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Lamento del día

Mientras que yo soy un ciego que ha aceptado su propia invidencia, tú eres uno que aún cree que simplemente tiene una venda tapándole los ojos.

jueves, 19 de marzo de 2015

Especial Día del Padre: Disociación

No podía creérmelo. Juro que sólo lo había perdido de vista durante cinco escasos minutos. Había ido a los baños públicos del centro comercial y le había dicho, ante la negativa de él de acompañarme hasta la fila de los lavabos, que se quedase pegado en la puerta y no se moviera. Incluso le dije que no se preocupara y que gritase si ocurría algo que le diese mala espina.

No… No me hizo caso… O yo no le llegué a escuchar. Terminé lo más rápido posible, apenas tenía llena la vejiga, pero, en ese corto período de tiempo, en esos breves instantes que podrían llegar a medirse con el tiempo medio de una canción típica…

Mi hijo desapareció.

Desesperado, lo primero que hice fue buscar por las zonas próximas, y no tardé mucho en comenzar a preguntar a la gente con la que me cruzaba si habían visto a un niño solo. Desafortunadamente no tenía ninguna foto suya, pero era muy parecido a mí, con el mismo color de ojos y pelo e incluso facciones similares, exceptuando que tenía siete años de edad.

Grité, corrí, anduve por todas las recónditas esquinas de aquel centro de comercial, hasta el punto de salir al aparcamiento y recorrer toda su extensión como si fuera una gallina sin cabeza.

Mi corazón estaba al borde del colapso. Mi cerebro, en shock, sólo procesaba tétricas imágenes de mi niño despedazado, llorando o pálido y frío cual cadáver suplicante. Mis pulmones eran bolsas hiperactivas. Y mis esperanzas eran títeres mecidos por el burlón destino, con sus cuerpos carcomidos por termitas paranoides y los hilos enrevesados por la incertidumbre.

Una transeúnte que acababa de aparcar me divisó y salió veloz de su coche para socorrerme. Para cuando me di cuenta, yo yacía arrodillado con mis manos apretando mi pectoral izquierdo, así como cada vez iba notando el aumento de un punzante dolor en tal región y en su periferia, alcanzando hasta mi extremidad superior de ese mismo lado. ¿Un… un infarto?

En un ademán de hablar, una bocanada muda le dio la suficiente información a la mujer sobre mi sensación de ahogo para que llamara al 112. Sin embargo, aunque mis gesticulaciones pudieran parecer que señalaran que pedía rapidez con la llegada de la ambulancia, lo que en realidad quería es que mandasen también un coche de policía, ya que la verdadera emergencia no era yo… sino mi hijo perdido.

Pero no tenía más fuerzas, el cuerpo me pedía tumbarme y dejar que todo fluyera. Necesitaba dormir, mi mente me convencía de ello haciéndome creer que era en vano sobreponer mi salud a una búsqueda fútil. Y en parte podría ser cierto… Definitivamente él ya no estaba en los lares de esta laberíntica maraña de establecimientos. Por su cuenta o por obligación de alguien, ya debía estar a manzanas de distancia, y con esta afección aguda no sería capaz de nada. Sí… lo mejor en esos momentos era esperar a que los sanitarios realizasen las prácticas pertinentes y me devolviesen a la indolora normalidad.

Cerré los ojos.

Y desperté con la vista borrosa, pero con la suficiente nitidez como para cerciorarme de que me hallaba reposando en la habitación de un hospital. El dolor había pasado y no parecía que tuviese ninguna cruenta cicatriz infestada de suturas. Todo había concluido como un mero susto.

Aunque eso pensé los primeros dos segundos, cuando aún había onirismo circulando en mi cabeza. Justo después recordé la causa de todo aquello. Mi hijo… Tenía que seguir buscándolo. Había de salir de allí. Tal vez ahora obtuviera ayuda para que le encontraran.

Me levanté de la cama. Al parecer había estado el tiempo necesario incluso para que me pusieran el típico pijama desagradable de enfermo. Y eso sin contar el molesto portasueros que tuve que arrastrar hasta fuera de la habitación, en busca del control de enfermería y así poder solicitar auxilio.

Un joven enfermero apoyaba sus brazos en la repisa de la ventana. En cuanto giró su cabeza y me detectó, a unos cuantos metros de distancia, preguntó si necesitaba algo. Pero yo no respondí hasta acercarme lo suficiente… Por alguna extraña razón me encontraba realmente exhausto, sin percibir dolencia cardíaca alguna, simplemente debilidad en el caminar y en la voz.

Entre susurros le indiqué que necesitaba pedir el alta voluntaria. No obstante, no esperaba mucha eficiencia de su parte cuando me fijé en que colgaba en uno de sus bolsillos una identificación universitaria. Era un simple estudiante.

Y como fue de esperar, me dijo que aguardara unos segundos mientras buscaba a su tutora para ver qué se podía hacer. Eso me sacó de quicio, ¿cómo es que dejaban a un inútil aprendiz en el control de enfermería si ni siquiera podía atender una leve urgencia como la mía? Fuera como fuera, y queriendo la mayor celeridad con el proceso, pues la seguridad de mi hijo pendía de un hilo, con una amplia sonrisa le agradecí su ayuda y permanecí allí hasta su regreso.

Trajo consigo a una mujer de unos cincuenta años aproximadamente. Al parecer me reconoció enseguida, ya que al verme realizó una mueca de asombro seguido de un “Anda, ¡tú!”. Yo seguí inmóvil, manifestando malestar y balbuceando para que se acercara de una dichosa vez, aunque parecía que primero tenía que cuchichear con su estudiante sobre algo de extrema importancia… Nótese el sarcasmo.

Agaché la cabeza. Observé la vía que me atravesaba la piel del antebrazo. El apósito transparente que fijaba el catéter estaba notoriamente sucio, como esa típica pegatina que se despega por una esquina y comienza a atrapar roña.

-No te preocupes, hoy por la tarde te lo cambiaremos durante la comprobación de permeabilidad de la vía.

Por fin la enfermera había decidido prestarme algo de atención, aunque su primera frase, en vez de preguntar qué quería, fuera una referencia estúpida a un adhesivo clínico cuya leve cantidad de porquería me era irrelevante.

-Disculpe, señora, necesito algo –murmuré con gran esfuerzo, alzando la cabeza y tratando de mantener los ojos abiertos–. Salvo por el cansancio, me siento bien. ¿Podría traerme los papeles para firmar el alta voluntaria?

Su faz volvió a mostrar sorpresa. Como si hubiera preguntado un tremebundo disparate al querer salir de esa cárcel blanquecina con aroma a antiséptico. ¿Había dicho algo fuera de lugar? Y la cosa me perturbó más cuando, justo antes de responderme, le echó una mirada al alumno…

Conocía ese tipo de miradas… son de las que, aun en completo silencio, indican al receptor que en los segundos posteriores debe prestar su máxima atención. Y ello lo corroboró el que ni se lo pensara dos veces y metiese su mano en el bolsillo inferior derecho de su pijama enfermero, con ese común movimiento caótico del pupilo a punto de anotar palabrería en su libreta para así agradar a quien lleva su enseñanza.

-Me temo que eso no puede ser, Santiago. Ya lo sabes.

-Usted no lo entiende… Necesito salir de aquí. ¡Es crucial que salga!

La enfermera miró nuevamente a su alumno y, en silencio, dio la vuelta al control para salir y estar a mi lado. Acto seguido, se aproximó a mi cara y, en un tono bajo de intención tranquilizadora, me sugirió que regresara a mi habitación, asegurándome que en un par de minutos iría ella para hablar conmigo.

Expresaba sinceridad, tanto en su mirada como en sus palabras, y aunque estaba realmente nervioso, quizá esta fuera la única oportunidad de salir del hospital por las buenas, así que asentí con la cabeza y me retiré, por el momento, volviendo a mi cama para admirar el grisáceo paisaje que se mostraba tras la cristalera.

Y, tal y como prometió, cinco minutos después alguien llamó a la puerta. Era ella. La dejé pasar y me senté en el borde del colchón, con mis extremidades temblando ante la sucesión incontrolable de pensamientos paranoides acerca del posible abuso violento que se estaría llevando sobre mi hijo… hasta el punto de asesinarlo.


Ella se sentó a mi lado. Sin decir frase alguna me puso su mano derecha sobre mi muslo izquierdo. Miré su mano y luego a ella, tenía una sonrisa compasiva. Si pretendía con ello calmarme, había de saber que estaba logrando el efecto contrario. Y entonces habló.

-Santiago, sabes que no puedes marcharte de este lugar todavía.

-¿Todavía? No entiendo –dije, confuso–. ¿A qué tengo que esperar? Fue un simple síncope lo que tuve, ya estoy bien.


Quería evitar a toda costa que alguien descubriera lo que me estaba pasando. Al fin y al cabo ya se sabe lo que ocurre con estas cosas. Los secuestradores no quieren nada de policía, sólo el trato con los parientes de la víctima cautiva. Pero parecía bastante complicado salir de allí sin al menos explicarle mi situación a ella… Y todo cambió cuando preguntó lo siguiente.

-¿A qué síncope te refieres?

¿Qué clase de enfermera era si no sabía el motivo de ingreso de los pacientes de su planta? ¿O es que acaso en el cambio de turno no había sido informada por su compañera o compañero sobre mi situación clínica? No había más remedio que soltar la verdad y concluir esa conversación llena de misterios e incertidumbre.

-Si me prometes que guardarás el secreto, te cuento lo que ha pasado.

-Muy bien. Ya sabes que tanto enfermeras como enfermeros no podemos revelar datos del paciente, y eso incluye sus confesiones. Así que dime, ¿qué sucede?

-Mi hijo ha desaparecido –declaré con voz temblorosa–.Lo perdí de vista en unos grandes almacenes y no llegué a encontrarlo. Para cuando pude darme cuenta, el estrés y la tensión me provocaron un profundo dolor en el pecho y me desplomé al suelo, inconsciente.

-¿Y eso cuándo fue?

-Esta misma mañana. Y me temo lo peor porque…

-Santiago –respondió, interrumpiendo mi historia para añadir a la misma un toque oscuramente grotesco–. Esta mañana no puede haber sido porque estabas en tu habitación descansando. Yo misma te he traído las pastillas de las nueve.

Echó un ojo a la mesilla y se fijó en que el vasito de plástico continuaba con el mismo número de medicamentos.

-Y parece que no te las has tomado…

-¡Eso no es verdad! No… no puede ser, recuerdo todo, ¡lo juro! ¿No puede ser que haya estado un día entero durmiendo para reponer fuerzas? Sí, debe ser eso, ve a mirar el cuaderno de los historiales, por favor… ¡seguro que lo pone!

