Noticias desde la Oscuridad

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28-09-2015

Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

jueves, 6 de marzo de 2014

El Consejo de los Seis Puñales: Electricidad [12]

Un gran número de personas avanzaban por el horizonte en dirección a los Brujos. Era un batallón dirigido por dos figuras pintorescas, una se encontraba rodeada de rayos y la otra llevaba lo que parecía una armadura con varias piezas que flotaban.

Se movían a gran velocidad, no había forma posible de escapar que no fuera tras enfrentarse a esos nuevos allegados. Se prepararon para lo que pudiera ocurrir, enervaron su energía y encendieron sus manos con una muy débil magia.

Justo entonces un gran relámpago atravesó de arriba abajo a la primera silueta que lideraba el pelotón para, a los pocos segundos, aparecer al lado de los Brujos mediante otro relámpago similar.

-No pensaba adelantarme al resto, pero al veros en tamaña actitud ofensiva me he visto obligado a intervenir.

El extraño portaba una gruesa toga azul oscuro con casi una centena de rayos negros dibujados en ella, de los cuales provenía la electricidad que le envolvía. Asimismo llevaba una corona compuesta en su totalidad de ese mismo elemento.

Ante la sorpresa de la presentación, algunos Brujos aprendices dispararon sus magias contra él. Aunque no llegaron a hacerle ni el más mínimo daño, ya que él venía preparado, defendido por una cúpula eléctrica que desintegró todos y cada uno de los ataques.

-Obviaré estos intentos de asesinato hacia mi persona… dadas las circunstancias, pero un poco de más cuidado la próxima vez… La Bóveda Elektro podría enfurecerse con vosotros…

-Creo que podemos bajar nuestras manos. No parece que vengan con intención de matarnos…

-Vaya, un espectro con vendas de momia que habla.

-Obviaré estos intentos de asesinato hacia mi autoestima…

-Era una broma. Os conocemos bastante bien. Nos habéis quitado una gran cantidad de obstáculos del medio viniendo vosotros mismos aquí.

-Esto empieza a cansarme –contestó Ignis echándose las manos a la cara. ¿Quién eres? Y más importante aún, ¿por qué tú también nos conoces, es que acaso lo difícil va a ser encontrar a alguien que no sepa de nosotros?

-Mi nombre es Zrak Muerte Fugaz, Señor Zrak Muerte Fugaz. Rey máximo de los Electromantes.

-¿¡Electromantes!? –gritó Luzbel sobresaltado – Yo pensaba que fuisteis exterminados por completo. ¿Cómo es posible que sigáis…?

-¡Silencio, Luzbel! Aún debe contestar a mi otra pregunta.

-Calma, calma. Contestaré a todo, pero esas otras dos cuestiones son largas de narrar y requieren de un tiempo que no tenemos.  No vamos a obligaros a venir con nosotros, sois libres de morir aquí… Pero sé que sois sabios, el Consejo no puede morir de esta forma tan patética, perdidos en estas llanuras, despachados uno por uno por Androk. ¿Queréis vivir? Gustosamente os llevaré con Eida.

-Compañeros. Nuevamente nos vemos entre la espada y la pared. Pero hasta ahora nuestras decisiones, aunque a duras penas, nos han mantenido vivos. Aceptasteis convertiros en Brujos ante mi propuesta de la conversión en el lago. Seguimos a Luzbel por el Plano Demoníaco. Y aceptamos los regalos de Shan. No soy un Clarividente, pero yo, por lo menos, no veo amenaza en las palabras de Zrak.

-Señor Zrak –recalcó él–.

-Vale… Señor Zrak. Sois libres de hacer lo que queráis, el Consejo no se disolverá aunque a partir de ahora vayamos por caminos distintos, pero no me gustaría veros luchar contra un Bárbaro que ahora mismo nos sobrepasa sobremanera en poder.

-Si es la Eida que me imagino, me intriga ver cómo nos va a ayudar. Yo acepto.

-Sí, sí, sí. No es por conveniencia, sino por pura necesidad. Tengo que conocer más sobre lo que les ocurrió a los Electromantes.

-Si no queda otra alternativa segura…

-Yo voy si ninguno de mis aprendices se queda atrás.

-En fin… No seré el único inepto que se quede aquí a combatir contra una muerte segura… Iré.

Por efecto dominó, los aprendices también aceptaron, así que el Señor Zrak asintió y alzó sus brazos, invocando un relámpago, como el que le teletransportó a él antes, sobre cada uno de ellos.

Fue cuestión de una décima de segundo. Ni siquiera sintieron nada, era como si lo que en realidad hubiera cambiado de posición hubiera sido la tierra que les rodeaba. Ahora se postraban delante de ese grupo de hechiceros, encabezados por una risueña mujer con una armadura compuesta por engranajes que giraban, chispas que saltaban aquí y allá, piezas que levitaban por propulsores de energía y alguna que otra luz llamativa.

