dejar listos sus equipajes. Se despidieron de sus padres y salieron camino al punto de reunión que habían establecido. De entre los ocho, sólo dos sabían conducir en ese momento, habiéndose sacado el carné de conducir escasas semanas después de cumplir la mayoría. Esos dos eran Marta y Uriel. Sonia y Amanda irían con ella; Raúl, Sergio y Blas con él.

El viaje fue tranquilo. La música, como sedante, amenizó el momento y otorgó celeridad al tiempo. Últimamente el grupo había adoptado el comportamiento singular de Blas, casi no solían hablar, así que el trayecto se mantuvo sumergido en el silencio que muy raramente se rompía con preguntas insustanciales.
No obstante, lo que parecía el comienzo de un ocioso fin de semana entre amigos, no era más que la apertura del telón de un teatro tétrico…

Llegaron a la casa y Sergio pulsó el timbre. Nadie les abrió la puerta. Insistió golpeando la puerta, pero nada. Raúl dio un rodeo al hogar y descubrió que en la parte trasera había otra puerta que, extrañamente, estaba abierta. Avisó a los demás y entraron. Al llegar al salón principal vieron el respaldo de un sillón, en este asomaba por arriba la cabellera de Paula. Algo no iba bien, era casi imposible que se hubiera quedado dormida, y menos ahí.

Lentamente, Uriel se aproximó, y entonces confirmó lo impensable: Paula estaba muerta. Aunque lo peor era la forma en la que lo estaba. De golpe y porrazo una salva de recuerdos de “ese día” invadió la cabeza de Uriel. Paula estaba literalmente adherida al sillón. Tenía la piel de la espalda cosida al respaldo y los brazos cosidos a los soportes laterales para apoyarlos. Su boca y sus ojos también cerrados con el mismo hilo negro… En definitiva, parecía, sino era, otra víctima más del Tanatohilador.

Justo cuando todos divisaron el cadáver y entraron en pánico, previniendo que escaparan, misteriosamente los dos coches en los que habían venido estallaron en mil pedazos.

-Vale… mantened la calma –suplicó Uriel –.

-¿Cómo vamos a mantener la calma? –cuestionó Amanda –. ¡Claramente esto es una encerrona! Va a pasar como hace dos años… no…

Estaba en lo cierto, en ese instante sentían de todo menos tranquilidad. En el peor de los casos, incluso hubieran preferido ver a su amiga muerta de otra forma, pero esos hilos en su piel… La única alternativa que tenían era correr hasta dar con el pueblo más cercano, pero la última vez que escaparon del Tanatohilador les salió caro. Por ende, solamente podían afrontar el horror.

-Pensemos en frío –sugirió Sonia –. Si realmente esta casa también se ha convertido en el coto de caza de un monstruo, esta vez tenemos dos factores de nuestra parte. Esto es mucho más pequeño que una escuela, podremos dar con la localización del Tanatohilador. Además de eso, tenemos armas, supongo que en la cocina habrá cuchillos y demás utensilios cortantes.  No nos queda otra, no consideremos esto el retorno de un ente que viene a acabar el trabajo, sino como una oportunidad de vengarnos por los fallecidos.

Todos aceptaron. No solo sus lágrimas evocaban recuerdos de sufrimiento, entre algunas gotas se reflejaba la impotencia y la sed de represalias. Fueron a la cocina y se prepararon para la lucha. Blas y Raúl, que habían cogido un par de tijeras, fueron al lugar donde se asentaba Paula y cortaron los hilos que la mantenían unida al sillón, a continuación la dejaron en el suelo y la taparon con la tela de unas cortinas.

Tras una triste despedida, decidieron subir al segundo piso para comprobar si todo estaba despejado. Allí arriba únicamente hallaron silencio, el cual se rompió segundos después con la vibración de unos hilos. Ricardo, que iba delante, fue el que chocó contra ellos, eran tan finos que eran imperceptibles a simple vista. Se hallaban por todo el pasillo. En cuanto los cortes con estos hilos se hicieron prominentes y la sangre fluyó por su rostro, percatado, mandó parar a todos. No era seguro continuar.

En sus sospechas, Blas se quitó el abrigo y lo lanzó con fuerza hacia delante. Varios hilos se desprendieron del lugar donde colgaban. Entonces Blas comprobó su hipótesis: algunos de ellos activaban trampas. De algunos sitios de la pared, nada más la chaqueta desplazaba ciertas hebras, salían con suma fuerza unos puntiagudos palos de madera que se clavaban con extrema profundidad en la pared opuesta.

-Ricardo, has tenido suerte de no mover ningún hilo… importante –afirmó Blas aliviado –.

Ricardo le miró asustado, llevaba razón. Si el escozor de las finas heridas no le hubiera avisado, podría haber continuado y quién sabe si algunas de esas lanzas caseras se hubiera incrustado en su cráneo.

Analizando la situación, Blas propuso, con plena cautela, registrar las habitaciones de los laterales. Por ahora quedaba claro que el Tanatohilador llevaba ya un tiempo preparando todo, no iba a ser un ataque tan repentino como el de dos años atrás. Eran cuatro habitaciones, sin contar la del final del pasillo, así que entraron en parejas. Blas y Uriel fueron a la más lejana. Era una especie de trastero con una entropía apabullante, aunque nada extraño que pudiera indicar la presencia de trampas. Raúl y Sergio optaron por inspeccionar más allá de lo que sus sentidos ofrecían en la primera toma de contacto. Su habitación estaba intacta, apacible, con una cama realmente cómoda. Asegurándose de no dar un paso en falso, apoyaron sus cabezas en la pared y la percutieron con cuidado. Efectivamente la pared estaba hueca, muy probablemente se hubiera derruido para colocar los mecanismos. Esto mostraba que ni siquiera la preparación había llevado una semana o dos, esto era cuestión de varios meses, y eso descontando la existencia de más trampas de tal sofisticación.

Mientras todos investigaban, repentinamente, en la habitación donde estaban Ricardo y Amanda, se escuchó un profundo grito de terror, era ella. El resto corrió lo más rápido que pudo. Cuando abrieron la puerta vieron a Ricardo de rodillas con una flecha atravesándole el corazón. A un lado, Amanda, paralizada por el pánico. Ya no había forma de salvarle a él, en breves segundos se desangraría y su corazón cesaría de latir.


-¿Qué ha ocurrido, Amanda? –preguntó Uriel, incrédulo –.

­No podía ni hablar, simplemente señaló el suelo próximo a Ricardo y luego a la ventana. No hacía falta más, todo se explicaba con la imagen. Parece que había tablones que se levantaban al pisarlos. Ricardo tuvo la mala suerte de pisar uno de ellos haciendo que descendiera del tejado un muñeco, con una apariencia similar a la de un títere, y, de inmediato, se disparara una flecha de su abdomen. Probablemente tuviera más munición, así que Sergio imperó que nadie, Amanda inclusive, se moviera.


Al principio pudo contener el miedo y quedarse quieta, pero no pudo evitar mirar el rostro de aquel títere de pesadilla, al otro lado de la ventana. Aunque los ojos fueran botones, parecía que la miraba fijamente, con esa cruel sonrisa dibujada con hilo blanco simulando unos afilados dientes. No obstante, esa concentración en el muñeco hizo que se llevara un gran susto cuando Ricardo, en su último aliento, se giró y agarró el tobillo de Amanda.

-Salid… de aquí…

Y la fuerza le abandonó. Justo en ese momento, consciente de que, pese a que era su amigo, ahora mismo estaba piel con piel con un cadáver, el vaso de la calma se colmó y sus piernas, anárquicas frente al mandato de su cerebro, se movieron tratando de huir de la habitación. Desgraciadamente la fortuna esta vez no la acompañó y pisó uno de los tablones trampa. Sin que nadie pudiera agarrarla ni tirarla al suelo, una flecha se disparó cortando el viento para, milésimas de segundos después, acabar clavada en la región occipital de su cabeza.

La punta salió justo por la cuenca de su ojo izquierdo, arrancándoselo de cuajo y quedándose impregnado justo en el extremo del proyectil. Antes de que cayera al suelo, inerte, una última frase brotó de sus labios.

-Voy contigo… mi amor –susurró haciendo referencia a su difunto Amador, hasta dibujando en su faz una suave sonrisa que ocultaba el dolor –.

Ni siquiera pudieron arrastrar los cadáveres ni taparlos con alguna manta, tendrían que dejarlos allí, con sus flechas ensangrentadas, con la incertidumbre de no volver a verlos nunca más.

La idea de permanecer en la casa estaba perdiendo consistencia, cada segundo que transcurría era más apetecible el salir al exterior, a pesar de acabar expuestos a las garras de aquel monstruo. Uriel y Raúl cerraron todas las habitaciones y después siguieron por las escaleras al resto. Empuñaron con fuerza las armas improvisadas y afinaron la vista para que ningún hilo les pillara de improvisto.

Sergio abrió la puerta principal y todo parecía tranquilo. Al fondo vieron ondear aún unas pocas llamas en los dos vehículos. Blas se acercó y extrajo de entre los escombros un demacrado dispositivo. Era, al parecer, un móvil. Enseguida se percató de que no era una bomba convencional, sino casera, un explosivo que podría hacer cualquiera en su propia casa. Con esa prueba y el tipo de muerte que sufrieron Ricardo y Amanda, pudo deducir algo vital.

-Señores, buenas y malas noticias: el Tanatohilador no está aquí.

-¿Qué quieres decir, Blas? –preguntó Sonia intrigada –.

-Lo que reventó los coches era una clase de explosivo casero capaz de activarse al recibir un mensaje o una llamada del móvil al que va adherido. ¿Realmente el Tanatohilador necesitaría hacer esto cuando en el aparcamiento de Los Heraldos inutilizó todos los vehículos a excepción de uno con tan sólo hilo y aguja? Y, además, cierto que las trampas del piso de arriba eran activadas por hilos… hasta los tablones del suelo movían algunos para accionar el títere, pero ni Amanda ni Ricardo fueron atravesados por estos, ni por agujas. Empiezo a creer que sólo se han empleado dichas hebras para reavivar miedos del pasado. Nada más… Quien de verdad quiere matarnos es alguien… humano. Y si para preparar las trampas se necesita bastante tiempo… quiere decir que quien nos invitó aquí fue quien nos da caza.

