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Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

viernes, 13 de junio de 2014

El Consejo de los Seis Puñales: Aire [15]

-¿Se puede saber dónde estoy? –se preguntó Ignis a sí mismo en voz alta después de toser repetidas veces y sacudirse el polvo de su toga –.

-Es la Cicatriz Cinética –respondió Ginny, que estaba situada varios metros detrás del Brujo, agitando con ambas manos su cabello morado, con la intención de deshacerse también de ese fastidioso polvo -. Amach ya nos transportó a cada uno de los grupos a los lugares más próximos posibles de nuestros destinos. ¿No es genial? Así llegaremos a la cita con Nixxy en un periquete.

-¿Nixxy?

-¡Oh! Es una Maga de Retaguardia muy amigable, contacto de Voltium Nekro y con un gran entusiasmo por colaborar con vosotros, Consejo. Te caerá bien, ¡ya lo verás!

Ignis no respondió, salvo por una expresión de molestia. Maldecía el momento en el que el Sabio optó por emparejarle con esa chica tan hiperactiva, infantil y cálida; todo lo contrario a la actitud seria, disciplinada y apática del Moldeabrasas. Pero a lo hecho pecho, no tenía más remedio que repetirse para sus adentros que en cuestión de varias horas ya no tendría que ser su “compañero de aventuras”.

De momento, antes de centrarse en la misión, debían averiguar el punto exacto en el que se localizaban, para que, una vez hecho esto, se pusiera rumbo directo a la ofensiva de los Magos de Retaguardia donde, según Ginny, esa tal Nixxy les estaba esperando con, palabras textuales de la Segadora, los brazos y el corazón abiertos de par en par.

-Esto parece la pesadilla de un asmático, ¿a qué se debe tanto polvo?

-Es la Cicatriz Cinética… ¡Piensa! –respondió dándose con el dedo índice suaves golpes en su frente –. “Algo” pasó que bautizó este lugar como tal. Venga, tú eres un veterano de la Guerra de los Arcanos, por lo que estoy segurísima de que alguna contienda la tuviste justo aquí, en la antigua Meseta Crepitante.

Ese nombre despertó a Ignis. Ahora sí conocía este lugar y la razón de ese irritante fenómeno. Sabía que la Meseta Crepitante dejó de existir tras una ardua batalla entre Magos de Retaguardia y Magos Oscuros rebeldes.

En ese lugar otrora circulaba uno de los más caudalosos flujos de maná y, consecuentemente, la zona rezumaba magia por doquier, siendo un sitio donde hasta los animales autóctonos adquirían facultades especiales o directamente mutaban por su coexistencia con el maná puro. En la región, evidentemente, se prohibió terminantemente  que se libraran enfrentamientos entre los distintos bandos de la Guerra de los Arcanos. Sin embargo, un grupo de Magos Oscuros, de esos que no hacían más que manchar el estatus de los otros de su clase, que sí eran bienintencionados, quería sacar un buen provecho de la guerra y trató de adueñarse de esa suculenta fuente de poder.

Por aquel entonces Ignis era aliado tanto de los Magos de Retaguardia como de los Archimagos por haberse ofrecido voluntario en algunas ocasiones para enseñar en la propia Universidad las mejores y más eficientes técnicas de magia ígnea. Como tal, varios años participó en la primera línea de infantería, dirigiendo a los pelotones de Magos más valientes que el ejército aliado podía reunir. Y, por ende, estos valerosos hechiceros no iban a permitir que estos antagonistas de la armonía se apropiasen de tamaña cantidad de magia. ¿Qué hicieron? Enviar una ingente masa de Magos, de entre los cuales se encontraba Ignis como comandante de asalto, hacia la Meseta Crepitante. Pero lo que desconocía tanto un bando como otro era lo mala idea que sería que la magia blanca y la magia negra confluyeran en un sitio tan sobrecargado de energía.

La primera contienda se dio por iniciada y nadie supo que las acciones bélicas de aquel día desencadenarían algo peor que una posible derrota. Ni siquiera, cuando los primeros ataques no eran efectivos contra los adversarios, sino que eran engullidos por la propia tierra, ningún soldado o cargo de más alto rango pudo sospechar que algo no marchaba bien. La decisión fue contraria a la lógica y se mandó que los hechizos se cargasen con más potencia, acelerando así el mecanismo explosivo que se estaba formando bajo sus pies.

¿Qué estaba pasando? En pocas palabras: sinergia arcana. La magia blanca y la magia negra tenían una característica común. Ambas eran magias íntegras, es decir, energías primarias nacidas directamente de los propios flujos de maná, sin mutar por factores del entorno como les ocurrió a la magia magmática o a la sacra.

Para empeorar las cosas, la fuerza de atracción que ejercía la Meseta Crepitante sobre la magia colindante estaba debilitando segundo por segundo a los hechiceros sin que estos se percatasen. Con sólo tocar con sus desgastadas botas el inestable suelo les eran sustraídas minúsculas partículas de maná de sus capilares pedios. Si a esto se les añadían las desmesuradas pérdidas con cada hechizo evocado, sería cuestión de horas que sus sistemas circulatorios, ahora dependientes del maná, se volvieran disfuncionales y fueran cayendo en el campo de batalla sin saber el porqué de sus perecimientos.

Ignis, y otros pocos con algo más en sus mentes que el matar al adversario, se fueron dando cuenta del súbito decrecimiento de sus fuerzas. Asimismo, comprobaron que, cuanto más se insistía en acelerar y fortalecer la confrontación, más veloz era este debilitamiento. Por ende, estos lúcidos hechiceros se reunieron y sopesaron todas las posibilidades, señalando como razón general la relación existente entre enfatizar de manera forzada la acción de sus tropas y la contraposición idiopática de sus facultades mágicas.

Analizando todas sus ideas, ellos solos se aproximaron casi al filo de la auténtica verdad, advirtiendo que existía algún tipo de fenómeno justamente en la Meseta Crepitante que iba a masacrar a todos si continuaban con esos inútiles esfuerzos. Con esta conclusión, no perdieron más el tiempo y se dirigieron al Mariscal de Campo Nefistelos, uno de los mejores estrategas Archimagos y elegido para dirigir el completo batallón de esa contienda.

Desgraciadamente, centrado en su totalidad en el flaqueo masivo de los Magos Oscuros y cegado ante el de su propio ejército, obvió las palabras de Ignis y los otros y les obligó a regresar al campo de batalla.

Sin embargo, debían parar ese suicidio en potencia. Trataron de convencer a sus camaradas, e incluso enviaron a un embajador para informar de la crucial situación a los Magos Oscuros, pero por desgracia fueron escasos soldados los que entraron en razones…

Viendo que con el resto la palabra no servía para nada y emplear la fuerza les conduciría por el mismo letal camino que trataban de evitar, no tuvieron más remedio que abandonar la batalla y olvidar a sus compañeros, quienes un día después, observados por un hechicero de los que escapó, muy hábil como avizor, fueron desplomándose sin vida para, al final, inexplicablemente para ellos, ser sus carcasas devoradas por una gigantesca explosión azulada de origen arcano… Básicamente el caudal había estallado desgarrando la carne y los huesos de los caídos y de los aún moribundos.

Días más tarde se exploró la zona y se teorizó que la causa primordial era el haber empleado magias primarias en una región con tamaña actividad mágica. El flujo de maná engulló tanta cantidad de energía que desbordó su contenido, filtrándose entre las agrietadas grietas y explotando debido a la inestabilidad. La energía liberada barrió literalmente todo resquicio de vida, aquella que no había sido todavía arrancada gota a gota mientras el caudal permanecía medianamente estable.

Pero lo peor faltaba por llegar. Algunos Resucitadores acudieron a la Meseta Crepitante con el fin de levantar a unos cuantos afortunados cuyas almas seguían débilmente atadas a sus cuerpos. No obstante, pese a sus arduos intentos, ahora pudiendo utilizar todo el potencial mágico debido a la “muerte” del flujo de maná, no lograron resucitar a nadie. Las palabras textuales de Maximilian von Licht, uno de los más hábiles Resucitadores de la Historia, con casi facultades de médium, fueron que “no había almas, pero tampoco habían abandonado el lugar”.

Ignis y otros compañeros, desesperanzados, se dignaron sencillamente a visitar el lugar cada cierto tiempo y rendir homenaje a sus camaradas caídos. En cambio, un día, ya pasados un par de meses, presenciaron lo inesperado. La tierra se agitó, el viento sopló con una fuerza inconcebible y resonaron aullidos de origen desconocido. La meseta, inerte por una temporada, volvía a resurgir con vida, aunque esta vez de un modo algo más paranormal.

Las almas habían quedado ocultas, tragadas también por ese subsuelo, y habían estado interactuando con resquicios de maná. Las cenizas cremadas de los cuerpos se alzaron, flotando en el aire y trazando un armónico baile alrededor de los visitantes. De vez en cuando, entre ese viento blanquecino, tintado por las cenizas y el polvo, un rostro cobraba forma y observaba con templanza a sus compañeros. Era uno de los caídos…


A partir de entonces, entre esos vendavales perennes y esa atmósfera polvorienta, en ciertas ocasiones, estas ánimas atrapadas recreaban las acciones llevadas a cabo en sus últimos momentos de vida, condenadas a sufrir en un ciclo sin fin las manifestaciones provocadas por un odio imperecedero y caro, de un precio tan alto como la prohibición del descanso que cualquier otro soldado merecería. Era la neonata Cicatriz Cinética.

-Hacía tiempo que no venía aquí –respondió Ignis tras haberse sumergido un buen rato en sus recuerdos –. No… no sabía que ahora este lugar se llamaba así.

-Uh… Por esa expresión aflictiva creo que he tocado cierta parte de tus memorias de un tono algo grisáceas. ¡Lo siento! –contestó la Segadora, con tal nivel empático que un par de lágrimas acababan de brotar de sus ojos –. La próxima vez será mejor que permanezca callad…

-No importa. Hemos venido a hablar con esa tal Nixxy, no a remover el pasado. Y bien, ¿por dónde nos espera?