-¡Saludos! Soy Eida la Curiosa, aunque seguramente Zrak…

-Señor Zrak.

-Ay, sí… el Señor Zrak ya os haya dicho mi nombre. Es un placer conoceros a todos.

-El placer es nuestro.

-Y bien, ¿qué tenéis planeado? Espero que sea derrotar a Androk con ese admirable ejército que se halla a tus espaldas.

-Cierto es que podríamos defendernos, pues somos un número considerable, pero me disgusta que sugieras eso. La posibilidad de resistir no implica la victoria. Por desgaste acabaría ejecutándonos. Me imagino que sabréis que sobrevivió a uno de los inventos que quedó para la posteridad en la Historia negra de nuestros hechiceros, los Magotrones. Si una bomba de tal calibre no le debilitó sino que le empoderó, ¿de verdad podríamos hacerle frente?

-Anda, Tenebra. Creo que en este caso el mérito es tuyo.

La Corazón de Ébano agachó la cabeza, avergonzada.

-No importa. Simplemente quiero haceros ver que nuestro mejor movimiento es la huida. No obstante, os prometo que se presentarán nuevas oportunidades para luchar contra él, si es lo que deseáis, pero de momento, por favor, venid con nosotros.

-Antes de ir, me gustaría saber qué os interesa de unos Brujos renegados. Se puede responder con una simple frase, no perderemos nada de tiempo, ¿cierto?

-¡Oh! ¿Qué clase de ser eres tú? Un cúmulo de maná puro, pero pareces humano…

-Es que soy humano. Eida, ¿no recuerdas esta voz? Soy Hex Mal Fario.

El apacible Gran Brujo era el más desconfiado de los Seis en ese momento. Pese al aspecto inocente de la Curiosa, Mal Fario conocía su verdadera faceta. Combatió contra ella en incontables batallas, no sin antes, como buen estratega, reunir toda la información posible acerca de ella, su enemiga. Con ello descubrió que los Magotrones fueron unos de los antiguos hechiceros que se pusieron a cazar al resto, con un especial interés por Vlad y sus Sanguinos.

-Vaya… Es… un alivio que sigas con vida.

-Te pillé. El Señor Zrak afirmó que ya nos conocíais. Por lo que ya deberías haber sabido que uno de los Grandes Brujos del Consejo era yo. ¿Por qué entonces has reaccionado así?

-Ya dije que os responderíamos a todas esas dudas en cuanto os llevásemos a nuestro escondite. Sé paciente, te lo ruego.

-Eida. Me retractaré de ir con vosotros al no ser que expliques por qué has pasado de perseguir hechiceros tras el cierre de las fallas a dar cobijo a los herederos de los Hermanos Penumbra.

-Hex, esos fueron tiempos pasados. La obligaron a hacer eso, y se arrepiente de no haber podido oponerse en su momento a tales crueles mandatos. Ahora está de nuestra parte.

-Entiendo. Así que incluso al Rey de los Electromantes le has ocultado la verdad, ¿cierto?

-Qué divertido. ¿Vas a revelar otro secreto vergonzoso igual que hiciste con mi hermano?

-No compares, mira su rostro. Debe ser algo bastante grave… ¿Qué ocurre, Eida?

-No lo va a decir. Como ha señalado Inanis, tendré que repetir lo que hice con Luzbel.

-¡Está bien, está bien! Tú ganas –respondió ella con una mueca triste–. Pero puedo asegurarte de antemano que sí es cierto que me arrepiento de ese oscuro pasado… y simplemente oculté la verdad porque supuse que podía dejar desprotegida a mi gente.

-De acuerdo –contestó él tras un sonoro suspiro–. No hace falta que continúes. Veo auténtico remordimiento en tu mirada.

-Justo ahora que se ponía interesante la cosa te ablandas…

-Compañeros –interrumpió Tenebra–. Creo que sí que se va a poner interesante esto.

Apuntó hacia el cielo. Todos vislumbraron un objeto girar de forma incesante que aparentemente trazaba una trayectoria descendente yendo a parar justo a donde se posicionaban. Eida se puso las gafas y activó las lentes para emplearlas como prismáticos. Pudo apreciar lo que era: un mango robusto seguido de una amplia hoja con runas negras manchada de sangre.

-¿Una espada?

-¡Androk!

-Así es, Moldeabrasas.

El Descuajeringador había surgido de la nada aprovechando el ejército que rodeaba al Consejo, a Eida y al Señor Zrak; el cual dificultaba sus visiones de los alrededores. Cogió carrerilla y saltó lanzando una cadena a su espada para, seguidamente, con un fuerte tirón, lanzarla contra el suelo,  generando un temible impacto que esparció a los hechiceros por toda la zona. El factor sorpresa ni siquiera permitió que los Electromantes activaran la Bóveda Elektro para defenderse.

Hex se incorporó y ayudó a levantarse a los camaradas que tenía al lado. Desenfundó el Puñal Agónico y lo energizó.

