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Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

sábado, 19 de abril de 2014

El Consejo de los Seis Puñales: Serendipia [13]

-Fantástico lugar… ¡Y ahora responde de una maldita vez! ¿Por qué demonios nos conocéis si ni siquiera hemos hecho de momento nada notorio como para ello?

-Veo que sigues tan enérgico como siempre, Ignis. Muy bien, una promesa es una promesa. Ya os hemos traído a Voltium Nekro, por lo que nada puede excusarme si me negase a responderte… Verás, en pocas palabras, hay cierto hechicero que se está dedicando a revelar vuestra existencia por todo el globo con la intención de que muchos renegados os den caza.


-¿Y por qué quieren ir a por nosotros? ¿Tanta repugnancia damos como para que nos quieran exterminar?

-Es bien sencillo. El hechicero que hace eso emplea el terror en los demás. Usa, ni más ni menos, que Paranoias para que el resto piensen que el Consejo de los Puñales traerá caos y desolación a este mundo.

-Menudo vaticinio más absurdo –alegó Inanis mientras se echaba una mano a la cara –. Y bien, ¿conocéis el nombre de ese Clarividente?

-Ahí está la gracia. A pesar de que nuestras fuentes, las cuales son de confianza, notifican que con toda seguridad conjura Paranoias, no es ni por asomo esa clase de hechicero que has mencionado.

-¿Y entonces qué es?

-Descubrirlo, así como averiguar su nombre y afiliación, es uno de los propósitos de esta resistencia –aclaró Eida entrando en la conversación –.

-¿Tenéis algo planeado o vais a usar mi… método de improvisación?

-Tenemos puestas las esperanzas en un plan en concreto. Mas si queremos ponerlo en funcionamiento os necesitaremos a vosotros, Consejo. No obstante, y sintiéndolo mucho, vuestros aprendices no podrán participar. Pueden residir aquí mientras tanto, por supuesto, pero tienen prohibido conocer los detalles de nuestro plan.

-¿Y por qué confiáis en nosotros seis mientras que en el resto no? Al fin y al cabo también somos Brujos. Espero que no sea por ese aberrante motivo del legado de los Hermanos Penumbra, que no tengáis otra opción que requerir nuestra ayuda, pero que, aun así, os hayáis limitado a reclutar a los Brujos más… “fiables”.

El Señor Zrak no dijo ni una palabra. Al parecer Tenebra había acertado con su suposición. El silencio, conforme los segundos transcurrían, se iba haciendo más y más incómodo. Hasta el punto que Nexus avanzó unos cuantos pasos, con la cabeza agachada, con la intención de hablar a todos los Brujos. Iba a pronunciarse, se retiraban.

Pero, justo en el último momento, cuando la boca del Aespacial ya estaba abierta, dispuesta a iniciar las palabras que desmoronarían todo, unos cuantos Brujos dieron un paso al frente. Eran aprendices que, conscientes de la situación, sabían que aceptar la invitación del Electromante era la única opción viable para la supervivencia de sus hermanos de brujería. Sacrificarían su dignidad, aunque fueran tratados de mala manera en aquella guarida, si aquello suponía el fin de las persecuciones.

Se fueron uniendo todos los aprendices. Cuando los Brujos de la Oscuridad se despidieron de Tenebra, esta no pudo evitar desprender unas cuantas lágrimas de orgullo. Poco a poco, los aprendices se fueron colocando alrededor del Señor Zrak, aceptando su petición.

-Es lo más sabio que podéis hacer, de verdad, no os lo toméis a mal. A pesar del ocultismo que mantendremos durante los días venideros, os juro que vuestra estancia en este lugar será placentera, y es más, os prometo a costa de mi vida que cuando el Consejo vuelva a reunirse con vosotros, seréis recompensados gratamente. Y ahora, seguid a Eida, os llevará a vuestras habitaciones mientras os enseña los lugares de interés de Voltium Nekro. Sed bienvenidos.

Aunque eran distintos los sentimientos de los Seis Brujos en ese momento, todos albergaban algo en común: decepción. Lo habían comprendido, sabían que el camino de la brujería iba a ser duro, pero nunca imaginaron hasta qué punto. Que hasta los propios aliados, unidos por el más puro instinto de supervivencia, apuntaban con mil ojos hacia ellos, aún dudosos de si de verdad eran hechiceros de confianza. Cualquier otro conjurador podría venir y sería reclutado de inmediato. Sin embargo, con los Brujos, tuvieron que recopilar toda la información posible acerca de ellos y, aun así, la certidumbre era únicamente otorgada a los máximos líderes del Consejo.

-Vale, lo admito, es una situación incómoda –asimiló Luzbel repentinamente con la intención de romper el mutismo –. Por ello creo que deberíamos ir ya a donde sea que nos quieras llevar para contarnos tu plan, Zrak… Señor Zrak.

-Sí… por una vez estoy de acuerdo con mi hermano. Esto empieza a resultarme desagradable.

-Muerte Fugaz –dijo Nexus con una mirada repleta de determinación, interrumpiendo el avance de los otros cinco Grandes Brujos –. Muchos Bardos relataron tu alzamiento, fue una verdadera gesta el cómo combatiste por los tuyos, luchaste con uñas y dientes para que los Electromantes no se esfumaran en el olvido. Lentamente recuperasteis parte de vuestra antigua grandeza y lograste conducir a tu gente a una época más próspera. Dime, te considero un gran Rey y hechicero, ¿qué pasaría si desconfiaran de un Electromante bajo tu reinado?

-Ahora resulta que soy el único que creía que habían sido erradicados de la faz de nuestro planeta…

-Eso te pasa por ir de mercader entre Dimensiones y no estar al tanto de la actualidad de tu mundo…

-Por favor, Inanis, Luzbel, guardad silencio un momento. Señor Zrak, te ruego que me contestes. ¿Qué ocurriría?

-Entiendo ese dolor que sentís, pero erráis si consideráis que sois sólo vosotros los que habéis tenido que despediros de los vuestros. Nexus, lo que has hipotetizado fue real. Los Electromantes somos conocidos por una falsa arrogancia, evocada en nuestra Historia por culpa de unos cuantos soberbios que se asentaron en ciudades y se autoproclamaron a la fuerza tiranos soberanos. Por culpa de ello, yo fui el único que pudo entrar en las filas de la resistencia a cambio de no compartir ninguna información con mis hermanos. ¿Crees que no me ha resultado difícil ser ahora yo el que pida a otro que haga lo mismo mientras los míos también aguardan en posadas mi regreso?

-Un momento, ¿hay alguien por encima de ti en todo esto de… Voltium Nekro?

-Por supuesto. Soy el Señor Zrak, Rey de los Electromantes, no obstante, dentro de esta guarida soy otro recluta de la causa.

-Puedo suponer, al menos, que el que dudó de la fidelidad de los tuyos sí es el líder, ¿no?

-No puedes estar más acertado, Hex. Tal vez hayáis oído antes de él. Es Amach el Sabio.

-Menos mal –contestó aliviado el Lengua Vil –. A este sí que le conozco…  Aunque me resulta raro que un Clarividente haya levantado todo… esto para dar con la identidad de un malnacido.

-No es sólo esa la intención. Hay muchas más cosas detrás de este primer objetivo. Pronto se os explicará todo con más detalle, en cuanto los demás reclutas pongan rumbo al cuartel general.

-¿Va a haber más gente aparte de la Curiosa y de ti?

-Sí, hay tres hechiceros más, aunque no os diré sus nombres. Estoy casi seguro de que los reconoceréis de inmediato, así que os dejaré con la intriga hasta que lleguemos al punto de reunión.

-Genial –respondió Inanis con sarcasmo –. Con lo que adoro la muchedumbre…

-Muy bien, si no hay nada más que añadir vayamos caminando. Detecto alteración eléctrica en las moléculas del entorno. Creo que los demás ya se dirigen hacia allí.

-Increíble, percibes la propia energía que provocan nuestros movimientos. Tuve suerte de no combatir contra ti en la Guerra de los Arcanos.

-Bueno, no en vano soy un Rey –contestó con aires de superioridad –.

El grupo emprendió la marcha. El sonido de sus pasos quedó oculto una vez se adentraron en el corazón de la metrópolis. Como era de esperar, tantos engranajes girando y cuantiosas descargas eléctricas provocaban estruendosos ruidos en frecuencias mínimas. Entre los rostros boquiabiertos por la admiración de la mecánica guarida y esta contaminación acústica, apenas hubo algún momento durante el trayecto para conversar, a excepción de una pregunta causada por un fascinado Luzbel.

