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Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

sábado, 14 de febrero de 2015

Especial San Valentín: Anatomía

Un cubo de agua fría me despertó de sopetón. Tras acostumbrarme al repentino acelerón que acababa de tener mi corazón, mis nódulos sensoriales percibieron que me hallaba en una postura incómoda, con las manos atadas a mi espalda y de rodillas, con un tacto áspero en los tobillos similar al de las muñecas, así que seguramente también tendría los pies inmovilizados…

-Despierta, mi dulce niño.

Fue la siguiente información que recibí. Una melosa voz femenina, casi como un susurro relajante. La persona que me hubiera hablado estaba a escasos centímetros de mí, tal vez con la cara pegada a la mía. Aún no podía abrir los ojos, y ni por asomo mis habilidades lógicas todavía me habían hecho relacionar el cubo de agua con aquella desconocida.

Una bocanada de aire me condujo a la realidad. Ya estaba activo por completo. Y, como era de esperar, un rostro sonriente le dio la bienvenida a mi sentido de la vista. Su cabello era liso y negro, el único maquillaje que tenía reposaba sobre sus labios en forma de carmín de ébano, y su piel me hacía imaginar que tenía aproximadamente veinte años, por lo que rondaba mi edad. Estaba de cuclillas, mirándome detenidamente a la espera de cualquier respuesta por mi parte.

La ignoré, tenía mayores preocupaciones en ese instante, como determinar dónde me encontraba y por qué apenas podía movilizar mi cuerpo… Primero empecé girando la cabeza a un lado y a otro, percatándome de que estaba en un habitáculo poco iluminado y bastante harapiento, tal vez un sótano. Lo segundo fue observar mi cuerpo, lo cual me hizo comprender que estaba de rodillas, con una burda cuerda atando mis pies. Con respecto a mis brazos, estos rodeaban una delgada viga de madera que se situaba justo detrás de mí, concluyendo el rodeo con mis manos unidas por una cuerda con posiblemente las mismas características que la de mis miembros inferiores.

-¿Por qué estoy aquí? ¿Qué ocurre?

Era el momento preciso para recopilar información fuera de mi alcance, y para ello no tenía otra alternativa que entablar conversación con esa extraña chica. ¿Sería amiga o enemiga? Aunque el mal despertar que supuestamente me había provocado ella no auguraba nada esperanzador.

-Todo a su tiempo, pequeño. Primero quiero ponerte al día.

¿Por qué esas coletillas afectivas? Mi niño. Pequeño. ¿Qué le daba la libertad de hablarme así? No la conocía para nada. ¿Quizá fuera su forma de dirigirse a las personas? Algunas veces me he topado con gente así, y siempre me han puesto de los nervios. No soporto cariños sinsentido e inmerecidos… Pero si dejar que se dirigiera hacia mí de tal forma me iba a permitir salir airoso de tal situación, sería mejor seguir la corriente.

­-Está bien –asentí–. Cuéntamelo todo, por favor.

Me dio un beso en la frente y posó su índice y su corazón izquierdos en mis labios. Retiró su boca y volvió a mirarme como la persona que admira una obra de arte en un museo… Puede que cualquier otro individuo se sintiera halagado, pero yo no pude evitar mostrar una expresión de auténtico desconcierto. O una de dos, o había sufrido amnesia y no la recordaba o verdaderamente no la conocía. Y, si la opción correcta era la segunda, habría de prepararme para cualquier reacción que ella tuviera.

-Comencé hace tres años –respondió mientras poco a poco se iba poniendo de pie–.Te vi por primera vez en el autobús, yendo hacia la Universidad con tu recién estrenada bandolera de cuero. Me fascinó cómo examinabas cada dos por tres a la misma, procurando que quedase impoluta y no tuviera ningún desperfecto. Después te bajaste en la zona universitaria de las Facultades de ciencias… Sí, eras un chico de ciencias, eso fue lo que me llamó la atención definitivamente.

-Bueno, sí, estoy en tercero de…

-De Psicología, lo sé. ¿O piensas que la cosa quedó en miradas furtivas en un mero medio de transporte público?

-¿Qué quieres decir?

-Me empapé de tu vida diaria, empecé a saber los días que salías a comprar, los que dabas paseos y los que te quedabas encerrado en casa. Estos días en los que te mantenías en tu hogar eran los más complicados para observarte, pero me las arreglaba para ver casi todos tus movimientos a través de las ventanas…

-¿Me… me acosabas?

-¿Cómo puedes llamarle acoso a las incesantes citas que teníamos? Cada prenda que te ponías llegaba a tocar el fondo de mi ser. Siempre fantaseaba con lo que te pondrías a la mañana siguiente y la mayoría de las veces me complacías haciendo que acertara en mis deseos indumentarios. Esas corbatas pintorescas, esas zapatillas informales, esas camisetas oscuras… ¿Sabes la de veces que me he imaginado, ya echada en mi cama de noche, arrancándote la ropa y llevándote hasta lo más íntimo de mi ser? Eres el causante de que mojara cientos de veces las sábanas.

-Vale, esto se nos está yendo de las manos… Por favor, desátame y podremos hablar mejor del tema.

-No… no puedo hacer eso, mi cielo. Porque te opondrías y te defenderías cuando llegara la hora mágica en la que fusionemos nuestras almas.

Haciendo caso omiso a mis reiterantes promesas de que no me negaría fuera lo que fuera, ella hizo que me callara al desabrocharse sus vaqueros y dejar a la vista una refinada lencería negra.

-¿Quieres que me quite la blusa también?

-No –respondí con tono nervioso, tratando de no prestar atención a su esbelta figura y su sugerente ropa interior y luchando contra mis inoportunos y poco agradables instintos primarios–. Quiero decir… No es necesario, es febrero y no quiero que te resfríes por estas temperaturas bajas.

-Cariño, da igual que nos encontremos en el cero absoluto, porque es verte y padezco de un incontrolable calor. ¿Me ayudarías a aplacar estos ardores?


Era incomprensible pero efectivamente había vuelto a obviar mis peticiones y se estaba abriendo la blusa. Desabrochó los dos botones de la parte superior y los dos de la parte inferior, dejando el del medio intacto. Con ello se aseguró de que captara el mensaje visual de que no llevaba sujetador.

Cuando se fijó en que mi estado de nerviosismo acrecentaba por momento, me lanzó una sonrisa pícara y me dio la espalda. En ese instante se la quitó por completo y dejó su torso al desnudo. Ahora, quieta, retozando con sus manos en su piel, parecía esperar una respuesta. Y yo, con mi ingenuidad irrevocable, creyendo que aún podría salir ileso de la situación, proseguí con mis absurdas frases.

-Bo… bonita espalda. ¿Podría verla más de cerca? Es que estas ataduras me impiden hacerlo…

Rió. Estaba claro que en lo referente a tratar de escapar yo no era nada sutil. De hecho, estaba empeorando las cosas y dirigiéndolas por uno de los caminos que menos deseaba… Ella se había dado la vuelta, dejando expuestos sus pechos.

A paso lento, exhibiendo cada movimiento de su silueta para mí, se situó a pocos metros a mi izquierda y acarició la cuerda de mis pies. Me miró y me susurró al oído que si de verdad anhelaba tanto liberarme de aquello. Confuso, asentí con la cabeza. ¿Sería esta mi oportunidad?

Ella alcanzó un cúter de una mesa repleta de herramientas y se dispuso a cortar mis grilletes improvisados. Nada más liberó mis piernas me puse en una postura más cómoda, estirándolas. No obstante, mi calma duró poco cuando me percaté de que volvía a dejar el cúter donde estaba, sin cortar la otra cuerda.

-Oye… amiga –dije al recordar que ni siquiera sabía su nombre–. Creo que te has olvidado de la otra parte. Mis muñecas están un poco doloridas, ya sabes.

-Oh, así que quieres movilizar de nuevo tus manos, ¿eh? Algo me dice que si hiciera eso te lanzarías directamente a palpar ciertas posesiones mías –haciendo una evidente referencia a sus senos, que de hecho hasta colocó sus manos en ellos–. Sé paciente, si lo que quieres es desatar tu bestia interior, yo satisfaré tus deseos más oscuros cuando el momento pertinente llegue. Pero aún toca aguardar.

Agaché la cabeza, defraudado. ¿Qué historia se había montado en su cerebro? ¿Cómo iba a asaltarla sexualmente si ni la conocía? ¿Por qué me estaba haciendo esto? Entiendo que las personas podemos ir por la calle y de repente quedarnos embaucados ante cierto individuo o individua, pese a que me resultara extraño que a ella le hubiera sucedido conmigo, pero, de eso a seguir con pura obsesión las actividades cotidianas de alguien, hay un tramo más grande incluso que el tamaño de sus…

Agh…, ya estaba actuando como un insignificante descerebrado de esos que tanto critico. Me era imposible no mostrar cierta atención a su imagen. Tal vez influyera algo que esa era la primera vez que veía una mujer semidesnuda en vivo y en directo, pero aun así tenía que mantenerme frío como un témpano, porque definitivamente estaba usando su cuerpo como un arma para atolondrarme y caer en la perdición, y no lo iba a lograr, ya que lucharía hasta que no me quedasen fuerzas.

-Te veo pensativo… ¿Ocurre algo? ¿Tanto deseas sentir su tacto?

¡Y eso no ayudaba en absoluto! ¿Y ahora qué debía responder? Si contestaba afirmativamente, siendo yo su… ¿amor platónico? Me liberaría y fingiendo un poco saldría ileso, pero también podría pensar que era un grotesco troglodita en cuyo cráneo sólo estaba almacenada la palabra sexo. Por el contrario, si me negaba, podría enojarla hasta saber qué punto… o podría considerar que, metidos en su mente fantasiosa, la quería por algo más que puro amor carnal.

-No deseo únicamente eso, quiero sentir cada centímetro de tu piel.

Opté por una respuesta neutra y crucé los dedos para que surtiera efecto. Con ese falso mensaje acorde al escenario obsesivo que había confeccionado, lo “mejor” que podía sucederme es que me obligara a… tocarlas. ¿Y lo peor? Que podría ser el día en el que perdiera la virginidad de una forma tan forzada que se destrozaría el factor mágico que se supone que tiene tal experiencia.

Sin embargo, no respondió. Sólo se limitó a pegarse más y más, aproximando sus pechos justo delante de mi cara. Y yo, en una situación indescriptiblemente violenta, lo poco que podía hacer era apartar la mirada. Pero por mucho que girase la cabeza a un lado o a otro, ella se acercaba para que aparecieran en mi campo de visión… Fueron los segundos más largos e incómodos de mi vida… aunque lo que vino después no fue mejor que se dijera.

Se alejó un par de centímetros y me miró fijamente. Mostraba preocupación y arqueaba las cejas en señal de que algo no cuadraba para ella… Yo me ponía en lo peor, mi comportamiento al evitar el contacto visual con su agradable contorno no encajaba con lo que la había dicho acerca de usar manos para acariciar su cuerpo, así que probablemente estaría maquinando algún tipo de castigo por mentir.

-¿Por qué no me has dicho nada sobre esta herida que tengo entre los pechos y sobre dónde estamos? ¿Nada de eso te es interesante?

Me había equivocado en todo. Había pasado por alto eso y se había centrado en dos aspectos bastante cruciales de los cuales en cualquier otra situación menos acalorada habría prestado atención. ¿Cómo podía haberlos ignorado, acaso seguía somnoliento y la helada agua no había sido eficaz para activar el cien por cien de mi vigilia? Es que, de hecho, rememorando los infernales minutos que llevaba ahí, ni había detectado la cicatriz que comentaba… Parecía que, aunque quisiera negarlo, sus dos “posesiones” atraían mi mirada. Tenía que remediarlo.

-Es de noche y estamos en el sótano de mi casa, a unas pocas calles de la tuya –contestó sin darme tiempo si quiera a lanzar la pregunta que recopilaría esa misma información–. Respecto a lo otro… Bueno, una imagen vale más que mil palabras…

Miró su reloj mientras deslizaba descendentemente el dedo índice de su mano izquierda a lo largo de la cicatriz.

­-Además –añadió–, ya se aproxima la hora de… revelártelo.

¿Revelar? ¿El qué? Esto se ponía peor con cada segundo que transcurría. ¿Qué iría a traer? ¿Una sierra, un cuchillo, una pistola? Había ido hacia la zona ciega del sótano y solamente podía escuchar que se abría con un singular chirrido un cajón o algo similar.