-Asumo toda responsabilidad. Os hice perder el tiempo. Eida, conociéndote habrás traído un artilugio de montaje cuasi instantáneo que crea agujeros de gusano o algo similar, ¿verdad?

-Sí, así pensaba llevaros a la guarida.

-Perfecto. Actívalo, luego me reuniré con vosotros con ayuda de Nexus.

-No.

Mal Fario no se esperaba esa respuesta en absoluto. La Curiosa depositó el objeto en el suelo, ya encendido, y mientras esperaba a que se estabilizara el vórtice se acercó al Gran Brujo para tomarle la mano.

-Me quedaré contigo. Es la única forma de que veas que ya no soy la de antes.

Este sonrió y asintió con la cabeza.

-¡Eh, Androk! Deja de apuntarnos a todos con la mirada tratando de determinar a quién atacarás primero. Aquí tienes a un Brujo y a una Magatrón. Te esperamos impacientemente.

Como buen Bárbaro, no rechazó el desafió y cargó contra ellos. Fue el momento preciso para que Muerte Fugaz fuera coordinando a todos para entrar en el agujero de gusano.

-¿Soy la única que está empezando a cansarse de tanto viaje entre portales?

-Cómo se nota que no fuiste una Maga de Retaguardia…

Una vez habían sido teletransportados todos, quedando solo el Señor Zrak, este les deseó buena suerte y se marchó. Eida y Hex también podrían haber entrado, pero muy probablemente aún quedaría bastante tiempo en la proyección del vórtice como para que Androk les persiguiera.

Eida, si quería reunirse con los suyos lo antes posible, tendría que someter a su cerebro a un leve sobreesfuerzo, haciendo que mantuviera los reflejos durante la pelea a la par que llevaba la cuenta atrás de su artilugio, de forma que ellos dos pudieran saltar en el último segundo sin el peligro de que el Descuarejingador fuera detrás.

-Y bien, Hex, ¿tienes algún plan en mente?

-Pues no –contestó el Gran Brujo justo antes de esquivar la embestida del Bárbaro–. De hecho aún no he luchado estando en este estado de energía. No sé si seré más fuerte o más débil. Aunque me conformo con mantenerme igual que siempre.

-Ese es precisamente tu punto frágil –aseguró Eida mientras se preparaba para el placaje que se aproximaba–. Por eso mis hombres vencieron a los tuyos. No usas ese magnífico cerebro que te concedieron los Arcanos.

-Por favor… Confundes a Prometeo con Epimeteo. Simplemente tengo una gran agilidad mental y antes de cualquier acción, aunque carezca de una idea clara, calculo las posibles variables que me otorguen alguna oportunidad de salir victorioso. Lo que hago es llevar la espada desmontada a la batalla para confeccionarla allí.

-Por eso mismo nunca fuiste capaz de derrotarme, ¿verdad? ¿O es que la espada estaba oxidada?

-Combatíamos en desventaja, Eida…

-No puedes culparnos por ser más poderosos. Realizamos técnicas muy duras para lograrlo…

Androk, que estaba comenzado a creer que se mofaban de él, ya que, mientras hablaban, esquivaban casi sin prestarle atención todos sus ataques, se cansó de tanta palabrería y se puso a gritar para concentrar el máximo de su poder en un único golpe.

Mal Fario, percatado de que se había hartado de jugar. Dejó pausada un momento la conversación y hundió su puñal en su fantasmagórico cuerpo. Al ser maná, el filo absorbió una gran cantidad de energía que potenció desmedidamente sus capacidades. Acto seguido, lo maldijo con Desesperación, un hechizo que arrebata de los cinco sentidos a la víctima durante un par de minutos, y lo lanzó directo al pecho del Decuajeringador. El Puñal Agónico, siendo un arma cortante, atravesó las defensas antimágicas de Androk, y una vez alcanzó su torrente sanguíneo, libre de las señales que le protegían de los conjuros, la maldición se desató.

Ciego y sordo, Hex pudo poner en práctica con absoluta tranquilidad en él un nuevo conjuro que estaba desarrollando. Valiéndose de su nueva carcasa, recuperó el arma, se aferró al torso del Bárbaro y comenzó a agitar cada molécula de maná hallada en su interior. A los pocos segundos se transformó en una bomba humana, que con cuya explosión mandó unos cuantiosos metros en la lejanía a Androk, permitiéndoles ahora entrar en el portal sin que este les pisara los talones.

-¿¡A qué precio, Eida!? –preguntó girándose hacia ella, retomando la conversación con un tono enfurecido– ¡Ya no hay nadie más aquí, deja los ocultismos!

-No estarás contento hasta que lo diga, ¿eh? ¡Muy bien, sí! ¡Mucho antes de perseguir de manera lícita a los Sanguinos, nosotros, Magotrones, los cazábamos para usar sus potentes sangres como combustible! ¿Contento?