-Una pregunta, Señor Zrak. ¿Cuánto tardasteis en construir este maravilloso lugar?

-Ni idea. No fue creado después de iniciar nuestra resistencia, ya se encontraba aquí años atrás, elaborado por Ingenieros. Eida y sus Magotrones trabajaban con ellos y les pidieron que dejasen Volitum Nekro como nuestro refugio. Se negaron y… los mataron, apropiándose de la ciudad para luego compartirla conmigo y con el resto.

La macabra sonrisa qué mostró mientras decía aquello tornó más oscura la respuesta. Quién iba a imaginar que Eida, con su actitud tan inofensiva, hubiera sido capaz de tomar la decisión de arrebatar por medio de una masacre un territorio que en esencia no era de su propiedad. Sólo uno de los seis reaccionó con una mueca de satisfacción, como si le agradase que la Curiosa permaneciera todavía con ese sadismo insidioso que tanto la caracterizaba; ese uno era Mal Fario.

Finalmente Muerte Fugaz se paró en seco, justo delante de una gran torre metálica, adornada con una infinitud de bobinas chispeantes. A los pies de ella reposaba un imponente portón, con un pequeño e insólito objeto incrustado, atornillado a la pared de manera muy deficiente. No parecía que tras él hubiera nada, sin embargo, la mirada del Electromante indicaba que era un ítem importante para acceder a la reunión.

-¿Habéis oído hablar de la desmaterialización?

-Yo sí. Es un procedimiento implicado en algunos de los portales que invoco. Cuando el cuerpo que es transportado es más pequeño que el vórtice por el que pasa sus moléculas se moldean, sin llegar a desintegrar el cuerpo en sí, para, ya en el otro lado, tomar la forma original sin que hayan daños durante el proceso.

-Algo así, bastante bien explicado. Esta puerta, aparentemente inútil, está integrada con un… ¿cómo dijo que se llamaba…? ¿Trasto… Transmilo… Transmogra…?

-¿Transmoleculizador?

-¡Eso mismo! Ese… artilugio trasladará el maná de nuestros cuerpos por unos conductos hasta la cima. Allí, en una atmósfera sobrecargada artificialmente con magia, se crearán unas réplicas exactas de vuestros cuerpos.

-¿Tanta parafernalia para acudir a una dichosa reunión?

-Esta torre, la Torre Volta, es el refugio de Amach. Él ya sufrió varios intentos de asesinato mientras se trasladaba a Voltium Nekro, así que prefiere resguardarse. No quiere decir que alguno de nosotros tenga intenciones homicidas, pero así aseguramos que nadie más pueda subir. Él es el único que de verdad se halla dentro, sin ser una copia, y por voluntad decidió encerrarse, habiendo, eso sí, un acceso oculto que tan solo Eida conoce por el cual le trae frecuentemente víveres.

-Como sea. ¿Cómo funciona esta cosa? Porque me resulta poco convincente que un bote con un dispositivo extraño anclado y dos finos tubos vaya a poder hacer tal proeza biológica.

-Tan simple como depositar en el tarro un poco de tu sangre imbuida con tu maná. Luego ya depende de la configuración que el Magotrón le otorgue, aunque en este caso imagino que será aproximarse a la entrada de la puerta, por donde penetran esos tubos, ¿cierto?

-Así es –afirmó el Señor Zrak con algo de asombro ante Hex –. Venga, ¿quién quiere ser el primero?

Tenebra se ofreció voluntaria. Afiló una de sus uñas con pura sombra y se pinchó en el índice de la otra mano. Se apretó la herida y vertió las gotas en el tarro. Nada más llegaron al fondo, el dispositivo emitió un par de ruidos robotizados y el contenedor comenzó a vibrar, haciendo que la sangre diera vueltas por el mismo a una velocidad cada vez más rápida, llegando al punto de que el vidrio por completo se tiñó de rojo. Acto seguido, cuando el movimiento del Transmoleculizador cesó y la sangre se eliminó por un conducto lateral, aproximó su torso a los tubos y recibió una leve descarga eléctrica que hizo que desapareciera.

Excepto Nexus, Hex, y el Señor Zrak, los demás se asustaron ante ese instantáneo desvanecimiento. Nadie esperaba que ocurriese de esa forma, así que el Electromante tuvo que calmarles, viendo que empezaban a dudar de si era buena idea desmaterializar sus cuerpos.

El Aespacial fue el siguiente, precedido de Mal Fario, ambos con la intención de tranquilizar al grupo. La cuarta fue Inanis, siendo los últimos Luzbel e Ignis. Una vez entraron en la Torre Volta, Muerte Fugaz mandó proteger la entrada a dos hechiceros que pasaban cerca. Tras ello, usó el Transmoleculizador. Ya estaban los once preparados para escuchar las palabras de Amach el Sabio, aunque aún faltaba por descubrir, de entre esos once, quiénes eran los tres desconocidos.

-¡Saludos cordiales, soy Ginny! ¡No puedo creerme que esté ante el Consejo al completo! ¡Todo un honor!

Ese caluroso saludo provenía de una joven vestida con una túnica gris, con la cabeza oculta en una cogulla morada. Tenía, además, un cinturón en el que habían atados cuatro viales cuyos contenidos relucían con los colores amarillo, verde, azul y rojo. Asimismo, en sus laterales, reposaban dos relucientes hoces plateadas.

 
-Un momento –dijo Inanis mientras pasaba sus manos sobre su violácea sotana –. Si el cachivache ese se basa en nuestra biología puedo imaginar que lee de algún modo nuestros genes, sin embargo… ¿cómo puede replicar también nuestras indumentarias con tanto detalle?


-Eso es porque recoge, aparte de la información de la sangre, una porción de la memoria del cerebro durante el transcurso de la desmaterialización, para así perfeccionar el contorneado orgánico y sus prendas –explicó una mujer con la cara maquillada como un esqueleto –. Por suerte todos albergábamos códigos sinápticos en nuestro cerebro acerca de nuestra apariencia, hubiera resultado curioso que llegase alguien que nunca se hubiera visto en un espejo.

-Claro… ¡los genes! –exclamó Hex dando un golpe en la palma de su mano – Por eso soy de carne.

Ni los otros del Consejo ni el Señor Zrak ni Eida se habían percatado todavía. Al recurrir a la genética de Hex, el Transmoleculizador ignoró su estado corpóreo actual y recreó una copia de cuando seguía siendo un humano normal.

Entre presentaciones y demás parloteos, el alboroto fue acrecentando en la sala, hasta que Amach, quien estaba sentado en una majestuosa silla, esperando a que los demás le acompañaran en esa redonda mesa, con la paciencia agotada, golpeó el suelo con el extremo de su báculo dorado. Las vibraciones del impacto inundaron la habitación de una manera sobrenatural. Claramente el sonido se vio avivado por la abundancia de maná en el aire.

Todos callaron y el Sabio, en silencio, señaló la superficie de la mesa. Cada asiento tenía un trozo de papel con un nombre. Por lo visto ya había elegido dónde quería que se sentase cada uno. En el sentido de las agujas del reloj, comenzando por él mismo, el orden fue el siguiente: Amach el Sabio, Luzbel Lengua Vil, Señor Zrak Muerte Fugaz, Nexus el Aespacial, Ginny Hoz Estelar, Ignis el Moldeabrasas, Eida la Curiosa, Tenebra Corazón de Ébano, Nadur Corteza Verde, Inanis la Abisálica, Kora Sellaesperanzas y Hex Mal Fario.

Amach cerró los ojos y se mantuvo en ese estado de meditación por un tiempo mientras los Grandes Brujos, que no sabían muy bien lo que estaba pasando, permanecían expectantes. No parecía que fuera a hablar en ningún momento, sin embargo ninguno de los otros, ajenos al Consejo, se dispuso a hablar. ¿Qué estaría tramando el Clarividente?

La Abisálica perdió la paciencia y se dispuso a preguntar si alguien iba a decir algo o no, pero justo antes de hablar una extraña fuerza bloqueó su cerebro. Un mensaje se repitió sin cesar en su mente:

“Permanece en silencio.”

-Amach es mudo –aclaró el Señor Zrak al ver el desconcertado rostro de Inanis –. Pese a ello, su nivel telepático es tan abrumador que puede comunicarse infundiendo sus pensamientos en nuestros cerebros.  Ahora está analizando vuestros recuerdos, en breves iniciaremos la reunión.

No le agradó a ninguno de ellos que un desconocido interfiriera en sus memorias. Aunque no tuvieran nada que ocultar se sentían incómodos dejando expuestos momentos pasados, algunos bastante íntimos. Sin embargo, tenían que pasar por aquello si querían ser acogidos en aquel lugar.

