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Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Especial Halloween: Hipocresía

Dolores acudía como todos los 1 de Noviembre al cementerio municipal. Allí yacía su difunto marido, Manolo, el cual reposaba en la tumba desde hace ya siete años. Con sus dos manos agarraba con cuidado el gran ramo de flores que pretendía depositar junto a su lápida. Ya no sentía tristeza por acudir, ni siquiera anhelo por que regresara, deseo acérrimo de que su defunción nunca hubiese ocurrido, simplemente aquello se había convertido en una tradición.

Era lo poco que se merecía su carcasa. Pues, en su último aliento, como la bendición de un Dios, a su familia le dejó una herencia que les rescató de todos sus problemas económicos. Pero el disfraz bendito pronto se derritió y dejó tras de sí la auténtica silueta de una maldición que simplemente revelaba el verdadero comportamiento humano.

Mentiras, engaños y robos precedieron a su muerte. Los que antes eran hermanos, ahora actuaban como cuervos que se relamían al pensar que pronto su madre acompañaría a su marido en el Reino de los Muertos y el resto de la herencia les pertenecería. No obstante, esto no etiquetaba a la madre, Dolores, como una santa, ya que desencadenada de una sumisión ahora había amanecido una faceta codiciosa en ella. En resumen, tanto por el bando de los vástagos como por el de la progenitora, el único pensamiento remanente que tenían acerca de Manolo era el monetario.

Pero volvamos a lo que nos concierne, el pasado pasó, es innecesario seguir describiendo una actitud carroñera… Dolores se acercó a la lápida y apoyó en ella el ramo de flores. A continuación se arrodilló y permaneció un minuto en silencio con los ojos cerrados.

El silenció la invadió, una tranquilidad fuera de lo común donde lo único que la rompía era el extraño sonido de un bombeo, algo parecido al latido de un corazón. Probablemente sería el suyo. Asustada, creyendo que podría estar sufriendo algún tipo de episodio arrítmico o taquicárdico, se llevó el índice y el corazón de la mano izquierda al cuello, posándose justamente sobre la carótida derecha.

Sin embargo, de inmediato se percató de que esos latidos no correspondían a los de su aparato circulatorio. Eran los de otra persona, pero no había nadie a su lado. ¿Qué ocurría? Volvió a cerrar los ojos y a concentrarse. Ahora los escuchaba con más fuerza, más nítidos. Halló su lugar de procedencia, provenían de debajo de ella… unos metros más adelante…

Era algo imposible, la emisión del sonido salía justo del lugar donde se hallaba el féretro de Manolo. Posó su cabeza en la tierra para cerciorarse. Estaba en lo cierto, los latidos eran más intensos.

Por desgracia aquello no fue motivo de alegría. Antes de que pudiera reaccionar de algún modo, una mano emergió de la tierra y agarró con ímpetu su cuello. Varias astillas, de la tapa rota del féretro, se incrustaron también provocándola un doloroso sangrado. Mientras tanto, la mano continuó apretando. Era una fuerza sobrehumana. Los dedos comenzaron a hundirse en su piel, los vasos se iban cortando junto con los nervios. Como si una compuerta de cientos de kilos cayera sobre su cuello. Cada vez más presión, hasta las vértebras cervicales cedieron. Finalmente, la cabeza, seccionada, cayó a la tierra, manchada de sangre, con los ojos aún abiertos por la grata sorpresa de ver que su marido no estaba muerto. La boca, también se mantenía abierta, con la fallida intención de hablar con él. Aunque era mejor así, sin intercambiar palabra alguna.

Sí, Manolo había vuelto a la vida convertido en un no-muerto putrefacto, pero no había mota alguna de locura en su organismo. Lo que acababa de hacer era bajo su completa voluntad, y sabía perfectamente quién era la persona decapitada. Era furia y dolor lo que albergaba. Su espíritu se había separado de su cuerpo desde el instante en el que murió. Y decidió quedarse algunas semanas en este mundo velando a su familia. Pero, cuando vio los efectos de su “maldición” hizo todo lo posible por regresar y darles un escarmiento. Como era de esperar, la resurrección no era tarea fácil, y transcurrió una temporada hasta que logró dar con los procedimientos exactos para introducirse de nuevo en su cuerpo. Durante ese tiempo, siguió contemplando los actos de su mujer y sus hijos, los cuales iban a peor. Entonces concluyó que esto ya no se remediaba con un simple susto, sus comportamientos dejaban mucho que desear, y el castigo por ello no era otro que el de la ejecución. Así fue su sentencia y así, ahora vivo de nuevo, se llevaría a cabo.

No era un buen momento para salir fuera del cementerio con esa pútrida imagen. Evocar el miedo sería un gran obstáculo para alcanzar sus próximos objetivos. De momento utilizaría el largo abrigo que portaba su difunta esposa. Gracias a la escasez de músculo y piel, Manolo había adelgazado lo suficiente como para acomodarse a esa vestimenta de complexión más reducida que la de él.

Pero aun así, la imagen de muerto seguía vigente. Y esperar hasta que anocheciera, con un cadáver decapitado a su lado, era una mala idea. Así que empujó el torso hasta su tumba y lo tapó sin gran cuidado. Ahora se disponía a enterrar la cabeza en un pequeño hoyo que había reservado especialmente, pero a sus espaldas se aproximó alguien que, con una voz seria, le preguntó qué hacía.

Aun creyendo que estaba vivo, sus acciones eran sospechosas, seguramente habría supuesto que estaba profanando una tumba, aunque el verdadero delito fuera peor. Manolo optó por ignorarle al principio, tal vez el hombre se cansaría y se iría. Desgraciadamente, no fue así. Siguió insistiendo y empezó a amenazarle, decía que iba a llamar a la policía.

No tenía nada en contra de él, pero era un gran obstáculo en el camino. Maquiavelo le defendía. Miró a los lados. Nadie cerca. Soltó la cabeza de Dolores para distraerle y, entonces, se abalanzó contra él clavándole sus huesudos dedos, afilados como puñales, en las cuencas de los ojos. Los gritos aparecieron, pero fue previsor. Con la otra mano tapó su boca, presionando con una fuerza atroz. Tal fue así que a los pocos segundos la mandíbula se desencajó y más dolor, si cupiere, castigó al entrometido.

Unos segundos después la tarea estaba completada. Y de hecho, ese golpe, aparentemente poco fortuito a priori, le venía bien. Ya que la indumentaria que llevaba el hombre cubriría perfectamente todo trozo de carne colgante y pústula ulcerosa. Así que, si nadie más se inmiscuía, pronto podría descansar en paz de verdad. Pese a ello, aún debería mantener la cautela, su estado era muy débil, no sería extraño que de camino algún hueso se le resquebrajara o perdiera una extremidad.

El siguiente objetivo estaba cerca. De los cinco hermanos, el gran acaparador de reliquias, Manuel. Un mentiroso compulsivo ya desde pequeño, se valió de los engaños para hacerse con más herencia material de la que le correspondía. Fue el primero que destapó su verdadera faceta, y por ello debía caer el primero. Estaría viviendo con su mujer, así que habría que trazar una estrategia para no dañar a más inocentes.

Manolo fue caminando, muy lentamente, hasta el barrio donde se hallaba. Era un primer piso, no habría muchos problemas para llegar a pesar de que no hubiera ascensor. Pero eso sí, el riesgo de desmembrarse por el camino era grande, y debía guardar fuerzas para el asesinato.

Podría ponerse serio el asunto, tampoco sería tan fácil como con su mujer, cuyo organismo ya de por sí era endeble. Sin embargo, los huesos del no-muerto, por una razón desconocida, tal vez por la inquina, estaban imbuidos de una fuerza letal, capaces de serrar la piel más tersa. No le importaba cómo dejar el escenario del crimen, para cuando hubiera acabado ya estaría descansando finalmente en paz. La policía no le supondría un problema, ¿qué le iban a hacer, dispararle? No le podían matar.

Era su momento, entró raudo por la puerta y buscó con la mirada a su hijo. Ahí estaba, sentado en el sofá, aún atónito por la situación que se avecinaba. Los segundos, la víctima en vilo, transcurrieron fugazmente. Ni siquiera pudo levantarse para cuando Manolo le atacó. No iba a mostrar piedad a pesar de la relación filial que tenía. Las garras penetraron su abdomen, las vísceras se fueron desprendiendo y caían en una catarata sanguinolenta. Sus ojos, aún abiertos como platos, observaban la escena dantesca, pero no por mucho tiempo, pues pronto se los extrajo con relativa facilidad.


Manuel seguía aullando de dolor, dando vueltas por la casa, intentando huir, pero golpeándose contra todo ante su irreversible ceguera. La sangre se iba escapando de su cuerpo, cada vez más pálido para, al final, caer sobre la mesa, sin vida, mientras su mujer contemplaba todo, horrorizada, desde una esquina del salón, temblando e inmovilizada.

Aquí ya había concluido. Se dirigió a la cocina para limpiarse las escasas manchas de sangre y salió sin dirigirle ni una palabra a la mujer del reciente cadáver. Salió por la puerta con velocidad, antes de que el shock cesara en ella y comenzara a gritar.

Para cuando eso sucedió ya estaba lejos, oculto de toda sospecha. Sería bastante difícil que le siguieran el rastro. Nadie creería a la mujer de la víctima cuando dijera que un señor con la piel en tiras y huesos descubiertos había atacado a su marido. Lo imposible estaba de su lado, nada podría empeorar las cosas. No podía evitar sonreír, pero no por el toque macabro de aquello, si no que era más bien un apretón de dientes furioso por no haber hecho esto antes. Aunque, mejor tarde que nunca. Ojalá todos los muertos en su situación pudieran hacer lo mismo, pero no, su situación era muy singular, y debía aprovecharla a toda costa.

La siguiente sobre la que se haría justicia sería Fuensanta. Capaz de crear un falso brote psicótico para hacerse dueña del momento. Se volvía inestable siempre que la placiera. Ya era el momento en el que su padre tuviera que calmarla, para siempre…

Vivía mucho más lejos, así que se coló en la estación y procuró que nadie se acercara demasiado para no notar el hedor a podredumbre. No obstante, ya de por sí el olor del metro dejaba mucho que desear, así que pasaría bastante desapercibido. No podía creerse que tantos factores le ayudasen a llegar a completar su cometido. El propio destino era su abogado y el jurado pertenecía al Purgatorio.