Los pasos resonaron de nuevo y se acercaban. Fuera lo que fuera que hubiera extraído no iba a tardar mucho en serme enseñado… o empleado…  Rezaba para que, si mi retorcida imaginación acertaba, al menos fuera rápido y poco doloroso. Al fin y al cabo, nadie haría daño al amor de sus sueños, ¿no?

Una bandeja. Y sobre ella una corazón ensangrentado. Las tripas se me revolvieron. Gracias a todo lo que había estudiado sobre el interior del ser humano sabía que, por el tamaño, ese corazón le había sido arrancado a una persona. No obstante, quería asegurarme.

-¿Vas… vas a hacer que me coma ese corazón de cerdo?

-¡En absoluto! ¿Y por qué dices que es de cerdo?

Desgraciadamente mis sospechas se confirmaban.

-¿En… entonces a quién le pertenece?

-Adivina, cielo, la razón de que tenga esta cicatriz.

No podía ser, era fisiológicamente imposible que se hubiera extirpado ese órgano en concreto. ¡Era un órgano vital! Definitivamente me estaba engañando. Era la artimaña de una desesperada por atemorizar a su amado y tenerlo a su merced. Y tendría que jugar.

-¿Y por qué te lo has extraído?

-Oh, ¿así de fácil? ¿Te digo que es mío y ya te lo crees? ¿No se te hace raro que siga con vida? ¿¡O es que me estás siguiendo la corriente como a una mera loca!?

Su rostro cambió de ternura a inquina en cuestión de centésimas de segundo. ¿Pero cómo quería que me tragara una inverosimilitud como esa? La única manera de que un ser siga con vida teniendo su mediastino vacío es con una máquina, y lo único ajeno a su cuerpo que ella tenía era unas pocas suturas.

-De acuerdo –confesé–­. Pero ponte en mi lugar. Soy un chico de ciencias, para mí es imposible considerar que tu organismo sigue activo sin una bomba que distribuya tu sangre por todas tus células.

-Sí, es verdad –respondió algo más calmada, entrando a razones–. Creo que mi reacción ha sido exagerada. Habías fingido que te lo creías porque me aprecias… cuando en cambio, dentro de ti, estabas poniendo en cuestión la realidad que se presenta ante ti… Supongo que las personas escépticas sois así, pero toda duda se te quitará si te muestro una prueba irrefutable, ¿no?

-Pues sí, pero…

-No se hable más.

Depositó la bandeja en el suelo y agarró el mismo cúter que empleó antes para cortar una de mis cuerdas. Tras ello, con unos hábiles movimientos de muñeca, seccionó todas las costuras de su cicatriz, corriendo un ínfimo reguero de sangre que seguía la línea de su vientre hasta el ombligo.

Llevó sus manos a los bordes de la sangrante herida y con un tirón brusco la abrió. Jamás olvidaré el desagradable sonido que eso originó… Lo siguiente fue arrodillarse justo delante de mí e indicarme que acercara un ojo e inspeccionara la cavidad en busca de su corazón.

Rechacé la oferta afirmando que era suficiente con la prueba visual de que sólo podía observarse una parte del pulmón izquierdo y las costillas. Sin embargo, considerando que aún manifestaba algo de incredulidad, metió su mano derecha en la herida y, posteriormente, con la mano libre agarró mi nuca y pegó mi cara a su pecho.

Fue… una de las sensaciones más extrañas que jamás tuve. Mis mejillas estaban bastante cómodas entre su voluptuosidad, pero mi ojo izquierdo, abierto por el propio espanto y medianamente dentro de la caja torácica de ella, al igual que mi boca, que no paraba de notar el sabor y el aroma a sangre respectivamente, provocaban que quisiera abandonar esa situación lo antes posible.

-¿Lo ves? Completamente vacío.

Por fortuna, un par de segundos más tarde, todo volvió a la normalidad, salvo por el regusto a hierro que mi lengua se había llevado como souvenir. De todas formas, la peor parte se la había llevado mi cerebro, que había quedado perplejo al corroborar que efectivamente no había corazón alguno en ese cuerpo.

-Te preguntarás dos cosas en estos momentos –continuó ella, captando mi completa atención pese al shock–. La primera es que cómo puede seguir fluyendo la sangre. Y la segunda, pero la más importante, es que cómo puedo seguir viva… Lo mejor es que ambas cuestiones tienen una sola respuesta. ¿Quieres saberla?

-Cla… claro que sí.

-Es el amor que siento por ti.

En cualquier otra situación habría soltado una carcajada, pero a estas alturas ya creía lo que fuera. Es más, de entre todas las respuestas, esta era una de las más verosímiles. Sólo había que verla, completamente descolocada y con el único objetivo de que su enamoramiento fuera correspondido, aunque con unas tácticas de flirteo poco indicadas. Al fin y al cabo, el amor es como una fuerza física, ¿por qué no podría darse el caso de evitar el óbito de la persona enamorada? En cambio, todavía quedaba una incógnita…

-Aun así, eso no explica por qué te lo has arrancado –indiqué–. Creo plenamente en ti, ya me he dado cuenta que no serías capaz de mentirme, así que es cierto que el amor te mantiene con vida, ¿pero por qué arriesgarlo todo para poner tu corazón en un bandeja?

-No te acuerdas de lo que te pregunté antes de que te desplomaras en la calle por la acción del cloroformo que te obligué a inhalar, ¿cierto?

-Así que así fue como me trajiste aquí.

-Te lo recordaré –dijo ella, obviando mi reproche–. ¿Qué dos objetos, al unirse, crean la forma de un corazón tal y como se dibuja?

-¿Dos gotas?

-Podría ser –afirmó sonriendo–. Pero la auténtica silueta está basada en dos corazones, de los de verdad, unidos.

-Vaya, jamás me habría percatado de ello… Aunque debo preguntar, ¿qué tiene que ver eso con raptarme e inmovilizarme en tu sótano?

-Ah… Esa actitud inocente a la par que ácida es una de las maravillosas cosas que me vuelven loca de ti –respondió mordiéndose lascivamente los labios–.

Sin decir ni una palabra más, con un movimiento increíblemente veloz y sobrehumanamente fuerte, hundió su mano izquierda entre mis costillas y me arrancó de cuajo mi preciado músculo latente.

No tuve tiempo para reaccionar, ni para pestañear incluso. En un abrir y cerrar de ojos tenía mi corazón entre sus manos, acariciándolo con lujuria. Todavía bombeaba, pese a haber perdido toda conexión con sus vasos. Mientras, yo, no paraba de percibir mi abdomen mojándose más y más de un líquido algo cálido. Sangre. Era mi fin. No pasaría mucho tiempo hasta que me desangrara…

Aun así, permanecí activo, todavía boquiabierto y sin habla por tan tremebunda acción por parte de la chica, durante medio minuto. Y le precedieron los sesenta segundos, y el minuto y medio. Y yo seguía sin ni siquiera desmayarme…

-A lo largo de la velada has empezado a tener sentimientos hacia mí –me explicó, liberándome de ese infernal desconcierto–. De lo contrario habrías fallecido. ¿Lo entiendes ahora? Estamos hechos el uno para el otro, para amarnos…

-Para divertirnos…

¿Qué acababa de decir? Era como si mi boca se hubiera movido sola y mi árbol bronquial hubiera expulsado aire para articular palabras sin pedirme permiso. ¿Qué tipo de hipnosis era esta?

-Para complacernos…

-Para consolarnos…

Mientras ese demente diálogo continuaba, conmigo, el yo consciente, tratando de ponerle fin y fracasando estrepitosamente, ella se dispuso, con una aguja ya enhebrada que había permanecido guardada en el bolsillo de su pantalón, prenda la cual yacía en el suelo a su lado, a unir ambos órganos.

Con cada costura, una nueva palabra se atrevía a traspasar mis cuerdas vocales sin que pudiera hacer algo al respecto. Con cada palabra, una respuesta de ella. Con cada respuesta, más ardor tenía el ambiente y yo empezaba a dejarme llevar.

Y antes de que perdiera la cordura por completo y ese extraño hechizo, tal vez amor, me expulsara de mi propio ser, la chica me concedió una última mirada risueña al compás del último nudo de la sutura y con el aderezo de una sentencia que diera el colofón.

-…por siempre.

jueves, 1 de enero de 2015

Especial Año Nuevo: Cosecha

Deposité la enorme bolsa de terciopelo negro a mi lado y me senté en el borde de la azotea de ese edificio. Balanceaba mis colgantes pies y observaba con curiosidad a las personas que caminaban por la avenida, a los coches que circulaban de un lado a otro, y a los residentes del edificio de enfrente.

El viento soplaba y mecía mi blanco cabello a la vez que ondeaba mi fina indumentaria. Era una sensación agradable. Necesitaba ese aire refrescante y ese momento de relax, de verdad. Mis comisuras hacía bastantes semanas que no se elevaban hasta esbozar algo parecido a una… sonrisa.

Sí, mira que nunca me gustó eso de aquejarme de mis propios problemas, pues era partidario de eso que dicen de que siempre hay alguien en peores condiciones, pero lo mío no era que fueran estúpidas minucias. Era una auténtica pila de responsabilidades, con todas las de la ley.

Un 31 de diciembre, el único día en el que podía darme un descanso sin tener que intervenir directamente en el “asunto”. Quizá no fuera gran cosa tener 364 días laborales, uno más en años bisiestos, y sólo 24 horas de descanso, pero tampoco es que pudiera considerar mi trabajo como una aberración estranguladora. Era agradable, ameno, y bien remunerado. Además, hacer unas labores que de cierto modo te entretienen y con las que disfrutas no llegan a dejarte ni la centésima parte de exhausto de lo que te dejaría algo que te desagrada y que consideras una tortura monótona.

¿Que por qué entonces trataba el sonreír como una reacción poco usual en mí? Bueno… he afirmado que me gustaba mi “oficio”, pero eso no significaba que estuviera rodeado de flores y armonía. De hecho, era todo lo contrario. Eran lágrimas lo que provocaba en los clientes, más en concreto en sus allegados, porque lo que causaba directamente en la clientela era silencio y muy de vez en cuando un agudo y terrible dolor.

No, no era un torturador ni algo por el estilo. Es más, aunque suene raro, los que hemos tenido este puesto de trabajo hemos sido seres de renombre y nos hemos movido en los arrabales más precarios y en las más altas esferas.  Nosotros y nosotras hemos sido, por así decirlo, uno de esos engranajes en la maquinaria de la sociedad que, si dejara de funcionar, descolocaría por completo el orden de los demás y acabaría derruyéndose todo.

Sin embargo, si se ha de hacer una buena presentación de mi persona, resultaría más eficiente mostrar lo que ocurrió a continuación y no una secuencia somnífera de ostentada historia laboral.

Un perforante dolor cefálico esquió sobre mis cuencas oculares. Era un aviso de que debía acudir y no dejar todo el trabajo a la automatización que nos facilitaba tanto los quehaceres. Y, sintiendo esto en la fecha clave para descansar, tenía que ser algo lo suficientemente grave como para contactar cara a cara con mi cliente.

Mis cervicales se doblaron por una fuerza invisible. Era la segunda fase de esta singular alarma de llamada. Primero nos alertaba para prestar completa atención y después dirigía nuestra mirada hacia el susodicho usuario de nuestros servicios.

Afortunadamente no estaba lejos de la edificación en la que me encontraba. Precisamente se hallaba bajo mis pies. Afiné mi vista y pude ver que era un hombre bien trajeado que portaba un maletín en su mano derecha y un móvil, pegado a su oído, en su otra mano. Un hombre de negocios, quizá concretando los planes más frescos para Nochevieja. Vaya faena se le avecinaba.

Me encogí de hombros, recogí el saco y salté. Cinco segundos después aterricé justo detrás de él. Posé mi mano izquierda en su hombro derecho y le susurré a su oído, de ese mismo lado para que no escuchara nada aquel o aquella con quien hablase, unas palabras.

¿Que qué palabras? Oh, me gustaría recitarlas, pero aquel que las lee o escucha acaba sufriendo… ciertas consecuencias… Así que vamos a dejarlo en que eran dos vocablos en latín con un increíble poder imperante.

