Noticias desde la Oscuridad

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28-09-2015

Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

domingo, 5 de enero de 2014

Pequeño diario de una pequeña alma #11

Vengo desesperanzado… Creí que apostarme unos días por los lugares más silenciosos de la Oscuridad me calmaría, pero ha sido todo lo contrario. Borja, no sé cómo puedes soportar esto. Siendo un lugar donde el número de almas es ridículamente minúsculo en comparación con los habitantes del Paraverso nunca llegué a imaginarme lo perturbador que sería alejarse de tus aposentos.

Gritos, aullidos, lamentos y miradas en la lejanía que congelarían mi piel si la poseyera. Muchas se comportaban como bestias nocturnas, sólo vigilaban mis movimientos manteniendo una distancia de seguridad. En cambio, otras, la mayoría tal vez, aparecían de la nada para intentar volatilizarte, suerte que con tu collar, con la propia luz que me guiaba a tu situación, les amedrentaba.

Pero sí, es un lugar realmente triste. Tan sólo he vagado entre las tinieblas durante poco más de una semana y mi esencia ha quedado demacrada hasta tal punto que, cuando pedí a mi collar regresar, la misma luz que me protegió tantas veces de aquellos espectros depredadores, ahora me afectaba, llegándome a causar un molesto, aunque leve, dolor de quemazón.

Ahora que conozco casi por completo la Oscuridad, simplemente espero que el día que muera de forma definitiva no quede atrapado aquí durante mucho tiempo. Sé que es trabajo de las almas el buscar una fisura hacia el Paraverso, pero no puedo ocultar que te estaría eternamente agradecido si, cuando llegue ese día, tú me ayudases a descender al lugar que me correspondería en dicha situación.

Dicho esto, veo necesario contarte con más detenimiento una serie de vivencias que me marcaron en mayor medida. Entre ellas, y quizá la culpable número uno de que mis esperanzas se hallen en un armazón de pino, es que tuve un encuentro con dos miembros de los Siete…

Llevaba tres días caminando sin una dirección concreta, únicamente guiado, o más bien espantado, por algunos de estos residentes de índole insidiosa. Intenté permanecer sereno y no desviarme a las áreas más densas y con menos visibilidad, no es que me apasionaran realmente los gruñidos que notaba provenir de estas zonas.

¿A dónde iba, qué pretendía hacer? Lo mismo que tú, Borja, buscaba algún alma que despejara mi trayecto en esta vida, que limpiara mis dudas y finiquitara esta incertidumbre ponzoñosa. Tenía en mente a dos en concreto, no sabía con total seguridad si habrían aparecido aquí o directamente habían sido enviadas al Paraverso, pero por buscar no perdía nada, pues dudo que aún posea algo cuyo valor haga que me agite por su hipotética pérdida.

Eran mi madre y mi hermana. Habían muerto hace poco y, si por algún casual rondaban por la Oscuridad, probablemente pudiera tener una oportunidad para hablar una última vez con ellas. Precisaba de aquel asesoramiento que siempre me ofrecían con gusto y el cual me había encaminado tanto tiempo, librándome de incontables obstáculos.

Las llamé sin cesar, gritando, envuelto en desesperación hasta tal punto que lloré, para después emitir una voz vacía que inundaría la mejor habitación anecoica. Me percaté, minutos más tarde, de que estaba empezando a comportarme como otro de esos que denominas “Aulladores”. Creo que ese entorno tan lóbrego estaba haciendo mella, así que opté por innovar.

Después de todo, la piedra que cuelga en mi pecho es pura sombra, elemento autóctono de aquí. Su singularidad radica en que guía a las almas hacia ti pero, ¿y si su funcionamiento puede expandirse? Consideré que el camino se ilumina hasta tu posición porque eres la persona en la que pienso justo en ese instante. No obstante, esto sigue siendo nigromancia y cualquier humano puede nutrirse de los encantamientos más sencillos. Probé. Y lo logré.

Me concentré profundamente en la imagen de ellas dos. Incluso pedí ayuda a Yin, necesitaba el cien por cien de mi capacidad mental. Con determinación envolví la piedra en mi puño y cerré los ojos. Apreté con fuerza la mano, hasta ignoraba aquellas garras gélidas que ocasionalmente surgían de entre la negrura para intimidarme. Continué sin pausa, cada vez con más energía, y finalmente una fina línea de una blanca luz cegadora surgió bajo mis pies.

Aún cabía la posibilidad de que no me llevara hacia las personas que pretendía, pero algo había cambiado, eso seguro, no había más que ver que ese camino era mucho más estrecho, apenas se escapa la iluminación si ponía la planta de uno de mis pies sobre ella. Fuera como fuera, al menos ahora tenía una meta, un lugar de entre toda esta aflicción homogénea al que acudir.

No me llevó mucho tiempo hasta llegar al final del trazo de luz. En este mundo la noción del tiempo está distorsionada, pero más o menos tardé unos diez minutos en escala mortal. ¿A dónde llegué a parar? Justo delante de una de esas nubes densas. Claramente no me había guiado hacia ti, pero si de verdad tenía que cruzar esa sombría niebla para averiguar el destino del collar, me parece que dar vuelta atrás no era una buena idea.

-Es mejor continuar.

Después de tanto tiempo me hacía ilusión volver a escuchar a Yin. Regresar al pasado y ver que se encontraba en una especie de letargo me incomodaba sobremanera. Pero la cuestión era: ¿por qué me había dicho eso?

-¿Qué quieres decir, Yin?

Desgraciadamente, no me contestó. A lo mejor fue una alucinación mía, después de todo ahora mismo sólo soy un alma más, y Yin afirmaba que era como un apéndice de mi cuerpo. Me temo que sin armazón no hay Yin.

Sin embargo, fuera un delirio o un consejo real, opté por hacerle caso y adentrarme en las sombras. Y suena extraño pero, si la Oscuridad es fría per se, aquel sitio en concreto juraría que se aproximaba al cero absoluto. Era esa sensación gélida que sientes incluso en el verano más caluroso, aquella que aborda tus emociones y las paraliza en una inmutabilidad necrótica. No sé explicarlo muy bien, sin piel no puedo percibir las sensaciones térmicas de una manera meramente fisiológica, pero aquel frío era muy real, y demasiado estremecedor.

El silencio era absoluto, no percibía ni los ruidos eólicos que las ánimas emitimos cuando nos movemos. Aquella sensación hacía que evocase recuerdos pasados de dramática soledad, por lo que mis mecanismos de defensa se activaron e, involuntariamente, traté de hablar, aunque fueran sandeces sinsentido. No obstante, para mi sorpresa, no conseguía escuchar ni mi propia voz, como si toda onda sónica que pasara por allí se desintegrara ipso facto.

No, esta no era una nube normal. Con todas las que me había cruzado antes, en las que observaba ojos vigilándome y gruñidos amenazadores, quedaba más que confirmado que el sonido podía propagarse, pero estaba viendo que esta era distinta… Y si el collar me había guiado, tendría que significar algo bueno, ¿no?

Al final, no sé si yendo en línea recta o curva, alcancé un claro, exento de esas sombras, donde dos siluetas borrosas se postraban en la distancia. Todo el paisaje estaba rodeado por este tipo de nube, por lo que me imagino que tan sólo había llegado a una zona exenta de tamaña densidad, pero ni por asomo había logrado salir.

A juzgar por la forma y las estaturas supuse que eran aquellas personas que buscaba, aunque no debía hacerme muchas ilusiones… Aguanté mi euforia y corrí hasta que la cercanía las volvió más nítidas frente a mis ojos. ¡Efectivamente, eran mi hermana y mi madre! Fui a abrazarles, lleno de alegría, pero una extraña fuerza me repelió hacia atrás. Caí de espaldas, y sin darle mucha importancia me incorporé y volví a correr hacia ellas. Pero otra vez ese raro empujón me lanzó por los aires… Definitivamente había una clase de muro invisible entre mi madre, mi hermana y yo.

-¿Qué pasa? Hay una especie de barrera y no puedo…

-Ese muro es obra nuestra –contestó mi hermana antes de que acabara la frase –.

-Pe… pero… ¿por qué?

-Está fabricado con odio –respondió mi madre –. Odio hacia ti, Bruno.

Aquella respuesta me dejó atónito. No podía ser cierto, ¿qué hice para que me odiaran?

-Tú permitiste que nos mataran, ni siquiera intentaste detener al asesino –prosiguió ella–. No te mereces más que mil injurias por lo que has hecho. Eres débil y siempre lo has sido. ¿Sabes por qué no hay ningún espectro más en esta niebla? Porque esta… es la tuya.