A medida que los minutos se sucedían, Manolo comprobó que, pese a ya no estar regido por las leyes mortales, el tiempo seguía corriendo para él. Sus fuerzas iban mermando, el agotamiento y la fatiga comenzaron a aparecer. Aunque no percibiera sensación alguna, exceptuando las imágenes, sonidos y olores, notaba a su corazón volver a enlentecerse. Tenía que darse prisa. Aún le quedaban cuatro objetivos más, uno de ellos de especial interés…

Para su sorpresa, al llegar a la casa de Fuensanta, más conocida entre los demás como Sandy, encontró la compañía de Jose Luis, otro de sus hijos. Aquel insidioso vástago que con penas e inocencia consiguió apropiarse también de una porción que no le pertenecía.

-Veo que tendré que desplazarme menos…

Finalmente había hablado. Le costó vocalizar, pero sus hijos le entendieron. La mandíbula parecía que en cualquier momento se iba a descolgar. Un par de dientes se desprendieron y se escaparon varias hebras de sangre por su boca.

Así como Manuel, “Sandy” y José Luis estaban paralizados en el salón. La puerta de la entrada había sido brutalmente separada del marco. Su padre, tan débil, tan fuerte.

-Pa… padre… ¿eres tú? –preguntó José Luis sin salir de su asombro –.

-Vengo porque dejé ciertas tareas sin terminar.

Ante la confirmación de que era su progenitor. Más por miedo que por ilusión, José Luis se lanzó a los brazos de Manolo, pero este sabía que todo esto no era más que la actitud de un falsario. Pertenecer tanto a la dimensión de los muertos como a la de los vivos le había otorgado ciertas facultades que evitaban que cayera en los engaños de los que cualquier otro humano normal hubiera resultado preso.

Al parecer sus máscaras de timadores se habían adherido a sus pieles y ya no se las podían arrancar, sus realidades se habían vuelto una tautología manchada de sangre. ¿Quién en su sano juicio iría a abrazar a un muerto viviente? Era miedo, sospechaba que sabía todo lo que había hecho con una herencia no merecida… y estaba en lo cierto. Llegó la hora de ajusticiar.

Manolo rechazó el abrazo. Separó los brazos de José Luis y le dio la vuelta. Apretó, seguidamente, sus puños contra su abdomen y continuó hasta que su hijo comenzó a vomitar sangre. 

Justo entonces Fuensanta reaccionó y se dirigió hacia ellos. ¿Para socorrer a su hermano? Obviamente… no. Trató de rodearles para salir de casa, pero el cuerpo demacrado de Manolo no era solo fuerza, también rezumaba reflejos. Así que con el brazo izquierdo dejó de apretar las vísceras de José Luis y agarró por el cuello de la blusa a Fuensanta. Tal fue el tirón que cayó al suelo, no sin antes golpearse la cabeza con el pico de la estantería del recibidor. Estaría aturdida en el suelo durante el suficiente tiempo como para acabar con el otro. Podría tomárselo con calma.

Poco a poco mucha más sangre era expulsada por su boca ante la insufrible presión que soportaba su abdomen. Podía sentir en su interior como si decenas de bolsas llenas de líquido reventaran. Era un líquido caliente que al entrar en contacto con el resto de estructuras únicamente provocaba dolor. Y su padre siguió. Una maniobra de Heimlich cuya finalidad no era salvar la vida, sino quitarla. Algunos mililitros de sangre penetraron en su tráquea y la asfixia comenzó.

Manolo, viendo su cara perder color, volviéndose cianótica, optó por dejarle en el suelo y pasar al siguiente buitre. Con él ya era suficiente, la falta de oxígeno haría el resto. Por lo que le soltó y se agachó para arrastrar a Fuensanta hasta la cocina. Ni siquiera gritaba, aún no sabía a la perfección lo que sucedía a su alrededor. Una buena ventaja para minimizar la agonía que la aguardaba, sin embargo, su padre decidió esperar a que se recuperara para que estuviera completamente consciente. Un castigo que no percibes no puede llamarse como tal.

Por fortuna para él (y por desgracia para ella) en cuestión de minutos recuperó toda la percepción sensitiva. Y como era de esperar quiso volver a escapar, pero esta vez no lo tendría tan fácil. Manolo había sido previsor y la había tumbado en la mesa de la cocina clavando en las palmas de sus manos y en las plantas de sus pies unos grandes cuchillos que atravesaban hasta la superficie del mueble para que así no se pudiera mover ni un ápice.

-Tu egolatría te ha llevado por mal camino, hija. Siempre has pretendido ser el centro de atención. Estate satisfecha. Hoy, el Cielo y el Infierno, por completo, pondrán los ojos en ti. Arrancaré célula por célula esa carcasa.

Una vez dijo eso, vendó su boca para dejar de escuchar sus persuasivas artimañas y se dirigió al primer cajón de la cocina, donde estaban los cubiertos. Recordaba los días en los que se quedaba a comer en esta casa. En ese cajón se encontraba un estropajo de acero si la memoria no le fallaba. Metió la mano hasta el fondo del cajón y tanteó hasta que por fin dio con él.

En cuanto Fuensanta vio lo que llevaba en la mano, ella ya supuso sus intenciones. Se revolvió con todas sus fuerzas para intentar deshacerse de los cuchillos que la inmovilizaban, pero era en vano. Cuanto más fuerza hacía, más rajaban su carne y más dolor sentía.

Con impotencia tuvo que observar a su padre restregar por su piel el estropajo. Capas de piel ensangrentadas iban cayendo al suelo. Empezó a sentir un ardiente escozor por todo cuerpo. Siguió y siguió hasta que levantó todo el tejido cutáneo y dejó al aire libre la aponeurosis. Era tanto el sufrimiento, que ni la venda que tapaba su boca era capaz de reducir el volumen de sus gritos. Esa era la señal, probablemente ya hubieran alertado a la policía. Era una lástima pero tuvo que concluir hundiendo el puño en su pecho, extrayendo su corazón y sustituyéndolo por el estropajo que había “limpiado sus mentiras”.

Quinto sujeto, la cuarta hija, Lola. Había sido más discreta que el resto, en ningún momento empleó la estafa para beneficiarse. Aunque eso no la excluía de las maldades de la mente. Ella esperaba su momento, sometiéndose a los deseos de su madre para que, cuando ella muriese, cosa que Lola deseaba con todas sus ganas, su herencia fuera mayor que la de los demás hermanos. Día a día se encargaba de convertir en un horror la vida de su madre para reducir su salud, llegando a inducirla una profunda hipocondría.

Ella había aprovechado el puente del Día de los Muertos para viajar hasta Málaga, donde también se encontraba la hermana menor. Esta circunstancia le era oportuna, ya que parecía que el tiempo, cruel chaquetero, había decidido cambiar de bando. La energía con la que emergió de la muerte ahora le abandonaba. Comenzaba a percibir lo mismo que en sus últimos segundos de vida. Lo sabía, esta oportunidad de ajustar cuentas llegaba a su fin. Debía apresurarse si no quería fallar en su cometido.

Antes de marcharse fue previsor, “confiscó” un buen fajo de billetes para el transporte hacia Málaga. Lo mejor de todo es que no podía considerarse un robo, era su herencia y, legalmente ya no estaba muerto, por lo que todo ese dinero volvía a pertenecerle… De todas formas, tampoco es que lo fueran a necesitar ellos, no en el sitio al que iban.

Al cabo de unas cuantas horas Manolo llegó a la estación de Málaga. No necesitaba indagar en los paraderos de ambas, su esencia, al igual que con sus otros hijos y con su mujer, había permanecido con ellas durante todo el tiempo que yacía bajo tierra. Así que sabía que justo en media hora Lola pasaría por el centro para montar en el tren de cercanías y visitar a su hermana.

Él, simplemente, se acercó a la entrada de la estación y ocultó su rostro descompuesto. Y no transcurrió mucho tiempo hasta que Lola pasó a su lado. Fue una mirada, un mero contacto visual, lo que provocó la fatalidad. Se sintió tan incómoda al ver esos ojos, los cuales le resultaban increíblemente familiares, que no pudo apartar la mirada de ese “desconocido”, con la mala suerte de que no prestó atención al frente y alcanzó, descuidada, las escaleras mecánicas, dando un estrepitoso tropezón que la lanzó rodando escaleras abajo, golpeándose repetidas veces todos sus huesos.

La hemorragia masiva interna la mató a los pocos segundos. Una muerte rápida, pero no por ello indolora. Manolo, una vez había comprobado que sí había perecido, se montó en el tren y fue a casa de su última hija con vida: Carmen. De los cinco hijos, era ella a quien más ganas tenía de ver, de mostrar que por una última vez él seguía vivo.

Sus piernas cada vez flaqueaban más, los latidos sonaban en intervalos de hasta minutos, su visión se volvía borrosa. No sabía si llegaría a tiempo. Reunió fuerzas de cualquier lugar de su cuerpo y las juntó todas en su corazón, tenía que llegar a su casa costara lo que costara.

Salió de la estación y subió por las calles hasta finalmente terminar en el barrio donde Carmen vivía. Dio un suave empujón al portón y se abrió. Fue subiendo por las escaleras, las piernas le pesaban toneladas. Un piso, dos, tres y cuatro.  Llamó a la puerta. Intentó calmarse, que no le viera mostrar signos de agotamiento, y esperó. Escuchó sus pasos, se acercaba. El picaporte giró y la puerta, al fin, se abrió.

Carmen casi se desmaya. Pese al ya avanzado estado de putrefacción pudo reconocer a su padre, sin que este realizara presentación alguna. Manolo no dirigió ninguna palabra, tan sólo dio varios pasos hacia adelante hasta estar dentro del hogar. Por su parte, su hija hizo lo mismo caminando hacia atrás, con la boca abierta, temblando. Tras ello, el mutismo retornó. Pero a los escasos segundos Carmen se dignó a hablar.

-¿Papá? ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo es que estás… vivo?

-Hija, no me queda mucho tiempo. No puedo mentirte. Por voluntad propia encontré el modo de revivir de forma temporal. He ido a por vosotros, uno a uno, incluida tu madre, han caído en mis manos. Yo… los maté.

-¿¡Qué has hecho papá!? –gritó ella entre lágrimas, casi sin creerse lo que estaba viviendo –.

-Carmencita, cálmate. Que mi aspecto no te engañe, estoy en mi sano juicio. ¿Sabes qué ocurrió en mi lecho de muerte? Todos tus hermanos y tu madre estaban allí. Todos se despidieron de mí… todos menos tú. En ese momento pensé que eras tú la única que no me quería. Morí con una sola llama de odio en mi interior, una llama que ardía por ti. Sin embargo el tiempo me hizo ver que esa llama en realidad existía porque eras tú el único recuerdo puro que conservaba. El resto eran unos falsos, no fueron para despedirse, sino para verme morir, celebrarlo, relamerse con la herencia que se avecinaba. Y tu ausencia se debía precisamente a eso, no querías verme en ese estado, querías conservar una memoria de mi ser mucho mejor que la de un moribundo… Niña, ¿sabes lo que verdaderamente me haría feliz?