-¿Por qué? Dame una buena explicación para que pueda perdonarte por la muerte de mi mejor amigo. Por él inicié la ofensiva contra los Magotrones, por él he sufrido tanto tiempo…

-¡Espera! Nosotros… a pesar de los kilolitros de sangre que recolectamos, muy pocos Sanguinos fueron los que murieron. Nuestro Decodificador de Identidad nos mostró el nombre de estos desafortunados. Dime cómo se llamaba, necesito salir de dudas.

Hex estuvo a punto de decirlo, pero se vio interrumpido por Nexus, cuyo enlace sensorial desmaterializaba su cuerpo. Estaba transportándolo a la localización del resto. La Curiosa esperó a que le sucediera lo mismo, pero parecía ser que el Aespacial se olvidó de ella. Su creador de agujeros de gusano acababa de apagarse y, siendo de un solo uso, añadiendo que en breves segundos Androk volvería a la carga, Mal Fario tenía la gran oportunidad de tomar su venganza.

-Me abandonarás aquí –asimiló angustiada–. Es lo que harás, ¿no es cierto?

Pero el Gran Brujo Profano tendió sus dos manos con el fin de estrecharla entre sus brazos.

-Viniste personalmente para llevarnos a vuestro escondite. Además de ello, te quedaste conmigo para distraer a Androk. E incluso si no hubieras hecho nada de eso, la muerte no es una venganza apropiada. Así que te vienes conmigo.

Eida dejó escapar un par de lágrimas y corrió hacia él. Los dos se desmaterializaron y a los pocos segundos aparecieron al lado del Gran Brujo del Vínculo.

-Oh, ya llegaron los últimos dijo Muerte Fugaz con sarcasmo–. Muy bien, ya puedo iniciar la presentación… Ejem. Ahora mismo sólo veis oscuridad, pero es una simple ilusión creada por los electrones del entorno. Dejadme “iluminaros” el camino.

El Señor Zrak se quitó la corona eléctrica y la lanzó al aire. Esta giró sin cesar, cada vez de manera más rápida, hasta formar un relampagueante orbe azulado, el cual se posó lentamente en las manos del Electromante. Tras ello, electrificó sus manos y lanzó la esfera con fuerza contra el suelo. Esta estalló y se convirtió en millones de minúsculos rayos que revolotearon por el aire arrancando poco a poco toda esa oscuridad y mostrando las siluetas de unas extravagantes construcciones.

No pasó mucho tiempo cuando se podía ver la guarida a la perfección. Altas torres metálicas, con las paredes adornadas con bobinas, engranajes y tuercas. Un falso cielo iluminado por electricidad yacía sobre ellos, alimentado por cientos de hilos de cobre unidos a cintas mecánicas y demás parafernalia electrocinética.

Y eso era la primera vista. Las dimensiones eran monstruosas, quedaban muchos recovecos que explorar y lugares que admirar de esa amalgama metropolitana. Algo que seguramente sería pronto con el guía que se acababa de autoproclamar. Sí, Zrak… el Señor Zrak se subió a una pequeña roca, a modo de pedestal, y alzó los brazos en señal de grato recibimiento.

-Bienvenidos a Voltium Nekro.

viernes, 28 de febrero de 2014

Microdemencia: Hexakosioihexekontahexafobia

"¿Buscas la razón de este caos? ¿Intentas reunir las piezas del sentido en un puzle deformado? ¿Y consideras que yo soy el demente? Tú no aceptas la realidad, así que eres tú el que ahora posee una mente inservible, tanto como tu alma, que se desgarra con cada segundo que permaneces expuesto a la inhumanidad aquí plasmada.

Has estado tanto tiempo buscando una forma de estructurar las ideas retorcidas que se han expuesto en estas cosechas que ni siquiera te has parado a preguntar el porqué de las mismas. Has disfrutado, pero tu deleite sanguinolento ha llegado a su fin. Es momento de pasar factura.

Perro faldero… Hiciste caso de aquel que te sugirió que asintieras sin más, y obedeciste. ¿En ningún instante te paraste a pensar? ¿O es que tu cerebro se ha marchitado tanto que ya ni puede ver las evidencias que se presentan delante de tu cara?

Las almas que escaparon hacia la Oscuridad eran meros hologramas que ese desperdicio de cosechador fue recogiendo en vano… Te has preocupado por los destinos de estos individuos, has empatizado con ellos, te has adentrado en sus interiores y te has bañado en la sangre de sus vísceras. ¿Y para qué? Para absolutamente nada.

¿No fue extraño que sin un motivo alguno surgiera tamaño descontrol en un mundo que está regido por un perfecto Rey Osario? ¿De verdad nadie sospechó que esas pobres víctimas, enfermas por la insania, eran solo un recurso para algo mayor?

Te he mantenido atento, bailando al son de los hilos que he estado moviendo. Mordiste el anzuelo y tu lengua quedó mutilada con él. Has desperdiciado una magnífica porción de tu vida escuchando a maniquís de ceniza.