Desafortunadamente, como si esa interrupción del Moldeabrasas se hubiera tratado de un hechizo de invocación, la Cicatriz Cinética se agitó una vez más. Esa fecha del pasado era la que desagradaba al Gran Brujo, y lo que no sabía es que habían llegado en el momento preciso en el que nuevamente dicho margen temporal iba a ser revivido.

-¿Qué… qué pasa? Se está levantando más suciedad de la normal…

-No es suciedad, son los restos cadavéricos de mis compañeros de batalla, de lo más cercano a unos… amigos.

Hoz Estelar se llevó las manos a la boca, arrepentida por sus palabras, pidiendo perdón a Ignis con su implorante mirada. Aunque esté había ignorado desde el principio su metedura de pata, pues se había quedado embelesado, aguardando la materialización de esas almas atrapadas para poder ver a los suyos una vez más.

-¿Qué ocurrió, Ignis? Estuviste aquí cuando este lugar dejó de llamarse la Meseta Crepitante, ¿cierto? ¿Hay algo, acaso, que los libros ocultaron?

-¿Y qué se supone que aparece en ellos acerca de esta… masacre? –preguntó él tratando inevitablemente de contener sus lágrimas al presenciar el primer rostro materializado, cuya alma pertenecía a un jovencísimo Mago al que dio clases de hechicería ígnea personalmente en la Universidad –. Sorpréndeme, vamos.

-No me acuerdo de gran cosa, aunque en un breve resumen venían a decir que el Mariscal de Campo Nefistelos hizo todo lo posible por contener la gigantesca explosión que desató el ejército de Zyffa la Plañidera.

-¿¡Qué sandez es esa!? ¿Nadie de los otros supervivientes fue capaz de decir la verdad durante mi ausencia? Espera –dijo para que su compañera no respondiera aún –, déjame adivinar… ¿a que esa absurdidad fue redactada por Magos? ¡Oh, qué raro se me hace!

-No… no sé si lo escribieron Magos, aunque puede ser posible… ¿Entonces qué sucedió de verdad?

-Ni él ni la Plañidera cedieron a nuestro ruegos –contestó agachando la cabeza, incapaz de aguantar la mirada a la decimosexta ánima materializada, la cual recreaba el momento exacto en el que su corazón dejaba de funcionar, exento de sangre mezclada con maná –. Fuimos pocos los que sospechamos que la singularidad de estas tierras era nuestro verdadero enemigo… Tratamos de hacérselo ver a Nefistelos, pera estaba enfrascado en una victoria que jamás llegó, ídem con Zyffa, nuestro embajador regresó sin esperanza alguna, solamente trayendo consigo a un par de Magos Oscuros que le habían escuchado por casualidad y también habían creído desde un principio que algo no iba bien en la Meseta Crepitante.

-Eso es horrendo. Eso quiere decir que…

-El Mariscal de Campo no es ningún héroe, y la Plañidera no llegó a tales límites. Simple y llanamente se mataron a sí mismos y a sus ejércitos por la pura ambición de conquista… Ginny, Nefistelos no sólo vino para impedir que los Magos Oscuros se apropiaran de ese flujo de maná. Mi veteranía en la Guerra de los Arcanos me permitía ver a través de las intenciones de mis camaradas. Él pretendía, si se alzaba con la victoria, apropiarse de ese pedazo de tierra para beneficio de los Magos y, ante todo, de él mismo.

Tras las palabras de Ignis hubo un amplio silencio, en el cual Ignis continuó honrando a sus compañeros para sus adentros y Ginny recapacitaba sobre el ideal que tenía de los supuestos héroes impolutos que eran los Magos de la Guerra de los Arcanos. No obstante, dicha pausa duró bastante menos de lo que hubieran querido, pues un extraño sonido apareció en la lejanía, de escasos decibelios y de rasgos eléctricos, similar a un conjuro estándar de un Electromante.

-¿Oyes es…?

A pesar de escucharse aparentemente lejos, en cuestión de segundos la fuente del sonido se posicionó extremadamente cerca de ellos. Y con razón, pues aquello que chisporroteaba no era otra cosa que un proyectil mágico de calibre medio. Por fortuna no impactó directamente en ninguno de los dos, aunque la onda expansiva de la colisión fue lo suficientemente agresiva para lanzarlos por los aires y causarles unos daños considerables.

El disparo había ocasionado una monumental humareda, levantando gran parte de las exánimes cenizas. Ginny e Ignis se pusieron de pie rápidamente y se alarmaron al divisar a varios metros de ellos una robusta silueta, cuya nitidez quedaba oculta por todo ese polvo de carácter mortuorio. Pero el no poder ver quién era no suponía una terrible escasez de información, pues ya de por sí el contorno que observaban era bastante amenazador. Algo humanoide, pero ni por asomo similar a un humano, de altura colosal y con “brazos” alargados, que casi alcanzaban la región inferior de sus gruesas “piernas”. Aunque aún había algo más apabullante, y es que dichas extremidades no estaban unidas al torso, sino que flotaban. Para finalizar, el compendio entero de ese ser se veía envuelto en un sutil embozo reluciente de color azul turquesa.

-¿Podemos ayudarle en algo?

-Por favor, Ginny. No sé la razón de ellas, pero es evidente que tiene intenciones hostiles.

La atmosfera aclareció y quedó expuesta su verdadera forma. No tenía carne, ni músculos, y posiblemente ni huesos. Tan sólo era una amalgama de piedras, cuatro alargadas para los brazos y las piernas, cuatro algo más redondeadas y con picos afilados para las manos y los pies, una más grande para el torso y una de menor tamaño para la cabeza. La totalidad de estas se mantenía con “vida” por aquel embozo, el cual ahora Ginny sabía que era una mera infusión de maná puro.

-¡Vaya! ¡No hay de qué preocuparse, Ignis! ¡Sólo es un constructo!


-¿Un constructo? ¿Has visto más de estos en el pasado?

-Bueno, no como este, pero esa tonalidad de maná que le rodea cobra ese color porque sirve para animar un objeto inerte. En otras palabras, un Segador de la zona le ha dado vida a estas diez piedras para fabricar una especie de golem.

-Vale, perfecto, ya sé su origen. ¿Puedes decir ahora, si eres tan amable, por qué estás tan segura de que no hay que preocuparse por nada?


-¡Es obvio! –dijo entre risas –. Yo también soy una Segadora, ¿lo recuerdas? Si de verdad este constructo ha sido el que ha lanzado ese proyectil y viene a por nosotros, en un abrir y cerrar de ojos habré arrancado su magia con estas dos amigas que tengo aquí.

Ginny despegó de su cinturón violeta sus hoces y se las mostró al constructo, en un indicio amenazador. Por desgracia, quedaba claro que estos seres también carecían de razonamiento, ya que ignoró por completo el aviso de Hoz Estelar y se dispuso a dispararles de nuevo, extendiendo sus brazos y apuntando con cada uno a un hechicero.

La Segadora trató de anteponerse al ataque y canalizó todo su poder a las hoces para inmediatamente absorber el maná del constructo. O eso pretendía… Sus acciones fueron completamente inservibles. No pudo apoderarse ni de la más mínima molécula. Anonadada, no se percató de que ahora era momento para defenderse y quedó expuesta al impacto directo del proyectil que estaba a escasos minutos de volar hacia ella.

Ignis, por su lado, que también había pensado que Ginny iba a detener al constructo, corrió hacia ella para ponerla a salvo, pero se fijó en que cualquier intento iba a resultar en fracaso, ya que el rocoso puño le seguía a la par que iba conformando el asolador hechizo. Fuera como fuera, ambos iban a recibir el letal impacto. El Moldeabrasas podría resucitar, pero muy probablemente la Segadora moriría en el acto. Sólo un milagro podría salvarles de ese aprieto nacido de una sobrevalorada confianza.

Afortunadamente, a veces los milagros ocurren, y esta fue una de esas ocasiones. Apareció de la nada, detrás del ente, una mujer oculta tras una cogulla gris, vestida además con una túnica morada y un cinturón del mismo color que el de Ginny, en el que yacía la funda de una espada vacía. Vacía porque dicha arma la portaba en ese preciso instante en su mano derecha, dando con ella un veloz movimiento que partió en dos mitades, con un trazado oblicuo, al amenazante ser que volvía a convertirse en un mero montículo de piedras.

-¿Estáis bien?

-Sí, muchas gracias por… Un momento –dijo repentinamente Ignis, sobresaltado por algo–. Habla otra vez, si no es molestia.

-¿Ocurre algo?

-¡Vaya, qué curioso! Tienes exactamente la misma voz que la de mi compañera de viaje Ginny.

-¿Có…cómo has dicho que se llama?

En ese momento ella, Ginny, agitó la cabeza, volviendo en sí, dándose cuenta de que quien les había salvado había sido Nixxy. Al grito de “hermana” se abalanzó hacia ella propiciándola un afectuoso y estrangulador abrazo.

-¡Mira, Moldeabrasas! ¡Ella es Nixxy! ¡La encontramos, la encontramos!

El Gran Brujo posó sus manos en su frente, sin poder evitar reírse. Si ya le era agotador con una chica enérgica ahora les acompañaría una copia exacta de ella, lo cual le llevó a pensar en…

-Ginny, no me habías dicho que ella y tú erais hermanas… ¡y mucho menos que erais gemelas!

Las dos dejaron de abrazarse y se miraron mutuamente, asintiendo a posteriori. Aún risueñas, se quitaron las cogullas y le enseñaron sus cabellos. El de Ginny era gris, mientras que el de Nixxy era morado.

-No pasa nada, podrás distinguirnos por el color de nuestro pelo y de nuestra indumentaria –respondió ocurrentemente Nixxy –.

-Y si eso no es suficiente –añadió Ginny –, serás capaz de diferenciarnos por nuestro lunares, ¿ves? El mío está en la mejilla izquierda, pero el de mi hermana está en la derecha.  ¡Somos como un espejo cromáticamente alterado!

-Bueno, pongámonos serios durante un momento –concluyó Ignis con un suspiro –. Imagino entonces que la ofensiva que habéis levantado vosotros, los Magos de Retaguardia, en este sitio era debido a este constructo, ¿ando mal encaminado?