En ese instante, de los alrededores aparecieron cientos de monstruos de mi infancia, de todas aquellas pesadillas que me quitaban el aliento cada noche. Se arrastraban lentamente hacia el lugar donde me hallaba mientras que yo estaba totalmente en parálisis fóbica. Tenía que reaccionar, en este mundo no hay nada inexistente, todo es real, y si llegaba a alcanzarme alguno de ellos podría pasarme algo inimaginable. Necesitaba moverme a toda costa, pero me era imposible. Hasta que…

-Veo que otra vez tendré que salvarte.

No fue una alucinación, Yin estaba conmigo, espectador en mi interior, ahora sería el ejecutor de mi protección. Caí de rodillas, cegado, con una enorme presión en mi cabeza, algo similar a lo que sentí cuando se separó de mí aquel día frente al espejo. Estaba haciendo lo mismo, solo que esta vez era más complicado, habría de separarse aquella materia etérea, sin las vías que facilitaba una carcasa. Sufrí (sufrimos) un tremendo dolor ante aquella mitosis paranormal, aunque al final la escisión se cumplió con éxito, y con tiempo de sobra para que Yin me echara un sermón.

-¿Cuándo vas a dejar de ser tan fácil de manipular? ¡Lo mismo ocurrió con aquel no-muerto! ¿En serio crees que tu madre y tu hermana dirían eso? ¡Estúpido, dale fuerza a ese cerebro e ignora estas ilusiones!

¿Ilusiones? Así fue. Yin golpeó aquella barrera invisible y estalló en mil pedazos. Al quebrarse, el verdadero aspecto de las almas que habían al otro lado se desveló: no eran quienes creía, pero, entonces, ¿quiénes eran?

Obedecí al doppelgänger y afiné mi vista. Pronto el embozo mágico que les cubría se esfumó por completo y sus verdaderas siluetas quedaron expuestas. Uno de ellos eran tan sólo un torso que se mantenía flotando gracias a su estadío espectral, su rostro era joven, de mi edad probablemente. El otro era algo más mayor, pero no mucho, con unas ojeras igual de negras que la nube que nos rodeaba.

-Vaya, creo que la commedia è finita –dijo el joven del torso cercenado –. No perdemos nada si nos presentamos, ¿no te parece?

-Como veas…

-Perdonadle, estuvo mucho tiempo buscando su cabeza cuando llegó aquí, aún hay conexiones sinápticas sin funcionamiento, aunque su eficacia onírica se ha mantenido intacta, una fortuna. En otro orden de cosas… ¡Ah, sí! Yo soy Seis, y este que está a mi lado es Dos.

-¡Sois de Los Siete! –grité sorprendido –. El chico de la gran retentiva y el que puede matar a quien sea con sólo dormir. Hugo y el Insomne.

-Me alagas con eso de la retentiva. Sin embargo no habría sido de utilidad para Los Siete si no llega a ser por la verdadera naturaleza de mi cerebro. No lo detallé bien pero no sólo puede memorizar cantidades abismales de información, sino que puede manipular a sus hermanos, es decir, a otros cerebros… como el tuyo.

-Pues yo aún sigo viendo cómo vienen hacia aquí todos esos monstruos. ¿No se supone que se ha roto la ilusión?

-Efectivamente, se ha roto, pero al haber sido creados en la Oscuridad ya no hay forma de que regresen a la mente. La única forma de deshacerse de ellos es haciendo lo mismo que has hecho tú con la barrera: destruyéndolos.

-Hablas demasiado, Seis…

-¡Uy, perdón, Dos! Es cierto. Ve tumbándote, te induciré en un profundo sueño.

-No entiendo qué pretenden ahora…

-¿Es que no lo ves, imbécil? ¡Va a dormir a Dos para que mueras!

-Si ese es el caso… Aprovechemos, Yin, yo iré a por Dos y tú a por Seis. Acabemos con ellos. Veo que no saben que si consiguen matarme únicamente reapareceré al lado de la Sombra. Es nuestra oportunidad.

-Ese plan flaquea en algo fundamental: este no es el mundo de los vivos. Dos va a matar tu alma en la Oscuridad, si mueres se acabó para siempre, ni la piedra podrá salvarte.

-Entonces, ¿qué hacemos?

-Tú huye, yo intentaré poner en marcha parte de esa idea, probablemente pueda matar a alguno.

-No puedo dejarte solo…

-¡Sal de aquí, maldita sea! No es a mí a quien quieren, cuando salgas corriendo habrás de escabullirte de esa centena de aberraciones, yo tan sólo me enfrento a dos ánimas. ¿Quién crees que tiene más papeletas para morir? ¡Deprisa, vete!

Sin que me dejara decir una palabra más, acaté su orden. Pero pronto me di cuenta de que, de los dos, el que lo tenía más difícil, a pesar de alejarme de Dos y Seis, seguía siendo yo. No sé qué paso, en cuanto aceleré la marcha y salí corriendo, aquellos monstruos perdieron el control y dejaron su lento andar para abalanzarse como feroces depredadores. Mi peor horror en las noches más nictófobas se había hecho realidad…

Ponte en situación, cuando vas por un pasillo a oscuras y aceleras el paso creyendo que criaturas de pesadilla te pisan los talones. Pues igual, pero siendo esas aberraciones reales… sintiendo sus alientos en tu cuello y el filo de sus uñas rozando tu espalda. Al más mínimo indicio de agotamiento, con frenar un solo metro por segundo al cuadrado la aceleración, acabaría engullido por ellos, destruido para siempre.

No saldría de esta si estaba más tiempo entre la niebla, los propios vapores sombríos me ralentizaban y hacían que me cansara mucho más rápido del ritmo. Tenía que encontrar alguna pista que me llevara en línea recta hacia la salida, necesitaba esperanza, confiar en algo que no fueran mis instintos… ya me habían fallado demasiadas veces.

-Por aquí.

La voz de una mujer resonó en la lejanía. Una voz familiar, muy semejante a la de… ¡mi madre! ¿Y si era otra vez Seis con un truco mental? ¿Y si no lo era? Ahora podía tomar dos opciones: la primera era ignorar esa indicación y cruzar los dedos para escapar por mis propios medios, con el riesgo de acabar dando vueltas por la nube y ser descuajeringado poco tiempo después. La otra opción, igual de arriesgada, sería dirigirme hacia esa voz, quedando expuesto a la boca de un posible lobo traicionero. ¿Sabes lo que hice?

No, esta vez, gracias a los reiterados avisos de Yin, no me guié por lo evidente. ¿Hacia dónde me llevaba esa voz? No importa, yo iría en la dirección contraria, no volvería a ser engañado. Me impulsé con las piernas y di media vuelta, una zarpa voló muy cercana a mi cabeza pero conseguí esquivarla en un vigoroso movimiento evasivo de cuello. El desgaste hacía mella y muy pronto no tendría tanta suerte, si de verdad iba por el camino correcto, sería mejor que dejase enseguida las sombras.

Diez segundos después una garra me atrapó el brazo derecho. Parece que todo se había acabado.

No obstante, esto no terminó aquí. Con un impulso final conseguí arrastrar al monstruo conmigo unos escasos metros hacia delante, los suficientes para, por fin, liberarme de esa maraña de tinieblas. Acto seguido, viendo que aun estando fuera de la nube no me había deshecho de mi captor, apreté con mi mano izquierda el collar para invocar su luz. Y, como era de esperar, la magia le debilitó y lo volatilizó, además de mantener a raya al resto de la monstruosa estampida que se dirigía contra mí.

Ya sólo quedaba un asunto pendiente: Yin. Lo llamé sin parar, con la esperanza de que en cualquier momento viniese a mi lado. Cada vez gritaba más, y con cada grito mi desesperación aumentaba. Ya había perdido a mi madre y a mi hermana en dos ocasiones, y ni las había podido buscar en la Oscuridad, ¿perdería ahora a mi hermano?

Fue entonces cuando una sonora carcajada emergió de mi interior. Esa macabra voz era inconfundible, era Yin. Me explicó que, al igual que Seis podía hacer realidad todo lo de mi mente mientras mantuviera activa la ilusión, otros con la suficiente capacidad para manipular mi cerebro también podrían, así que él me hizo creer que otra vez se había separado de mí, cosa realmente imposible, ya que para fisionar dos almas se requiere un proceso considerablemente complejo. Aquello que se quedó combatiendo con ellos dos no era sino un espejismo. Por desgracia ninguno de nosotros sabía a ciencia cierta si la réplica del doppelgänger había conseguido derrotar a alguien o lo habían matado.