Una vez hecho eso, apartándome de él y dejándole seguir hablando, como si no hubiera sucedido definitivamente nada de nada, prosiguió su camino hacia el paso de cebra más cercano y lo cruzó, sin fijarse en que el semáforo estaba en rojo para los peatones.

Ay… las prisas son muy malas… Por ello mismo tampoco se fijó en el camión de carga que le arrolló y dejó tras de sí una pulpa roja conglomerada a unas telas, una maleta rota y un teléfono aplastado. Todo aderezado con gritos y un melódico chirrido de las ruedas del mismo vehículo tratando de frenar, ya en vano…

Ah, sí, creo que se me había olvidado comentar un pequeño detalle antes de narrar eso: soy la Muerte.

Quiero decir, era una de las Parcas que se encargaba de redirigir los poderes de tal Jinete hacia la biosfera. Cada cuatro décadas una de nosotras asciende como la Muerte, con el deber de asegurarse de que cada defunción cumple los protocolos.

¿Qué protocolos? Que sus restos tangibles prevalezcan en el mundo mortal y nada de su cuerpo se deprenda, más allá de lo que se denomina vulgarmente desmembramiento, hacia otras realidades. Asimismo, tenemos que cerciorarnos de que la energía astral que se albergaba en el susodicho organismo sea completamente recanalizada a unas corrientes invisibles conformadas por puro polvo cósmico para recombinarse en nueva vida.

No intervenimos en la muerte per se a excepción de casos concretos, como pueden ser aquellos en los que el sujeto haya irrumpido las propias leyes que dictan su curso biológico, por X o por Y, bien salvándose de su hora final o bien anticipándose a su destino establecido; además hay otras razones secundarias para presentarme personalmente, ya sean cuestiones éticas donde un ser vivo ha abusado de su vida en demasía y se ha optado por adelantar su muerte, o por puro altruismo, habiendo de dotar a alguien con tiempo extra de vida en recompensa por su inmensa colaboración por el buen funcionamiento de la estabilización orgánica. Esto último es otorgado por una habilidad que las Parcas poseemos denominada Karma.

Huelga decir, y de paso lo comento para acallar esas famosas creencias de que “sólo el ser humano tiene alma”, que, aunque nosotras, Parcas, seamos humanoides, nos encargamos de todos y cada uno de los seres vivos que albergan este planeta, desde protozoos hasta las criaturas aún desconocidas para la humanidad. Lo que comúnmente se conoce como alma no es más que una especie de combustible arcano que dota a la materia de vida. Sería como decir que la marca de coche A tiene dentro gasolina porque es un automóvil “superior” y el resto no contienen absolutamente nada pese a que también se puedan usar para conducir. Absurdo, ¿no?

Comprendiendo esto, espero que ahora entendáis que el estrés era el pan de cada día en mi trabajo. Sobre todo últimamente que tenía que hacer bastantes actos de presencia a diario, especialmente en humanos y humanas. Era como si se estuviera desestructurando todo el constructo vital que llevaba cuasi intacto y perfecto desde hace siglos. Hasta estos finales de año, donde supuestamente librábamos, teníamos que estar con ojo avizor a la espera de avisos. Traducido en palabras laborales: podíamos descansar, pero no hacer planes.

Por no hablar, por supuesto, del entorno funesto que nos rodeaba. Ser la Muerte no implica ser tan gélido como nuestras manos, todo lo contrario, habitualmente se nos ablanda tanto el corazón que cuando, por ejemplo, toca anteponer la ejecución de alguien, nos es terriblemente difícil llevar a cabo la orden. Sumando, también como factor predisponente a la demacración emocional, los inacabables susurros de algunas energías que recolectamos, cuyas intenciones parecen enfocarse en maleabilizar nuestra cordura…

¿Se entiende por qué sólo ofrecemos nuestro ser durante cuarenta años? Porque a partir del cuarto decimal, con tanta muerte, agonía e impasividad forzada, nuestra propia energía implosiona y se pierde entre la multitud de dimensiones…




Pero no podemos huir de nuestro destino. Hemos sido criados desde infantes para ser Parcas, y, a pesar de todo, es un gran honor formar parte de este importantísimo servicio… aunque al final no queden ni los recuerdos y nos convirtamos en espectro vegetales, a expensas de que alguien nos encuentre en el Universo y nos arrastre de vuelta al ciclo vital, cual trigo ansiando ser segado.




Lo que me lleva al último punto explicativo. Y espero dejarlo bien claro. Las. Guadañas. No. Son. Nuestras. Herramientas. ¿Comprendido? No cortamos “almas”, ni las segamos, ni nada parecido. Lo que portamos es un mero saco de una tela dimensional que hace que su interior se expanda todo lo infinitamente posible para salvaguardar en un espacio agradable todas las energías astrales que acuden hasta dicho contenedor gracias a las corrientes cósmicas, siendo vaciado en la dimensión pertinente, cuyo nombre no diré, cada vez que el reloj marca las doce de la noche con respecto al meridiano de Greenwich.

Y, sin más dilación, volvamos a lo que nos concierne, que ni siquiera estaba atardeciendo y faltaba bastante para que la cosa se pusiera interesante. Sí… lo suficientemente interesante como para que me replantease la concepción metafísica que devenía de todas las quejas lastradas durante mis 39 años de impoluto trabajo.

Sucedió poco después de permanecer, invisible a la vida que fluía a mi alrededor, contemplando cómo acordonaba la policía el perímetro. Ya se habían llevado la pulpa del incauto en una bolsa, y en un lateral podía ver a un agente interrogando a un angustiado camionero, en cuya faz no paraban de deslizarse lágrimas. Por otro lado, para seguir la morbosa tradición, una amplia multitud de personas seguía atenta a todo el procedimiento. De vez en cuando llegaba alguien más y preguntaba a la gente próxima cómo había pasado todo, sin apartar la mirada del extenso charco de sangre con alguna que otra viruta visceral.

Si supieran que entre ellos y ellas aún se encontraba el causante del “homicidio”, oculto a sus ojos, capaz de infringir las normas y arrancarles la vida que se les dio… Totalmente inconscientes de ello, únicamente centrados en el sufrimiento de un difunto y en la aflicción del conductor que lo mató. Ignorantes de que en cualquier instante podría chasquear los dedos y parar sus corazones… Era increíblemente sobrecogedor lo que percibía cada vez que pasaba una escena similar y me ponía a reflexionar sobre la fragilidad de la vida.

Suspiré y opté por marcharme antes de continuar enfermando… Aunque en parte esto fuera una cura para las punzadas que mi corazón recibía cuando tenía que separar, entre súplicas, a alguien de entre las personas que quería, también se ennegrecía este mismo músculo por la toxicidad que estaba inhalando.

Inmediatamente, pasados unos minutos, una estela translúcida serpenteó por las calles hasta entrar en mi saco. Una de las mejores partes del trabajo como Muerte era este. Ya estaba a kilómetros de distancia gracias a una especie de poder que coloquialmente denominábamos Pasaje de las Sombras, consistente en la capacidad de desplazarnos a gran velocidad desmaterializándonos en una nube gaseosa sombría. Y, sin embargo, sin importar cuán lejos estuviera, la energía siempre encontraba el recorrido hacia este singular recipiente de tela. Sinceramente, era bastante impresionante el dibujo que realizaba la estela al trazar la trayectoria desde su inerte cuerpo. Mi favorito fue el que confeccionó una niña de unos 5 años al morir en un accidente en una noria. Su energía ascendió velozmente en espiral, creando un cono brillante, para, una vez alcanzada la “cima”, descender vertiginosamente en una línea diagonal perfectamente recta hasta el saco… Recordé que ese día desprendí un par de lágrimas ante tal majestuosidad post mortem.

Pero tuve que dejar a un lado mis evocaciones nostálgicas cuando mis párpados se entumecieron. Nuevamente el dolor… ¿Dos veces seguidas tal día como hoy? Los pinchazos oculares insistieron con más fuerza de la normal. Definitivamente era un caso de máxima urgencia y no se arriesgaban a dejárselo a los mecanismos estándar.

Mi cuello se retorció y me mostró el camino. A juzgar por el brusco machaque cervical que sufrí, esta vez el sujeto había de ubicarse bastante lejos de donde yo estaba actualmente, posiblemente en otro continente.

Había de ponerme en marcha cuanto antes si quería celebrar la nueva entrada de año en cada uno de los husos horarios. Además, se avecinaba uno de los mejores acontecimientos a mi parecer: la primera defunción del año. La afortunada o el afortunado que muriera nada más entrar el 1 de enero, vería su energía transportada automáticamente a una realidad de pura y placentera comodidad donde prácticamente todo lo que deseara se haría verdad, menos volver a la vida o traer a su lado a otra persona, viva o muerta, que no hubiera cumplido los requisitos para estar allí… Una pena que mi siguiente objetivo estuviera tan cerca de conseguir esta espléndida recompensa… ¿Cómo iría a morir?

Llegué a la barriada madrileña donde aguardaba mi futuro cadáver. Era dentro de un domicilio. La mayoría de las persianas estaban echadas y la oscuridad reinaba en el interior por mucho que el Sol iluminase las afueras.

Lo divisé en un rincón de la cocina, con la radio resonando. Había puesto un CD de música clásica a un volumen moderado. Me parecía que era Mozart, o tal vez Chopin. El joven estaba solo, tenía la mirada perdida y en sus manos sujetaba un trozo maltrecho de papel escrito por ambas caras, donde las líneas apuraban hasta los márgenes.

No hizo falta que me acercara mucho para averiguar que era una nota de suicidio. El “Lo siento” al final del papel así lo confirmaba. Eso sin mencionar la hoja de bisturí que estaba entre sus piernas.

En cambio, algo descompuso mi teoría. Un bote de povidona yodada, algodón, gasas y esparadrapo poroso. ¿Para qué querría tratarse los evidentes cortes que iba a hacerse si lo que anhelaba presuntamente era morir?

También se unió otro factor para combatir mi prejuiciosa idea de que era un suicida a punto de cometer autolisis: su rostro. Sí, aunque afligido, estaba bastante tranquilo. No lloraba, no gritaba, no hiperventilaba. He presenciado miles de suicidios y podía afirmar con completa seguridad que una persona, por muy convencida que esté de que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida, cuando es consciente de su inminente muerte, pierde los estribos, ya sea por medio de la ansiedad o del llanto. Así que, suponiendo que él no sería la excepción que confirmase la regla, no, no iba a destrozar su carne con el fin de desvanecerse en el funesto olvido. ¿Por qué, entonces, me habían enviado?

Estático totalmente, reposando mi espalda en una de las paredes más alejadas, para poder tener un buen campo de visión ante la desquiciada escena que se abalanzaba contra el chaval, me despedí de su vida con mi imperceptible voz para el oído mortal. No era plato de buen gusto cuando se trataba de ver a un ser humano denigrando su condición hasta tal punto, pero yo no podía hacer nada hasta aclarar a dónde quería él llegar con todo esto.

Comenzó dejando la nota en la encimera que había a sus espaldas. Después dirigió la mirada a la hoja y la cogió entre el pulgar y el índice de la mano izquierda con suma delicadeza. Extendió su antebrazo derecho y con el corazón y el anular se puso a palpar una de las venas, siguiendo su recorrido hasta la fosa cubital.

Y quedé abrumadoramente sorprendido por lo que vino a continuación. La fría lógica indicaba que estaba buscando una vena importante para seccionarla. Pero era justamente lo opuesto. La buscaba para evitarla… Había acertado en mi conclusión: no quería morir. Para lo único que estaba empleando el filo de tal instrumental quirúrgico era para autolesionarse sin llegar a producirse una herida fatal que lo desangrara.

Entonces comprendí por qué había sido informado para acudir a su hogar… Por muy precavido que uno sea, a veces la estadística juega en tu contra… Así era en este caso. Hoy sería el día en el que sus cortes trascenderían a algo más mortífero. Quizás accidental, quizás intencionado, pero al fin y al cabo el suicidio sería consumado.

Diez tajos. Quince. Veinte. Parecía no tener fin su episodio masoquista. Sus ojos, abiertos como platos, como si quisieran engullir cada una de las secuencias que encadenaban desde la apertura de la piel hasta la exuberancia sanguina, hacían que me incomodara a unos niveles pocas veces alcanzados. ¿Había de esperar mucho más hasta que falleciese? ¿Por qué en los suicidios no podíamos intervenir con nuestra “palabras mágicas” y evitarnos estos estremecimientos cardíacos?