-Es correcto –respondió Nixxy –. Pero me temo que no sólo se trataba de este. Hace semanas uno de nuestros vigías, de los que se encargan de que nadie manipule indebidamente los fenómenos que acaecen en la Cicatriz Cinética, divisó a dos constructos reabsorbiendo maná de la propia tierra. De inmediato enviamos un pequeño pelotón, pero nos llegó información de que había mucho más de dos constructos. A partir de ahí fue cuestión de tiempo que levantásemos una ofensiva e intentásemos averiguar la procedencia de estas inacabables oleadas de marionetas invasoras. Pero extraña y desafortunadamente nunca hemos avanzado más allá de saber que quien está detrás es un Segador, y poco más.

-Y no debe ser un cualquiera, hermana –aclaró Ginny con una seriedad nunca antes vista en ella –. Ni yo he podido disolver el encantamiento de los constructos. Quien los haya animado los ha protegido bastante bien y ha adherido el maná a la piedra a conciencia.

-Quienquiera que sea lleva tiempo haciéndolo, por lo que no debe ser el objetivo que busca Voltium Nekro, aunque tampoco es una nimiedad… Nixxy, si hay algo que podamos hacer…

-Poca cosa, Moldeabrasas. No lo he destruido con esta espada por puro placer. No me malinterpretes pero… un campesino, armado con su horquillo, podría hacer más contra estos seres… Tal y como ha pasado con mi hermana, no hay ningún tipo de hechizo que los pueda fulminar, como mucho desgastar lentamente. Aunque eso no quiere decir que las armas imbuidas con maná no puedan. Curiosamente, por pura coincidencia accidental, descubrimos que las espadas y dagas encantadas eran capaces de atravesar su armazón de maná, así que desde entonces hemos estado empleando estas antiguallas, más acordes con un Señor de la Guerra que con un Mago de Retaguardia.

-No importa, por mi parte no supone ningún problema, tengo a esta pequeña.

En ese instante Ignis mostró a Nixxy su Puñal Llameante, dispuesto a imbuirlo con la totalidad de su poder ígneo para despedazar a cualquier constructo que decidiera presentarse. Sin embargo, quien se presentó fue otro, que parecía que había recibido la llamada del arma.

Una densa nube de maná turquesa surgió de detrás de un gigantesco montículo y se detuvo a varios metros del Gran Brujo. La susodicha nube fue perdiendo densidad y dando a ver un humano de toga de color azul oscuro rasgada y sin mangas. La mitad derecha de su rostro estaba quemado y el ojo de esta misma parte era de un negro sobrecogedor, siendo el del otro lado azul. Su cabello, negro pero azulado en las puntas, comenzó a ondear conforme con sus manos atraía los resquicios del constructo derrotado para mantener a flote y a su espalda las diez piedras, atándolas nuevamente a una niebla turquesa.

-¿¡Tridio –exclamaron las hermanas al unísono –, Tridio Moneda de Plata!?

Las piezas ya encajaban. Un Segador de su talla era capaz de haber formado este caos y mucho más. La cuestión era para qué, e Ignis ya se estaba haciendo una idea, observando que el ojo sano de Tridio mantenía fijamente la mirada en el Puñal Llameante.

Quizás fuera coincidencia y el Segador habría aparecido para hacerse con ese botín extra, o tal vez el Moldeabrasas estaba en lo cierto y toda esta parafernalia había sido para conseguir su puñal. Tanto de una forma como de otra las intenciones de Tridio siempre se resumían en una palabra: dinero. Es decir, lo que fuera que estuviera haciendo lo hacía en nombre del mejor postor, así que más que preguntarse para qué, debían cuestionarse quién le había pagado para realizar todo aquello.

Ignis se aburrió de pensamientos sinsentido. El objetivo actual de Moneda de Plata, si había aparecido personalmente tras haberse escondido eficazmente de las incesantes búsquedas de los Magos de Retaguardia, era evidente: había de deshacerse de él, de Ginny, o de ambos, y el Gran Brujo de las Ascuas no se lo iba a poner en bandeja. Dio un paso al frente y prendió su cuerpo en llamas, preparado para ofrecer un buen espectáculo.

-Ya era hora de algo de acción. Mi cuerpo se estaba enfriando.

domingo, 8 de junio de 2014

Pequeño diario de una pequeña alma #15

[Dijo que me esperaría, que no se movería de aquí… Mintió.]

Él… sus últimas palabras… me obligó a quedarme aquí, afirmó que tenía que aguardar tu… llegada. ¿Pero cómo puedes ayudarme si ni siquiera sabes lo que ha ocurrido? Está todo rojo, teñido de sangre. No es suya, no… Aquí hubo una lucha. Todo empezó pocos días después de que te marcharas… Es como si hubieras traído la ruina a esta casa… Sé que Bruno estaba cambiado, que ahora no estaba tan indefenso, pero nadie podría haberle hecho frente a aquella incursión. Yo… yo me salvé de milagro, apenas me hicieron caso y simplemente trataron de noquearme, de reducirme para que pudieran centrarse en él. Y lo lograron… Se ha ido y no sé si volverá.

Comenzaré desde el principio para aclararte todo. Puede que me siga pareciendo raro el tener delante de mí a un ser como tú, que parece un monstruo nacido de las pesadillas de mi infancia, pero no sé a quién más contarle esto y que no me tome por una loca. Después de todo, empiezo a considerar que los límites de la realidad están posicionados en unas localizaciones más distales de las que yo creía…

Ese mismo día que tú… Sombra, te marchaste, la cosa empezó a tambalearse. Llevaba tiempo acostumbrada a esa nueva faceta de Bruno… Y no podía negar que me resultase atractiva… Sé que él lo desconoce, que simplemente sospecha que yo también tengo algo especial basándose en esa vez que rebané con determinación a Santiago, pero mis días como Flebotomista trastocaron algo en mi interior. Sé que ha tratado de ocultarme innumerables veces su sed de sangre, como aquella ocasión en la que intentó matarme y mi abrazo le consoló. Ha querido mantenerme al margen de tantas cosas las cuales yo ya sabía… Pero lo que él ignora es que yo, aunque quizás en menor medida, también poseo cierta doble personalidad. Jamás me aterraría ni espantaría nada de él, me contase lo que fuera. Y sospecho que tú conoces toda la verdad… Sin embargo, sería injusto averiguarla a través de ti. Quiero… no, necesito que él me revele todo. Pero hasta entonces seré paciente, si es que vuelvo a reunirme con él.

Cada día me despertaba sola en la cama. Se había vuelto bastante madrugador. Eran gritos los que me sacaban de mi letargo, los alaridos de Santiago. Sí, Bruno no se levantaba temprano para desayunar o cualquier otra tarea típica de la mañanas, simplemente sus deseos de volver a cortar en pedazos al Flebotomista le hacían madrugar. Yo, por mi lado, ya hecha a ese griterío, me dirigí al salón para observar la escena.

Oh, y si te preguntas cómo es que, si se reproducían esos espeluznantes y suplicantes chillidos diariamente, ninguno de los vecinos del bloque había llamado a la policía, la respuesta es bastante sencilla: no habían vecinos. Sin contar la suya, eran siete hogares, de los cuales tres desde el principio estaban deshabitados, con polvorientos carteles tratando inútilmente de vender las casas. De los otro cuatro, donde como mucho residían tres personas, fue Bruno quien se encargó de vaciarlos de toda vida. Unos días antes de que por su mente pasara la malévola idea de torturar a Santiago, sopesando todas las consecuencias que aquello podría acaecer, supo que no llegaría muy lejos si él gritaba. Primeramente no tuvo otra alternativa que ponerle una mordaza para reducir los decibelios. Sin embargo, no le convencía mucho esta opción, ya que perdería la oportunidad de deleitarse con su voz, manifestación de un dulce dolor infernal. Y al día siguiente, aún meditando sobre el tema, un vecino llamó a la puerta para pasar una circular. Inesperadamente, sorprendiéndome tanto a mí como a ese pobre hombre, le dio un puñetazo en la nariz para aturdirle y lo metió en casa. Justo antes de que el agredido pudiera reaccionar, su torso había sido perforado con un cuchillo decenas de veces… Ahora ya entendía el empeño que tenía en dejar tal cubierto en la mesilla del recibidor.

Le pregunté por qué había hecho eso, y simplemente me respondió, con una expresión serena, que hacía tiempo que no se le presentaba la ocasión de arrebatarle la vida a una cara nueva de manera tan simple, y que quería darse un capricho antes de matar cada día a la misma persona, pues llegaría el momento en el que le parecería monótono descuartizar siempre la misma cabeza. Alegó que era como una despedida de soltero para alguien que pronto se casaría con la matanza, y en cambio no le era suficiente con una sola persona. Chascó los dedos, ya había hallado la alternativa a la mordaza.

Sin decirme absolutamente nada, arrancó el cuchillo de la región intercostal derecha del reciente cadáver y salió de casa, bajando las escaleras con entusiasmo. Era demasiado evidente, iba a matar a más vecinos… Y la idea no es que me molestara sobremanera que se dijese. De hecho, tengo que confesar que yo también bajé para ver cómo se iban a desarrollar los acontecimientos. Más aún, llevé algo conmigo. Mi preciada katana.

Para cuando llegué al piso de abajo, ya que nuestro vecino contiguo era uno de los que vendía su piso, la puerta ya estaba abierta y un cuerpo con el cuello ensangrentado, todavía convulsionando, obstaculizaba mi paso hacia el interior.

Vi su sombra proyectada en la pared, estaba sosteniendo en sus manos un objeto de redondez irregular. Me asomé y descubrí que lo que sujetaba era una cabeza cortada. Pero esa era lo de menos, la imagen me resultó impactante por otro aspecto…

Estaba llorando, una manifestación aflictiva que no se compenetraba con el rostro sádico que mostraba. Para colmo era como si se hubiera quedado congelado en el tiempo, sólo se movían las lágrimas por su tez empapada de gotas carmesí.

-Aún es demasiado pronto. Quédate ahí dentro.