-No. Ni un día ni dos. Ni tampoco, por si lo estás sopesando, has estado en coma o con un sueño largo y profundo… Santiago, ¿no recuerdas el tiempo que llevas ingresado aquí?

Tragué saliva y negué, preparándome para la peor de las respuestas.

-Llevas veinte años hospitalizado.

Mi mundo se vino abajo a una velocidad vertiginosa. Lo único que hice fue ir corriendo al baño de mi habitación y mirarme en el espejo para analizar mi cara escrupulosamente. Y, salvo por unas desmesuradas ojeras, mi tez seguía estando igual de tersa que siempre. Algo no cuadraba, así que volví a donde ella estaba para recopilar más información.

-¿Cuántos años tengo? No parece que tenga 47…

-Tienes 27, Santiago. Déjame adivinar, lo que me cuentas sobre tu hijo pasó, a tu parecer, con esta tierna edad y has pensado que ha transcurrido una veintena.

-¿No es cierto eso? No entiendo nada…

-Verás –contestó con un suave tono a la par que se incorporaba para estar a mi altura–. Yo empecé a trabajar aquí hará unos cinco años, por lo que sólo puedo confirmarte al cien por cien ese lustro que he estado contigo. Los otros quince años los conozco por lo que me han contado otras personas del equipo médico, enfermero, auxiliar e incluso de limpieza. Realmente eres bastante conocido por aquí y creo que de los más veteranos del hospital, en cuestión a los pacientes.

Mis piernas flaqueaban al no poder resistir tal carga de macabras incongruencias. Necesitaba sentarme de nuevo, por lo que ella hizo una pausa y se sentó junto a mí. Esperó unos momentos y después preguntó si estaba preparado para que siguiera contando todo aquello, a lo que yo respondí tan sólo afirmando con la cabeza.

-Imagino que también habrás olvidado por qué resides aquí y no en tu propio domicilio… Y supongo que cuanto antes te lo aclare será mejor…

Posó una mano sobre mi hombro y me miró fijamente, transmitiendo una profusa seriedad.

-Llevas padeciendo alucinaciones y delirios desde pequeño, los cuales te imposibilitan bastante la convivencia en… el exterior. Normalmente, cuando se es tan joven, el individuo en cuestión no considera que ocurra algo raro con él mismo, pero tú, y principalmente obedeciendo la petición tanto de tu madre como de tu padre, quisiste estar aquí porque percibías que algo no iba bien y no querías poner en riesgo a las personas que te rodeaban.

Mi cabeza no cesó de dar vueltas, casi al borde del desmayo, mientras me revelaba todo aquello. Era inverosímil lo que estaba contándome. ¿Delirios? ¿Me estaba tachando de enfermo mental? ¿Un padre ejemplar como yo? ¿Y si…?


¡Supe la respuesta! ¿Y si todo esto era una artimaña de las mismas personas que se habían apropiado de mi hijo y me estaban engañando para que desistiera y no pudiera salvarle? Tenía que ser eso, el cuchicheo que había tenido la enfermera con el alumno apuntaba a una conspiración contra mi persona. Y ahora era el momento de defenderme.


Me puse de pie y, fingiendo, agradecí que me “ayudase tanto a disipar mi confusión”. La tendí la mano y pedí amablemente que me dejara solo para reestructurar aquello en mi cerebro. Aunque mi verdadera intención no era otra que eliminar cualquier testigo de mi huida de aquella cárcel sanitaria.

Como era de esperar, se marchó, no sin antes aconsejarme que me tomara las pastillas. Yo asentí, pese a que ni por asomo iba a hacerla caso. Simplemente esperé unos cuantos minutos para asegurar que no había moros en la costa y puse en marcha mi improvisado plan.

Lo primero era arrancarme este estúpido grillete de mi antebrazo. Rebusqué por la mesilla y en un cajón vislumbré un paquete de pañuelos. Cerré el gotero y me arranqué la vía, empleando una tira del mismo esparadrapo que la sujetaba, junto a un par de clínex, para evitar el sangrado de mi extremidad.

Una vez liberado, debía utilizar algo como arma. Y sería el mismo objeto que me iba a ralentizar lo que me resultaría servible para mis labores de escape. Ni más ni menos que la parte punzante que se insertaba en la bolsa de suero. No sería gran cosa y debería atacar cuerpo a cuerpo, pero mejor eso que nada.

Realicé unos cuantos estiramientos para evitar el menor número de impedimentos mientras corría y aclaré mi mente para evitar distracciones… ¿Que yo estaba loco? Eran ellos quienes lo estaban por haber escogido al padre equivocado.

Abrí la puerta y oteé ambas partes del pasillo. Por desgracia, según un cartel próximo, las escaleras más cercanas se encontraban más allá del control de enfermería, por lo que habría de jugármela e ir lo más ágil y sigilosamente posible.

Contuve aire y di suaves pisadas, ojo avizor de que nadie se interpusiera en mi camino. Cuando pasé al lado del control, me agaché para cruzar bajo el mostrador. Mi espina dorsal recibía constantemente escalofríos debido a la tensa situación y al exceso de adrenalina. La euforia estaba a punto de obligarme a dar un poco más de acción y esprintar. Aunque no sería necesario…

Al llegar a las escaleras me topé una vez más con esa enfermera. Portaba un vaso humeante de café. Parece que había bajado un momento a la cafetería para traer algo que tomar. Estaba perdido si avisaba a alguien.

Así que, antes de que pudiera decir nada, ni siquiera dándola tiempo a que se percatara de que no llevaba conmigo el portasueros, apreté con fuerza la mano donde empuñaba aquella emulación de arma blanca y, con un movimiento fugaz, la incrusté en su garganta, enmudeciéndola.

En cuanto extraje el objeto de su cuello, un considerable reguero de sangre me empapó. Probablemente no sobreviviría a aquella herida. Pero no debía preocuparme, después de todo ella misma sabría tratarse. Pedí disculpas y seguí mi plan de huida.

Ahora, con mi piel y mi vestimenta de rojo, sí que llamaría la atención. Aceleré mis pasos y, para empeorar las cosas, unos escalones más abajo, me encontré con aquel fastidioso e inepto estudiante, también sosteniendo un vaso de café.

Pese a que pudiera estar implicado como el resto en esta treta, su aspecto juvenil, casi como un preadolescente, me recordó a la inocencia de mi propio hijo. Por lo cual, en un último acto de piedad por mi parte, ignoré su presencia y aproveché su parálisis al verme cubierto de sangre, asegurando su absoluto mutismo.

Antes de pasearme campante por la planta baja, eché un vistazo al panorama desde una esquina. Un reloj en una de las paredes indicaba que eran las siete de la tarde, y aquello estaba completamente deshabitado a excepción del recepcionista, pero con mi condición física actual podría zafarme de él tras correr un par de calles y alejarme de este claustro.

No obstante, justo cuando estaba a punto de emprender la parte final de mi escapada, una mano tocó mi espalda. Me giré con gesto amenazante. Pero de inmediato me aclimaté al ver que era ese pupilo.

A juzgar por su cara y su postura, no pretendía vengar a su tutora ni nada por el estilo. De hecho tiritaba de puro temor, lo cual podría resultarme favorable y podría usarlo de rehén. Sin embargo, antes de que pudiera decir palabra alguna, él habló.

-Sé por qué estás haciendo esto. Ella… me contó todo tras salir de tu habitación.

-¿Quieres decir que no estás a favor de la atrocidad que me han hecho?

-Llevo sólo una semana de prácticas aquí –prosiguió, agachando la mirada–. El primer día me leí los historiales de todos los pacientes con los que iba a tratar. Tu… situación me resultó especialmente llamativa.

No tenía que decir nada más. Quería seguir con esa sarta de mentiras, quería lavarme la cabeza, y no tenía tiempo para memeces. Perforé su cuello y le di un empujón hacia las escaleras para que el futuro charco de sangre que se formaría no quedara muy a la vista.

-Por favor… espera…

Entre tos y escupitajos sanguinolentos, un tibio hilo de voz llegó a mis oídos. Seguía luchando por su vida a pesar de la herida fatal. ¿Tan importante era lo que necesitaba decirme? ¿Tan relevante era aquella mentira como para preservarla aun al borde de su inminente muerte en vez de quedar en paz consigo mismo?

Suspiré y le concedí su último deseo. Me acerqué a su boca, sin dejar de lado mi actitud de vigilia, y permití que hablara.

-¿Cómo… se llama… tu hijo?

-Yago, ¿por qué lo preguntas?

-¿Y su… edad?

-Siete. Pero no entiendo a qué viene este repentino cuestionario. ¿Vas a malgastar tus últimos momentos de vida así?

-Quería… llegar a ser un buen enfermero… de salud mental… Y me gustaría estar en paz sabiendo… que pude ayudar a alguien.

-Muy bien, prosigue –dije con incredulidad–. Ilumíname.

-Una… última pregunta… ¿recuerdas… otra vivencia… con él… más allá… de lo del… centro comercial?

-Ahora que lo mencionas…

-Re…flexiona…

Y el brillo de sus ojos se apagó.

Fue una lástima que usara su aliento final para remarcar tal monumental falacia. Pero si ese era su deseo, no era nadie para arrebatárselo. Ya le había quitado bastante. A él y a ella… aunque se lo merecían por haber sido cómplices al separarme de mi hijo.

Volví a lo mío y aproveché un momento en el que el recepcionista había ido al baño para escabullirme. La cálida luz del sol me dio la bienvenida a la libertad y una oportunidad más para reiniciar la búsqueda y cobrar mi venganza.

-¿Papá?

Giré mi cabeza a la velocidad del rayo. Allí, en la lejanía, en medio del asfalto, de pie, magullado y lagrimoso, estaba Yago. Mi corazón dio un vuelco ante la emoción y no me lo pensé dos veces al correr hacia él con los brazos abiertos.

En cambio, conforme me acercaba, algo impensable sucedió. Sus ojos cobraban un brillo que iba rozando lo paranormal, hasta parecer que en vez de globos oculares tenía bombillas. Junto a ello, su silueta empezó a difuminarse y a agrandarse, cobrando su tono tisular una apariencia metálica. ¿Qué sucedía?

Lo último que pude ver; antes de que unos repetidos parpadeos desmintieran esa ilusión, donde su voz era un claxon, sus ojos unos faros, y su cuerpo la carrocería de una furgoneta; fue un anuncio de un orfanato adherido a su capó.