Diez minutos transcurrieron y el Sabio volvió a abrir los ojos. Miró fijamente a la Druida, quien estaba un poco distraída jugueteando con las hojas que había impregnadas en la totalidad de su toga de cuero de tonalidades verde y marrón, y dio un suave golpe con su báculo.

“Nadur, puedes empezar cuando desees.”

-Enseguida –respondió mientras se desataba la cinta verde de su frente y la depositaba en la superficie de la mesa –. Según los informes de mis compañeros, el sujeto ha emprendido un viaje hacia el norte. Podríamos esperar para ver qué trayecto tomará en las próximas bifurcaciones, pero el tiempo apremia.

-¿Y para decir eso tienes que mirar en ese trozo de seda? ¿Lo tenías apuntado o qué?

-Esta cinta está cubierta con sustancias alucinógenas. Para vosotros os resultarían inservibles, en cambio, cuando yo las toco, provocan en mí un rememoración precisa de todo lo que he visto, escuchado, sentido, saboreado y olido durante los últimos diez años.

-Increíble, una droga útil.

“Continúa, Eida.”

-Bien. Con estos datos podemos concretar cinco ubicaciones que coinciden con la dirección del viaje del sujeto. Hay más lugares, por supuesto, pero hemos escogido los cinco únicos donde hay asentamientos taumatúrgicos. En un principio íbamos a ir nosotros solos: Kora, Nadur, el Señor Zrak y yo, pero la Nigromante, a quien he nombrado primero, sugirió que podíamos invitar a los propios implicados en el asunto.

-Entonces… ¿iremos en parejas de un Brujo y otro hechicero a cada uno de esos sitios?

-¡Correcto!

-Pues algo no me cuadra… Somos seis, uno deberá acoplarse a una pareja ya formada, ¿no?

-Cierto –contestó Ginny con una mueca que mostraba una sobreactuada decepción –. ¿Y ahora qué?

“Todo está bien calculado. Nexus, líder del Consejo, se quedará en Voltium Nekro. Hay ciertos asuntos que necesito hablar con él.”

­­­-Con gusto permaneceré aquí, pero, Amach, siento discrepar, no me considero un líder. Ninguno de nosotros está por encima de otro.

“Comprendo. Aun así, fuiste quien formó el Consejo y ayudó a los demás Brujos. Mereces ser honorificado.”

El Gran Brujo del Vínculo llegó incluso a sonrojarse por el, según él, inmerecido elogio. Así que no tuvo más remedio que tomarlo como cierto y permitir que la reunión siguiera su curso.

-De acuerdo. No tengo objeción alguna. Residiré en Voltium Nekro mientras tanto.

“Kora, procede.”

-Las agrupaciones se han basado en el lugar al que van las parejas y la probabilidad de que se encuentren allí al sujeto en cuestión. Dicho esto, espero que vuestra memoria esté receptiva, prestad mucha atención a la composición de las parejas y su destino porque no lo volveré a repetir: Luzbel y el Señor Zrak irán a las Marismas Cinéreas, hogar de los Nerónicos de la Tripulación Aguas Turbias. Ginny e Ignis se presentarán en la ofensiva de los Magos de Retaguardia que hay en las Estepas de la Cicatriz Cinética. Eida y Tenebra acudirán como colaboradoras en la construcción del Fuerte Bendito que están llevando a cabo algunos Cruzados en los Terrenos del Silencio. Inanis y Nadur viajarán a las afueras de las Espesuras Norteñas, donde os esperarán unos escoltas Druidas para llevaros al interior del bosque. Por último, Hex, tú y yo pondremos rumbo hacia el Camposanto Levógiro para reunirnos con un amigo Resucitador mío. ¿Alguien no está conforme con lo que he dicho?

Nadie se opuso a las agrupaciones, el silencio fue la prueba de ello.

“¿Hay algo más que queráis aclarar?”

­-No, Amach –respondieron más o menos al unísono –.

La habitación comenzó a emitir una intensa luz que lentamente fue engullendo todo hasta dejar completamente cegados a los que se hallaban dentro. Llegó a ser tan insoportable que perdieron el conocimiento, no sin antes recibir en sus mentes un último mensaje de Amach.

“Marchad pues. Buena suerte, la necesitaréis.”

domingo, 13 de abril de 2014

Ludum Morte [1/3]

En realidad era un simple principiante, un novato que anhelaba llegar a lo más alto. Cuando veía a mis ídolos en la televisión me mordía los labios de la exuberante envidia que recorría mi cuerpo. Fantaseaba con ser el próximo que apareciera en todos los medios de comunicación, pero para ello primero tenía que recorrer un largo camino. Esto no terminaría al hacer bien mi trabajo, no, después habría de aguardar cierto tiempo para que mi potencial liberase una onda expansiva más fulminante. Debía de ser de los grandes, no de esos que acaban en la interminable lista de imitadores. Tenía que hacerme un hueco, un nombre, sacrificarlo todo en pos de llegar a lo más alto. Y de momento iba bien…

El joven huía por el callejón, apenas podía tenerse en pie, se tropezaba una y otra vez agravando el estado de su magullado cuerpo. Gritaba sin cesar con la esperanza de que alguien fuera a ayudarle. Por desgracia para él, el molesto sonido de las discotecas cercanas enmudecían sus suplicantes alaridos.

De vez en cuando, normalmente al volverse a incorporar, echaba un vistazo atrás. Esos eran los momentos en los que su miedo alcanzaba un pico. Y no le culpo, esa silueta de su asesino, cubierto por una larga gabardina negra, encapuchado, con el rostro oculto, portando un sierra ensangrentada, merecía como mínimo una muestra de sobresalto. Esa silueta silenciosa, que con paso lento se acercaba más y más hacia su presa, con la total seguridad de que pronto le alcanzaría, era digna del más estridente grito. Esa silueta… MI silueta.

Dobló la esquina y se tapó con la terrible sorpresa de que un muro le impedía seguir avanzando. Trató de trepar por él, pero sólo consiguió ponerse en evidencia ante su depredador. Entró en pánico, ya no sabía qué hacer, se arrastró hasta una esquina y se acurrucó, cubriéndose la cabeza con las manos, meciéndose y sollozando.

Caminé con calma, para no asustarle con movimientos bruscos innecesarios. Me puse delante de él y me agaché. Con la mano libre bajé sus brazos y, posándola en su mentón, alcé su cabeza para que me mirase.

-Ey, tranquilo –dije con una plácida sonrisa –.Vas a ser el número 4. Es un número muy bonito, alegra esa cara, por favor. No querrás que en tu velatorio se queden con una imagen de ti errónea, de un chico con el rostro lleno de espanto.

-¿Me… me va a doler? –preguntó él, claramente como indicio de la aceptación de su inminente destino – Dime la verdad… te lo suplico.

-No puedo prometerte la ausencia absoluta de dolor. Ya has visto, por esas laceraciones, que algo de dolor sí se sufre. No obstante, esas heridas te las podrías haber ahorrado si no hubieras tratado de escapar. Aunque no te culpo… ninguno de los otros tres me creyó cuando les dije que todo esfuerzo sería en vano. Respecto a tu pregunta, aún no he obtenido nada mejor que esta vieja sierra para dormiros.

El chico hiperventiló a la par que trataba de contener las lágrimas. No podía apartar la vista de la dentada sierra, cuya hoja ya había saboreado su sangre. Cada segundo que transcurría era una tortura para él, así que decidí no alargar más la penitencia y, sin avisar, le seccioné la garganta. El corte fue tan profundo que se originó la réplica de una catarata rojiza.

Entonces, para mi asombro, me cogió las manos y se inclinó hacia mí. Movía su boca, trataba de pronunciar algo, pero la sangre dificultaba con creces la articulación de las palabras. A pesar de ello, con esfuerzo, logró transmitirme lo que me quería decir.

-¿Puedes… al menos… concederme un último… deseo?

-Claro, dime.

-A partir de ahora… por favor… usa otra herramienta… No quiero… que los siguientes… sufran…

Sus ojos se cerraron tras dejar escapar un último esputo sanguinolento que fue el telón carmesí que dio por finalizada su función en este inmenso teatro llamado vida. Poco a poco su cuerpo se fue deslizando hacia la izquierda y quedó reposando en el húmedo suelo, a la espera de que la policía, previa llamada a comisaría hecha por mí mismo, encontrara su fría y ya inservible carcasa.