-Pero si Paula fue la primera en morir, eso no tiene sentido… –contestó Sonia desorientada –.

-Que yo sepa –prosiguió Blas –, nadie se comunicó con ella después de recibir la invitación, por lo que ya podría… haber muerto. Con lo cual…

-El asesino es uno de nosotros seis, ¿eso pretendes decir?   –respondió Raúl un poco molesto –.

-Bueno, no ciertamente. Iba a decir que era alguien de nuestros círculos, pero… sí, la posibilidad de que sea alguno de nosotros también es válida.

A partir de ahí las miradas de colaboración se tornaron en pura desconfianza. Las piezas encajaban. Pero se conocían desde hace tantos años… ¿Quién sería tan frío como para destruir todo aquello?

-Bueno, sea quien sea de momento no se mostrará y fingirá colaborar, por lo que mientras tanto podemos continuar intentando escapar para buscar ayuda. –dijo Sergio de repente para romper aquel incómodo silencio–.

Todos asintieron y siguieron el camino de tierra que llevaba a la carretera. En cuestión de hora y media a velocidad moderada empezarían a pisar asfalto. Sin embargo, unos minutos después de emprender la caminata, divisaron en la lejanía un gran obstáculo que impediría por completo el avance. En una parte del trayecto había que pasar una montaña a través de un estrecho túnel, pero uno de los grandes árboles de los alrededores se había partido y ahora taponaba la entrada. No había otro sitio por el que ir, así que si no conseguían desplazar el tronco, tarea bastante complicada debido a su gran grosor, quedarían atrapados.

Podría haber otra alternativa de escape, pero no en ese relieve, siendo el terreno, antaño, un lago de proporciones colosales. De hecho, unos pocos años atrás habían más casas como la de Paula debido a la belleza que cobraba la zona en épocas primaverales, pero precisamente por el peligro de inundaciones de la cuenca, y habiendo un único sitio para salir de allí, acabaron abandonando sus hogares para posteriormente derribarlos. Solamente la familia de Paula decidió arriesgarse y permanecer con esa tranquila vivienda. Ahora, esas tierras ponían en peligro la vida de los que lo pisaban, y no les amenazaba precisamente una inundación. Tendrían que resignarse y regresar a la casa y esperar a que la cobertura les permitiera contactar con otro móvil que no fuera el de alguien más del grupo.

A pesar de la aparente seguridad al no ir por separado, el peligro volvió de nuevo. Primero se escuchó a lo lejos un sonido sibilante. Después, casi como si hubiera aparecido ahí de repente, una jabalina se clavó en el suelo a pocos centímetros del pie izquierdo de Uriel.

-¡Todos quietos! ­–ordenó Uriel –. Deben de haber cerca del suelo más hilos, no os mováis.

Sin moverse en absoluto, se agacharon con lentitud para buscar algún indicio de lo que Uriel aseguraba, pero no encontraron nada. A cambio, otra jabalina voló hacia ellos dando a entender que no había mecanismo alguno. El asesino estaba oculto entre el follaje, atacándoles. Y por desgracia a la segunda acertó clavándose en el hombro derecho de Raúl. El golpe provocó que cayera colina abajo chocando bruscamente contra un árbol.

Los otros seis pretendieron descender en su busca, pero Sergio se negó y les pidió que siguieran el camino a casa de Paula, que él ya se encargaría de recogerle. Les hizo entrar en razón, probablemente que bajaran hacia donde estaba Raúl era la intención principal del asesino, así que era mejor que sólo se arriesgara uno a bajar y no todos. Aún dudosos, les aseguró que estaría bien y que en cuestión de minutos les alcanzaría junto con su hermano.

Una tercera jabalina impactó, aunque esta vez no tuvo la misma puntería y acabó incrustada en la tierra como la primera. Fue la señal del fin de la despedida. Sergio se deslizó con rapidez por la falda de la colina, el resto siguió corriendo.

-Debe haberte dolido eso –declaró Sergio mientras incorporaba al aturdido Raúl . ¿Cómo te encuentras tío?

-Ugh… ¿a ti qué te parece? Tengo una puta jabalina atravesándome el hombro, sonriendo no voy a estar. –gruñó Raúl –. Por cierto, ¿y los demás?

-Les he dicho que continuaran el camino. Es lo más seguro.

-¿¡Cómo!? ¿Que separarnos cuando nos persigue un psicópata es una idea sensata?

-Relájate –contestó Sergio sonriendo –. En el peor de los casos no irá a por nosotros. Y si viene, ¿hace falta que te recuerde nuestra capacidad de percepción? Si ya es difícil en solitario que algo nos pille desprevenidos, juntos nadie podrá emboscarnos.

-Al no ser que lo hayas hecho porque tú eres quien está causando todo esto… –respondió Raúl con los ojos abiertos como platos ante horrenda conclusión –.

Sergio no pudo evitar la risa, tras unos segundos a carcajada limpia, se calmó un poco y continuó con la conversación.

-Desde pequeños tú siempre has sido el más conspirador y paranoico de los dos con diferencia. Te dejas engañar demasiado por los sentidos. Tú no los controlas, ellos te controlan a ti…

La intención de Sergio era hacerle comprender que él no era el asesino, pero lo dijo con un tono tan particular que sólo logró meter más miedo en la cabeza de Raúl. Este, atemorizado, huyó con dificultad, tambaleándose debido al dolor. Pero no llegó muy lejos. Fue a parar a una zona del bosque llena de hojas secas, y no estaban ahí por pura coincidencia, sino que estaban tapando un gran número de hoyos. Como era de esperar, Raúl cayó dentro de uno de ellos y terminó empalado en una de las cuantiosas, y afiladas, estacas que estaban colocadas en el fondo. Ni siquiera tuvo oportunidad de escapar, le fue seccionado el nervio frénico y dejó de respirar de inmediato.

Sergio, al verle ser misteriosamente tragado por la tierra, fue tras de él. Entonces, apenas conteniendo las lágrimas, se quedó tumbado con la cabeza asomada al hoyo, tendiéndole la mano a su hermano con la irreal esperanza de que la tomara y saliera de ahí.

Esos llantos, sin embargo, fueron los que sellaron su destino impidiéndole escuchar los pasos de un extraño encapuchado que justo ahora se situaba detrás de él. Unos suaves toques en su espalda le alertaron, se dio la vuelta y soltó un sonoro grito a causa del susto.

-¡Tú!

Y no dijo nada más. Había descubierto el rostro del verdadero asesino, pero no podría compartir dicha información con nadie. Un cuchillo, el cual le cortó la garganta, se encargó de ello. Seguidamente, el desconocido dio una patada a Sergio y lo lanzó al hoyo junto con su hermano, echó unas cuantas hojas secas para ocultar los cuerpos y se marchó del lugar yendo en dirección hacia, por supuesto, los demás. Parecía que su paciencia se había agotado, no iba a esperar a que fueran presas de otras trampas, él mismo acabaría el trabajo. Tan sólo quedaban cuatro.

Por su parte, ellos ya habían llegado a la vivienda y habían entrado. Estaban nerviosos, esperando que los gemelos entraran por la puerta, pero pasaron los minutos y nadie apareció por la entrada. La balanza cada vez se inclinaba más por sus defunciones, hasta que…

-Podemos casi confirmar la muerte de Raúl, aunque… ¿y si Sergio ha estado en todo momento detrás de esto? –se cuestionó Blas en voz alta –.

-¿Y si has sido tú? –preguntó Sonia ante el desconcierto de todos –. Sí, no me mires con esa cara. Recuerdo a la perfección cuando fantaseabas con que algún día se hiciera realidad alguno de los argumentos de esas películas de miedo que veías. Sí, en esas donde un grupo de gente es acechada por un monstruo homicida. Admítelo, la experiencia que sufrimos hace dos años no fue tan desagradable para ti. Apostaría a que por dentro estabas eufórico, preguntándote quién sería el siguiente en morir. Pero no salió a la perfección y sobrevivimos demasiados. Por ello empezaste a volverte más receptivo y hablador, conseguiste reforzar la amistad de los nueve que escapamos con vida de la matanza, así aceptaríamos en el futuro cualquier propuesta de quedar juntos. Y este sitio era perfecto para encerrarnos, incluso el panorama era digno de una película de las que te apasionan… Dime, ¿eran los bocetos de las trampas lo que dibujabas en las horas que teníamos de estudio libre, por eso tanto ocultismo con que nadie viera tu libreta?

Con esa última pregunta, irremediablemente Blas se rio sin parar.

-Oye, de verdad. La deducción es digna de elogio, pero falla en algo: en el acusado. Que me guste el terror no quiere decir que sea un asesino, ¿tú también eres de esas personas ignorantes que relacionan los hobbies con los estilos de vida? ¿Acaso alguien al que le guste el paintball después en su vida íntima va disparando a los demás? No me hagas reír… ¿Me resultó curiosa la situación que vivimos? No lo niego, pero eso no quiere decir que no fuera consciente de la gravedad de los hechos… Ah, y lo que dibujaba no era otra cosa que manga, solo que por allá entonces no se me daba tan bien y, bueno, digamos que me avergonzaba mostrar mis borradores al público…

-Buena coartada, pero no es convincente.

Tras ello, Sonia cargó contra él y lo empujó hasta la cocina. Rodaron por el suelo y ella se puso encima de él, sacó el cuchillo que había cogido con anterioridad de esa misma habitación y se dispuso a apuñalar a Blas. Por suerte, este interceptó el ataque y le agarró la muñeca.

-Sonia, para, por favor. Pongamos por un momento que yo soy el asesino, ¿cómo pude lanzar las jabalinas? Vimos con nuestros propios ojos que no eran activadas por ninguna clase de mecanismo. ¡Razona!

-Puede que eso derroque mi teoría, pero tal vez te esté ayudando alguien… Sí, debe ser eso. Pero todo acaba aquí, en cuanto atraviese tu pecho.