No importaba ahora, no era el momento de preocuparse, tarde o temprano volverían a dar señales de vida si habían sobrevivido. Por mi parte, creo que ya había transcurrido el tiempo suficiente para las reflexiones. No había sacado gran cosa en claro a excepción de una gran pérdida de autoestima, pero bueno…

Era hora de regresar.

[Cuando Bruno llegó y me contó todo esto podía ver en su mirada un profundo dolor. Afirmaba que por sí solo no era capaz de nada, no paraban de reírse de él, se burlaban y lo engañaban sucesivamente sin que él consiguiera de una vez por todas dejarse llevar por esas trampas. Tampoco había conseguido encontrar a su hermana ni a su madre. Ni siquiera se veía capaz de vivir sin Yin. Realmente había sufrido un brutal golpe depresivo al pasar tanto tiempo en la Oscuridad, y admito que por un momento opté por llevarlo al Paraverso y dejarle descansar, pero preferí que siguiera con su odisea por restablecer todo. Confío en que en cualquier momento lo logrará y la satisfacción que sienta para entonces será el antídoto para ese aflictivo veneno de su esencia.

Desafortunadamente, había que centrarse en algo importante que pasó por alto. Hubiera muerto o no, el Insomne había llegado a soñar con Bruno, prueba de ello es que casi muere dos veces en la persecución. Tal vez ya no le mate ninguno de esos monstruos, pero apuesto mi guadaña a que aún permanece su nombre escrito en la lista de la Muerte.

Preocupado, le informé acerca de su situación… Nunca antes había visto una reacción en él así. Me pareció ver hasta su faz incorpórea palidecer. Sin hacer nada más, casi por inercia ante el miedo a morir eternamente, saltó directamente dentro de su cosecha, sin establecer una fecha ni nada, sometido al puro azar. Así que habrá que esperar a que lo maten o encuentre una senda alternativa para evitar lo primero, algo muy improbable estando Los Siete al acecho.

En cuanto a mí, mis andanzas por el Paraverso fueron realmente fructíferas. Tuve una breve audiencia con el Rey Osario y me contó que las cosas estaban últimamente muy descontroladas en su mundo. Él no podía gobernar como antes, ya que la mayoría de sus fuerzas se centraban en ese tal Alpha.

Le pregunté sobre Hugo, el Insomne y el Atemporal #011 y me respondió que habían confabulado con Alpha, llegando a poder viajar de la Oscuridad al Paraverso y viceversa a voluntad (Eso explica que Bruno se encontrara con Seis y Dos aquí).

Para concluir, ofrecí mi ayuda, pero el Rey la rechazó. Afirmó que pronto enviaría a un alma especial, la cual yo había conocido tiempo atrás, para que fuera su vigía en la Oscuridad, y que probablemente se reuniría conmigo, haciéndome partícipe en la busca y captura de Dos, Tres y Seis, que ahora vagaban por mi mundo para establecer una mejor conexión con el resto de Los Siete. Y, por cierto…

¿Quién será esa alma?]

miércoles, 1 de enero de 2014

Especial Año Nuevo: Cambios

-Bueno, bueno, bueno… ¡si ya te has despertado!

El panorama era el siguiente: un sótano en una densa penumbra rezumante, con una pequeña bombilla de pocos vatios la cual proyectaba en la pared más sombras que las manchas de sangre que en esta se encontraban. En la pared opuesta a la puerta, un hombre con el rostro ensangrentado, marcado por una quincena de contundentes golpes, aún obnubilado por el despertar y atado a una de las viejas cañerías oxidadas del lugar. Al otro lado, cercano a una amplia mesa donde yacen un gran número de herramientas, otro hombre, de una edad similar al primero, lleno de alegría al ver que el otro ha dejado su sueño. Sus manos permanecen vendadas, aunque han perdido su blancura con el traspaso de la sangre. En una esquina, próxima al segundo, se halla otra mesa, bastante más pequeña, donde hay depositadas dos cuencos de cristal con doce uvas cada uno. Justo delante, un antiguo televisor con dos antenas que con dificultad capta la señal del canal. El volumen está quitado, únicamente se percibe la respiración entrecortada del maniatado. El año termina, el juego empieza.

-¿Qué es esto, qué hago aquí? –preguntó, todavía un poco aturdido –.

-Verás, vas a ser el pionero en satisfacer mi lado más macabro, ¿no es un honor? –respondió el otro con una sonrisa de oreja a oreja –.

-En… resumidas cuentas… ¿vas a matarme?

-¡Pero no lo digas así! Le quitas toda la magia… Además, aún te quedan unos cuantos minutos. Podríamos charlar, si eso te calma.

-¿¡Calmarme!? ¡Me vas a matar! Y seguro que de alguna forma horrenda… No me gusta lo que veo en esa mesa.

-¡Oh, qué observador! Me gustaría decirte que estos instrumentos no los voy a usar contigo, pero mentiría. A ver, lo primero de todo, esto no es nada personal, simplemente estuviste en el lugar equivocado en el momento erróneo. Quien te matará no seré yo, sino el azar.

-¿Pero qué gilipollez es esa? Por favor, déjame, mírame… Aún me da vueltas la cabeza, seguro que olvidaré todo en cuanto llegue a casa y descanse un poco.

-Lo siento, no puedo dejarte ir.

-¿¡Por qué!? –inquirió con algunas lágrimas comenzando a brotarle en los ojos –.

­-Ya te lo dije: tengo que sacar mi lado más depravado, macabro, tétrico. Necesito hacerlo, créeme que si sólo fuera un capricho en ningún momento habría optado por matar a un inocente. Sin embargo, sintiéndolo mucho, la necesidad es muy fuerte en estos momentos… ¿Y qué mejor día que hoy para probarlo? Empieza una nueva etapa y, sobre todo, en las calles el júbilo es la anarquía disfrazada, ¡podrías romper un escaparate delante de un furgón policial que nadie se percataría! Mira, por una vez veo una ventaja en este repugnante declive que los humanos sufrimos.

-Escúchame, si es tan sólo eso, desátame y te ayudaré a capturar otra víctima, ¿de acuerdo? Para cuando lleguemos al centro ya habrán sonado las campanadas, será mucho más fácil raptar a alguien, ¿qué te parece, amigo? Venga, libérame y te ayudo.

-Así no vas a conseguir nada, excepto aumentar mis ganas de comenzar el “ritual”. Es decir, ¿serías capaz, por sobrevivir, de colocar a otro en tu situación? Entonces no nos diferenciamos mucho tú y yo, ¿no crees?

-No sé qué hacer… déjame marchar, por favor…

-Está bien. Hagamos una cosa. Yo dentro de poco daré comienzo a mis protocolos premortem. Eso es algo que, por mucho que insistas, no pausaré por nada del mundo. No obstante… depende de cómo vaya la cosa… a lo mejor te concedo un regalo adelantado de Reyes. ¿Qué me dices?

-Pero, ¿qué quieres decir con protocolos premortem?

-Te será más fácil de identificar si digo la palabra tortura, pese a que yo deteste llamarlo así… Como sea, no te queda otra alternativa, después de todo mi máxima intención era matarte sí o sí, y te estoy dando una oportunidad, pero ya es pedir mucho el que deje tu cuerpo intacto. ¿Lo tomas o lo dejas?

-¡Está bien, joder! Empieza de una vez…

-Me ha venido bien esa contestación, ya que lo único que pido a cambio es cautela, sólo eso. Las palabras que guíen nuestra conversación harán que escoja una sentencia u otra. ¿Comenzamos?

-No sé para qué me pides permiso… Comenzarás si te da la gana.

-Veo que ya vas cogiéndole el truco a esto. Bien, bien, tal vez tu agilidad mental te mantenga vivo.

-¿Puedo preguntar cómo te llamas?

-¡Por supuesto! Mi nombre es César, ¿y el tuyo?

-Yo soy Diego…

-Un placer conocerte, Diego.

-No puedo decir lo mismo…

-Omitiendo eso, déjame avisarte de que esto te va a doler.

César portaba en su mano una sierra de yesos eléctrica.  Diego comenzó a gritar, ese instrumento no auguraba nada bueno.

-La hoja es de diamante, ¿te apetece apostar cuánto tiempo tarda en cortarte el radio y el cúbito derechos?

-¡No lo hagas, por favor! ¿No tienes otra herramienta? ¡Mira ahí, sí! Esas agujas, clávame todas las que quieras, ¡pero no me amputes el brazo, por favor!

-Diego –suspiró –. Vuelvo a repetirte que aquí lo único que puedes elegir es si vives o mueres, no voy a retractarme en nada. Además, piénsalo de este modo, tras soportar una mutilación, ¿crees que puede venir algo peor? Bueno, realmente sí, pero… ¡tu cuerpo ya se habrá aclimatado! No te desanimes.