-¿El qué…?

-Yo no quiero que se me recuerde entre lágrimas teatrales, no quiero que gente interesada afirme que me echa de menos cuando no es verdad, no quiero ser el causante de traiciones y mentiras, no quiero ser la fuente de la hipocresía. Solamente quiero… ser libre…

La voz de Manolo se fue apagando lentamente hasta que con su último deseo su esencia vital se desvaneció para siempre y su cuerpo se transformó en cenizas.

Carmen cayó de rodillas, sollozando sin parar. Él no se había dado prisa para acabar con ella, sino para que tuviera la oportunidad de despedirse de una manera debida de la única hija que no veía interés en la muerte del ajeno.

Cuando dejó de llorar, un poco más calmada, se percató de que las cenizas del suelo, no se sabe si por casualidad o a propósito, dibujaban un grisáceo corazón. Carmen se levantó del suelo, sabía lo que había que hacer. Recogió las cenizas y las depositó en una bolsa. Salió a la calle a comprar una urna y las introdujo en dicho recipiente.

A la mañana siguiente se dirigió al mar y anduvo abrazada a la urna hasta llegar al extremo del puerto. El viento soplaba fuerte, era perfecto. Abrió la tapa y la volcó. Las cenizas fueron depositándose en el mar. De donde la vida había surgido milenios atrás, ahora Manolo pertenecería para siempre.

-Hasta siempre, papá.

jueves, 31 de octubre de 2013

Especial Halloween: Cosplay

La noche se presentaba acorde con la fecha. Una densa niebla asfixiaba aquel frondoso paisaje. Apenas podía verse la Luna, sólo se percibía un reflejo blanquecino que rebotaba por toda aquella atmósfera ceniza. El silencio se extinguía con cada risa y grito que las personas hacían. Cientos de farolas apuñalaban la niebla emitiendo débiles focos de luz que presentaban un severo peligro para los bromistas noctámbulos. Algún que otro murciélago revoloteaba por el cielo cazando vampiros insectoides. El olor a humedad se impregnaba en las fosas nasales de los allegados a la celebración santificada. El maquillaje, los disfraces, todo convergía en una gustosa incomodidad que emulaba a una soga de espinas en el cuello. La mezcolanza perfecta que mostraba distante tu óbito y, no obstante, enviaba a tu cerebro la suficiente adrenalina para mantenerte alerta. Hoy no se discriminaba: las bromas mataban, y la muerte era una broma. Hoy era Halloween.

Cuatro amigos eran los que hoy, con ansias, se preparaban en sus casas para la gran noche. Sus manos temblaban, poniendo en peligro sus ideas cosméticas. Parecería exagerada tamaña excitación, pero este año era especial. Por causas mayores nunca consiguieron celebrar Halloween juntos, ya fuera por trabajos de clase, una enfermedad propia o de un familiar o algo de semejante calibre. Como amantes de lo macabro, esto era una angustiosa tortura que debía llegar a su fin. Así que pusieron de su parte y se esforzaron para que, aquello que pudieran impedir, no les obstaculizase el disfrute de la despedida del décimo mes.

Lo consiguieron, y los planes de la noche acumulaban todas esas ideas atrasadas de otros años que a priori quedaron en el olvido. No importaba a qué hora llegarían a sus casas. Trescientos sesenta y cinco días al año, sólo uno merecía la pena, lo iban a exprimir al máximo. Lo único que les detendría sería el amanecer, señal de que los muertos han de volver al camposanto, por lo que la noche sería disfrutada en su totalidad. Tenían tiempo de sobra.

El reloj marcó las diez de la noche. Tres de ellos ya estaban en el punto de reunión, un aparcamiento lleno de árboles carentes de hojas en el cual siempre quedaban. Era perfecto a estas horas, la oscuridad imponía su umbría ley y tan sólo asomaban tímidamente las iluminaciones de dos altas farolas situadas en el centro.

-Espero que llegue pronto, cada minuto es crucial –dijo Gema mientras daba suaves patadas a las minúsculas piedras del terreno –.

-Calma –clamó Héctor –. Es el único de los cuatro que se tiene que maquillar el rostro. Hay que pagar un precio por ser la Muerte.

-Lo dice el que estuvo un día entero confeccionando un gran bastón con dos pesados platillos en uno de los extremos –contestó ella –.

-Soy el Hambre, hay que mantener un margen de perfección. Y no era plan de ir con una simple balanza por la calle como si fuera el mercader de la esquina.

-Bueno, haya paz –intervino Verónica –. Hay oscuridad para rato. Que los nervios no nos estropeen la noche. Además, es bien sabido que la Muerte a veces se retrasa…

Ambos asintieron y continuaron admirando el tenebroso paisaje que sus ojos conseguían apreciar entre la densa penumbra. Sin embargo, bajo las expectativas de que lo único que les acompañaba era una multitud de objetos inanimados, Gema percibió, al lado de un lejano árbol, la silueta de una persona oculta tras prendas oscuras.

-Ey, mirad a ese –alertó ella –. Parece que nos vigila.

-O a lo mejor está esperando a algún que otro amigo, ¿no crees? –refutó Verónica –.

-Nah… Mi teoría es más acorde con esta fecha… ¡Eh! –dijo alzando la voz para que el desconocido la escuchara –. ¿¡Truco o trato?!

-Por favor, Gema. Te estás tomando en serio el papel de Guerra, ¿eh? Mira que te gustan los conflictos –afirmó Héctor –.

-Aburridos –refunfuñó Gema –. Espero que, cuando el Cuarto Jinete llegue, no sigáis así de reprimidos. Hay que desatar el Apocalipsis.

-¿Alguien dijo Apocalipsis? Que cuente con mi guadaña.

Era Marcos, acababa de llegar. Realmente se había maquillado de forma distinta, al resto de Parcas que rondarían por las calles esa noche. No pretendía emular una calavera, simplemente se había pintado de blanco toda la cara, excepto las periferias de los ojos y los labios, los cuales presentaban un negro azabache. Junto con eso, decenas de líneas negras, emergiendo de los labios y los ojos, simulando vasos sanguíneos repletos de sangre oscura, daban el toque final a un aspecto insidioso.

-Pues bien, ahora que estamos todos, marchemos –propuso Héctor –.

-¿Cuál es la primera zona a visitar? –preguntó Marcos –.

-A ver, en la Avenida Los Santos todos los bares dan un chupito gratis si vas disfrazado hasta las once de la noche. Los hay sin alcohol. Creo que es el primer sitio al que deberíamos ir.

-Concuerdo, Héctor –sentenció Verónica –. Vayamos rápido y luego ya concretaremos el trayecto con más calma.

Los Cuatro Jinetes se pusieron en marcha. A la cabeza iba Verónica, con su larga toga blanca. Llevaba un sombrero de ala ancha y un pañuelo que la cubría la parte superior de la cara hasta la nariz, así como un parche en su ojo derecho. Todo ello también de un color blanco nuclear. A la espalda portaba un carcaj grisáceo con seis palos que imitaban flechas. Por último, sujetaba con su mano derecha un arco del mismo color que el contenedor arquero.

La seguían Héctor, con su bastón y un hábito de monje pintado con runas negras. Encapuchado, apenas se le veían los ojos. Y Gema, que llevaba una armadura completa, a excepción del yelmo. En sustitución, una especie de collarín de metal envolvía toda su quijada. Asimismo, le daba el toque final al disfraz con una gran capa roja que alcanzaba el suelo y una “pesada” espada negra con líneas verticales rojas de poliestireno que presentaba, dibujadas, numerosas calaveras de facción agresiva.

Y no muy atrás, Marcos, que, junto con su maquillaje y su guadaña de plástico, vestía una túnica negra abierta, la cual mostraba una camiseta negra con una frase de color blanco: Memento Mori.

Cada vez que se cruzaban con alguien y este les miraba fascinado, ellos, irremediablemente, sonreían. Demasiada euforia contenida, hoy se sentían libres de vestir como les diera la gana sin que nadie les tratara como locos. Siempre les hubiera encantado poder ir disfrazados cuando les apeteciera, sin necesidad de regirse por las fechas de un calendario, pero por desgracia este mundo estaba oprimido por una formalidad estipulada por falsarios. Habría que conformarse con esas horas que, aunque pocas, eran agradecidas en su totalidad.

A mitad de camino hacia la avenida, Gema tuvo un presentimiento. Entre las conversaciones, las risas y sus pasos había algo descoordinado. Unos sonidos de percusión ajenos a su entorno, cercanos. Otros pasos, sí, pero no eran los de ningún Jinete. Se giró de inmediato y se dio cuenta de que, a escasos metros de ellos, estaba aquel desconocido. Era el mismo, lo sabía, presentaba una idéntica silueta, aunque esta vez, por la iluminación, pudo reconocerle mejor. Era alguien que se había disfrazado de manera muy singular. Llevaba un mono gris, guantes negros de cuero y botas también negras. De las regiones de las muñecas y los tobillos sobresalían algunas hebras de paja. Finalmente, su cabeza estaba tapada con un saco marrón con un botón en la región del ojo izquierdo, y una línea curva deshilachada que señalaba una boca alegre. Una soga rodeaba su cuello.

-A ver –dijo Gema malhumorada –. ¿Quieres algo?

El desconocido no contestó.

-Déjale –imperó Héctor –. A lo mejor va al mismo lugar que nosotros.

-No. Nos está siguiendo. Primero en el aparcamiento se suponía que esperaba a alguien. Y ahora, casualmente, justo cuando nos vamos nosotros, él opta por ir a Los Santos. ¿No es raro?

-Mera coincidencia –sugirió Verónica –. Puede que le hayan dicho sus amigos que ya le esperan allí… No seas conspiranoica, anda. Díselo tú, chico, ¿a que no nos sigues?

Permaneció en su mutismo, aunque esta vez ladeó la cabeza.

-¿Lo ves? –señaló ella –. Gema, de verdad, me gustaría saber todo lo que pasa por tu cabecita. Y, además, si se diera el caso de que nos sigue, mejor. Uno más que se une a la diversión.

-Está bien –suspiró Gema –. Sin embargo, chico, te pido que te adelantes a nosotros o que vayas por la otra acera. Estas cosas me alteran demasiado.

Este simplemente se encogió de hombros.