Siguieron forcejeando. Si Blas disminuía un poco la fuerza, podía darse por muerto. Uriel y Marta entraron veloces a la cocina y quisieron tirar de ella para separarlos, por desgracia era demasiada rabia la que Sonia tenía acumulada que ni por asomo iba a soltarse. Blas seguía empujando en dirección contraria a su tórax el brazo de ella, y Marta y Uriel tiraban hacia ellos. Pero Sonia era persistente.

-¿Y por qué siempre has estado tan tranquilo? ¡Respóndeme a eso!

-¿Por qué habría de estar nervioso si para mí no hay riesgo alguno? Siento decirte que soy inmortal…

-¡Deja de tomarte esto como un juego! En cuanto hunda esto en tu corazón ya no lo verás como una oscura broma.

-¡Es cierto! En incontables ocasiones mi vida ha pendido de un hilo y he logrado salir sano y salvo. La fortuna me acompaña… Veo que a ti no.

-¡Calla y muere, asesino!

Finalmente el sudor tomó un papel importante y las manos de Marta y de Uriel se deslizaron desprendiéndose de la blusa de Sonia. Salieron despedidos colisionando contra la pared con la fuerza suficiente para activar un último mecanismo letal que aguardaba allí desde el principio.

El techo que les cubría era falso, se hizo pedazos enseguida y destapó una red de cuchillos de jamonero atados a cuerdas. En cuanto la gravedad hiciera su trabajo las afiladas armas blancas caerían cortando todo a su paso.

Marta alertó a Sonia y a Blas. Ante la situación Sonia optó por soltarle y escapar de la cocina. Uriel y Marta no tuvieron problemas, pues se encontraban justo al lado de la puerta, pero la otra pareja lo tenía más difícil. Mientras que Blas decidió quedarse confiando en su suerte y su agilidad para esquivar los cuchillos, Sonia fue directa a la salida.

Quedó inmediatamente claro cuál era la decisión más segura. Sonia solamente tenía los ojos puestos en la puerta e ignoraba los cortantes péndulos que descendían sin piedad. Uno seccionó su mano, y hubiera podido gritar del dolor si no llega a ser porque, justo después, otro cuchillo fue directo a su frente atravesando por completo su cabeza. La cuerda atada al mango era tan fuerte que incluso, ya muerta, Sonia quedó pendida, casi de pie, meciéndose con suavidad, sin desplomarse en el suelo.

Apenas quedaban cuchillos en el techo. De momento Blas había conseguido evadir todos los ataques. Y al final, cuando el sonido del cortar del viento cesó, confirmando la amenaza nula, Blas echó un breve vistazo al cadáver de Sonia y luego miró a los otros dos.

­-¿Lo veis? Nada me puede matar –dijo con una amplia sonrisa –.

Sin embargo, como si el Dios de la ironía estuviera presente y quisiera hacerse notar, un último cuchillo, de cuya presencia ninguno de los tres se había dado cuenta, aún permanecía en el techo. La punta se había clavado un poco a la pared, pero era cuestión de tiempo que bajara junto con sus hermanos.

El cronómetro llegó a cero y al final se despegó trazando un recorrido descendente y diagonal cercenando la cabeza de Blas. Esta, que aún conservaba la sonrisa, rodó por el suelo mientras que el cuerpo aún seguía unos segundos de pie para después desmoronarse con brusquedad.

Esa última muerte, aparte de desasosiego, había levantado aún más incertidumbre. Marta y Uriel se conocían lo suficiente como para saber con seguridad que ninguno de los dos era el asesino. Y allí estuvieron, pensativos, con la mirada perdida, aún de cara a la cocina.

Fue el momento perfecto para el que se hallaba detrás de ellos dos. Marta sintió un leve pinchazo en su antebrazo, era una jeringuilla. Los efectos de la droga administrada surgieron de inmediato. Únicamente pudo ver, antes de caer dormida, al asesino propiciarle con una barra de hierro un contundente golpe en la cabeza a Uriel. Lo último que se preguntó Marta fue por qué, por qué no los mataba como al resto.

Con la vista aún borrosa, Marta se despertó en el sofá del salón. Lo primero que vio fue a Uriel en una esquina corriendo sin parar sobre una cinta andadora. Quiso incorporarse, extrañada a causa de tal imagen, pero un súbito empujón de un encapuchado la hundió contra la superficie del sofá. Puso un cuchillo en su garganta para hacerla entender que no quería verla hacer ningún movimiento sospechoso. Ella asintió con la cabeza y entonces este se quitó la capucha.

-¡Has sido tú! –gritó Marta con la respiración cortada –.

-En efecto –contestó Ricardo –. No ha salido todo a pedir de boca, pero en su mayoría el plan ha sido perfecto.

-No… no es posible, una flecha te perforó el corazón… ¡Te vimos morir!

-¡Me visteis fingir mi muerte! Oh… ¿cuántas veces me habréis oído bromear con lo de “soy el espejo de Sebas”? Por fuera tal vez no, pero por dentro ERA su reflejo. Todas las vísceras que tenía él a la derecha, yo las tengo a la izquierda y las que habían a su izquierda, yo las poseo a la derecha. Curiosa malformación la del situs inversus, ¿eh? Nunca pensé que me sería de utilidad hasta que surgió todo esto. El momento fue crítico, requería de una puntería sumamente precisa. La flecha se clavó justo donde una persona normal tiene los ventrículos cardiacos, aunque en mi caso tan sólo perforó carne. Sangré, por supuesto, pero la hemorragia no era letal. ¡Qué mejor coartada para que no sospechen de ti que morir delante de sus caras!

-¿Por qué, Ricardo? ¿Por qué has hecho esto? –preguntó Marta entre lágrimas –.

-¡Porque ninguno de nosotros somos mejores que Sebas! Ya viste el veredicto del Tanatohilador, ninguno fuimos aptos. Y sin embargo nosotros nueve conseguimos escapar… No, no era justo. Quizá hasta hubiera tomado otra decisión si hubiera elegido un discípulo, pero eso nunca ocurrió… Su voluntad era que todos muriésemos, por supuesto que no todo lo hago por él, yo también le odiaba, pero si la mayoría de la clase murió aquel día, no hay motivo para que otros merezcan vivir. Por eso elegí acabar su trabajo. Durante estos dos años, desde el mismo momento que vi fallecer a Sebas, supe que era yo quien debía poner remedio a tamaña injusticia. Trabajé muy duro diseñando todas estas trampas, pero imaginación no me faltaba.

Lo peor fue convencer durante las épocas festivas a Paula para que no viniera con la familia a esta casa. El resto fue coser y cantar. Ayer mismo por la noche quedé con ella en mi barrio. La sedé y llamé a un taxi para que nos dejara cerca de aquí. El idiota pensó que tan sólo estaba borracha… La asfixié e hice el trabajito de adherirla al sillón. Después regresé con vosotros al punto de reunión para partir con los vehículos. Una vez llegamos, aprovechando que sacaba la mochila del maletero, deposité el explosivo, y al caminar lancé el otro debajo del segundo coche. Lo demás ya lo conocéis, vuestra inexistente precaución os mató a los demás… Excepto a Raúl y a Sergio. Ahí tuve que improvisar con las jabalinas. Suerte que di en el blanco y Sergio hizo el resto.

Marta aún no podía creerse lo que le estaba contando. Una amistad surgida de la aleatoriedad que coloca a los alumnos en primero de la E.S.O. se ha convertido en el móvil de una oleada de sangre. Temblando, desvió la mirada de sus ojos y buscó los de Uriel.

-No le pidas ayuda, hazme caso, nos conviene que siga corriendo en la cinta. He colocado un dispositivo con un velocímetro. Si la velocidad aminora demasiado se enviarán unas ondas que activarán todos los explosivos que he colocado dentro de las paredes. Nadie saldría con vida, sobre todo él, que tiene uno bajo sus pies…

-¡Idiota! ¿También quieres morir? –dijo ella completamente nerviosa –.

-¿Quién ha dicho que no quiera? Verás… yo no soy el típico gilipollas que va afirmando que todos merecen morir y luego no tiene intención alguna de acabar con su propia vida. Que yo sepa… todos quiere decir TODOS, sin excepción alguna. Y te recuerdo que yo he dicho que ninguno de nosotros fuimos aptos, por lo que sería un poco hipócrita el salir vivo de aquí, desobedeciendo al Tanatohilador.

-Entonces, ¿qué pretendes?

-Creo que ya he contestado a eso… Verás, Uriel no es, precisamente, alguien muy atlético. Pronto comenzará a cansarse y tras un par de minutos más, no podrá evitar disminuir considerablemente el ritmo. En ese instante el velocímetro actuará y todo saltará por los aires. No creas que van a ser explosiones dignas de una película de Hollywood, pero… asimismo son igual de eficaces… Sin embargo, siempre me caíste bien, y tendrás el honor de no sentir absolutamente nada cuando la onda expansiva haga que tu cuerpo se despedace. En serio, considéralo mi última buena acción. Disponía de dos sedantes, uno para mí y otro era el que te administré antes. Por desgracia te has despertado antes de lo previsto, así que seré generoso y te daré mi dosis. Después de todo, tal vez merezca un leve castigo por lo que he hecho, que te recuerdo que soy plenamente consciente de que en nuestra sociedad el homicidio es algo… malo. Por Uriel… bueno, si no hubiera ido con tantos aires de liderazgo y no hubiera tomado la fatídica decisión de abrir la compuerta del aparcamiento, tal vez le hubiera traído un sedante para él solo, pero creo que estará de acuerdo en que fue una pieza clave para el asesinato de Sebas.

Uriel ni se dignó en responderle, estaba excesivamente ocupado concentrándose en no perder la compostura y seguir con la misma velocidad. Aún confiaba en que un milagro salvara, al menos, a Marta.

Desgraciadamente, nunca sucedió. Al ver Ricardo que Marta no tenía más preguntas, sin pedir permiso le aplicó el sedante. Ella ni siquiera opuso resistencia, estaba demasiado conmocionada aún como para reaccionar.