-¡Estás loco, hijo de puta! –acto seguido, escupió a César en la cara –.

-¿Yo estoy loco? ­–contestó él mientras se limpiaba la cara con la parte baja de su camiseta–. El loco eres tú que con tu comportamiento estás haciendo que la guillotina descienda cada vez más rápido hacia tu cuello.

César esperó a que Diego hablara, sin embargo, al ver que lo único que soltaba por su boca eran suplicas y gritos, procedió, encendió la sierra, se puso una mascarilla e incidió con determinación en el brazo. La víctima se retorcía de dolor, intentaba liberarse de sus grilletes sin éxito alguno. Finalmente, su cerebro cediendo, se desmayó.

Pero la imagen negra y vacía cambió súbitamente de nuevo por ese frío sótano. Notó un pinchazo en su otro brazo, César acababa de inyectarle algo.

-¿Y ahora qué me has hecho?

-Tengo varias dosis de adrenalina, no puedo permitir que te pierdas el espectáculo, al fin y al cabo el protagonista eres tú.

-Te lo repito otra vez, por favor, déjame en paz… Libérame…

-Oye, echa un vistazo a tu brazo derecho, ¿ves acaso algún grillete? Dame las gracias, te he quitado uno de ellos.

-¡Lo que has hecho ha sido cortarme el puto brazo, enfermo de mierda! Y ni siquiera siento dolor… -dijo mientras observaba los jirones de carne en la zona amputada –.

-He dicho que me des las gracias –exigió César mientras se arrimaba a su cuello con un cuchillo y un gesto amenazante–.

­-Gra…gracias –respondió Diego entre lágrimas –.

­-¿Ves como no es tan difícil? Mira, para que veas que sólo quiero que seamos amigos haré otro cambio en mis planes y te dejaré elegir el próximo instrumento, aunque el modo de emplearlo y la diana serán únicamente decisión mía.

Diego agachó la cabeza, se rindió, habría que hacer caso a ese psicópata y seguirle la corriente. Alzó la mirada y analizó las herramientas de la mesa, hasta que optó por uno.

-Creo que esa botella vacía de vidrio no estaría nada mal –contestó creyendo que lo peor que podría pasar era que se la rompiera en la cabeza –.

-Vaya, pensaba que ibas a escoger las agujas, pero bueno, yo siempre cumplo mi palabra y respeto tu elección, aunque espero que asumas la utilización que le dé a esa botella.

-Que sí, empieza de una maldita vez.

César se fue al otro extremo de la mesa y agarró un pequeño vaso con un líquido transparente. Acto seguido, vertió el contenido en la botella, se puso unos guantes de cocina y se acercó a Diego.

-Un momento, has usado dos instrumentos, yo dije claramente que quería la botella.

-Y así es, pero yo también dije que podría darle al instrumento la utilización que viera necesaria, y usar una botella como recipiente es algo válido, ¿no te parece?

-Me das asco… Y bien, ¿puedo al menos saber que es ese líquido o también vas a engañarme?

Nada más acabar la pregunta, César, tal y como Diego predijo, hizo impactar la botella contra su cráneo. Pero lo peor estaba por llegar, un humo empezó a brotar, seguido de un profundo ardor, todo a causa de dicho líquido.

-Es ácido casero, espero que sea de tu agrado.

-¡Quítame esto, joder! ¡Quema, ayuda, quema, joder!

-Está bien, está bien, deja de agitarte y permite que el ácido haga su trabajo, no va a derretir tu cabeza, sólo quema las capas superficiales. Cálmate.

-¿¡Cómo voy a calmarme!? ¡Me estás matando lentamente, mátame de una puta vez si es lo que quiere, pero para ya de estos protocolos de mierda!

-No.

-Oh… Qué suerte tienes de que esté encadenado, si consiguiera escapar te juro que te patearía esa cara de hijo de puta que tienes hasta que no se diferenciara del suelo. ¡Cabrón, suéltame! Te mataré, sí, sólo dame una oportunidad y te decapitaré con mis propios dientes, ¡sí! Ven aquí, maricón, te meteré este muñón por la boca y te asfixiaré hasta que te reúnas con el resto de bastardos de tu familia en el puto Infierno. ¡Ven!

-Y ahora, enfríate y piensa todo lo que has dicho con detenimiento –indicó César –. Si de verdad hay un Cielo no creo que al de arriba le agrade que tu lengua quedé mancillada de tal forma.

-¡Eso es! César… colega, vas a enviar un alma al Cielo llena de sufrimiento, ¿no crees? Seguro que tú también sabes que existe un Paraíso, y con esta tortu… estos protocolos conseguirás que mi alma quedé desgastada.

-Exactamente no es que crea en el Cielo, Infierno y demás parafernalia comercial, pero continúa, me parece interesante lo que dices…

-¡Claro! Es que es cierto, no sólo estás destruyendo mi cuerpo, también mi alma. Además, pensándolo mejor, tampoco sería una buena opción intercambiarme por otro, porque su alma sufriría al igual que yo.

-¿Y qué propones? –preguntó curioso César, con los ojos entrecerrados –.

-¡Ya sabes! Un gato, un pájaro, un perro. Si lo que buscas es agonía y suplicio ellos también te lo otorgarán, y lo mejor de todo es que carecen de alma, no piensan, hay dolor pero sin consecuencias.

-De acuerdo… Tan sólo respóndeme a una pregunta: ¿qué acciones son las que corrompen un alma?

-Pues… los pecados, ¿no? Los vicios, la venganza, etcétera.

-Comprendo… Entonces lo que realmente quieres decirme es que el resto de animales no poseen un alma humana, susceptible a la corrupción, ya que ellos no cometen ninguna de esas acciones, ellos no necesitan algo como una esencia, un alma o similares para que absorban sus males, puesto que ellos nacen y mueren “puros”. Lo que me lleva a otra pregunta: ¿me has propuesto que te cambiase por un ser que nunca ha hecho daño a nada ni a nadie salvo por su mera supervivencia para salvar a otro ser que, supuestamente, conserva en su interior un ente sombrío que ya desde cachorro es engullido por la decadencia?

-Yo lo que quería decir es que…

-Diego, déjalo, no vas por buen camino. ¡Y esto nos lleva al tercer protocolo! Como castigo, esta vez no te dejaré elegirlo a ti.

César corrió hasta la mesa como un niño en una tienda de chocolatinas, indeciso, todos le parecían maravillosos dulces, aunque sólo podía escoger uno. Se llevó el índice a la boca y fue echando una mirada a cada una de las herramientas, hasta que dio con una de sus favoritas.

-¡Observa, simple y eficaz, la adoro! –expresó con un mazo sujeto por ambas manos –.

-¿O sea que se acabó? Un golpe en mi cabeza y el derrame cerebral hará el resto. No sé si alegrarme o seguir llorando…

-¿Qué? ¡No, no, no! Aún quedan cinco minutos para las campanadas y has de comerte las uvas, creo que tenemos tiempo para otros dos protocolos más, ¡y luego mi sentencia! ¿No te hace ilusión?

-Una ilusión increíble… Anda, rómpeme ya lo que sea, que acabe esta pesadilla cuanto antes.

-Verdaderamente es un orgullo que seas el primero y que te lo tomes tan bien. Ha costado, pero ya ni te opones.

-¿Y cómo quieres que me oponga si estoy en desventaja? Si no sufriera tamaña injusticia…

-Confía en mí, al final todo se equilibra.

-La única forma de que se equilibre esto es si el techo se derrumbase sobre tu cabeza y te la partiera en dos…

César se encogió de hombros, levantó la maza y la dirigió con todas sus fuerzas hasta su rodilla izquierda. Después hizo el mismo proceso repetidas veces hasta dejar la rótula como una masa gelatinosa. Seguidamente realizó idénticos golpes en la rodilla derecha. Desafortunadamente para él, antes de que terminara con la primera de las piernas, David ya se había vuelto a desmayar, por lo que tuvo que hacer uso de otra dosis de adrenalina.

-¿No me vas a dejar en paz, verdad?

-No, y no te convendría volver a dormirte, no creo que tu corazón sea lo suficientemente fuerte para aguantar tantas inyecciones de estas.

-Por decir algo optimista, con tres extremidades inutilizadas, cada vez tengo menos zonas que me duelan.

-¡Ese es el espíritu! Además, ya sólo te quedan dos protocolos más, ¡si al final esto te hará más resistente y todo!

-… ¿Puedo preguntarte otra cosa?

-No me pidas permiso, ¡dispara!