Los Cuatro prosiguieron. No obstante, al cabo de varios segundos, a Gema le volvió a dar por mirar atrás. Efectivamente, tal y como pensaba, les había hecho caso omiso. Seguía tras sus pasos. Así que se detuvo y le volvió a pedir que fuera por la acera paralela. Al seguir, como única respuesta, con su silencio, la furia se encendió en ella. Tomó aire y se intentó calmar. A lo mejor esta vez les haría caso. Volvió con el resto y esperó unos cuantos segundos más para ver si persistía con su desobediencia.

Obviamente, ignoró a Gema y continuó siguiéndoles. Ella no pudo aguantar más. Metida claramente en el papel de la Guerra, una rabia belicosa la invadió. Arremetió contra él, le agarró del cuello y comenzó a gritarle.

-¡Por última vez! –le advirtió –. ¡Vete por otro camino, déjanos en paz! Quizá esta espada no haga daño, pero mis puños sí, y a lo mejor decido mejorar tu disfraz con sangre. Como sigas así voy a…

Sus amenazas fueron interrumpidas. Todo se paró. Los otros tres estaban confusos, ¿qué había ocurrido? Fue entonces cuando Gema tiró la espada al suelo y se llevó ambas manos a su abdomen. Se giró hacia sus amigos, en busca de ayuda, con un cuchillo incrustado en su tripa liberando incesantes flujos de sangre. Esto no era una broma, era real, el desconocido acababa de apuñalarla y la hemorragia masiva pronosticaba una imposible salvación. En breves segundos caería al suelo, inconsciente, para, poco después, morir desangrada.

No sabían cómo reaccionar, ni siquiera sus cerebros les permitían gritar. Paralizados, sólo pudieron observar a Gema morir. Mientras tanto el extraño también seguía con la mirada todos sus moribundos movimientos. Una vez que ya yacía en el suelo, se arrodilló y la extrajo el cuchillo. Volvió a incorporarse y miró al resto. Esperó un momento a que los tres entraran en contacto visual también con él y justo entonces volteó la cabeza hacia la izquierda. No tenían otra, claramente no era alguien que simulaba ser un asesino, lo era de verdad. Por lo tanto, tenían que correr hacia la muchedumbre. En público se encontrarían a salvo. Era irónico que, incluso matando la propia Guerra, un violento conflicto siguiera en pie, pisando los talones a los Tres Jinetes restantes.

-¡Hijo de la gran puta, voy a matarte!

Aunque la primera reacción del resto fuera escapar, uno de ellos remitió esos sentimientos, los hizo desaparecer, y los sustituyó por sed de venganza. Héctor, siendo el más calmado del grupo, ahora mostraba una faceta nunca vista antes. Ver a su mejor amiga morir de esa manera, sin apenas poder defenderse, le había otorgado la fuerza que necesitaba. Ya no se regía por las leyes, ni por la moral, el único objetivo que oscilaba en su cabeza era el de la muerte. Partió su bastón en dos y eligió el extremo cortado más punzante, del que pendía la balanza. Mantuvo atrás a los otros dos y cargó contra el extraño.

Repetidas veces trató de atravesarle con el bastón, pero siempre esquivaba los golpes. Ni siquiera atacaba, como si quisiera evadir a toda costa el contacto físico. Mientras tanto, Verónica y Marcos optaron por ir a ayudar, lo mejor sería reducirle.

Sin embargo, cuando ellos entraron en el combate, no se dignó a esquivar los golpes, sino que directamente los paró, para después propiciarles unos contundentes golpes en el estómago a ambos, dejándolos debilitados en el suelo. Tras ello, continuó varios segundos más sorteando los bastonazos de Héctor, hasta que finalmente se cansó y corrió para distanciarse de él un par de metros. Una vez hecho esto, con la misma rapidez con la que esquivó los ataques, sacó de nuevo el cuchillo y se lo lanzó a Héctor, clavándose profundamente en su frente. Murió casi al instante.

Marcos y Verónica aún no sabían nada de lo que acababa de suceder, seguían en el suelo retorciéndose de dolor. No obstante, todo se aclaró cuando vieron el cadáver de Héctor caer, en peso muerto, al suelo.

Marcos se incorporó inmediatamente y levantó a Verónica. La opción de hacerle frente había quedado totalmente anulada. Huir era la última alternativa que les conduciría a la supervivencia. Marcos lo tenía claro, pero Verónica no tanto. Aunque él insistiera, tirándola del brazo, en escapar, ella se quedó quieta, mirando sin parar al asesino.

-¿Se puede saber qué haces, Verónica? No podemos hacer nada por ellos, ¡tenemos que pedir ayuda!

-No… Fíjate bien. No es un sádico como otro cualquiera, deber ser alguien con un trastorno mental.¿Por qué tanto a ti como a mí nos atacó y con Héctor evitaba a toda costa tocarle? Marcos, ¿qué pasa si el Hambre roza tu piel?

-Mueres de inanición…

-Exacto. Sé que es descabellado y que la situación va a dificultar este plan, pero… Hay que seguirle el juego. Por eso a la primera a la que mató fue a Gema, la Guerra. Tener a ese Jinete de nuestro lado nos habría hecho ganar el enfrentamiento.

-¿Me estás diciendo que se piensa que esto no son disfraces?

-Sea como sea si su único pensamiento fuera el de un asesino convencional, ni siquiera hubiéramos tenido tiempo de empezar esta conversación. Mírale, ahí quieto. No viene a apuñalarnos, sabe que debe guardar cierta distancia con los Jinetes. Sobre todo si somos tú y yo, Victoria y Muerte.

-Si eso es cierto, tan sólo tengo que fingir que alzo mi guadaña y le extraigo el alma, ¿no?

-No es tan fácil. Hay cosas que debe pasar por alto, hay distintas conceptos de los Cuatro Jinetes. Por ejemplo, algunos dicen que Victoria crea un aura de imbatibilidad, si ese fuera el pensamiento que él tiene acerca de mí, entonces ni se habría atrevido a marcarnos como las presas. No podemos adivinar cuáles son las ideas concretas que tiene de nosotros, así que tendremos que remitirnos a las teorías más empleadas. Seguro que si la hoja de tu guadaña le toca fingirá su muerte, o si una flecha mía le atraviesa.

-No… no… Esto no puede ser así. Es demasiado… macabro… El tío de ahí delante se acaba de cargar a Gema y a Héctor, ¿y nosotros vamos a hacer un juego de rol para salir con vida?

-¿Y qué otra opción tenemos?

-¿Huir como alguien normal?

-Marcos, piensa, joder. Su intención es matar a los Cuatro Jinetes, no a cuatro chavales. Ponte en la maldita piel de la Parca, ¿crees que los Jueces del Purgatorio huirían ante un humano con un cuchillo? Está demente, y si no entramos en su mundo seguro que se enfurece. Nuestra oportunidad de sobrevivir se esfumará.

-¿Acaso Héctor tuvo alguna probabilidad? Ya ves… Tres minutos y puñalada en el frontal.

-Sí –respondió mientras extraía una flecha del carcaj –. Pero la Muerte y la Victoria no pueden morir de una forma tan simple, ¿no es así, cabronazo?

Por fortuna, el arco era de verdad, así que las flechas, o mejor dicho, los palos, cogerían algo de potencia al ser impulsados por él. Esta era la prueba de oro. Alguien cuerdo ni se molestaría en evitar que le alcanzaran unos débiles palos. Pero, por el contrario, si hacía todo lo posible por agudizar su agilidad y esquivarlos, la teoría de Verónica quedaría comprobada. A partir de ahí, lo demás sería actuar hasta que alguien viniera a rescatarles.

Victoria lanzó la primera flecha. Como era de esperar, la esquivó. Pero eso no era del todo concluyente. Disparó cuatro flechas más, todas con el mismo resultado.

-Vale, Muerte. Ahora te voy a pedir que le ataques con tu guadaña.

-¿¡Pero qué dices!? –exclamó Marcos atemorizado.

Ella le guiñó un ojo y prosiguió.

-Muerte, Victoria te bendice. Que las derrotas queden expugnadas y los logros marcados sean las metas del presente. Ve, Muerte, ¡por nuestros hermanos!

Marcos comprendió las intenciones de Verónica. Ella ya se había metido en el papel. Y con esa “bendición” el extraño no trataría de atacarle con el puñal, tendría una seguridad extra que le permitiría alcanzarle con la guadaña y acabar con todo esto. Ahora era su turno, debía hacer uso de las magníficas dotes de arte dramático que poseía. ¿Quién le iba a decir que esta noche no sólo vestiría como la Muerte, sino que actuaría como tal?

-Muy bien, Victoria. Tus flechas me cubrirán. Esta alma yace en mi lista. Ha de ser segada.

Agarró con fuerza el mango de la guadaña y controló sus temblores. La mayoría de sus nervios eran por el miedo, pero no podía negar que una pequeña porción era por el júbilo al tener durante unos breves instantes los poderes de su ídolo. Trató de golpearle unas cuantas veces con la hoja, pero él, con suma facilidad, esquivó todo.

Habiendo ya comprobado el potencial de la Muerte, empuñó nuevamente su cuchillo. Pero esta vez Verónica estuvo atenta. El flechazo impactó en su mano. Y, aunque el palo no le hubiera causado un gran daño, los poderes de Victoria estaban vigentes. Metido en su papel, soltó el cuchillo y se estremeció de dolor.

-¡Ahora, Mar… digo… Muerte! ­–gritó Verónica –. ¡Mátalo!

Marcos obedeció y se dispuso a “clavar” la guadaña en su torso aprovechando la distracción. Parecía que lo habían logrado... Pero, por desgracia. Así como ellos fingían, él también lo hizo. Esperó a que acercara la guadaña lo suficiente para que estuviera a su alcance y, entonces, agarró con las dos manos el mango, parando el ataque. Se la arrebató a Marcos y la lanzó hacia atrás, fuera del alcance de ambos.

Verónica lo sabía. En la guadaña residen las almas, su poder. Sin ellas, Muerte se convierte en alguien increíblemente débil. Corría peligro. Así que dirigió su mano al carcaj para lanzar otra flecha. Sin embargo, ya no habían más…

Gritó a Marcos que corriera, pero fue demasiado tarde. El desconocido recogió su cuchillo y se lo clavó en el muslo izquierdo. Una vez la hoja había penetrado, la giró con saña. Marcos cayó al suelo por la tremenda agonía, cientos de fibras musculares se iban desligando. Apoyar de nuevo la pierna izquierda sería tarea imposible. Después de ello, cortó su camiseta, apoderándose justamente del trozo de tela donde estaba escrito Memento Mori.