-Sabes –alegó Ricardo antes de que Marta volviera a un estado somnoliento –, tal vez yo no hubiera sido un mal discípulo.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Odio somos

Otro estúpido días más en este asqueroso mundo. Menos mal que pronto lo abandonaré y hallaré por fin la paz de la que tantos hablan. Tal vez me tachen de sociópata. Puede que tengan razón. Al principio hasta yo pensaba que mi apetencia a mantenerme solo, aislado, era una cruel enfermedad. Luego comprendí que estaba equivocado, que en realidad era un simple, y eficaz, mecanismo de defensa. Toda persona con la que me cruzo en la calle, toda persona que me habla o intenta entablar una amistad, toda persona que miente para que nadie se fije en lo cuan despreciable que es su existencia, todas merecen morir… Yo inclusive.

Desde pequeño supe que este mundo estaba demacrado por unas pautas incongruentes. Nuestra vida se transformaba en herrumbre con cada paso que dábamos hacia un futuro que prometían que sería espléndido…

Pero yo ya sospechaba algo. Sí, podría ser un niño, pero me había criado en un ambiente de desconfianza. No éramos ni adolescentes, nuestros cerebros eran esponjas que absorberían cualquier líquido que se les vertiera. Pese a ello, yo tenía una potente barrera. Llamémosla pesimismo. Puede ser perjudicial a largo plazo, pero en esos instantes evitaba que se me inculcara una falacia disfrazada de tautología: el ser humano es bueno.

A medida que crecía, mientras mi inocencia se iba marchitando, mis más temibles sospechas se cumplían. En efecto, los humanos éramos deleznables.  Guerras, homicidios, engaños, robos, burlas y demás delitos estaban a la orden del día en los telediarios, esos programas informativos que mostraban una cara lacrimosa frente al público cuando en realidad necesitaban de toda esa sangre derramada para existir. Siempre me sentaba a la hora de comer frente al televisor y veía las noticias. La misma historia, aunque distinta en argumento, similar en la síntesis, malos contra buenos, buenos contra malos. Pero, ¿quién era el malo y quién era el bueno cuando ambos bandos reclamaban una violenta justicia para el contrario?

Y ya que estoy hablando de la televisión, sería un poco estúpido por mi parte no hablar de la fama, el verdadero fin de nuestra existencia. Los filósofos y demás calaña han dedicado su vida a averiguar la razón de esta, la vida (cuando deberían haberse preguntado de qué madera querían su féretro). A temprana edad yo lo supe, y aunque peque de ostentoso, la verdad es absoluta. Haremos lo que sea para ser recordados, y cuanta más gente te alabe menos te importará morir. Aún no he visto ningún famoso aceptar que teme a la muerte a excepción de los que les puede más el sonido de las monedas. En cuanto al resto, les es irrelevante mientras cientos de extraños visiten su tumba y con cada suspiro les devuelvan a la vida. Sin embargo, si tu existencia se oculta entre las sombras, consciente de que cuando te vayas de aquí nadie sabrá que has tenido una vida, el miedo creará un embozo a tu alrededor y te hará tomar medidas desesperadas.

Aquí es donde entra la verdadera naturaleza ansiosa de las personas. Aquellos a los que respeto en parte por no ocultar la idiosincrasia humanoide que el resto de hipócritas de este globo pretenden ocultar. Hablo, por supuesto, de los que, para al menos conseguir su foto en un periódico de dudosa calidad, hacen lo impensable. Matan, violan, roban, pudren este mundo convirtiéndose en los Midas del dolor. Pero no les importa, tal vez sean recordados como el que despellejó a diez ancianos o el que torturó sexualmente a un par de niños… No obstante, su existencia no se perderá en los abismos del tiempo. Será entonces cuando se les vuelva a preguntar si temen a la muerte y, con una sonrisa de oreja a oreja, contestarán con un rotundo no.

Sin embargo, a pesar de una visible homogeneidad, a algunas personas el miedo se les introduce en el cerebro de tal manera que causa el efecto contrario y, frente al riesgo de estar exentos de fama, la maldad no se les libera, sino que se les reprime aún más.

A esta clase de miedo la considero como la inhibidora del auténtico modus operandi humano, donde la causalidad del susodicho toma suma importancia, pues aquí siempre se encuentran antecedentes familiares. En otras palabras, aquellos que piensen que todo acto erróneo tiene una consecuencia fatal se comportarán de tal forma cuando el miedo les infecte. Por supuesto esto no sería posible sin los amigos y familiares que les rodean. Y sí, no hay que ser adivino para saber que en esta categoría entran los cegados por la fe. Aunque he de admitir que también podrían entrar en el primer subgrupo si no fuera porque los primeros, y por eso me caen mejor dentro de lo posible, es que diferencian el mal del bien y saben perfectamente que sus actos se rigen por el mal. En cuanto a estos últimos, bueno, ya se sabe que hagan lo que hagan, como si es sajarle la garganta a su madre, si se lo ha dictado la voz demoniaca de una deidad, entonces será un paso más a un bien demente.

Pero lo que vengo a decir es que la hipocresía de los inhibidos por el miedo es tan fascinante que hasta algunos de ellos reconocen que la única razón por la que se comportan con bondad hacia el prójimo es para que luego ellos no reciban ningún desdichado fruto de dichos actos. Es como si tuvieran la mente controlada por un kármico péndulo de causa y efecto. Creo que ya son un poco adultos para que la anarquía cunda un poco por sus venas y no estén doblegados a nada.

Visto así doy a entender que haga lo que haga el ser humano, yo le voy a despreciar. En parte te doy la razón, aunque no pensaría así si desde el principio este me hubiera mostrado una faceta distinta a la actual. No hay ser humano bueno, los hay que hacen el bien temiendo las consecuencias de comportarse conforme a su naturaleza, luego están lo que sin importarle aquello, desesperados por la cuenta atrás, recurren a la forma más fácil de alcanzar la fama, mediante la sangre.

Unos manchados de violencia, otros de hipocresía. No hay mucho donde elegir. El continente, la Tierra, me encanta, y me hubiera gustado estar más tiempo si no fuera porque le espera un futuro, no muy lejano, donde las heridas que le causamos diariamente ya no cicatricen; pero el contenido, nosotros, me repugna. A diario me cruzo con personas cuyas acciones son de dudosa intencionalidad razonable y desearía pararme frente a ellos y preguntarles por qué lo han hecho. Pero sus respuestas serían parecidas a un “tú qué sabrás…”

Es curioso eso último, una llamada a la liberación de un modo de vida basado en pustulosas masas. Una vez me enseñaron que el ser humano tiende a la sociabilidad, y podría entonces considerarme a mí mismo como a una excepción. Sin embargo, por más que intente mirar un acto cordial que enlace a dos personas en una relación amistosa, sólo consigo ver que cuanto más se avanza en eso que denominan modernización, más se resquebrajan esos últimos resquicios de ligaduras entre uno mismo y el vecino. Una vida donde las frases que priman en los eslóganes vienen a decir que estemos unidos cuando esas mismas empresas te empujan al aislamiento con productos que hacen que te cuestiones: ¿para qué necesito a los demás si lo tengo todo?

Pese a la tristeza del asunto, es la realidad. Y si me dieran la oportunidad volvería a ser un niño donde algo en mi interior aún luchaba contra mi pesimismo y, esperanzador, insistía en que tal vez recapacitaríamos. Pero el tiempo pasó y aquí me veo yo ahora, aquejado de una grave enfermedad crónica cardiaca, a la espera de que algún donante perezca y mi organismo acepte su corazón. Si fuera otra persona estaría todas las noches suplicando que la fortuna hiciera aparecer un corazón para seguir con vida. Lástima que sea yo, el de siempre, y sepa perfectamente que moriré antes de ver un resquicio de humanidad.

En parte es irónico que vaya a morir a causa de una malfunción cardiaca. Si no fuera tan escéptico y realista, diría que todo el desprecio y aversión que siento hacia los demás ha provocado que este músculo bombeador se ennegrezca lo suficiente para compartir mis sentimientos y tampoco querer vivir en este mundo.

Los médicos y enfermeros pasan de vez en cuando por mi habitación animándome y engañándome afirmando que muy posiblemente pronto hallarían un corazón sano para mí. Enseguida les clasifiqué en el tipo de ser número dos: el inhibido. Esa actitud amable frente a un desconocido denotaba que realmente se les hacía la boca agua al pensar en el cuantioso sueldo que recibirían a final de mes. Ya me los imagino si fueran transeúntes normales y corrientes y me vieran por la calle mientras sufría mi primer episodio arrítmico. Quizás los más temerosos se pararían para preguntar acerca de mi estado, pero el resto, sabiendo que por tratarme bien no iban a recibir remuneración alguna, pasarían de largo. La realidad era distinta, me cuidaban porque se jugaban el sueldo, pero sabía que en un mundo paralelo me tratarían como una mota de polvo posándose en una mesa, me apartarían de la superficie y asunto arreglado.

En el hospital seguía con mis horarios de siempre. A la hora de cenar ponía los informativos en el televisor que colgaba en la pared para aumentar mi asco. Últimamente se veían bastantes seres del tipo uno: el auténtico. Podría ser por la dificultad de los tiempos, pero con asiduidad aparecían más personas cometiendo delitos. Relacionarían fama con dinero y la desesperación aumentaría acelerando el proceso de liberación. De hecho, hacía bastante tiempo que no veía un famoso estándar, si no era por un despiadado genocidio era por el robo de una numerosa cantidad de dinero. No obstante, siempre había un hueco reservado para las incesantes guerras. Me hacía gracia ver a manifestantes autodenominados pacifistas recriminando dichas confrontaciones bélicas. Siempre me pregunté: si van a favor de una humanidad equilibrada, ¿por qué abogan por la paz absoluta y la ausencia total de guerras cuando eso desbalancearía por completo tal equilibrio? Lo dicho, si tuviera que definir con un aroma a la humanidad sería con el hedor de la hipocresía…

Los días se sucedieron y en uno de estos el médico encargado de controlar mi estado me dio la esperada noticia de que mi corazón ya estaba demasiado grave y si en una semana no recibía donación alguna moriría. Me ofrecieron un psicólogo por aquello de tener que “afrontar” una muerte tan próxima. Claramente me negué, demasiados falsarios había visto ya como para tener que recordar a otro.