-Sí, ojalá…

-¿Cómo? No te he oído.

-Nada, nada. A ver… ¿serías tan amable de decirme por qué de repente te ha entrado esta vena homicida y has decidido buscar a alguien para torturarle y después matarlo? Eso suponiendo que de verdad soy tu primera víctima.

-Te prometo que eres el primero, soy virgen en esto. Respecto a la pregunta… Creo que podré resumirlo, veamos… Yo antes era el típico chico sumiso ante todos, obediente y callado, lo que la sociedad suele denominar “buena persona”. ¿Sabes lo malo? Que aunque los demás consideren algo positivo ser buena persona, en cuanto ven a una clavan sus garras de buitres en su piel y no la sueltan. Ahí comienza lo peor, favores, burlas, mentiras; no pasa nada, siempre te perdonará, al fin y al cabo es un tío bonachón. No obstante, lo que no saben estos buitres es que dentro de esta personita va creciendo un corpúsculo de agonía, furia y violencia. Al llegar a su estado final se transforma en una bomba cuyo radio de explosión arrasa con todo. Por eso a mí no me dan miedo las personas malas, sino las buenas, ten cuidado de ellos porque si un día te encuentras con uno cuyo vaso está a punto de rebosar, es muy probable que quedes finiquitado por una benevolencia que ha mutado.

-Sintetizando: voy a pagar el dolor que los demás te han provocado.

-No lo has entendido. No son un grupo en concreto, es el conjunto. Como yo digo, a mí no me da asco el continente, lo que me repugna es el contenido. No me importaba usar el azar para escoger al futuro cadáver, ya que eligiera al que eligiera, fuera anciano, discapacitado, embarazada o niño, todos serían un animal contaminado, en mayor o menor medida.

-¿Pero qué clase de radicalismo es ese?

-El mismo que empleaste tú al afirmar que el resto de especies no tienen alma.

En ese momento Diego no supo qué responder, y el otro, cansado de esperar, optó por traer el cuarto instrumento.

-En vistas de que nuestra conversación se queda sin guión, tendré que darme prisa. Sobre todo porque se hace tarde. Queda poco más de un minuto para las campanadas… ¡Vas a tener suerte! Esta vez será algo rápido y probablemente mucho menos doloroso, por lo que no te desmayarás, o eso espero…

-¿Y qué es lo que vas a usar ahora?

-¡Esto!

Diego no sabía qué le aterraba más, si su desquiciada mueca digna de los peores frenopáticos  o las tres largas varillas oxidadas que llevaban consigo.

-Genial, ahora vas a empalarme, ¿verdad?

-¡No digas eso, hombre! Si lo hiciera luego no podrías cumplir el último protocolo. Lo que voy a hacer es darte unos regalos por haberte portado medianamente bien. Veo que estás triste por perder tres de tus extremidades, así que te ayudaré dándote totalmente gratis un nuevo esqueleto para estos apéndices. ¿Qué te parece?

-Espera un segundo… En cristiano quieres decir que me vas a clavar esas varillas en las zonas amputadas, ¿no?

-¡Yo no podría haberlo dicho mejor!

Diego se mantuvo callado, era inútil conversar y con el silencio lograría que todo acabara pronto, puede que si cumplía todos los protocolos antes de las uvas le dejara libre. Quizás esa era el final de la conversación que César deseaba. Así que él mismo facilitó la inserción extendiendo las extremidades. Este, asombrado por su colaboración, se arrodilló y retorció las varillas mirando de reojo el rostro moribundo de Diego. Las hundió sin cuidado alguno hasta que toparon con la pelvis y la del brazo con la escápula.

-Pues esto ya está, totalmente fijas, ahora sólo tendrás que buscar las prótesis correspondientes. ¿Te gusta?

-Sí… Gracias… ¿Serías tan amable de administrarme ya el último protocolo?

-¡Uy, casi se me olvidaba! Tengo que activar el volumen del televisor, cierto.

Al principio Diego no lo entendía, pero César le explicó que quedaban pocos segundos para que sonara la primera campanada y era crucial tomarse las uvas.

-Venga, amigo –dijo César mientras depositaba el cuenco a los “pies” de Diego –. Come las uvas conmigo, pero no te equivoques y empieces en los cuartos, ¿eh?

Este se negó a tomar las uvas, ¿y si contenían agujas o algo por el estilo? Selló sus labios y no dijo nada, por lo que César se vio obligado a dejarle con su decisión y tomar él solo las susodichas frutas. Durante un momento Diego puso disfrutar al ver la cara de su torturador con una ligera tristeza, tomándose las uvas en completa soledad, como seguramente lo habría hecho durante varios años.

-Feliz Año Nuevo…

-Si tú lo dices.

-No me ha gustado ese gesto, Diego. Hay que ser gentil con las personas que te ofrecen algo.

-Tú sólo me has ofrecido dolor y desesperación, no esperes que ahora te considere una bellísima persona… ¡para mí eres escoria!

-Y el telón cae ­–contestó a la par que daba un lento aplauso –.

Tras ello, César se arrodilló para recoger el cuenco y lo llevó nuevamente a la mesa, fuera del alcance del encadenado.

-Parece que te era indiferente cómo acabara nuestra conversación. Te has centrado en una única vía de supervivencia y has obviado otras que se han cruzado por tu camino.

-¿Qué? ¡Habla claro!

-Alza la cabeza un momento, sigue con la mirada la cañería donde estaban tus grilletes... Efectivamente, no llega hasta el techo, está rota. Con haberte puesto de pie y habiendo subido la cadena podrías haber escapado, no obstante, en cuanto te corté el brazo, ya habiendo enganchado el grillete suelto a la tubería de al lado, esa alternativa desapareció.

-No me jodas…

-Continúo. Haz memoria. ¿Cuántas veces te he advertido de que cuidaras tu lenguaje? Me ignoraste. Recuerda, ¿cuándo iniciaba los protocolos? En cuanto veía tu comportamiento maleducado totalmente desmesurado. ¿Y esto qué tiene que ver con sobrevivir? Tercera vía: las uvas. Ese acto, el cual con tus propios ojos has visto que me ha afectado profundamente, si lo hubieras manejado correctamente, acompañándome en las campanadas, habrías conseguido, muy posiblemente, que cambiara de idea acerca de que la completa humanidad es cruel y te habría desencadenado. Las uvas eran el último protocolo… por eso yo nunca lo he llamado tortura, porque no todos tienen como finalidad causar dolor, al menos en la persona en la que se emplean...

-Pero eso se puede remediar… ¡Ya sé! Considérame tu amigo de Canarias, ¿de acuerdo? Sí, sí, creo que tengo raíces familiares provenientes de Tenerife, así que yo puedo tomarme las uvas una hora más tarde, aún puedo acompañarte en la entrada de año, ¿qué tal?

-Ese último intento es estúpido, has recapacitado sobre el pasado, pero no reflexionaste sobre el futuro, que es lo importante.

-Entonces, ¿ahora me matas? ¿Con qué protocolo lo harás?

-Mis protocolos no matan. Lo que te va a matar ya está en tu interior.

-¿Cómo…?

-Cuando llegamos a este sótano te inyecté un veneno de acción lenta. En media hora estarás muerto.

-¿Me estás diciendo que aunque hubiera conseguido usar la cabeza y haber logrado escapar habría muerto sí o sí?

-Bueno, se me olvidó decirte que el suero de las uvas tenía disuelto un poco del antídoto… ¿Entiendes ahora por qué estaba tan triste? Realmente comenzaste a caerme bien, quería que las tomaras también para salvarte. Sin embargo, optaste por algo distinto y ahora te mueres.

-¡No, no puede ser! Aún puedo hacer algo, ¡la gente buena da segundas oportunidades! ¿No es así, César?

-Ya te he dicho que he dejado de ser una buena persona de esas que sirven de sustento a las sanguijuelas.

-¡Espera, espera! Eso es imposible, algo de bondad debe quedar dentro de ti.

-Mira, lo siento mucho, el tiempo se ha acabado y tengo que subir esas escaleras y marcharme. Pero… tienes razón, aún puedo hacer un último acto bueno.

-¡Claro que sí, amigo! Venga, quítame este grillete.

-No. Lo que voy a hacer va a ser dejarte algo con lo que pensar mientras el veneno anula tus glóbulos rojos. Quiero que compares tu estancia en este sótano con la vida en general. Desde el principio estamos predestinados a morir, como tú y tu envenenamiento. No obstante, podemos manejar la vida de una forma o de otra para que el camino hacia ese inevitable destino sea placentero o doloroso, como la cañería rota a la que hiciste caso omiso, que te habría salvado de soportar los otros protocolos y hubieras podido vivir esos minutos venideros libre y feliz. Por último, a veces, hay situaciones que consiguen alargar nuestra estancia en este mundo, como el haber comido las uvas, o, por el contrario, acortarla, como la opción de la botella de vidrio, cuyo ácido deterioró tus tejidos, provocando una aceleración del efecto tóxico que pronto percibirás.