Al día siguiente, sin retrasarme ni un minuto, me dirigí a mi Facultad y me apropié, cuando nadie me veía, de un par de bisturís que permanecían guardados en el laboratorio de anatomía.

Quizás penséis que soy débil por no comportarme como un autómata a la hora de ejecutar a mis objetivos. Bueno, puede que tengáis razón. No obstante, si al final el trabajo es realizado con éxito, en este caso matar, ¿qué más da cómo se haya llevado a cabo? Después de todo yo no asesino por ningún motivo en concreto. Mis víctimas no son personas que me dañaron en el pasado, tampoco son gente que ha hecho alguna mala acción, y ni mucho menos son individuos que merecían morir. Simplemente tuvieron la fatídica suerte de toparse con mis cálculos de azar. Es por ello que trato de suavizar todo y darles una muerte lo menos lenta, dolorosa y traumática posible.

Pese a ello, durante los cuatro primeros homicidios no tuve más remedio que emplear una vieja sierra. Podría haber usado un cuchillo o unas tijeras, utensilios igual de letales y localizados en el mismo hogar, pero ya he dicho que no pretendo ser un imitador. ¿Cuánta gente ha matado valiéndose de un mero cuchillo? Eso está muy visto. ¿Y con las tijeras? Igual de común… Por esta razón rebusqué en el tablón de herramientas de mi trastero. Había martillos; una buena opción, pero muy dolorosa, el sujeto tardaría en perecer mientras se retorcía de la agonía. Había destornilladores; también eficaces y menos dañinos, aunque seguían sin convencerme, dejaban muy pocas opciones a la hora de perforar carne. También encontré alicates, llaves inglesas, tenazas… Nada, no llegaban a llamarme la atención…

Hasta que vi una sierra. Sí, estaba oxidada y algunos dientes estaban desgastados, aun así era perfecta: mucho menos común en manos de un homicida, lo suficientemente afilada para abrir la piel sin estimular demasiado los nervios de la periferia y capaz de seccionar regiones de alta resistencia.

Sin embargo, cumpliendo la última petición de ese chaval, la quinta víctima experimentaría una muerte mucho más rápida y limpia. Sería el afortunado de los desdichados. ¿Y quién sería? Pronto lo descubriría.

Llegué a mi casa y limpié con agua y jabón las manchas de sangre de mi gabardina del día anterior. Tras ello, empecé a frotarme los ojos hasta que salieron lágrimas. El número de las mismas, hasta que la irritación cesase, sería el número del portal al que acudiría esta vez. Después, con una aguja, me pinché el pulgar y dejé precipitar una gota de sangre sobre un folio. Medí su radio en milímetros. Este valor indicaría el piso. Por último, si, además de la mancha principal, el papel quedaba salpicado por otras pequeñas gotitas más, escogería a la primera persona que me abriera su puerta, la A, a la izquierda; mientras que si sólo se había originado una única mancha elegiría a la persona de la puerta B, en el lado puesto. En este caso sería el portal nueve, piso dos, puerta B.

Este era el mismo proceso que seguía antes de ir a matar a alguien. Puede parecer absurdo, siendo más simple usar unos dados, pero para mí, tanto la sangre como las lágrimas tenían una especie de significado, como un precio a pagar, el recibimiento de una ínfima parte de lo que sufriría mi próximo objetivo.

Al finalizar la elección me marché a la cama, mañana las clases de la Facultad eran teóricas y ya había acordado con un amigo que falsificara mi firma en el papel de las asistencias. Tenía la coartada perfecta para agenciarme mi quinto asesinato.

Me vestí con unos pantalones cortos y una sudadera gris para no mostrar en el primer encuentro mi verdadero atuendo. ¿Qué? No lo he dicho. Vaya, perdón. Todo ese procedimiento sólo servía para identificar a la persona que ejecutaría, pero ni por asomo acabaría con ella en ese instante, podría vivir con alguien o el vecino de al lado, contagiado por el virus del espionaje, podría estar observando la situación a través de la mirilla. No, soy benevolente, no estúpido. Simplemente hacía un reconocimiento de su rostro y sus prendas, así como echaba un vistazo fugaz a lo poco de la casa que quedaba expuesto a mis ojos. Con ello podía conjeturar si el sujeto saldría pronto de su casa o si tendría que aguardar a mañana.

Sí, en ocasiones la espera se hacía eterna, tal y como sucedió con el primero y el tercero. No obstante, si quería agrandar el listado de mis presas, tenía que tomar las medidas de precaución necesarias. Además, en esta situación la fortuna me había sonreído.

Me abrió la puerta una anciana. Me preguntó qué quería de muy mala gana. Estaba arreglada y olía a perfume, un pequeño bolso marrón colgaba de su fosa cubital derecha. Una foto en blanco y negro de un hombre, en cuyo marco yacía un lazo de seda negro, se encontraba en la pared del recibidor. Mi diagnóstico: en cuestión de unos minutos esa señora iría a dar un paseo, aunque podría matarla ahí mismo, ya que estaba viuda y no habían ruidos que indicasen que ahí habitaba alguien más. Asimismo, antes de entrar al bloque me fijé en el balcón de la puerta del 2º A. No habían plantas y había un cartel de se vende, por lo que tampoco viviría nadie en esa casa. Pese a ello, no corrí el riesgo y contesté que me había equivocado de piso y que lo sentía mucho.

Subí las escaleras y me quedé de cuclillas, prestando atención al más mínimo sonido que proviniese del tercero, para así disimular, incorporarme y fingir que me había detenido para responder a un mensaje del móvil.

Cinco minutos después, mi objetivo volvió a abrir su puerta, se marchaba. Eran las doce del mediodía, por lo que probablemente iría a caminar por el parque que había cerca de la barriada. Yo la seguí manteniendo una distancia apropiada. No tenía mis vestimentas ni mis bisturís, así que primero tendría que cerciorarme del lugar al que iba y luego regresar corriendo a mi casa a por el “material”.

La dicha siguió acompañándome. Efectivamente fue a parar al parque. Se sentó en un banco y se puso a observar el cristalino lago que ondeaba al son de la danza acuática de los patos. Detrás de donde se había sentado se hallaban unos frondosos matorrales donde podría ocultarme. Aunque incluso hubiera podido sentarme a su lado y matarla, puesto que, a pesar de la belleza de ese sitio, no era una zona muy transitada, y menos a esa hora en un día laboral.

Caminé con velocidad hacia mi casa y me cambié para la ocasión. Metí un bisturí en mi bolsillo derecho y el otro en el izquierdo. Bajé las escaleras y llegué nuevamente al parque. Me aproximé a la zona del lago y anduve silenciosamente hasta situarme muy próximo a esos matorrales. Me metí entre ellos y mantuve la calma, así como aguanté la respiración. Busqué el mejor sitio que me permitiese un aceptable campo de visión y esperé a que los pocos transeúntes que había allí dejasen de circular.

No pasó mucho tiempo hasta que el lugar quedó ausente de potenciales testigos. Hasta el mismísimo viento dejó de incordiar, era como si el tiempo se hubiera detenido y únicamente ella y yo nos hubiéramos librado de esa pausa. Pude escuchar los latidos de mi corazón, estaba nervioso, era la segunda vez que cometía un asesinato a plena luz del día, en un sitio donde las probabilidades de que me descubriesen eran bastante altas para mi gusto.

Aun así, seguí con el plan y emergí del follaje, extendiendo los brazos para agarrarla de las axilas y tirar de ella hacia mí. En cuanto la gravedad favoreció su arrastre hacia los matorrales puse mi mano derecha en su boca para que no alertara a nadie.

Apreté su cabeza y rápidamente con la otra mano extraje de la gabardina uno de los bisturís. No paraba de revolverse, de manera que tuve apuñalarla en el primer sitio que vi viable, el cual, en este caso, fue su hueso temporal derecho. Sin embargo, la hoja penetró apenas unos milímetros. ¿Qué sucedía?

Me puse encima de ella y la propicié un feroz puñetazo en la cabeza para aturdirla. Ahora que podía continuar con más calma, decidí investigar lo que había ocurrido. Tracé un delgado corte a lo largo de la región que había resistido el golpe e introduje mi dedo meñique. Enseguida lo comprendí. Había tenido la mala suerte de impactar la hoja del bisturí contra una placa de titanio. Esta mujer se había sometido a algún tipo de cirugía craneal y la habían atornillado esas minúsculas prótesis.  Eso era lo que la había librado de la primera arremetida, que no de la muerte.