A veces, la premisa de que ni son todos los que están, ni están todos los que son, se cumple. 

martes, 17 de marzo de 2015

Especial San Patricio: IRA

¿Te atreverías a adentrarte en uno de los mayores secretos que la humanidad ha querido guardar herméticamente? ¿Que por qué se oculta? Pues porque, si llegara a saberse la verdad a nivel global, podría originarse una auténtica hecatombe. Pero tranquilo, aunque aceptes recibir esta información no correrás más peligro que el riesgo de no contener tu boca y contárselo a otros. Yo no soy de los que matan por revelar un secreto. Ahora bien, ten cuidado con el tesoro que voy a concederte, y mantenlo a buen recaudo. Ah, y a ser posible, llévatelo a la tumba sin que nadie más lo sepa…

Todo empezó en Dublín, en una fría noche de noviembre del 1913. En plena oscuridad nocturna, en un callejón gélido, un individuo, oculto en su harapienta gabardina marrón, corría nervioso, como huyendo de algo. Su respiración se entrecortaba, señalando su estado agudo de cansancio.

Gotas de sudor, y una mirada de puro terror, manifestaban que había hallado algo desolador, pero que en su descubrimiento alguien se había percatado de ello y ahora le perseguía para que el secreto volviera de vuelta su más absoluto silencio.

Corría sin parar hasta que llegó al final de su trayecto, impidiéndole el paso un alto muro de ladrillos. Se paró en seco y golpeó la pared con rabia. Se giró y divisó a la silueta que le pisaba los talones en el otro extremo del callejón, sin moverse.

Miró rápidamente a un lado y a otro. Sólo había cubos de basura y paredes repletas de humedad. Pegó su espalda a la pared enladrillada y miró hacia arriba. El muro era demasiado alto como para saltarlo, ni aunque cogiera la más potente de las carrerillas. Estaba perdido…

Su captor, fijándose en que su presa ya no tenía escapatoria, esprintó hacia su localización con una velocidad sobrehumana, moviéndole la cegadora voracidad típica de cualquier depredador. Por su parte, la futura víctima cerró sus puños, dispuesto a luchar por su vida hasta el final.

Pero en el último segundo, cuando los hambrientos colmillos estaban a punto de saborear la garganta de su captura, una masa se abalanzó contra él y lo aplastó contra la pared lateral, desmoronando su carnívoro plan.

-¿Estás bien?

Su salvador se sacudió la ropa y le tendió la mano mostrando que podía confiar en él. Había saltado desde la azotea, dispuesto a salvarle la vida, sin temer en absoluta a aquella bestia impía.

Cuando comprobó que quien había ayudado se encontraba completamente íntegro, más allá del ataque de pánico, volvió a sus quehaceres y le rebanó el cuello al ser con un cuchillo militar que guardaba en su bota izquierda.

Volvió a girarse hacia su camarada y vio su rostro descompuesto, como si estuviera asustado creyendo que un monstruo había sido sustituido simplemente por otro. Así que tendría que dar alguna otra explicación si no quería desconectar su cerebro de la lógica.

-Puedes llamarme Patrick Pearse, un placer conocerte. Soy cofundador de la Óglaigh na hÉireann. Te vi espiar a estos… seres en un pequeño descampado. Por suerte yo también les estaba vigilando y pude seguiros a ti y a esta sagaz e infame bestia hasta aquí. Un alivio, ¿no crees?

El hombre seguía sin habla, algo normal cuando se estaba dando cuenta de que parecía existir una organización exclusivamente centrada en recopilar información de esos seres. Y sabiendo Patrick que esa fiebre de dudas no se iba a disipar en él así como así, decidió animarle a que le siguiera para llevarle a una de las guaridas de la organización, para así hablar en frío y con algo más de calma del mundo que había descubierto esa noche.

-Les llamamos Oíche Glas –dijo Patrick para romper el hielo durante la caminata–. Un nombre apropiado ¿no crees? Sus sangres son verdes, y sólo atacan de noche. Son una mezcla realista entre vampiros y licántropos, con la excepción de que no se requiere ninguna técnica especial para asesinarles… Por el día son como tú y como yo, hacen su vida normal. Pero por la noche entran en un letargo y la sed de violencia les invade.

Patrick espero a que el hombre preguntase algo. Aunque, por mucha información desconcertante que le diera, seguía manteniéndose callado. Tal vez debería empezar por los protocolos típicos que se emplean cuando se conoce a alguien.

-Bueno… ¿y cuál es tu nombre?

-Éamonn. Éamonn Ceannt.

Por fin se había dignado a decir unas pocas palabras. A partir de ahí, la conversación se redirigió a un diálogo exento de temas que concerniesen a los Oíche Glas o a Óglaigh na hÉireann. Todo en pro de crear un fuerte lazo de unión para que reclutarle para la causa. Cualquier hombre o mujer era bien recibido.

Diez minutos de ameno andar después, los dos hombres llegaron a la puerta de una casa que a primera vista parecía descuidada hasta el punto de estar abandonada por sus residentes. Patrick llamó cuatro veces a la puerta, ni una más ni una menos, y una voz surgió del interior.

-¿Quién osa revolver las entrañas de la nación?

-Sólo yo, nadie más, pero para purgarla de su infección.

La puerta quedó desbloqueada y Patrick pudo girar el pomo para abrirla. Antes de entrar asomó la cabeza y avisó de que traía a un camarada con él, añadiendo que “estaba limpio”. Tras ello, se volvió hacia Éamonn y le hizo una señal con la mano para que le siguiera por dentro de la vivienda.

Dentro no había nadie, y la apariencia desatendida de la casa no cambiaba en el interior. Sólo había una persona en el recibidor, posiblemente la misma que guardaba la entrada. En una pose erguida, y con un saludo militar, se presentó.

-Saludos. Mi nombre es Michael Collins, uno de los cofundadores de Óglaigh na hÉireann, un placer conocerte. ¿Tu nombre es…?

-Soy Éamonn Ceannt, señor. E igualmente, un placer.

-Consiguió salir ileso del ataque de un Oíche –explicó Patrick–. Su cabeza ahora tiene que ser un mar de dudas y no podía dejarle allí. No prometo nada, sólo le traigo para explicarle la situación. Tal vez después acepte unírsenos.

-De acuerdo –respondió Michael–­. Venid por aquí, os llevaré al “concejo”.

Por como había hecho con sus manos el entrecomillado, Éamonn supuso que sería otro habitáculo de estética similar que habían considerado bautizar como una sala de operaciones. Había de ser sincero consigo mismo, si esto era una organización, o bien era clandestina o bien escaseaban de fondos… O ambas cosas.

Llegaron a la sala colindante. Como era de esperar, no había nada bastante llamativo más allá de una gran mesa de madera bien pulimentada y unas cuantas sillas desperdigadas de aspecto heterogéneo. En la superficie del susodicho mueble una gran cantidad de papeles, algunos escritos y otros en blanco, y una enorme pizarra cuya superficie blanquecina denotaba sus repetidos e incesantes usos de la tiza a lo largo de una buena temporada.

Michael y Patrick tomaron asiento. Mientras, Éamonn, estático, se mantuvo en la entrada a la espera de una invitación para sentarse. En cuanto la recibió se colocó al lado de su salvador. Estaba nervioso, no sabía si había hecho la elección correcta al acompañarle hasta esta guarida y si hubiera sido más correcto seguir caminos distintos, pero le debía un gran favor por salvarle la vida, aunque, tal y como iba el curso de las cosas, parecía cada vez más viable que tuviera que saldar su deuda ingresando como miembro de Óglaigh na hÉireann.

-Esta es la situación –comenzó Michael–. Desde hace un lustro más o menos, sin saber la causa principal, comenzaron a aparecer estas criaturas. Desconocemos si los sujetos existían desde antes y lo que sufrían era una conversión por algún parásito o bien aparecieron en su totalidad con cuerpos humanos. Toda esta información es irrelevante de momento. Ahora prima actuar.

-¿Y qué tenéis pensado hacer?

-Me gusta tu iniciativa –afirmó al escuchar la pregunta de Éamonn–. Ahí es donde quería llegar. Habiendo venido acompañado de mi camarada y habiendo sobrevivido a un Oíche, creo que ya sabes cuál es la única manera de detenerles: dándoles muerte.

-Pero son demasiado agresivos, raudos y sólo paran al fenecer, no por el dolor –indicó–. Por eso mismo estaba tratando de huir de un… Oíche Glas. Vi a tres de ellos desgarrando las tripas de un cuerpo ya inerte con la misma facilidad con la que yo desgarro un filete. ¿Acaso sois suficientes para manteneros en pie incluso con las más que inevitables bajas que sufriréis?

-Nos superan sobremanera en número –le explicó Patrick–.Pero, como ya te dije, por el día no se diferencian en absoluto de cualquier otro ser humano. Hacen que trabajan, que viven sus felices vidas, incluso llegan a relacionarse con personas normales y corrientes, quizá para luego por la noche devorarlas.

-La clave está en la ofensiva diurna –prosiguió Michael–. Ellos son conscientes de los monstruos en los que se transforman por la noche. Aunque uno de ellos ansíe eviscerarte, si es de día, hasta te ayudará con las bolsas de la compra. ¿Y por qué hacen esto? Porque no hay mejor forma de simpatizar con tus presas que fingiendo que te alías con ellas. Y aquí viene el punto débil de nuestro plan. A pesar de que durante las horas de sol no tienen más fuerza y agilidad que el hombre o la mujer promedio, matar a un Oíche cuando actúa como un ser corriente hará saltar la alarma pública de que se ha cometido un despiadado asesinato.

-Así está el percal –concluyó Patrick–. De noche, con sus aspectos huesudos y similares a un perro callejero, no será problema realizar matanzas, pero, tal y como has insinuado, muchos de los nuestros caerán en combate. Sin embargo, por el día, el número de posibles pérdidas por parte de nuestro bando se aproximaría casi al cero, pagando el precio de ser señalados como genocidas.


-¿Y no hay algún tipo de solución intermedia? Algo como dejar que cobren su real apariencia pero que estén tan débiles como para suponer una amenaza y que así sea fácil masacrarles.

-No, Éamonn –negó Michael–. Ya hemos sopesado todas las variables y les hemos estudiado todo lo posible. La única debilidad que tienen es que por alguna extraña razón tratan de vivir la misma rutina que nosotros cuando la civilización despierta.


El hombre agachó la cabeza. Él tenía razón, había vivido hace unas pocas horas la bestialidad con la que se comportaban esas aberraciones por la noche. En cambio, por el día, Óglaigh na hÉireann contaba incluso con el factor sorpresa, ya que no se esperarían que la mismísima organización que va tras ellos atacase de manera tan repentina en un entorno repleto de testigos.

-¿Y por qué, precisamente vosotros, queréis hacer todo esto?

Su última pregunta evocó una expresión de máxima seriedad en los dos cofundadores. Por lo visto el motivo de formar todo esto no era algo ocioso como podría ser un juego de caza. Era una razón de peso.