Y César subió las escaleras acompañado de los crujidos de los peldaños y los débiles gritos de David, aquel que ahora entendía que a veces el loco está cuerdo y el cuerdo necesita una camisa de fuerza para no lesionarse.

"Quien te matará no seré yo, sino el azar."

martes, 31 de diciembre de 2013

Sapiofobia

Muchos predijeron la inevitabilidad de este incidente, aquel acontecimiento que arraigaría dentro de la población, un germen a la espera de su momento de gloria, la semilla implosiva que devoraría cualquier resquicio de lucidez. Sin embargo, lo que los sospechaban jamás pensaron que ocurriría tan pronto… Las mentes humanas han involucionado.

Sucedió hace un año aproximadamente. El contexto es inconcluyente, algunos indican que fue la pandemia de un extraño virus cuyo hábitat es el cerebro, otros consideran que la contaminación ha anulado una serie de conexiones neuronales de crucial relevancia, los más escépticos lo achacan al destino, como si este fuera el auténtico camino por el que la humanidad circula. No obstante, un grupo reducido cree que hay algo más oscuro tras todo esto, gente que por suerte aún preserva su total capacidad psíquica, la resistencia contra una idiosincrasia autodestructiva: La Psique Muda.

Esta pequeña organización ha estado durante los últimos meses espiando de sol a sol a las personas afectadas. Unos entre las sombras y otros, más temerarios, caminaban codo con codo fingiendo que también habían sufrido esta lisis mental. Tanto de una manera como de otra el peligro estaba siempre vigente, ya que con dicha desactivación cerebral se habían liberado pulsiones más arcaicas que sacaban afuera una actitud primitivamente agresiva. Los afectados se sentían amenazados si veían a otro de su especie comportarse más sofisticadamente, y por culpa de ello diariamente la lista de homicidios por causas de tal índole iba engrosándose.

Los que no caían en esta maldición eran finiquitados por los malditos, no había lugar para la cordura racional si el nuevo orden de normalidad era la insania. El mundo se había sumido en el terror constante donde los pocos que se oponían a la lisis finalmente ofrecían su rendición. Era más que una pandemia, una gran boca que arrasaba con las sociedades y las vomitaba transformadas en un eslabón abrupto.

¿Habría salvación para lo que parecía un irrevocable avance en el desarrollo nocivo de nuestra especie?

-¡Traigo nuevas, Orzhovian!

Era uno de los cadetes de observación diurna, de los últimos en alistarse. Llevaba consigo una información de especial importancia para la causa de La Psique Muda. Al parecer las semanas de espionaje al fin habían dado sus frutos. El escuadrón centinela donde se encontraba dicho cadete había logrado adentrarse por uno de los pasadizos de máxima vigilancia por los que con asiduidad perdían el rastro a sus objetivos. Hoy, por fortuna, uno de esos pasadizos se encontraba extrañamente desprotegido y pudieron acceder para ver hacia dónde conducía.

El mensajero le entregó, temblando aún por el entusiasmo, toda la recopilación de la investigación a José Manuel, mejor conocido por su sobrenombre, Orzhovian. Este agarró los papeles de inmediato y leyó lo más rápido que pudo, tenía la boca abierta, le temblaban los labios, cada letra que introducía en su cerebro iba confirmando con más claridad que las sospechas de la organización eran bien ciertas: el factor desencadenante que había destruido siglos de evolución intelectual no era ni más ni menos que un ser vivo, pero no era un parásito microscópico, sino macro.

El mensajero, tras esperar a que Orzhovian estructurara en su cabeza aquella recopilación de datos, procuró añadir un interesante punto clave.

-Sé que parece descabellado, días y días de esfuerzo intentando descifrar tantas incógnitas acerca de la sapiofobia y ahora un supuesto despiste ha logrado que demos un paso de gigante. Permíteme dudar de si ha sido una recompensa por nuestra constante vigilia o, por el contrario…

-Lo han hecho a propósito –concluyó José Manuel –.

-Veo… que no soy el único loco aquí.

-No, no te preocupes. A mí también me resulta extraño. Esos guardias no parecen haber sido idiotizados, saben muy bien cuál es su labor. Es raro que, si los encargados de salvaguardar el pasadizo D-31-019 se hallaban indispuestos, no los hubieran sustituido. Que no hubiese nadie para impedir la infiltración de uno de los nuestros se debe, muy probablemente, a que ya se han cansado de ignorarnos. Van a por nosotros…

-Y, entonces, ¿qué es lo que debemos hacer?

-Está claro. Ellos nos han indicado el camino a su hogar, sería poco caballeroso el no acudir a la cita. Zac, avisa a todos de la retirada, ya no necesitamos más observadores, quiero a todos los miembros reunidos para antes del ocaso, tal vez hoy cenemos fuera.

Zac se despidió con el puño izquierdo pegado a su frente, el saludo oficial de La Psique Muda, y salió del zulo. Nada más quedar expuesto en la calle a las miradas de los malditos, su rostro cambió. Por un breve momento se le había olvidado que tenía que adoptar su cotidiano rol de descerebrado. Enlenteció la marcha, mostró un rostro impasible y se dirigió al primer enclave de espionaje. Accedió de inmediato a la mesa de telecomunicaciones y, mediante un mensaje codificado en morse, advirtió al resto de pelotones. No obstante, aún tenía que avisar en persona a dos grupos que se encontraban a las afueras de la ciudad. Tomó munición para su pistola y emprendió el viaje. En cuestión de cuarenta y cinco minutos habría alcanzado al primero.

Mientras tanto, José  Manuel hacía los preparativos para la reunión. Contemplaba la vidriera de las armas, nunca se imaginó que llegaría un día en el que la abriera, seguramente dentro del escondrijo del propagador de la sapiofobia habría un ejército entero de malditos. Ellos no dudarían ni un segundo en abalanzarse contra La Psique Muda, y, por más que le doliera, habrían de defenderse a base de disparos. Lo sabía mucho antes de que los hechos se pusieran a favor de su pesimismo: si el corazón de los sapiófobos albergaba un panorama similar al que tenía en su cabeza hoy morirían muchos inocentes, tanto de un bando, los que cedieron a la lisis sin poder eludirla, como del otro, miembros de una resistencia a los que no les quedaba otra alternativa que enfrentarse a la reprensión de toda una civilización cadavérica.

Se sentó en una de las viejas sillas y extrajo de su faltriquera un bote con una sustancia cárdena. Siempre que se encontraba en una situación de semejantes características, lleno de duda, aprisionado en el dilema, sacaba esa droga y, con la vista clavada en el vial, reflexionaba detenidamente.

Ese producto químico lo encontró en una emboscada que el escuadrón bajo su mandato realizó en un almacén de la periferia de la ciudad. Una serie de científicos, seguramente regidos por el propagador, habían creado una sustancia que, al inhibir un tercio de las sinapsis neuronales, aceleraba el proceso infeccioso de la sapiofobia. La Psique Muda destruyó todos los viales, pero Orzhovian se guardó uno por si algún día era de utilidad, tal vez para investigar alguna manera de revertir la enfermedad.

Pero, con el paso del tiempo, otro tipo de ideas surgieron en su mente. ¿Y si no había forma humana de combatir aquello, y si en realidad, la naturaleza, en su gran sabiduría, había permitido la sapiofobia para dejar a las personas en un estadío más confortable y feliz, y si tomar ahora mismo esa droga era la mejor opción…?

Quitó la tapa, lo acercó a sus labios y…

­-Orzhovian, he venido lo más rápido que he podido, ¿qué ocurre?

Ante la inesperada visita, volvió a tapar el vial y lo guardó. Esa voz le resultaba familiar, se giró y vio a su mano derecha, Thresh, experto en combates cuerpo a cuerpo, portaba en su cinturón una pequeña guadaña y, al otro lado, un farol que le acompañaba en sus turnos nocturnos.

José Manuel vio sus ojos brillando, podía sentir su expectación y su entusiasmo, él ya suponía que pronto tendría que pulir la hoja de su guadaña. Con la reacción de Thresh, maldijo para sus adentros, finiquitó de inmediato la intención absurda de volverse otro maldito más, no podía abandonar a todos los que habían aguantado mil injurias para hacer frente a la sapiofobia, no ahora que estaban llegando a la meta.