Me has defraudado. Es cierto que estuve ausente por estos años, sin apenas hacer movimientos, para que esta táctica saliera a la perfección, pero tenía por descontado que opondrías algo de resistencia. Sin embargo, me he dado cuenta de que tus debilidades eclipsan con creces a tu fortaleza.

Ya es tarde para echarse atrás. No importa si dejas de leer ahora mismo esta carta y vas a reparar tu error. Me es indiferente. De hecho, simplemente se me ocurrió escribirte esto porque comenzaste a apenarme por tu abrumadora incompetencia. Pero, quiero que sepas, que, si hubiera optado por seguir el plan inicial, posiblemente me alzaría con el poder y tú seguirías en tu invidente paraíso en el que ayudas a todos y ninguno queda protegido.

Escupo sobre tu falaz misericordia. Estuve preparándome tanto tiempo, analizando todas y cada una de las variables que podrían aparecer y obstaculizarme mi misión, y tú lo has facilitado y a la vez destrozado, viéndolo desde el punto de vista de mi entusiasmo.

Pero qué le voy a hacer. Apostaría que incluso has seguido leyendo porque aún ni sabes quién es este tramposo que ha conseguido engañarte con tanta astucia. Aunque tampoco fue para tanto. Viniendo del Paraverso, siendo la raíz de la discordia del lugar, no me resultó complicado dar forma humanoide al polvo fúnebre del suelo y dotarlo de cierta autonomía. Después de todo, ya me conociste una vez por mi facilidad en la «transferencia de esencias». El resto fue puro instinto, a expensas de la medida que tomarías para remediar el inexistente problema que se te avecinaba.

A estas alturas ya habré logrado establecer una conexión entre las cosechas que has recolectado (las falsas) y la Oscuridad. Sí, sí, permíteme que me ría, pero estás en lo cierto. Has sido tú mismo el que ha hecho realidad tanta locura y caos.

¿Qué puedes hacer entonces? Afrontar lo que te aguarda y nada más. Tampoco es necesario que te enfurezcas ni nada por el estilo. No es por ser soberbio, pero, hay que admitirlo, las cosas como son, nunca hubieras podido restablecer nada de lo que he alterado. Asimismo, olvídate de darme muerte, ya se lo dije hace tiempo a mi gran «amigo» Álex: yo no puedo morir.

Por cierto, una pregunta, ¿cuánto es 66 + 6?"

jueves, 27 de febrero de 2014

Microdemencia: Inverosímil

-Bueno, comencemos por lo básico. ¿Qué le ha hecho considerar que necesita una citación periódica con un psicólogo?

-Yo no he considerado nada. He venido obligada.

-De acuerdo. ¿Usted piensa que todo va bien, que no requiere ayuda de ningún tipo?

-Mire. Mejor vamos a dejar las cosas claras desde el principio. Hace tiempo estudié un postgrado de psicosociales. Sé a la perfección los procedimientos que hay que realizar en aquellas personas que… ¿cómo los describís? Ah, ya recuerdo… que no son conscientes de su trastorno mental. Vas a emprender un breve cuestionario que te encaminará a una serie de preguntas más concretas con la finalidad de que abra los ojos ante mi “enfermedad”.

-Está bien, me alegra que esté conversando con una persona que ha estudiado psicología. Pero ya le digo que esa no era mi intención. Esta es la primera sesión, imagino que se sentirá incómoda al venir aquí para que le curen algo inexistente. Por eso, me parece que lo mejor será hablar. Vamos a estar una hora aquí, ¿no cree que al menos una charla amenizaría esto?

-Si usted lo dice…

-Muy bien. A ver, ignore que esto es una consulta. Piense que está contándole a un amigo la razón por la que la han enviado aquí. Tal vez ese amigo pueda enfocar el asunto de tal forma que le ayude.

-Lo único que me ayudaría sería un papel en el que pusiera que soy una persona normal y corriente como el resto. ¿O es que pensar diferente ahora es síntoma de locura?

-¿A qué quiere referirse con diferente?

-Bah… me rindo. Será mejor acabar con esto cuanto antes… Verá, desde hace un lustro aproximadamente abandoné una medicación que tenía para la depresión. Parece irónico, pero, al tomarla, era como si mi depresión aumentara… Básicamente porque mis instintos suicidas eran mayores, llegando incluso a estar un par de veces hospitalizada por esta misma razón.

-¿Y cuando se retiraron los antidepresivos se sintió mejor?

-Así fue. A veces tengo ciertas recaídas y, para qué negarlo, me vienen pequeños impulsos que me incitan a quitarme la vida. No obstante, estoy muchísimo mejor sin esas drogas que con ellas.

-Eso es fantástico. Yo soy de esos que piensa que, si tu cuerpo puede arreglárselas sin un excesivo número de fármacos, es mucho más beneficioso que estar cada día consumiendo píldoras mañana y noche. Por cierto, ¿sería molestia si le pregunto cuál fue la razón de que fuera recetada con antidepresivos? ¿Era depresión mayor?