La semana transcurrió con calma y únicamente aguardaba ese último pinchazo en el pecho que pararía por siempre mi corazón. En muchas ocasiones me despertaba por la noche con tremendos dolores. Definitivamente ese médico tenía razón, había entrado en la etapa final, pero aún tenía suficiente capacidad cardiaca para albergar más antipatía. En mi últimos momentos hasta tuve ganas de llorar. Muchos no se lo habían ganado. No. Ahí estaban, disfrutando de vidas sintéticas conformadas por piezas de pura crueldad, poco piadosas. Aunque puede que me lo mereciera al fin y al cabo, probablemente se me haya olvidado mencionar al tipo de ser número tres: el hostil. No se trata de una categoría muy diferenciada de las otras dos, pues el carácter principal del tercero lo pueden presentar ambos. Es aquel que se mantiene ajeno a los demás y declina poca consideración hacia la humanidad llegando a dañarles por mero desprecio, que a veces secunda a una recreación falsa de superioridad. Quizá no cumpla todos los requisitos, pero desde luego sí que presento hostilidad frente al ser humano, por no hablar de que vomito ante la idea de la integración social… No, si al final hasta me creeré las premisas del ser inhibido y todo será culpa de no haber tenido un comportamiento digno de un santo. Pues si tuviera que haber adoptado esa actitud falsa para ser recompensado con una vida más duradera, me parece que estaré mejor abandonando este lugar. Escupiría a la humanidad a la cara, pero aprecio demasiado mi saliva como para que se ensucie con vuestras pieles.

Y el día llegó. Un tremendo apretón en el tórax, como si me estrujaran el corazón con extrema fuerza, un breve quejido y oscuridad. Fue extraño que, supuestamente estando muerto, escuchara aún voces. Pude diferenciar la de uno avisando al médico, ya habrían encontrado mi cadáver. Luego me alzaron y me pusieron en otra camilla. Algunas luces aún atravesaban mis párpados, se difuminaba todo, pero podía distinguirlo de la plena oscuridad. Segundos después me conectaron a algo y me pusieron algunos tubos, probablemente estarían sacándome la sangre, no es que supiera muy bien qué se hacía con un muerto en un hospital. Sólo esperaba a que pronto me quedara  difunto del todo y dejara de estar en este incómodo stand by. Pero hubiera estado interesante estar así hasta mi funeral, con mis padres también muertos, y sin más familiares que me apreciaran, incluso podría ser Record Guinness en cuanto al funeral más solitario de la historia…

Como era de esperar, ese estadío cambió tiempo después, pero no por la muerte, sino por la vida. No comprendía nada. Me encontraba en una habitación similar a la que abandoné. Lo primero que percibí fue comodidad, sí, carente de dolor torácico. Me levanté la parte superior del pijama y pude observar una considerable cicatriz en la región donde se hallaba el corazón. Obviamente el órgano que me latía estaba sano, ¿pero cómo?

Tras un par de horas el cirujano entró en la habitación y, viendo que ya había despertado, me explicó que ese tremendo dolor punzante podría haberme matado, pero afortunadamente en ese justo momento había llegado un corazón al hospital perfecto para mí. Se me llevó rápidamente al quirófano y se realizó la operación exitosamente. Me entró la curiosidad por saber de quién era tal músculo. Resultó ser de una mujer en coma. Su marido, en contra de la voluntad de ella, exigió alargar su estado comatoso, el cual era irreversible. A pesar de que los médicos afirmaban que sólo conseguiría estirar su sufrimiento, el marido, tal vez un poco egoísta, quiso mantener a la mujer un año más enchufada a una máquina. Pero un día se enteró de que un paciente de ese mismo hospital necesitaba un corazón urgentemente. No se sabe la razón exacta, pero el marido entró en razones y permitió descansar en paz a su mujer. Ipso facto, se la extrajo el corazón, el cual era compatible con mi organismo, y se llevó al quirófano para implantármelo.

Realmente me sorprendí. Tal comportamiento no encajaba con ningún tipo de ser existente hasta ahora. Algo no cuadraba. ¿Egoísmo, aceptación, fama, curiosidad por el asesinato? Nada de eso…

Una vez recuperado lo suficiente para caminar, quise hablar con él, el cual se encontraba en la capilla del hospital. Al verme no sabía quién era, así que me presenté. Se echó a llorar y por primera vez no sentí asco por un humano. Puede que los cirujanos me hubieran operado porque era su trabajo, quién sabe, pero él no tenía razón alguna para darme tal regalo. Aunque consciente de la presencia de un enfermo de corazón, todos entenderían el negarse a donar el corazón de su esposa. Intrigado, y sin saber medir muy bien mis palabras, le pregunté por qué lo había hecho. Su respuesta me dejó conmocionado.

-Ante mis manos se hallaban dos posibilidades. Sinceramente al principio pensé en tomar la primera alternativa y no desconectar a mi mujer, pero recapacité. Si hacía eso provocaría dolor en dos personas, en ella por seguir en un coma interminable y en ti por dejarte morir. Sin embargo, si tomaba la decisión correcta os liberaría a los dos de vuestras penas. Ella al fin podría descansar y tú seguirías disfrutando de la vida que se te ha otorgado.

Justo en esa última frase se me hizo un nudo en la garganta. Si de verdad conociera mi vida, deficitaria en felicidad, se arrepentiría de haber elegido esa opción. Esperaba verle triste y en cambio sonreía. Simplemente era feliz por haberle dado la vida a alguien pese a que fuera un extraño. ¿Qué clase de persona era? Era imposible que estuviera marcada por el altruismo, eso era mera fantasía.

-Quizás te preguntes cómo cambié drásticamente de negarme a donar su corazón a… matar a la persona que más quería –prosiguió el señor–. Hasta hace poco creía que el ser humano era un monstruo. Y… puede que aún lo piense.  Pero llegué a la conclusión de que gente buena existía, aunque poca, y ellos tenían el duro deber de contrarrestar toda la maldad de este mundo. Siendo minoría tendrían que hacer que sus actos repercutieran mucho más que los del resto. Y yo he querido apoyar a la causa. A veces decaigo y sigo creyendo que en realidad no hay hombre bueno, pero eso no me importa si yo estoy a gusto conmigo mismo, y te lo digo de verdad, esta decisión me reconforta mucho más que la otra…

Me quedé sin palabras. Ese señor era como yo y, sin nada a su favor, se había dispuesto a nadar contra la corriente.  Me parece que este hombre había hecho algo más que darme un corazón o una segunda oportunidad para vivir.

Puede que haya que incluir un cuarto tipo de ser, este sí, humano.

domingo, 29 de septiembre de 2013

El Discípulo [2/3]

El primer lugar que se les ocurrió visitar fue la parte trasera del patio, el aparcamiento para profesores. Allí había una gran compuerta que normalmente estaba cerrada, pero ante la ausencia de esperanza tendrían que valerse de cualquier resquicio de fortuna que albergara esta pesadilla.

Como esperaban no había escapatoria, aunque ese sentimiento de decepción era secundario. Estaban empezando a percatarse de que a medida que transcurría el tiempo, el Instituto se cubría más y más por esos paisajes de hilos y agujas sacados del sueño enfermizo de un escritor enloquecido. Algunos profesores estaban enredados allí, empalados en agujas y levitando en charcos de su propia sangre. La prueba de que ni de los adultos podrían obtener ayuda se encontraba ahí, y si no lo resolvían ellos al menos deberían escapar.

Desesperados, volvieron a consultar a Blas. Este comenzó a estresarse, a pesar de tomarse durante el inicio del horror todo con frialdad, el límite de su mente se estaba quebrando. No soportaba tanta presión, quería volver a ser el inexistente ente que era antaño. Lanzó una mirada suplicante a Uriel y él comprendió que su naturaleza se anteponía a los acontecimientos. Uriel calmó al grupo y habló entre susurros.

-Analicemos la situación. Dejando a un lado lo irreal que puede resultar esto, creo que todos estamos de acuerdo en que ese monstruo no resistirá indefinidamente, y aunque pueda matarnos con una simple mirada, al cabo del tiempo acabará perdiendo a causa del desgaste. Si de verdad poseyera tanto poder como el que nos hace creer no habría creado este sanguinario plan. Lo que hizo Blas en el aula fue un paso agigantado en nuestra supervivencia. No mata porque sí, si puso tal pregunta en la pizarra y reaccionó así ante la respuesta de Blas es debido a que esto trasciende a algo más que una caza mayor, nos pone a prueba. La pregunta es: ¿cómo conseguir su aprobación?

-Siendo una prueba, como tú dices, algo queda claro –continuó Sandro –. Esto debe ser el campo de experimentación. No sería extraño que nos estuviera observando ahora mismo. Sin embargo seguimos vivos, es decir, tenemos que averiguar sus reglas y seguirlas al pie de la letra. De momento sabemos que está prohibido caotizar este silencio e intentar escapar por la puerta principal.

-¿Y si sólo hace tiempo para matarnos?¿Y si no hay ninguna salida? –preguntó Amador balbuceando –.

-Siempre la hay. De los videojuegos aprendí que por muy peliaguda que se ponga una situación, siempre habrá un método que solventará todo.

-Ahora que lo mencionas –dijo Marta repentinamente –. El año pasado, cuando era delegada de clase, normalmente era citada en el aula de profesores para tomas de decisiones, votaciones y demás. Creo recordar que al lado de la entrada había un tablón con varios clavos de los cuales colgaban unas cuantas llaves. Me parece que uno de esos llaveros contenía la llave que abre la compuerta del aparcamiento. Podría ser nuestro método para salir de aquí.

-No nos queda alternativa –contestó Uriel –. Es eso o esperar en el patio a que estos hilos nos asfixien. Será mejor entrar de nuevo y andar con cautela hasta la sala de profesores.