Estando inutilizada la Muerte, el asesino fijó la mirada en Victoria. A Verónica le recorrió toda la espalda un gélido escalofrío, como si la verdadera Parca estuviera a su lado, disfrutando del preludio a su defunción.
Ella trató de correr, pero fue en vano, él era mucho más rápido. Con un salvaje placaje la tiró al suelo y se puso encima de ella. Procedió a quitarse la soga del cuello y con el trozo de la camiseta cubrió su cara.

-¡Soy Victoria! –continuó ella, pensando que la actuación aún podía salvarla –. No hay nada que puedas hacer, perdiste desde el primer momento en el que te acercaste a nosotros. Vete ahora y no habrán consecuencias.

No obstante, el extraño seguía con lo intencionado. Rodeó con la soga el cuello de Verónica y, con fuerza, tiró, oprimiéndola el cuello por completo. La soberbia del Jinete había cesado. Apenas podía entenderse lo que decía, aunque por el tono sabía perfectamente que eran súplicas. La Victoria había sido derrotada. Por fin podría ocuparse de la Muerte, a quien había dejado para el final porque, si lo mataba antes, el resto se harían inmortales.

Se levantó, echando un último vistazo al rostro tapado de la Victoria. Se giró y caminó lentamente hasta la Muerte, el cual se había arrastrado hasta una tienda cercana con la intención de entrar dentro y esconderse.

Cuchillo en mano, le dio la vuelta y se arrodilló ante él, quería observar la cara de aquel que había causado millones de muertes a lo largo de la historia de la humanidad. Ahora él tenía el placer de dar muerte… a la Muerte.

Pero en un último atisbo de supervivencia. Marcos alzó el brazo y tiró del saco que ocultaba la faz del desconocido. Ante él se descubrió la cara de alguien no mucho más mayor que ellos, posiblemente hasta iría a su mismo Instituto. ¿Cómo era posible que, alguien con un rostro que a primera vista mostraba inocencia, podría ser el culpable de tres, dentro de poco cuatro, violentos crímenes? En sus ojos se desvelaba aquello, estaba intranquilo, aparentemente desprotegido. Sin el saco hasta parecía alguien más humano… Humano…

¡Eso era! Debía jugar la carta final. Antes de que le cortara el cuello. Marcos instó en que le escuchara, como última petición de la deidad de los muertos. Él, siempre en silencio, aceptó.

-Chico, mírate, no eres un monstruo. Eres alguien lleno de bondad. Puedo ver tu alma… Alza la cabeza, observa tu reflejo en el escaparate. Ya no te controla el disfraz, ahora te controlas tú mismo.

-Ti… tienes razón –respondió él, ante el asombro de Marcos –.

-Clar… claro que sí. Has vencido a tus demonios con la ayuda de la Muerte. Termina esta pesadilla. Tienes mi bendición.

-Ahora comienza una nueva vida para mí. Me has librado del disfraz. ¡Gracias!

-No hay de qué, joven… Y dime, ¿qué es lo que te gustaría hacer ahora?

-Oh –el rostro del chico volvió a tornarse demencial –. ¿No ha quedado claro ya? Me gustaría seguir matando.

Y el cuello de Marcos se tiñó carmesí.

domingo, 27 de octubre de 2013

Clave de Hyde

Pocos motivos tenía para existir en este mundo. Podría decirse que esos escasos motivos eran como las máquinas que mantienen con vida a un comatoso. Pero, de entre todos, había una de gran calibre, una que, al apretarme la mano para no caer en el vacío, me otorgaba una confianza desmesurada. Dicha confianza, al principio, era mi aliada, no obstante, al cabo del tiempo, me percaté de que eran las puertas tras las que se ocultaba la auténtica esencia de la demencia.

Todo sucedió hace poco más de un trimestre. Como de costumbre, iba montado en el tren, dirección a la Facultad de Filosofía, con la música de mi móvil emanando a todo volumen por mis auriculares. Me encantaban esos cuarenta minutos de puro placer melómano.

Pero ese día no iba a poseer la misma monotonía que el resto. Siempre buscaba un lugar en el tren donde no tuviera que compartir asiento. Sé que mi música no es del agrado de muchos, por lo que prefería ir solo para que el sonido no incordiara a muchos. A pesar de llevar auriculares, el volumen estaba lo suficientemente alto como para que se lograran percibir las canciones a unos cuantos centímetros cerca de mí. Era consciente de que esto provocaría daños irreversibles en mis oídos, pero no me importaba. Correría el riesgo.

El tren llegó a una estación en la que subió un señor muy risueño. Lo observaba de reojo. Con cada pasajero que se montaba, hacía lo mismo, suplicaba que no se sentara a mi lado. Sin embargo, parece que esta vez mis plegarias no fueron atendidas y aquel hombre decidió “acompañarme” durante el viaje. Maldije para mis adentros. Tampoco podía obligarle a marcharse. Después de todo el problema era yo, no él.

Cuando se sentó empezó a mirarme fijamente. Eso sí que era superior a mí, me estaba empezando a poner nervioso. Me concentré en el paisaje que se veía a través de la ventana, pero cuando, por el rabillo del ojo, observaba su rostro, él seguía mirándome, ¿analizándome? Subí el volumen aún más para intentar espantarle, hasta saqué una hoja de mi archivador y fingí que escribía, pero nada, seguía empeñado en contemplar cada uno de mis movimientos. Parece ser que tendría que soportar esta situación durante los quince minutos que faltaban de trayecto.

Por fortuna, y por desgracia, no tuve que aguantar todo ese cuarto de hora. Llegamos a la penúltima estación. En ese momento estaba escuchando Shut it up, de Mindless Self Indulgence. Había sacado el móvil para ponerla. Y fue entonces cuando, al abrirse las puertas del tren, en un abrir y cerrar de ojos, dicho hombre salió disparado como una centella en dirección a las puertas de salida, no sin antes arrebatarme el móvil. Al instante mis pensamientos fueron los de darle un tirón y morderle la mano hasta destrozársela, pero los auriculares se desenchufaron del móvil. Me quedé sin música, y en consecuencia, la timidez se apoderó nuevamente de mí… Permanecí sentado observando cómo se llevaba mi querido cofre de melodías…

Sin embargo, la suerte se puso de mi lado. Justo antes de salir por la puerta se chocó con un pasajero y el móvil cayó al suelo. No sufrió ningún rasguño, pero, cuando fue a recogerlo, posó uno de sus dedos justo en el lugar de la pantalla donde se hallaba el botón de reproducir.

La música volvió a sonar, y yo abandoné mi comportamiento temeroso. El ritmo guió mis pasos y la letra modificó mi cerebro. Una conversión melódica que sería el preludio orquestal de una banda sonora de terror. Encarnado en pura saña, me levanté del asiento y salí del tren, persiguiendo al ladrón.

El incauto seguía huyendo con mi móvil emitiendo la canción de Mindless Self Indulgence. Si se hubiera parado un momento para darle al botón de pausa, todo habría acabado en ese momento, pero el móvil ya se había bloqueado y la única alternativa era bajar el volumen hasta silenciarlo. Opción la cual tampoco se le había pasado por la cabeza.

A medida que la canción sonaba, cada vez fantaseaba de forma más macabra con el momento en el que lograse atraparle. Sabía que cuanto todo acabara y pausara la música para volver a enchufar los auriculares, durante segundos sufriría profundos remordimientos, pero eso ahora era secundario. Todo estaba a mi favor, ese hombre había robado a la persona equivocada en la situación errónea.

Comencé a acelerar el paso, extendía los brazos, ya casi lo tenía. Segundos después mi mano consiguió atrapar la capucha de su sudadera. Le di un fuerte tirón y cayó al suelo. Con el impacto, un puñetazo directo a su cara le acompañó. Seguidamente me puse encima de él, presionando su estómago con mi rodilla, dificultándole la respiración.

-Devuélveme el móvil y yo te devolveré tu derecho a permanecer con vida –contesté susurrándole al oído con un tono siniestro –.

Temblando, me lo entregó. Si justo ahora hubiera apagado la música, hubiera vuelto a quedar indefenso, pero dejarla sonar tampoco era una buena alternativa, mi violencia podría acrecentar. ¿Qué hacer?

Habría que arriesgarse y seguir drogado por el ritmo. Me incorporé y un impulso se clavó en mi mente. Me giré hacia el ladrón que, confiado, suspiraba tranquilo, aún en el suelo. Primero fue sólo una patada en el costado. Observé a mi alrededor y, percatado de que no había nadie en ese callejón, continué aplastándole la tráquea para enmudecerlo. Cada vez que las baquetas golpeaban los toms y los platillos, cada vez que la púa rasgaba las cuerdas de la guitarra con fuerza, cada vez que el bajo emitía un sonoro acorde, cada vez que el vocalista gritaba, los golpes salían con velocidad en dirección a su cuerpo.

Y la piel empezó a abrirse. La sangre salió y comenzó a salpicarme. Su organismo se iba haciendo más y más blando. Dos minutos después la canción terminó. Durante esos pocos segundos de completo silencio que había entre canción y canción, volví en mí, la cordura me abrazó de nuevo. Pero esta vez era consciente de algo. No eran simples suposiciones, no eran meros sueños tétricos. Realmente la música me transformaba.

Sin embargo, no era momento para alegrarse, o preocuparse, según como se mire. Ahora tenía que comprobar si el ladrón seguía con vida. Acerqué mi oído a su boca. No respiraba. Abrí uno de sus párpados y jugué con las sombras para ver si sus pupilas reaccionaban. Tampoco. O su nivel de inconsciencia era grave o… estaba muerto. Tanto un problema como otro conducían a la misma solución: deshacerme del cuerpo. Pero no podía, no era capaz de tocar a alguien que posiblemente hubiera perecido. Si quería evitar que alguien lo encontrara tendría que volver a transformarme, sufrir una oscura catarsis melodiosa. No me quedaba otra…

Me puse en la oreja izquierda el auricular, la otra tenía que percibir cualquier sonido de mi entorno para mantenerme en alerta. Di al play y fue Disturbed quien me acompañó mientras arrastraba el cuerpo hasta un contenedor cercano. Con un poco de suerte, si no estaba muerto acabaría muriendo y no me supondría más problemas. No creo que descubrieran el cadáver cuando aquí cualquiera se salta todo protocolo habido y por haber. El camión llegaría, levantaría el contenedor y vertería su contenido haciendo que el ladrón ahora fuera problema del vertedero. Y allí se descompondría en completo silencio.