Aunque jamás pensé que ella aprovecharía esos segundos extra para luchar por su vida… Distraído, a la par que fascinado, por ese fortuito suceso, la anciana sujetó la mano que taponaba su boca y la mordió con tanta fuerza que sentí cómo varios tendones se quebraban. Instintivamente, mis mecanismos de defensa activaron mi otro brazo y respondí con una letal maniobra. Seccioné las comisuras de sus labios hasta llegar a los maseteros y así debilitar la fuerza de su mandíbula. Acto seguido, nada más soltar mi mano, la apuñalé varias veces en el pecho y no paré hasta que quedé totalmente seguro de que había fallecido.

Había sentido verdadero pánico. Con sólo pensar que podría haberse torcido la cosa y habría podido huir se me ponían los pelos de punta. Por fortuna, aunque con contratiempos, había logrado nuevamente cumplir mis expectativas, ya había obtenido mi quinta víctima. Dos más y podría descansar durante una semana.

Me deshice de todos los restos que pudiesen implicarme en el crimen y dejé el ensangrentado cadáver escondido entre el verdor silencioso de esos espectadores vegetales. Pero justo entonces me di cuenta de que sería descabellado caminar por ahí con “cierta señal”. La gabardina, de nuevo, y esta vez con más abundancia, había recibido un considerable baño de sangre, así que no tuve más remedio que ponérmela del revés. Prefería que me miraran con burla creyendo que era un palurdo que no sabía vestirse a que me contemplaran horrorizados pensando lo que de verdad era.

De vuelta al hogar, con mis movimientos, la sangre se fue filtrando a través de mi camiseta. Percibía su calidez, como un abrigo exánime que me transmitía los llantos de su progenitora… Definitivamente tenía que deshacerme de toda esta empatía inservible. Comprendía que no por ser un asesino en serie tienes que tener tus vasos sanguíneos obstruidos por carámbanos de hielo, pero había que mantener un nivel concreto de frialdad, básicamente por el bien de alcanzar mi sueño. ¿Cómo conseguir esto?

Sencillo, por primera vez habría de saltarme mi protocolo y elegir a la siguiente víctima solamente por el azar situacional, una persona cuyo fallecimiento causado por mí fuera una medicina eficaz para congelar mis emociones. Y estaba en el lugar idóneo para encontrar a alguien así.

Un niño, que no pasara de los diez años, esa clase de sujeto sería perfecto, siempre y cuando me obligara a mí mismo a posicionarme en una situación de no retorno, donde si, por algún casual, desistía y me negaba a matarle, las consecuencias fueran tan nefastas como para acabar justo ahí con mis expectativas de fama. Esto, aparte, sería una buena motivación para seguir adelante y matarle. Si tuviesen que venir lamentaciones y remordimientos que fueran más tarde, ya hecho el trabajo.

Eran la una y cuarto de la tarde, aún faltaban un par de horas hasta que viniera algún niño a corretear por el parque, con lo cual, tenía tiempo para limpiar una vez más mi gabardina, cuyo tejido ya estaba empezando a resentirse por el desgaste al que estaba siendo sometido.

Tras una intranquila espera de dos horas y veinticinco minutos, con decisión me planté en la zona recreativa más próxima e hice un breve análisis del entorno. Casi no había ningún padre por los alrededores, ni siquiera en los bancos cercanos. Al lado había una terraza con bastante alboroto. Seguramente se encontrarían allí, sin prestar absolutamente nada de atención a los once niños que se columpiaban, se deslizaban por el tobogán o daban brincos en la arena.

De entre ellos había un niño, de unos ocho años, que estaba en la cima del tobogán con los pies colgando, balanceándolos en el aire. Desde el primer momento se había dado cuenta de mi presencia, aunque me ocultara tras un robusto árbol. Me entró un escalofrió cuando nuestras miradas se encontraron. Me escondí y aguardé unos segundos para luego asomarme de nuevo y comprobar que seguía vigilándome. Ante ello, tenía dos opciones: darme por vencido e intentarlo en otro lugar o valerme de su curiosidad y llamar su atención para que me siguiera. Claramente escogí la segunda opción.

Empecé a hacerle señas para que las copiara, como si se tratara de un juego. De inmediato mordió mi anzuelo. En cuestión de cinco minutos ya había creado la suficiente confianza en él como para que se bajara del tobogán y se acercara casi a los límites de esa zona de ocio.

A partir de ahí fue coser y cantar, ya que podía susurrarle sin que los otros niños me escucharan. Le aseguré que si me acompañaba un momento a una calle para hacer unos recados le recompensaría comprándole el videojuego que más quisiese, sin importar el precio.

Fue bastante sencillo embelesarlo con ese premio. Dio saltos de alegría, por lo que tuve que pedirle que guardara silencio y actuara como si yo fuera su hermano mayor, ya que si no algún adulto aburrido podría interponerse y se quedaría sin el videojuego.

Para mi asombro, el niño supo actuar bastante bien, incluso me sugirió que saliéramos del parque por un camino alternativo al habitual de tal forma que evitásemos encontrarnos con sus padres. Quién me diría a mí que la propia víctima cavaría parte de su tumba, aunque por otro lado se me hacía un nudo en la garganta cuando pensaba en la tremebunda decepción que dentro de poco se llevaría aquel chico.

En fin, continué con lo establecido y le conduje hasta una de mis calles favoritas, no muy lejos del parque. No solía pasar gente y tenía cuatro callejuelas estrechas abarrotadas de proyecciones umbrías que serían capaces de ennegrecer la más luminosa de las bombillas. En definitiva, el rincón preferido de cualquiera que desease cometer cualquier atrocidad de cuestionable legalidad.

-¿Y por aquí hay una tienda de videojuegos? No lo recuerdo –dijo él tras caminar un rato por la calle, comenzando a sospechar algo –.

-Realmente no es una tienda como tal, se venden más cosas –respondí ágilmente antes de que el silencio estropeara la treta –. Lo que pasa es que optaron por no gastarse mucho en la estética ni en letreros, pero por dentro está bastante bien.

Al parecer eso le convenció, no volvió a abrir la boca hasta que el momento llegó… Cuando nadie miraba rodeé su cuello con mi brazo izquierdo y lo arrastré al tercero de esos callejones. Se puso a patalear y repetidas veces logró hacerme daño en las rodillas, de forma que tenía que detenerse y aplicarle un gancho en el estómago, aunque no resultaba ser muy efectivo. Era demasiado enérgico, me costaba contenerle y casi ni podía enmudecerle el estrangulamiento que le estaba propiciando.

Fue entonces cuando un líquido cayó sobre el brazo que apretaba su cuello. Eran sus lágrimas. Había llegado justo al punto de no retorno que antes había mencionado. Surgió una dicotomía en mi cabeza. Podría soltarle y dejarle marchar, a riesgo de ir a parar a la cárcel o algo peor; o bien podría...

Contuve la respiración y le perforé el corazón con el bisturí a una velocidad vertiginosa de tal manera que sintiera el menor dolor posible y la hemorragia hiciera el resto. Pronto sus movimientos enlentecieron y perdieron fuerza, su cuerpo se rindió y segundos más tarde le dio la bienvenida a la muerte. Lo tumbé con delicadeza en el suelo y…

-¿Qué haces?

El vello se me puso de punta. Alguien me había descubierto. Me giré inmediatamente y contemplé a mi testigo. Una chica más o menos de mi edad, quizás un poco más joven, completamente vestida de negro, con un rostro extraño… básicamente porque no mostraba terror ni sobresalto, sino más bien manifestaba curiosidad y alegría. Pero me era irrelevante, no podía dejarla escapar, así que sin responder a su pregunta me lancé contra ella y la hice caer al suelo conmigo encima, amenazando su cuello con mi bisturí. Sin embargo, ella, en vez de gritar o algo por el estilo, permaneció con esa misma expresión en su cara.

-Y yo que hoy pensaba no salir a dar un paseo –afirmó jovialmente –. ¡Esta ha sido la mejor decisión de mi vida!

-Vale… Voy a tener que preguntar, ¿por qué no reaccionas como una persona normal? Acabas de visualizar el asesinato de un niño pequeño. ¿Acaso no te disgusta eso?

-No puedo decir que me agrade, claro que no. Lo que pasa es que no puedo evitar contener mi júbilo al haberte encontrado.

-¿Encontrado, me conoces?

-No, no es a ti en concreto a quien me refiero, sino a lo que haces. He hallado finalmente a alguien que puede hacer realidad, sin ninguna clase de remordimiento, mi tan anhelado sueño: ser asesinada por un psicópata.

-¿Un psicópata? Te estás equivocando…

-¡No me vengas ahora con discrepancias! No hay que tener muy bien la cabeza para eliminar de esa forma a un crío. Anda, dime, ¿cuántas vidas has arrebatado ya?