El grupo lo asimiló. Deberían regresar al núcleo de la pesadilla. A pesar de que esta fuera la única alternativa, paralizados por el miedo, tres compañeros, nuevos ese año, decidieron quedarse allí a esperarles de vuelta con el llavero. Se excusaron con el pánico y nadie les pudo echar la culpa, de hecho lo increíble no era que se negaran a avanzar, sino que el resto, veinte personas que aún ni eran adultas, agarraran con fuerza el poco valor que brillaba en sus corazones e hicieran frente a un hombre con el poder de Fobos.

Y allá fueron. En cabeza iban Uriel y Sandro, en la retaguardia, cadena en mano, Blas, en los laterales Marta y Amanda. No debían dejar ningún flanco al descubierto. Como un mismo ser, el grupo se movía casi al mismo paso. Llegaron a la puerta y una maraña de hilos empapada en sangre aguardaba en la sala principal. Algunos estaban atados a los barrotes de la puerta, impidiendo su abertura. Sandro y Uriel intentaron abrir pero era en vano. Insistieron con más fuerza, el tambaleo de la puerta emitía unos estrepitosos ruidos provocando que algunos hilos, como culebras enrabietadas, comenzaran a agitarse.

Sergio y Raúl se dieron cuenta de que si continuaban estaban expuestos a una prematura defunción. Les separaron con brusquedad de la puerta y, en silencio, señalaron la maraña. Ambos asintieron y se disculparon. Ahora había que idear otra manera de acceder al interior.

-¿Qué os parece por ahí arriba? –propuso uno de los nuevos indicando con la vista a la ventana que tenían justo encima de ellos, que se encontraba afortunadamente abierta –.

-No creo que sea posible. No hay seguridad alguna para alcanzar la ventana. –refutó Marta –.

-Puedo ir yo. Se me da bien la escalada. Solamente decidme cómo llegar hasta la sala de profesores y os traeré la llave enseguida.

-No. –respondió Uriel –. No recorrerás todo el camino solo. Si quieres subir, hazlo. Pero con una condición: justo al lado de esa ventana verás unas escaleras. Te llevarán justo aquí abajo. Abre la puerta y te acompañaremos.

-Lo haría encantado, pero no creo que por abrir desde dentro los hilos dejen de evitar el movimiento de la puerta.

-Tengo… esto –ofreció Arturo con un tono de voz casi imperceptible –. Es una pequeña navaja, aunque el filo está bien afilado. Supongo que esos hilos serán igual de débiles que el resto frente a una hoja.

El nuevo, quien se presentó con el nombre de Ernesto al preguntarle Sandro su nombre justo antes de partir, cogió con gusto la navaja y se la guardó en el bolsillo de sus vaqueros. Inspiró una gran bocanada de aire y la echó de inmediato mientras mantenía los ojos cerrados. Era el momento, entrar ahí podría considerarse suicidio, pero había que pagar un precio por ser campeón municipal de escalada juvenil, además no se hubiera perdonado el callarse al divisar tan perfecta entrada y, por tanto, posibilidad de supervivencia.

Ernesto subió y entró sin problema alguno. Ahora el silencio era estremecedor, vaticinaba una angustiosa espera que quizá nunca terminaría bien. Durante esos segundos una chica rompió a llorar, era la amiga que habían conocido Paula, Sonia y Marta al entrar a clase. Se llamaba Sara. No paraban de encadenar su nombre a un repertorio de frases tranquilizadoras… sin solución aparente. Blas lo sabía, esa histeria conduciría a un llanto cada vez más sonoro. No sólo se estaba jugando el pellejo ella sola, sino el del grupo entero. Esperó un poco más para ver si sus amigas conseguían algo. Ante la ignorancia de la llamada a la calma, Blas no tuvo más remedio que comportarse de la misma forma que con los niños novatos de antes.

-Bonita –contestó agachándose y acercando su rostro al de Sara –. O guardas silencio o te arrastro con nuestros compañeros, carentes de vísceras, de la puerta principal. ¿De acuerdo?

El tono que puso era digno de un demente, entre cinismo y júbilo. Pese a ello, el resultado no se podía cuestionar, se calló de inmediato, al igual que los demás. Todos mirándole con cara de sorpresa.

-¿Qué? No hay que tomarse esto a la ligera. Siento ponerme serio, no me haría ilusión, que se diga, el ser atravesado por material de costura por culpa ajena. Si muero, que sea porque YO he dado un paso en falso y no otra persona. No quiero ser brusco, pero no voy a morir de manera tan absurda.

A partir de ahí el silencio reinó. Los diecinueve se aproximaron a los cristales de la puerta, fijándose en las escaleras. Si todo iba bien pronto verían bajar a Ernesto. Varios hilos, próximos a los escalones, comenzaron a moverse. Al principio supusieron lo peor, pero entonces vieron los pies de Ernesto. Los hilos no se movían por voluntad, sino porque los estaba cortando, con suma precaución, él. Los demás, espectadores, tuvieron que contener la alegría, cada vez faltaba menos.

Al cabo de un par de minutos Ernesto ya estaba al lado de la puerta. Había cortado todos y cada uno de los hilos, abriendo paso a la entrada de los compañeros. Sólo quedaban tres por cortar, los que se enrollaban con más fuerza a los barrotes. Ernesto estaba nervioso, le estaba costando seccionarlos. Procuraba no acelerar mucho el corte, pidió paciencia y fue debilitando el hilo. Segundos después al final se rompió. Todo iba bien.

Con el segundo ocurrió lo mismo. Uno más. Sujetó con cuidado el mango de la navaja y procedió. Las fibras se iban separando, poco a poco el hilo adelgazaba. Apenas lo unían ya cuatro fibras, quedaba el corte final.

Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, a una velocidad vertiginosa, una decena de hilos surgieron y se entrelazaron en los barrotes. A Ernesto se le cortó la respiración, que pasara eso no auguraba nada bueno. Y así era. Más hilos aparecieron tras de sí, penetraron en su tórax a través de la espalda y le rompieron la camiseta dejando el tronco al aire.

Uriel volvió a intentar abrir la puerta para salvarle, pero el movimiento amenazador de los hilos, aproximándose a sus manos, arremolinándose justo donde él se encontraba, le obligó a parar y a resignarse como los demás a observar, horrorizado, su muerte.

Antes de morir, se empleó su piel como un lienzo cosiendo en él letras que conformarían un mensaje dirigido al resto.

“Un error fatal el no ver la fuente de los hilos.”

Inmediatamente buscaron de un lado para otro algún hilo que condujera a la fuente que mencionaba. Era difícil lograrlo, pues se mezclaban demasiado como para perder al que seguían. Sergio, sin embargo, consiguió seguir por completo a uno. Afirmaba que la mayoría de los hilos, por no decir todos, provenían de uno un poco más grueso que salía del pasillo que conducía, en efecto, al aula 2 de biología. Al parecer había estado en todo momento en el mismo sitio. No había duda, esos hilos y agujas eran parte de él, veían, escuchaban, sentían… Entonces sí era cierto que fueran a donde fueran él conocería sus posiciones.

-Ya me está cansando este tío…

Blas no dijo nada más. Con el rostro claramente lleno de furia, se dirigió, a marcha ligera, hacia el aparcamiento. Los demás, sin otra opción, fueron tras de él. No sabían qué tramaba, ni siquiera se lo dijo a Sandro que se adelantó y se puso a su lado. Solamente dijo, con el ceño fruncido, que nadie tenía derecho a jugar a ser un Dios, y más cuando el que lo hacía era una aberración del Inframundo. Sandro se detuvo en seco. No reconocía a Blas, siempre tan callado, tan pasota; había cambiado, tomando la iniciativa, aceptando de primera mano el reto que le ofrecía un ser sobrenatural. ¿Qué almacenaba su cerebro?

Llegaron al aparcamiento. Allí les esperaban los tres compañeros, ahora muertos. El “bosque” de hilos se había vuelto más frondoso. Seguramente hubieran hecho algo que no debieran. Estaban empalados, como los cadáveres docentes del lugar. Blas ni se inmutó, en el fondo ya sospechaba que no iban a llegar muy lejos. Sin pararse a entristecerse por las pérdidas, buscó algún coche que no estuviera invadido por los hilos. Hubo uno solo, un coche gris. Seguramente alguno de los profesores que se hallaban por allí sería su propietario. Con cuidado rebuscó entre sus bolsillos, tenía que encontrar la llave de un Opel. Escasos minutos después la fortuna le sonrió y en su manó se posó la ansiada llave.

Su intención al principio era la de tomar el coche y acelerar para romper la compuerta, pero ya habían demasiados hilos. Seguramente pararían el coche y acabaría muerto. No obstante, podría colisionar contra la pared del edificio en un punto exacto donde había un par de ventanas. Confiaba en la propagación de las ondas ante el impacto, no tenía alternativa. Fuera como fuera, tomar el coche era, muy probablemente, una de las pruebas del macabro profesor, si no estaba en lo correcto, podría haber engullido también ese coche. Que no hubiera ni un minúsculo hilo en la carrocería indicaba eso, no había otra respuesta.

Antes de entrar se acercó a los demás y exigió silencio pasara lo que pasara. Volvió y se subió en el asiento del conductor. Al primer ruido al que se enfrentaba era al del encendido del motor. Introdujo despacio la llave y la giró. Arrancó a la primera y no era un sonido muy alto. Blas miró a los lados y atrás. Lo que se temía: unos cuantos hilos se posaron, rodeando el automóvil, pero no lo hacían de forma tan radical como en la puerta que pretendía abrir Ernesto, ahora se movían de manera mucho más lenta. No era momento para quedarse expectante. Podría morir al estrellarse contra el muro, pero ya lo había dicho, si moría, que fuera por su culpa. Suspiró, quitó el freno de mano, metió primera marcha y pisó a fondo el acelerador. La distancia no era muy grande, y la aceleración dejaría mucho que desear, sin embargo, si todo iba bien el golpe sería suficiente para provocar algunos daños. Sabía que uno de esos cristales ya estaba muy frágil. Años atrás, cuando daba clases en una de las aulas cercanas, en días de bastante viento, se escuchaba claramente el vibrar del vidrio. Le tenía ganas a esa ventana por no dejarle meditar con comodidad en las horas agotadoras, era su momento de arremeter contra ella.