Cuando Bruno dijo eso aún no sabía que yo le había seguido, aunque pronto se percató de ello. Me aproximé a él con lentitud y limpié con un pañuelo que guardaba en mi bolsillo izquierdo sus lágrimas, las cuales se volvían rosadas al entrar en contacto con la sangre. Como era de esperar, se sobresaltó y de inmediato me imploró que olvidara esa extraña reacción que había tenido. Tiró la cabeza al suelo, apartó mi mano con brusquedad, se frotó con el antebrazo derecho, difuminando las manchas rojizas y, sin decirme nada más, se fue hasta la terraza con la intención de saltar a la otra morada.

Antes de ir tras él me detuve un momento para contemplar la mueca con la que había perecido aquel decapitado. Aún preservaba una mirada suplicante… ¿Era esto lo que le había afectado? ¿Jamás antes había sido consciente del dolor que causaba a los que mataba? Si esto fuera verdad, al menos en ese sentido yo era peor que él, pues ya desde muy pequeña sabía lo que conllevaba entrar en una vivienda y asesinar a alguien a sangre fría. Al menos así fui enseñada, para que la compasión fuera extinguida de mi vida.

Sonó un golpe seco. Seguidamente algo de cristal se rompió. Pude escuchar algunos fragmentos hacerse añicos, alguien los pisó. Después, silencio. En cuanto abandoné la terraza ya pude divisar las primeras marcas sangrientas.

Únicamente vivía una persona, y tal vez por ello se había ensañado más que de costumbre. Bruno, el cual se encontraba en la entrada de la cocina, señal de que había habido una pequeña persecución, estaba introduciendo trozos de cristal en la boca del inerte vecino. Ya le había extirpado todo resquicio de vida abriéndole la cabeza, al parecer, con el mango del cuchillo, el cual reposaba a varios metros de distancia de ambos, cubierto casi en su totalidad de sangre. Asimismo, un mueble estaba tirando en el suelo, por lo que probablemente el frágil objeto que se había hecho añicos pertenecería a dicho enser.

Se puso de pie y se paró unos segundos para mirar fijamente mi katana. Se acercó a mí y comenzó a acariciar su filo. Y, antes de que me la arrebatara me susurró una frase que me hizo corroborar que él no era el mismo de siempre.

-Estás viendo de primera mano cómo soy en realidad… A pesar de ello no me has abandonado, ¿a qué se debe?


No obstante, aunque concluyese con una pregunta, no me dio tiempo para responder. Ya había ido hacia el recibidor y pretendía descender al siguiente piso… katana en mano.

El timbre resonó por todo el edificio. Nunca sabrían que si abrían la puerta se les abalanzaría la mismísima muerte… pero esto no quería decir que fuera fácil darles caza.


Un quejido de Bruno hizo que acelerase el paso en su busca. Se encontraba en apuros, esta vez no había intimidado a los dos residentes de la casa, dos jóvenes amigos que no iban a permitir que un chico les cercenara de manera tan inverosímil. Sin embargo, lo que no se esperara es que ese homicida tuviera compañía…

La espada estaba tirada en el suelo, fuera del alcance tanto de Bruno como de los otros dos, que estaban demasiado ocupados pateando al primero. Fue mi oportunidad para responderle a la pregunta de por qué todavía no le había abandonado… Porque yo era similar a él.

Atravesé la cabeza del que le estaba golpeando con más brutalidad. El otro, viendo cómo su compañero se desplomaba sin ni siquiera haberse podido defender de tal repentino ataque, cesó las patadas y trató de correr escaleras abajo, pero mi katana era algo más que un arma cuerpo a cuerpo… Tensé mis nervios y la lancé con velocidad, acertando justamente en su nuca, seccionando su médula espinal. Sin el control de sus funciones vitales, de inmediato fue un mero muñeco que rodaba por los escalones mientras sus extremidades se retorcían.

Bruno tosió y se incorporó, extrañado y risueño a la vez. Me tendió la mano y me dio las gracias diciéndome una frase aún más desconcertante.

-Creo que me arrepiento de haber tratado de hacer lo que en un principio pretendía contigo. Mis disculpas.

Su actitud era mucho más distante que otrora, aunque ese era precisamente el motivo que me llamaba la atención. El cambio de color de su pelo era irrelevante en comparación con ese galimatías mental que había arraigado en su psique.

Por último descendió hasta el piso más bajo. Apenas pude alcanzarle cuando una mujer de unos cincuenta años ya le había abierto su puerta, obviando la tragedia que iba a cernirse sobre ella. Su cara de ternura de inocencia me causó ternura, por lo que traté de detener a Bruno, pero fue en vano…

-Lamento lo de su marido… Y lo de usted.

Sin darla ni un mísero segundo, con un fugaz movimiento de su brazo izquierdo, sajó el cuello de su víctima. No sabía cuándo había tenido tiempo para apropiarse de un cuchillo, o puede que lo hubiera estado escondiendo con él todo este tiempo, el caso es que la última persona viva en este edificio, exceptuándonos a Santiago y a nosotros dos, acababa de perder su vida, la cual se escapaba lentamente a través de su garganta, mientras la hipovolemia la mecía en un amargo y súbito sueño.

-¿Por qué has dicho que lamentas lo de su marido? ¿Qué lamentas? –pregunté mordiéndome el labio inferior, todavía enrabietada por no haber podido hacer nada para que al menos a ella la dejara viva –.

-Ah, es que el vecino que llamó a mi puerta era su marido –contestó sin mostrar siquiera un ápice de remordimiento por ella –, así que al menos la di mis condolencias.

Tras responderme eso, extrañado por mi rostro boquiabierto e incrédulo, ladeó la cabeza levemente y se aproximó a mí para envolver mis manos con las suyas, cuya piel se hallaba repleta de pequeñas salpicaduras de sangre.

Me miró con detenimiento y yo le devolví la mirada. Juro que en ese momento pude percibir un extraño palpitar en sus pupilas, como si algo las golpeara desde dentro de sus globos oculares.

-Volvamos a casa, ¿vale?

Su sonrisa, pese a la característica de un trastornado, fue receptivamente cálida para mí. Olvidé casi de inmediato lo terrible de esa matanza repentina y regresamos. No obstante, aún había un par de cosas que necesitaba que él me aclarase, aunque parecía que no era el momento preciso para ello, ya que nada más llegar fue corriendo hacia el lugar donde tenía maniatado a Santiago.

-¡Ahora sí que nos vamos a poder divertir tú y yo en condiciones!

Estoy segura de que ese grito, a pesar de emitirlo desde el interior de la casa, resonó por todo el bloque. Denotaba el entusiasmo de cualquier niño al tener plena libertad con su juguete favorito. ¿La rapidez con la que se cansase de “jugar” sería también similar a la de un crío?

Aquí, basándote en lo que ya te contó él, la respuesta vendrá a tu mente ipso facto… No se sació lo más mínimo. Fue una tortura detrás de otra, repitiendo de vez en cuando que no cesaría hasta que dijera “eso”.

No sabía a qué se refería hasta que un día el Flebotomista habló, amenazándonos con que cierto grupo de personas vendría a por nosotros. Yo, obviamente, me asusté bastante, pero no sucedió lo mismo con Bruno. Él sonrió, satisfecho al ver que el cárnico y ocioso trabajo que había estado acometiendo estos días había resultado bastante fructífero.

Después, tal y como te dijo, aunque transcurriesen las semanas, su amenaza pareció ser una mentira surgida de su desesperación. Y él, ya habiendo logrado lo que quería sonsacar de Santiago, optó por recoger los cadáveres que había esparcidos por todo el bloque y hacerlos pedazos.

Algo de esto que me conmovió fue el ver que en algunas ocasiones empleó un poco de esa disolución que le regalé. Le fue y le estaba siendo útil algo que yo misma le había proporcionado, eso me agradaba en demasía...

Oh, y por cierto, al final sí encontré tiempo para preguntarle sobre qué tenía pensado hacer cuando la policía viniera a investigar la desaparición masiva de tanta gente que, casualmente, residía en el mismo edificio. A lo que él respondió que no hacía falta preocuparse, pues nos marcharíamos de aquí en cuanto tú llegaras, y tan sólo había que realizarse un estúpido cruce de dedos para que mientras tanto nadie nos incordiara… Chistoso, ¿eh? Has venido, pero él ya se marchó días atrás. 

Pero centrémonos en lo que pasó después de todo esto… Creo que ya he divagado suficiente, lo siento. Tal vez inconscientemente no quiera rememorar aquel horror… En cambio una parte de mí me obliga a hacerlo, porque creo que esos asaltantes se asemejaban más a entes de tu mundo que del mío…

Todo se inició conforme Bruno fue retomando las torturas diarias hacia Santiago, una vez los otros cuerpos ya habían sido repartidos por los contenedores de la ciudad y se habían limpiado las casas de los mismos de cualquier resto de sangre o demás estropicios.

Aquellos seres se fueron infiltrando en casa poco a poco. Al principio fue una imprevista invasión de hormigas. Pero no pasó mucho tiempo cuando empezamos a figurarnos que no marchaba muy bien que se dijera, ya que al matarlas, ya fuera con insecticidas o directamente aplastándolas, estas no perecían de una forma habitual, sino que se evaporaban, como si estuviesen constituidas por un humo negruzco.

Más tarde, la invasión cesó… para dar lugar a una peor. Ahora eran escarabajos, no en un número tan elevado como las hormigas pero sí bastante cuantiosos. Estos, tampoco sin suponer una amenaza considerable, se desvanecían de igual forma que sus compañeras. Y lo peor era que esta vez Bruno sí estaba comenzando a preocuparse, soliendo ponerse nervioso para acto seguido llevarse las manos al cuello, como si tratara de agarrar algo invisible.

-¿Puede que la advertencia del Flebotomista hiciera referencia a estos insectos?

-No, Samanta. Estoy seguro de que esto es ajeno a todo lo que nos concierne. O al menos eso quiero creer… Pero sea lo que sea no debemos huir –dijo, decisivo, negando con la cabeza –. Hay que esperar a la Sombra y podremos ir en busca del resto de cabrones para dar por finalizada toda esta mierda. Sí… incluso yo tengo ganas de algo de paz.