-¿Y bien? –volvió a preguntar debido al silencio sepulcral de este –.

-Supongo que Zac ya te habrá contado por encima la situación. Necesito que te prepares bien, tu equipo de apoyo nos cubrirá la retaguardia esta noche.

-Entonces, ¿es cierto? ¿Existe un causante de este mal y hemos hallado su paradero?

-No puedo afirmar con seguridad nada al respecto, pero si te calma… Sí, tal vez mañana consigamos poner de nuevo en el sentido correcto la rueda de la evolución.

La amplia sonrisa de Thresh alegró a Orzhovian, si el resto de miembro iban a mostrarse tan estimulados por tal noticia, sus probabilidades de alzarse con la victoria aumentaban exponencialmente.

Thresh se marchó para dejar listo su equipaje de combate, no sin antes despedirse con el correspondiente saludo. Por su lado, José Manuel volvió a sacar la droga, aunque esta vez no la observó con la misma mentalidad que antes, ahora era su amuleto, el porqué de esta ofensiva, la metáfora de lo que lograría La Psique Muda: esta noche encerrarían este episodio nefasto de la humanidad en un cofre y ahí quedaría, siendo consumido en el olvido para la posteridad. Un amuleto ganado en una pequeña victoria, ahora le seguiría hasta la gloria total. Hoy se iniciaría un duelo entre dos titanes y se determinaría al ganador, ¿ignorancia o sabiduría?

Y el Sol comenzó a ocultarse. Todos los miembros ya habían acudido a la reunión extraordinaria, a excepción de Zac y los dos grupos de las afueras, aquellos con los que no se podía contactar de ninguna forma que no fuera con sus mensajeros.

Orzhovian decidió aguardar media hora, pero la espera no duró más de diez minutos. Un maldito irrumpió en el zulo. De inmediato los custodios apuntaron a su cabeza con sus respectivas armas, sin embargo, viendo José Manuel que portaba consigo una bolsa aparentemente de interés para la organización, dio la orden de bajar las armas y permitió que “hablara”.

-‘ta bolsa es pa’ tos’ los de aquí. M’ han dicho qu’ es servible pa’ vosotros y vuestras intenciones… o algo así.

-¿No será esto una estratagema para derrocar nuestro asalto? –cuestionó Thresh –.

-¿Lo qué?

No iba a llegar muy lejos cualquier intento de conversación con el maldito. Así que Orzhovian le arrebató la bolsa y dejó que se marchara. No importaba que supiera que de verdad La Psique Muda iba a realizar hoy una operación a gran escala, después de todo era un maldito, pronto se le olvidaría lo poco que había visto y escuchado.

Orzhovian llevó la bolsa a la mesa. Durante el breve transporte supo que aquello que contuviese tenía un peso considerable. Todos manifestaban curiosidad por ver el interior. No obstante, la intriga mutó, ipso facto, en arrepentimiento. El contenido consistía en nueve manos cortadas. Enseguida supieron a quiénes les pertenecían: eran justamente de aquellos que aún no habían acudido a la reunión.

Cada integrante tiene tatuados una serie de lunares dispuestos de tal forma que te permiten de inmediato identificarte como miembro de La Psique Muda. Y todas y cada una de las manos presentaban la misma colocación, por lo que no había duda, eran ellos.

Ya no había vuelta atrás, estaba todo dicho, aquel acto homicida advertía de la situación, o la organización iba a por los malditos o ellos no tardarían en darles caza. Desde el primer momento en el que nació esta resistencia todos eran conscientes del peligro que conllevaba, aunque nunca antes había muerto uno, y hoy, súbitamente, les habían arrebatado la vida a nueve soldados. Si alguno se replanteaba si era suficiente aliciente el devolver a la normalidad las mentes de la humanidad, ahora tenía otro pretexto más: la muerte de sus camaradas y, por supuesto, una oportunidad para vengarlos.

-Muy bien –dijo Orzhovian tras unos segundos de silencio lúgubre –. Lo que acabamos de presenciar es una minúscula imagen de lo que, quizás, ocurra durante el enfrentamiento. Por lo que, si alguien quiere echarse atrás está en su total derecho, no habrán coacciones ni desquites, al menos por mi parte. Para todos los que decidan continuar, sólo os puedo decir que rebusquéis en vuestra mente y mezcléis todo lo que odiáis de las personas, la mezcolanza resultante será lo que hallemos allí. También quiero recordaros que quienquiera que haya hecho esta carnicería intelectual nos conoce perfectamente, por lo que habrá preparado el entorno para dejarnos en desventaja. Sin embargo, no cuenta con algo crucial: ¡nuestra voluntad será el caos de este fútil orden!

Todos gritaron llenos de euforia, sus corazones palpitaban desmesuradamente, al final había llegado el día que tanto anhelaban. Hartos de observar de forma pasiva, impotentes viendo diariamente a decenas de nuevos malditos caer en las garras de la ignorancia, hoy podrían liberar toda esa rabia contenida y otorgar al propagador de la sapiofobia el funesto destino que se merecía.

La noche se cernió sobre la ciudad. Las calles estaban vacías. Era la señal. Los 31 integrantes llegaron al pasadizo. Como era de esperar, seguía exento de vigilancia. Afilaron sus hojas, recargaron sus pistolas, afinaron sus reflejos y se adentraron.

Después de un recorrido de unos diez minutos, finalmente una portón les dio paso a una pequeña sala en cuya pared contigua se erguía una gran compuerta. En cuanto todos pusieron pie en aquel lugar, unas luces cegadoras se encendieron y de pronto una voz retumbó, aparentemente del propagador.

-Realmente puntuales, eso me agrada.

-¿Quién eres? ¡Muéstrate! –imperó Thresh.

­-¡Oh! ¿Dónde están mis modales? Podéis llamarme Agnosia. Me complace ser testigo de la última (e inservible) resistencia de este mundo hacia lo que vosotros denomináis… sapiofobia, pese a que yo prefiera llamarlo simplemente verdadera naturaleza humana. Pero bueno, creo que no habéis venido hasta aquí tan sólo para charlar. ¿Algo que alegar?

-Mira, Agnosia –respondió Orzhovian –. Si estás observándonos a través de una cámara, supongo que mis palabras no te convencerán al ver a un grupo de asalto armado hasta los dientes, pero créeme si te digo que nuestra primera intención es dialogar. Únicamente te pido que reviertas esto, ¿no te parece aburrido ser el gobernador de un mundo de necios?

-No sé qué decirte, ¿no es, acaso, lo que todo líder quiere, que sus lacayos no piensen por sí solos? Y fíjate tú por dónde que, en mis andanzas por los laboratorios de la Facultad de Química hallé por error una sustancia gaseosa que potenciaba el cese de la actividad cerebral superior. Una lástima que no fuera efectiva con toda la población, pero, entre que muchos han muerto y otros han hallado nuevas formas de idiotizarse, todo ha salido incluso mejor de lo que pensaba.

-Veo, entonces, que no pretendes recapacitar…

-Sí, sí, ya me sé el resto de la historia ­–expresó Agnosia interrumpiéndole –. Ahora dirás algo como que no os queda más alternativa que recurrir a la violencia y que lamentáis mucho haber tenido que llegar a esto, bla, bla. Os adelanto los hechos: no vais a hacer nada… no sin antes pasar por encima de mis “compatriotas”. Otra ventaja de liderarlos, es sumamente fácil convencerles para que den su vida por mí. ¡Que os vaya bien con vuestra ética y demás sandeces a la hora de defenderos! Me temo que a ellos no les va a importar mucho el desmembraros…

Tras ello, la compuerta se abrió y desveló un gran cúmulo de personas, de malditos, organizados en filas, calmados, como si llevaran días esperando este momento. La imagen, tan conmovedora como espeluznante, concedió un lívido silencio de un par de segundos hasta que Agnosia dio la orden.

-Daos un festín.

Orzhovian no tuvo más remedio, ante la súbita oleada de furia irracional que se arrojaba contra ellos, que iniciar el contraataque. Pronto él se quedó atrás, fuera de combate, paralizado por lo que contemplaba. Jamás creyó que sería testigo de una de esas batallas cuerpo a cuerpo que leía en los libros de historia. Cada pocos minutos varios cuerpos, tanto rebeldes como malditos, caían al suelo sin vida, y aún él, cabizbajo, sin hacer nada.

Sin embargo, ahí estuvo Thresh para hacerle reaccionar. Este lanzó a sus pies su farol, encendido. José Manuel alzó la cabeza y le vio con su guadaña ensangrentada, pero con un rostro preocupado, no hacía falta que se comunicaran por palabras, él lo sabía, aunque el resto estuviera matando civiles lo hacían llenos de remordimiento, al fin y al cabo no había otra solución, tal y como dijo Agnosia los malditos no iban a detenerse aunque el enemigo fuera un familiar.