Era un buen plan, ¿pero qué pensaría cuando la música cesara? Remordimientos, dudas, desesperación. Iría en busca del cuerpo, hasta podría llamar a la policía. No querría meterme en problemas, aunque avisar a las autoridades supondría ser el primer sospechoso de su muerte, y no tardarían mucho en averiguar que efectivamente yo lo maté. Pero soy tan estúpido que no me importaría con tal de hacer lo correcto. No podía permitirlo, mientras mis oídos percibieran música podría estar tranquilo… aunque el móvil no tiene una batería infinita, la carga duraría poco más de doce horas. Tenía medio día para hallar una solución. Convencerme a mí mismo de que guardar el secreto era lo mejor era una pérdida de tiempo.

Opté por ir a clase, de momento, e ir pensando en un remedio. Una vez llegué al aula, puse el volumen lo más bajo posible y al sentarme apoyé mi mano izquierda en mi cabeza para ocultar el cable. No estuve atendiendo durante ningún momento a lo que decían los profesores. Durante esas seis horas de clase simplemente mi cerebro palpitaba, maquinando mil y un alternativas para evitar que mi lado sumiso se apoderase de nuevo de mi psique.

No se me ocurría nada, lo único que veía posible era hacerme entrar en razones, darme cuenta de que no beneficiaba a nadie si informaba del asesinato. Era un hombre bastante mayor, y viendo sus acciones delictivas, no creo que tuviera relaciones fuertes con nadie. De hecho… tal vez hubiera hecho bien en matarle… Sí, Lamb of God me daba la razón con su solo de guitarra.

Recurriendo a la lógica, al fin y al cabo, aunque transformado por las canciones, yo seguía siendo el mismo, por lo que a lo mejor permanecía con estos mismos pensamiento aunque parase de sonar For whom the bell tolls.

Hice un experimento, una de las canciones, tenía una pausa de tres segundos un minuto antes de acabar, se trataba de Millionaire de Queens of the Stone Age. Era el tiempo necesario para que dejara de estar controlado por la música y ver cómo reaccionaba sin el riesgo de quitarme el auricular y no poder regresar a este estadío tan perfecto. Así que, tras acabar las clases me senté en uno de los bancos del exterior y procedí. Me puse también el auricular derecho por si acaso y seleccioné la canción. Era el momento de ver qué hacía.

Llegó el momento exacto y el silencio dio la bienvenida a las represalias morales. Comencé a temblar de terror, todos irían a por mí, sería cuestión de tiempo. Me levanté y fui corriendo a la estación de tren para sacar a aquel hombre del contenedor. No obstante, como era de esperar, la música continuó y los miedos se desvanecieron. Ahora quedaba claro, seguir escuchando el arte armónico de estas bandas era mi única vía para la salvación.

Entonces, imaginándome el resto de mi vida con los auriculares incrustados en mis conductos auditivos, se me ocurrió la idea de hacer realidad esas nefastas expectativas. Claramente no podía estar constantemente escuchando la música de mi móvil, básicamente porque estaría sometido a sus niveles de carga, y sé que algún día sufriría la nefasta sorpresa de que se quedara al cero por ciento de batería mientras caminara por la calle… Tiemblo con sólo pensarlo, obligado a atender a los nimios sonidos de lo que me rodea, a las voces ajenas… Qué pesadilla. Pero podía solventarlo con algún tipo de dispositivo con una batería duradera y que fuera lo bastante pequeño y sofisticado para no llamar la atención ni cuando tuviera que exponer un trabajo de clase, así como que la música la recibiera tan sólo mi oído derecho y mi oído izquierdo, más perceptivo a las voces, permaneciera atento a lo que me aconteciera.

Tenía que recurrir a mi creatividad, precisaba de la ayuda de Muse. Tenía su gracia esto, que el nombre del grupo fuera lo que este evocaba a mi alrededor con sus canciones. Fui a la biblioteca general y saqué cuatro folios  sobre los que me dispondría a diseñar el prototipo de lo que buscaba.

Empecé dibujando varios garabatos similares a un pen drive, con ello podría solucionar el problema del espacio. Tendría que dirigir mis objetivos hacia la confección de un pequeño chip con una gran memoria, capaz de almacenar unas quinientas canciones, algo así como seis u ocho gigas. Esa sería la parte fácil, ahora quedaba lo complicado: cómo escuchar el contenido sin cables de por medio. Extraje de mi cartera unos pequeños apuntes que tenía de anatomía, menos mal que nos lo dieron para comprender mejor el tema de sociología, y busqué algunos dibujos craneales.

¡Obtuve la respuesta! Justo detrás de la oreja, en el hueso mastoides, una potente vibración podría llegar a los huesecillos del oído y así traducirse las ondas en información sonora. En pocas palabras, con el chip en esa zona de la cabeza podría escuchar música sin problemas.

Y, en lo referente al tema de la carga, no había problema alguno, conocía algunos métodos de recarga cinética, con el dispositivo correcto tan sólo tendría que sacudir la cabeza de vez en cuando para evitar peligros. Así que ya solamente me faltaba ir a una tienda de informática para que pasaran todas las canciones al microchip, le instalaran el dispositivo cargador, y después colocármelo en el mastoides.

Sin embargo, ya en casa con todo listo, pronto me di cuenta de que la última fase, la cual pensaba que era la más sencilla, se convirtió en el proceso más complejo. El pegamento y la cola no servían, y una tira de celo daría demasiado el cante. Pero lo peor era que, al comprobar si funcionaba, me fijé en que realmente un microchip tiene todo en proporciones minúsculas… El sonido era imperceptible, diría que se escuchaba más el zumbido de las pequeñas vibraciones que la canción en sí. Si quería algo efectivo tendría que adquirir una placa que lo amplificara, y como no podía aumentar el tamaño del circuito, la otra elección era… recurrir a la cirugía.

Así es, empleando a Korn como anestésico, me hice un pequeño corte en la zona mastoidea y metí, a presión, el microchip. Llegué a llorar del infernal dolor. Cuando estaba dentro y me cercioré de que escuchaba su música con nitidez, me puse un apósito para que la herida se cicatrizara. Ya podía estar tranquilo, el yo adicto a la música se quedaría para siempre, encargado de vigilar que mis temores no resurgieran.

Las semanas transcurrieron con normalidad. El corte ya se había cerrado y no había complicación ni rechazo alguno por parte de mi organismo. La fusión se había realizado exitosamente, ahora era uno con la música. Pero… esto no acaba aquí, si no, sería un final feliz, ¿verdad?

Un día, de camino a la facultad, estaba tan inundando en las melodías que mi cerebro no calculó bien la posición de un escalón y tropecé golpeándome la cabeza contra la barandilla justo en la zona donde se hallaba el microchip. Caí al suelo inconsciente.

A las horas desperté en la cama de un hospital, de inmediato me asusté al comprobar que había silencio absoluto, no escuchaba música alguna, el golpe debió dañar el dispositivo. Pero eso ahora no importaba, la cuestión era que había un señor descomponiéndose en un vertedero y sus conocidos estarían preocupados buscándole. Salté de la cama y salí al pasillo. Justo entonces, a un enfermero que pasaba por allí le sonó el móvil, era AC/DC. ¡Me venía de perlas! Aproveché esos segundos para palparme detrás de la oreja. Sí, el microchip seguía allí, era extraño que no me lo hubieran extraído. Me di varios puñetazos para ver si con la percusión se arreglaba, pero nada… El tiempo muerto pasó y el enfermero contestó a la llamada. Lo único que podía hacer era bajar al primer piso y marcar el 091.

Afortunadamente, el hilo musical del hospital, a pesar de ser música clásica, la cual no me entusiasmaba mucho, era lo suficientemente agradable para hacerme notar en mi mente. Tendría que probar una medida desesperada. Reproduje por medio de los impulsos nerviosos, mi canción favorita, Love will tear us apart de Joy Division. El efecto no sería el mismo que con un reproductor de música, aunque siendo la que más me transformaba en este ser despreocupado por las consecuencias, tal vez escucharla de esta manera podría hacerme volver.

Y, efectivamente, sucedió. No tendría mucho tiempo hasta que perdiera la concentración y el efecto se debilitara. Arreglar el microchip era imposible, así como convencerme de que no llamara a la policía. Tampoco podría pedirle a alguien su mp4 o móvil para escuchar música, además de que podría no ser de mi agrado y así el favor, si es que me lo hacían, habría sido en vano. Por lo tanto... solamente podía hacer una cosa.

Me fui hasta un extremo del pasillo. Cerré los ojos durante un momento y los volví a abrir. Joy División fue reemplazado de mi mente, en su lugar entraron en escena los Foo Fighters con Pretender. Rompió la canción y cogí velocidad. Un enfermero, el mismo de la canción de AC/DC, intentó detenerme, pero lo esquivé con facilidad gracias a los reflejos dotados por el guitarreo. Me cubrí la cabeza y salté atravesando la ventana del otro lado del pasillo.

Era un quinto piso, suficiente para satisfacer mis deseos. Mientras caía, con el viento dándome en la cara y mi cerebro, consciente de la muerte inminente, rememorando a la vez todas y cada una de las canciones que había escuchado a lo largo de mi vida, se creó una atmósfera perfecta. No tenía derecho alguno a quejarme de mi defunción, después de todo dudo que pudiera ser tan idónea como esta… Tal vez fueran segundos de caída libre, pero a mí me dio tiempo a que las miles de canciones acabaran. Sentía tanta paz, tanta tranquilidad, creo que, hasta el yo que emanaba cuando no escuchaba música, se había desprendido de sus preocupaciones. Me era imposible sonreír ante esta situación.

Antes de que llegara el silencio final, Jim Kerr se despidió de mí cantándome al oído Don’t you forget about me.

domingo, 20 de octubre de 2013

Pequeño diario de una pequeña alma #8

[Tal vez no debería sacar a la luz esta cosecha, pues me arriesgo a las sentencias de las propias Deidades del Más Allá. He violado una gran cantidad de normas por seguir mis más oscuras esperanzas. Pero si la anarquía ya ha cundido, no hay nada que perder. No soy de los que piensa que, hasta cuando el enemigo hace trampas, debes de seguir jugando limpiamente. En la guerra todo vale, hasta ignorar las leyes de la mismísima naturaleza. Ha comenzado una nueva realidad, las pautas causales se han distorsionado. Quizá mañana sea obligado a sufrir un juicio, pero yo seré quien estipule cuándo han de golpear el martillo.

Hoy yo seré el narrador]

Empecemos desde el principio, justo cuando Bruno ofreció todo su ser, casi mostrándose como una simple herramienta, para salvar a Samanta. Acepté desde el primer momento, aunque, en ese instante, lo que me empujaba a colaborar era el simple hecho de la traición de Óscar.