-Irlanda, nuestra nación corre peligro –respondió Patrick–. Cada mes su número aumenta exponencialmente. Van a hacerse con el poder de nuestro país, y no podemos permitirlo. Por desgracia, el Gobierno y demás fuerzas pertinentes no creerían una amenaza como esta hasta que fuera demasiado tarde. ¿Quién sabe cuándo llegará el momento en el que sean tantos que ni necesiten hacer pensar que diurnamente son gente mediocre? Vamos a contrarreloj y nadie va a hacer nada. Queremos salvar a Irlanda.

-Entiendo vuestra posición… pero el riesgo es gigantesco… Os verán asesinar “personas inocentes” y os acusarán, en el peor de los casos, de terrorismo. ¿De verdad aceptáis esta condición de… mártires con tal de ayudar a nuestra patria?

Los dos se levantaron bruscamente de sus respectivas sillas dando un sonoro golpe a la mesa.

-¡Por supuesto que sí!

El unísono de sus respuestas creó la suficiente motivación como para que Éamonn quisiera también de una vez por todas formar parte de la causa, incluso sabiendo que el precio por salvar a Irlanda no era el riesgo de morir, sino el de ser tachado por las mismas gentes de su país como un atroz asesino.
-Acepto entrar en vuestras filas.

Fue la respuesta que dio inicio a una eufórica mansalva de información para poner completamente al día al nuevo integrante, desde el número de miembros que actualmente tenían hasta los más recónditos saberes que poseían del enemigo, pasando por todas las operaciones a realizar que resultaban viables por su ínfimo riesgo.

Actuarían en las próximas semanas, una vez se dieran los últimos retoques a los planes y todos y todas las integrantes se conocieran mutuamente. Y ambas cosas fueron concluidas antes de lo esperado. Éamonn estaba nervioso, había asimilado llevar consigo una fatídica carga que nadie nunca podría aliviar. Aún estaba a tiempo de echarse atrás, tal y como le reiteraban de vez en cuando Patrick y Michael. Ambos le habían cogido aprecio y sabían que en poco tiempo no habría vuelta atrás para el caos mediático que provocarían.

Pero él se negaba. No lo hacía por venganza e impotencia por no haber podido hacer nada aquella noche, no. Tenía la misma razón que el resto, lo suyo no era un fanatismo empedernido con el continente, sino un amor protector con su contenido. Quería salvar a sus gentes, quería ser un irlandés digno aunque sólo le estimasen sus camaradas.

Y el día llegó. El Sol relucía y habían acudido a un zona repleta de Oíches. La noche anterior se hicieron los últimos retoques. Habían terminado todos los escritos donde yacería una historia alienada en la que irrumpirían en decenas de sitios causando temor y discordia y no salvación. Porque, si había de tergiversarse la verdad, quién mejor que ellos y ellas, miembros de Óglaigh na hÉireann, para acordar las mismas mentiras que serían lanzadas sobre sus almas.

Se esparcieron folletos y se inventaron lemas. Todo para enmascarar la cruel realidad que podría retorcer en la insania al más escéptico de los ciudadanos. No se dejó ningún cabo sin atar. Se había hasta meditado las posibles vías qué podrían trazar sus acciones en el futuro y cada una de ellas llevaba por el mismo sendero: jamás serían reconocidos como los luchadores y las luchadoras en los que hoy se iban a convertir. Era mejor así, en el oscuro silencio, ya que a veces lo sobrenatural puede resultar desagradable.

Patrick hizo una señal con su mano para que aguardaran. No podían cometer un paso en falso y matar a un inocente. Quizá la atrocidad con la que se comportasen con los Oíches haría entrar en pánico a personas que no lo merecerían, pero era un mal menor con un error fatal durante la matanza o, peor aún, morir tras reiterantes dentelladas  por la pasividad de la organización en el momento indicado y óptimo.

Michael a su lado izquierdo. Éamonn en el derecho. El resto conglomerados detrás. Portando armas para defenderse y armadura ligera para prevenir un contraataque. Algunos con pasamontañas en sus manos para colocárselos en el segundo final. Otros con uniformes militares. Pero todos con tres colores en mente: el verde, el blanco y el naranja.

Su mano descendió y la pólvora estalló. Gritos de furia sirvieron para desconcentrar a sus objetivos. Y, como era de esperar, estos ni se transformaron ni se opusieron apenas a la ofensiva. La mayoría fueron cayendo fácilmente.

En cuestión de minutos la zona se volvió un manantial de sangre. Y entre todo el caos estaba Éamonn, quien aún no había asesinado a nadie, pues había permanecido congelado por la terrible realidad de la que acababa de concienciarse: tenía que matar. ¿Pero cómo iba a hacerlo cuando sus víctimas sollozaban, daban alaridos y suplicaban? Eran todo lo contrario al comportamiento que tenían por las noches. ¿Por qué no se defendían? ¿Acaso preferían seguir con la treta, dando sus vidas a cambio, para que tomasen como a los malos de la película a Óglaigh na hÉireann?

La imagen de la bandera de su país portada por un compañero suyo, manchada con sangre, ondeando, le dio la respuesta. No era más que un juego entre mártires. Los Oíches sacrificaban toda posibilidad de defenderse con tal de que las mismas personas a las que íbamos a defender se lanzaran contra nosotros y nos acusaran de atrocidades inmerecidas. En cuanto a nosotros y nosotras, callábamos la verdad con tal de liberar a Irlanda.

Éamonn contempló su pistola. ¿Sería lo correcto? Miro delante de él y vio un blanco perfecto. Parecía que estaba en shock y nadie aún había ido para darle muerte. Quizá debería meditar sobre el homicidio y simplemente dejar que otro lo ejecutase.

Sin embargo esa idea se desvaneció de su cabeza cuando vio que el chico tenía una mancha blanquecina e su coronilla… Eso le hizo recordar que uno de los Oíches que descubrió la noche que casi pierde la vida tenía un singular lunar blanco en la región craneal superior. ¿Acaso pudiera ser…?

No se lo pensó dos veces. Por mucho que ahora pareciesen inocentes, en realidad eran unos sádicos misántropos. Y por ello debían pagar. Así que apuntó con su arma a su frente. Sus miradas entraron en contacto. La bestia hizo una sutil mueca risueña, como si le animara a hacerlo para manchar su nombre. Pero era precisamente lo que necesitaba para apretar el gatillo. Y cuando la bala impactó en su placa frontal y esparció los sesos en el pavimento, la energía que le causó el saber que acababa de poner su primer granito de arena en la causa, hizo que no pudiese contenerse a la hora de gritar a los cuatros vientos una frase que retumbó por las calles e inspiró al resto de sus camaradas.

-Beidh muid a shábháil Éire!


sábado, 14 de febrero de 2015

Especial San Valentín: Anatomía

Un cubo de agua fría me despertó de sopetón. Tras acostumbrarme al repentino acelerón que acababa de tener mi corazón, mis nódulos sensoriales percibieron que me hallaba en una postura incómoda, con las manos atadas a mi espalda y de rodillas, con un tacto áspero en los tobillos similar al de las muñecas, así que seguramente también tendría los pies inmovilizados…

-Despierta, mi dulce niño.

Fue la siguiente información que recibí. Una melosa voz femenina, casi como un susurro relajante. La persona que me hubiera hablado estaba a escasos centímetros de mí, tal vez con la cara pegada a la mía. Aún no podía abrir los ojos, y ni por asomo mis habilidades lógicas todavía me habían hecho relacionar el cubo de agua con aquella desconocida.

Una bocanada de aire me condujo a la realidad. Ya estaba activo por completo. Y, como era de esperar, un rostro sonriente le dio la bienvenida a mi sentido de la vista. Su cabello era liso y negro, el único maquillaje que tenía reposaba sobre sus labios en forma de carmín de ébano, y su piel me hacía imaginar que tenía aproximadamente veinte años, por lo que rondaba mi edad. Estaba de cuclillas, mirándome detenidamente a la espera de cualquier respuesta por mi parte.

La ignoré, tenía mayores preocupaciones en ese instante, como determinar dónde me encontraba y por qué apenas podía movilizar mi cuerpo… Primero empecé girando la cabeza a un lado y a otro, percatándome de que estaba en un habitáculo poco iluminado y bastante harapiento, tal vez un sótano. Lo segundo fue observar mi cuerpo, lo cual me hizo comprender que estaba de rodillas, con una burda cuerda atando mis pies. Con respecto a mis brazos, estos rodeaban una delgada viga de madera que se situaba justo detrás de mí, concluyendo el rodeo con mis manos unidas por una cuerda con posiblemente las mismas características que la de mis miembros inferiores.

-¿Por qué estoy aquí? ¿Qué ocurre?

Era el momento preciso para recopilar información fuera de mi alcance, y para ello no tenía otra alternativa que entablar conversación con esa extraña chica. ¿Sería amiga o enemiga? Aunque el mal despertar que supuestamente me había provocado ella no auguraba nada esperanzador.

-Todo a su tiempo, pequeño. Primero quiero ponerte al día.

¿Por qué esas coletillas afectivas? Mi niño. Pequeño. ¿Qué le daba la libertad de hablarme así? No la conocía para nada. ¿Quizá fuera su forma de dirigirse a las personas? Algunas veces me he topado con gente así, y siempre me han puesto de los nervios. No soporto cariños sinsentido e inmerecidos… Pero si dejar que se dirigiera hacia mí de tal forma me iba a permitir salir airoso de tal situación, sería mejor seguir la corriente.

­-Está bien –asentí–. Cuéntamelo todo, por favor.

Me dio un beso en la frente y posó su índice y su corazón izquierdos en mis labios. Retiró su boca y volvió a mirarme como la persona que admira una obra de arte en un museo… Puede que cualquier otro individuo se sintiera halagado, pero yo no pude evitar mostrar una expresión de auténtico desconcierto. O una de dos, o había sufrido amnesia y no la recordaba o verdaderamente no la conocía. Y, si la opción correcta era la segunda, habría de prepararme para cualquier reacción que ella tuviera.

-Comencé hace tres años –respondió mientras poco a poco se iba poniendo de pie–.Te vi por primera vez en el autobús, yendo hacia la Universidad con tu recién estrenada bandolera de cuero. Me fascinó cómo examinabas cada dos por tres a la misma, procurando que quedase impoluta y no tuviera ningún desperfecto. Después te bajaste en la zona universitaria de las Facultades de ciencias… Sí, eras un chico de ciencias, eso fue lo que me llamó la atención definitivamente.

-Bueno, sí, estoy en tercero de…

-De Psicología, lo sé. ¿O piensas que la cosa quedó en miradas furtivas en un mero medio de transporte público?

-¿Qué quieres decir?