Él estaba completamente convencido de que esto no tenía nada que ver con aquel que nombraba Santiago, ese que supuestamente vendría a buscarle, aunque no cabía la más mínima duda de que alguien o algo más estaba dándonos caza y nos había encontrado… Quería marcharme de allí, le insistí para que nos fuéramos, pero no iba a dar su brazo a torcer.

Fuimos exterminando los escarabajos. En cambio, era como si cuanta más resistencia opusiésemos y más insectos matásemos peor se pusiera el asunto. Llegaron gusanos, después arañas de un tamaño considerable y por último, hará ya unos cinco días más o menos, se unieron a esta demente situación las cucarachas. Se marchaba una plaga y era sustituida por una peor. Y no importaba dónde estuvieras, siempre ibas a encontrarte a unos cuantos de estos repugnantes bichos. Levantabas el plato y allí estaban, te despertabas y en la sábana había un par, ibas a lavarte los dientes y los veías avanzando con lentitud sobre la superficie del espejo. Todo se calmaba cuando me paraba a meditar y me repetía constantemente que eran sólo aglomeraciones de humo negro. Aun así, convivir con semejantes colonias insectiles era escalofriante.

No obstante, él seguía en sus trece, inconsciente de que esa última oleada que nos invadía iba a ser la culminación de la fatalidad… Esas cucarachas no eran normales, ya no por el tema de que al morir se evaporaban, sino porque, al contrario que el resto de plagas, esta se comportaba como si tuviera inteligencia. Es decir, tanto los escarabajos, como los gusanos y demás solamente hacían lo que cualquier otro bicho, pero estas malditas iban a por nosotros, tratando por cualquier medio subir por nuestras piernas y colarse entre nuestras vestimentas. Algo iba mal, las cucarachas no hacen eso, es más, hacen todo lo contrario, si tocan a un ser humano huyen. Qué es lo que iba a ocurrir a continuación, eso era algo que me preguntaba cada noche, cuando intercambiábamos él y yo los turnos de vigilancia nocturna para que las cucarachas no cumplieran su cometido.

Pero tardaste demasiado en venir, Sombra, y parece que aquello que había estado rondándonos durante estos días ya había reunido la suficiente fuerza como para mostrarse.

Antes de ayer mismo me desperté y lo primero que vi fue a Bruno vencido por el sueño. Me asusté e inmediatamente miré mi pijama. Nada. Miré el de él y tampoco. Eché un vistazo a los alrededores de la habitación. Absolutamente vacía, ningún rastro de cucarachas, así que le desperté con emoción y le di las buenas noticias. Sí… buenas…

Nos dirigimos al salón, donde habíamos decidido dejar a Santiago como señuelo para que los insectos lo consumieran a él en vez de a nosotros, pero por alguna extraña razón lo habían estado ignorando todo este tiempo y por culpa de ello había estado una buena temporada sin recibir tortura alguna por parte de Bruno.

Excepto hoy.

Una gran cantidad de cucarachas se iban acumulando a su alrededor, llegando a crear un cilindro oscuro de un metro y poco de altura, dejando visible poco más que su frente. Este seguía dormido, por lo que aún no se había percatado, pero, a juzgar por los gritos que pegaba cuando uno de los insectos pasaba cerca suya, era evidente que se asustaría bastante, algo que por, la alta probabilidad de que ocurriera, estaba embelesando a Bruno.

Sin embargo, por si el nivel de paranormalidad no fuera suficiente, una voz jamás antes percibida por mis oídos retumbó por las paredes del salón, proviniendo, aparentemente, de ese mismo cúmulo de cucarachas.

Ese repugnante cilindro comenzó a vibrar bruscamente y los repentinos chillidos del Flebotomista fueron la alarma que nos sacó de esa falaz realidad tejida con hilos de falsa seguridad: matarlos no sirvió de nada, y por no haber escapado en su momento ahora íbamos a sufrir las consecuencias.

Los insectos se fueron fundiendo unos con otros hasta crear una pared uniforme, la cual poco a poco fue perdiendo densidad hasta desaparecer por completo. ¿Y qué dejó expuesto a nuestros ojos? Evidentemente a Santiago, o más en concreto su esqueleto y su sangre, desperdigada por el suelo…

No lo entendíamos, sus gritos seguían resonando por el salón, y, sin embargo, claramente acababa de ser engullido por ese torbellino oscuro. Aunque pronto nuestras dudas fueron aclaradas… justo cuando de la nada surgieron unos hombres embozados en sombras, de manera similar a las plagas. Sin cara ni ropa, como sombras inexpresivas con una mentalidad idéntica a la de sus vecinos de exoesqueletos lóbregos, y, además, con unas puntiagudas garras para nada inofensivas.

El tiempo se pausó haciendo una reverencia al silencio que comenzó a flotar, enredándose en esa apabullante atmósfera. Este estaba expectante, aguardando la señal que le hiciera volver a fluir, y para ello no habría una gran tardanza…

De los cinco invasores, quienes estaban situados en una especie de formación digna de una bandada en plena migración, el que se localizaba en el vértice de la susodicha alineación, elevó su brazo izquierdo hasta formar un ángulo recto respecto al resto de su cuerpo para seguidamente inclinar la cabeza aproximándola levemente hacia su hombro, también izquierdo.

Ese fue el indicio requerido para que ambos despertásemos nuestros nervios de acero… Aunque primero debíamos correr en busca de armamento.

Bruno tiró de mí y me llevó en dirección a la habitación. En un espacio tan reducido cada segundo era crucial y debíamos encadenar nuestros movimientos para atarlos a una férrea y armónica coordinación exenta de traspiés.

Me deslicé debajo de la cama y empuñé mi katana, mientras él sacaba de cuajo el cajón superior de la mesita de noche, donde, para variar, almacenaba un cuchillo. Inmediatamente después nos dimos la vuelta con la vista puesta en la entrada del dormitorio, cuya puerta acababa de ser abierta por uno de esos seres.

Pero Bruno decidió que ese no era el lugar apropiado para combatir. Pude saberlo con una concisa frase que dijo antes de abrir la ventana de la habitación para saltar a la terraza.

-Aquí, donde mi madre dormía, no.

Permitió que yo escapara primero, él por su lado se mantendría alerta encargándose de que ninguno de ellos se abalanzara contra nosotros, aunque he de decir que me resultó extraño que nadie de los cinco se lanzara a por él cual bestia sañosa… como si supieran el motivo por el que precisamente no quería que la carnicería fuera en dicha habitación y respetaran su decisión.

Fuera como fuera, una vez ambos en la terraza, no hubo piedad por parte de ellos. Sus estrepitosos pasos tronaron haciendo casi vibrar el suelo. Bruno se lanzó de cabeza hacia el salón, donde los alaridos post mortem de Santiago habían cesado segundos atrás, y cargó contra el primer ente que apareció allí, impidiendo que estos dieran el primer golpe.

Y yo no debía quedarme ahí plantada. Mi hoja pedía a gritos ser bañada por esa tinta negra… No obstante, una orden imperante de Bruno me hizo retroceder con firme estupefacción. ¿Por qué no quería que le ayudara? ¡Esas siluetas le estaban rodeando y pronto le engullirían! ¡No! Debía ignorar lo que dijera y pensar con lógica, no le dejaría morir ahí.

Entonces me mostró la mano que sostenía el cuchillo. Con el primer ataque ya había atravesado a uno de esos seres. Desde el primer momento Bruno se había percatado de que no iban a matarnos, tal y como habían hecho con Santiago, sino que era una trampa para incitarnos a asesinarles.

-A mí ya me han cogido y ahora posiblemente me reduzcan de alguna forma. Por favor… Samanta, no los toques –puedo jurar que durante unos breves segundos los colores de su pelo se intercambiaron –. Ignora todo lo que hagan, si no te atrapan no hay peligro. Simplemente espera a la Sombra. Falta poco para que venga.

Esa especie de gelatina que había atrapado su mano comenzaba a extenderse hasta su hombro, y así avanzó hasta engullirle por completo. En cuanto Bruno fue consumido, esos sombríos humanoides crearon un torbellino en el que se fusionaron para dar lugar a una pequeña esfera de ébano, la cual se introdujo velozmente en el suelo para desaparecer y no dejar ni el más mínimo resquicio de su paso por esta casa.

El shock me impidió reaccionar durante todo ese proceso, aún incrédula ante la posible defunción de mi… compañero… Sí, quizás fui afortunada porque me libré de la trampa y además no volvieron en mi busca, pero soy esa clase de persona que prefiere mil veces antes la desdicha propia que la de un ser querido…

¿Y ahora qué?

[No fue necesario que me explicara nada más… Todo este tiempo he tratado de contenerme para no violar demasiadas leyes, pero viendo qué clase de visitantes han tenido ellos dos me parece que puedo permitirme adoptar una faceta bastante anarquista…

Conozco a esos seres que Samanta me ha descrito. Aunque pueden parecer temibles y poderosos no son más que meros sirvientes de la Corte Osaria… En efecto, han sido enviados por el propio Rey del Paraverso.

¿Por qué diantres se ha entrometido en esto? ¿Para qué quiere a Bruno? Primero un Flebotomista resucitado, después un grupo de desquiciados dirigidos por un hematólogo demente, y ahora el máximo gobernador de la dimensión de los muertos. Fabuloso.

De momento le he dicho a la chica que no se preocupe y espere mi regreso. No correrá peligro ahora que tienen al objetivo principal. Aunque, eso sí, no la he revelado nada de la existencia del lugar al que me dirijo. Simplemente he dicho que voy en busca de ayuda, pese a ser todo lo contrario.

Tengo varias cosas que hablar con el Rey Osario, y es muy poco probable que no abandone su territorio sin llevarme a Bruno de vuelta. ¿A qué está jugando? Ha metido a un vivo en un mundo cuyas leyes de la física se rigen por cuerpos ectoplasmáticos. ¿Acaso es consciente del caos que puede desatar? O peor aún, ¿tanto le interesaba capturar al chico como para arriesgar la propia estabilidad de sus dominios?