Prosiguió hasta que sus brazos estaban plenamente teñidos. Los admiró durante unos segundos y luego limpió la hoja con un trapo que había colgando en el respaldo de una silla próxima a él. Y, cuando se dispuso a levantarse para iniciar las curas…

-¡¿Quién eres tú!?

Miró con terror e incredulidad justamente al punto de la cocina donde yo estaba. Sin embargo, me quedé paralizado y no respondí. Era imposible que se refiriera a mí. Debía ser algo detrás de mí… O no.

-Contesta –imperó mientras sujetaba lo primero que sus manos tenían al alcance para defenderse… Una sartén–. ¿Qué haces en mi casa y por qué vas así vestido?

Bueno, aunque mi túnica negra no resaltase mucho, sí que era cierto que llamaba la atención al contrastar con las vestimentas de estos tiempos. Eso sin mencionar el saco que portaba y mi capucha. Así que podía confirmar que, sin saber cómo, había roto el aura de invisibilidad que tenía.

-¿Estás vivo?

Fue lo primero que se me ocurrió preguntar. Aunque absurda, era una cuestión importante para llevar la conversación por buen cauce.

-¡Por… por supuesto que sí! ¿Qué clase de pregunta es esa?

-¿Cómo, por tanto, es que puedes verme?

-¿Estás loco? No tengo ningún tipo de ceguera. Si te pones delante de mí, evidentemente no podrás ocultarte…

-Chico –dije con un tono sereno–. Que me puedas ver es un augurio un tanto desconcertante. Suelta esa sartén y te contaré todo. No… no creo que haga falta que inicies cura alguna.

-Eres… eres la Muerte, ¿cierto?

Mis ojos se abrieron como platos. Jamás habría esperado que fuera alguien tan perspicaz. Había creído que sería una larga charla hasta que quebrara su actitud negativista y finalmente aceptara que era una Parca, pero ni siquiera necesitaría presentarme.

-¿Cómo lo has sabido?

-Imagino que te habrás fijado en el papel de la encimera. Es una carta de despedida. Mi intención no es acabar con mi vida con estas lesiones, ni mucho menos, pero conozco el riesgo que acaece tal acción, así que desde que empecé a tomar esto como una rutina ansiolítica, escribí esta nota por si las cosas se torcían. Ya sabes… más vale prevenir que… Curar, ese es el segundo punto. Con tus ropas y tu afirmación de que no va a hacer falta que trate mis heridas, ante las evidentes hemorragias, no es necesario pensar mucho para imaginar que eres una especie de mensajero sobrenatural, más allá de la prueba de que no has entrado por la puerta principal, y que he perdido sangre hasta el punto de desfallecer.

-Pero no lo entiendes. Lo extraño de esto es que… no has muerto.

Me aproximé a él y agarré sus manos, poniéndolas directamente sobre su corazón, con la finalidad de que notase sus latidos. Y, por cada serie de sístole y diástole, su cara manifestaba más y más incertidumbre.

-Entiendo –expresó con tristeza–.Supongo, entonces, que no me queda mucho tiempo. Estoy dejando el suelo hecho un estropicio con toda esta sangre.

-Puede… puede que no venga precisamente para llevarte conmigo en el sentido que ambos sabemos. No sé, yo tampoco llego a comprender con profundidad  todos los mandatos y las intenciones de los mandamases, pero si me han enviado para estar junto a ti es porque has alterado el día de tu muerte.

-Eso es obvio. No voy a morir de una enfermedad o de un accidente, estoy muriéndome por mi culpa. Yo estoy decidiendo cuándo parar mi reloj… Y quizá sea así mejor. Que cesen de una vez estos episodios tan desagradables.

-Si son desagradables, ¿por qué los haces?

-Porque no tengo otra alternativa.

-Todos tenemos más de una opción para cada una de las cosas que nos ocurren a lo largo de nuestras existencias. Puede que con ayuda profesional…

-¿Tú también, Muerte, también te vas a unir a ellos? ¿Por qué la gente siempre dice que el que necesita ayuda soy yo? ¿Por qué no ellos, que no pueden ver que lo que me hago es el único y verdadero alivio para lo que me ocurre, que reniego de ser embuchado por botes de pastillas y falsarios grupos de apoyo donde nos instan a sonreír tirando de nuestras comisuras con hilos herrumbrosos? ¿Por qué? Yo, al fin y al cabo, comprendo a los demás, pero ellos sí que necesitan ayuda… ayuda para que de una vez por todas nos toleren a los que usamos nuestras pieles como piedra que tallar.

-...

-Pero no hablemos de mis opciones, hablemos de las tuyas. Te he escuchado hace unos segundos mencionar a unos mandamases. Así que los que se encargan de quién muere y quién vive son unos que están por encima de ti, ¿eh? ¿Eso no te deja sin opciones a la hora de tener libertad para segar el alma de los que a lo mejor merecen algo más de tiempo?

-Te equivocas, ellos no son tan fríos. En las leyes por las que nos regimos aparece estipulado que algunas acciones pueden conceder un plus de años de vida…

-No me refería a las vidas que ellos consideren que han de ser ampliadas, sino a las que consideres tú, como individuo “libre para elegir”.

Volvió a dejarme sin palabras. Cerré mis puños y mis dientes con fuerza. En gran parte de lo que había dicho tenía razón. Uno de los mayores factores que estaba destrozándome, espiritualmente hablando, era el tener que realizar siegas que en mi opinión eran injustas.

-No es tan fácil, chico. Es el orden natural de las cosas.

-El mismo orden que te ha conducido a mi morada. Vuelve a mirar –peticionó, extendiendo sus brazos, palmas arriba, en un ángulo de 90o con respecto a su tronco–. No puedo más… No tengo a nadie, no tengo trabajo, apenas me queda dinero. Mi futuro es incierto, es una niebla hallada a pocos metros de mí, lo único que sé con certeza de lo que me acontecerá es que mi cuerpo se llenará de nuevas cicatrices cada día.

-Pero…

-Y puede que esta no sea la mejor salida, posiblemente sea la más cobarde –añadió, interrumpiéndome–. Sin embargo, la valentía que no se me otorgó para afrontar la vida me fue dada para encarar a la muerte.

-¡Ya está bien! No puedo hacer nada al respecto. Ahora quiero que tú contemples tus marcas. ¿No ves que han parado milagrosamente de sangrar? Sigue sin ser tu hora, joven. Y no hay nada que yo pueda hacer. Tendrás que seguir viviendo.

-¿Tú le llamarías vida a esto? Soy un cadáver viviente. Mis ojeras son lo que he conseguido por tantas noches en vela sollozando, mi huesudo cuerpo lo gané por la pérdida de apetito inconmensurable que he sufrido estos últimos meses, y mi actitud nihilista fue granjeada por tantas artimañas que el destino elucubró para mí. Déjame, al menos, ser yo quien escriba la fecha de mi muerte. Si no lo haces… te contradirás en lo que respecta a lo de que podemos elegir.

Desvié la mirada. Era absurdo permanecer allí. Quedaban minutos para que se iniciase la primera entrada de año en el planeta e iba a perdérmela, y él no iba a dar su brazo a torcer. Sus extremidades superiores estaban sanadas y había evitado que falleciera, quizá la misión había sido cumplida, ya que los dolores cefálicos habían cesado. Era el momento de decir adiós.

-Por mucho que insistas, me es imposible complacerte. Da igual lo que hagas, como si te sajas la garganta. Si no es tu hora, no es tu hora…  

-Vale, de acuerdo. Muy amable –agradeció con sarcasmo mientras surgía alguna que otra lágrima en sus ojos–. Pensaba que la Muerte daba un descanso eterno, en cambio parece que le gusta dejarnos agonizar.

Mi corazón dio un vuelco. No podía desmentir aquello, las Parcas éramos las causantes de uno de los mayores dolores que los seres vivos podían sufrir. Nos llevábamos a seres queridos en momentos inoportunos y también dejábamos vivir a quienes ansiaban descansar en paz.

Tal vez… tal vez pudiera hacer algo… Eran mis últimas semanas de servicio antes de cumplir la cuarentena… Puede que ya fuera hora de hacer ver al chico que incluso el individuo más estrangulado por mandatos y normas es capaz de volar con libertad.

Le sujeté por la cintura y le dije que cerrará los ojos. Me transformé en sombras y con ello todo lo que estaba en contacto conmigo, tanto materia muerta como viva. El Pasaje de las Sombras nos llevó casi de manera instantánea a Nueva Zelanda, lugar donde faltaban escasos minutos para la entrada de año nuevo.

-¿Qué… qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

-Estás en un lugar donde podría decirse que, con respecto a tu país, vive en el futuro. Estás a punto de presenciar los festejos de Nochevieja.

-¿Y eso para qué? Por muchos fuegos artificiales o júbilo que contemple no voy a cambiar de idea.

-Te confundes. Verás, hay otra ley… Todo ser mortal que fenezca, siendo la primera muerte del año, irá a un lugar espléndido. Lo más cercano a lo que imagináis como el Paraíso. De verdad, no te engaño. Lo he visto con mis propios ojos, hasta los seres más afligidos han llegado a ser felices.

Mientras le informaba de ello, empleé mi magia para abrir nuevamente sus heridas, con un ritmo acelerado del flujo sanguíneo, para que falleciera por desangramiento exactamente una milésima de segundo pasadas las doce de la noche.

-Tengo la obligación de preguntante algo –alegó el chico al ver que volvía a sangrar–. ¿Por qué has cambiado tan repentinamente de parecer?

Su cuerpo se tornó pálido y cayó al suelo, mareado. Quedaban segundos, los suficientes para contestarle y dejar una sonrisa en su rostro como agradecimiento, para que a posteriori lo acompañara personalmente al lugar de ensueño que le correspondía a una energía astral tan maltratada como la suya y que así saboreara la auténtica felicidad.

-Porque me has enseñado que incluso somos libres para destruir los imposibles.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Especial Navidad: Reunión

Pulsé el botón del intercomunicador. Nervioso, volví a consultar el móvil. Había preguntado en el chat de grupo que si era el piso 6ºD o me había confundido, pero nadie en la conversación daba señales de vida desde hace media hora, justo el tiempo aproximado que tardé en llegar desde mi casa al bloque de pisos donde residía mi amiga.

Llegaba tarde, ya habían comenzado la fiesta, aunque no creía que eso fuera motivo para que ninguno de los seis del grupo ignorara el teléfono… Fuera como fuera ya había hecho sonar el timbre del telefonillo de alguna casa, así que habría de esperar a que respondiera alguien, y que tuviera suerte de que fuera alguien de mi grupo.

En cambio, lo que recibí fue absoluto silencio. Y, por el contrario a lo esperado, la negra y extensa verja, que ocluía el paso hacia el jardín, se fue abriendo lentamente por medio de dos minúsculas pero chirriantes ruedas. Justo después escuché el sonido característico del interfono cuando el teléfono se vuelve a depositar en su sitio.

Sí, alguien, aunque no se hubiera comunicado conmigo, me había abierto. Y lo más escalofriante, desde mi punto de vista, era que me había visto a través de la cámara que se alzaba sobre los pulsadores de cada piso. Sólo rezaba para que fuera una broma… Sí, probablemente sería eso, Miguel solía hacer jugarretas de cierto mal gusto, seguramente se habría callado con la finalidad de aterrarme. Y en parte lo estaba logrando.

Volviendo a lo que me concernía en esos momentos, caminé a paso ligero por el sendero de piedras que serpenteaba por aquel vasto jardín. De nuevo un silencio sepulcral, interrumpido de manera intermitente por algún que otro grillo. La oscuridad, compañera de tal mutismo, también cubría todo, a excepción de los pequeños farolillos, que, más que ayudar a la nictofobia, creaban una atmósfera bastante aterradora con sus juegos de sombras y luces dignos de cualquier sepulcro encantado.

Para empeorar las cosas, en plena Nochebuena, con tal frío singular, una repentina y gélida brisa hizo que mis huesos encontraran una buena excusa para ponerse a tiritar. El silbar del viento irrumpió en mi débil mente, que era capaz de confeccionar las paranoias más tétricas a partir de aspectos cotidianos como el caminar por un jardín de noche.