-Me empapé de tu vida diaria, empecé a saber los días que salías a comprar, los que dabas paseos y los que te quedabas encerrado en casa. Estos días en los que te mantenías en tu hogar eran los más complicados para observarte, pero me las arreglaba para ver casi todos tus movimientos a través de las ventanas…

-¿Me… me acosabas?

-¿Cómo puedes llamarle acoso a las incesantes citas que teníamos? Cada prenda que te ponías llegaba a tocar el fondo de mi ser. Siempre fantaseaba con lo que te pondrías a la mañana siguiente y la mayoría de las veces me complacías haciendo que acertara en mis deseos indumentarios. Esas corbatas pintorescas, esas zapatillas informales, esas camisetas oscuras… ¿Sabes la de veces que me he imaginado, ya echada en mi cama de noche, arrancándote la ropa y llevándote hasta lo más íntimo de mi ser? Eres el causante de que mojara cientos de veces las sábanas.

-Vale, esto se nos está yendo de las manos… Por favor, desátame y podremos hablar mejor del tema.

-No… no puedo hacer eso, mi cielo. Porque te opondrías y te defenderías cuando llegara la hora mágica en la que fusionemos nuestras almas.

Haciendo caso omiso a mis reiterantes promesas de que no me negaría fuera lo que fuera, ella hizo que me callara al desabrocharse sus vaqueros y dejar a la vista una refinada lencería negra.

-¿Quieres que me quite la blusa también?

-No –respondí con tono nervioso, tratando de no prestar atención a su esbelta figura y su sugerente ropa interior y luchando contra mis inoportunos y poco agradables instintos primarios–. Quiero decir… No es necesario, es febrero y no quiero que te resfríes por estas temperaturas bajas.

-Cariño, da igual que nos encontremos en el cero absoluto, porque es verte y padezco de un incontrolable calor. ¿Me ayudarías a aplacar estos ardores?


Era incomprensible pero efectivamente había vuelto a obviar mis peticiones y se estaba abriendo la blusa. Desabrochó los dos botones de la parte superior y los dos de la parte inferior, dejando el del medio intacto. Con ello se aseguró de que captara el mensaje visual de que no llevaba sujetador.

Cuando se fijó en que mi estado de nerviosismo acrecentaba por momento, me lanzó una sonrisa pícara y me dio la espalda. En ese instante se la quitó por completo y dejó su torso al desnudo. Ahora, quieta, retozando con sus manos en su piel, parecía esperar una respuesta. Y yo, con mi ingenuidad irrevocable, creyendo que aún podría salir ileso de la situación, proseguí con mis absurdas frases.

-Bo… bonita espalda. ¿Podría verla más de cerca? Es que estas ataduras me impiden hacerlo…

Rió. Estaba claro que en lo referente a tratar de escapar yo no era nada sutil. De hecho, estaba empeorando las cosas y dirigiéndolas por uno de los caminos que menos deseaba… Ella se había dado la vuelta, dejando expuestos sus pechos.

A paso lento, exhibiendo cada movimiento de su silueta para mí, se situó a pocos metros a mi izquierda y acarició la cuerda de mis pies. Me miró y me susurró al oído que si de verdad anhelaba tanto liberarme de aquello. Confuso, asentí con la cabeza. ¿Sería esta mi oportunidad?

Ella alcanzó un cúter de una mesa repleta de herramientas y se dispuso a cortar mis grilletes improvisados. Nada más liberó mis piernas me puse en una postura más cómoda, estirándolas. No obstante, mi calma duró poco cuando me percaté de que volvía a dejar el cúter donde estaba, sin cortar la otra cuerda.

-Oye… amiga –dije al recordar que ni siquiera sabía su nombre–. Creo que te has olvidado de la otra parte. Mis muñecas están un poco doloridas, ya sabes.

-Oh, así que quieres movilizar de nuevo tus manos, ¿eh? Algo me dice que si hiciera eso te lanzarías directamente a palpar ciertas posesiones mías –haciendo una evidente referencia a sus senos, que de hecho hasta colocó sus manos en ellos–. Sé paciente, si lo que quieres es desatar tu bestia interior, yo satisfaré tus deseos más oscuros cuando el momento pertinente llegue. Pero aún toca aguardar.

Agaché la cabeza, defraudado. ¿Qué historia se había montado en su cerebro? ¿Cómo iba a asaltarla sexualmente si ni la conocía? ¿Por qué me estaba haciendo esto? Entiendo que las personas podemos ir por la calle y de repente quedarnos embaucados ante cierto individuo o individua, pese a que me resultara extraño que a ella le hubiera sucedido conmigo, pero, de eso a seguir con pura obsesión las actividades cotidianas de alguien, hay un tramo más grande incluso que el tamaño de sus…

Agh…, ya estaba actuando como un insignificante descerebrado de esos que tanto critico. Me era imposible no mostrar cierta atención a su imagen. Tal vez influyera algo que esa era la primera vez que veía una mujer semidesnuda en vivo y en directo, pero aun así tenía que mantenerme frío como un témpano, porque definitivamente estaba usando su cuerpo como un arma para atolondrarme y caer en la perdición, y no lo iba a lograr, ya que lucharía hasta que no me quedasen fuerzas.

-Te veo pensativo… ¿Ocurre algo? ¿Tanto deseas sentir su tacto?

¡Y eso no ayudaba en absoluto! ¿Y ahora qué debía responder? Si contestaba afirmativamente, siendo yo su… ¿amor platónico? Me liberaría y fingiendo un poco saldría ileso, pero también podría pensar que era un grotesco troglodita en cuyo cráneo sólo estaba almacenada la palabra sexo. Por el contrario, si me negaba, podría enojarla hasta saber qué punto… o podría considerar que, metidos en su mente fantasiosa, la quería por algo más que puro amor carnal.

-No deseo únicamente eso, quiero sentir cada centímetro de tu piel.

Opté por una respuesta neutra y crucé los dedos para que surtiera efecto. Con ese falso mensaje acorde al escenario obsesivo que había confeccionado, lo “mejor” que podía sucederme es que me obligara a… tocarlas. ¿Y lo peor? Que podría ser el día en el que perdiera la virginidad de una forma tan forzada que se destrozaría el factor mágico que se supone que tiene tal experiencia.

Sin embargo, no respondió. Sólo se limitó a pegarse más y más, aproximando sus pechos justo delante de mi cara. Y yo, en una situación indescriptiblemente violenta, lo poco que podía hacer era apartar la mirada. Pero por mucho que girase la cabeza a un lado o a otro, ella se acercaba para que aparecieran en mi campo de visión… Fueron los segundos más largos e incómodos de mi vida… aunque lo que vino después no fue mejor que se dijera.

Se alejó un par de centímetros y me miró fijamente. Mostraba preocupación y arqueaba las cejas en señal de que algo no cuadraba para ella… Yo me ponía en lo peor, mi comportamiento al evitar el contacto visual con su agradable contorno no encajaba con lo que la había dicho acerca de usar manos para acariciar su cuerpo, así que probablemente estaría maquinando algún tipo de castigo por mentir.

-¿Por qué no me has dicho nada sobre esta herida que tengo entre los pechos y sobre dónde estamos? ¿Nada de eso te es interesante?

Me había equivocado en todo. Había pasado por alto eso y se había centrado en dos aspectos bastante cruciales de los cuales en cualquier otra situación menos acalorada habría prestado atención. ¿Cómo podía haberlos ignorado, acaso seguía somnoliento y la helada agua no había sido eficaz para activar el cien por cien de mi vigilia? Es que, de hecho, rememorando los infernales minutos que llevaba ahí, ni había detectado la cicatriz que comentaba… Parecía que, aunque quisiera negarlo, sus dos “posesiones” atraían mi mirada. Tenía que remediarlo.

-Es de noche y estamos en el sótano de mi casa, a unas pocas calles de la tuya –contestó sin darme tiempo si quiera a lanzar la pregunta que recopilaría esa misma información–. Respecto a lo otro… Bueno, una imagen vale más que mil palabras…

Miró su reloj mientras deslizaba descendentemente el dedo índice de su mano izquierda a lo largo de la cicatriz.

­-Además –añadió–, ya se aproxima la hora de… revelártelo.

¿Revelar? ¿El qué? Esto se ponía peor con cada segundo que transcurría. ¿Qué iría a traer? ¿Una sierra, un cuchillo, una pistola? Había ido hacia la zona ciega del sótano y solamente podía escuchar que se abría con un singular chirrido un cajón o algo similar.

Los pasos resonaron de nuevo y se acercaban. Fuera lo que fuera que hubiera extraído no iba a tardar mucho en serme enseñado… o empleado…  Rezaba para que, si mi retorcida imaginación acertaba, al menos fuera rápido y poco doloroso. Al fin y al cabo, nadie haría daño al amor de sus sueños, ¿no?

Una bandeja. Y sobre ella una corazón ensangrentado. Las tripas se me revolvieron. Gracias a todo lo que había estudiado sobre el interior del ser humano sabía que, por el tamaño, ese corazón le había sido arrancado a una persona. No obstante, quería asegurarme.

-¿Vas… vas a hacer que me coma ese corazón de cerdo?

-¡En absoluto! ¿Y por qué dices que es de cerdo?

Desgraciadamente mis sospechas se confirmaban.

-¿En… entonces a quién le pertenece?

-Adivina, cielo, la razón de que tenga esta cicatriz.

No podía ser, era fisiológicamente imposible que se hubiera extirpado ese órgano en concreto. ¡Era un órgano vital! Definitivamente me estaba engañando. Era la artimaña de una desesperada por atemorizar a su amado y tenerlo a su merced. Y tendría que jugar.

-¿Y por qué te lo has extraído?

-Oh, ¿así de fácil? ¿Te digo que es mío y ya te lo crees? ¿No se te hace raro que siga con vida? ¿¡O es que me estás siguiendo la corriente como a una mera loca!?

Su rostro cambió de ternura a inquina en cuestión de centésimas de segundo. ¿Pero cómo quería que me tragara una inverosimilitud como esa? La única manera de que un ser siga con vida teniendo su mediastino vacío es con una máquina, y lo único ajeno a su cuerpo que ella tenía era unas pocas suturas.

-De acuerdo –confesé–­. Pero ponte en mi lugar. Soy un chico de ciencias, para mí es imposible considerar que tu organismo sigue activo sin una bomba que distribuya tu sangre por todas tus células.

-Sí, es verdad –respondió algo más calmada, entrando a razones–. Creo que mi reacción ha sido exagerada. Habías fingido que te lo creías porque me aprecias… cuando en cambio, dentro de ti, estabas poniendo en cuestión la realidad que se presenta ante ti… Supongo que las personas escépticas sois así, pero toda duda se te quitará si te muestro una prueba irrefutable, ¿no?

-Pues sí, pero…

-No se hable más.