Sólo espero que la visita que Jade me hizo no hubiera tenido otras intenciones un poco distintas, porque si el Paraverso también está confabulando a mis espaldas voy a tener que empezar a considerar la opción de tomarme a raja tabla mi sobrenombre de Sombra…

Y puede que empiece a segar algo más que cosechas…]

sábado, 31 de mayo de 2014

Juventud de ceniza

Imagina que hoy es tu cumpleaños. Es un día lleno de júbilo, de auténtica felicidad. Regalos, felicitaciones, alegría, amigos, familiares, es tu día. Llega la tarta, soplas las velas y pides un deseo. Hasta ahí todo es perfecto. ¿Pero de verdad es así, todo es como lo deseas? Lo sabes muy bien, lo que celebras es el haberte mantenido con vida un año más, lo cual, por extensión conlleva el haber envejecido 365 (ó 366) días.

Puede que no sea un motivo estrambóticamente importante para fastidiar tu aniversario, pero es tan sólo cuestión de darle tiempo, de esperar a que pasen las horas y sean más de las doce de la noche, ya transcurrido tu cumpleaños. Este será el momento preciso para que la melancolía aflore y regrese a tu mente con más fuerza que nunca aquello que has estado evadiendo: te haces mayor.

Y es que, conforme pasan los años y abandonas tu juventud para dar la bienvenida a la adultez, el anhelo por poder viajar al pasado va acrecentando. Sí, te encantaría regresar a cuando tenías diez años y preparabas esos magníficos trabajos de plástica, o a cuando eras un crío de unos cinco años cuya única intranquilidad era el no levantarte muy tarde para así no perderte los dibujos que echaban por la mañana en la televisión. Esos eran momentos de gloria, de pura despreocupación.

Sin embargo, aúllas frente al espejo, replicando al mismísimo Dios del Tiempo que te dé una tregua, pero pronto te percatas de que esta deidad no es nada piadosa y que, a medida que los años pasan, la velocidad de los mismos transita de manera vertiginosa. Estás inyectado con un virus de aceleración constante. No hay ninguna forma de curarte, cada vez tu cuerpo evoluciona de forma más rápida y sabes, aterrado, que es cuestión de tiempo que un día, al levantarte de tu cama, lo que veas reflejado sea un decrépito ser al borde de la defunción.

Habrás perdido tu energía, tu belleza, tus reflejos, tus ganas de divertirte… Sólo quedan restos cremados de aquello en tus recuerdos. Ahora sólo permanece un humano arrugado al que le tiemblan las extremidades y que únicamente espera a que su biología se apague para siempre…

Eres consciente de que para ese aliento final quedan muchos años todavía, pero, aun así, sabes que ya no quedan tantos como hace una década, cuando aún ni siquiera podías presumir de tu mayoría de edad. El tren en el que vas montando cada vez adquiere más velocidad, te guste o no. No obstante, sigues convencido de que la solución a este miedo que posees es continuar lamentándote, no sin antes haberte cerciorado de que empuñas tras de ti una pequeña bandera blanca, ya que con esta táctica no tardarás mucho en mostrar rendición.

Cuán equivocado estás, pues, como en cualquier otro problema, la verdadera forma de enfrentarse a aquello que te incomoda es plantándole cara hasta el punto de que el que ahora cause auténtico miedo seas tú. ¿Qué debes hacer? Sencillo, tan sólo asumir que es imposible recuperar esos días pasados.

Sé que es triste percatarse de que lentamente vas soltando las manos de la juventud con la intención de dejarla caer al vacío para reunirse con los dos cadáveres flotantes de los que no hace mucho también te desprendiste: la niñez y la adolescencia.

Cada día que pasa es una puñalada que magulla tus manos y debilita tus nudillos. Se vuelve más y más complicado seguir sujetando a esa compañera de la que no te quieres deshacer. Volteas un segundo la cabeza y vislumbras a la adultez, llamando tu atención. Es una señora gris, apática, con nada que destacar positivamente. Y para colmo, detrás de ella, aguarda una compañera peor a la cual apodan sus hermanas El Preludio a la Muerte. Con tan sólo mirar a estas dos un sabor amargo recorre tus papilas gustativas. Queda poco para que ya no haya nada más interesante por lo que vivir, faltando únicamente los episodios más monótonos y estáticos.

Pero, pensémoslo de este modo, ¿hay algo en concreto que te obligue a actuar así a partir de ahora? ¿Acaso alguien te ha puesto una pistola en la sien obligándote a transformarte en un ser aburrido embutido en un traje incoloro de empresario? ¿Es que van a lobotomizarte para trastocar tu comportamiento y convertirte en un código de barras viviente?

Veamos, ¿con qué relacionas la juventud? Vigor, felicidad, socialización… El buen vivir en general. Pero, ¿realmente estos rasgos están ligados única y exclusivamente a esta etapa de la vida? ¿O tal vez simplemente así es como lo asignas tú?

Sintiéndolo mucho esta última pregunta es la real. Solamente tú eres el encargado de destruir tu futuro al considerarlo una inutilidad en comparación a tu presente. En cambio, así como eres el culpable de marchitarte volitivamente, también tienes el poder necesario para seguir de manera invariable con el modus vivendi que has llevado a cabo durante estos años. Porque, si te olvidas de pensar día sí y día también que estás envejeciendo, ¿tu cerebro se dará cuenta de ello o continuará, divertido, distrayéndose?

La vejez no tiene relación con la biología, sino con la psicología. Tú has estado todo este tiempo pudriendo tus células, quebrando tus tendones, atrofiando tus músculos, oxidando tus huesos, demacrando tu estado anímico. Eres el reflejo decrépito de tu fobia a los años, un sujeto que preferiría derrochar la mitad de su vida en fallar estrepitosamente tras miles de intentos en encontrar la pócima de la juventud en vez de disfrutar de ese tiempo que es tan valioso.

Por supuesto que no será lo mismo, se habrá cambiado tu carcasa por otra, pero eso conlleva algo tan beneficioso como una mejoría del interior. No lo veas como un “me hago más mayor”, míralo más bien como un “consigo más experiencia”. Porque olvidamos que envejecer también tiene sus pros, los cuales son bastante más numerosos que los contras.

¿Pero sabes lo que pasa? Te has acostumbrado demasiado a esta carcasa a la que pronto tendrás que decir adiós. Te has encariñado con ella, y gran parte de esto es ajeno a ti… No hay más que ver la publicidad de cualquier índole. Los actores más allá de la treintena hacen el papel de personas con algún tipo de problema, mientras que los más jóvenes comparten el plano con momentos y productos que son sinónimo de diversión y felicidad. Este mundo gira en torno a un canon manchado de sangre mediática. No me extrañaría que un día se impusiera un límite de edad y fuera ejecutado aquel que lo sobrepasara. Normalmente las pocas películas futurísticas que aciertan con el curso de nuestra línea temporal son las de carácter catastrófico. Una pena.

Desafortunadamente, mis palabras no son ningún tipo de antídoto para esa fobia incongruente que todos, yo inclusive en mi época, tenemos. La depresión seguirá acechando la apacibilidad de tu mente, el pánico permanecerá disfrazado distorsionando tu concepto de adultez, y la ansiedad continuará estrangulando tu ideal de futuro. ¿Permitirás que maten a ese niño que todos llevamos dentro?

No, no lo hagas. Arráncate esos filtros desgastados que están cosidos a tus córneas y frótate los ojos para limpiarlos. No dejes que los demás te digan cuándo has de parar de vivir y cuándo tienes que comportarte como un androide adiestrado. Sólo tú puedes dictaminarlo, y espero que la sabiduría que has ido reuniendo estos escasos años que llevas con vida te haga reflexionar. Yo no voy a conseguir nada si tú no cedes a las plegarias de tu cerebro, aquel que te pide de rodillas que no le obligues a volverte un ente inanimado.

Puede sonar raro, puede resultar extraño, parece imposible lo que digo, ¿mantenerse joven por siempre? Es de locos… Sin embargo, reitero, tiene que ver más con cómo te tomes el transcurso de los años que con el aspecto físico.

“Me ha salido una pata de gallo”. “Tengo una cana nueva”. ¿Y qué? ¿Eso va a ser suficiente para detener a esa persona que antes tenía la energía necesaria como para comerse el mundo entero? ¿Van a derrotarte un par de cambios que tienen menos importancia que el ciclo vital de las amebas? Aún estás a tiempo de cambiar tu modo de ver tu envejecimiento. Las cosas como son, el vaso tan solo está a la mitad, ni medio lleno ni medio vacío.

Así que continúa el camino sin enlentecer ni un ápice, mantén el ritmo e ignora las habladurías. Que las falacias no te aprisionen, lo que dejas atrás no es más que polvo, ceniza, que dará lugar a una carcasa nueva, reluciente… Siempre y cuando así lo desees y no agaches la cabeza mostrando una pereza conformista, porque entonces tu pesadilla se hará realidad, y la próxima vez que te veas reflejado sólo verás un cadáver viviente…

Una vez dicho todo esto, es evidente que simplemente el pavor te ha engañado y te ha hecho ver una realidad que puede ser bastante diferente según la actitud que tomes a medida que el valor de tu edad vaya aumentando… Ya te has percatado de que ser viejo no es cuestión de tiempo, sino de ti mismo.

Así que tú decides, mi joven cenizo.

domingo, 25 de mayo de 2014

El Consejo de los Seis Puñales: Agua [14]

El destello fue perdiendo fuerza y mostró una densa niebla ajena atípica con respecto a la atmósfera de Voltium Nekro. Luzbel transformó sus ojos para recobrar sus alargadas pupilas demoníacas, de tal forma que consiguiera ver con más nitidez. 

Distinguió en la lejanía una mancha. Era la silueta de alguien. Trató de preguntar quién era, pero nada más abrir la boca la niebla inundó su boca, como si fuera un agresivo parásito, impidiéndole hablar. Sin embargo, aún sin decir nada, obtuvo una curiosa respuesta de ese supuesto desconocido.

Un rayo fue disparado contra Luzbel, lanzado por el susodicho extraño. Afortunadamente parecía ser que también tenía dificultades con la visión, ya que el ataque no llegó a alcanzarle… quedándose a escasos centímetros de su mejilla izquierda, sintiendo durante unos instantes hasta el calor momentáneo de la electricidad.