Aumenté la distancia y la velocidad de mis pisadas para alcanzar el tan ansiado portal. Bloque B. De nuevo se aproximaba la “maravillosa” ocasión de activar el intercomunicador… Y tenía la esperanza de que esta vez Miguel no siguiera con su absurda broma, ya no por el supuesto miedo, sino por el temible frío.

O… o quizás no haría falta tanto aparataje electrónico… ¿Por qué? Pues debido era a la puerta… la cual se encontraba extrañamente abierta… No era lo habitual en esta urbanización. Como mucho dejaban al mediodía la verja sin cerrarse por completo para facilitar la entrada a los propietarios, pero dejar el portal de tal forma era raro.

Me aproximé y analicé si se debía a algún estropicio o algo similar. Y así fue. Nada más apoyar mi mano en el pomo para cerrarla, una vez yo ya estaba dentro del bloque, la escasa resistencia hizo que me percatara de que estaba notoriamente aflojado, y posiblemente con el mecanismo roto, ya que apenas sobresalía el resbalón cuando lo giraba…

Lo achaqué a algún chaval con una casi ausente orientación del norte que iba de vándalo de poca monta y proseguí mi “tenebroso” recorrido. Ahora me tocaba ir hasta el ascensor por un recibidor, cómo no, absolutamente oscuro y, para seguir con el curso de mis desdichas, con el cableado de las luces fuera de servicio…

Ya, con el techo de por medio, no podía iluminarme la Luna, por lo que extraje mi móvil y traté de guiarme vagamente con la luz de la pantalla… Era en estos momentos en los que anhelaba una mejor retentiva para recordar el recorrido hacia el ascensor, el cual hice hace un par de años, justo en mi primera visita a la casa de Julia, y que nunca más volví a realizar… hasta hoy.

Por desgracia, el ascensor tampoco estaba operativo. Así que, ofuscado por tantas averías, causantes quizá también de un plausible problema en la transmisión de voz por el telefonillo, opté por subir por las escaleras. No tenía más opción que esa.

Mientras ascendía por los escalones decidí mirar unos segundos si lo que sucedía no era que ignoraran mi pregunta en el chat, sino que mi móvil no estaba captando internet. Y, efectivamente, otro contratiempo técnico, fuera cual fuera, estaba imposibilitando la comunicación vía móvil… De verdad… ¿se podía saber qué diantres estaba ocurriendo?

Un chirriante ruido cortó mis pensamientos e hizo que parase en mitad de las escaleras del tercer piso. Tal sonido provenía de debajo, puede que de la planta baja. ¿Qué sería? Me asomé a la barandilla con la intención de divisar algo por el hueco de las escaleras.

Una vez más ese ruido. Ahora lo escuché con más nitidez… y lo vi. La primera planta, o al menos la parte próxima a las escaleras, quedó brevemente iluminada con un brillante color azul. Asimismo, salieron desprendidas unas pocas partículas de ese mismo color hacia el hueco donde estaba yo observando todo. Como el sonido, chisporroteante, la imagen indicaba algo relacionado con electricidad.

Segundos después, no demasiados, todo se tornó nuevamente oscuro. Por lo que aguardé a que se repitiera ese chispazo y así poder confirmar mi hipótesis de un cable cortado con la recepción sensorial que se me emitiera.

Aunque hubiera sido mejor haber continuado mi camino y haber ignorado eso… No podía explicarme la razón, y juraré mil veces que mi percepción de la profundidad y la distancia es impoluta, pero acababa de iluminarse el segundo piso con esa misma secuencia chispeante.

Lo escuché en la planta baja, luego lo vi en la primera y ahora en la segunda. No era un cable estático en un panel de una pared… No. Aquello que proyectara esas chispas lumínicas estaba moviéndose… hacia mi ubicación, y relativamente deprisa.

Contuve la respiración y retuve mi pavor para seguir subiendo hasta el sexto piso y avisar a mis amigos de que algo iba verdaderamente mal. Tendría que dar enormes zancadas, saltando escalones sin parar, para superar a algo que ascendía un piso cada cinco segundos.

A ciegas, sin valerme de la luz del móvil, que podría revelar por dónde iba, y con una condición física pobremente preparada para momentos de ejercicio explosivo, si sobrevivía a una supuesta electrocución, podría darme el lujo de manifestar ostentación cuando contase la anécdota.

Y ojalá fuera así, pero cada vez lo veía más difícil. No sé si era por el propio terror o es que de verdad estaba pasando, pero llegó un instante en el que noté juguetonas e indoloras punzadas en mi espalda que emanaban una azulada energía luminiscente.


Acrecenté aún más mi velocidad, pese a que mi cuerpo me exigía que parase de inmediato. El sobrecogedor cansancio no tenía ni punto de comparación con respecto a lo que habría detrás de mí, algo que definitivamente ya me había alcanzado y que por el contrario todavía no quería convertirme en su presa cazada. Sus aires de mofa eran la oportunidad de oro para agarrar un trayecto que me permitiera seguir vivo.

Llegué finalmente a la sexta planta y me lancé contra la primera puerta que vi. Y cuál fue mi sorpresa al ver que esta cedió ante mi peso y se abrió. Aunque fue extraño no haber oído nada que representara una rotura en la cerradura… además que no tenía precisamente tanto peso como para hacer semejante cosa.

La puerta, simplemente estaba abierta a priori, y lo supe cuando, por instinto, la cerré en aras de frenar el paso de “eso”. El resbalón de la misma cedió y quedó erguida una gloriosa barrera entre mi captor y yo, dándome un valioso tiempo para pensar qué hacer y de paso desfogar mi pánico.

Grité. Grité con muchísima fuerza. ¿Para calmar mis nervios? En absoluto. Fue la reacción que tuve cuando me giré y vi en el pasillo, iluminada por las farolas de la calle, que filtraban su luz por las ventanas, la cabeza cortada de Miguel, con un espeluznante expresión facial que indicaba que su decapitación fue excesivamente macabra.

Corrí hacía su demacrada calavera cercenada y la sostuve entre mis manos, mirando sus todavía abiertos ojos con una expresión en mi rostro de total incredulidad. Mis brazos tiritaron y la secuencia del duelo reventó dentro de mí para enseñar el naipe de la negación.

Al borde de la ansiedad, no era el momento más indicado para que aquel ser eléctrico arreglase el asunto de la perpetua oscuridad con la dosis más sádica de amperios que podrían proporcionarse…

A mi lateral derecho, como si acabara de alumbrarse el escenario de una actuación escarlata, contemplé el resto del cuerpo de Miguel, tendido en el sofá, en una posición que, si tuviera la cabeza adherida al cuello, sería de completa despreocupación, y un añadido sanguinolento con trazadas rojizas aquí y allá sobre un lienzo de gotelé.

¿Y los demás? La frialdad vino en mi rescate y me arrebató de ese shock engullidor. Había de mantener la calma y ver por encima de todo ese arte gore. ¿Qué podría darme la localización del resto?

Sólo una pista: también habían pasado por el piso, pues en el salón se encontraba una mesa con unos cuantos vasos de tubo, un bol con cubitos de hielo y un triplete etílico de botellas. La cuestión, entonces, era otra… ¿Estaban allí cuando aconteció esta escisión o se pusieron a salvo previamente?

Por mi bien esperaba que la inminente indagación me llevase a la segunda alternativa. No sería plato de buen gusto perder a toda mi camaradería en una sola noche. Únicamente tendría que recorrer el edificio tratando de hacerme notar para los supervivientes pero pasando desapercibido para el depredador. Tarea fácil…

La puerta principal retumbó, parecía que ya se había cansado de aguardar y su impaciencia se había materializado en un ariete. Habría de poner a buen recaudo mi integridad corporal antes de preocuparme por otras vidas. Muerto sería inútil, más aún de lo que estaba resultado ahora como héroe.

¡La terraza! Un flashback me hizo recordar algo que le dije a Julia cuando me mostró su terraza y me percaté de que la suya estaba separada por una pared de un metro de la del vecino: cualquiera podría saltar de casa en casa con ese inservible muro.

Exprimí las pocas fuerzas que me quedaban y corrí hacia allá. Trepé y aterricé, para alivio propio, en el hogar colindante. Era el momento idóneo para recobrar un poco de aliento, al menos hasta que escuchase la puerta de la otra casa venirse abajo.

A los dos minutos el monstruo eléctrico lo logró, pero para mí ya había sido suficiente tiempo para restaurar gran parte de las energías, aunque lejos estaba de aplacar mi taquicárdica angustia. No obstante, lo primordial ahora era comprobar si aquí dentro había vida además de la mía…

Con los interruptores activos la cosa fue más sencilla… pero igual de desesperanzadora. Una madre y su hija “descansaban” en el suelo del salón, partidos por la cintura, con las tripas de ambos enrevesadas entre sí y empapadas en sangre… Esto era la monstruosa indicación de que seguramente aquella criatura había recorrido todas las viviendas matando a diestro y siniestro, o al menos así se confirmaba en el piso en el que actualmente me encontraba.

En cualquier otra situación se me habrían revuelto las tripas y habría echado toda la ingente cantidad de cena que había tomado en honor a semejante fecha, en cambio, seguí mi travesía y solamente me digné a pasar por la cocina para coger un cuchillo… Quizá no sirviera de nada contra algo que manejaba mágicamente los voltios… Quién sabe… Mejor un arma que ninguna. Además, en el peor de los casos podría emplearla para suicidarme si acabase acorralado… Mil veces mejor fallecer desangrado con dos cortes limpios que terminar con un puzle a medio hacer.

Eché un vistazo a través de la mirilla. Por fortuna las entradas del 6ºD y del 6ºC estaban en lados opuestos, por lo que podría vigilar, con la puerta del primero derrumbada, la ubicación del ser… Y… Y… ¿Dónde se encontraba? Anduve raudo hacia la terraza de nuevo. Tampoco divisé chispas que me advirtieran de su presencia. ¿Se habría marchado?

No… Era una trampa. Era más que obvio que había adivinado dónde estaba yo y estaba invitándome a salir para ser desmembrado con el más mínimo despiste. Pero, entonces, ¿qué otra opción tenía, quedarme allí horas y horas hasta que alguien echara en falta a un ser querido y llamara a la policía? Tanto si era por encontrar a mis amigos y amigas como por el mero hecho de no perecer, tendría que abrir esa maldita puerta.

Llené de aire mis pulmones y lo contuve dentro para afinar mi precisión. Debería de tener nervios de acero para impulsar mis piernas con robustez y salir disparado de allí. Con la carrerilla suficiente conseguiría la potencia necesaria para abrir burdamente otra casa o, en el mayor de los infortunios, al menos tendría una velocidad base que me permitiría zafarme de cualquier emboscada y descender hasta la planta baja para, de una vez por todas, escapar en busca de ayuda.

Puse pies en polvorosa y avancé veloz pero con cautela, empuñando el cuchillo cerca de mi tórax, con la punta hacia delante para que, si se diera la desdicha de chocar de frente contra aquella aberración, recibiera un doloroso placaje. Sería una tarea sencilla bajar las escaleras, con la gravedad a mi favor. Era un mejor plan que hacer de salvador buscando a personas que, cuestionablemente, hubieran sobrevivido.

Sin embargo, aunque a primera vista parecía una táctica infalible, tanto por la ofensiva como por la estrategia de reclamar refuerzos, había ignorado un factor bastante relevante: alguna víctima podría moverse de donde estuviera escondida hacia mi posición…

Así fue como me di de bruces con Julia. La diferencia es que ella no chocó sólo conmigo, sino también… con el cuchillo… Y, tosiendo sangre, líquido que embadurnó mi boca y mi nariz, se despidió de la manera más traumática posible. Su corazón, atravesado, y con unas heridas previas de las que parecía haber sangrado abundantemente, se deshizo de las últimas gotas. No duró mucho con vida cuando la sostuve entre mis brazos, tirando el arma asesina al suelo, y tratando de que se quedara conmigo y no se desvaneciera…


Había matado a una persona. Es más, a una amiga. Una gran amiga. Pero ya no podía hacer nada. Entre el ruido de la hoja chocando en las baldosas y mis alaridos mezclados con “lo sientos”, si no acudía en unos instantes el depredador, entonces es que tenía severos problemas auditivos.