El coche impactó. Hubo la suficiente inercia para que Blas hubiera salido despedido si no llegara a ser porque llevaba puesto el cinturón. Y, por consiguiente a la potente vibración, los cristales se resquebrajaron en mil pedazos. Se había abierto una entrada, pero quedaba lo peor para Blas. El ruido fue considerable. Se desabrochó el cinturón y salió todo lo rápido que pudo del coche. En cuestión de segundos los hilos, que en un principio permanecían con suavidad en el coche, apretaron con tanta fuerza que hasta se hundieron en este. El coche se hizo añicos en un abrir y cerrar de ojos. Blas, mirando atrás, no pudo evitar el imaginarse a él mismo dentro del coche, hecho trozos, confundiendo la carne con el metal, la sangre con la gasolina. Habría sido una muerte terrible, desde luego.

El destino, por el contrario, había optado por la otra alternativa. Seguía vivo y no había amenaza por parte de los hilos. El ruido había cesado, así que la calma reinó nuevamente. Sebas se asomó con cautela a una de las ventanas. El camino estaba despejado, no obstante, en la lejanía del pasillo se divisaban más marañas de hilos, no sería una travesía tranquila la de llegar a la sala de profesores. Sebas compartió la información con los demás.

­-Está bien, la situación es crítica –aseguró Sandro –. Si entramos corremos el riesgo de acabar como Ernesto… o peor. Puede que la sugerencia sea mala, pero propongo el dividirnos. No deberíamos entrar todos, sino los más veloces y escurridizos. No tengo la menor duda de que, aunque no hagamos ruido, alguna que otra hebra irá como una bala hacia nuestro cuerpo. Por ello, los que se vean capaces de resistir el ataque, ¿podríais dar un paso adelante?

Al principio sólo se ofrecieron Uriel, Blas y él mismo. La situación les sometería al mismísimo desafío de la muerte, no era una prueba más de educación física, esto era enfrentarse al campo de trampas de un demente. El silencio, incómodo, hizo que algunos más se ofrecieran. Fueron Raúl y Sergio quienes pusieron plena confianza en sus desarrollados reflejos para enfrentarse a la amenaza. Seguidamente dos de los nuevos, junto con Paula y Marta, aceptaron. Por último, mordiéndose los labios ante la presión moral, avanzó Amador.

Amanda tiró de él, le suplicó que se quedara, pero él reconoció que era su obligación ir. Si era como Sandro explicaba, él era necesario dentro, pues, al menos de entre los veteranos del grupo, Amador era el más rápido. Ante su contestación, Amanda sugirió entonces acompañarle, pero Uriel la convenció para quedarse. Era bien sabida su magnífica labia y muy probablemente, aunque no se lo dijera a los demás, alguno de los voluntarios moriría. El miedo florecería en los que iban a aguardar sus retornos, y si Amanda se quedaba podría, mano a mano con Sonia, tranquilizarles. Ella, a regañadientes y con la cara inundada de lágrimas, aceptó. Dio un beso de despedida a Amador y retrocedió junto con los demás.
Diez iban, nueve se quedaban.

Primero entraron Blas y Sandro, seguidos de Paula, Marta y Uriel. Justo atrás iban los dos nuevos, Jaime y Fran, y Amador, este último prestando una excesiva atención a lo que le rodeaba, pues sabía que si moría causaría un tremendo dolor en Amanda, destrozaría su corazón. Hasta ya estaba arrepintiéndose el haber aceptado ir, aunque sabía que si hubiera hecho lo contrario jamás asimilaría el lograr sobrevivir sin hacer nada a cambio mientras otros habían muerto intentándolo. Debía continuar.

Así que el grupo avanzó con pocos obstáculos hacia las escaleras que conducían a la primera planta, sin más impedimentos que unos pocos débiles hilos que saltaron con facilidad. Sin embargo el piso superior era peor. Lo primero que vieron todos fue el cuerpo de Ernesto, con la espalda totalmente roja por su sangre, pegado a las puertas, cosido a estas.  Miraron al lado contrario, dirección a la sala de profesores, apenas podían ver algo, un millar de hilos, con agujas goteando sangre, les esperaban. Antes de subir el último peldaño Uriel se interpuso y habló al resto.

-Creo que hay que dejar algo claro. Muy posiblemente alguien de los que estamos aquí no vuelva al aparcamiento. Puede que el profesor quiera que vayamos hasta la sala de profesores, pero no quiere decir que, por gusto, no nos mate a algunos por el camino. Somos demasiados y va a ser inevitable el entrar en contacto con algún que otro hilo. Alguien podría ir a rastras hasta la entrada y coger la navaja de Arturo para ir abriendo paso, pero no vamos a cometer el mismo fallo, tendremos que ir sin ayuda alguna hasta allí. Así que, conociendo el alto riesgo de muerte, si alguno quiere retroceder que lo haga, yo al menos no guardaré rencor alguno.

Ninguno se echó atrás a excepción de Fran. Pidió disculpas, con la voz temblorosa, y bajó las escaleras para reunirse con los demás. Uriel esperó unos segundos más por si alguien se arrepentía también. Viendo que los demás estaban dispuestos a todo, asintió y dio la orden de tumbarse. Cerca del suelo había menos cantidad de hilos, y por tanto el riesgo, aunque aún vigente, era menor.

El sudor resbalaba por sus frentes. Muy de vez en cuando alguno entraba en contacto con un hilo y se paraba en seco con el corazón palpitando a gran velocidad. Cada vez que ocurría, el susodicho imaginaba una muerte atroz. Por fortuna esos leves toques no alteraban los hilos y podían continuar.

Pese a la aparente facilidad del viaje, el profesor, que sabía a la perfección qué estaba pasando, quiso poner más peligro a los acontecimientos. Los objetivos fueron Sandro y Jaime. Unos cuantos hilos se enredaron en sus tobillos y muñecas con una fuerza moderada. Se dieron cuenta enseguida, no podían continuar, si se movían demasiado sí podrían provocarse, tal vez, un desagradable desmembramiento. Ante la pausa de ambos, los demás preguntaron qué ocurría, aunque no hizo falta que se lo dijeran, lo vieron con sus propios ojos. Jaime empezó a hiperventilar, asimilando ya su muerte. Por su lado, Sandro, sin ponerse nervioso, no opuso resistencia alguna y se dirigió a los otros siete.

-Seguid adelante, estaremos bien… dentro de lo que cabe. Ya hubiéramos muerto si así hubiera querido ese maldito. Dadme una breve pausa y ya veréis que salgo de esta junto a Jaime –dijo apaciblemente –.


Pero eso no convenció a Jaime y, omitiendo la posibilidad de poner en peligro al grupo, tiró de los hilos para soltarse. A ellos no les gustó su reacción y, como era de esperar, apretaron con mucha más fuerza para, tras ello, tirar, arrancándole los miembros.
Jaime no murió de inmediato y empezó a gritar debido a la inmensa agonía. Blas indicó a los otros que aceleraran el paso. Al momento se negaron, pero Sandro insistió, sabía que no había esperanza para él y que se quedaran observando cómo moría era innecesario.

Con los ojos vidriosos, los siete continuaron. Hubo un momento en el que Paula miró hacia atrás. Era cierto, no había salida. Sangre, agujas e hilos formaron un cúmulo donde ellos dos se encontraban. Adiós Sandro…

Finalmente alcanzaron la sala de profesores, ausente de trampas. Se incorporaron y Marta buscó en el tablón el llavero. Lo cogió y lo guardó en el bolsillo de su camisa. Quedaba el trayecto de vuelta, pero antes de emprenderlo Blas se detuvo al lado de una mesa, donde había unos papeles manchados de sangre, bajo una madeja del mismo hilo que el que manejaba el profesor. La lógica sugería que lo había depositado allí para ellos, con lo cual, el venir a por las llaves también formaba parte de su “experimento”.

­-Esto es… surrealista –exclamó Blas tras darle una ojeada a las páginas –. La mayoría de párrafos son divagaciones, tipos de hilos y demás material de costura y alguna que otra frase vacía. Pero lo interesante es esto… Habla de un discípulo, alguien digno de ser… ¿su predecesor?

Así lo exponía en las páginas. Parece que el profesor por fin revelaba sus intenciones. Buscaba un joven de entre dieciséis y diecisiete años, con gusto por la ciencia, capaz de defenderse frente a las pruebas tanto físicas como químicas que el Maestro debía ofrecer. En el peor de los casos sería el discípulo el que, consciente de ello y con total libertad, se dirigiera personalmente al antiguo Tanatohilador para tomar su puesto una vez este muriera.

-Entonces, ¿si uno de nosotros acepta ser… su discípulo, todo acabará? ­–preguntó Amador incrédulo –. ¡No tiene ni pies ni cabeza! O sea, que aunque a partir de ahora seamos sumamente precavidos y nadie más muera accidentalmente, según esto, sí o sí, uno más morirá, porque no se puede llamar vida a lo que vaya a tener el que sea elegido aprendiz de tanato… lo que sea.

-Tanatohilador –corrigió Marta –. Y sí, según eso, aunque nos neguemos, uno de nosotros será escogido por él. La otra opción es que muramos todos. Tampoco espero que siga al pie de la letra lo aquí establecido, pero que lo haya dejado a simple vista, a nuestro alcance para leerlo, me hace sospechar que nos sugiere que alguno se ofrezca ya, o como mucho, mostrar la “recompensa” que puede recibir uno de los supervivientes… Me dan escalofríos con sólo pensar en lo que hará con el discípulo.