Depositó la bandeja en el suelo y agarró el mismo cúter que empleó antes para cortar una de mis cuerdas. Tras ello, con unos hábiles movimientos de muñeca, seccionó todas las costuras de su cicatriz, corriendo un ínfimo reguero de sangre que seguía la línea de su vientre hasta el ombligo.

Llevó sus manos a los bordes de la sangrante herida y con un tirón brusco la abrió. Jamás olvidaré el desagradable sonido que eso originó… Lo siguiente fue arrodillarse justo delante de mí e indicarme que acercara un ojo e inspeccionara la cavidad en busca de su corazón.

Rechacé la oferta afirmando que era suficiente con la prueba visual de que sólo podía observarse una parte del pulmón izquierdo y las costillas. Sin embargo, considerando que aún manifestaba algo de incredulidad, metió su mano derecha en la herida y, posteriormente, con la mano libre agarró mi nuca y pegó mi cara a su pecho.

Fue… una de las sensaciones más extrañas que jamás tuve. Mis mejillas estaban bastante cómodas entre su voluptuosidad, pero mi ojo izquierdo, abierto por el propio espanto y medianamente dentro de la caja torácica de ella, al igual que mi boca, que no paraba de notar el sabor y el aroma a sangre respectivamente, provocaban que quisiera abandonar esa situación lo antes posible.

-¿Lo ves? Completamente vacío.

Por fortuna, un par de segundos más tarde, todo volvió a la normalidad, salvo por el regusto a hierro que mi lengua se había llevado como souvenir. De todas formas, la peor parte se la había llevado mi cerebro, que había quedado perplejo al corroborar que efectivamente no había corazón alguno en ese cuerpo.

-Te preguntarás dos cosas en estos momentos –continuó ella, captando mi completa atención pese al shock–. La primera es que cómo puede seguir fluyendo la sangre. Y la segunda, pero la más importante, es que cómo puedo seguir viva… Lo mejor es que ambas cuestiones tienen una sola respuesta. ¿Quieres saberla?

-Cla… claro que sí.

-Es el amor que siento por ti.

En cualquier otra situación habría soltado una carcajada, pero a estas alturas ya creía lo que fuera. Es más, de entre todas las respuestas, esta era una de las más verosímiles. Sólo había que verla, completamente descolocada y con el único objetivo de que su enamoramiento fuera correspondido, aunque con unas tácticas de flirteo poco indicadas. Al fin y al cabo, el amor es como una fuerza física, ¿por qué no podría darse el caso de evitar el óbito de la persona enamorada? En cambio, todavía quedaba una incógnita…

-Aun así, eso no explica por qué te lo has arrancado –indiqué–. Creo plenamente en ti, ya me he dado cuenta que no serías capaz de mentirme, así que es cierto que el amor te mantiene con vida, ¿pero por qué arriesgarlo todo para poner tu corazón en un bandeja?

-No te acuerdas de lo que te pregunté antes de que te desplomaras en la calle por la acción del cloroformo que te obligué a inhalar, ¿cierto?

-Así que así fue como me trajiste aquí.

-Te lo recordaré –dijo ella, obviando mi reproche–. ¿Qué dos objetos, al unirse, crean la forma de un corazón tal y como se dibuja?

-¿Dos gotas?

-Podría ser –afirmó sonriendo–. Pero la auténtica silueta está basada en dos corazones, de los de verdad, unidos.

-Vaya, jamás me habría percatado de ello… Aunque debo preguntar, ¿qué tiene que ver eso con raptarme e inmovilizarme en tu sótano?

-Ah… Esa actitud inocente a la par que ácida es una de las maravillosas cosas que me vuelven loca de ti –respondió mordiéndose lascivamente los labios–.

Sin decir ni una palabra más, con un movimiento increíblemente veloz y sobrehumanamente fuerte, hundió su mano izquierda entre mis costillas y me arrancó de cuajo mi preciado músculo latente.

No tuve tiempo para reaccionar, ni para pestañear incluso. En un abrir y cerrar de ojos tenía mi corazón entre sus manos, acariciándolo con lujuria. Todavía bombeaba, pese a haber perdido toda conexión con sus vasos. Mientras, yo, no paraba de percibir mi abdomen mojándose más y más de un líquido algo cálido. Sangre. Era mi fin. No pasaría mucho tiempo hasta que me desangrara…

Aun así, permanecí activo, todavía boquiabierto y sin habla por tan tremebunda acción por parte de la chica, durante medio minuto. Y le precedieron los sesenta segundos, y el minuto y medio. Y yo seguía sin ni siquiera desmayarme…

-A lo largo de la velada has empezado a tener sentimientos hacia mí –me explicó, liberándome de ese infernal desconcierto–. De lo contrario habrías fallecido. ¿Lo entiendes ahora? Estamos hechos el uno para el otro, para amarnos…

-Para divertirnos…

¿Qué acababa de decir? Era como si mi boca se hubiera movido sola y mi árbol bronquial hubiera expulsado aire para articular palabras sin pedirme permiso. ¿Qué tipo de hipnosis era esta?

-Para complacernos…

-Para consolarnos…

Mientras ese demente diálogo continuaba, conmigo, el yo consciente, tratando de ponerle fin y fracasando estrepitosamente, ella se dispuso, con una aguja ya enhebrada que había permanecido guardada en el bolsillo de su pantalón, prenda la cual yacía en el suelo a su lado, a unir ambos órganos.

Con cada costura, una nueva palabra se atrevía a traspasar mis cuerdas vocales sin que pudiera hacer algo al respecto. Con cada palabra, una respuesta de ella. Con cada respuesta, más ardor tenía el ambiente y yo empezaba a dejarme llevar.

Y antes de que perdiera la cordura por completo y ese extraño hechizo, tal vez amor, me expulsara de mi propio ser, la chica me concedió una última mirada risueña al compás del último nudo de la sutura y con el aderezo de una sentencia que diera el colofón.

-…por siempre.

jueves, 1 de enero de 2015

Especial Año Nuevo: Cosecha

Deposité la enorme bolsa de terciopelo negro a mi lado y me senté en el borde de la azotea de ese edificio. Balanceaba mis colgantes pies y observaba con curiosidad a las personas que caminaban por la avenida, a los coches que circulaban de un lado a otro, y a los residentes del edificio de enfrente.

El viento soplaba y mecía mi blanco cabello a la vez que ondeaba mi fina indumentaria. Era una sensación agradable. Necesitaba ese aire refrescante y ese momento de relax, de verdad. Mis comisuras hacía bastantes semanas que no se elevaban hasta esbozar algo parecido a una… sonrisa.

Sí, mira que nunca me gustó eso de aquejarme de mis propios problemas, pues era partidario de eso que dicen de que siempre hay alguien en peores condiciones, pero lo mío no era que fueran estúpidas minucias. Era una auténtica pila de responsabilidades, con todas las de la ley.

Un 31 de diciembre, el único día en el que podía darme un descanso sin tener que intervenir directamente en el “asunto”. Quizá no fuera gran cosa tener 364 días laborales, uno más en años bisiestos, y sólo 24 horas de descanso, pero tampoco es que pudiera considerar mi trabajo como una aberración estranguladora. Era agradable, ameno, y bien remunerado. Además, hacer unas labores que de cierto modo te entretienen y con las que disfrutas no llegan a dejarte ni la centésima parte de exhausto de lo que te dejaría algo que te desagrada y que consideras una tortura monótona.

¿Que por qué entonces trataba el sonreír como una reacción poco usual en mí? Bueno… he afirmado que me gustaba mi “oficio”, pero eso no significaba que estuviera rodeado de flores y armonía. De hecho, era todo lo contrario. Eran lágrimas lo que provocaba en los clientes, más en concreto en sus allegados, porque lo que causaba directamente en la clientela era silencio y muy de vez en cuando un agudo y terrible dolor.

No, no era un torturador ni algo por el estilo. Es más, aunque suene raro, los que hemos tenido este puesto de trabajo hemos sido seres de renombre y nos hemos movido en los arrabales más precarios y en las más altas esferas.  Nosotros y nosotras hemos sido, por así decirlo, uno de esos engranajes en la maquinaria de la sociedad que, si dejara de funcionar, descolocaría por completo el orden de los demás y acabaría derruyéndose todo.

Sin embargo, si se ha de hacer una buena presentación de mi persona, resultaría más eficiente mostrar lo que ocurrió a continuación y no una secuencia somnífera de ostentada historia laboral.

Un perforante dolor cefálico esquió sobre mis cuencas oculares. Era un aviso de que debía acudir y no dejar todo el trabajo a la automatización que nos facilitaba tanto los quehaceres. Y, sintiendo esto en la fecha clave para descansar, tenía que ser algo lo suficientemente grave como para contactar cara a cara con mi cliente.

Mis cervicales se doblaron por una fuerza invisible. Era la segunda fase de esta singular alarma de llamada. Primero nos alertaba para prestar completa atención y después dirigía nuestra mirada hacia el susodicho usuario de nuestros servicios.

Afortunadamente no estaba lejos de la edificación en la que me encontraba. Precisamente se hallaba bajo mis pies. Afiné mi vista y pude ver que era un hombre bien trajeado que portaba un maletín en su mano derecha y un móvil, pegado a su oído, en su otra mano. Un hombre de negocios, quizá concretando los planes más frescos para Nochevieja. Vaya faena se le avecinaba.

Me encogí de hombros, recogí el saco y salté. Cinco segundos después aterricé justo detrás de él. Posé mi mano izquierda en su hombro derecho y le susurré a su oído, de ese mismo lado para que no escuchara nada aquel o aquella con quien hablase, unas palabras.

¿Que qué palabras? Oh, me gustaría recitarlas, pero aquel que las lee o escucha acaba sufriendo… ciertas consecuencias… Así que vamos a dejarlo en que eran dos vocablos en latín con un increíble poder imperante.

Una vez hecho eso, apartándome de él y dejándole seguir hablando, como si no hubiera sucedido definitivamente nada de nada, prosiguió su camino hacia el paso de cebra más cercano y lo cruzó, sin fijarse en que el semáforo estaba en rojo para los peatones.

Ay… las prisas son muy malas… Por ello mismo tampoco se fijó en el camión de carga que le arrolló y dejó tras de sí una pulpa roja conglomerada a unas telas, una maleta rota y un teléfono aplastado. Todo aderezado con gritos y un melódico chirrido de las ruedas del mismo vehículo tratando de frenar, ya en vano…

Ah, sí, creo que se me había olvidado comentar un pequeño detalle antes de narrar eso: soy la Muerte.

Quiero decir, era una de las Parcas que se encargaba de redirigir los poderes de tal Jinete hacia la biosfera. Cada cuatro décadas una de nosotras asciende como la Muerte, con el deber de asegurarse de que cada defunción cumple los protocolos.