-Seis…

-Así que ya estás bastante habituado a eso de matar, ¿eh? ¿Y a qué número piensas llegar?

-No sé ni por qué te cuento esto, pero bueno –respondí, seguido de un suspiro –. De momento, con una más, me tomaré una pausa hasta que las búsquedas del homicida por la zona se desvanezcan un poco.

-¡Es sencillamente perfecto! Venga, ¿a qué esperas entonces? ¡Córtame el cuello!

Nadie podía negar que esa situación era de las más raras que alguien podía vivir. No obstante, quién era yo para oponerme. Aún me quedaba un asesinato más para poder tomarme el descanso, y con ella ni siquiera tenía que ponerme a buscar. Además, otra vez me veía entre la espada y la pared. Posiblemente no diría nada acerca de mí a los policías si la dejaba ir, pero con esa actitud estaba seguro de que seguiría incordiándome hasta que por fin la matara. Así que, sin darle más vueltas, dibujé con la hoja su ansiada herida mortal y me levanté del suelo. Extraje un pañuelo para eliminar la sangre del bisturí y aguardé a que se desangrara.

-¿Sabes… lo… mejor de esto? –me preguntó segundos antes de que la anemia detuviera el funcionamiento de sus órganos –.

-¿El qué?

-Que has eliminado… las barreras que… me impedirían seguirte… durante tu labor… Ahora, desde otra… perspectiva… bastante distinta…, podré acompañarte… hasta que la última víctima… caiga a tus pies…

Eso fue demasiado siniestro incluso para mí.

martes, 1 de abril de 2014

Pequeño diario de una pequeña alma #13

[El asunto se ponía interesante para ambos. Parecía que Bruno iba a tener que sobrevivir sin esa faceta que exacerbaba su malicia, teniendo en su propia casa a una de las personas que quería matarlo; una gran imprudencia por su parte. Mientras tanto, en la Oscuridad, la vigía del Paraverso y yo logramos acabar con uno de Los Siete. Se veía una luz de esperanza al final del túnel. Poner fin a todo era posible. Aunque…

Comencemos por lo que el chico me relató.]

Samanta se despertó. La había dejado en el suelo del salón y, nada más ver que sus movimientos aumentaban, inmediatamente me puse encima de ella, cuchillo en mano, para evitar cualquier sorpresa desagradable.

-¿Dó… dónde estoy? –preguntó aún sin abrir los ojos del todo ni percatarse de su inmovilización –.

-Bienvenida –contesté apretando suavemente el filo del cuchillo sobre su pecho, justo en el corazón –. Ahora que todo está más calmado me vas explicar qué te ha pasado para que pases de cartas románticas a emboscadas homicidas. Y exijo una respuesta clara… Me ha costado muy caro el no haberte rebanado el cuello en la calle.

-No lo entenderías… Creerías que estoy loca…

-¿Loca? Ya he visto demasiadas cosas que desafían a la cordura. Nada de lo que me digas me sorprenderá, así que empieza a hablar o aplicaré más presión.

-Está bien… Un señor que se hacía llamar Siete me prometió lo impensable: resucitaría a mi padre a cambio de asesinarte.

-¿¡Y pensaste que cumpliría el trato!? –respondí furioso, pese a que muy dentro de mí supiera que Óscar seguramente sería capaz de devolverle a la vida de verdad. De todos modos, si él le resucitaba no se alzaría su padre, sino otro títere para su causa –. Recapacita por un momento. ¿Ibas a matarme por una promesa vacía? No esperaba que actuases así… No esperaba… que fueses tan manipulable…

Parece que toqué alguna fibra sensible, porque un impulso de inquina hizo que se defendiera y diera a la situación un vuelco. Ahora era ella quien estaba encima de mí, con el cuchillo, el cual me había arrebatado por haber bajado la guardia, reposando sobre mi yugular derecha.

-Hazlo –sugerí con total seguridad. Esta vez no por rendición, sino porque sabía que no iba a poder hacerlo. Tenía que seguir los pasos de Yin y jugar un poco con el enemigo –. Sé que lo estás deseando… Desliza la hoja, la sangre brotará y de repente, por arte de magia, los restos de tu padre cobrarán vida.

-No… No puedo…

-¿Por qué no puedes? ¿Quizá porque sabes que Siete te traicionará? ¿Tal vez porque eres consciente de que tu padre jamás podrá regresar? ¿O, por el contrario, es porque no tienes agallas? ¡Vamos! Si de verdad es lo que quieres, mátame.

Como era de esperar, soltó el cuchillo mientras sus manos temblaban. Sin embargo, no todo se debió a esas frases insustanciales. Algo acababa de ver que la había parado en seco. Fue, entonces, tras recuperarse del mutismo, cuando señaló mi pelo, más o menos a los cabellos próximos a mi frente.

-¿Qué… te está ocurriendo? Te cambia el color –afirmó incrédula –.

Olvidé mi estratagema y me levanté del suelo con total facilidad, ya que Samanta había dejado hace rato de aplicar fuerza para impedir mi escapatoria. Fui a mirarme al pequeño espejo pegado al frigorífico. No reflejaría toda mi cabeza, pero pronto me fijé que no era necesario en absoluto. Únicamente había cambiado una pequeña porción de mi pelo, un mechón largo que salía justo en la mitad de mi cabellera frontal y terminaba muy cercano a mi patilla derecha. Una de mis porciones de pelo más extensas había dejado de ser de color negro para volverse, aparentemente en cuestión de segundos, blanco. ¿Qué explicación tenía eso?

Ella apareció detrás de mí. Una minúscula porción de su rostro quedó expuesta al reflejo del espejo. Nada más mis ojos detectaron aquello, un instinto nunca antes percibido me dominó. Lo conocía, puede que yo no hubiera tenido esas ideas, pero sabía de alguien que sí: mi difunto hermano… Me di la vuelta bruscamente y la propicié un gancho izquierdo que impactó de lleno en su mentón.

-Me habéis cansado todos vosotros –indiqué con un tono repleto de hastío –.

-¿Qué estás diciendo? –preguntó ella mientras se recuperaba del aturdimiento del golpe–.

-Solamente quería tener una existencia apacible, pero desde el primer segundo en el que sobreviví al suicidio comenzasteis a incordiarme. Aunque tuviera una atormentada vida, para mí era agradable convivir con los homicidios y mis trastornos. Pero Siete y sus secuaces, así como Santiago y tú, no estabais conformes y empezasteis a jugar conmigo, a intentar manipularme para un estúpido fin que ni siquiera he llegado a conocer… Sin embargo…  pese a que no sepa qué mierda queréis de mí, me niego rotundamente a regalarlo. A partir de ahora os pondré las cosas difíciles… El yang también tiene un punto oscuro dentro de él.

En ese momento ignoraba que Samanta desconocía que venía de un futuro en el que ya habían hecho su presentación Santiago y Los Siete, los mismos que también habían iniciado una búsqueda intertemporal con un carácter más burlesco que asesino. En todo momento el doppelgänger había sido el único de los dos que era capaz de afrontar tales ataques, pero, ahora yo, Yang, me había agotado. Quizás nunca más vería a mi hermano, por eso era hora de tomar algo de su genética y empezar a imponerse ante los demás. ¿Y quién iba a ser el primer sujeto en sufrir las consecuencias del vaso colmado? Tal vez quien menos lo merecía, pero como suelen decir: se encontraba en el momento equivocado y en el lugar erróneo.  

Cegado por la demencia, Bruno me abalancé contra Samanta y comencé a golpearla sin parar. Ella no pudo apenas defenderse. Mis puños del chico iban dirigidos constantemente a su cráneo, de modo que las vibraciones óseas interferían con la sinapsis cerebelosa y su defensa era completamente inútil…

…A excepción de sus gritos… de sus murmullos… de sus lamentos. No estaba pidiendo clemencia ni que cesara de pegarla. Sólo se disculpaba, pedía perdón por la tamaña traición que había cometido. Porque, aunque al final no me hubiera matado, su acto le había costado la vida a otra persona, ni más ni menos que a mi hermano, del cual ella desconocía su verdadera procedencia. Si esto era lo que merecía, entonces lo aceptaría, pero era como si quisiera asegurarse de que yo escuchaba sus disculpas; aunque estas palabras quedasen eclipsadas por el crujido de los huesos rotos, tanto los de la calavera de la agredida como los de los nudillos del agresor; y por la sangre que se filtraba en su faringe.