Como ya habréis imaginado la mayoría, si el inmunólogo apareció en una de mis cosechas, en cuyo final claramente perdía su total integridad psicológica, es porque había hallado su alma y la había traído a mi habitáculo en la Oscuridad. Sin embargo, la ambición, pecado que no debería albergar un ente no corpóreo, seguía encontrándose en su interior. Por ello, escapó y regresó al mundo mortal.

El proceso siempre es el mismo. Un alma es encontrada, o ella me encuentra a mí. Yo la guio con la luz de mi guadaña hasta mis aposentos y allí ella exhala todo lo que impide que pueda ver la entrada al Paraverso. A cambio de esta ayuda, pues según lo que indican las Leyes, es el mismo alma quien, por cuenta propia, debe deshacerse de aquello que la bloquea, ella permite que me quede con esos recuerdos y los plasme en un portal pseudoonírico que conecta la Oscuridad con la Tierra. Cuantas más cosechas recojo, más conexiones se crean. Cada vez hay más energía y es difícil apartar la mirada de esas demenciales imágenes, otrora recuerdos de almas atormentadas.

Han sido muchos, a lo largo de este tiempo, los que me han preguntado si, al ser enlaces con el mundo mortal, sería posible adentrarse en uno de ellos y volver a la Tierra “resucitado”. La respuesta es que sí, es posible hacerlo. Sin embargo, al contrario de lo que se piensa, las almas pierden todo sentimiento humano. Lo único que retienen son esas últimas memorias que les atan a la Oscuridad, una vez se deshacen de ellas desconocen otro motivo para volver a la vida. No recuerdan a sus familiares ni a sus amigos. Simplemente ven la Tierra como el lugar donde murieron, y por ello rehúyen de regresar a allí, a expensas de volver a sufrir una muerte igual o peor. Así que, sin otra alternativa, descienden hasta el Paraverso para disfrutar un merecido descanso hasta el fin de los tiempos.

Pero siempre hay excepciones. Y una de esas es Óscar. Su muerte no fue muy normal que se diga. Su alma estuvo varias horas atrapada en su interior obligada a ver a su carcasa siendo controlada por las células NK. Pese a que ya había muerto, aún seguía sufriendo. Me imagino que sería desesperante ver cómo tu cuerpo se va pudriendo poco a poco sin remedio alguno. Cada trozo de carne desprendida, cada coagulo reventado, sintió todo hasta que sólo quedaron cenizas y polvo…

Puede que por esta razón su alma no fuera como las demás y aún retuviera algo del mundo mortal. Cuando lo encontré parecía del montón, pero cuando le traje aquí, sintió una curiosidad por los portales que jamás otra alma había tenido.

Y llegó el momento. Concluyó su historia, quedó liberado. Me despedí de él tendiéndole la mano, aún consternado por sus últimas vivencias. Pero entonces, confiado, en vez de ofrecerme su mano, me empujó y saltó al portal de los recuerdos de Santiago, el Flebotomista. Si no me hubiera asestado tal golpe, hubiera podido pararle con la hoja de mi guadaña, pero fue hábil y astuto. Ni siquiera me esperaba esa reacción. ¿Acaso no sabía que volviendo a la Tierra su cuerpo quedaría de nuevo infectado por esas células? Aunque eso sí, el efecto podría ser distinto… Quizás sea precisamente eso lo que le haya hecho dejar de ser un científico ansioso por salvar al mundo a ser un no-muerto imbuido por maldad.

No obstante, esto no acaba aquí. Recientemente otras siete almas encontré. Era extraño que estuvieran las siete reunidas en un mismo lugar de la amplia Oscuridad. Fue en junio cuando poco a poco me fueron narrando sus últimos minutos de vida. Tres de ellas enseguida viajaron hacia el Paraverso, pero otras tres decidieron esperar a que la última, la cual estaba cubierta por un extraño embozo con una oscuridad incluso demasiado densa para este entorno, terminara su historia. Me pareció extraño, para qué mentir, pero lo permití.

Sin embargo, una vez terminó y las puertas del Paraverso se volvieron a abrir, las manos de los tres que se marcharon emergieron y me inmovilizaron. Entonces el resto comenzó a buscar entre los portales aquel que la última alma denominaba “la indebida”. No me hizo falta pensar mucho para concluir que hacía referencia a las vivencias de Bruno, pues era el único que sin morir y quedar atrapado en la Oscuridad tenía la oportunidad de mostrar a los demás su sufrimiento y poder librarse un poco de las cargas del silencio.

Repentinamente, tras hallar ese portal, el alma que lideraba a las demás disipó su embozo y mostró su rostro. No sé cómo, pero Óscar había vuelto a morir. En su nueva cosecha, Virofilia, no especificaba nada, y en un principio la había catalogado como un Aullador. Pero parece ser que todo era un engaño. Lo que ahora me preguntaba era la razón de que las otras seis almas hubieran aceptado ayudarle en una causa irracional. ¿Inmortalidad, poder, qué les habría prometido? ¿Y por qué perseguía a Bruno?

No sería hoy cuando averiguaría todo aquello. Al partir, para no dejar atrás a nadie, Óscar metió una mano en el portal y con la otra agarró a Lillith, esta agarró a Carlos y él al Insurrecto, formando una cadena humana que alcanzaba a los tres que ahora residían en el Paraverso: Hugo, el Insomne y el Atemporal. Tiraron de ellos y los siete desaparecieron. Y yo, nuevamente, sin poder hacer nada…

Ahora la cosa se ponía peor. Nunca jamás se había dado el caso de la resurrección de un alma que ya se albergara en el Paraverso. Las consecuencias de que esto sucediera serían inestablemente… curiosas. Tendría que observar con detenimiento, buscar por cualquier esquina. Pero no fue fácil, les perdí la pista de inmediato. Se separaron nada más aterrizar en el mundo mortal. Lo único que podía reducir el riesgo potencial del posible asesinato de Bruno era estar más pendiente de él. Pero nada se ponía de mi parte y Santiago volvió a la vida por medio de artes nigrománticas. Arrebatado en contra de su voluntad del Mundo de los Muertos. Ahora todo se había convertido en una lucha a dos bandas entre un equipo compuesto por muertos resucitados ilícitamente y otro de vivos ahogados por un entorno mortecino.

Y hasta aquí lo que ha pasado. Ahora lo que ocurrió al decir…

-Está bien. Te ayudaré, pero te recuerdo que tengo mis limitaciones –le contesté a Bruno –.

Juraría que por el entusiasmo no prestó mucha atención a la historia de Óscar, líder de Los Siete. Me cercioré de que se había enterado, pero la euforia le podía, no conseguiría mucho. Simplemente me materialicé por completo en el mundo mortal.

Hacía demasiado tiempo que no pisaba mi mundo… En cuanto puse un pie en el suelo todas las sensaciones características de los humanos me invadieron. Pero de entre todas, lo primero que me vino fue la pena y el dolor. Y, aunque sé que es imposible, diría que hasta escuché en mi interior un sonido parecido al de un latido. Me llevé de inmediato la mano al pecho, asustado. Carente de sangre, fuera del peligro de hemorragia, hundí la mano y busqué entre las vísceras torácicas. Negativo, ahí no había ningún músculo. Tras esta pequeña paranoia volví a lo que me concernía.

Me dirigí a donde Santiago se encontraba. No hizo falta ninguna presentación, enseguida me reconoció. Aunque esperaba algo de respeto, me saludó con mofa, comenzó a reírse.

-¿Quién viene a ayudarte, el intento fallido de Parca?

Extendí mi guadaña y le levanté del suelo. Poco a poco se hundía en su tórax. Su rostro palideció y se puso más serio. No había sufrido amnesia alguna al regresar al mundo mortal, sabía perfectamente que por muy inmortal que fuera, el arma de un nigromante te podía arrastrar a la Oscuridad por toda la eternidad.

-Al chico le eres de utilidad, a mí no. Por desgracia no es él quien empuña la guadaña. Dame una razón para no atravesarte con ella.
-¡Está bien! ¿Buscáis a Siete, no es así?

-¿Por Siete te refieres a Óscar, el inmunólogo, el que ha traído seis almas de la Oscuridad?

-No sé su nombre, pero sí, es el mismo que ha hecho eso…

-Perfecto, de momento llevas un uno de dos, vayamos a la prueba final… ¿Qué haces vivo si hace tiempo vagabas como alma en pena?

-Él se apareció cuando estaba a punto de morir desangrado. Me dijo que me salvaría de aquella situación si hacia ciertos retoques en mi mente. Créeme, nunca me importó morir, pero no lo ves igual cuando tu vida pende de un hilo, entonces te agarras a lo que sea. Sé que antes era distinto, aunque mis recuerdos estén borrosos. Además, conozco a quien han raptado, pero no sé sus intenciones. Me enviaron para asustar al chaval, simplemente hacerle huir y que Siete hiciera el resto del trabajo.

-¿Algo más? –pregunté, apretando el arma con más fuerza –.

-¡No sé nada más!

-Muy bien…

Perdiendo toda su utilidad, di un último apretón y la hoja penetró en su pecho. Nada más entró en contacto con su corazón. Su cuerpo se volvió grisáceo y estalló en miles de virutas de ceniza. Un obstáculo menos, quedaban siete.

Bruno se enfadó por unos instantes, creyendo que podría guardar algún secreto. Me hizo gracia, era aún muy inocente, desconocía el potencial del miedo, más efectivo que cualquier suero de la verdad. La Inquisición era experta en ello, hasta te hacían convertir mentiras en verdades. No, ya había compartido toda la información que sabía, dejarlo vivo sería un error, pese a que aún pudiera conservar algo del verdadero Santiago, tal y como él dijo, Óscar le había manipulado la mente, el riesgo era grande si le perdonaba la vida. No soy el bueno de la película, puedo matar a quien me plazca…

Una vez recogimos las cenizas y ayudé a descuartizar las últimas piezas del cadáver del taxista, ahora tocaba rastrear a Siete. El primer sitio a visitar sería, por supuesto, el lugar del accidente del tren.

Obviamente no podía salir con estas vestimentas. Por desgracia, tendría que adoptar mi apariencia posterior a la desdicha narrada en Metanoia. Y a juzgar por la reacción de Bruno, creo que se esperaba cualquier técnica de camuflaje excepto esta. Mis indumentarias, así como la guadaña, se transformaron lentamente en pura sombra y descendieron hasta difuminarse con el suelo. Tras de sí dejaron a la vista un chico con unas ojeras considerables, pelo, iris, labios y uñas negras, una larga gabardina negra y unos vaqueros llenos de imperdibles de los que colgaban pequeñas calaveras plateadas, además de unas Converse negras de cuero.