Llegué al quinto piso. Cada vez tenía menos fuerzas, con la escasa carrerilla mi cuerpo ya me exigía parar unos momentos. Al menos aproveché la pausa para mirar por la barandilla hacia arriba. Los sonidos relampagueantes confirmaban que estaba sobre mí.

En efecto volví a encontrarme con él. A juzgar por el punto donde cobraba más intensidad su luz azul, se había detenido delante del cadáver… asesinado… de Julia. La luminosidad de su electricidad pareció cobrar potencia hasta el punto que parecía que había amanecido un nuevo día con un Sol cian.

Acto seguido, una explosión caótica provocó un apagón. Justo después, un cuerpo descendió en picado por el hueco de las escaleras. Por fortuna… o por desgracia, la oscuridad no acaeció bruscamente, sino de manera gradual, teniendo el tiempo necesario para identificar a esa persona.
No, aunque lo primero que se me pasó por la cabeza fue que era Julia, no era así. Quien cayó tenía una considerable extensa melena algo ondulada y de un artificial color morado. Supe inmediatamente que era otra de mis amigas: Paula.

El ruido que produjo su cuerpo reventando en la planta baja hizo hasta que me mareara, solamente suplicaba por que hubiera muerto antes de ser arrojada. Aunque… no sabía si quebrarse todos los órganos de esa manera era mejor o peor que cualquier otra atrocidad que pudiera idear aquel sádico sobrenatural.

Regresando a mi realidad, encendí la pantalla de mi móvil para seguir bajando las escaleras. Ya no importaba que fuera una pista de mi localización para él, hasta pasé por alto la fortuna que tuve de que la explosión no hubiera afectado al teléfono, sólo quería salir de esta pesadilla que lentamente iba arrebatándome la fe de volver a hablar con alguna amistad con la que había quedado hoy.

Cuarto, tercero, segundo, primer piso y la meta final. Había llegado, sin señales de aquel repugnante cazador durante el recorrido. No le habría dado esquinazo, pero a lo mejor se había replanteado el dejarme vivo por algún motivo. Sí… debía ser eso. ¡Había sobrevivido!

No obstante, aun teniendo delante de mí la salida hacia la libertad, algo desvió mi atención. Un cono de luz de una tonalidad curiosamente amarilla. Emanaba del rincón donde se hallaba el ascensor, ahora abierto, y su proyección mostraba nítidamente a una Paula bañada en sangre con su cráneo partido en mil pedazos y su cerebro fluyendo escabrosamente.

Cualquiera ajeno a mi situación habría preferido escapar de una vez por todas. Pero algo me atraía hacia ese lugar, la vista de esa hipnótica luz, un sonido nuevo de un gotear dentro de la susodicha cabina mecánica… Mi sexto sentido, por decirlo de alguna manera, me aconsejaba echar un ojo rápido al interior del ascensor.

Pese a ello, esa habría sido la ocasión de oro para ignorarme a mí mismo y seguir al libre albedrío. Si lo hubiera hecho… yo… yo… Por el contrario, doblé la esquina y vislumbré a mis otros 3 camaradas en el elevador, colgando, repletos de muerte por doquier… Jaime, clavado a la pared izquierda, con sus pies cercenados; Verónica, anclada en la de la derecha, invidente al serles arrancados sus ojos; y Alberto, eviscerado, justo enfrente de mí.

Con cualquier resquicio de esperanza ejecutado, mente en blanco y con la mirada perdida, como si mis pies avanzaran solos, entré en ese horrendo habitáculo para ver más de cerca un impropio objeto colocado entre las tripas de este último. ¿Una postal navideña?

“¡Feliz Navidad, hijo! Aunque la mayoría de vosotros crea férreamente que no existo, de vez en cuando me doy el capricho de demostrárselo a algún escéptico como tú volviendo realidad uno de sus más anhelados sueños.

Una lástima que en tu caso fantaseases tanto con este tipo de cosas. Ya sabes, que un ente poderoso irrumpiera en una urbanización y empezase a masacrar a las gentes que lo habitan, para que tú, heroicamente, salvaras a tus seres queridos.

Una pena, además, que dentro de este sueño siempre incluyeses la oportunidad de saber qué se siente matando a un inocente. Ya sabes, por eso de que entre el tugurio y la hecatombe, cualquier víctima sería achacada al genocida.

He tratado de hacerlo lo más realista posible basándome en los trazos imaginativos de tu cerebro. Espero, asimismo, que me perdones la osadía de improvisar en cuanto al homicida en cuestión. Pero no dirás que no fue ingenioso dotarle de poderes lumínicos estando en las fechas en las que estamos, ¿eh?

Como comprenderás, los actos dignos de una epopeya dependerán de ti y aquí no podré intervenir. Así que sólo espero que se te dé bien.

¡Mucha suerte, hijo!”

Levanté la vista del escrito. No cabía en mi cabeza tamaña inverosimilitud insana. ¿Esto era un regalo de un humano mágico que se suponía que no existía? Caí de rodillas. Las puertas del ascensor se cerraron bruscamente y apenas me di cuenta de ello por la tremebunda rendición que sentía.

Este ascendió despacio, con algún que otro chispazo o rayo brotando de su contrachapado. Era obvio lo que iba a suceder, simple y llanamente el cazador estaba regodeándose por su aplastante victoria. Y, mientras, yo, ya más cadáver que ser vivo, reuní las últimas fuerzas que conservaba para ponerme en pie. Al menos tendría que concluir como un “salvador” digno y no como un esclavo de las injurias opresoras del temor ante la muerte. No fenecería de rodillas, sino de pie y con la mirada digna y alta.

El ascensor cesó de subir, era el décimo y más alto piso. Se había transformado en una atracción de esas de un parque en las que se te corta la respiración y te invade el vértigo, con la exclusiva diferencia de que en esta no se podía repetir…

Los segundos parecieron minutos. El sudor se deslizaba por mi cara. Yo seguía con una expresión imponente e impávida. No le concedería el manjar de mis gritos e imploros. Puede que no hubiera logrado salvar a nadie, puede que hubiera terminado segando la vida de una de mis mejores amigas, puede que hubiera hecho esta noche un sinfín de cosas mal, pero si le daba a mi vida un final lleno de orgullo, quizá enmendaría mis errores.

Ah, por cierto, ¿queréis saber lo último que escuché antes de que el captor dejara desplomarse el ascensor para que aquello se convirtiera en un amasijo de hierros y carne? Unos cascabeles.

Feliz Navidad… Ten cuidado a la hora de fantasear...

martes, 18 de noviembre de 2014

Cardiofagia

[De nuevo, otro año más, mi mente se ve reforzada por las vastas brisas de pura oscuridad de estos lares y ha recibido otra minúscula, pero valiosa, recompensa por mis ya no tan notorios martirios al existir en este plano tan insalubre para la cordura de los mortales. Y es gratificante saber que al menos estas vivencias no son tan repulsivas como las anteriores, de las cuales aún no puedo aceptar que pertenecieran a los actos de una de mis carcasas…

Esta vez también habrá muerte, también habrá oscuridad y habrá algo de actividad paranormal. Sin embargo, esta vez la cosa difiere bastante, puesto que es la primera vida tras la original en la que interactúo con la persona que estoy buscando… con aquella persona por la que estoy haciendo todo esto y por la que multiplicaría mis cargas infinitas veces con tal de seguir en mi búsqueda, una búsqueda que, aunque no lo parezca, comenzó a dar sus frutos desde el minuto uno.


Porque también es agradable el haber ayudado a un cuantioso número de almas a expresarse y plasmar en un recuerdo imborrable sus memorias. Porque lo que podría aterrar a un mortal, las temibles tierras de la Oscuridad, también tiene una fúnebre belleza imperceptible a primera vista pero apreciable con el transcurso del tiempo. ¿Me arrepiento de haber tomado esta vida? Ni por asomo. ¿Querría que acabase? Únicamente porque su final implicaría alcanzar mi propósito, y nada más.

Pero volvamos a lo que nos concierne… En esta vida, tal y como me narró mi compañera nigromántica, albergo una penumbra insidiosa, que al principio se camufla por éxito y felicidad, y meramente se comporta como una brújula que apunta hacia mi perdición. Supuestamente, el factor clave que estropea todo, es precisamente la conversación que tengo con la susodicha nigromante. Pese a las pruebas, confesadas por la propia “culpable”, quiero indagar en el asunto. Ya no para hallarla inocente, sino para corroborar si estoy de verdad tan marcado por el fatalismo que mi alma es incapaz de estabilizarse cuando el bienestar la rodea y se siente magnéticamente atraída por las desdichas.

Veamos qué me espera… A lo único que me he anticipado, pues me era irresistible no mirar, es a los asesinatos que cometo. Y debo decir que, si tuviera que señalar un talento para cada uno de todos mis cuerpos, el de este comecorazones no sería otro más que el arte que recrea con algo tan grotesco como son las sanguinolentas vísceras ajenas.

Comencemos.]

Mi nombre era Borja Jara Godoy, tenía 29 años y hoy era un espléndido día, puesto que estaba a punto de recibir mi diploma por graduarme en bioquímica. Justo en estos instantes estaba recitando el cuarto discurso que daba a una considerable multitud.

Sí… el cuarto. Uno que di en la despedida del instituto tras concluir segundo de bachillerato… y otros dos de la graduación de mis otras dos carreras, ¿o pensabais que había terminado con esa edad por mi incompetencia intelectual? ¡Para nada! A los 21 me gradué en Fisioterapia y a los 25 en Filosofía.

Sé que eran tres carreras bastante distintas entre sí, pero yo no buscaba concentrar mis conocimientos en un campo concreto del saber, sino expandir mi sapiencia todo lo posible. Y, si infravaloras la posesión de tres graduados, cálmate, porque no acaba aquí todo. Español, alemán, inglés, francés y japonés eran los idiomas que hablaba con fluidez… Concebía el mundo de cinco formas distintas, y estaban de camino la sexta y la séptima con el sueco y el chino. Asimismo, ya había reunido el dinero suficiente para realizar un máster en química forense, además de que estaba confeccionado los primeros bocetos de mi tesis doctoral sobre la subsanación mecánica de dolencias articulares como prevención de caídas en pacientes con síndrome post-caída.

No obstante, y obviamente, no era un lechero portando un jarro, y tenía la vista puesta en un trabajo a media jornada como fisioterapeuta a domicilio. Todo pagado por una empresa a la que le había interesado tras realizar prácticas durante mi paso por la Facultad de Ciencias de la Salud. Esperaron pacientemente y milagrosamente aún tenía reservado el puesto, con un pago mensual de 1200 euros con 4 turnos semanales y flexibilidad vacacional.

¿Insuficiente dinero para costear una vivienda y sumarle el costo de los estudios futuros? Sin problema, pues estaba salvaguardado por la suculenta herencia que recibí por parte de mi difunto padre.

¿Es que acaso podía irme mejor? Definitivamente sí, siempre nos puede ir mejor, pero, desear algo más con todo lo que poseía, rasgaba ya los límites de la codicia, y yo no soy ese tipo de persona a la que nunca le parece suficiente nada, pese a mi actitud insaciable dentro del mundo del cerebro… Aunque, eso sí, no podía negar que el poder era un rasgo que me embelesaba más de lo que querría. Pero bueno, nadie es perfecto, yo inclusive, aun rozando esta magnificencia.

Y fue tal día como hoy, uno de esos en los que estaba rodeado de perfección y de éxito, cuando apareció la telonera de mi fatalidad, aquella por la que hubiera cambiado una de las carreras por una enfocada a la ingeniería con tal de construir una máquina del tiempo y descuartizarla sin piedad hasta vaciar su cuerpo de cualquier resquicio rubí de esa falsaria sangre intoxicada con malevolencia…

Acababa de concluir mi discurso y me dirigía a mi asiento de nuevo, diploma en mano, y acompañado por una fogosa ovación… Recuerdo que la primera aclamación que recibí, con la tierna edad de 17 años, me puso completamente nervioso e hizo hasta que se me saltaran las lágrimas, pero uno ya estaba tan acostumbrado a este tipo de reacciones cuando mis labios tejían inspiradores vocablos que lo más que podía hacer era esbozar una mueca de satisfacción y de, para qué negarlo, altivez.