¿Qué protocolos? Que sus restos tangibles prevalezcan en el mundo mortal y nada de su cuerpo se deprenda, más allá de lo que se denomina vulgarmente desmembramiento, hacia otras realidades. Asimismo, tenemos que cerciorarnos de que la energía astral que se albergaba en el susodicho organismo sea completamente recanalizada a unas corrientes invisibles conformadas por puro polvo cósmico para recombinarse en nueva vida.

No intervenimos en la muerte per se a excepción de casos concretos, como pueden ser aquellos en los que el sujeto haya irrumpido las propias leyes que dictan su curso biológico, por X o por Y, bien salvándose de su hora final o bien anticipándose a su destino establecido; además hay otras razones secundarias para presentarme personalmente, ya sean cuestiones éticas donde un ser vivo ha abusado de su vida en demasía y se ha optado por adelantar su muerte, o por puro altruismo, habiendo de dotar a alguien con tiempo extra de vida en recompensa por su inmensa colaboración por el buen funcionamiento de la estabilización orgánica. Esto último es otorgado por una habilidad que las Parcas poseemos denominada Karma.

Huelga decir, y de paso lo comento para acallar esas famosas creencias de que “sólo el ser humano tiene alma”, que, aunque nosotras, Parcas, seamos humanoides, nos encargamos de todos y cada uno de los seres vivos que albergan este planeta, desde protozoos hasta las criaturas aún desconocidas para la humanidad. Lo que comúnmente se conoce como alma no es más que una especie de combustible arcano que dota a la materia de vida. Sería como decir que la marca de coche A tiene dentro gasolina porque es un automóvil “superior” y el resto no contienen absolutamente nada pese a que también se puedan usar para conducir. Absurdo, ¿no?

Comprendiendo esto, espero que ahora entendáis que el estrés era el pan de cada día en mi trabajo. Sobre todo últimamente que tenía que hacer bastantes actos de presencia a diario, especialmente en humanos y humanas. Era como si se estuviera desestructurando todo el constructo vital que llevaba cuasi intacto y perfecto desde hace siglos. Hasta estos finales de año, donde supuestamente librábamos, teníamos que estar con ojo avizor a la espera de avisos. Traducido en palabras laborales: podíamos descansar, pero no hacer planes.

Por no hablar, por supuesto, del entorno funesto que nos rodeaba. Ser la Muerte no implica ser tan gélido como nuestras manos, todo lo contrario, habitualmente se nos ablanda tanto el corazón que cuando, por ejemplo, toca anteponer la ejecución de alguien, nos es terriblemente difícil llevar a cabo la orden. Sumando, también como factor predisponente a la demacración emocional, los inacabables susurros de algunas energías que recolectamos, cuyas intenciones parecen enfocarse en maleabilizar nuestra cordura…

¿Se entiende por qué sólo ofrecemos nuestro ser durante cuarenta años? Porque a partir del cuarto decimal, con tanta muerte, agonía e impasividad forzada, nuestra propia energía implosiona y se pierde entre la multitud de dimensiones…




Pero no podemos huir de nuestro destino. Hemos sido criados desde infantes para ser Parcas, y, a pesar de todo, es un gran honor formar parte de este importantísimo servicio… aunque al final no queden ni los recuerdos y nos convirtamos en espectro vegetales, a expensas de que alguien nos encuentre en el Universo y nos arrastre de vuelta al ciclo vital, cual trigo ansiando ser segado.




Lo que me lleva al último punto explicativo. Y espero dejarlo bien claro. Las. Guadañas. No. Son. Nuestras. Herramientas. ¿Comprendido? No cortamos “almas”, ni las segamos, ni nada parecido. Lo que portamos es un mero saco de una tela dimensional que hace que su interior se expanda todo lo infinitamente posible para salvaguardar en un espacio agradable todas las energías astrales que acuden hasta dicho contenedor gracias a las corrientes cósmicas, siendo vaciado en la dimensión pertinente, cuyo nombre no diré, cada vez que el reloj marca las doce de la noche con respecto al meridiano de Greenwich.

Y, sin más dilación, volvamos a lo que nos concierne, que ni siquiera estaba atardeciendo y faltaba bastante para que la cosa se pusiera interesante. Sí… lo suficientemente interesante como para que me replantease la concepción metafísica que devenía de todas las quejas lastradas durante mis 39 años de impoluto trabajo.

Sucedió poco después de permanecer, invisible a la vida que fluía a mi alrededor, contemplando cómo acordonaba la policía el perímetro. Ya se habían llevado la pulpa del incauto en una bolsa, y en un lateral podía ver a un agente interrogando a un angustiado camionero, en cuya faz no paraban de deslizarse lágrimas. Por otro lado, para seguir la morbosa tradición, una amplia multitud de personas seguía atenta a todo el procedimiento. De vez en cuando llegaba alguien más y preguntaba a la gente próxima cómo había pasado todo, sin apartar la mirada del extenso charco de sangre con alguna que otra viruta visceral.

Si supieran que entre ellos y ellas aún se encontraba el causante del “homicidio”, oculto a sus ojos, capaz de infringir las normas y arrancarles la vida que se les dio… Totalmente inconscientes de ello, únicamente centrados en el sufrimiento de un difunto y en la aflicción del conductor que lo mató. Ignorantes de que en cualquier instante podría chasquear los dedos y parar sus corazones… Era increíblemente sobrecogedor lo que percibía cada vez que pasaba una escena similar y me ponía a reflexionar sobre la fragilidad de la vida.

Suspiré y opté por marcharme antes de continuar enfermando… Aunque en parte esto fuera una cura para las punzadas que mi corazón recibía cuando tenía que separar, entre súplicas, a alguien de entre las personas que quería, también se ennegrecía este mismo músculo por la toxicidad que estaba inhalando.

Inmediatamente, pasados unos minutos, una estela translúcida serpenteó por las calles hasta entrar en mi saco. Una de las mejores partes del trabajo como Muerte era este. Ya estaba a kilómetros de distancia gracias a una especie de poder que coloquialmente denominábamos Pasaje de las Sombras, consistente en la capacidad de desplazarnos a gran velocidad desmaterializándonos en una nube gaseosa sombría. Y, sin embargo, sin importar cuán lejos estuviera, la energía siempre encontraba el recorrido hacia este singular recipiente de tela. Sinceramente, era bastante impresionante el dibujo que realizaba la estela al trazar la trayectoria desde su inerte cuerpo. Mi favorito fue el que confeccionó una niña de unos 5 años al morir en un accidente en una noria. Su energía ascendió velozmente en espiral, creando un cono brillante, para, una vez alcanzada la “cima”, descender vertiginosamente en una línea diagonal perfectamente recta hasta el saco… Recordé que ese día desprendí un par de lágrimas ante tal majestuosidad post mortem.

Pero tuve que dejar a un lado mis evocaciones nostálgicas cuando mis párpados se entumecieron. Nuevamente el dolor… ¿Dos veces seguidas tal día como hoy? Los pinchazos oculares insistieron con más fuerza de la normal. Definitivamente era un caso de máxima urgencia y no se arriesgaban a dejárselo a los mecanismos estándar.

Mi cuello se retorció y me mostró el camino. A juzgar por el brusco machaque cervical que sufrí, esta vez el sujeto había de ubicarse bastante lejos de donde yo estaba actualmente, posiblemente en otro continente.

Había de ponerme en marcha cuanto antes si quería celebrar la nueva entrada de año en cada uno de los husos horarios. Además, se avecinaba uno de los mejores acontecimientos a mi parecer: la primera defunción del año. La afortunada o el afortunado que muriera nada más entrar el 1 de enero, vería su energía transportada automáticamente a una realidad de pura y placentera comodidad donde prácticamente todo lo que deseara se haría verdad, menos volver a la vida o traer a su lado a otra persona, viva o muerta, que no hubiera cumplido los requisitos para estar allí… Una pena que mi siguiente objetivo estuviera tan cerca de conseguir esta espléndida recompensa… ¿Cómo iría a morir?

Llegué a la barriada madrileña donde aguardaba mi futuro cadáver. Era dentro de un domicilio. La mayoría de las persianas estaban echadas y la oscuridad reinaba en el interior por mucho que el Sol iluminase las afueras.

Lo divisé en un rincón de la cocina, con la radio resonando. Había puesto un CD de música clásica a un volumen moderado. Me parecía que era Mozart, o tal vez Chopin. El joven estaba solo, tenía la mirada perdida y en sus manos sujetaba un trozo maltrecho de papel escrito por ambas caras, donde las líneas apuraban hasta los márgenes.

No hizo falta que me acercara mucho para averiguar que era una nota de suicidio. El “Lo siento” al final del papel así lo confirmaba. Eso sin mencionar la hoja de bisturí que estaba entre sus piernas.

En cambio, algo descompuso mi teoría. Un bote de povidona yodada, algodón, gasas y esparadrapo poroso. ¿Para qué querría tratarse los evidentes cortes que iba a hacerse si lo que anhelaba presuntamente era morir?

También se unió otro factor para combatir mi prejuiciosa idea de que era un suicida a punto de cometer autolisis: su rostro. Sí, aunque afligido, estaba bastante tranquilo. No lloraba, no gritaba, no hiperventilaba. He presenciado miles de suicidios y podía afirmar con completa seguridad que una persona, por muy convencida que esté de que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida, cuando es consciente de su inminente muerte, pierde los estribos, ya sea por medio de la ansiedad o del llanto. Así que, suponiendo que él no sería la excepción que confirmase la regla, no, no iba a destrozar su carne con el fin de desvanecerse en el funesto olvido. ¿Por qué, entonces, me habían enviado?

Estático totalmente, reposando mi espalda en una de las paredes más alejadas, para poder tener un buen campo de visión ante la desquiciada escena que se abalanzaba contra el chaval, me despedí de su vida con mi imperceptible voz para el oído mortal. No era plato de buen gusto cuando se trataba de ver a un ser humano denigrando su condición hasta tal punto, pero yo no podía hacer nada hasta aclarar a dónde quería él llegar con todo esto.

Comenzó dejando la nota en la encimera que había a sus espaldas. Después dirigió la mirada a la hoja y la cogió entre el pulgar y el índice de la mano izquierda con suma delicadeza. Extendió su antebrazo derecho y con el corazón y el anular se puso a palpar una de las venas, siguiendo su recorrido hasta la fosa cubital.

Y quedé abrumadoramente sorprendido por lo que vino a continuación. La fría lógica indicaba que estaba buscando una vena importante para seccionarla. Pero era justamente lo opuesto. La buscaba para evitarla… Había acertado en mi conclusión: no quería morir. Para lo único que estaba empleando el filo de tal instrumental quirúrgico era para autolesionarse sin llegar a producirse una herida fatal que lo desangrara.