-Pero… ¿cuántos años tienes? –me preguntó Bruno, incrédulo –.

-Los suficientes para arrancarte el alma de un mordisco. Puede que sólo sea un año mayor que tú, pero he visto cosas que han envejecido demasiado mi esencia…

-Perdón por la pregunta…

Sí, realmente así no intimidaba tanto, aunque mi aspecto siguiera estando demacrado, el rostro juvenil, casi semejante al de un quinceañero, quitaba seriedad al asunto, y eso a veces me enervaba… hasta límites insospechados.

Después de un silencio incómodo, partimos. Por fortuna Bruno había guardado las llaves del taxista, así que hice uso de mis escasos conocimientos de conducción y, como pude, nos llevé a la estación de tren. Habían transcurrido pocos días, pero ya habían movido todos los vagones, cualquier prueba que hubiera dentro de ellos quedaba ahora fuera de nuestro alcance.

A pesar del infortunio, parece que íbamos por el buen camino. Escondiéndonos entre los escombros restantes, conseguimos llegar a la región donde Bruno aseguraba que se encontraba su vagón. Recordaba que justo al bajar había una persona cortada por la mitad, sólo habría que buscar una gran mancha de sangre seca.

Entre las piedras y el raíl la divisamos. Justo cuando Bruno se puso encima de la mancha, cayó de rodillas llevándose las manos a la cabeza. Al descubierto, entre los dedos, pude verle el ojo derecho. Era Yin. Nunca me había imaginado que cuando decía que le cedía el cuerpo a su doppelgänger ocurría esto. Era una situación realmente angustiosa, parecía que en cualquier momento la cabeza estallaría en mil pedazos. Abría la boca para intentar gritar, pero no salía voz alguna, una especie de protuberancias, similares a una mano, rodeaban su cuello, como si lo estrangularan… Esta imagen era impactante.

Tras unos segundos, todo cesó, Bruno se incorporó y me mostró su colmillo izquierdo. Estaba claro que era Yin quien ahora tomaba las riendas.

-A partir de aquí te guiaré yo.

-¿De verdad sabes hacia dónde han ido?

-Óscar se lo susurró mientras dormía. Le oculté la información porque sería capaz de ir directo a la boca del lobo. Ahora, con tu ayuda, podemos ir más seguros.

Asentí y fui detrás de Yin. El trayecto, en su mayoría, seguía las vías del tren. Pero, cuando llegamos a una zona donde se encontraban un par de edificios abandonados, Yin se desvió y fue directo a uno en el que ondeaba una bandera rasgada y quemada con un símbolo difícil de distinguir… para alguien normal. Era el símbolo del dólar de color rojo. Ese edificio, por tanto, era una antigua empresa de Blood Services. Íbamos por buen camino entonces.

Llegamos a la entrada, Yin se despidió de mí y Yang regresó.  Se había encargado de dejarle inconsciente para que creyera que quien le había llevado hasta allí había sido yo y no su otro yo. Sería mejor así.

Los dos entramos y una línea de sangre nos dio la bienvenida. Eso era una mala señal. Pese a que fuera una trampa, era mejor ir a lo seguro. Volví a mi forma de sombra, empuñé con firmeza la guadaña y le ordené a Bruno que se quedara en la entrada.

Seguí el rastro carmesí. Era demasiado larga la línea, supondrían ya unos cuatro litros… Si todo aquel líquido correspondía a una única persona, muy posiblemente ya estaría muerta o debilitada hasta el punto del último adiós.


Subí las escaleras y el rastro terminó manchando el picaporte de una puerta. Me preparé para lo peor y la abrí. Dentro me esperaba una sala totalmente oscura excepto el centro, donde una pequeña bombilla iluminaba a alguien sentado en una silla metálica, amordazado. Tenía la cabeza baja, no sé si por defunción o por inconsciencia. Pronto lo averiguaría.

Antes de poder aproximarme para identificar al desconocido. Una voz grave me paralizó. Me era familiar, quería averiguar de quién era, pero no podía. Odiaba esa sensación, rozar el recuerdo con la yema de los dedos y no poder rememorar absolutamente nada. Era la voz de Óscar, aunque no era como la recordaba, se me asemejaba a la de otra persona, pero, ¿a la de quién?

-¡Bienvenido, Borja! Ansiaba tu visita, pero no te preocupes. No llegas con mucho retraso.

-Óscar, sea lo que sea lo que fluye por tu mente, no concierne ni a Bruno ni a Samanta, déjalos en paz. Me entregaré si hace falta.

-¡Por favor, no me hagas reír! Aún mi cuerpo no se ha acostumbrado a un segundo resurgimiento y una carcajada podría romperme la musculatura facial. Siento decirte que no puedo dejar en paz a ninguno de los dos. Esto es personal, y va por los tres.

-¿A qué te refieres? La gente muere, la gente nace, contigo no fue diferente a excepción de tu muerte atroz. ¿Qué te ha hecho renegar de la acogida del Paraverso?

-Esto no funciona así, Borja. Aunque estos sean tus últimos segundos de vida, no voy a desvelarte la razón, no me sería extraño que regresaras de entre los muertos, después de todo, llevas mucho tiempo con un pie en la tumba buscando algo en el sitio equivocado…

-¡Recapacita! ¡Deja vivir a los chicos!

-¿Vivir? Bruno aún puede saborear eso… Me temo que su amiga ya no.

Justo entonces la intensidad de la bombilla aumentó y destapó las sombras que ocultaban al individuo de la silla. Era Samanta, y a juzgar por el tono de su piel llevaba muerta un buen rato, así que no cabía duda: la sangre era suya.

No tenía tiempo para quedarme inmóvil por el shock. Había fallado dos veces ante las trampas de Óscar, pero esta vez no me dejaría atrapar. Transcurrió un segundo, pero fue realmente valioso para mí y lo exprimí al máximo. En ese tiempo calculé todo lo que pasaba a mi alrededor. Si todo iba según el plan de Óscar, su intención era que dejara solo a Bruno… solo para que los otros seis fueran a por él. Por eso él, Siete, era el único que se hallaba en esa sala.

Me desmaterialicé e hice lo impensable. Atravesé las paredes, las puertas. Fui, veloz como un rayo, en dirección a Bruno. Allí se encontraba él, acurrucado y casi temblando. Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco y Seis le rodeaban, y estaban a punto de asestarle el golpe de gracia. Sin embargo…

Fui yo el que se lo di. Así es. Mi guadaña danzó en el aire y le decapité. Seguidamente agarré su cabeza y me la llevé lo más rápido que pude de aquel edificio. Escuché los gritos de impotencia y rabia de todos… los de Óscar inclusive. Algo me decía que descubrió en Santiago, al resucitarle, una dotación sobrehumana increíble, y quería probarla en Bruno, único vivo que habla conmigo, y Samanta, hija del íntimo amigo de Santiago. Aparte de ello, yo también debo de ser un factor clave. Tal vez el proceso de resurgimiento, como él dice, por medio de mis cosechas, es también lo que dota a los humanos de esa peculiar inmortalidad. Sea como sea no tenía otra alternativa que matar a Bruno. Si no me hubiera desmaterializado no habría llegado a tiempo y, desafortunadamente, lo único que puede entrar en contacto con los vivos en ese estado es mi guadaña, la cual ya existía cuando estaba íntegramente vivo. Una vez muerto, ya podía recoger los restos, y es la cabeza lo que me interesa, donde la mayor parte de las esencias de Yin y Yang se encuentran.

Minutos después regresé a la Oscuridad. Bruno ya era tan sólo un alma, y me resultó curioso que, incluso así, fuera una única persona, albergando dos personalidades. Verdaderamente sí que estaban unidos él y su doppelgänger. De primeras él no comprendía nada. Así que poco a poco le fui calmando y le expliqué todo.

Cuando llegó el momento de revelarle la muerte de Samanta, yo esperaba que no sintiera emoción alguna. Sin embargo, y ante mi asombro, se echó a llorar desconsoladamente. Con ese sentimiento de dolor lo demás vino después. Nunca antes había pasado eso, lo único que ahora le diferenciaba de un humano vivo era la transparencia de su cuerpo, por lo demás era idéntico a uno, sentía, gesticulaba, su voz no era un eco vacío. Estaba presenciando un alma potencialmente abrumadora, posiblemente con la capacidad de oponerse a la tiranía del plan de Los Siete.

Si hubiera pasado algo… más normal, no hubiera dudado, me hubiera despedido de él y le hubiera mandado al Paraverso. Ya me hubiera encargado yo de ellos y de una Samanta trastornada. Pero ese no era el caso. Pese a que en un principio tuve que tratarle como un alma desconocida, ahora volvía a ser el Bruno de siempre, hasta con sus cambios repentinos de humor.

Y entonces llegó la pregunta que siempre temía.

-Oye, Borja. ¿Por qué no empleo mi propia cosecha para volver atrás en el tiempo y evitar que todo esto ocurra?

Tendría que haberme negado, lo sé. Ahora, de lo mismo que me quejaba sobre Óscar, era lo que estaba incumpliendo. Pero la mirada de este chico… había algo en él, en sus vivencias, que me haría perdonarle cualquier calamidad que cometiera (y que de hecho ya ha cometido).

Por tanto, sí. Le di un par de consejos de los que todos conocemos, el efecto mariposa y derivados. Eso sí, antes de marchar, solidifiqué una pequeña cantidad de sombras y las convertí en una minúscula piedra. La cerré en su puño y le dije que con esto, al morir, volvería a este tiempo, con la intención de que pudiera repetir el proceso tantas veces como fuera necesario hasta dar con la clave. Asimismo, esa piedra contenía mis propias memorias para que mi yo del pasado se pusiera al día por si acaso Bruno precisaba de su ayuda, aunque le dije que a priori se encontrarían tan solo él y Samanta. Constantemente con cada norma asentía en completo silencio, como un alumno ante su profesor.

Le pregunté en qué momento exacto quería aparecer y decidió el día en el que Santiago se presentó en su casa fingiendo que quería hacerle unas preguntas. Le di un fuerte apretón de manos y entró en el portal. Ahora tocaba esperar…

No se me haría la espera muy larga mientras seguía reuniendo cosechas, pero sabía que durante ese tiempo en mi mente circularía sin parar una incógnita que no había pasado desapercibida durante mi conversación con Óscar.

¿Qué quería decir con que buscaba en el sitio equivocado?