-Los tomaba desde que era una niña. Por esa época también me habían recetado ansiolíticos y neurolépticos, aunque estos me los retiró el propio médico con la mayoría de edad. Sin embargo, se negó a dejarme sin antidepresivos. Todo este mejunje se debía a un diagnóstico incongruente. Fui a decenas de psiquiatras y todos coincidían en que mi visión del mundo era una distorsión creada por culpa de mi apetencia por el aislamiento social.

-Me encantaría que me describiera esa supuesta distorsión, si no se siente incómoda, por supuesto.

-Para nada. Aunque primero tengo que dejar una cosa clara: yo estaba completamente de acuerdo con esos loqueros en lo referente a mi aislamiento. Hubo unos años en los que hasta pensaba que de verdad tenía algún trastorno. Es bien sabido que, normalmente, los niños y las niñas que se encuentran en soledad, en su necesidad de hablar con alguien, crean amistades imaginarias que son tan visibles para ellos y ellas como lo es un árbol o una nube.

-Pero creciste y esas “amistades imaginarias” no desaparecieron, ¿cierto?

-Eso es. Cada día, desde hace veintidós años, me ha estado acompañando una de estas amistades. Se van cambiando conforme la semana avanza. Mi favorita es la de los martes. Lleva una gran armadura electrónica y nos divertimos mucho haciendo trastadas en las tiendas de informática. Pero eso no significa que el resto no me caigan fenomenal.

-Y una pregunta, ¿esas amistades siempre han tenido una apariencia adulta o han crecido con usted? Quiero decir, ¿también eran infantes cuando usted era pequeña?

-¡Claro que sí! Son seres vivos como nosotros, si no hubieran sido niños en esa época, entonces ahora serían ancianos. Es pura lógica biológica.

-Entienda, haciendo un inciso, que no es muy habitual que una persona reciba una visita diaria de unos seres que sólo puede ver ella sola. A lo mejor por eso han pensado que debía hablar conmigo.

-Oh, pero eso tiene una explicación. No es que las demás personas no puedan verles, sino que no ponen empeño. Por eso afirmo que mi visión del mundo no es que esté distorsionada, lo que pasa es que mi inteligencia visual está más evolucionada y puedo interactuar con habitantes de otras dimensiones… Usted es de ciencias, no puede negar que la existencia de más dimensiones, ajenas a la nuestra, es real.

-Bueno… estudié ciertas teorías que hablaban acerca de ello, aunque sus conclusiones no se regían mucho por el empirismo convencional. De todas formas, si todo se debe a que los demás no ponemos empeño, ¿podría enseñarme a tratar de ver al amigo que le acompaña hoy?

-Puede resultar complicado detectar al de los miércoles. De los siete él es el único que es invisible. Me costó darme cuenta de su presencia, incluso creí que a mitad de la semana me abandonaban para descansar. Sin embargo, aunque sea muy apacible y parezca casi inexistente, él es muy atento y sabe escuchar. ¿Quiere notar su presencia?

-Me encantaría.

-De acuerdo. Necesito que deje de respirar cuando yo le diga. Ha de calmarse y concentrarse. No hace falta que cierre los ojos, solo quédese tranquilo. Sabrá cuándo él está cerca de usted, pero no le voy a decir lo que va a hacer, porque si no, pensaría que es un simple truco mental.

-Ok. Estoy listo.

-Vale, aguante la respiración… ahora. Bien, siga así… Saile, ve con él.

-No puede ser –respondió abriendo los ojos de inmediato–.

-¿Ve? Yo no he hecho nada, sólo le dije a Saile que improvisara. Por lo que veo le agrada acariciarle su cabello.

-Esto debe ser una broma…

-Vaya, así que no me ha creído en ningún momento y sólo ha fingido que me comprendía. Qué extraño… Usted no se diferencia en nada de los demás loqueros.

-Que no, es que… Por Dios, ¡ha de admitir que esto no pasa diariamente!

-No hay peros que valgan. Ya sufre Saile siendo invisible como para que usted se mofe y diga que no existe, que es irreal. ¿Sabe que hace un par de años atrás descubrimos una forma muy sencilla de poder visualizar su cuerpo?

-¿Qué… qué forma…?

-Cubrirse con algún líquido o tinte. Tan simple como eso. A lo mejor si Saile lo hace, usted ya acepte la realidad.

-¿Y de dónde piensa sacar suficiente líquido como para hacerlo?

-Bueno… sus cinco litros bastarán.

-¿¡Cómo dice!? ¡Definitivamente no está cuerda! Si me mata y declara que lo hizo un ser invisible, la encerrarán en un manicomio, ¡la tomarán por una loca!

-Llevo siendo acusada de eso casi toda mi vida. Irrelevante. Saile, procede.

Microdemencia: Nihilista

Este lugar es muy repetitivo. Su extensión creo que llega a ser infinita. He caminado mucho tiempo en una dirección y parece no tener límites. Tampoco, por mucho que camine, regreso a un mismo punto, así que descarto la posibilidad de que me halle en una esfera, más bien se asemeja a un plano de dimensiones gigantescas.