Afinó la vista y se percató de que ese disparo podría no tener intenciones hostiles, pues esta persona continuaba lanzando rayos por doquier, sin tener una diana específica. ¿Qué pretendía hacer, entonces? Seguramente, si el Lengua Vil se acercaba para verle mejor, no correría la misma suerte que antes y sería alcanzado por uno de esos aparentes ataques.

Pero tenía otra opción en mente para averiguar qué sucedía. No sospechaba que fuera un enemigo, de hecho, si estaba en lo cierto y eso eran hechizos, ya se hacía una idea de quién se trataba. Pese a ello, había de ser precavido, así que empuño el Puñal Poseído y lo potenció con toda la magia posible, provocando que la amatista que había engarzada brillara de manera desorbitada. Acto seguido, liberó sus alas y drenó el poder del arma para dotarlas de una fuerza desmedida. Con la amatista como faro, dio fuertes batidas con las alas creando una potente corriente de aire en dirección al extraño. La niebla, tal y como previó Luzbel, se fue despejando y pronto el desconocido advirtió la lumínica señal, dejando de disparar inmediatamente.

Al cabo de unos segundos ya se podían apreciar los detalles del entorno, y por extensión los de aquella silueta. Luzbel acertó con su suposición, era el Señor Zrak, con una expresión en su cara de completo pavor.

-Oh, menos mal. Estaba al borde del colapso mental.

-¿Por qué te has puesto a lanzar conjuros sin ton ni son? ¿No ves que es peligroso? Podrías habernos dado a alguno de nosotros.

Tras ello, Luzbel volteó la cabeza de un lado a otro, tratando de buscar al resto de hechiceros que habían acudido a la reunión en la Torre Volta, pero no encontró a nadie más.

-Un momento… ¿y el resto?

-No hay nadie más. Sólo estamos nosotros dos, rumbo a las Marismas. Y… mis disculpas por esa actitud tan caótica. Tenía mis… motivos.

-¿Motivos? Casi me matas. ¿Qué te ha impulsado a hacer eso? Si puede saberse…

El Electromante se mordió el labio inferior y seguidamente se rascó la nuca. Estaba incómodo. Verdaderamente le era difícil explicarle al Brujo la razón de aquel comportamiento.

-Te puede resultar raro… e incluso cómico e inverosímil, pero… no soporto la niebla, simple y llanamente me da miedo.

-Cada uno tiene sus temores. No hay motivo por el que me tenga que parecer cómico. No por ser un Rey has de ser impávido.

-…

-Y, bueno, ¿qué es eso de que ya estamos de camino a nuestro destino? Lo último que recuerdo fue esa luz que invocó Amach.

-Con ese conjuro rematerializó nuestro cuerpos, enviando a priori sus moléculas a una región cercana al lugar al que vamos. Ese hechizo por desgracia tiene un rango límite, y por ello no ha podido enviarnos directamente a las Marismas, así que nos ha trasladado lo más cerca posible. Un fastidio que hayamos ido a parar justamente a las Colinas Pálidas. Podría habernos enviado a una zona colindante por lo menos… aunque se encontrase más lejos.

-¿Este sitio se llama las Colinas Pálidas? Nunca antes he oído hablar de ese nombre, pero si esta región ha sido bautizada es porque tiene algo de importancia, ¿estoy en lo cierto?

-Me temo que sí. Estos terrenos son conocidos por estar invadidos de forma perenne por niebla. No importa que haga calor, viento o lluvia. Una densa atmósfera siempre recae sobre este lugar. Más de un viajero se ha perdido aquí y ha sido encontrado días después como un amasijo de huesos… Quizá por eso me disgusta en demasía la niebla, tan silenciosa y desconocida, con esa letalidad insidiosa... Se me pone el vello de punta.

-¿Y si tanto te aterra la niebla, sabiendo que próximo a las Marismas Cinéreas hay un terreno de este tipo, por qué no le sugeriste a Amach otro destino para ti?

-¿Cómo podría hacer eso? Como monarca quedaría en evidencia y deshonraría a los míos mostrando tal asustadizo comportamiento. Además… confiaba en que nos llevaría a otro lugar que no fuera este… incluso creía que directamente nos iba a dejar al lado del desembarcadero de los Aguas Turbias, que tampoco es que esté precisamente muy lejos de Voltium Nekro.

-Bueno, al menos el mal rato ya ha pasado y no ha sido para tanto, ¿no?

-No puedo quitarte la razón, sobre todo porque podría haber resultado bastante peor este asunto. Si hubiera llegado a darte con alguno de esos rayos… no me lo hubiera perdonado en la vida.

-No te preocupes, esa realidad alternativa en la que me matas quedará en el olvido. Y… cambiando de tema, ¿por dónde se va a las Marismas?

-Buena pregunta. En teoría deberíamos poder ver a lo lejos una montaña partida en dos. A través de su fisura iremos directos a parar a la costa. La cuestión es –añadió mientras miraba a su alrededor –… que no veo nada parecido por aquí.

-¿Estás seguro de que estamos en las Colinas Pálidas?

-¡Por supuesto que sí! No puede haber otro lugar con una niebla tan densa. Así que no, no es que estemos en el lugar equivocado, sino que de alguna forma algo nos impide visualizar la montaña de la que te hablo.

-Pues ya me explicarás qué puede impedirlo. Es una montaña, no puede ocultarse tan fácilmente.

-Salvo por magia –respondió Muerte Fugaz con total convicción –.

-¿A qué te refieres? ¿De verdad existe algo así?

-Chico, ¿qué es exactamente la niebla?

-Técnicamente son nubes a un nivel más bajo de lo normal y en una aglomeración desmesurada. Es tan sólo un cúmulo de agua en estado gaseoso… No entiendo la pregunta.

-Exacto. Agua…


De repente, una fuerte corriente de aire, mucho más potente que la que desató Luzbel con sus alas para despejar el lugar, trajo consigo una gran masa de niebla, la cual era tan espesa que a ambos hechiceros les pareció que estaba rodeando sus extremidades y les estaba maniatando como si de enredaderas se tratase. Sin embargo, esto último no era precisamente una falsa sensación. Era real.

-Hacía tiempo que no aparecían intrusos por estos lares –dijo la joven voz de una mujer, con un tono claramente amenazador –. Y bien, ¿qué os trae? Meditad vuestra respuesta.

Ninguno de los dos era capaz de hablar, si abrían la boca la neblina se filtraría en sus árboles bronquiales y correrían el riesgo de morir asfixiados. En cambio, esto parecía que era ignorado por la depredadora. Exigía que hablasen, pero no podían, y cuanto más tardaban en responder más densa e inmovilizadora se volvía la niebla. Un círculo vicioso que desembocaría en muerte al no ser que alguno de los dos encontrara una solución.

Por fortuna, así fue. El Señor Zrak, obviando en ese momento su acérrimo terror a ese tipo de atmósfera, desprendió de la yema de sus dedos finos y minúsculos relámpagos que se adhirieron a las cargas eléctricas de las moléculas de agua de ese vapor y trazaron un mensaje.

“Suéltanos. Sólo queremos hablar.”

-¿Y hay algún motivo por el que deba fiarme de tus palabras? –inquirió, apretando con más vigor sus extremidades –.

Otra oleada de rayos formó la respuesta a su pregunta. “Amach el Sabio”. Confiaba en que el nombre del Clarividente fuera suficiente para sacarles de ese apuro.

-¿Qué quiere ese viejo ahora de nosotros?

Afortunadamente el Señor Zrak jugó bien sus cartas. Tras un leve suspiro por parte de la desconocida, en señal de molestia, fue reduciendo la presión de esos grilletes gaseosos. Una vez libres, la niebla se fue arremolinando en un punto concreto del aire hasta crear una silueta grisácea que lentamente dio forma a una hechicera vestida con una armadura azulada de mallas con pinceladas grises. No obstante, lo que destacaba de verdad era su pelo, el cual era de una pigmentación aguamarina, coloración nunca antes vista por los otros dos en lo referente a tonalidades capilares. Entre ese color y esa asombrosa longitud, llegando su cabello hasta sus talones, parecía que de su cabeza brotaba un manantial de agua puramente cristalina.

-Nos ha dicho que buscásemos a los Aguas Turbias para avisarles de que puede que dentro de poco les llegue una desagradable visita.

-¿Va a venir alguien más?

-Sí. Y este viajero sí que puede traer problemas. Nosotros sólo somos mensajeros. Queríamos ir a las Marismas Cinéreas para avisar a los Nerónicos, pero nos hemos perdido aquí… Ni siquiera hemos podido vislumbrar la montaña que sirve como conexión entre el desembarcadero y las Colinas Pálidas… ¿Serías tan amable de llevarnos? De verdad que no tenemos ninguna intención hostil, es simplemente informativa.

-Yo misma les entregaré esta información sin necesidad de que avancéis más. Por si no os habéis percatado, yo también soy una Nerónica. Mi nombre es Mei Aliento Gélido.

-¡Tú! –exclamó Luzbel con fascinación –.

-¿La conoces? –preguntó el Electromante alzando el ceño –.

-De los hermanos Aliento Gélido. Es la hechicera de su clase que mejor controla el hielo, aunque al ser hermana de Sag Aliento Gélido, el mejor Nerónico dominando el vapor, también posee una asombrosa maestría con el agua en estado gaseoso.

-Así que no era una Nerónica simplona quien nos estaba acechando. Puedo suponer entonces que eres tú quien ha mantenido esta niebla todos estos años en las Colinas Pálidas, ¿cierto?

-Te equivocas, monada.

Esa respuesta provino de la nada, o eso creyeron el Señor Zrak y Luzbel hasta que una especie de fantasma compuesto de humo abrazó por la espalda a Muerte Fugaz para después atravesarle y colocarse en frente de él, mirándole fijamente con dos huecos vacíos que marcaban la localización de los ojos de aquel espectro vaporoso.

-Y tú debes ser –dijo el Lengua Vil señalando a la figura gaseosa –… Sag. Se me haría raro que estuviera equivocado. El hermano pequeño de Mei siempre está a su lado.