Entonces comprendí por qué había sido informado para acudir a su hogar… Por muy precavido que uno sea, a veces la estadística juega en tu contra… Así era en este caso. Hoy sería el día en el que sus cortes trascenderían a algo más mortífero. Quizás accidental, quizás intencionado, pero al fin y al cabo el suicidio sería consumado.

Diez tajos. Quince. Veinte. Parecía no tener fin su episodio masoquista. Sus ojos, abiertos como platos, como si quisieran engullir cada una de las secuencias que encadenaban desde la apertura de la piel hasta la exuberancia sanguina, hacían que me incomodara a unos niveles pocas veces alcanzados. ¿Había de esperar mucho más hasta que falleciese? ¿Por qué en los suicidios no podíamos intervenir con nuestra “palabras mágicas” y evitarnos estos estremecimientos cardíacos?

Prosiguió hasta que sus brazos estaban plenamente teñidos. Los admiró durante unos segundos y luego limpió la hoja con un trapo que había colgando en el respaldo de una silla próxima a él. Y, cuando se dispuso a levantarse para iniciar las curas…

-¡¿Quién eres tú!?

Miró con terror e incredulidad justamente al punto de la cocina donde yo estaba. Sin embargo, me quedé paralizado y no respondí. Era imposible que se refiriera a mí. Debía ser algo detrás de mí… O no.

-Contesta –imperó mientras sujetaba lo primero que sus manos tenían al alcance para defenderse… Una sartén–. ¿Qué haces en mi casa y por qué vas así vestido?

Bueno, aunque mi túnica negra no resaltase mucho, sí que era cierto que llamaba la atención al contrastar con las vestimentas de estos tiempos. Eso sin mencionar el saco que portaba y mi capucha. Así que podía confirmar que, sin saber cómo, había roto el aura de invisibilidad que tenía.

-¿Estás vivo?

Fue lo primero que se me ocurrió preguntar. Aunque absurda, era una cuestión importante para llevar la conversación por buen cauce.

-¡Por… por supuesto que sí! ¿Qué clase de pregunta es esa?

-¿Cómo, por tanto, es que puedes verme?

-¿Estás loco? No tengo ningún tipo de ceguera. Si te pones delante de mí, evidentemente no podrás ocultarte…

-Chico –dije con un tono sereno–. Que me puedas ver es un augurio un tanto desconcertante. Suelta esa sartén y te contaré todo. No… no creo que haga falta que inicies cura alguna.

-Eres… eres la Muerte, ¿cierto?

Mis ojos se abrieron como platos. Jamás habría esperado que fuera alguien tan perspicaz. Había creído que sería una larga charla hasta que quebrara su actitud negativista y finalmente aceptara que era una Parca, pero ni siquiera necesitaría presentarme.

-¿Cómo lo has sabido?

-Imagino que te habrás fijado en el papel de la encimera. Es una carta de despedida. Mi intención no es acabar con mi vida con estas lesiones, ni mucho menos, pero conozco el riesgo que acaece tal acción, así que desde que empecé a tomar esto como una rutina ansiolítica, escribí esta nota por si las cosas se torcían. Ya sabes… más vale prevenir que… Curar, ese es el segundo punto. Con tus ropas y tu afirmación de que no va a hacer falta que trate mis heridas, ante las evidentes hemorragias, no es necesario pensar mucho para imaginar que eres una especie de mensajero sobrenatural, más allá de la prueba de que no has entrado por la puerta principal, y que he perdido sangre hasta el punto de desfallecer.

-Pero no lo entiendes. Lo extraño de esto es que… no has muerto.

Me aproximé a él y agarré sus manos, poniéndolas directamente sobre su corazón, con la finalidad de que notase sus latidos. Y, por cada serie de sístole y diástole, su cara manifestaba más y más incertidumbre.

-Entiendo –expresó con tristeza–.Supongo, entonces, que no me queda mucho tiempo. Estoy dejando el suelo hecho un estropicio con toda esta sangre.

-Puede… puede que no venga precisamente para llevarte conmigo en el sentido que ambos sabemos. No sé, yo tampoco llego a comprender con profundidad  todos los mandatos y las intenciones de los mandamases, pero si me han enviado para estar junto a ti es porque has alterado el día de tu muerte.

-Eso es obvio. No voy a morir de una enfermedad o de un accidente, estoy muriéndome por mi culpa. Yo estoy decidiendo cuándo parar mi reloj… Y quizá sea así mejor. Que cesen de una vez estos episodios tan desagradables.

-Si son desagradables, ¿por qué los haces?

-Porque no tengo otra alternativa.

-Todos tenemos más de una opción para cada una de las cosas que nos ocurren a lo largo de nuestras existencias. Puede que con ayuda profesional…

-¿Tú también, Muerte, también te vas a unir a ellos? ¿Por qué la gente siempre dice que el que necesita ayuda soy yo? ¿Por qué no ellos, que no pueden ver que lo que me hago es el único y verdadero alivio para lo que me ocurre, que reniego de ser embuchado por botes de pastillas y falsarios grupos de apoyo donde nos instan a sonreír tirando de nuestras comisuras con hilos herrumbrosos? ¿Por qué? Yo, al fin y al cabo, comprendo a los demás, pero ellos sí que necesitan ayuda… ayuda para que de una vez por todas nos toleren a los que usamos nuestras pieles como piedra que tallar.

-...

-Pero no hablemos de mis opciones, hablemos de las tuyas. Te he escuchado hace unos segundos mencionar a unos mandamases. Así que los que se encargan de quién muere y quién vive son unos que están por encima de ti, ¿eh? ¿Eso no te deja sin opciones a la hora de tener libertad para segar el alma de los que a lo mejor merecen algo más de tiempo?

-Te equivocas, ellos no son tan fríos. En las leyes por las que nos regimos aparece estipulado que algunas acciones pueden conceder un plus de años de vida…

-No me refería a las vidas que ellos consideren que han de ser ampliadas, sino a las que consideres tú, como individuo “libre para elegir”.

Volvió a dejarme sin palabras. Cerré mis puños y mis dientes con fuerza. En gran parte de lo que había dicho tenía razón. Uno de los mayores factores que estaba destrozándome, espiritualmente hablando, era el tener que realizar siegas que en mi opinión eran injustas.

-No es tan fácil, chico. Es el orden natural de las cosas.

-El mismo orden que te ha conducido a mi morada. Vuelve a mirar –peticionó, extendiendo sus brazos, palmas arriba, en un ángulo de 90o con respecto a su tronco–. No puedo más… No tengo a nadie, no tengo trabajo, apenas me queda dinero. Mi futuro es incierto, es una niebla hallada a pocos metros de mí, lo único que sé con certeza de lo que me acontecerá es que mi cuerpo se llenará de nuevas cicatrices cada día.

-Pero…

-Y puede que esta no sea la mejor salida, posiblemente sea la más cobarde –añadió, interrumpiéndome–. Sin embargo, la valentía que no se me otorgó para afrontar la vida me fue dada para encarar a la muerte.

-¡Ya está bien! No puedo hacer nada al respecto. Ahora quiero que tú contemples tus marcas. ¿No ves que han parado milagrosamente de sangrar? Sigue sin ser tu hora, joven. Y no hay nada que yo pueda hacer. Tendrás que seguir viviendo.

-¿Tú le llamarías vida a esto? Soy un cadáver viviente. Mis ojeras son lo que he conseguido por tantas noches en vela sollozando, mi huesudo cuerpo lo gané por la pérdida de apetito inconmensurable que he sufrido estos últimos meses, y mi actitud nihilista fue granjeada por tantas artimañas que el destino elucubró para mí. Déjame, al menos, ser yo quien escriba la fecha de mi muerte. Si no lo haces… te contradirás en lo que respecta a lo de que podemos elegir.

Desvié la mirada. Era absurdo permanecer allí. Quedaban minutos para que se iniciase la primera entrada de año en el planeta e iba a perdérmela, y él no iba a dar su brazo a torcer. Sus extremidades superiores estaban sanadas y había evitado que falleciera, quizá la misión había sido cumplida, ya que los dolores cefálicos habían cesado. Era el momento de decir adiós.

-Por mucho que insistas, me es imposible complacerte. Da igual lo que hagas, como si te sajas la garganta. Si no es tu hora, no es tu hora…  

-Vale, de acuerdo. Muy amable –agradeció con sarcasmo mientras surgía alguna que otra lágrima en sus ojos–. Pensaba que la Muerte daba un descanso eterno, en cambio parece que le gusta dejarnos agonizar.

Mi corazón dio un vuelco. No podía desmentir aquello, las Parcas éramos las causantes de uno de los mayores dolores que los seres vivos podían sufrir. Nos llevábamos a seres queridos en momentos inoportunos y también dejábamos vivir a quienes ansiaban descansar en paz.

Tal vez… tal vez pudiera hacer algo… Eran mis últimas semanas de servicio antes de cumplir la cuarentena… Puede que ya fuera hora de hacer ver al chico que incluso el individuo más estrangulado por mandatos y normas es capaz de volar con libertad.

Le sujeté por la cintura y le dije que cerrará los ojos. Me transformé en sombras y con ello todo lo que estaba en contacto conmigo, tanto materia muerta como viva. El Pasaje de las Sombras nos llevó casi de manera instantánea a Nueva Zelanda, lugar donde faltaban escasos minutos para la entrada de año nuevo.

-¿Qué… qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

-Estás en un lugar donde podría decirse que, con respecto a tu país, vive en el futuro. Estás a punto de presenciar los festejos de Nochevieja.

-¿Y eso para qué? Por muchos fuegos artificiales o júbilo que contemple no voy a cambiar de idea.

-Te confundes. Verás, hay otra ley… Todo ser mortal que fenezca, siendo la primera muerte del año, irá a un lugar espléndido. Lo más cercano a lo que imagináis como el Paraíso. De verdad, no te engaño. Lo he visto con mis propios ojos, hasta los seres más afligidos han llegado a ser felices.

Mientras le informaba de ello, empleé mi magia para abrir nuevamente sus heridas, con un ritmo acelerado del flujo sanguíneo, para que falleciera por desangramiento exactamente una milésima de segundo pasadas las doce de la noche.

-Tengo la obligación de preguntante algo –alegó el chico al ver que volvía a sangrar–. ¿Por qué has cambiado tan repentinamente de parecer?

Su cuerpo se tornó pálido y cayó al suelo, mareado. Quedaban segundos, los suficientes para contestarle y dejar una sonrisa en su rostro como agradecimiento, para que a posteriori lo acompañara personalmente al lugar de ensueño que le correspondía a una energía astral tan maltratada como la suya y que así saboreara la auténtica felicidad.

-Porque me has enseñado que incluso somos libres para destruir los imposibles.