-Todo encaja –sentenció Blas –. Su pregunta de la pizarra, la disciplina del silencio digna de cualquier maestro, los castigos incompasivos ante la desobediencia. Es de la vieja usanza. Aparte de eso, aunque alguno de nosotros se sacrificara y se ofreciera, eso no aseguraría la imposibilidad de morir. Si hace esto con aprendices de prueba, sometidos a un proceso de perfección, seguramente exija aún más al elegido. Y, además, en el peor de los casos podría seguirle la corriente y luego traicionarle, si fuera así, orgullosamente yo habría aceptado ir con él. Pero algo me hace pensar que él no es el primero, y probablemente también fue un asustadizo alumno inmiscuido en un proceso de selección similar. Indudablemente se le moldearía la mente y el cuerpo… No sé, no puede ser tan fácil como gritar a los cuatros vientos que quieres ser su alumno y a partir de ahí ningún funeral más…

Nadie sabía qué hacer. Quizás, al compartir todo lo ocurrido con los otros nueve del aparcamiento, alguna idea surgiría. Doblaron las páginas y cada uno metió una en un bolsillo. Salieron de la sala de profesores y cuál fue su sorpresa al contemplar que toda esa gran cantidad de hilos había desaparecido y sólo había unos pocos en el techo sosteniendo huesos, músculos y piel en recuerdo de la desgracia de Sandro y Jaime.

Anduvieron manteniendo la precaución y bajaron las escaleras. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que Fran no había llegado muy lejos. Tal vez, por arrepentirse de continuar, el Tanatohilador le castigó. Allí estaba, abierto en canal, con dos agujas clavadas en sus ojos, tirado en el suelo, inerte.

No era momento para pararse a lamentarse, siguieron el camino de vuelta, faltaban escasos metros para llegar a la ventana rota. Sin embargo Amador cometió un error fatal. Impaciente por rencontrarse con Samanta, avivó el paso casi poniéndose a correr. Sergio y Raúl, que en ese momento estaban a su lado, intentaron agarrarle tirando de su chaqueta, pero este se desprendió de ella y siguió hacia la ventana. Impotentes, sin poder gritar ni correr por el riesgo que ello suponía, solamente pudieron quedarse mirando. Cuatro hilos aparecieron por la puerta de una de las aulas, rodearon a Amador y los arrastraron de un brusco empujón al interior del aula.

Cuando los demás llegaron a la puerta intentaron abrir, pero no servía de nada, al igual que con la puerta principal, los hilos evitaban que se abriera. A través del espejo estaba la imagen de Amador, con su cuello rodeado por un hilo un poco más grueso que los que inmovilizaban  sus piernas y brazos. Este hilo colgaba del techo, y por consiguiente provocaba en Amador el castigo del ahorcamiento. En sus últimos segundos de vida, casi sin poder hablar, tuvo la suficiente fortaleza para vocalizar dos palabras: lo siento.

Amanda era la primera que esperaba al lado de la ventana. En cuanto vio aparecer a seis de los diez que habían entrado, de entre los cuales Amador no se hallaba, preguntó intranquila dónde se encontraba él, aún esperanzada de que aparecería saltando la ventana en cualquier momento. Los seis agacharon la cabeza.

Sonia, comprendiendo enseguida la silenciosa respuesta del grupo, tapó la boca de Amanda y la abrazó con fuerza. Sus ojos estaban abiertos como platos y tenía la respiración entrecortada, sin creer aún que Amador había muerto. No reaccionaba, estaba inmóvil, ni siquiera podía gritar, simplemente su rostro era lo único que mostraba señal alguna de vida, el resto del cuerpo permanecía inerte, compartiendo el mismo estado que su amado…

Tras un minuto de mutismo en honor a los cuatro que se atrevieron a entrar y murieron por salvar a los demás, Blas contó lo ocurrido dentro, evitando las partes en las que alguno de ellos perecía. La aflicción no era sólo por Amador, no hacía faltar afirmar que Sandro, Jaime y Fran también les habían abandonado para siempre, dejando a un lado las ganas de vivir por el valor heroico que ahora ayudaría a los demás a salir del Instituto.

Ahora todos sabían que uno de ellos, por mucho que lucharan, acabaría con el cerebro lavado por infinitas locuras que el Tanatohilador introduciría en su cabeza, elegido por la desdicha en incesante sufrimiento hasta acabar transformado en un autómata que provocaría el mismo pánico en un futuro. ¿Quién sería el discípulo?

Alguien más no saldría sano y salvo hoy, eso seguro, pese a ello, habían de seguir. Uriel pidió las llaves a Marta, quería ser él el que se enfrentara a los hilos que se interponían entre ellos y la puerta del aparcamiento, después de todo, no podía evitar culparse al haber hecho que aceptaran entrar en el edificio. Por supuesto no le dijo las intenciones a Marta, pues se habría negado. Tan sólo pidió las llaves y ella se las entregó. Entonces, relajó su cuerpo y fue de cabeza a la hojarasca de hilos.

Tal vez los hilos ignoraran su avance, pero las agujas no, todos los filos se dirigieron hacia su piel. Notaba el calor de su sangre fluyendo, era como abrirse paso a través de unas zarzas. Sin embargo hizo caso omiso al dolor, continuó, estiró el brazo, introdujo la llave y abrió la puerta.

Las pruebas estaban a punto de terminar. La maraña se retiró y no había absolutamente nada que les impidiera escapar. Algunos sonrieron, otros alzaron el ceño sin creérselo aún. Pero todos estaban de acuerdo en una cosa: correr.

Los primeros pasos fueron desconfiados, pensando que todavía el Tanatohilador les tenía en el punto de mira, pero al ver que no había respuesta alguna por su parte, corrieron todo lo que pudieron hacia la salida. Estaban fuera, en cuanto se alejaran un poco más celebrarían la victoria, aunque la euforia del momento no podían esconderla.

Desgraciadamente la felicidad fue demasiado fugaz. Quince hilos salieron a por ellos, cada hebra a por uno. Cayeron destartaladamente al suelo cuando se arremolinaron en sus piernas, sin que ni siquiera los reflejos de Raúl y Sergio pudieran evadir el agarre. El único que no se enredó en una pierna fue el que persiguió a Sara, que directamente atravesó su cuello matándola casi al instante.

Esa muerte daba a entender que todos y cada uno de ellos iba a ser castigado, sin elegir un discípulo. No podían comprenderlo, habían llegado tan lejos, siguiendo las indicaciones del profesor, ¿qué habían hecho mal, tendrían que haber esperado en la entrada en vez de salir? ¿Qué ocurría?

Nadie tenía la respuesta. Lentamente el hilo avanzaba como una serpiente. A la muerte de Sara le siguió la de uno de los nuevos, quien fue estrangulado. Segundos más tarde perecieron los últimos alumnos nuevos de la clase de Bachillerato, uno desangrado al ser atravesado repetidas veces por el hilo, el otro por una despiadada evisceración.

Arturo quedó impactado. Por primera vez su aspecto tranquilo había dado paso a pura angustia. No quería ver más muertos, no quería ver más sangre. Un fuego apareció en sus ojos. Se resistió al hilo que le impedía avanzar. Tiró de él separándolo de la piel, pero de este surgieron agujas que arremetieron contra su mano. No le importaba, siguió tirando. Las agujas que brotaban era cada vez más largas, llegaban a atravesar por completo su mano. Entre la sangre y las agujas incrustadas, nada tenía que envidiar a una rosa con espinas. Se debilitaba. Tenía que entrar en razón, no había escapatoria. Justo cuando se iba a dar por vencido, le alertó el alarido de Ricardo.

Ricardo, exasperado, trataba de arrastrase hasta su gran amigo Sebas. Lloraba sin poder ayudarle, Sebas había sido el siguiente en recibir el castigo. El grueso hilo se había dividido en filamentos más finos que cosieron su boca para, de inmediato, ser su cráneo atravesado por una gran aguja.

Sus sollozos le hicieron entender. No había otra manera. Arturo se levantó del suelo como pudo y se giró en dirección al Instituto. Dios un fuerte grito para llamar al Tanatohilador. Y, entonces, pronunció la frase que nadie se atrevía a decir.

­-¡Yo seré tu discípulo!

En cuanto sus palabras retumbaron alcanzando el interior del edificio, los hilos dejaron de inmovilizarles y se echaron atrás. Los demás se quedaron conmocionados, esperaban la ofrenda de cualquiera excepto de él, siempre tan callado. Entonces apareció el homicida, sin decir vocablo alguno se aproximó a Arturo. De su espalda manaban todos los hilos que inundaban el Instituto, uno de estos agarró por la cintura a Arturo y lo puso cara a cara con él. Cuando Arturo se cercioró de que tenía la atención explícitamente puesta en su rostro, atacó. Aprovechando la espinosa mano, se arrancó una de las agujas más largas y se la hundió de lleno en el corazón.

El Tanatohilador emitió un grito vacío y miró con rabia a Arturo. Con el hilo que le rodeaba, lo levantó y lo precipitó contra el suelo repetidas veces. Al cabo de pocos segundos el profesor cayó muerto, presa de uno de sus propios instrumentos, perdiendo toda la fuerza que ejercía en los hilos Uriel corrió enseguida a socorrer a Arturo, pero los golpes que había recibido eran demasiado graves como para que sobreviviera, tendría una gran hemorragia interna con más de un hueso roto.

-Hasta los monstruos tienen puntos débiles –aseguró Arturo –. Siento Uriel que me veas así… No había otra manera… Sé que tendría que… haberme ofrecido antes de que acabara con ellos cinco… Pero… tenía miedo…

Uriel no tuvo tiempo para responderle. Arturo exhaló su último aliento sin perder la sonrisa de victoria que había mantenido desde el momento en el que había apuñalado al Tanatohilador. Había sido un acto inteligente, a la par que una temeridad, el ofrecerse como discípulo y atacarle, pues así había terminado con una oscura tradición que podría llevar años en marcha, el maestro y el aprendiz estaban muerto… Junto con diecinueve alumnos más de la promoción del Bachillerato de Ciencias de la Salud de 2013.

Ahora tendrían que avisar a las autoridades, si les creían o no era indiferente, ya se había hecho justicia. Lo que les importaba era si en algún momento sus mentes borrarían esos recuerdos… Se habían sometido, en el primer día de clase, a un examen de extrema dureza, y muy pocos habían conseguido aprobar… Tanto dolor, tanta sangre… tantas pérdidas.