Entonces tuvimos el primer contacto visual. Si tenía que quedarme con una de mis cuantiosas cualidades, sin duda escogería la de mi agudeza a la hora de analizar mi entorno. Y por ello mismo me percaté a los pocos segundos de sentarme de que había una desconocida asomada en una de las ventanas del salón de actos. Apenas se veía uno de sus ojos, pero su iris tenía un color característico que contrastaba con el resto de colores carentes de vida de aquellos barrotes grisáceos y ese marco metálico y herrumbroso. Sin embargo, no recuerdo en absoluto dicho color, mas puedo asegurar que no era una tonalidad precisamente natural, y, en cambio, totalmente aceptable. Tal vez un azul oscuro, o un marrón brillante, no lo sé, pero en definitiva llamativo.

Me intoxicó con su presencia, ignoré el resto del festejo y me embauqué por la escasa porción facial que me mostraba. Esa incógnita antropomórfica me miraba. Y yo a ella. No se movía, y yo sólo deseaba que acabara cuanto antes este insulso homenaje a futuros parados para salir corriendo de ahí e impedir que tal observador escapara sin antes hacerle un par de preguntas… Nada ni nadie tiene derecho a estudiarme con la vista si yo no lo permito, y, para colmo, el duelo de miradas no le amedrentaba, lo cual me enojaba más todavía.

Comencé a dar pequeños golpes con los pies en señal de impaciencia. ¿A quién le importaba la felicidad de los graduados normaluchos? Yo había acabado la carrera, como de costumbre, con todo con matrícula de honor, ¿y los de mi nivel teníamos que ver las caras bobaliconas de esta calaña? ¿Por qué no podía irme simplemente por la puerta si ya no tenía ningún compromiso más con esta mediocre Facultad? Pero no… ahí seguía, ya no desafiando a mi observador u observadora, sino suplicándole con el palpitar de mis pupilas que permaneciera en su sitio unos minutos más.

Unos minutos que parecieron horas pero que afortunada y finalmente concluyeron. Así que, sin pararme a recibir los halagos falsarios de la gente acerca de mi discurso de despedida, salí con avidez en dirección al lugar donde, con los dedos cruzados, esperaba que me aguardase aquella inquietante persona. O mejor dicho, una vez vislumbrada, aquella inquietante presencia…

En efecto. Mi parálisis fue inmediata a la vez que entendía el porqué de su ocultamiento… Si antes había dicho que por la ventana mostraba un minúsculo porcentaje de su ser, era mentira, porque, qué más podía enseñar… algo… que era una… humareda negra.

Sus movimientos fueron veloces, y se dirigían hacia mi localización. Y yo, con tremebunda catatonia, tan sólo pude permitirme el cerrar los ojos como un fútil reflejo de supervivencia, aunque, al fin y al cabo, inútil, pues a los pocos segundos noté que me agarraba de las axilas y súbitamente me elevaba vertiginosamente hacia los cielos.

Tenía rostro de mujer, de acuerdo, con unos ojos de un color embelesador, una cabellera envidiable, una nariz respingona y unos labios carnosos; lo que en términos de denigrante superficialidad podría denominarse belleza. No obstante, siendo el resto de su cuerpo pura umbra, era evidente que empleaba esa máscara cárnica para atraer a incautos que dependían de sus hormonas o, en mi caso, a curiosos que se sienten molestos cuando alguien no para de mirarles.

Pese a ello, notaba unas cálidas manos y una sensación extraña de protección… Definitivamente ese fluido gaseoso era tangible hasta el punto de palparse consistente, aunque eso no quitaba que seguía ascendiendo con el viento casi cortándome la respiración.

Debía abrir los ojos. Aunque mis instintos primarios no detectasen una notoria amenaza a mi integridad física más allá de la del vértigo, tenía que darme prisa para estudiar lo que me rodeaba y hallar una forma de salir airoso de la situación. Había de abandonar toda lógica y afrontar lo que estaba sucediendo. Necesitaba ser frío e impasible, dos cosas en las cuales rezumaba maestría, por lo que, si mi supervivencia se basaba en manejar emocionalmente a aquel ente, tendría las de ganar en cuestión de unos pocos minutos.


Sin embargo, cuando mis párpados me devolvieron la capacidad visual, contemplé algo completamente distinto a lo que esperaba a priori. Esa sensación protectora que había percibido era real, tan real como los brazos que me sujetaban y el cuerpo que estaba unido a la misma cara que segundos atrás flotaba fantasmagóricamente.



Obviamente era el mismo ente, ya no sólo porque permanecía con los mismos rasgos faciales y porque sus manos habían continuado todo el tiempo en contacto conmigo, sino porque todavía su “renovado” cuerpo emanaba ese mismo humo oscuro que tanto me impresionó…

Un alivio que fuera así, ya que, aunque claramente no fuera una humana ordinaria, tenía el aspecto de una, y eso ayudaría en el momento en el que pusiera en marcha mis tácticas persuasivas.

Congelé mi mente y calculé al instante cientos de resultados posibles para la conversación, ya se transformara en un monólogo por mi parte, como si acabase por ser una hostil conversación, todos ellos conduciéndome a la libertad… menos aquel en el que se concluía la interlocución conmigo cayendo al suelo a una velocidad de cientos de metros por segundo y convirtiéndome en la suculenta pulpa para una pala, por supuesto.

En cambio, contradiciendo todas mis expectativas, nada más abrir mi boca para hablar, en vez de ser yo el que iniciara el coloquio, fue ella. Y no precisamente con lenguaje verbal, sino no verbal, más en concreto una desconcertante e inexplicablemente apaciguadora sonrisa.

Acto seguido, cuando por mero protocolo relacional, y tomando su expresión como una invitación a una opción menos arriesgada para seguir con vida, sonreí también, ella dejó de sujetarme por las axilas para rodear mi tórax con sus brazos con una fuerza increíble.

¿Qué era lo que tramaba? No podía adivinarlo, y cada vez me era más costoso pensar por una sencilla razón, la cual podía albergar dentro de sí una intencionalidad maliciosa: notaba sus latidos contra mi pecho, y el propio ritmo de estos estaba hipnotizándome y adormeciéndome… Entre esto y la cada vez mayor ausencia de oxígeno, mi cerebro no tardaría mucho más en ondear la bandera blanca ante la somnolencia.

Mi vista se nubló y arraigó el onirismo. Había sido derrotado de forma tan patética por una cara bonita y… tal vez por un poco de afecto recibido desinteresadamente, sin importar que este en realidad fuera un comportamiento maquiavélico… ¿Qué me ocurriría ahora? ¿Qué sería de mí? ¿Así iba a acabar todo? Bueno… al menos había conseguido perecer superando drásticamente al número medio de graduados que tienen el resto de mortales. ¡Y no me vale la excusa de que ni he llegado a la esperanza de vida media de estas mismas gentes que critico! Porque he sido, soy y seré superior, pese a que sólo vea oscuridad ante mí…

Una misma oscuridad que se esfumó radicalmente con un súbito espanto acústico que acuchilló mis cócleas. Estaba tumbado, y de un golpe me incliné, exponiendo mis ojos a una dañina luz que por fortuna se atenuó poco después. La atmósfera era gélida y mis piernas estaban insensibilizadas. Evidentemente no era un despertar muy normal, salvo porque todo esto indicara que lo que había emergido en mi conciencia era un espectro. O, en otras, palabras, que había aparecido en la dimensión a donde fueran los seres vivos tras morir.

Estaba completamente solo, en una habitación vacía a excepción de unas sábanas que me arropaban y un tatami acolchado sobre el que yacía. Ladeé la cabeza a un lado y al otro tratando de buscar a la misma fémina que había provocado esto, pero ni siquiera fui capaz de encontrar una puerta entre esas cuatro paredes blanquecinas, ni siquiera una mísera ventana por la que fugarme. Estaba cautivo.

Lo primero de todo era guardar la calma y esperar hasta que regresara la sensibilidad a mis miembros inferiores. Una vez conseguí esto, pude incorporarme y rebuscar por los escasos sitios que quedaban ocultos a mi vista. Entre ellos el mismo sitio sobre el que había estado reposando.

Aparté el pequeño colchón y el tatami de un brusco tirón y, satisfaciendo mi mundo de posibilidades, suspiré aliviado al divisar lo que parecía una trampilla. Supliqué por que estuviera abierta y así fue, recibiendo tras ella unos oscuros escalones para nada polvorientos.

Eché un último vistazo a mi alrededor para comprobar que no me dejaba nada por investigar y descendí por esas escaleras hasta lo que parecía un pequeño sótano iluminado lívidamente por unas cuantas velas apenas consumidas, lo cual me llevaba a la conclusión de que alguien había estado por aquí no hace mucho tiempo.

En este silencioso subterráneo tampoco había gran cosa. Era como la habitación de antes, menos por la iluminación, siendo llamas aquí y bombillas arriba. Afortunadamente, también se diferenciaba por la presencia de una puerta en cuya base se deslizaban unos tenues rayos de luz, imagen traducida por tal situación como una vía de escape, así como por la presencia de un maltrecho escritorio sobre el que descansaba un papel.

“Perdona la estrepitosa presentación, pero no debo interferir demasiado en el desarrollo de tu alma dentro de este cuerpo, así que siento de antemano si dejo unas cuantas cuestiones sin resolver. Trataré de ponerme en contacto de nuevo contigo dentro de un mes, siempre y cuando resuelvas la amnesia que tu esencia sufre.

He tratado de hacerlo lo mejor posible para que abras tu mente a nuevas alternativas de la realidad, ya que, si no disminuyes tu imbatible escepticismo, ni siquiera podremos iniciar la secuencia de tu rescate.

¿A qué me refiero? Para no conmocionarte en demasía, te lo explicaré con unas escuetas frases que te resumirán todo. Sólo te pido que, como mínimo, aceptes que esto puede ser verdad… Tú eres la reencarnación de un nigromante. Esta es la tercera vida que tienes, contando la primera como la original. Fuiste maldito por otro hechicero como tú para que mantuvieras tu alma intacta pero borrándosete la memoria. Cuantas más vidas pasen, más difícil será devolverte tus recuerdos primarios. Yo estoy aquí para tratar de que consigas recordar.

Sé que suena completamente inverosímil y que harás asco a la idea de que otrora eras alguien que practicaba magia negra, lo comprendo, pero tienes que confiar en mí. No te pido que cambies por completo la vida que te has labrado, tan sólo te imploro que me des una oportunidad. Para ello, y pidiéndote perdón de nuevo, me tomé la libertad de lanzarte una pequeña maldición que hace que demacres a cualquier objeto, vivo o inerte, al que beses. Sólo durará hasta el anochecer, tan sólo es para que compruebes que lo que te digo es cierto, ya que este tipo de hechizos no pueden lanzarse sobre alguien normal, sin que su alma no haya sido infundida previamente por oscuridad.

Si aceptas la prueba y vuelves tu mente más abierta a este mundo que te he mostrado, sólo tendrás que esperarme durante una treintena e iré en tu busca.

Sin más dilación, un beso. Atentamente, tu antigua pero eterna compañera.”

Sin pararme a meditar, más concentrado en ese momento en escapar de ahí que en cuadrar todas esas descabelladas afirmaciones en mi cabeza, guardé el papel en uno de mis bolsillos y me dirigí hacia la puerta. La abrí lentamente, asomándome para confirmar que lo que había delante era zona segura. Un pasadizo se mostró, con numerosos rayos solares cayendo del despedazado techo. Los ladrillos estaban hechos trozos y la flora crecía salvajemente por cualquier húmedo recoveco. No cabía duda de que esto era un lugar abandonado que tal chica había tomado como guarida.

El piar y el sonido del viento me llevó hasta el final del susodicho pasillo enladrillado hasta dar con unas escaleras de hierro que estaban claveteadas en una envejecida pared. Ascendí por ellas y levanté una trampilla metálica. Finalmente estaba en libertad, con vistas ladera abajo a una carretera, por lo que no tardaría mucho en alcanzar algo de ansiada civilización para de una vez por todas reubicarme y regresar a mi queridísima y afamada monotonía.

Horas más tarde, aunque exhausto y con la suerte de haber poseído mi cartera en todo momento, repleta de dinero, pude costearme un abono de autobús para llegar a mi barriada. Era curioso, pero la desconocida no me había llevado extremadamente lejos, únicamente me situaba en las afueras de la capital, en un bosque cercano a una de las villas de la periferia urbanita.