Por tanto, sin pararse ni un minuto más a reflexionar, Orzhovian se adentró en el combate. No obstante, no consiguió hacer mucho, ya que, de entre la muchedumbre, un encapuchado, surgido de una trampilla oculta, lo agarró y se lo llevó de aquel lugar. Este desconocido fue previsor, aprovechando el lapsus de la sorpresa, lo inmovilizó con unas esposas.

Después de un angustioso viaje de pocos metros, los dos salieron a un habitáculo similar al de antes, con una compuerta idéntica. José Manuel podía escuchar los gritos de la lucha, por lo que no se hallarían muy lejos. Aunque, pese al deseo de querer estar con sus compañeros, ahora tenía algo más importante entre manos…

-¿Qué haces? ¿Quién eres?

-Te creía más avispado, Orzhovian. Soy Agnosia, ¿quién si no?

-¡Esto es juego sucio! No puedes hacer esto, si ya somos pocos de por sí, ¿por qué me has apartado de ellos?

-Yo no lo veo justo, nuestros soldados pelean mientras que los líderes conversan.

-Estás muy equivocado, Agnosia. Yo en ningún momento me he considerado el líder de nada, he sido uno más, sin ventajas sobre el resto, tan sólo un guía de La Psique Muda.

-Ya… muy interesante. Pues ahí tengo que darte la razón, no eres líder de nada. Considérate, más bien, el único.

Al principio José Manuel no entendió qué quería decir con eso, hasta que Agnosia abrió la compuerta y descubrió la cruda realidad. Habían perdido. Muchos malditos habían caído, pero otros cuantos se mantenían en pie. Desgraciadamente para el otro bando, todos yacían ya en el Más Allá, nadie había sobrevivido, ni Thresh…

Orzhovian no supo cómo reaccionar, estaba en colapso, conmocionado, sin apenas escuchar las carcajadas de Agnosia. Observando, impotente, cómo avanzaban los malditos lentamente hasta la sala donde se encontraban, probablemente para ahora darle muerte a él.

-Tómate esto como una lección –sentenció Agnosia –. La ignorancia es el futuro, y por mucho empeño que le ponga la gente como tú, no conseguiréis más que frustración. No decaigas, no es que tú fueras débil, te aseguro que hasta el más carismático habría sido devorado. Y ahora, sintiéndolo mucho, es hora de despedirnos.

Agnosia le quitó la esposas y le dio una patada que le dejó más próximo a los sapiófobos. ¿Era así como acababa todo, después de tanto tiempo de resistencia? No, incluso en el final hay distintos caminos, no le daría el gusto a ese maníaco de verle siendo el festín de esas bestias. Rebuscó en su pantalón y encontró el vial. Su intención era bebérselo y ser otro maldito más, mejor eso que morir…

Pero entonces, justo antes de consumirlo, a través del vidrio distinguió a sus compañeros sin vida. José Manuel pausó un momento y analizó la situación. ¿De verdad los iba a abandonar así? Ellos habían dado la vida por la causa y ahora él se iba a convertir en un sujeto más de los que La Psique Muda despreciaba. ¿Qué hacer, entonces?

Fue cuando lo vio. Las manos de sus futuros asesinos, estaban desgastadas, como sus caras, demacradas. Parecía que habían estado trabajando durante mucho tiempo… Un último vistazo a su alrededor fue la última pieza que le faltaba a su puzle. Ya lo tenía, esbozó una tibia mueca de satisfacción y se puso de pie. Plantó cara a los malditos y procedió.

-¡Vosotros, atendedme! ¿Realmente es esto lo que queréis?

-Por favor Orzhovian –interrumpió Agnosia –. No hagas esto más patético de lo que ya es…

-Paraos y usad la mente por un segundo –continuó él –. Yo, como ningún otro, os comprendo. Sé lo que os pasa. No habéis caído presas de ninguna enfermedad ni nada por el estilo. ¡Miraos vuestras manos! ¿Qué veis? Son cayos. ¿Habéis sido vosotros los que habéis construido todas estas instalaciones, verdad?

Muchos asintieron con la cabeza.

-¿No consideráis eso una habilidad? Ese trabajo en grupo y coordinación ha conseguido crear estas cámaras tan perfectas. Fijaos, son fuertes, no se derrumbarían por el deterioro. No muchos tienen la capacidad para hacerlo. ¿No es, por tanto, de un modo, una muestra de inteligencia el tener la capacidad de haber creado esto?

-Orzhovian, no sé lo que tramas pero cállate ya. ¡Y vosotros, dejaos de estupideces y descuartizarlo!

El nerviosismo de su voz confirmaba a José Manuel que iba por el buen camino. Además, los malditos ignoraron la orden de Agnosia, por lo que de momento le estaban prestando total atención, simplemente tendría que seguir así.

-¿Queréis saber por qué los de mi organización llamamos a lo que padecéis sapiofobia? Porque no es que os hayáis vuelto ignorantes, sino que le tenéis miedo al saber, al conocimiento. Pero no podéis evitarlo, la inteligencia es algo que se lleva en el ADN, aunque cada uno la manifiesta de una forma distinta, lo que pasa es que, seguramente, este individuo que está detrás de mí, os ha hecho creer que si no sois capaces de realizar una operación matemática o de recitar todas las constelaciones de la bóveda celeste entonces no sois sabios. ¿Tengo razón?

Muchos más se unieron a los de antes y volvieron a asentir.

-Os ha cegado, ha anulado vuestra capacidad intelectual, la habéis escondido tan dentro de vosotros que os ha sido imposible recuperarla, pero, como he dicho, lo lleváis en el ADN, y si ya no podíais mostrarla de una forma, se haría de otra, y vosotros lo habéis hecho con esta maravillosa habilidad arquitectónica.

-¡Cállate ya! ¡Matadlo! ¿Me oís? ¡Destripadlo!

Pero ninguno escuchaba a Agnosia, de hecho, unos pocos comenzaban a expresar una mirada vengativa hacia él.

-Abrid los ojos –fue concluyendo José Manuel –. Estáis aterrados pensando que no volveréis a tener lucidez en nada y no es así. Siempre se puede recuperar aquella habilidad perdida, tan sólo tenéis que poner empeño y ser decididos. No podéis seguir permitiendo que alguien os trate de esta forma, no sois estúpidos, tan sólo os han puesto una fina venda en la cabeza, tan fina, que vosotros mismos podéis rasgarla. Hacedlo, por favor. Sé que por dentro gritáis, exigiendo que todo vuelva a la normalidad, pero la llave para que el avance continúe no la tiene nadie a excepción de vosotros mismos. Es el momento de que cambiéis, yo no puedo hacer nada, debéis de engrasar vuestros engranajes y ponerlos en marcha de nuevo. Hacedlo y os prometo que muy pronto la única enfermedad que tendréis será la sapiofilia.

Lentamente, uno a uno, las lágrimas resbalaron por sus faces. Habían comprendido el mensaje, sus mentes se había abierto otra vez. Ahora no era una rabia animal lo que sentían, sino la furia de aquel al que le han confiscado algo tan preciado. No era una estampida, sino una masa violentada por su opresor. Se fueron aproximando poco a poco hasta Agnosia, y este, con la salida para escapar obstruida, tan sólo se puso a gritar, desesperado.

-¡Bien jugado, Orzhovian, mi enhorabuena! Pero ya sabes que no sólo en esta ciudad están estos estúpidos, ellos se encuentran en TODO el globo, ¿cómo remediarás eso, eh? ¿¡Cómo!?

José Manuel se dio la vuelta y le contestó con una breve frase, justo antes de que una salva de contundentes golpes letales cayera sobre él.

-Muy sencillo, con lo mismo que aquí: con la palabra.

Y así ocurrió. Pasaron muchos meses, pero con paciencia y templanza cada vez el número de malditos se iba reduciendo. Algunos estaban más nublados por el miedo que otros. No obstante, al final, todo quedó restaurado y la humanidad pudo seguir su curso.

Con el tiempo, fue inevitable que el nombre de José Manuel apareciera en todos los medios de información. Un día, aceptó una entrevista, y para el fin de los tiempos quedó grabada la respuesta a una de las múltiples preguntas que le realizaron. La pregunta en cuestión fue que si soñaba con algún tipo de recompensa en especial por haber salvado a la humanidad de la ignorancia. A lo que él contestó:

-El regalo ya me lo distéis todos y cada uno de vosotros, y fue la esperanza.