-Se ve que no tengo motivos para continuar en este estado –contestó tras realizar un proceso similar al de su hermana, volviendo tangible su cuerpo y mostrando a un chico de no más de veinte años con una armadura idéntica a la de Mei y un peinado corto de un color azul pálido–. ¿Os gusta cómo he dejado este lugar? Da miedo, ¿eh, Electromante?

-Un respeto, joven. No estás hablando con un Electromante cualquiera. Soy el Señor Zrak Muerte Fugaz. Rey máximo de los Electromantes. No toleraré otra falta semejante.

-¿Y qué harás, cobarde? ¿Quieres volver a verte envuelto en una niebla capaz de oprimir tu cuerpo y hacerte estallar?

-Basta ya, Sag –intervinó la Nerónica –. Aun si fueran enemigos de verdad, siempre hay que mantener la educación. Sobre todo si estamos frente a un hechicero de tal calibre.

Su hermano no respondió, tan sólo se limitó a convertirse nuevamente en vapor y difumanirse con el entorno. Mei afirmó que siempre hacía lo mismo en este tipo de situaciones en las que ella le regañaba, yéndose él hacia las Marismas. Pidió disculpas y despejó finalmente el terreno, mostrando, esta vez sí, la montaña que buscaban los dos hechiceros.

-No puede ser. Mi compañero antes también apartó la niebla y no fuimos capaces de hallar esa montaña. Y a la vista está que su tamaño hace imposible no detectarla… ¿Cómo lo has hecho?

-Si únicamente hubiera estado rondándoos mi hermano, eliminar esas nubes hubiera resultado más que suficiente para continuar vuestro viaje, pero por ello yo también me encargo de salvaguardar este sitio. Yo no evoco solamente niebla, sino que además le añado microscópicos fragmentos de hielo para que esta sea más mortífera. Cuando tú, Brujo, apartaste la niebla, dichos cristales quedaron flotando en el aire debido a su ínfimo peso. Para mí fue absolutamente sencillo manejarlos para que formaran un imperceptible espejo que impidiera que mantuvierais contacto visual con el horizonte, teniendo cuidado, por supuesto, de que vosotros mismso no quedaseis reflejados, para que así fuese menos evidente que estabais siendo engañados.

-Ya decía yo que se trataba de algún hechizo.

-En efecto, acertaste. Por esta misma razón me vi obligada a intervenir. Un alivio que no haya acabado esto en tragedia, ¿no pensáis?

-Sí… Aunque esa fatídica sensación de muerte no me la va a quitar nadie.

-Hay que pagar un precio por haberos adentrado en los dominios de unos hechiceros tan desconfiados como nosotros. Tiempo atrás nos hicieron mucho daño y ahora nos cuesta no mantenernos a la defensiva cuando alguien ajeno a la hidromagia se aproxima.

-Entonces… ¿has cambiado de opinión y nos permitirás ir al desembarcadero?

-Podría decirse que en estos pocos minutos he reflexionado. No había más que ver a Sag, aunque su actitud puede quedar justificada por su constante infantilismo, no creáis que el comportamiento del resto de Nerónicos difiere mucho del suyo… Estaría bien que os conocieran y se percataran de que hay gente que incluso quiere ayudarnos.

-Eso es fantástico, pero si vamos a ser amenazados de muerte nada más poner un pie en las Marismas nos vamos a tener que ver obligados a rechazar la oferta.

-No os preocupéis lo más mínimo. Si os ven conmigo no os tocarán. Nadie se atrevería a enfadar a la capitana de la Tripulación Aguas Turbias.

-No es posible. ¿Y el antiguo capitán, Quid Mareas Nocturnas?

-Murió hace cuatro años de una inexplicable enfermedad que también le arrebató la vida a varios Nerónicos de las Marismas. Fue su voluntad que yo tomara el puesto de capitán, así que desde entonces yo he estado al cargo de todos esos valientes que decidieron vivir fuera de Acqua Hospitium, nuestro refugio subacuático. Desde aquel día opté por encargarme personalmente, junto con Sag, del mantenimiento de la neblina de las Colinas Pálidas, reforzando su seguridad. Es por eso que ya ni los más temerarios se atreven a adentrarse, puesto que la letalidad de este lugar ha aumentado con creces.

-Vaya, no me gustaría pensar que Amach nos condujo aquí a propósito, en el caso de que conociera la hostilidad de estas tierras.

-Más que intenciones homicidas, lo que puso fue confianza en nosotros. Él sabía que no nos iba a suceder nada malo, y ha acertado. De hecho ha creado la oportunidad perfecta para que podamos llegar a las Marismas Cinéreas sin que nos volatilicen.

-Ahora que lo dices es verdad. Sin esta cadena de acontecimientos nunca te habríamos conocido, Mei, y, en el caso de haber localizado la montaña, nos habríamos adentrado en el desembarcadero sin saber que los Aguas Turbias podrían atacarnos.

-Puede que no me agrade mucho ese hombre, pero por algo le llaman el Sabio. Todo lo hace por una razón en concreto, y sus decisiones siempre atraen a la buena suerte.

Sin perder más el tiempo, los tres marcharon en dirección a la fisura de aquella quebrada montaña. En cuestión de veinte minutos ya estaban caminando a través de ella, esquivando las pequeñas piedras que se desprendían desde arriba y saltando las grandes rocas que se interponían en su camino. ¿Qué o quién provocó tamaña grieta? Esta era una pregunta que nadie sabía responder, aunque, como muchas otras cicatrices de esta índole, se le solía achacar a los últimos momentos de un Ancestro.

Poco a poco se iba percibiendo el sonido del oleaje y el inconfundible aroma costero. Sin embargo, no fue precisamente esto lo que hizo que comenzaran a acelerar la marcha, sino la contemplación en la lejanía de una larga columna negruzca de humo que se alzaba una considerable cantidad de metro hacia el cielo. Algo estaba ardiendo.

-Me adelantaré –contestó Mei mientras se transformaba de nuevo en vapor, con la finalidad de llegar más rápido a las Marismas –. No tardéis mucho, por favor. Me temo lo peor.

Luzbel y el Señor Zrak se miraron mutuamente. Habían venido a hablar con los Aguas Turbias debido a la sospecha de que el objetivo al que rastreaban en Voltium Nekro hubiera puesto rumbo a su territorio. Por lo tanto, cabía la posibilidad de que…

No, les parecía imposible que hubiera llegado ya, no había forma humana de que les hubiera adelantado y, para colmo, hubiera evadido de forma tan sigilosa la trampa de las Colinas Pálidas. Sin embargo era evidente que había ocurrido algo en el desembarcadero.

Ambos asintieron, el Lengua Vil se convirtió íntegramente en un Demonio y empleó sus alas y sus pezuñas para adquirir una velocidad vertiginosa. Por su parte, Muerte Fugaz se fue teletransportando cada varios metros conjurando relámpagos caídos del propio cielo, tal y como hizo la primera vez que se presentó al Consejo de los Seis Puñales.

El Gran Brujo Demonólogo, al valerse solamente de su fuerza física para aumentar su velocidad, fue el último en llegar. Lo que contempló fue descorazonador. El muelle entero había sido reducido a cenizas, barcos inclusive. Las pequeñas casas de los alrededores habían sido sustituidas por grandes montículos de ceniza. Además de ello, entre toda esa destrucción calcinada, había por el suelo un gran número de cadáveres envueltos en llamas. Y aún quedaba algo más…

Mei permanecía de rodillas al lado del Electromante. Era como si sujetase algo entre sus brazos. Luzbel se acercó con lentitud, todavía en shock por tal imagen. Pero la conmoción acrecentó súbitamente cuando descubrió que lo que sostenía la Nerónica era ni más ni menos que su hermano, aquel joven al que habían visto escasos minutos antes, tan repleto de vida… Ahora era otro cuerpo inerte que adornaba ese paisaje asolado por el fuego. Su rostro, intacto, mostraba una fúnebre paz que hacía confundir su muerte con un simple letargo. Por el contrario, su cuerpo había sido devorado por las llamas y había quedado decrépito y ennegrecido, aún caliente.

-¿Qué… qué ha pasado aquí?

-A juzgar por esta devastación masiva, esto es obra de un hechicero. Y viendo que Sag también… Ejem, sin duda alguna el atacante ha pasado por aquí hace poco tiempo.

-¿Un hechicero que controla el fuego contra toda una legión de Nerónicos? ¿Cómo ha podido vencerles? Y, aunque fuera más de uno, es imposible que la magia ígnea cause tantos estragos en un entorno en el que predomina la hidromagia. No lo entiendo…

-Es fuego del Núcleo –respondió la Aliento Gélido con una voz apagada –. Lo sé porque cuando he llegado aún había pequeñas llamas devorando el cuerpo de mi hermano. Quise apagarlas, pero fue en vano. Ni siquiera un conjuro de agua con una concentración abundante de maná fue capaz de extinguirlas. Tuve que esperar a que la propia energía de las mismas se consumiera… La hidromagia es inútil contra hechizos de fuego del Núcleo. Quien haya venido a atacarnos sabía muy bien cuál era nuestro punto débil.

-Señor Zrak, ¿crees que esto lo puede haber hecho el mismo al que rastreamos?

-No puedo decir que sí, pero tampoco puedo negarlo. De todas formas, suponiendo que sea así, ¿lo que estamos buscando es un Vulcano? Me extraña que exista uno que posea tanta agresividad.

-¿Y si regresamos a Voltium Nekro y le decimos a Amach que nos lleve a hablar con Rubí Termoclastia? Sea nuestro objetivo o no, es evidente que uno de los suyos está fuera de control. Este ataque a los Aguas Turbias no tiene razón alguna de ser.

-Podría ser una opción, aunque…

El diálogo de ambos se vio interrumpido por Mei, quien repentinamente, cabizbaja, dejó a su hermano en el suelo y se incorporó, limpiándose las lágrimas y dirigiéndose hacia la orilla.

-Oye, Mei, ¿a dónde vas?

Se giró y enseñó a los dos una expresión repleta de sed de venganza. Sus dientes rechinaban por el odio, y en sus pupilas podía detectarse cuánto deseaba ver la cabeza cercenada del hechicero que había cometido esta atrocidad.

-A Acqua Hospitium. El Hidrófilo ha de saber lo que ha pasado hoy aquí.