Lógicamente, nada más llegar a mi querido hogar, pese a la fría recepción de la soledad, pude respirar tranquilo y echarme en el sofá presionando mi cara contra mi cojín favorito para tratar de olvidar todo ese vórtice de incoherente demencia.

O eso trataba de hacer, si no fuera porque el destino tenía otros planes diferentes cuando optó por desintegrar mi cojín en amarga ceniza en un abrir y cerrar de ojos… Y, con mis labios tintados de gris y mi lengua infecta por un sabor espeluznante, me puse de pie de un brinco y una sagaz sinapsis en mi cerebro obligó a mis manos a extraer del pantalón la nota que la extraña me redactó para guiar mis pupilas hacia una frase clave: me tomé la libertad de lanzarte una pequeña maldición que hace que demacres a cualquier objeto, vivo o inerte, al que beses. Porque estaba sucediendo de verdad.

Gracias a Darwin había mantenido todo ente, y más importante aún, toda región de mi cuerpo, alejada de mis labios. Unos músculos con el potencial de enviar a la nada cualquier cosa hasta que el Sol se despidiera de nuestro hemisferio… Tenía el poder de matar en mi boca… ¿De verdad poseía el potencial de un ser capaz de doblegar las artes nigrománticas a su voluntad?


Fui hasta la cocina para realizar un experimento concluyente y definitivo. Vertí agua en un vaso y me dispuse a beberlo. Sin embargo, el vidrio ennegreció y se resquebrajó a la par que el agua se evaporaba para desaparecer en el aire… Era irrefutable que tenía algo fúnebre en mi ser, y tal vez, como ella decía, se acababa de aparecer delante de mí la oportunidad de regresar unas memorias apresadas en el olvido que podrían serme de utilidad para alcanzar un nuevo nivel en de poder jamás antes pensado.

Lo primero que debía hacer era reunir información. Tomando como veraz la premisa de que tenía reminiscencias nigrománticas, debería ponerme manos a la obra en lo referente a los conocimientos pertinentes dentro de tal ámbito. Y qué mejor para ello que acudir a la sección de esoterismo de la biblioteca, sin hacer ascos, por supuesto, a algunas novelas o noticias de relativa seriedad y confianza en los que estos temas fueran tratados.

Desafortunadamente, y aunque mi sapiencia lógica ya se había anticipado a lo que iba a pasar, poco encontré que no distara de meras historietas fantasiosas y alguna que otra leyenda urbana de “conjuros reales”. Todo era un fraude, ya fuera en artículos o en páginas novelísticas… Todo menos un libro… Uno que hallé en un rincón de la biblioteca, en una estantería casi exenta de material de lectura.

El susodicho estaba tumbado, cubierto de polvo. De él me llamó la atención su lomo, donde las letras, pese a la suciedad, seguían reluciendo con un llamativo dorado. “El Camino de la Muerte.” Me hubiera dado por vencido, ignorándolo ante la creencia de que sería otra historia absurda, de no ser, precisamente, por esos destellos inapropiados incluso para una imprenta en brillantina. No. Aquellas palabras destellaban de verdad, como si… el libro estuviera hechizado.

¿Y si fuera una señal de mi supuesta compañera? ¿Y si lo había dejado ahí al verme desesperado buscando información acerca de la nigromancia? Fuera como fuera, cierto o no, lo peor que podría pasar es que perdería otros cuantos maravillosos minutos de mi vida leyendo unas hojas inservibles.

Me senté por última vez en una de esas antiguas sillas y comencé a hojearlo hasta que uno de los capítulos hizo que parase. “Nigromancia oculta.” La ilustración bajo el título era bastante sugerente: un individuo normal y corriente en cuya región cardíaca resaltaba un remolino negro que trazaba la silueta de una calavera con cara de pocos amigos. Tal vez sería hora de profundizar en estas páginas.

Y no cabía en mi asombro conforme iba leyendo párrafo por párrafo. Trataba sobre humanos que en un pasado, ya fuera en otra vida o en la misma, habían sido bendecidos con la facultad de subyugar la muerte. Pero lo curioso es que nombraba todas las posibles causas de un nigromante cuyos poderes habían sido mermados o directamente perdidos. Entre ellas, en la lista se encontraba con todos los detalles lo que en teoría me había ocurrido a mí. Por lo visto, según el libro, existía realmente un conjuro que marcaba el alma de un nigromante para que en las rencarnaciones futuras preservara la carga tenebrosa de la nigromancia, y si no respondía a los indicios presentados a lo largo de sus siguientes vidas para recuperar su verdadera forma, el alma en cuestión desaparecería por siempre.

Mis ojos y mi boca quedaron completamente abiertos, y en seguida avancé rápido en el capítulo para ver si había escrita alguna solución. ¿Qué tenía que hacer? ¿Qué? ¿¡Qué!? ¡Me era imposible esperar un dichoso mes para hablar con aquella mujer!

¡Lo hallé! “Cómo regresar a tus orígenes.” El subtítulo que me transformaría en un ser grandioso, experto en vida y pronto experto en muerte. No obstante, lo que leí fue un poco… perturbador… ¿Sería capaz de hacerlo? Estaba en una profunda ambivalencia, evaluando pros y contras… Entonces, instintivamente, mi cerebro se centró en lo que actualmente le pasaba a mis labios.

Sí, era cierto. Aunque escasas, las pruebas eran inequívocas, la nigromancia existía y yo era poseedor de tal don. No había duda alguna. Tendría que desprenderme de esta falsa moral y recurrir a mi deontología personal.

Regresé a mi casa y volví a meditar sobre el tema. Pero no había vuelta de hoja, en lo único en lo que debía pensar ahora mismo era en cómo realizar “eso”. Hoy sería la noche indicada, si aguardaba más, corría el riesgo de echarme atrás. Me preparé para la ocasión. Entre el material seleccionado, un diazepam por si acaso. Y el resto del tiempo lo pasé en mi terraza contemplando el cielo y la oscuridad que lo iba envolviendo poco a poco.

Hasta que ni una minúscula partícula de luz natural, a excepción de la reflejada por la Luna y la emitida por otras estrellas, quedó en nuestro bóveda. Señal de la hora H. Tragué saliva y me miré en el espejo antes de salir, pudiendo tocar con seguridad mis labios. La maldición había acabado… pero empezaba otra para algún… desdichado.

En un callejón solitario y lóbrego permanecí a la espera de que se cruzara una persona desprotegida. Cinco minutos después apareció un joven incauto, prematuramente ebrio para la hora que era. Sin nadie más a la vista, pude proceder. De un tirón lo arrastré hasta las sombras y allí hice lo impensable. Su garganta se abrió ante la hoja de mi cuchillo y un leve silbido precedió a su mutismo. Gorgoritos de sangre eran los únicos que ahora suplicaban. Continué dándole la vuelta y realizando un fino pero profundo trazo sobre su columna vertebral. De vez en cuando el filo se salía de la carne y volvía a introducirlo con más fuerza.

Él se fue apagando lentamente entre dolor y lágrimas hasta dejar una simple presencia exánime. Fue el momento. Realicé una minúscula fisura en su pectoral izquierdo y abrí los tejidos con mis manos. No esperaba que presentaran tanta resistencia, de veras que tuve que hacer un considerable esfuerzo para extender la perforación. Y, después de ello, con un mazo y un destornillador, quebré las costillas para dar entrada a mis dedos a su… exquisito corazón.

Enhorabuena, los habéis adivinado. Lo que tenía que hacer para recuperar mi auténtico ser no era otra cosa sino trastocar mi dieta del todo y sólo incluir en ella corazones humanos. Por lo visto estos órganos son más que un músculo, y albergan la esencia de vital de todos los hombres y todas las mujeres. Los nigromantes, por muy debilitados que estemos, somos capaces de drenar este tipo de energía, y con una suficiente cantidad automáticamente mi alma se defendería y disiparía la maldición que recae sobre mí.

También aseguraba que los resultados eran instantáneos, así que estaba impaciente por recibir esa inyección de poder. Sólo escasos centímetros de mi boca yacía una fuente enérgica inconmensurable. Hasta la boca se me hacía agua. Sólo… sólo un bocado… y todo cambiaría…

Y así fue, pero cambió para mal… Porque entré en una especie de lapso amnésico. Todo fundido en negro y en cuestión de segundos desperté inmovilizado en una incómoda silla con una angustiosa sensación alrededor de mi cuello… El garrote vil.

Me notaba más cansado. Grité, y escuché mi voz más agravada. ¿Qué estaba pasando? Exigí que alguien me explicara la razón de que estuviera sentado aquí. Estaba rodeado de gente, pero nadie respondió. Sólo percibí el sonido de una manivela al girar. Había empezado mi injusta ejecución.

¿Injusta? Conforme la presión comenzó a hacerse insoportable, recuerdos invadieron mi cabeza. Eran sucesos que habían transcurrido durante mi extenso vahído. Habían pasado catorce años y unos cuantos meses desde aquel fatídico mordisco. Iba a morir con cuarenta y cuatro años…

El estrangulamiento cobró fuerza y con ello mis memorias. Por lo visto no quedó aquello en un homicidio… A este le siguieron decenas… Con mi astucia y mi frialdad nadie fue capaz de encontrar al verdadero culpable y, aun con la seguridad reforzada por las noches, siempre lograba cazar una nueva víctima…

Remembranzas de mi hogar acudieron a mi despedida. Lienzos pintados son sangre. Cuerpos mutilados. Un suelo encharcado de vino. Corazones troceados y paredes coloreadas. Y, en un espejo reflejado, yo, con una bata de seda, no sé si roja por el tejido o por la sangre, sentado en un sillón orejero, portando una copa llena de un líquido rojo y relamiéndome mientras miraba el tórax cercenado que estaba acostado en mi regazo.

Sangre, sangre y más sangre. Dejé hace semanas de emplear cuchillos. Había perfeccionado mi técnica y me valía exclusivamente de mis manos para recrear tan dantescas escenas. Afirmaría, incluso, que durante esta evocación de mis acciones llegué a percibir el sabor de todos y cada uno de los corazones que ingerí…

Pero había algo que todavía quedaba en blanco. ¿Qué fue de aquella chica? ¿No vino a pararme los pies? No… no la encontraba por ningún lado… Por mucho que recorriera mi mente no estaba… Y eso sólo podía significar que jamás cumplió su promesa de volver a verme…

O quizás… Puede que lo echara todo a perder… No sólo se intensificaba mi memoria, sino mi arrepentimiento… ¿Pudiera ser que esta no fuera la senda que ella esperara y se sintió defraudada? ¿Cometí el paso erróneo hacia la nigromancia?

Nunca lo sabría… Un último crujido cortó toda conexión y la historia de mi vida, donde en las primeras páginas se narraban las vivencias de un triunfador con un futuro esperanzador y en las últimas se apuntaba descuidadamente el desenlace de un macabro caníbal, culminó con el recuerdo del sonido de una gota de sangre impactando en un charco rubí.
Pido perdón.

[Bien, parece ser que una vez más he conseguido nuevas pistas…  Aunque por desgracia más que respuestas son nuevas preguntas. Aun habiendo dos vidas de diferencia entre esta y la de ahora, también mi yo presente había pensado que ese libro lo dejó ahí ella para mí. Pero dudo que me diera algo que me condujera a mi perdición.

Por otro lado, ¿a qué se debió que perdiera la memoria de casi tres lustros? Definitivamente comer corazones surte efecto en los nigromantes. No el esperado, pero lo hace. Lo que me lleva a pensar que alguien escribió tales patrañas para que practicase algo que me perjudicaría hasta el punto de perder el control y recobrar la cordura cuando me capturasen, siendo ya demasiado tarde.

Además de ello, comparto los interrogantes de mi yo del pasado. Si recuperé mis recuerdos en su totalidad y en ellos no se encontraba mi compañera, ¿qué es lo que hizo que decidiera finalmente no acudir a la cita? ¿O es que algo se lo impidió?

Tendré que ponerme a reflexionar. Y espero con ansias que en la tercera vida halle más respuestas, ya que en esa consigo entablar hasta una amistad con ella y así podría aparecer la ocasión de recolectar algunos de sus datos físicos para enfocar mejor mi búsqueda. ¿Por qué ni siquiera aquí fui capaz de mantener en mi mente el color de sus ojos?

Estoy expectante.]