Hice caso omiso a su voz, sólo quería revivir esos momentos que había compartido con mi hermano arrebatándole la vida a inocentes. Haría realidad uno de sus mayores deseos. Destrozaría su cráneo hasta que quedase una pulpa mugrienta. Tenía que concederle su deseo antes de que su esencia se evaporase por completo. No obstante, el proceso iba a llevar mucho tiempo si continuaba con los puños. ¿Dónde podría encontrar algo más eficaz?

No sería necesario inmovilizarla, apenas podía respirar, así que me levanté y me acerqué a la estantería donde se hallaba la caja de herramientas. Abrirla fue para mí como destapar un cofre del tesoro… Tantas herramientas y tan pocos huesos craneales… Tuve que conformarme con la llave inglesa.

Por desgracia, mis deseos quedaron simplemente en eso. No pude sentir el placer que tantas veces había saboreado Yin… Me vi forzado a desistir… Básicamente porque el filo de un cuchillo acababa de emerger en mi pecho… No sé de dónde había reunido las fuerzas, pero Samanta se había incorporado y, sin pararse a meditar, había cumplido, finalmente, el objetivo por el que en un principio había venido hasta aquí. Al parecer, aunque le hubiera dado muchas vueltas al asunto, su anhelo por volver a ver a su padre era inconmensurable.

En ese instante mi trance psicópata se desvaneció. No podría hacer realidad la voluntad de mi hermano si moría. Agaché la cabeza, la perforación se encontraba justo en el corazón. Y podía sentirlo, mi pulso se descontrolaba, pronto la arritmia conduciría a un shock hipovolémico. La sangre se había transformado en un reloj que de forma inminente llegaría a cero.

Di dos codazos hacia atrás para tirar al suelo a Samanta. Sin embargo esto aceleró la hemorragia. Sus manos estaban tan fuertemente unidas al mango del cuchillo que, esta al caer, se llevó consigo el arma y dejó mi herida completamente abierta.

Al menos fui precavido… Cuando Yin murió su cuerpo se desvaneció a los pocos segundos, dejando tan solo el collar, un mal presagio que arrancaba sin piedad una gran porción de la probabilidad de que resucitara. Guardé la piedra en mi puño y la dejé en la mesa del salón. Por tanto, si llegaba hasta allí me libraría de la ejecución.

-¡Para! Si vas a por la piedra no morirás… Y entonces… mi padre…

Vaya, algo de información sí que la habían dado. Ya me parecía raro que Óscar la hubiera encomendado matarme así sin más cuando, siempre que llevase esa piedra conmigo, era inmortal.

Escuchaba los ruidos. Ella trataba de levantarse nuevamente. Era irónica la situación. Cronológicamente hablando, hace una semana nos sentíamos ligeramente atraídos y ahora estábamos al borde de la defunción.

-¡Tu padre no regresará, me mates o no! –reproché a pesar del tremendo dolor que me producía expulsar el aire de mis pulmones para gritar –. Pero es tontería repetírtelo… Así que ahí te quedas, púdrete en esta realidad. Te dejaré con vida no por compasión, sino para que recibas un merecido castigo por parte de Los Siete por haber fracasado… Hasta nunca.

Un último impulso energizó mis piernas lo suficiente como para alcanzar la mesa, Samanta no había logrado ponerse de pie y ya notaba el poder del collar. En cuanto mi corazón dejase de latir volvería a empezar de cero. Pero esta vez algo me tenía intranquilo. Quería autoconvencerme de que me toparía en la Oscuridad con Yin, aunque apenas había pruebas a favor, por no decir ninguna, que indicaran que había sido enviado allí.

Cuando casi estaba a punto de perder el sentido, esperando mi muerte sentado en el sofá, unos repetidos y contundentes golpes en el suelo me avivaron. Ante la incapacidad de caminar, desesperada, Samanta corrió, gateando, hacia la salida de la cocina. Creí que iba a arrebatarme la piedra. No obstante, pasó de largo, ni siquiera entró al salón.

Me percaté de que mantenía la mirada clavada en el reloj de su muñeca. Eso era bastante peculiar… y familiar. Era la hora específica para algo… Se dirigía a la puerta principal… Era la hora concreta para recibir a alguien… Tres ya había planeado algo por si esto sucedía.

No tenía tiempo para identificar al invitado. ¿En singular? No… oí más de una voz, todas pertenecientes a Los Siete. Uno, Cuatro y Cinco. Venían para impedir que escapase una vez más. ¿Cómo iba a librarme de ellos? Estaba muy débil y tendrían tiempo suficiente para encontrar el collar aunque lo escondiera en mi ropa. Podría ocultarme en algún sitio pero seguramente Tres les habría revelado las posibles alternativas a esta línea temporal con todos los escondrijos en los que podría resguardarme…

Era… una de esas situaciones que se tienen a veces en las pesadillas casi al final de las mismas. Alguien te persigue, estás entumecido por el terror. Pese a ello, algo te dice que nada es real, que simplemente es un sueño. Lo sabes y estás agradecido de que ese monstruo que quiere devorarte no exista, pero el miedo sigue estando ahí. ¿Y cuál es la forma de huir de él? Saliendo de la pesadilla, exacto. ¿Y cómo se hace eso? Muriendo, por supuesto. Por ende, a lo que me refiero con “una de esas situaciones” es al deseo inhumano de morir antes de que seas capturado. Eso quería ahora mismo: perecer, desangrarme de una vez por todas…

Desafortunadamente no conocía ninguna forma de aumentar la velocidad del sangrado, por lo que tuve que tomar, rápidamente, otra alternativa. ¿Qué podía anteponerse a un ser que conoce todas las líneas temporales determinadas? Sólo se me ocurrió una respuesta cuya veracidad era dudosa: el libre albedrío.

¿Qué sería casi improbable que sucediera? Justo entonces sufrí una hipersístole. Aquello me recordó a los golpes internos que me propiciaba de vez en cuando Yin. Yin… Su sacrificio fue heroico, sobre todo por la manera en que lo hizo…

¡Ahí obtuve la respuesta! Por mucho que Tres dominase el tiempo, apostaría a que en ningún universo paralelo existiría un yo que no tuviese pánico a la caída libre. No habría tomado en consideración la posibilidad de suicidarme saltando desde la terraza, tal y como el dopperlgänger, seguramente venciendo sus miedos, hizo.

Apreté con fuerza la piedra. Requería un poco más de vitalidad. Los pasos de mis cazadores indicaban que se acercaban a la entrada del salón. Me levanté del sofá con avidez y cogí carrerilla. Llegué a la terraza y puse el pie izquierdo en el asiento de una de las sillas de madera. Cerré los ojos y me impulsé. Al menos la hipoxemia cerebral reduciría esa horrible sensación que tenía al caer.

Los alaridos impotentes de Uno y Cuatro resonaron por toda la calle. Seguro que a Tres también le caería una buena bronca por no haber tomado en consideración esta muerte alternativa. Entre el miedo, la debilidad anémica y la melancolía por la traición de Samanta y la defunción de Yin, pude tener un respiro para sonreír. Quizás todo hubiera acabado como siempre: conmigo pereciendo, pero esta vez había conseguido combatir de manera independiente. Ya no necesitaba de terceros, la bondad era capaz de mostrar sus colmillos y desgarrar la carne de los bufones. Sí…

A los pocos segundos, el impacto de mi cabeza contra el suelo cortó de cuajo todos estos pensamientos, quedando en un frágil eco el afán por encontrarme de nuevo con mi hermano.

[Regresemos ahora a la Oscuridad, justo donde lo dejamos, cuando la vigía me había desvelado su nombre.]

-Te conozco –afirmé con un ligero sobresalto –. O eso creo… Tus ojos verdes, tu actitud violenta, tu nombre… ¿Te resulta familiar un tal Javier, estudiante de Medicina?

Jade desenvainó sus dos espadas. Parece que había dado justo en el clavo.

-¿Por qué conoces a ese chico? Responde–interpeló mientras varias gotas de sudor se deslizaban sobre su espectral frente –.

-Está bien, está bien… Baja las armas. No soy nadie para juzgar a un asesino. Lo que hayas hecho en vida me es indiferente. Yo también tuve un pasado bastante siniestro… No obstante, me ha resultado chocante que una criatura como tú haya llegado a alcanzar un grado tan importante entre las filas del Rey Osario.

-No estoy muy orgullosa de todo aquello –respondió mientras guardaba sus espadas –. Ahora que me liberé de las demandas de mi organismo soy capaz de controlar tales impulsos homicidas, pero cuando estaba viva me era inevitable hacer frente a mis pulsiones.