Todo está oscuro, aunque es una negrura muy peculiar. No es ausencia de luz, sino un brillo vacío, como un foco azabache que alcanza toda la extensión del terreno. Hay tonalidades distintas, por lo que no tengo dificultad alguna para poder visualizar mi entorno. A veces incluso se fusionan distintas intensidades de oscuridad y se forman preciosos bailes umbríos que armonizan este silencio sepulcral.

Aunque, eso sí, puede que mis ojos estén bien, pero mis oídos, sin apenas utilidad, se encuentran ya al borde de la atrofia. No son capaces de captar nada. Y podría entrenarlos mediante mi habla si no fuera porque, desgraciadamente, en el medio en el que me encuentro el sonido no brota de mi boca.

Admito que sin voz y sin escucha esto puede parecer un sufrimiento. Bueno, en gran parte, antes lo era. No sé cuánto llevo exactamente aquí, si es que acaso hubo algún momento en el que vine y no es que esté desde el principio de los tiempos. Sea como sea, mi melancolía se fue a otra parte cuando me encontré, en una de esas infinitas caminatas que hacía rutinariamente, una singular canica de un tamaño curiosamente diminuto, tanto era así que, si no fuera por su color blanco, el cual contrastaba sobremanera con el entorno, ya la habría perdido hace muchísimo tiempo atrás.

De vez en cuando, al igual que la penumbra del lugar, sus tonalidades blanquecinas van variando. Con asiduidad me la acerco a los ojos para poder apreciarla con más detalle. Juraría que a veces veo destellos y explosiones en su interior. ¿Habrá algo dentro de ella?

Sin embargo, no sólo me fascina lo que puedo ver en ella, sino lo que puedo percibir cuando la toco. Muchas veces la coloco en mi puño y me dejo llevar. Me transmite una sensación muy apacible. Pero lo mejor viene cuando hago esto mientras duermo. Antaño, cuando no tenía esta canica, para mí dormir era como recrear una imagen mental de un muro oscuro. Sin embargo, ahora, parece que me otorga algo de su magia y hace que me adentre en mundos de fantasía, con luz y más vida además de la mía. Me dio la capacidad de soñar, y por ello le estaré eternamente agradecida a esta minúscula esfera tan increíble.

Desde luego, en su interior debe encontrarse el paraíso. Corro el riesgo de romperla y matar el único objeto que destaca en este frívolo ambiente. Si por mí fuera, dejaría las cosas como están, pero, cuanto más reposa en mis manos, más grande es el afán que surge dentro de mí por investigar su naturaleza, como si fuera la propia canica quien quisiera que rompiera su cáscara.

Le di muchas vueltas, estuve reflexionando, analizando pros y contras, estudiando la probabilidad de éxito. Finalmente opté por abrirla. En el caso de que todo saliera mal y la destruyera, podría emprender otra odisea por estas tierras en busca de otra canica. Sería extraño que fuera la única. Si es que ni siquiera sé cómo apareció y por qué…

Pero eso ya lo investigaré otro día. Hoy tengo que centrarme en lo que me concierne. La levanto, yace en la palma de mi mano izquierda. La observo detenidamente. Sus brillos están más alterados que de costumbre. Alzo la otra mano, con el puño cerrado, apunto bien, cierro los ojos para que el arrepentimiento no me frene y la aplasto con fuerza.

Me esperaba cualquier cosa menos esto. Surge una gran explosión que libera de inmediato una gran cantidad de materia. Espirales lumínicas; polvos de colores, nubes violetas, rojizas, verdes, de todos los colores; esferas brillantes similares a mi canica y muchos más objetos que se van esparciendo por la negrura en milésimas de segundos.

Ahora lo entiendo, la canica estaba viva, pero cautiva en su propio interior, y lo que me pedía era que rompiera la carcasa para que pudiera “estirar las piernas”. ¿La recompensa? Ha hecho que mi vida tenga ahora un sentido. Ya no tendré la monotonía inacabable de vagar hacia ningún sitio y suspirar sin nada más que hacer.

Creo que esto va a entretenerme durante mucho tiempo. Tendré que retocar aquí y allá, moldear imperfecciones y, sobre todo, disfrutar de su compañía. De momento le pondré un nombre provisional… ¡Ya sé!

Se llamará Universo.

Microdemencia: Finiquito

Me ponía completamente furioso cuando escuchaba en algún sitio que llegaría un momento en el que la ciencia haría que los seres humanos fuésemos prácticamente inmortales. Me resultaba repugnante saber que esta era una de las metas de nuestra especie. Y, antes de que me contradiga el “sabio” de turno, me gustaría aclarar que sé perfectamente de lo que hablo: yo era inmortal.