-Intrigante… ¿Te importaría si indago más en ello? La verdad, a mí han llegado historias increíbles en las que tomaban protagonismo seres conformados por pura oscuridad. Es mi pan de cada día, así que normalmente no me atraen sus modos de vida más allá de ver la manera en la que matan a víctimas inocentes. Pero tengo que admitir que contigo fue diferente, quedaron muchas incógnitas sin resolver…

-Me gustaría antes, si no es molestia, aclarar algunas lagunas de mi memoria. ¿Podría contemplar la cosecha en la que aparezco? Fue Javi quien te narró todo, ¿verdad?

Aquella última frase no vino de la misma Jade que antes. Su faz había palidecido y mostraba tristeza y arrepentimiento. Si no me hubiera confirmado que ella era esa misma habitante del sarcófago nunca habría llegado a creer que la Jade que se hallaba delante de mí fue, cuando estaba viva, una máquina genocida que descarnaba a sus presas sin piedad.

Sin más dilación, la llevé donde almacenaba mis cosechas. Durante el trayecto percibí que el cambio trascendía a algo más que al rostro. Al contrario que en la ida, sin parar de conversar conmigo, en la vuelta el silencio la dominaba. Por fortuna eso no me incomodaba, sabía que todo ese mutismo que manifestaba externamente era señal del alboroto mental que se estaba produciendo en ese instante en su mente. Lo único que me inquietaba era el verdadero número de asesinatos, junto con su carácter macabro, que acometió más allá de los muros de aquella Facultad.

Cuando llegamos distinguió rápidamente cuál era la cosecha de Javi. Corrió hacia ella y cayó de rodillas, observando una y otra vez el pavor que el chico sentía en esos instantes. El alma de Jade se estaba haciendo pedazos.

-Es raro –alegué tras acercarme a ella, mirando de reojo las vivencias de Javi –. No has sido el primer homicida que viene aquí y se topa con una cosecha elaborada por una de sus víctimas. No es que se rían a carcajadas al revivir ese pasado, pero tampoco se echan a llorar. Digamos que se mantienen en un punto medio, tal vez asienten o suspiran, poco más; reflexionan, se despiden de su amargura y se marchan. ¿Qué es lo que te ocurrió, Jade?

-Verás… Tuve que pagar un precio muy alto por haber dado rienda suelta a mi curiosidad… Yo era una de esas niñas a las que le llamaba la atención todo lo que tuviera algún matiz tabú. En mi caso estaba obsesionada con cualquier cosa que estuviera relacionada con la muerte. Y así, con trece años, metiéndome donde no me llamaban, aprovechando que una noche estaba sola, fabriqué una tabla ouija con cartulina e intenté contactar con algún espíritu.

-¿Y eso hizo que adoptaras la vida de una caníbal pseudoegipcia?

-No… La causa de ello sucedió un poco más tarde, cuando, sin que yo me lo esperara, un muerto de verdad habló conmigo. Aunque bueno… En realidad dudo que fuera un muerto… Sé que lo que te voy a decir a continuación te puede resultar conocido… Es lo único relevante de la charla, justo tras preguntarle si él era del Más Allá o no. “Yo no puedo morir” fue lo que me dijo.

-Un momento, un momento… No me digas que…

-Borja… Yo invoqué a Alpha… Estoy completamente segura de que si esa noche no hubiera interactuado con la ouija nada de esto hubiera pasado. Todo se quebró para mí. Empecé a asustarme de aquello y quise despedirme, pero él se negaba a irse, así que dejé abandonada la ouija y me fui corriendo a mi habitación a esconderme bajo las sábanas. Sin embargo eso enfureció más a Alpha. Un estrepitoso viento surgió de la nada en mi habitación, era él. De repente, una especie de susurro incomprensible se fue acercando a mis oídos hasta que entendí sus palabras: “¿No querías jugar? Jugarás por toda la eternidad.”

Jade se puso a temblar y se detuvo unos segundos. Tuvo que ser una situación bastante escalofriante. Traté de calmarla alterando la temperatura de la atmósfera a nuestro alrededor, aunque no fue muy eficaz… No se me ocurría otra alternativa, así que simplemente aguardé a que ella misma se tranquilizara.

-Me desmayé por el shock –continuó ella –. Mientras soñaba, una pequeña parte consciente de mí tenía la esperanza de que todo hubiera acabado y de que aquel ser me hubiese dejado en paz. Pero a la mañana siguiente descubrí que esto sólo era el principio del horror. Lo primero que vi nada más abrir los ojos fue la grotesca imagen del sarcófago que ya conoces. Estaba ligeramente abierto, por lo que mi curiosidad volvió a entrometerse y me entraron ganas de averiguar qué había dentro… No sé si fue la mejor opción pero así ocurrió. Al abrirlo cayeron a mis pies trozos de carne ensangrentada. Una cabeza rodó, era la de mi padre… Más tarde, tras llamar a la policía y que esta viniera, se descubrió que entre esos fragmentos también estaba el cuerpo de mi madre…

-¿El sarcófago tenía vida propia o los mató algo que había dentro?

-Los maté yo… Lo supe cuando un agente se aproximó a mí y me dijo que tenía que sacarme de casa. Perdí una vez más el conocimiento y al despertar me vi rodeada de cuerpos hechos picadillo. Percatándome de mi naturaleza, mi cerebro comenzó a establecer una especie de conexión con el sarcófago. Ahora lo veía de otra manera, como un refugio… Me metí dentro de él y lo poco que quedaba de mi antigua yo quedó exterminado. A partir de entonces el sarcófago y yo éramos uno. Mientras que él llamaba la atención y fingía albergar una criatura de pesadilla en su interior, yo, con mi aspecto inocente, atraía a las auténticas fauces de la muerte a los desprevenidos. Y así fue hasta que un día yendo por la calle, un extraño, sin ningún motivo en concreto, me apuñaló y me mató. No llegué a ver su cara, pero le estaré por siempre agradecida ya que me liberó de mi condena.

-No… no sé muy bien qué decir. ¿Lo siento, tal vez?

-No es necesario que digas nada. Me ha sido de mucha ayuda poder contárselo a alguien. Con eso es suficiente.

-Oye, tengo entendido que Alpha habita ahora en el Paraverso, ¿no has podido charlar con él?

-Nadie sabe dónde se encuentra. Y creo que es mejor no molestarle mucho. Esto… puede que sea una suposición, pero… nunca más he llegado a encontrarme con un espectro como él… Lo que me hace pensar que a lo mejor es algo más que un alma humana.

-Supongo que algún día iré allí y trataré de hablar, aunque primero deberé prepararme para una difícil búsqueda de su paradero. De todas formas gracias por compartir esto conmigo. A pesar de que no te lo creas, que sepas que me ha sido muy útil esta información.

-Ha sido un placer relatártelo… Por cierto, escucha… Siento cortarte de manera tan brusca, pero tengo que regresar ya al Paraverso para informar de la muerte de Dos. Pronto, quizás más de lo que piensas, subiré de nuevo para que vayamos a dar caza a otro de Los Siete. Hasta entonces, cuídate.

[A los pocos días apareció Bruno totalmente nervioso, preguntándome sin parar si había pasado por aquí hace poco una copia exacta de él. Negué con la cabeza y cayó de rodillas, llorando.

Tras un par de minutos se secó las lágrimas y me contó todo. No podía creerme que de verdad Yin hubiera muerto. Aunque… quién lo diría… Su actitud, la de Yang, simulaba a esas veces que su hermano tomaba las riendas de su cuerpo.

Estaba perdiendo el control, la esencia de su alma estaba a punto de estallar en mil pedazos si no hacía algo para remediarlo. Fue entonces cuando recordé lo que me había dicho acerca de su mechón. Un cambió en su aspecto así de repentino tenía que tener alguna razón, y lo más probable es que guardase relación con el doppelgänger.

Le aseguré que esos pelos blancos debía atesorarlos con delicadeza, ya que podía ser alguna señal que hubiese dejado Yin. Para comenzar, le sugerí que regresara a una fecha próxima al 31 Mayo del 2013, que fue más o menos cuando Yin hizo acto de presencia y le desveló su identidad a Yang.

Bruno aceptó, aunque puso una pega. Lanzó el collar al suelo y lo pisoteó hasta destrozar la piedra. Dijo, y cito textualmente, que le importaba una mierda morir y no poder volver a la Oscuridad si su hermano no estaba con él, de modo que viajaría una última vez al pasado y ataría de paso unos cuantos cabos sueltos. Tras ello, se adentró en su cosecha, sin dejar que le replicara nada.

¿Qué cabos había de atar?]