Nunca se lo dije a nadie. Ni siquiera a algún médico para que este concretase la causa de mi peculiaridad. Nací en el siglo XVI, en el año 1540, en una humilde casa de una pequeña villa del norte de la actual España. Ya no recuerdo gran cosa de mis primeras andanzas por el mundo. Si a una persona normal, de unos cuarenta años, le cuesta recordar lo que hacía con diez años, imaginadme a mí, que han pasado casi cinco siglos.

En 1560 mi crecimiento, y, en consecuencia, envejecimiento, se redujo drásticamente, para que, diez años después, se parase en seco, manteniéndome hasta la actualidad con una infinita apariencia de treintañero. Al principio pensé que era un juvenilismo muy prominente, pero, cuando llegó el año 1630, ya con una edad de noventa y sin una arruga alguna, con la tez igual de tersa que cualquier otro joven, empecé a sospechar que era poseedor de algún tipo de bendición.

Hasta entonces fui precavido. Ser inmortal no te hace “indescuartizable”. Me di cuenta de ello más o menos por el siglo XIX, cuando mi comportamiento incauto fue la causa de perder mi anular derecho en un accidente laboral. Iluso de mí, estuve semanas pensando que sería cuestión de tiempo que creciera mi dedo, pero eso nunca sucedió. Había escarmentado bien, debería estar atento de que mi cabeza se mantuviera en todo momento pegada a mi cuello.

Era entretenido, por qué mentir. Fui bastante famoso durante un tiempo como “aquel hombre eternamente joven”. No obstante, eso me cansó rápidamente y fingí mi muerte para desaparecer un tiempo entre las maravillosas tierras asiáticas. Después emprendí cientos de viajes por alta mar. Ah, se me olvidó mencionar que, tras varios experimentos por mi cuenta y ciertos sucesos fortuitos, comprobé que era invulnerable tanto a las enfermedades letales como a la muerte por asfixia o ahogamiento. Con esto último quedaba claro que mi inmortalidad trascendía a algo más que una pausa de mi desarrollo celular. ¿Qué era, entonces? Para qué pararse a investigarlo si podía disfrutarlo.

Pero llegó un momento de excesivo hastío. Pronto iba a cumplir medio milenio y, la verdad, echando una mirada retrospectiva a la humanidad para compararla con su estado en el siglo XXI, no había ido la cosa a mejor. A ver, me explicaré. Lo divertido de la inmortalidad era que no tenía que preocuparme por si no estaba vivo para ver X avance tecnológico, yo había visto caer en el olvido artilugios que no tuvieron éxito y salir a la luz otros muchos de los que ni siquiera se esperaba su aparición. En ese aspecto era una ventaja lo que tenía, pero vivir en un mundo infecto también deja mella.

El ser humano, en su conjunto, estaba envejeciendo, y no en el sentido biológico de la palabra, sino en el socioantropológico. Se degradaba a sí mismo. No era por presumir, pero había sido una verdadera suerte para el planeta que este don cayese en una persona como yo. No era un santo, pero tampoco es que fuera el máximo verdugo de la Inquisición, simplemente vivía y dejaba vivir.

Sin embargo, ¿qué pasará cuando la ciencia consiga dar con la fórmula de la inmortalidad? ¿Cuántos tiranos vivirían eternamente, pudiendo solo fallecer por asesinato? No me agradaba quedarme a verlo, era el único descubrimiento en el que no quería, ni por toda la riqueza del mundo, estar presente.

Así que tomé cartas en el asunto e inicié lo que denominé “etapa oscura”. No duró mucho, aunque tuvo sus momentos cómicos. Este periodo de mi vida consistió, en pocas palabras, en encontrar una forma de suicidarme que fuera efectiva. Desde el primer momento quedó descartada la idea de la decapitación, pues no estaba seguro de si mi cabeza iba a seguir con vida.

Intenté varios métodos. Los que más me sorprendieron fueron los desangramientos. Mi cuerpo podía mantenerse vivo pese a que vaciase en un cubo mis cinco litros de sangre… Esto ya sobrepasaba la ciencia-ficción. Asimismo, probé lanzándome a la carretera para que me atropellaran o saltando desde rascacielos, pero nada de eso me mataba, si acaso me rompía algún hueso y poco más. Desistí ante el riesgo de quedarme tetrapléjico o algo peor. Si eso me hubiera sucedido, lo hubiera pasado muy mal para explicar a alguien que mi eutanasia debía cumplir ciertas condiciones…

Al final tuve que recurrir al comodín. Trabajaba en un matadero, era de los pocos campos laborales que aún me faltaba por experimentar. Dentro del edificio había una gran máquina que trituraba la carne, con huesos incluidos. Sí, podía ser algo demasiado grotesco, pero ya no sabía qué hacer, por lo que, sin dar rodeos, me subí a la cinta transportadora y me tumbé con la cabeza en dirección a la picadora.

Funcionó gratamente bien. De hecho, aún recuerdo las últimas palabras que dije antes de que las cuchillas convirtiesen mi cráneo en picadillo.

“Si esto no acaba conmigo, entonces me doy por vencido.”